lunes, 26 de enero de 2009
Tarde de invierno
No recuerdo muy bien cómo acabó, pero sí que empezó de la manera más tonta. Consumía las tardes de enero entre libros, intentando buscar algo que estimulara mi mente y me hiciera sentirme más vivo. Soy así, necesito estímulos externos que me demuestren que existo, porque rara vez tengo capacidad para dejar mi huella en algún lugar. Creo que devoraba en esos momentos el machismo de Bukowski cuando reparé en el sonido que teñía de luz aquella tarde de invierno. Desde que llegué aquí, los inviernos son más fríos, y los veranos más cortos. Es el precio que pago por tu ausencia. La verdad es que hacía días que oía sonar aquellos acordes, pero nunca le había dado la menor importancia. Pero aquella tarde sonaban especialmente tristes, como si cada vez que sus dedos tañían las cuerdas, sus ojos se regalaran una lágrima. Cerré el libro y me dejé llevar por aquella melodía que hacía aún más bucólica una tarde vacía y triste. Y me propuse averiguar quién lloraba a través de esa guitarra. Avancé por el pasillo decidido, pero perdí todo el valor cuando cerré tras de mí la puerta del piso. Subí vacilante las escaleras y agudicé el oído esperando identificar de dónde salía aquella canción. La tercera puerta de la izquierda. Tragué saliva y respiré profundamente antes de tocar con los nudillos, lo suficientemente flojo como para que no me oyera. Esperaba sentirme reconfortado, pensar eso de ‘por lo menos lo has intentado’, pero mi desasosiego fue a más. Allí, junto a la puerta, las notas me llegaban con toda su nitidez, y si antes la melodía evocaba, ahora estaba haciendo estragos. Llamé con todas mis fuerzas y la música cesó. Me preparé para lo peor. La reconocí, y me reconoció. Nos habíamos cruzado alguna vez en el ascensor, y apenas habíamos intercambiado un manido ‘buenos días’. Ahora estábamos frente a frente, mis ojos clavados en sus ojos negros. Se apartó a un lado y me dejó pasar. No hicieron falta palabras. En su rostro leí lo que ella llegó a percibir también en el mío. Nos necesitábamos. Nos besamos con furia pero sin apenas sentimiento, y caímos entrelazados en el sofá. Aquella tarde de invierno, dos tristezas formaron una sola, y solo su aliento se atrevió a contradecir aquel silencio invernal. Ahora que lo pienso, sí que sé como acabó. Cubierta apenas por una sábana, cogió su guitarra y comenzó de nuevo a tocar. Yo me vestí despacio, y me fui como llegué, sin decir una palabra. Ya no la necesitaba, ni ella me necesitaba a mí...
jueves, 18 de diciembre de 2008
Escupir recuerdos...
El frío tiene algo mágico que eriza el alma a la par que la piel. Será que el aire de invierno susurra con ecos lejanos, o que todavía mi bufanda sigue oliendo a ti, pero las luces de navidad que desafían la oscuridad de la noche me devuelven a esa juventud pretérrita, perdida para siempre, en la que el amor era una licencia y soñar algo obligatorio. Las tardes eternas en el bar de siempre, con la música de siempre y el camarero de siempre, en las que dejábamos languidecer el día y abrazábamos la nueva noche pegados a una taza de café. Apenas sabíamos nada del mundo, y nuestras monedas aún giraban en el aire decidiendo de qué lado caer. La tuya salió cruz. Lo sabemos ahora, años después, cuando la vida nos ha golpeado con toda su dureza, a ti con el dolor y a mí con el olvido. Ahora que nuestro futuro está a la vuelta de la esquina, y los años son una condena que va matando ilusiones y convierte los sueños en recuerdos, el presente en pasado y el mañana en un hoy que ni siquiera nos ha dado tiempo a planear. Sí, tu moneda salió cruz, quizá porque fui yo quien la lanzó. No recuerdo de qué lado cayó la mía, pero estoy decidido a lanzarla de nuevo. Lo haré en cuanto acabe de escribir esta carta que nunca te mandaré, cuando concluya estas líneas que tú nunca leerás, y que me duelen como si las estuviera escribiendo con mi propia sangre. No sé hacia dónde me llevan las palabras que vomita mi alma, porque de eso se trata, sólo