viernes, 12 de diciembre de 2008

Nieve

La nieve. No le gustaba la nieve. Odiaba la nieve. No era por ese ruido que hacía al crujir bajo sus pies, y que paso a paso le sacaba de quicio. Tampoco por el frío que había entumecido sus dedos, ni por el agua que empapaba sus calcetines. Odiaba la nieve porque no era como en las películas. De pequeño creía que se trataba de un manto blanco, como de algodón, que hacía que las ciudades olieran a invierno. Pensaba que podría cogerla entre sus manos y sentirla, darle forma y arrojarla lejos, en medio de un montón de risas que anunciaban el inicio del juego. Como en la tele. Pero no. La nieve es sucia. Cae al suelo y se llena de tierra, pierde todo lo que tiene de puro. Como los recuerdos. Como el futuro. Quizá de pequeño soñó demasiado. En su mundo de nieve de algodón pensó en una vida para él, en un lugar para él, en una persona para él. Nada. Ni siquiera tenía identidad. Sólo había conocido el amor a través del dolor más intenso, sólo cuando realmente se fue comprendió que la amaba. Sólo cuando realmente se fue comprendió que ya no era nada. Cuando ella se marchó se llevó toda su vida. También se llevó su hogar. Hace años sentía la ciudad como suya, y arañaba en todos los rincones un pedazo de su piel para sentir como la ciudad sentía. Oyó un ruido a su espalda y apretó el paso instintivamente, casi sin reconocerse en ese efímero acto de valor. Hoy la ciudad no le susurraba nada, y sentía en sus rincones la indiferencia de un extraño. No había una chica para él, ni había un lugar para él. Ni siquiera tenía una vida para él porque su vida ya no le pertenecía. No estaba en sus manos. Por eso no le gustaba la nieve, porque saboreaba en ella el valor de lo que no fue, la rabia de lo que pudo haber sido. Y porque en aquel manto blanco que cubría la ciudad, y efectivamente hacía que en ella se respirase el invierno, la sangre que manaba de su pierna dibujaba un reguero rojo que conducía directamente a él, y dibujaba un mapa perfecto para los que le seguían. Se palpó la herida con la mano congelada, y apenas sí pudo sentir el calor de la vida que se le escapaba, antes de oírlos detrás de él. No acertó a llorar, y se sentó en la nieve. La nieve... no, no le gustaba la nieve. Odiaba la nieve...

2 comentarios:

dudo dijo...

Es que me das una envidia, cacho cabrón (con perdón). Es que escribes tan bien...

Indo dijo...

jo. qué impacto, oye.
es verdad que la nieve es mejor en las pelis. como los campos de trigo. como el mar, como todo. la realidad lo ensucia todo un poco.
me ha gustado, pero me ha dejado con la intriga de qué va a ocurrir...