domingo 19 de febrero de 2012

Noche de Carnaval

Apagó la ducha, abrió la cortina y puso los pies descalzos sobre las baldosas. Las gotas caían una a una de su cuerpo y empezaban a formar un pequeño charco a su alrededor mientras ella, absorta, contemplaba su rostro deformado por el vaho que cubría el espejo. Tardó unos segundos en reaccionar, en despertar de la cálida ensoñación que envolvía el cuarto de baño y alcanzar una toalla blanca, suave, con la que envolverse el cuerpo. Se secó minuciosamente y cogió una toalla más pequeña, también blanca, y se la enrolló en el pelo. Le gustaba cómo olía su pelo recién lavado, a esa mezcla de camomila y limón que se anunciaba en la pegatina del champú.
Dejó la toalla más grande atrás y caminó desnuda por el pasillo en penumbra, hasta llegar a su habitación. Se sentó frente a un pequeño tocador antiguo, con dos bombillas coronando un espejo redondo de otra época, de otro tiempo. Quizá de un tiempo que nunca fue. Sentada, expuesta al frío de la habitación vacía, veía cómo sus pezones, rosas, se iban endureciendo, coronando sus pechos, demasiado pequeños, puntiagudos. Se sacudió un poco para sacarse el frío de encima, pero los finos vellos de los hombros ya se estaban erizando. Abrió uno de los cajones que quedaba a su derecha y sacó tres tarros iguales, blancos y redondos, con tapas negras.
Abrió uno de ellos y miró su interior, antes de introducir dos dedos, el índice y el corazón de la mano derecha, y extraer un pegote de pintura blanca que se fue extendiendo poco a poco sobre la cara. Rugosa al tacto, la pintura, fría, penetraba en sus poros, abiertos por el calor del baño reciente, y calaba en ellos una melancolía que no se podía quitar de encima. Restregaba con cuidado el mejunje por las mejillas, alrededor de los ojos, por la frente. Cogió un poco más de pintura y se la puso en la barbilla, cubriendo por completo la redondez de su mandíbula, apretando por debajo hasta notarse la lengua, rozando con los dedos los lóbulos de sus orejas. Así, incluso con la pintura, era hermosa. Terriblemente hermosa. De una belleza heladora. Un mimo sin gestos ni movimientos, una palabra muda, petrificada.
Se limpió los dedos en la toalla que llevaba enrollada en el pelo y se miró en el espejo. Aún no. El disfraz no estaba completo. Abrió otro tarro y repitió la operación, esta vez con pintura negra, y esta vez con un solo dedo, el índice, para llevarse a la cara una cantidad menor. La extendió por encima del os párpados, rozando las pestañas, por debajo de los ojos. Dos ojos verdes que debían ser hermosos de no ser porque eran estanques de aguas vacías, lagunas sin vida, tristeza pura. Cuando acabó, las dos pupilas turquesa, como el mar en el horizonte una tarde de verano, estaban coronadas por dos círculos negros, desiguales, uno más grande que el otro. El mimo sin gestos era ahora un arlequín sin gracia, una figura de tez blanca y mirada negra. Una sonrisa a medio camino entre el bien y el mal.
Enrolló el dedo en la toalla y dejó un rastro negro en mitad del blanco inmaculado. Se miró en el espejo. Todavía no. Aún no tenía el disfraz. Abrió el tarro que le quedaba: estaba vacío. No pareció sorprenderse. Repasó con la vista el tocador y encontró un pequeño cortaúñas puntiagudo. Lo agarró y se lo clavó en el dedo índice que al principio fue blanco, que luego fue negro, que esperaba ahora otro color. Del pinchazo empezó a manar pronto un hilo de sangre, que ella comenzó a restregarse por la nariz. Hacía círculos con cuidado alrededor de la punta, de esa pequeña curva perfecta que daba a su rostro una geometría impecable. Una belleza inalcanzable. Mientras lo hacía, le llegaba el olor de la sangre, ese olor que llega primero al paladar y devuelve el sabor contundente de ese líquido rojo en el que nos va la vida. Le dolía el dedo, y del dolor y el olor de la sangre brotaba un recuerdo cercano, uno cualquiera, sin rostro ni nombre, un recuerdo conocido, doloroso, sangrante. De los que no se olvidan. El mimo que fue primero, sin gestos, el arlequín sin gracia después, era ahora un payaso sin motivos para reír, sin alma para bromas.
Se quitó la toalla y dejó que el pelo rubio, brillante, mojado aún, le cayera sobre los hombros. Envolvió en la toalla en dedo índice y apretó hasta que la sangre fue sólo un rastro en la tela. Se miró en el espejo. Un lágrima asomó a sus ojos y le recorrió la cara, hasta la barbilla, dejando a su paso un rastro de pintura negra, un surco macabro en medio del blanco de su tez. Aún no había conseguido el disfraz. Se levantó y se puso una túnica negra hasta los pies. La introdujo con cuidado por la cabeza, para no estropear la pintura, y la dejó caer hasta que le rozó los tobillos. Se puso la enorme capucha, que le hundía la cabeza tan adentro que era imposible verle la cara. Ni siquiera se distinguía la pintura.
Agarró una guadaña enorme y salió descalza a la calle.