de escupir recuerdos. Sé que nacieron de ti, y eso significa que van a doler. Sólo conozco un lugar, y es el Madrid que descubrí contigo. El Madrid que sabía a posguerra, la capital de calles empedradas, barios intrincados y cuestas interminables que nos llevaban sí o sí a la Gran Vía. Las luces de neon no lograban matar del todo nuestro sentir añejo, porque lo nuestro siempre tuvo un sabor antiguo, quizá porque nunca llegó a existir, quizá porque tan sólo duró unas horas. Fue en la noche que nos dejamos la vida en el armario y nos disparamos sobre la cama un amor a quemarropa, tan efímero como el aliento que compartimos. No lo sabes, o sí, pero se me pasó la noche viéndote respirar. Repasaba con mis dedos las gotas de luz que se filtraban por la persiana y encontraban reflejo en tu piel, morena, desnuda. Se me fue la luna oyendo latir un corazón que jamás sería mío, recordando palmo a palmo el cuerpo que poseí apenas unos segundos, y que el amanecer tornó inalcanzable. Luego, otra vez el frío, el aire, las luces de Navidad. Otra vez los recuerdos, el olvido. Otra vez el viejo café, la música, el camarero...las noches en blanco, como ésta, en la que me he sentado a escribirte porque necesito saber que aún existes. Sobre todo, porque en el fondo creo que no has existido nunca, que no te pareces en nada a mi vida, o que tienes varios pedazos de ella. Quizá sólo seas el fruto de este terrible dolor de cabeza que me permite delirar, y juntar en tu recuerdo los trozos de aquellas a las que no olvidaré nunca. Quizá sólo te haya construido con retales de mi pasado, o te esté deseando para el futuro. O quizá sólo seas unas líneas febriles en un viejo cuaderno, porque, al fin y al cabo, de eso se trata, de escupir recuerdos...
viernes, 12 de diciembre de 2008
Nieve
La nieve. No le gustaba la nieve. Odiaba la nieve. No era por ese ruido que hacía al crujir bajo sus pies, y que paso a paso le sacaba de quicio. Tampoco por el frío que había entumecido sus dedos, ni por el agua que empapaba sus calcetines. Odiaba la nieve porque no era como en las películas. De pequeño creía que se trataba de un manto blanco, como de algodón, que hacía que las ciudades olieran a invierno. Pensaba que podría cogerla entre sus manos y sentirla, darle forma y arrojarla lejos, en medio de un montón de risas que anunciaban el inicio del juego. Como en la tele. Pero no. La nieve es sucia. Cae al suelo y se llena de tierra, pierde todo lo que tiene de puro. Como los recuerdos. Como el futuro. Quizá de pequeño soñó demasiado. En su mundo de nieve de algodón pensó en una vida para él, en un lugar para él, en una persona para él. Nada. Ni siquiera tenía identidad. Sólo había conocido el amor a través del dolor más intenso, sólo cuando realmente se fue comprendió que la amaba. Sólo cuando realmente se fue comprendió que ya no era nada. Cuando ella se marchó se llevó toda su vida. También se llevó su hogar. Hace años sentía la ciudad como suya, y arañaba en todos los rincones un pedazo de su piel para sentir como la ciudad sentía. Oyó un ruido a su espalda y apretó el paso instintivamente, casi sin reconocerse en ese efímero acto de valor. Hoy la ciudad no le susurraba nada, y sentía en sus rincones la indiferencia de un extraño. No había una chica para él, ni había un lugar para él. Ni siquiera tenía una vida para él porque su vida ya no le pertenecía. No estaba en sus manos. Por eso no le gustaba la nieve, porque saboreaba en ella el valor de lo que no fue, la rabia de lo que pudo haber sido. Y porque en aquel manto blanco que cubría la ciudad, y efectivamente hacía que en ella se respirase el invierno, la sangre que manaba de su pierna dibujaba un reguero rojo que conducía directamente a él, y dibujaba un mapa perfecto para los que le seguían. Se palpó la herida con la mano congelada, y apenas sí pudo sentir el calor de la vida que se le escapaba, antes de oírlos detrás de él. No acertó a llorar, y se sentó en la nieve. La nieve... no, no le gustaba la nieve. Odiaba la nieve...
