martes, 17 de febrero de 2015

Pietà

Las noches de noviembre convertían la ciudad en un refugio de niebla y brea. Hacía mucho que el calor del verano había quedado atrás y en las calles no había rastro de la tibieza que regateó al calendario el sol tardío de finales de septiembre, un sol que apenas asomaba desde hace semanas ni siquiera para saludar. Al final de aquellos otoños, el invierno era en realidad una salida para todos, una escapatoria, porque el frío helaba las aguas de la marisma y retiraba del viento y la brisa aquella pátina de humedad que se pegaba a la piel y a la ropa, que dejaba una especie de tela densa en el paladar. Pero para eso aún quedaban unas semanas y sobre los adoquines de las calles se depositaban aquella noche pequeñas lágrimas desprendidas del agua estancada que rodeaba aquel lugar. A la tenue luz de las farolas, parecía que aquellos rincones brillaban cuando en realidad dolían, parecían lugares tranquilos en los que no se hubiera posado la culpa, esquinas sin trampa ni remordimientos. Cualquier visitante desprevenido podía sucumbir a la tentación de dejarse abrazar por aquella niebla y bajar a respirar el aire apelmazado que subía desde los pantanos y parecía dejarse caer sobre la ciudad, pero prono hubiera caído en la cuenta de una circunstancia extraña: ninguno de los habitantes de aquella urbe se dejaba engañar por la postal otoñal de sus noches, y eran muy pocos los que se atrevían, a partir de ciertas horas, a deambular por esas calles.
Quedaban por las aceras aquellos que no habían encontrado un refugio y aquellos que no habían perdido el tiempo en buscarlo, porque no lo tenían. La caída de la noche hacía aflorar a hombres y mujeres sin rostro que durante el día se ocultaban de la luz no por miedo a la claridad, sino por costumbre o por vergüenza, o por las heridas que en la piel y en los huesos dejaban los años dedicados a los excesos o a los vicios, o los años de músculos ateridos hechos al duro descanso de la calle. Caminaban por plazas y los callejones, se reunían en los soportales y había noches en las que dirimían sus diferencias a navajazos, dejando una huella de sangre en el asfalto y las baldosas cuando llegaba la luz del alba y volvían a retirarse a la sombra, a no dejarse ver para interrumpir el transcurrir del día a día. Sólo ellos parecían desafiar a la humedad en aquella noche de noviembre en la que las calles parecían, más que nunca, arañazos grises dibujados en medio de una nube de vaho por la garra de una bestia sin nombre, un laberinto de heridas viejas y costras azules apenas iluminadas por farolas que no impedían que en los lugares más escondidos hubiera demasiado espacio para la soledad. Sólo ellos en las aceras y en las calles de algunos barrios, por el asfalto, el traqueteo lento y cansado de los coches de policía.

No había buenas rondas nocturnas en noviembre. Hacía meses que los policías pedían al ayuntamiento que cambiara los coches del cuerpo de la ciudad porque los motores ya renqueaban y las entrañas de aquellos vehículos no escupían apenas potencia. Y luego estaba el frío, y aquella necesidad de bajarse una y otra vez de la tibia atmósfera del coche para comprobar puertas y candados, ventanas cerradas y dependencias municipales vacías. No, no había buenas rondas nocturnas en noviembre, y mucho menos cuando éstas se hacían sumidas en el silencio. No terminaba de cogerle el punto al nuevo compañero, del que apenas sabía nada. Jordi era un joven callado, introvertido y casi tímido, unas cualidades que a la hora de trabajar de noche y en aquella ciudad se convertían en síntomas, y lo que es peor en síntomas de debilidad. Lucas apenas sabía nada de él y no había conseguido arrancarle muchas palabras desde que dos horas atrás se habían sentado juntos en el coche y habían iniciado su primer turno en compañía. Echaba de menos a Juan, y sentía mucho haber perdido esa complicidad que le unía con su compañero ahora que éste se había jubilado. Sobre todo, sentía que no sabría qué decirle al nuevo si éste abriera la guantera y encontrara el paquete de cartas allí, esperando la partida de mitad de la noche con otra de las patrullas en la cafetería 24 horas. Apartó ese pensamiento de la cabeza y se esforzó por entablar una conversación con su nuevo compañero mientras enfilaba con el coche la zona peatonal que partía en dos una de las plazas de la ciudad, la más cercana al parque del Mediodía. Miró hacia los soportales y le pareció distinguir una discusión en la oscuridad, pero aceleró levemente en lugar de detener el vehículo y echar un vistazo a ver qué pasaba.

-Mejor que los navajazos se los den entre ellos que a alguno de nosotros –le dijo a su compañero mientras abandonaban la plaza por la otra punta y retomaban las calles oscuras en dirección a una de las entradas secundarias del parque.