Aquella noche, la muerte murió en la acera, boca arriba, cubierta y ahogada por el vómito agrio del alcohol. Aquella noche. La noche de Carnaval.

viernes 27 de enero de 2012

Palabras para Fátima

Supongo que quien sólo tiene palabras, son palabras todo lo que da. Yo ni siquiera las tengo. Necesito escribirlas para que sean mías, porque muchas veces no soy capaz de pronunciarlas, ya lo sabes. Se me quedan ahí, colgando de la punta de los labios, y acaba por salir un balbuceo que sí, queda gracioso, pero no sirve para decir nada, y mucho menos las cosas que realmente importan. Luego también está la distancia. Supongo que cuando nos conocimos, hace ya casi diez años, ninguno de los dos pensaba que íbamos a recorrer todo este camino juntos, de la mano o desde lejos, y que íbamos a ir pisando por las mismas baldosas amarillas. Si no fuera por la distancia, podría estar mirándote a los ojos mientras te digo todas estas cosas, o mejor dicho, mientras dejo que salga un balbuceo de mi boca porque todo esto me atropella, y tú me miras y sonríes, como lo has hecho siempre. Eres un corazón enorme detrás de una sonrisa maravillosa.
Bien pensado, y aunque no lo quiera, la distancia es hoy una excusa. Porque hoy podría escribir muchas palabras, crearlas de la nada, que aparecieran sobre un papel, pero nunca alcanzaría a decir todo lo que intento decirte. Podría hablarte de pérdidas y no sabría de lo que estoy hablando; podría hablarte de mirar hacia delante cuando a mí me duele el cuello de echar la vista atrás; podría decirte que todo pasa sabiendo que lo que pasa se convierte en pasado, y que el pasado siempre vuelve. Al menos, de vez en cuando. Podría jurarte, también, que en el cielo que nos espera ya no habrá más nubes, pero sería mentira: aún tenemos que bailar bajo demasiadas tormentas. Podría mentirte, pero no quiero; si puedo, no lo haré nunca.

Podría decirte miles de cosas.

Podría decirte, por ejemplo, que a veces juego a vernos dentro de unos años, en un banco cualquiera en un parque cualquiera, sentados espalda con espalda. A veces hablamos, de nuestras vidas. A veces ni siquiera eso, sólo callamos y dejamos que se consuma la tarde. En silencio, sin balbuceos. Mereces que todo te salga bien.
Podría decirte que estoy a tu lado, que estamos a tu lado, pero espero que eso ya lo sientas. Llámanos. Caminar en la oscuridad no es fácil, siempre vienen bien algunas manos en las que apoyarse para avanzar. Quizá, y sólo quizá, entre todos duela un poco menos.