viernes, 21 de noviembre de 2008
Un extraño con recuerdos
Las notas del piano hacían temblar las volutas de humo que inundadan el local, y conferían a aquel lugar un aire plácido de madrugada. Fuera llovía, pero dentro sólo se escuchaba el tenue murmullo de la gente, y, por encima de él, la voz despiadada de una cantante que vomitaba himnos de esperanza y que, de vez en vez, dirigía una mirada furtiva, entre la curiosidad y la lujuria, a las mesas que ocupaban la platea.
Reconoció vagamente la melodía, pero no acertó a identificarla. Sentado, solo, en un rincón del bar, recorría con su dedo el borde de la copa, antes de apurar el whisky y hacer una seña al camarero para que volviera a llenarla. Había soñado muchas veces con un lugar como aquel, pero nunca en aquellas circunstancias, jamás rodeado de aquella soledad que empezaba a consumirle.
Se había imaginado en la misma mesa que ahora ocupaba, tarareando la melodía al oído de una mujer que se estremecía con cada jirón que sus dedos dibujaban en su espalda, acompañando con besos los silencios de la cantante, la misma que ahora aprovechaba una pausa para tomar un sorbo de agua.
Esa mujer no había existido, ni ahora ni nunca. No encontró jamás, en sus efímeras compañeras, nada que le invitara a quedarse más allá de una noche, una semana, un mes; y terminaba desapareciendo, sin decir nada, caminando despacio en mitad de la noche, mientras el eco de sus pasos inundaba los rincones de alguna calle vacía.
Miró por la ventana y dejó que sus recuerdos se empaparan de aquella lluvia que caía a la vez en todos los lugares. No vio más que vacío. Nada que rescatar en medio de la niebla, nadie a quien llamar entre tanta oscuridad, ningún lugar al que ir para esperar a que escampe.
'Nunca he formado parte de nada, de nadie, ni de ningún lugar', pensó, y no le faltaba razón. Sus años no dejarían ningún poso sobre el tapiz de la vida, ninguna sensación, ni una sola sonrisa. De su ausencia tampoco afloraría lágrima alguna. Podría desaparecer sin evocar siquiera una fría despedida, porque no tenía nadie a quien echar de menos.
Reparó en el coche aparcado en la acera justo en el momento en que un hombre alto, trajeado y con la mirada oscura abría la puerta del local, y dejaba que una lengua de frío partiera en dos la calidez del ambiente antes de dejar tras de sí la calle e introducirse en los rostros enfermos de angustia y las miradas ajadas de aquel ambiente.
Después de vacilar un momento, el intruso -porque eso era, un intruso con recuerdos, algo que el resto no tenía- se dirigió a su mesa, y esperó de pie a que le invitara a sentarse con él. Sin mirar hacia arriba, apartó con el pie la silla vacía y le invitó a sentarse. Cuando encontró su rostro a la misma altura, percibió un ansia nerviosa en su acompañante, aderezada quizá por un punto de locura.
-He venido a matarte -murmuró el hombre del traje.
-Lo sé -respondió, sereno, mientras hacía una seña al camarero-. Deja que te invite a un trago...
Reconoció vagamente la melodía, pero no acertó a identificarla. Sentado, solo, en un rincón del bar, recorría con su dedo el borde de la copa, antes de apurar el whisky y hacer una seña al camarero para que volviera a llenarla. Había soñado muchas veces con un lugar como aquel, pero nunca en aquellas circunstancias, jamás rodeado de aquella soledad que empezaba a consumirle.
Se había imaginado en la misma mesa que ahora ocupaba, tarareando la melodía al oído de una mujer que se estremecía con cada jirón que sus dedos dibujaban en su espalda, acompañando con besos los silencios de la cantante, la misma que ahora aprovechaba una pausa para tomar un sorbo de agua.