En el último de los soportales, resguardada en la oscuridad, una figura se tensó al ver cómo se acercaba lentamente el coche de policía. Por un momento casi se detuvo, pero se lo pensó mejor y consideró que el movimiento le haría invisible. Igual que sucede en un río, donde es más fácil distinguir al pez que nada contra la corriente que a aquel que se deja llevar y se confunde con las aguas, pensó que la oscuridad le serviría de escondite mientras no se detuviera, mientras su sombra y las de la plaza siguieran el mismo curso. No pudo evitar, eso sí, meterse las manos dentro de los bolsillos del abrigo y repasar con los pulgares los contornos de los otros dedos, reconociendo aún en ellos algunos restos de sangre. Cuando el coche abandonó la plaza en dirección al parque, evitó correr, porque se había hecho a la idea de que tarde o temprano la encontrarían, y a pesar de la premura con la que el terror iba a amanecer no podrían avanzar mucho aquella noche, y deberían esperar a la luz del día para tratar de buscar algún indicio de su rastro. Mantuvo el paso firme, y sin apresurarse, se esforzó por recorrer el camino que le llevaba de vuelta a casa.

Había algo extraño en aquella entrada lateral. Lucas lo percibió cuando los faros del coche de policía alumbraron la reja, pero hasta que él y Jordi no hubieron bajado del vehículo no supieron identificar qué era. Ahora junto a la puerta metálica, de pie con las linternas, se dieron cuenta de que la cadena que aseguraba el cierre no estaba en su lugar, sino en el suelo, y de que la vieja entrada de reja no estaba cerrada del todo, sino torpemente encajada. Enfocaron con las linternas al frente y se introdujeron en el parque. Caminaron juntos unos metros hasta la primera bifurcación de caminos, apuntando siempre al frente con los pequeños haces de luz amarilla, y al llegar al punto en el que el sendero se separaba decidieron volver. Fue entonces, cuando retomaban la calle, cuando Jordi pareció distinguir algo entre los arbustos de su derecha y llamó con un siseo a su compañero: un pañuelo. Dejaron el camino de tierra y se metieron entre los matorrales de aquel lateral del parque apartando cuidadosamente las ramas, y haciendo que la niebla posada sobre las hojas mojara sus pantalones. Fue Lucas quien la vio primero, y sólo cuando detuvo la linterna y dejó de avanzar Jordi se dio cuenta de que había encontrado algo. Se puso junto a su compañero y recorrieron con la luz de ambas linternas un cuerpo de mujer, el cuerpo de una joven. Tumbada en el suelo, boca arriba, formaba un escorzo imposible y tenía los brazos levantados a los lados de la cabeza. En medio de sus ojos abiertos, sus pupilas desafiaban aquel cielo sin estrellas de la noche de noviembre en que la ciudad parecía un refugio de niebla y brea, y por un momento alguien hubiera dicho que la chica, en realidad, miraba. Y había mirado, no hacía mucho, pero para ella un telón negro había caído para siempre. Con la cabeza un poco echada hacia atrás, el corte que le atravesaba la garganta de lado a lado asemejaba una boca abierta en un último grito que no llegó a salir, que brotó en forma de aquella sangre oscura que se encharcaba a ambos lados de su cuello. Lucas hizo una seña a Jordi y éste salió a la calle, al coche, y dio el aviso a la central.

Cuando la quietud de aquella noche quedó rota por las sirenas, él ya se había despojado del abrigo mojado y se había secado el pelo, y no quedaba en sus dedos ni en sus uñas ningún resto de sangre. Avanzó despacio por el pasillo y abrió una de las puertas de la casa, y la vio. Durmiendo, tranquila, sin sobresaltos. Sin la agitación que llegaba con el día, con aquellos ojos demasiado juntos cerrados y la boca entreabierta, la baba cayendo sobre la almohada. Se acercó, le pasó una mano suavemente por el pelo y deseó que aquel sueño durara al menos unas horas, para que le diera tiempo a descansar.