Podría decirte que esto te hará más fuerte. Pero tú ya eres fuerte.
Podría decirte muchas cosas.

Podría decirte que te quiero, pero eso ya lo sabes.
Podría decirte tantas cosas, que lo mejor es que me calle para no balbucear. Sin parque, sin banco, pero espalda con espalda, aunque sea desde lejos. En silencio.

martes 17 de enero de 2012

Sácame de aquí

El viejo coche iba dejando tras de sí una enorme estela de polvo mientras se acercaba a aquel aparcamiento de tierra. Podía ver cómo todo lo que quedaba atrás se diluía en aquella nube marrón que poblaba los espejos retrovisores. El polvo era lo único que se interponía entre el sol abrasador del mediodía y un suelo que ardía como las paredes del mismo infierno. ‘Puto verano, no va a acabar nunca’, pensó, y se revolvió un poco más dentro de su traje negro, con las manos aún en el volante. Cuando el monstruoso edificio de piedra gris apareció ante él, aminoró la marcha y sacó un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor que perlaba su frente. De poco le iba a servir, porque las marcas del calor ya habían convertido en amarillento el borde superior del cuello de su camisa blanca. No aparecería impoluto en su primera cita.
Aparcó junto a la enorme puerta de entrada y se bajó del vehículo con cuidado. El polvo empezaba a desaparecer y no quedaba rastro del camino que había recorrido hasta allí. Se sacudió un poco los pantalones y vio el contraste entre la tierra del aparcamiento y el brillo impoluto de sus zapatos recién lustrados, dos enormes cucarachas negras en medio de aquel lugar sin nombre. Se acreditó debidamente en la entrada y un funcionario le invitó a entrar en una enorme sala de espera con sillas de plástico gris, en la que el aire acondicionado, junto con el sudor que ya traía del camino, le hicieron estremecerse. ¿O fue el lugar lo que le provocó el escalofrío? Era la primera vez que estaba en una cárcel, aunque sólo fuera de visita.
El alcaide llegó pasados diez minutos, cuando su pulso ya se había habituado a las nuevas condiciones. Tras intercambiar un breve saludo le solicitó otra vez la documentación, y después de echarle un rápido vistazo le pidió que le siguiera. Atravesaron dos galerías en las que los guardias tuvieron que abrir hasta cuatro rejas distintas de manera automática, y llegaron a un pasillo estrecho cerrado por una puerta metálica que el alcaide abrió de manera manual. ‘Le está esperando’, le dijo, y pidió a uno de los guardas que le acompañara.
Al final del pasillo había una pequeña celda en la que aguardaba un hombre, tras los barrotes, sentado en una silla, con la cabeza agachada. Rapado al cero, en la parte de atrás del cogote se intuían los retazos de un tatuaje colorido que le nacía en la nuca, con unas letras que el abogado no pudo descifrar. El pasillo estaba oscuro, y en aquella pequeña celda apenas había luz. Habían dispuesto una silla frente a los barrotes para que el letrado tomara asiento. Cuando lo hizo, sacó del maletín de cuero tres carpetas con papeles y pidió al guardia un poco de intimidad. Éste se retiró unos metros para que pudieran hablar a solas.
Le temblaban las manos. Estaba nervioso, había que reconocerlo, pero esperaba poder ocultarlo. Frente a él, el tipo con el mono naranja aún miraba al suelo, con las manos en la cara, tapándose el rostro. Eran manos grandes, fuertes. Armas de piel y huesos. Después de colocar junto a él las carpetas, echó mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacó el paquete de tabaco, encendió un cigarrillo y extendió la mano entre dos de los barrotes, con el pitillo humeante. El recluso pareció despertar al fin, agarró el cigarrillo y empezó a fumar con placer. El abogado encendió otro para él y le deslizó el paquete casi entero. Quería ganarse su confianza.
Luego, con el humo del tabaco escurriéndose hacia el techo entre los dos, poniendo volutas a aquella fría oscuridad, le miró a los ojos. Pudo ver detrás de aquellas dos pupilas un océano helado. Notó sobre él una mirada dura, cosida con los costurones de la calle y pulida en la cárcel, con el acero de la supervivencia entre rejas. El pulso se le aceleró.

