martes, 12 de septiembre de 2017

Ausencia

Cerró la puerta con todo el cuidado que pudo y giró sobre sí misma para quedar de frente al pasillo, largo y estrecho, al que vertían como afluentes todas las habitaciones. Antes de dar un paso se quitó los zapatos de tacón y los dejó a un lado, para no hacer ruido, y mientras caminaba sin saber muy bien hacia dónde sintió sobre la palma de la mano el peso de las llaves. Sus llaves. Las que le tenía que haber devuelto hace tiempo pero que seguían en su poder. Esas llaves fueron en su momento el punto de inicio de una vida en común que se fue diluyendo con el tiempo hasta que los planes acabaron engullidos por el tedio y la relación se rompió poco a poco, como todas las cosas que no están hechas para durar. No fue una explosión la que dinamitó el camino que ambos andaban sino pequeñas grietas que volvían los pasos cada vez más inestables, hasta que del calor inicial sólo quedaron rescoldos y del fuego que fue nació una amistad tibia que guardaba, no obstante, un poso de cariño indeleble. Por eso le golpeó tan fuerte la noticia de su enfermedad. Por eso, quizá, se resistía a devolverle las llaves, también porque él no se las había pedido, por miedo a que ese gesto supusiera un cerrojo definitivo a aquello que fue.

Y ahora él ya no estaba.

Paseó por toda la casa buscando restos de su ausencia. Huellas de una pérdida que estaba empezando a asumir por más que fuera un vacío lejano, un ligero temblor más que un terremoto. Caminó por el pasillo y repasó con el dedo algunos muebles, dejando un rastro de color entre la pequeña pátina de polvo que empezaba a acumularse en aquellas superficies. No quería dejar ninguna pista de su paso por el piso pero no lo pudo evitar. Apenas se detuvo en la cocina el tiempo justo para abrir la nevera y encontrar el testimonio de una vida de paso. Un cartón de leche que llevaba abierto demasiado tiempo, algunas botellas de agua. Pan, embutido, salsa para la pasta. Una lata de atún abierta, el contenido ya seco. Algo de fruta, plátanos demasiado maduros. La cerró y dejó todo como estaba, resistiendo la tentación de tirar aquello que ya no servía. Llegó hasta la habitación y vio una escena familiar pese al tiempo: la cama deshecha, la sábana arrugada en la parte baja del colchón, a los pies; el pijama debajo de la almohada. Lo recuperó durante un instante y las prendas frías le devolvieron su olor algunos segundos.

Contuvo como pudo las lágrimas.

Enfiló el pasillo de nuevo en dirección a la puerta, sin querer profanar más un vacío que no le correspondía, pero no pudo resistir la tentación de llegar hasta el salón. Sobre la mesa había unas cuartillas a medio escribir que hojeó durante unos instantes. Reflexiones duras, letras que supuraban fiebre escritas en las noches en las que la memoria era ya una cicatriz que no dejaba de sangrar. Recuerdos deformados por el dolor, nombres inventados, algunos retazos de la suya y de otras historias de las que, en un gesto furioso y postrero, pareció quererse desprender. Las dejó todas ahí, no se guardó ninguna. Un sofá huérfano de cojines y un sillón que acunaba en uno de sus brazos un libro a medio leer. Ahí estaba, desafiante, con el marcapáginas asomando para trazar el punto en el que se quedó y ya nunca retomará. El final prematuro a una historia que, quién sabe, le estaba gustando o aburriendo, apasionando o aletargando en las últimas noches. Y una pregunta brotaba de aquella frontera entre las páginas, y llegó directa a su frente sin que nada pudiera amortiguarla. ¿Debía dejar el marcapáginas ahí?

Dejarlo era subrayar todo lo que su ausencia dejó inacabado. Una historia que ya no continuará pese a tener un final, un libro que quizá nadie más lea para no mover ese marcador que, sin saberlo, convirtió un punto y seguido en un punto y final.

Retirarlo del libro sería borrar uno de sus últimos rastros. Hacer correr el agua para que se lleve las huellas sobre la arena, disipar de un manotazo el humo de la última calada. Poner fin a algo que no debió terminar. No así, tan pronto.

Sostuvo el libro unos minutos en sus manos antes de dejarlo de nuevo sobre el sillón, donde lo había encontrado. Quitar el marcapáginas era un gesto de intimidad que no le correspondía. No a ella, no en ese momento. Lo dejó donde estaba pero lo empujó un poco hacia dentro, para que asomara apenas el filo sobre las páginas que dividía, para que esa frontera no fuera tan evidente y ese punto y final no resultara tan grosero. Caminó por el pasillo hacia la salida y antes de abrir la puerta dejó las llaves sobre la consola que había a la entrada, junto a un foto en la que él sonreía. La sostuvo unos segundos en las manos y la miró fijamente, y se le escapó una pequeña sonrisa también a ella. Recogió los zapatos del suelo y sin ponérselos abrió la puerta y salió al rellano, cerrando con cuidado tras de sí.


Cuando el ascensor llegó a la planta baja aún iba descalza. Todavía lloraba.   

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