Esa mujer no había existido, ni ahora ni nunca. No encontró jamás, en sus efímeras compañeras, nada que le invitara a quedarse más allá de una noche, una semana, un mes; y terminaba desapareciendo, sin decir nada, caminando despacio en mitad de la noche, mientras el eco de sus pasos inundaba los rincones de alguna calle vacía.
Miró por la ventana y dejó que sus recuerdos se empaparan de aquella lluvia que caía a la vez en todos los lugares. No vio más que vacío. Nada que rescatar en medio de la niebla, nadie a quien llamar entre tanta oscuridad, ningún lugar al que ir para esperar a que escampe.
'Nunca he formado parte de nada, de nadie, ni de ningún lugar', pensó, y no le faltaba razón. Sus años no dejarían ningún poso sobre el tapiz de la vida, ninguna sensación, ni una sola sonrisa. De su ausencia tampoco afloraría lágrima alguna. Podría desaparecer sin evocar siquiera una fría despedida, porque no tenía nadie a quien echar de menos.
Reparó en el coche aparcado en la acera justo en el momento en que un hombre alto, trajeado y con la mirada oscura abría la puerta del local, y dejaba que una lengua de frío partiera en dos la calidez del ambiente antes de dejar tras de sí la calle e introducirse en los rostros enfermos de angustia y las miradas ajadas de aquel ambiente.
Después de vacilar un momento, el intruso -porque eso era, un intruso con recuerdos, algo que el resto no tenía- se dirigió a su mesa, y esperó de pie a que le invitara a sentarse con él. Sin mirar hacia arriba, apartó con el pie la silla vacía y le invitó a sentarse. Cuando encontró su rostro a la misma altura, percibió un ansia nerviosa en su acompañante, aderezada quizá por un punto de locura.
-He venido a matarte -murmuró el hombre del traje.
-Lo sé -respondió, sereno, mientras hacía una seña al camarero-. Deja que te invite a un trago...
lunes, 27 de octubre de 2008
El Parque
Caminaba despacio, sintiendo el peso de su cuerpo en cada uno de sus pasos. Cuando enfiló el camino de baldosas que partía en dos el parque, se detuvo apenas un instante, casi aliviado, protegido. Hacía años que conocía sus rincones, que caminaba sobre sus hojas y disfrutaba de la quietud de sus árboles y de esos silencios ocultos que destilaban las ramas al sentir el beso del viento.
Desde que era pequeño, había aprendido a refugiarse en la soledad del parque. La primera vez fue con su padre, cuando su madre ya se había ido. En silencio, recorrieron el lugar de una punta a otra, caminando muy despacio y, a pesar de que era muy pequeño, comprendió lo que su padre le quería decir sin palabras.
Veía en sus árboles el discurrir de la vida, sobre todo cuando admiraba la estampa que el parque ofrecía en otoño. Los árboles de hoja perenne afilaban su verdor contra un cielo que aún conservaba sus destellos azules, añorando un calor que tardaría en regresar. Los caducos, sin embargo, empezaban a amarillear y alfombraban el suelo con sus primeras hojas caídas. También había unos árboles con las hojas rojas, como fuego, y que bailaban como una hoguera cuando los mecía el aire.
Contemplado desde la entrada, enmarcado en el último rayo de sol que evocaba un verano tardío, el parque ofrecía una estampa sin par. Una metáfora de la vida misma.
Cuando su padre también se fue, él continuó caminando solo por aquél enjambre de sensaciones. Se sentía como esos árboles verdes, majestuosos, mientras todo lo que le rodeaba, todo aquello que quería, tendía a amarillear. Primero su madre, luego su padre, ahora ella... Estaba cansado de sentir el viento en la cara, mientras a los demás se les caían las hojas.
De repente, reparó en los árboles rojos, pequeños, ardientes. Una ola de desasosiego inundó todo su ser, y se fue comiendo poco a poco la calma que le embargaba. Su significado se le escapaba, no había conseguido identificarlos, como a los demás.