-Hola Hank. Voy a ser tu abogado.

No recibió respuesta. Apenas un leve movimiento de cabeza, un pequeño asentimiento, y otra larga calada al cigarrillo. Más humo.

-Así que tengo que saber algunas cosas. ¿Lo hiciste?

El frío se acentuó. Notó cómo le calaba los huesos y casi pudo sentir cómo se trizaban, en medio de la espalda, algunos de sus nervios. Casi no pudo contener el espasmo. Enfrente, Hank seguía fumando con calma, con los ojos entrecerrados. Mientras esperaba la respuesta, abrió el expediente del caso y leyó los primeros párrafos. Aquella noche, la cosa se le fue de las manos. Discutió con su chica, y no pudo evitarlo. La abofeteó y notó cómo le hervía la sangre. El tipo que estaba fumando delante de él había matado a golpes a su novia. Con los puños, desnudos, sin ningún objeto. La tiró al suelo, se sentó sobre su pecho y empezó a darle puñetazos hasta que se cansó. Ni más, ni menos. Luego se encendió un cigarrillo y abrió una cerveza. Cuando llegó la policía, avisada por los vecinos, él estaba sentado en el sillón, con la cerveza aún fría y el cigarrillo entre los labios, con ella tumbada en el suelo, viva aún. ‘Respiraba sangre’, dijo uno de los policías, ‘la cara era una masa de carne roja; respiraba aún, pero por todos sus orificios respiraba sangre’. Se removió un poco en la silla.

Otro leve movimiento de cabeza. Un asentimiento tibio.

-¿Y qué esperas entonces que haga yo?
-Que me saques de aquí.

No iba a ser fácil. Pero tampoco era imposible.

-Dalo por hecho.