martes, 2 de diciembre de 2014

Primera fotografía

Hay una pareja abrazada en silencio junto a la zona de control de embarque de la estación de Atocha. La suya es una despedida lenta, suave, distinta en un mar de gente que intenta encajar todos los besos que pueden en el descontar de los últimos minutos. Como si a fuerza de repetir pudieran dejarse en los labios grabado su sabor. Pero esta pareja no, esta pareja se abraza en silencio. No se miran, ella tiene la cabeza de lado, apoyada contra el pecho de él; él, la barbilla en su cogote, mirando hacia el otro lado. El suyo parece un abrazo arenoso que, sin embargo, ninguno quiere romper. Pasa un minuto, dos, y el calor ya debe haber desaparecido, pero no se sueltan. A mí, desde el cobijo de un libro que sólo finjo leer, ese abrazo me suena como a una balada triste, un adiós que se lleva piel.
El domingo se ha hecho noche y la estación vive su propio día. Tiene poco que ver con el lugar al que ella llegó unas horas atrás para dejarse recibir por los brazos ansiosos de él. El gris del otoño no puede truncar la risa de quien se escapa para vivir su propia primavera y ella bajó del tren a la carrera para dejar más rápido atrás la rutina de la que huía, el matrimonio vacío, el amor que ya no quema. El día a día pesado y espinoso junto a un hombre sin tacto ni caricias, con malas palabras y reproches. Tapada con el disfraz de un viaje de trabajo llega a Madrid para perderse por unas horas en lo que pudiera ser pero no es, no ha sido. El disfraz de un viaje de trabajo para que haya sol un par de días.
Se mueven, se miran un instante fijamente mientras yo fabulo, pero no llegan a romper ese lazo de quietud y silencio que les une. Nada tiene que ver ese abrazo con el atropello que le escribe mi mente en el reencuentro de ayer, con ese palparse para reconocerse, esos besos que el movimiento deposita en todas partes. Con el viaje en coche llenando de palabras el trayecto y de planes el fin de semana, poco también con el romper los horarios previstos disfrutándose un rato más desnudos entre las sábanas. Con las risas en la comida o con el paseo alborotado por las calles de Madrid al cobijo de la multitud en la que nadie observa.
Han vuelto a abrazarse cuando abandono otra vez el escondite de mi libro. Están en la misma posición pero casi puedo distinguir que se aprietan aún más fuerte para no dejarse llevar por la melancolía. Casi puedo imaginarles en una cena ligera y en el cine, recordando el placer del juego en la oscuridad de hace más de quince años. En una noche de más sudor que sueño y en el despertar, que lo trunca todo. Los domingos no necesitan del otoño para ser días tristes. El primer abrazo de hoy no es de los que suman, son uno que restar a los que quedan, porque el tiempo pasa y en la maleta hay un billete de vuelta a la rutina.
El reloj lo ha enrarecido todo. Ahora las sonrisas no llueven por todas partes, sólo salpican. Y en la comida lo que se buscan son las manos, para agarrarse al tiempo que les queda. Al hacer la maleta la fractura es ya insostenible y asoman tras las cremalleras los reproches de siempre. Que esto podría ser rutina y no refugio, que podrían ponerse la vida más fácil. Que habría que romper con todo, pero todo no es mucho cuando está lleno de nada. Que el matrimonio, que las familias, que no. Que algún día, pero que ahora no. A la estación ya han llegado en silencio y había pocas palabras en la hamburguesa de la cena frugal antes del viaje.
En el abrazo hubo silencio. Y ahora me gustaría compartir con ella el tren para preguntarle si lo que he visto en su despedida es verdad, o para verla dejarse llevar por la pena medio camino para recomponerse en el otro medio, no del todo, levemente, lo suficiente para que la máscara acompañe al cansancio fingido por el fin de semana de trabajo y enfatice el ya he cenado, me voy a acostar, antes de perderse en los cercanos recuerdos. Pero no. Espera su partida en otra cola, hacia otro andén. No ha mirado atrás pero tampoco llora. Continúa envuelta en silencio y en esa quietud no alcanzo a medir si la pérdida es real o si sólo vuelve a la rutina, una más en medio de un mar de hasta luego.
Y subo al tren preguntándome si no sería, en verdad, una pareja experta que sabe que el adiós no se mide en palabras, sino en cicatrices; si se esperan de nuevo al final de la semana y quizá no tuvieran nada que decirse hasta entonces, porque el adiós se presupone; si sabían en realidad que en su tiempo juntos por esta vez no cabía más que un beso, y lo habían dejado para el final. Sin saber si soy yo quien ha contaminado con su soledad esta primera fotografía. Si la fábula de su adiós no es más que el deseo propio de llegar a una estación sabiendo que me aguarda, al menos, una despedida.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El frío, la calle