Se paró en seco, creyendo oír aún la voz de su mujer en las hojas que caían a sus pies. Repentinamente, sintió un tirón en la manga del abrigo, y miró hacia abajo. Su hija lo miraba fijamente, con esos ojitos azules que tanto le recordaban a su madre.
Se puso de puntillas y estiró la manita para enjugar una lágrima que, en esos momentos, recorría una de sus mejillas. Y le sonrió. Y entonces comprendió que también su hija había comprendido, a través de su silencio, el significado del parque.
Desde que era pequeño, había aprendido a refugiarse en la soledad del parque. La primera vez fue con su padre, cuando su madre ya se había ido. En silencio, recorrieron el lugar de una punta a otra, caminando muy despacio y, a pesar de que era muy pequeño, comprendió lo que su padre le quería decir sin palabras.
Veía en sus árboles el discurrir de la vida, sobre todo cuando admiraba la estampa que el parque ofrecía en otoño. Los árboles de hoja perenne afilaban su verdor contra un cielo que aún conservaba sus destellos azules, añorando un calor que tardaría en regresar. Los caducos, sin embargo, empezaban a amarillear y alfombraban el suelo con sus primeras hojas caídas. También había unos árboles con las hojas rojas, como fuego, y que bailaban como una hoguera cuando los mecía el aire.
Contemplado desde la entrada, enmarcado en el último rayo de sol que evocaba un verano tardío, el parque ofrecía una estampa sin par. Una metáfora de la vida misma.
Cuando su padre también se fue, él continuó caminando solo por aquél enjambre de sensaciones. Se sentía como esos árboles verdes, majestuosos, mientras todo lo que le rodeaba, todo aquello que quería, tendía a amarillear. Primero su madre, luego su padre, ahora ella... Estaba cansado de sentir el viento en la cara, mientras a los demás se les caían las hojas.
De repente, reparó en los árboles rojos, pequeños, ardientes. Una ola de desasosiego inundó todo su ser, y se fue comiendo poco a poco la calma que le embargaba. Su significado se le escapaba, no había conseguido identificarlos, como a los demás.
Se paró en seco, creyendo oír aún la voz de su mujer en las hojas que caían a sus pies. Repentinamente, sintió un tirón en la manga del abrigo, y miró hacia abajo. Su hija lo miraba fijamente, con esos ojitos azules que tanto le recordaban a su madre.
Se puso de puntillas y estiró la manita para enjugar una lágrima que, en esos momentos, recorría una de sus mejillas. Y le sonrió. Y entonces comprendió que también su hija había comprendido, a través de su silencio, el significado del parque.
viernes, 10 de octubre de 2008
Telecinco, ¿cadena amiga?
Soy un incrédulo. Lo confieso, la mayoría de las veces, la realidad me supera. No deja desorprenderme. Hablo de Telecinco, un proyecto que comenzó siendo una cadena de televisión y que ahora se ha convertido en un sumidero adonde va a parar toda la mierda. Una cadena que tiempo que perdió la batalla con el sentido común.
Cuando hace unas semanas le llenaron el bolsillo a ese personaje en el que se ha convertido Violeta Santander, que está haciendo caja a costa del coma de un hombre que ocupó su lugar en la cama que estaba destinada para ella, para que vomitara sus miserias en La Noria, pensé que no se podía caer más bajo. Es difícil hacerlo cuando ya estás sumergido en lo más hondo de la cloaca.
Pues bien, semanas después, convirtieron la miseria en algo deleznable cuando volvieron a dar silla y voz a ese personaje, para que prosiguiera con su particular batalla y defendiera que el energúmeno que ha dejado en coma al profesor Neira nunca se olvida de regar las plantas y baja la tapa del retrete cuando orina. Dice que es buena persona, y por defender a un homicida frustrado (recuerdo que declaró que no le pegó más al profesor porque ya no se movía) vuelve a llevarse una buena pasta.