viernes 9 de diciembre de 2011

Café Caronte

Las promesas que duran toda la vida son aquellas que se hacen a media luz. Por eso, en aquel lugar, la iluminación nunca pasaba de tenue, y mucho menos cuando más allá del cristal el invierno escupía niebla sobre la ventana y reducía la ciudad a un espejo en el que sólo se reflejaban sombras. Las mesas, redondas, estaban desperdigadas por toda la estancia, y sobre ellas unas lámparas pequeñas con una tulipa oscura le daban al café toda la luz que éste tenía. En las mesas en las que había gente, la lámpara estaba encendida, y la bombilla aguardaba apagada en aquellas en las que las sillas, vacías, esperaban también los susurros de aquella noche de diciembre. El humo del tabaco flotaba por encima de las cabezas, y se apartaba para dejar paso a la voz de aquella mujer que, de pie junto al enorme piano de cola, se desgarraba la garganta con un doloroso bolero. El pelo, negro, largo, le caía sobre uno de sus hombros, y el flequillo le tapaba el hueco donde un día estuvo uno de sus tremendos ojos negros, un lugar en el que ahora sólo queda una horrenda cicatriz. Aun así, a pesar de que su rostro conserva aún el deje atormentado de quien ha vivido el horror y ha pagado por ello, era bella. Bellísima. Y de su garganta salía aquella voz afilada que cubría de acero todas las letras, y cortaba por la mitad las almas de todos aquellos que cada noche se sentaban a contemplarla entre susurros, y dejaban pasar su mirada de una sola pupila para balancearse en el aire y caminar descalzos por el filo de su voz. Cómo dolía. Con qué belleza dolía aquella voz. En el piano, un hombre viejo, demasiado viejo para todo, se afanaba en tocar las melodías que ella vomitaba sobre la atmósfera del local, a pesar de que en una de sus manos tan sólo quedaban dos dedos, el pulgar y una especie de garfio formado por los restos del dedo anular y el dedo corazón, unidos bajo una misma piel quemada, abrasada, tiempo atrás. A pesar de eso, tocaba con una ligereza que hacía pensar, cuando uno cerraba los ojos, que quien en realidad estaba deslizando sus dedos sobre las teclas era un ángel, a pesar de que la cara del músico advirtiera, a la legua, que quien acariciaba la sonrisa de marfil del piano era el mismísimo diablo. Hacia un lado y otro, por entre las mesas, deambulaban dos camareras rubias, bien ataviadas, que habían conocido tiempos mejores, pero que conservaban ese aire de dignidad de quien ha caminado mucho por el mundo y no se resigna a parecer acabada subida a unos tacones baratos y rojos sirviendo consumiciones en un bar fronterizo con el infierno. Con el pelo bien colocado, cardado casi, ocultaban sus feas cicatrices a los lados de la cabeza: a una le faltaba la oreja izquierda; a la otra, la derecha, arrancadas de cuajo ambas en un pasado no muy lejano. Caronte, un nombre muy apropiado para un lugar que estaba a medio camino entre la realidad y el otro mundo, a un paso de esa oscuridad de la que nadie vuelve y en la que uno puede cruzar los brazos detrás de la cabeza y dejarse llevar plácidamente por un río de aguas negras, hacia la malévola eternidad de las sombras, si guarda unas monedas con las que satisfacer el apetito del barquero. Monedas no faltaban en aquel café mal iluminado que hacía esquina con la muerte. Una de las camareras se acercó a la puerta de los baños con un vaso ancho en el que un líquido ambarino cubría tres grandes cubitos de hielo, y lo apoyó en la mesa que había junto al taburete que ocupaba un tipo vestido con camisa blanca y chaleco negro, encargado de custodiar la entrada a los servicios. Unas grandes gafas oscuras remataban un rostro cetrino, con arrugas alrededor de la boca. La camarera acercó su boca a la nariz del ciego y exhaló su aliento de años perdidos sobre la boca del invidente, que descubrió una sonrisa desdentada antes de atacar la copa recién servida. Las uñas, negras; el alma podrida.
De las siete mesas que tenía el local, había cuatro ocupadas, tres de ellas por personas que pasaban la noche solas entre tragos de alcohol ardiente y boleros disparados a quemarropa. Tras la barra, en esos momentos, no había nadie, pero cualquiera diría que el café estaba regentado por pequeñas figuras negras con grandes alas cubiertas de plumas que se movían tras ella, en la parte de abajo, porque a pesar de que no se veía forma alguna junto a las botellas el sonido de los vasos entrechocando no cesaba. Todos los clientes de aquella noche lo oían, acunados por la voz de Estigia, que desde el escenario seguía dejándose la laringe en aquellas melodías apagadas. Todos, menos la pareja que ocupaba una de las mesas del rincón. Allí sólo se oían los susurros. En aquel rincón del café parecía que había más luz que en el resto de la estancia, pero eran aquellos ojos, a caballo entre el verde del mar al atardecer y el azul del cielo, los que conferían a aquella mesa un color especial. El pelo, rubio pero apagado, le caía a los lados de la cabeza, y el flequillo, de derecha a izquierda, le tapaba la frente y le caía sobre los párpados. La boca, pequeña; los labios bien dibujados, una voz suave pero ardiente, un taladro para el alma. Los brazos, largos, delgados, el cuerpo pequeño; una niña hecha mujer. Así era ella. Él era un tipo normal, callado y dubitativo, taciturno. En ese momento habían dejado de susurrar y los dos se miraban desde lo más hondo, desde ese lugar en el que las entrañas se confunden con los sentimientos y salen todos vomitados y teñidos de un rojo sangre que no se borra siquiera con el abrazo del olvido. Los dos arrancaban de ahí sus miradas que decían todo, y se cogían las manos bajo la mesa: los dedos entrelazados, los de ella y los de él, moviéndose nerviosos. Y una promesa.
-Para siempre, -dijo él.
-Para siempre, -repitió ella.
Y sellaron el acuerdo juntando las frentes, cerrando los ojos, rozándose con la punta de la nariz. Y respirándose el uno al otro. Allí donde todo era humo y canciones a media luz, ellos se regalaban el aire y el silencio.
Nadie hubiera dicho que uno de los dos iba a morir mañana.