El primer frío siempre es el peor. No es el más doloroso ni tampoco el más penetrante, pero sí el más traicionero. Aguarda escondido en las primeras noches de otoño tras unas horas de sol que suponen un falso calor que invita a la guardia baja. Luego la tarde se va y la oscuridad asoma con un aire no demasiado violento pero sí constante, que encuentra los rincones del cuerpo que la lluvia mojó sin que nos diéramos cuenta, y esa noche vienen los temblores, y la tos, esa tos que ya no se irá hasta que no pase del todo el invierno. El frío es duro, pero no más que la calle, piensa, ahora que la experiencia de años sobre cartones le ha enseñado a prevenir. A pesar del sol de hace unas horas, y tras la lluvia de hace un rato, ha sacado la manta del petate para cubrirse con ella durante el sueño, teme más al frío que a la soledad. Lleva noches esperando ese temblor que no llega, pero esta vez casi lo presiente porque puede notar que viene la tos. Viene también de nuevo el frío a examinar la supervivencia de un hombre que en realidad no quiere vivir, y que no piensa en matarse porque algo le dice, a su vez, que está cerca el final. Quizá sea la tos, que duele cada vez desde más abajo e incendia su pecho cuando se retuerce y le falta el aire, quizá sea porque, esta vez sí, se ha cansado de vagar.
Si no me mato es por el perro, piensa mientras acaricia al pequeño animal, que mordisquea un extremo de la raída manta mientras hace tiempo hasta la cena. Ese perro canijo es el único en quien confía, a pesar de la procedencia incierta del can. Es un perro de la calle, como él, y quizá por eso se sostiene la frágil amistad que comparten ambos. Marrón, patas cortas, dientes pequeños pelo corto y unas pulgas tan grandes que a veces parecen lunares sobre su piel que él arranca de cuando en cuando, a pesar de las quejas lastimeras del animal. Al principio dejaba al can en la calle, fuera de aquel cajero, pro temor a que el perro mordiera a alguien que fuera en busca de dinero en mitad de la madrugada. La policía hacía la vista gorda sobre su deseo de no pasar las noches a la intemperie, pero jamás pasaría por alto un ataque del animal. Sin embargo, la confianza no era el único puente tendido entre ambos tras meses compartiendo la dureza de la calle, y el perro había asumido también gran parte de su miedo. Cuando alguien entra en el vestíbulo que acoge el cajero, el animal se aprieta contra él como tratando de pasar desapercibido. No ladra, gimotea bajito. Como ahora, que ha olvidado el hambre en la esquina de la manta y hunde la cabeza contra el pecho de él, mientras tres chicas esperan a una cuarta que saca dinero. No le miran fijamente, pero se siente vigilado y confirma su sospecha cuando ve las miradas de las cuatro fijas en él a través del pequeño espejo que hay en un rincón de la estancia. No tienen nada que temer. Si tuviera que apostar, lo haría por que él tiene más miedo. El miedo tiene poco que ver con lo que uno tiene que perder. El miedo se alimenta de vacío, y no hay nada más vacío que la vida de quien ya no es nadie, de quien perdió su nombre en las aceras y se dejó el rostro tras una barba tupida y un pelo gris y desaliñado, tras una voz que ya no es. El miedo es, en realidad, despertar al siguiente día; es pensar por un momento que la muerte no va a llegar nunca.
Ya solos, es la hora de cenar. Saca dos magdalenas duras y pone una en el suelo, derramando sobre ella un poco de leche de un cartón abierto demasiados días atrás. Aquí tienes, amigo, le dice al animal mientras él rompe como puede pedazos de la otra pieza y los intenta tragar ayudado por pequeños tragos de una leche agria como el despertar. Y se los traga. Y los nota bajar. Y el nudo en el estómago le recuerda a aquella vez que partió un cristal y agarró un trozo y lo clavó en alguien que, como él, no tenía a nadie a quien llamar. Y al brotar la sangre le vino el nudo y sintió que no podía respirar. Recuerda aquel día, aquella algarada en el comedor social en el que el miedo le quitó la razón y jugó a ser rey en una manada de lomos famélicos a los que el hambre no acababa de matar. Y trata de recordar por qué lo hizo, y busca y no encuentra un motivo con el que explicar por qué encontró el valor para intentar quitarle a otro lo que ahora, él que no la quiere, no se atreve a quitar. Y el perro vuelve a rescatarle, como cada noche, lamiendo sus manos, sus dedos fríos, en busca de restos de la magdalena que se acaba de cenar.
Y cuando en la ciudad empieza a reinar el silencio, se acuestan. Se tumba él y a su lado el perro, que no tarda en dormitar. Le pone la mano sobre el estómago pequeño que no para de subir y bajar, tratando de darle algo de calor al diminuto animal. Y así le sorprende el sueño, o al menos esa suerte de duermevela que le sirve para descansar. Pasado un rato viene el frío, el primer frío, y con él el temblor. Y llega la tos, que le hace retorcerse como un adiós en una tarde cualquiera de domingo, y que lleva a la sangre caliente a trepar garganta arriba mientras él, con los ojos cerrados y sin abrir la boca, se esfuerza por tragar. Cada vez duele desde más abajo, piensa, y se toca con los dedos por debajo del esternón, casi en el estómago, y siente su pecho crepitar.
Y se duerme, satisfecho, convencido de que, esta vez sí, el final está a punto de llegar.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Tormenta de verano