Se trata de un despropósito más para una cadena que se ha dado definitivamente al amarillismo, al morbo, a la víscera. Podría nombrar un montón de programas en los que se dedican minutos y minutos a los personajes más variopintos, por ser educado, y en los que se patalea una y otra vez lo que algunos entendemos por periodismo. El colmo llega cuando, por la noche, los espacios que deben ser santo y seña de la cadena, los informativos, se dedican a resumirnos en dieciocho minutos todo lo que de verdad importa, para que cuatro pintamonas tengan más tiempo de seguir con su show.
Lo más gracioso de todo esto es que, los iluminados que mueven los hilos de ese territorio en el que Jesús Gil nos daba una lecciónde machismo sumergido en un jacuzzi y rodeado de mamachichos, reclaman que otra cadena y otro programa, que no hace sino destapar sus miserias, vulneran sus derechos de propiedad intelectual. Intelectual, precisamente una palabra que les queda demasiado grande.
La pataleta no ha quedado ahí. 'Sé lo que hicisteis...' ha sabido reírse de una sentencia absurda, y ha hecho del ingenio su bandera. Cada vez son más divertidos, mejores. Telecinco, más lleno de rabia que nunca, ha intentado parodiar a La Sexta en esa bazofia que emite por internet bajo el seudónimo de Becarios (de esto ya hablaremos otro día), y ha desnudado todas sus vergüenzas con un capítulo absurdo, apoyado en la macarranería y en el tópico y en el que la inteligencia y el humor brillan por su ausencia.
Esperaba más clase, lo reconozco. Ya he dicho que soy un incrédulo. Esperaba un punto de cordura en la que se dice nuestra 'cadena amiga'. Pero no. En su lugar, minutos y más minutos de mierda, disparada sin piedad pero, eso sí, con una sonrisa en los labios. Hace tiempo que me preguntaba por qué cuando ponía Telecinco, mi tele se rodeaba de moscas. Poco a poco lo voy entendiendo. ¡Viva Sé lo que hicisteis...!
Cuando hace unas semanas le llenaron el bolsillo a ese personaje en el que se ha convertido Violeta Santander, que está haciendo caja a costa del coma de un hombre que ocupó su lugar en la cama que estaba destinada para ella, para que vomitara sus miserias en La Noria, pensé que no se podía caer más bajo. Es difícil hacerlo cuando ya estás sumergido en lo más hondo de la cloaca.
Pues bien, semanas después, convirtieron la miseria en algo deleznable cuando volvieron a dar silla y voz a ese personaje, para que prosiguiera con su particular batalla y defendiera que el energúmeno que ha dejado en coma al profesor Neira nunca se olvida de regar las plantas y baja la tapa del retrete cuando orina. Dice que es buena persona, y por defender a un homicida frustrado (recuerdo que declaró que no le pegó más al profesor porque ya no se movía) vuelve a llevarse una buena pasta.
Se trata de un despropósito más para una cadena que se ha dado definitivamente al amarillismo, al morbo, a la víscera. Podría nombrar un montón de programas en los que se dedican minutos y minutos a los personajes más variopintos, por ser educado, y en los que se patalea una y otra vez lo que algunos entendemos por periodismo. El colmo llega cuando, por la noche, los espacios que deben ser santo y seña de la cadena, los informativos, se dedican a resumirnos en dieciocho minutos todo lo que de verdad importa, para que cuatro pintamonas tengan más tiempo de seguir con su show.
Lo más gracioso de todo esto es que, los iluminados que mueven los hilos de ese territorio en el que Jesús Gil nos daba una lecciónde machismo sumergido en un jacuzzi y rodeado de mamachichos, reclaman que otra cadena y otro programa, que no hace sino destapar sus miserias, vulneran sus derechos de propiedad intelectual. Intelectual, precisamente una palabra que les queda demasiado grande.
La pataleta no ha quedado ahí. 'Sé lo que hicisteis...' ha sabido reírse de una sentencia absurda, y ha hecho del ingenio su bandera. Cada vez son más divertidos, mejores. Telecinco, más lleno de rabia que nunca, ha intentado parodiar a La Sexta en esa bazofia que emite por internet bajo el seudónimo de Becarios (de esto ya hablaremos otro día), y ha desnudado todas sus vergüenzas con un capítulo absurdo, apoyado en la macarranería y en el tópico y en el que la inteligencia y el humor brillan por su ausencia.