lunes 5 de diciembre de 2011

Desamor

Cuando despertó, estaba tumbado boca arriba, desnudo, sobre la arena. Sobre su cuerpo caía un sol deslumbrante, cálido, ardoroso, pero su piel estaba empapada de un sudor helado que le hacía estremecerse. En mitad de aquel desierto inclemente, estaba temblando de frío. Intentó abrir los ojos, pero todo a su alrededor estaba negro. Todo era oscuridad. Se llevó las manos a la cara y trató de limpiarse los párpados, pero era inútil: sus cuencas estaban vacías. Las manos, mojadas también por el sudor, arrastraron hasta aquellos huecos por los que un día vio una multitud de pequeños granos de arena, que cayeron en sus cuencas. Ahora también le escocían. Tenía la boca seca, y en el esfuerzo por tratar de hacer remitir el picor que le martilleaba desde el lugar donde un día tuvo los ojos, intentó tragar saliva, y fueron cuchillas lo que le pasó por la garganta. El aire le arañó la laringe, y casi pudo notar, en la parte trasera del paladar, el dulce sabor de la sangre. Trató de levantarse, pero se sintió mareado y volvió a caer de espaldas, sobre la arena ardiendo. Si quería ir a alguna parte, empezar a buscar respuestas, debía replantearse las preguntas. Lo primero que debía hacer era averiguar dónde estaba. Mucho mejor, tenía que salir de allí. Se incorporó y se puso de rodillas, dejando que la arena le abrasara las tibias cuando posó sobre las pantorrillas el peso de su cuerpo. Involuntariamente, comenzó a sacudirse la tierra de encima con las manos. Primero, en el dorso de los brazos; luego en la parte baja de la espalda, después en los omóplatos, por lo menos en los sitios adonde llegaba con sus propias manos. Cuando quiso comprobar la parte delantera de su cuerpo se dio cuenta: algo faltaba. Y empezó a comprender. No era la primera vez que trataba de caminar junto a alguien y se dejaba el corazón en el intento. Con el temor con el que alguien acude al médico a recibir un diagnóstico fatal, se puso la mano derecha sobre el pecho, y comprobó que allí no latía nada. Se palpó con cuidado el resto de la cavidad torácica, no fuera a ser que el golpe sólo lo hubiera movido de sitio, pero no, no estaba. Había perdido el corazón. Tenía que empezar por ahí.
Y se puso manos a la obra. De rodillas, tal y como dio sus primeros pasos en el mundo, gateó en círculos deseando que, por una vez, no se hubiera marchado muy lejos. Era complicado, porque ahora que la mente empezaba a desperezarse, le había dado por escupir un montón de flashes, como fotografías que caen una encima de otra y se superponen, y en todas había un deje de dolor. Sus ojos, con ese color a mitad de camino entre el cielo del mediodía y el mar al amanecer. Una punzada de dolor. Su pelo, también a caballo entre el trigo del verano y el color de un fuego a medianoche. Otro pinchazo en el alma. Y sus manos. Y su cuerpo, delgado, pequeño. Y su piel. Notó cómo el estómago se le oprimía y quiso gritar, pero de su garganta, agrietada, ni siquiera salió un murmullo.
Ciego y mudo, siguió dando vueltas en círculo, tratando de no pensar en ella. Cuando estaba a punto de darse convencido, se percató de que no todos los sentidos le habían abandonado. Se quedó quieto, dejando caer el peso sobre sus pantorrillas de nuevo, erguido, con la esperanza de escuchar el latir de su corazón. Al principio, sólo le llegó el rumor de una brisa caliente. Luego, de repente, un ‘tac’. Y otro. Otros dos seguidos. Volvió a ponerse a gatas y se dirigió al lugar de donde provenían aquellos golpes, que bien podían ser el crujir de una madera seca. Cuando se sintió encima de ellos, próximo a su fuente, palpó la tierra a su alrededor con la esperanza de dar con él. Después de tres palmetazos en el suelo, tocó, con el canto de la mano derecha algo blando, poroso, una víscera caliente. La cogió con suavidad ahuecando las dos manos, y sintió su corazón latir en la punta de los dedos. El frío desapareció, y ahora era un calor ofuscante lo que ocupaba su lugar. Trató de quitarle la arena pasando con cuidado las manos por encima, como quien limpia una fruta que acaba de caer al suelo, y se acercó el corazón a la boca. Su corazón. Empezó a comérselo. Masticaba con cuidado cada bocado, y cada mordisco que daba le dolía. Tragó, y la garganta protestó, como siempre que se traga algo sin saliva. Otro bocado, y a masticar lentamente. Notaba cómo su corazón se le deshacía en la boca, y aun así masticaba con cuidado antes de tragar. Entre los dientes, rechinaba la tierra pegada a cada bocado que daba, y se le erizaba la piel.
Sordo y ciego, estaba de rodillas, en medio del desierto, bajo un sol abrasante, comiéndose su corazón.
De las cuencas vacías de sus ojos comenzaron a brotar oscuras lágrimas negras.