La primera vez que me habló de verdad de ella fue en una de las últimas noches de verano, una noche de alcohol y guardia baja. Tenía la despedida con la gallega atravesada en la garganta y de camino a casa paré en todos los antros abiertos buscando un vaso de ginebra que me ayudara a tragar, y al salir de la última cueva de borrachos se había desatado una tormenta de esas que en sus albores sólo remueven el calor, y que había sido convocada por un bochorno inusual para una noche de septiembre. Desde el primer trueno que me envolvió en la calle hasta las primeras gotas pasaron cuatro esquinas, y en las tres que quedaban hasta mi casa la lluvia me fue calando la ropa y pegándoseme en la piel, dejándose confundir con el sudor. Gané el portal empapado y abrí la puerta sin cuidado alguno, algo de lo que me arrepentí enseguida porque podía arrancar al viejo del sueño. Nunca había dormido muy bien, pero en el último año y medio las más de las noches habían sorprendido a mi padre sentado a oscuras en el salón, acaso la televisión encendida, en una duermevela enfermiza que apenas se podía quitar de encima. Ganar la cama era para él un logro, y si esa noche lo había conseguido mi torpe irrupción podría haberlo arruinado. Me quité la camisa empapada y fui a la cocina en busca de un trapo seco, ya que el baño estaba cerca de su habitación, y cuando encendí la luz vi al viejo sentado, clavado ante la mesa, con la mano rodeando un pequeño vaso en el que bailaba un líquido ambarino.
MI padre, que apenas bebía, había elegido esa noche para brindar. Le encontré más viejo que nunca, más encogido, consumido en esa camisa interior blanca, impoluta, con apenas algo de carne bajo sus pantalones bien arreglados. Tenía la frente arrugada y los ojos enrojecidos, y estaba empapado en sudor. Abrí la ventana de la cocina y la lluvia, hasta ese momento un rumor, un murmullo, gritó con toda la fuerza con la que se rompe el silencio de la noche, y vino acompañada de un relámpago que dejó insignificante la luz. Tomé un trapo seco y apenas me enjugué la frente lo puse sobre los hombros del viejo, para que el nuevo aire que entraba no le hiciera empeorar, y me serví con calma un vaso de ginebra mientras contaba mentalmente los segundos que pasaban desde el fogonazo del relámpago hasta la venida del trueno, para saber si la tormenta nos acompañaba o estaba aún por llegar. Con el vaso en las manos y el primer trago abrasándome el pecho, me senté ante el viejo, saqué un cigarrillo y coloqué el paquete y el encendedor entre ambos, y fumé con calma y caladas profundas esperando a que mi padre empezara a hablar.
Estaba encendiendo el segundo cigarrillo cuando el viejo se cansó de la lluvia y se decidió a decir algo. Lo hizo con un tono pausado, doliente, casi lastimero. “Tú tenías las palabras”, fue lo primero que dijo, y yo no respondí. Y empezó a hablar de ella, de mi madre, que se fue cuando era apenas un crío por un borracho malnacido que agarró un coche en lugar de una pistola y que puso rumbo a la mañana en lugar de ponérsela en la sien. “Le encantaban las tormentas en verano, ese olor que venía después de la lluvia, como a tierra o hierba recién cortada”. Me dijo que no pasaba un solo día en que no se acordara de ella, y que desde que se marchó jamás hubo para él otra mujer. Que el motivo para seguir adelante, yo, era ahora un motivo para dejarse vencer, porque yo ya no le necesitaba: ya había alcohol para cicatrizar mis propios errores. “Pero lo peor son todas las cosas que no le pude decir”, dijo, y habló entonces como nunca. Habló de un poema aprendido de memoria, de un vientre que era música de jazz, de un precipicio en la garganta. Hablé de un mapa de lunares, del sendero de la columna vertebral. De su espalda. De su cuello. Sobre todo de su espalda. De ese amanecer tan limpio que tenía, de un bostezo que convertía cualquier tarde en un domingo por la mañana. Agarró en el aire palabras que no conocía y dibujó con ellas matices y sensaciones, mientras yo callaba y sonreía, sabedor de la trampa que tras aquello se ocultaba. Apuró el vaso de bourbon y se levantó. Volvió a los dos minutos con un puñado de papeles entre las manos. Antes de que los dejara sobre la mesa yo ya las había identificado: eran mis textos, mis relatos, mis fiebres nocturnas. Nunca las había escondido mucho, bastaba con abrir un cajón, pero nunca llegué a pensar que el viejo pudiera leerlas.
“Todo lo que siempre quise decirle a tu madre está aquí, todo lo que significaba. Pero nunca tuve las palabras, no las encontré. Se fue sin escucharlo”.
Encendí otro cigarrillo.
“Y ahora resulta que las palabras las tienes tú”.
Di un trago de ginebra.
“Espero que no sólo las hayas escrito, que también las hayas llegado a pronunciar”.
Me besó en la frente y se marchó a dormir. La tormenta había pasado y la noche cerrada se empezaba a escurrir en medio del aire limpio que la lluvia nos había procurado. Me fumé con calma el cigarrillo y apuré de un trago la ginebra, a pesar de que la despedida de horas atrás había logrado salir del estómago y trepar tráquea arriba hasta atravesarse de nuevo en la garganta, donde volvía a impedirme respirar. Saqué el teléfono y busqué su nombre entre los primeros lugares de la agenda, y marqué.
Pasaron cinco tonos hasta que descolgó y me llegó del otro lado su voz casi de niña, su acento, ese deje somnoliento que acompañaba todo lo que hacía.
“¿Nacho?”, dijo, y sólo hubo silencio.
“Nacho, ¿qué te pasa?”, intentó una segunda vez.
Me arranqué el velo amargo del paladar y recogí todo el aire que había en mis pulmones para conseguir hablar.