Esperaba más clase, lo reconozco. Ya he dicho que soy un incrédulo. Esperaba un punto de cordura en la que se dice nuestra 'cadena amiga'. Pero no. En su lugar, minutos y más minutos de mierda, disparada sin piedad pero, eso sí, con una sonrisa en los labios. Hace tiempo que me preguntaba por qué cuando ponía Telecinco, mi tele se rodeaba de moscas. Poco a poco lo voy entendiendo. ¡Viva Sé lo que hicisteis...!
sábado, 4 de octubre de 2008
Réquiem
Bebo desde que me dejaste. Intento ahogar mis penas en alcohol desde que no estás conmigo. No es cierto eso que dicen de que las penas flotan... no, a las mías les da miedo el oleaje, y desaparecen apenas he paladeado el primer sorbo de ron. Bueno, a decir verdad no desaparecen, se esconden, porque apenas ha despuntado el sol vuelven a mi cabeza y golpean con insolencia en mi sien, recordándome que siguen aquí conmigo.
No recuerdo cómo te fuiste, ni sé si me despedí. Si hubiera sabido que aquél iba a ser nuestro último beso, hubiera saboreado cada instante. Si me hubieras dicho que mañana no ibas a estar aquí, hubiéramos dormidos juntos para siempre en el ayer, anclando el sol con nuestras sábanas para que nunca amaneciera. Si hubiera sabido que iba a ser tan duro, me hubiera ido contigo.
De nada sirven los recuerdos para quien no tiene consuelo. Tampoco es consuelo el alcohol, nada me reconforta. Me acodo en cualquier barra de bar esperando que el humo disipe tu imagen y la música de fondo esconda el eco de tu voz. A veces miro a alguna chica de las que pasan por mi lado, pero todas tienen algo que me recuerda a ti. ¿Por qué es tan difícil olvidarte?
Esta noche no he ido al bar, prefiero deshilacharme gota a gota en casa. He abierto la ventana en mitad de la madrugada para respirar bien hondo el primer frío del otoño, hasta notar cómo el gélido aire trizaba todos los rincones de mi pecho.
Y me he puesto a escribir, sin saber si son éstas las últimas líneas que te dedico. Me había propuesto olvidarte, pero no puedo, así que dejaré de ser yo para siempre. No habrá en mi persona ningún rastro de mí, de lo que fui, de lo que soy. Nadie, ni yo mismo, sabrá lo que algún día pude llegar a ser. Mi vida desapareció cuando te fuiste, y mi alma habita allá donde la tuya descansa.
No recuerdo cómo te fuiste, ni sé si me despedí. Si hubiera sabido que aquél iba a ser nuestro último beso, hubiera saboreado cada instante. Si me hubieras dicho que mañana no ibas a estar aquí, hubiéramos dormidos juntos para siempre en el ayer, anclando el sol con nuestras sábanas para que nunca amaneciera. Si hubiera sabido que iba a ser tan duro, me hubiera ido contigo.
De nada sirven los recuerdos para quien no tiene consuelo. Tampoco es consuelo el alcohol, nada me reconforta. Me acodo en cualquier barra de bar esperando que el humo disipe tu imagen y la música de fondo esconda el eco de tu voz. A veces miro a alguna chica de las que pasan por mi lado, pero todas tienen algo que me recuerda a ti. ¿Por qué es tan difícil olvidarte?
Esta noche no he ido al bar, prefiero deshilacharme gota a gota en casa. He abierto la ventana en mitad de la madrugada para respirar bien hondo el primer frío del otoño, hasta notar cómo el gélido aire trizaba todos los rincones de mi pecho.
Y me he puesto a escribir, sin saber si son éstas las últimas líneas que te dedico. Me había propuesto olvidarte, pero no puedo, así que dejaré de ser yo para siempre. No habrá en mi persona ningún rastro de mí, de lo que fui, de lo que soy. Nadie, ni yo mismo, sabrá lo que algún día pude llegar a ser. Mi vida desapareció cuando te fuiste, y mi alma habita allá donde la tuya descansa.
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