viernes 7 de octubre de 2011

Batalla de octubre

Aquella era una tarde normal que poco a poco se iba convirtiendo en noche. Por la ventana se filtraba la luz anaranjada del indisciplinado sol de otoño, empeñado como estaba en convertir los albores de octubre en el eterno final de un inacabado mes de agosto. A pesar de los dictados del calendario, el corazón decía que aquella era una noche de verano más, atrasada, postergada en el tiempo, pero que pronto iba a quedar indeleble en la memoria. Sin más reflejos que el del exterior, el estudio, agonizante, ofrecía destellos naranjas en todos sus rincones: naranja la estantería plagada de libros y de polvo; naranja el sillón hasta arriba de ropa; naranja la luz sobre la cama donde yo recibía, también naranja, el reposado brillo de sus ojos.
Mientras nos mirábamos sentados sobre aquellas sábanas, la habitación iba poco a poco quedando marcada por su olor. Olían a ella las cortinas, su olor estaba guardado en los cajones. Sabían a sus labios las dos copas de vino que a medio terminar habíamos dejado a un lado en la atropellada tarea de desnudarnos lentamente, sin prisa.
Y allí estábamos los dos, sentados el uno frente al otro, sin más contacto que el de nuestras miradas, viendo cómo el sol asomaba por encima de los edificios. Quizá porque nos dimos cuenta de lo alejada que estaba aquella escena de la perfección cinematográfica de los pensamientos, sonreímos a la vez al descubrir nuestras imperfecciones: los lunares de la piel, las marcas de la ropa de hace un rato, las redondeces de los cuerpos. La realidad, al fin y al cabo.
Fue ella la que rompió la quietud del amanecer de aquella noche. Puso las manos sobre el colchón y se levantó un poquito, avanzando lo suficiente para caer encima de mí, sus piernas sobre mis piernas anudándome la espalda, y me rodeó el cuello con sus brazos. “Cierra los ojos”, me dijo, y cuando dejé de verla noté cómo su boca se acercaba a la mía y se paraba un instante, a dos milímetros de mi piel, para que pudiera sentirla respirar. El aire caliente de su nariz me acariciaba la cara. El primer beso duró un segundo. El segundo, dos. El tercero, una eternidad. En ese vaivén, me acarició con los dientes el labio inferior. Luego mordió, un poquito primero, un poco más después. Apretó lo justo para que la piel cediera y brotara un pequeño hilo de sangre, que se confundió con el rojo de sus labios. Abrazados, el uno contra el otro, apenas nos dimos cuenta de que ya había anochecido.
Un siglo después, caímos los dos sobre mi espalda. Aún anudados por un abrazo que ninguno quería romper, nos dejamos caer sobre la cama para respirar juntos, sobre las sábanas, su olor. Noté en mi estómago el calor de su vientre, y cómo éste crecía y decrecía con el ritmo acelerado de su respiración. Repasé con los dedos la forma de sus costillas mientras hablábamos juntos, a voces, el silencioso lenguaje de los jadeos.
En medio de aquella oscuridad que nos impedía vernos, nos conocíamos mejor que nunca. Allí, piel contra piel, libramos una batalla en la que ninguno podíamos perder. Ella fue la primera en rendirse, pero firmó una tregua aparente cuando se dejó caer boca abajo sobre el colchón, ofreciéndome su espalda, que brillaba por el sudor a pesar de la negrura del otoño. Le aparté el pelo, largo, revuelto, rizado, y recorrí muy despacio, lentamente, el tramo de piel que partía en dos su espalda, desde la parte baja hasta llegar a la nuca. Bebiéndome su sudor. Ella, con los ojos cerrados, sonreía y se dejaba hacer. Cuando mi nariz se confundió con su pelo, caí rendido a su lado. Se volvió y me miró, sin perder esa sonrisa perenne de dientes grandes y blancos. Afiló la mirada, arrugó la nariz y cerró los ojos. Aquella batalla estaba a punto de finalizar, y aunque ninguno de los dos podíamos perder una cosa había quedado clara: ella había ganado.