“Tú… Lo que me pasa eres tú”.

martes, 3 de junio de 2014

Como una canción de Johnny Cash

Entre todos los folios en blanco que tenías para enamorar, viniste a acurrucarte aquí, entre las palabras que me sobran. Sí, lo sé, fui yo quien te llamó, pero la debilidad que entraña cualquier despedida abre siempre un resquicio para las licencias de expiar tus pecados en el otro, y como mi adiós es para siempre me concedo el lujo de pensar que tú, personaje, fuiste la que viniste aquí y que no fui yo, escritor, quien te trajo palabra por palabra. Escritor. Pronuncio en alto esa palabra y la noto tan lejana como los ecos del gentío que se cuelan desde la calle amortiguados por el amargor de la ginebra. Escritor, yo, que nunca escribí de verdad. Que la mejor mentira que conté fue la de la curva de tu espalda desnuda, expuesta, robándole a la mañana sus primeros rayos de sol. Y así fue como viniste, con el ansia de un amanecer en el que la resaca por una vez no lo fue todo y en el que necesité un principio que me trajera latido a latido a este final. Lo único que lamento de mi muerte es que será también la tuya, porque no pienso dejar que nadie te escriba de nuevo jamás.
No recuerdo si fuiste así desde el principio o si te compuse a partir de todas las mujeres que fueron y que nunca llegaron a ser. Ahora que te miro, en los últimos folios de ti, encuentro los ojos claros de aquel primer amor que arañó y en realidad no dolía, pero sí que abrió un surco nuevo para el futuro dolor. Y la piel morena de la chica que encendió la caldera de las pasiones sin darse cuenta de que mi vida acumulaba ya por entonces un rastro indeleble de humo que convenía no alimentar. Y así una tras otra, hasta la sonrisa limpia y la mirada traviesa de aquella gallega que salía del baño envuelta en el vaho de la ducha y con el pelo suelto a medio secar. Veo rasgos de todas ellas en ti porque fui yo quien te los puso, pero a la vez cada uno de tus detalles me dice que en realidad eres única.
Por qué tiene que ser éste el final, me preguntas, y podría inventarme cualquier respuesta. Bastaría con poner luego entre comillas “y ella le creyó” para zanjar el asunto, pero no te he traído hasta aquí para mentirte. Hoy no. Tiene que ser el final porque nunca he sido capaz de enlazar una historia completa, y dejar correr la mía hasta el final sería traicionarme. Es el final porque nadie de los que vinieron está ya a mi lado, y si no me mato tarde o temprano tú también te irás, como se fueron todas aquellas de las que estás hecha. Porque aquí y ahora no hay nadie para decirme adiós, como debe ser. Porque mañana no habrá nadie que llore mi ausencia, que sienta mi vacío como una pérdida de verdad. Porque no voy a dejar que saltes a otros cuadernos y elijas otras historias cuando yo, que te cree, no tengo elección que me sirva para dejar de soportar la mía. Y la razón más importante de todas: es el final porque ya está vacío el frasco de pastillas que he dejado correr garganta abajo y que empujo con tragos de ginebra que se me derraman por ambos lados de la boca y empapan el suelo, y se mezclan con este sudor profuso que acompaña al dolor de estómago que me dice que sí, que éste es el final; que ésta es la última noche en que me da fiebre el frío solitario de esta habitación desierta en medio de esta pequeña ciudad.
Pude haberte dado una vida más plena, lo sé, pero tuvimos nuestros ratos. Convendrás conmigo que lo hemos pasado bien, ya fuera en los amaneceres en los que te quise ángel pausado, bruma y jadeo, piel de marfil en una mañana de luz; o en aquellas noches en las que el aliento te sabía a alcohol y la lengua a tabaco, noches en las que eras electricidad y sudor, un cuerpo combado de placer por el volumen de un polvo sonoro en mitad de la madrugada. Puedo dejarte llegar hasta el final, hacer de tu vida una historia completa. Bastaría con dejar pasar dos líneas antes de escribir sobre las arrugas de tus manos, que se forman al tiempo que yo escribo sobre ellas. O las de tu rostro, las que crecen en torno a tus ojos, y escribir que son de felicidad, el rastro de las veces que te has reído en esta vida. Y podría dejar pasar dos líneas más para acumular apenas cincuenta palabras que significaran para ti muchos años de felicidad completa, y dejar que mi final te alcanzara con la paz de quien languidece en una cama rodeada de seres queridos. Pero no. Ése no será mi final y tampoco será el tuyo.
Te escribo, en cambio, joven, de pie, desnuda. Con la piel tan expuesta como siempre que la he necesitado. Y los dos sabemos que se acerca el final. El sudor se me acumula y el estómago ya no duele, palpita, e intento acallar su zumbido con un cigarrillo. Total, el tabaco ya no me va a matar. Y sostengo en alto el folio en el que estás, en una mano, y en la otra la cerilla con la que acabo de prender el pitillo que me humea entre los labios, y acerco la llama al papel y me siento en el suelo, con él en la mano, a ver cómo te consumes. Por primera vez no te dejas hacer, y tomas el mando de mis letras. Te quería desesperada por el mordisco del fuego y en cambio me obligas a escribirte serena, mirándome fijamente mientras las llamas te consumen, con lágrimas corriendo por tus mejillas en un llanto que no sé por qué es, quizá por lo que pudo haber sido. No puedo soportar esa mirada y te escupo el humo del cigarrillo, pero no cierras los ojos. Me desafías, sigues mirándome mientras el calor devora tu rostro y sólo queda en mis manos el borde del papel, que lanzo lejos para que se consuma por completo.
Y apuro la última calada mientras me adormezco, y una punzada blanca de luz y dolor empieza a impedirme ver. Y siento la cercanía de la muerte, que llega certera e inclemente...
Como una canción de Johnny Cash.