lunes 26 de septiembre de 2011

Versos para una boda



La vida es una batalla en la que uno necesita aliados
Encontrar en otras manos unas manos amigas
Descubrir en otros labios unos besos olvidados
En otros brazos, un abrazo; una vida en otra vida

Nadie puede tragarse solo todo el polvo del camino
Masticar toda la tierra que el mundo escupe con saña
Aguantar las cuchilladas que tienes guardadas el destino
Sin sangrar sobre otra piel las heridas del mañana

Once años os contemplan, el futuro ya os aguarda
Las miradas serán siempre más ardientes que los votos,
Y hoy vosotros os miráis, desde dentro, desde el alma,
Hoy dejáis de ser un yo para convertiros en nosotros

Escribís la nueva historia los dos cogidos de la mano
Respiráis juntos, a la vez, las horas, los días, las semanas,
Hoy Pedro eres ya, más que un amigo, un hermano
Porque sostienes lo más grande, que es la vida de mi hermana

En sus miedos van mis miedos, en sus lágrimas mi llanto
En sus labios va dibujada la sombra de mi sonrisa
En sus ojos van mis sueños, en sus manos lleva tanto
Que tendrás que descubrirla muy despacio, sin prisa

Vendrán vientos traicioneros que agitarán vuestras verdades
Pero ahora sois más fuertes, juntos no hay quien os derrita
Y aunque llegue el frío del tiempo a romperos las edades
Las desgracias se dividen, las alegrías se multiplican

No hagáis caso de las voces que gritan por los pasillos
Ni de los ruidos que pelean por interrumpir vuestra canción
Las notas de vuestro amor resuenan más que los chillidos
Porque no hay acordes más grandes que los latidos del corazón

Brindo por el pasado, que es el que os ha unido
Brindo por todos los besos que tenéis que compartir
Levanto mi copa por ti, por él, por lo que habéis vivido
Y por todas esas caricias que aún están por venir

Por que no se atreva el mundo a dejaros en el olvido
Por que no empañen las lágrimas vuestras nuevas noches de abril