miércoles, 16 de abril de 2014

El banco

Llega un momento en la vida en el que el único tiempo que eres capaz de medir es el intervalo que duran los silencios. Al menos, eso piensa él mientras ve la tarde consumirse tras el espejo de ese cielo anaranjado que son los primeros días del verano. Y mide esas tardes que se escapan por el tiempo que duran los silencios, mientras espera en el banco de siempre, con la esperanza de siempre a que ella, sentada a su lado, asocie la rutina con el recuerdo y llene los vacíos que le van quedando, algo que no ocurre nunca. Los recuerdos deberían ser para siempre, se dice mientras repasa las fases del desnudo al que a ella ha sometido la enfermedad que agujerea el saco de la memoria para que la vida se derrame, de a poquito, para que pronto ya no quede nada. Así ha vivido él el alzheimer de ella, como un desnudo de vivencias, como si los sabores del pasado se le fueran cayendo poco a poco del cuerpo y quedaran apilados en el suelo, al alcance de nadie. Primero esa tímida desorientación, ese dulce bailar de las cosas que nunca estaban donde las dejó. La receta que se olvida, el nombre del primo que se pierde en la oscuridad de una boca abierta. Luego el zarpazo fiero que supone la mirada que cada mañana anuncia el desconcierto de no saber quién es el viejo con el que despierta, aunque detrás haya sesenta años de amanecer a la vez. Y el arañazo que supone para él la lucidez de ver día a día cómo se apaga, ella que todo lo fue.
La rutina puede ayudar, le dijeron, y por eso la trae al parque cada tarde y se sienta junto a ella a ver la tarde caer, mientras la vida sucede al margen de esos dos viejitos sentados en el banco que esperan su tiempo para recordarse por una última vez. Pero a cada amanecer de interrogantes le sucede una tarde en decenas de parques que en realidad son siempre el mismo, pero que para ella son siempre una primera vez. Pero él no cesa en el hábito y vuelve cada tarde al mismo banco en el que hoy, a unos centímetros de distancia, comparten otro ocaso de silencios. Ella, al sol, siempre friolera; él a la sombra, que ya aprieta el calor; y la línea de luz que les separa es cada tarde una macabra paradoja, porque sólo en el lado de la sombra queda algo de luz, mientras que en el otro lado el sol, más que iluminar, ciega.
Pasados unos minutos, él la mira mientras ella no deja, vista al frente, de recorrer ese extraño lugar. Está seguro de que ella no sabe dónde está ni qué hacen allí, sentados sin más, pero ya no protesta. Al parque, como al olvido, parece haberse acostumbrado. Y mientras deja pasar la tarde él la recorre poco a poco, como si se la estudiara pero con el paso firme de quien repasa una lección muy bien aprendida. Reconoce el camino de sus sienes ya grises, esa corona plateada. Reconoce también todas sus arrugas porque una a una las ha visto crecer, brotar como los surcos del tiempo que se acumula, la marca de haber vivido ya. Mira sus manos, huesos y piel cruzadas ahora en el regazo y mientras ella olvida sin querer, él juega a que recuerda por los dos. Y la ve joven, piel morena, el pañuelo gris recogiendo la melena y dejando caer un pequeño mechón sobre la frente junto a uno de esos dos ojos castaños. Recuerda los primeros besos inocentes robados a las tardes de verbena, las primeras caricias piel con piel. Recuerda la torpe y dolorosa primera vez a la que siguieron días de vergüenza mutua, y el lento perfeccionar que supusieron las demás veces hasta que la cama fue un lugar donde dejarse mecer en compañía. Recuerda incluso lo que no ha vivido pero sí ha vivido ella, o las cosas que se alegra de que ella haya olvidado aun a costa de aquella enfermedad. El parto del único hijo muerto, la llegada de aquella guerra que lo mandó a él a combatir por algo en lo que no creía y que trajo soldados extraños a las afueras, y con ellos a aquel capitán con aliento de aguardiente y barba sucia que en un amanecer le partió el labio a bofetadas mientras, encima de ella, le rompía el vientre y le arrancaba la capacidad de concebir, y se limpiaba después en las ropas de ella antes de escupir en la puerta mientras juraba que la mataría, para luego cerrar y marcharse. Aquella guerra, recuerda... combatir. Él sólo creía en ella, y la guerra les alejó. Recuerda también el frío compartido bajo una manta raída, los años de pobreza, el hambre compartido a cucharadas y tragado con la áspera compañía del pan duro. Y ella que no flaqueaba, que no flaqueó nunca. Ella que tiraba de él. Ella y siempre ella.
Y ahora, vacía, sin un recuerdo que recoger. Sin poder acabar sus días diciéndole que todavía cuando se tocan, cuando hay algo que parece una caricia, él siente ese primer escalofrío volver. Sin poder decirle que se dejaría morir en todas y cada una de las arrugas que el tiempo le ha dibujado en el rostro. Pudiendo cantarle ese viejo bolero que aprendieron juntos sin que a ella ahora le dijera nada. Sin poderle decirle que está aquí porque está ella, que piensa irse cuando ella se vaya y que la quiere como el primer día. Diciéndoselo, quizá, pero sabiendo que antes de que acabe de decírselo ella lo va a olvidar. Debió decírselo más veces, porque quizá así ella no lo hubiera olvidado nunca.
Eso piensa cada tarde mientras la observa, y siempre nota el brotar de una lágrima que le recorre mejilla abajo, y que nunca llega a caer del todo. Cada tarde. Pero esta tarde ella le mira, y le ve llorar. Y estira su mano pidiendo la de él, que llega solícita al encuentro, para que ella la apriete. Y vuelve aquel escalofrío que le recorre y le hace pegarse a ella buscando un poco del sol en el que está.
Y cuando se junta, le dice su nombre al oído. Y ella sonríe y mira al frente, seguramente pensando “esa quién será”.

Y así los dos, cogidos de la mano, empiezan a medir la vida por el tiempo que dura este silencio que acaba de empezar.

martes, 1 de abril de 2014

¿Bailamos?

He conseguido componer un credo a partir de los versos sueltos de mis inseguridades. No es que me sienta orgulloso de ello, pero lo cierto es que es complicado agarrar todas tus dudas y alimentar con ellas el motor de tu existir, sabiendo que las preguntas que salen envueltas en humo son las peores de resolver. Lejos de enfrentarme a lo que debería darme miedo, me he acostumbrado a vivir con ello sin abrir siquiera la boca. Cuantas menos preguntas haga con menos respuestas me voy a chocar. Lejos de inquietarme mis inseguridades, además, lo que me aterra son las certezas, y no hablo de la muerte detrás de cualquier esquina, porque ella no es una certeza sino más bien un lugar. Las certezas que me sacuden son otras, como la de saber que hay cientos de kilómetros entre ella y yo, tantos como razones para hacer todo lo posible por olvidarla. La certeza de que su nombre será siempre una estrofa que me estremece, o la certeza de irme a dormir sin saber si mañana querré despertar.
Bebo siempre con mis heridas. No trato de curarlas, porque ellas están ahí para siempre, trato más bien de subrayarlas. El alcohol es en realidad alimento para lo que te atormenta, porque riega recuerdos secos para convertirlos en un pasado verde y lustroso que no deja de regresar. Y esa noche, en aquel bar, bajo esa música que siempre está demasiado alta, yo bebía como siempre, con mis heridas a los costados. Mientras el último tequila abrasaba aún garganta abajo descarté la cerveza y la cambié por ginebra, que deja menos poso en el alma porque se bebe y se llora con el mismo color. Mientras el camarero me servía barrí con la mirada la oscuridad del local y me sentí viejo, y no era sólo una cuestión de edad. Chicos y chicas brindaban y cantaban canciones que no conocía, y aprovechaban los ratos más sombríos para rozarse, para unir unos palmos de piel durante unos instantes tratando de despertar la noche a golpe de cadera. Y entonces las vi. A las dos, vestidas con dos sonrisas de pura luz en aquella tiniebla. Dos certezas de esas que tanto me aterran.
En ese instante, la música cambió. No sé si fue justo en el momento o la fiebre del relato idealiza mi recuerdo, pero el ritmo sostenido giró hacia la cadencia pegajosa de algo parecido a una bachata. Y ellas, a un paso de distancia y riendo, no dejaron de bailar. Eran dos partes diferentes de una misma fotografía, dos frases arrancadas antes de un estribillo. Tacones, falda y medias negras, arañazos de negro sobre blanco por debajo de la blusa negra una; la otra el moreno de la piel bajo el rosa de la tela. Una con el pelo corto y la sonrisa, la otra con la risa enmarcada en una melena negra. El baile divertido y yo embelesado, lanzándole besos cortos a la ginebra. A su alrededor, un grupo de chavales que las mira, alguno quizá las desea. Pero nadie más existe esa noche.
No tuve que acabar la copa para saber que sus nombres serían dos versos importantes en el credo de inseguridades de mi vida, jamás me sacudió tan clara una certeza. Porque aquella noche las vi bailando solas, sin sus heridas, que esperaban acodadas en la barra su turno en medio de la música. Las llamé y las puse a mi lado, junto a mis heridas, y bebí también por ellas. Para que las dos amigas continuaran con esa risa sin ataduras. Una de ellas me miró de reojo y levanté mi copa para hacerle saber que sus cicatrices quedaban a buen recaudo, que la noche era para su futuro y no para su pasado. Que todas las noches deberían ser de ellas. Ya me bebo yo todas sus heridas, que son ya como mías. Yo me encargo de sacar a bailar a todos sus pesares. 

Para Merce y Susana.
Por muchos bailes sin heridas.