Eso fue, sin duda, lo más difícil. Sobreponerse a ese abrazo de hiel con el que te envolvía una mirada como la suya, fría hasta una calidez extrema, lejana y terriblemente penetrante. Estaba realmente enamorado de sus ojos. Aquella mañana luminosa que sucedió a la incesante lluvia de la noche, se pasó un buen rato viéndola dormir. Boca abajo, sobre la cama, la sábana tapando apenas sus piernas, dedicó todo el tiempo del mundo a memorizar cada rincón de su cuerpo, iluminado ahora por el sol. Acercó un dedo hasta sus caderas, sin llegar a tocarla, y rozó cada centímetro de su piel desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, tocándole levemente el pelo. Después se fijó en su rostro sereno, brillante, con los ojos apretados, como si intentara que no se le escapara nunca el sueño que tenía entre las manos, y con aquellos labios finos dibujando una sonrisa. Aun con el velo caído de los párpados, podía sentir cómo lo abrazaba su mirada, cómo esos ojos verdes, aunque la noche anterior le habían parecido azules, hacían que se le erizara toda la piel. Más allá de sus ojos cerrados, podía sentir perfectamente la intensidad de una mirada que acababa de atraparle, ambos creían que para siempre.
La misma mirada que, en esos momentos, tenía frente a él. Tomó un sorbo del café e hizo lo posible para disimular el calor que le abrasó la punta de la lengua, al darse cuenta de la profundidad con la que esa noche le abrazaban esos ojos azules que por la mañana parecían verdes.
-Hace mucho tiempo que no tenemos una noche así, para hablar-, se atrevió a decir.
-Parece que lo estuviéramos evitando-, respondió ella, y el primer pulso entre los dos se resolvió con un dardo acerado manchado de veneno que se clavó en la pared, sin alcanzarles.
-Parece no, yo creo que lo estábamos evitando-. Todavía hoy no se explica de dónde sacó el valor para decir aquello, para destapar un cofre que llevaba mucho tiempo cerrado y que ninguno de los dos quería abrir, porque en el fondo del mismo estaba escrita la palabra fin.-No sé qué nos está pasando, pero sé que no es nada bueno.
No podía serlo. Le hubiera gustado que le hubiera dicho, directamente, que se había cansado de él. Que no quería verle más. Que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se marchara de casa, y que los dos empezaran a andar por caminos separados. Le hubiera gustado que existiera una explicación lógica a aquella bruma que les rodeaba, aquella nube que había dejado atrás las noches en las que habían visto amanecer abrazados, ella encima de él, desnudos sobre una silla; o las mañanas en las que disfrutaban del primer frío invernal paseando por los parques de una ciudad que atardecía para ellos dos; o las noches en las que no hacía falta decirse nada, y todo acababa con ella durmiendo sobre él, en el sofá, con la tele encendida. Aquello no podía esfumarse sin más.
Lo siguiente fue el silencio, otra vez el silencio. El suave susurro del hilo musical sobrevolando sus cabezas y el sonido metálico de la cucharilla golpeando la taza de café. Seguro que había muchas cosas que decir, pero ninguno de los dos encontraba las palabras.
-No, no es nada bueno. Y no entiendo por qué. Esto no se puede acabar así, sin más…
-Hay veces que las cosas se acaban, se agotan, y no hay ninguna explicación-, acababa de asumir el papel de duro, más le valía ser capaz de mantenerlo hasta el final, -y sólo se puede, en fin…
-¿Mirar hacia otro lado?
-No me refiero a eso, quiero decir que por mucho que luches por mantener una llama encendida, a veces llega un momento en el que se apaga, y por mucho que intentes prenderla de nuevo no puedes recuperar el fuego que ya se ha ido-, valiente gilipollas, pensó, menudas metáforas que te buscas.
-Vaya, yo pensaba que la escritora era yo.
-Soy periodista, ya sabes que también estoy acostumbrado a inventar historias.
Y ella sonrió. Una sonrisa, leve, pero una sonrisa al fin y al cabo. La segunda en una noche destinada al llanto, en la que hasta el cielo oscuro sobre la ciudad había encontrado el momento para llorar. Pasado el momento de tregua, llegaba el segundo asalto.
-No puedo cree que hayamos dejado que esto se acabe así. Siempre nos prometimos que veríamos venir el final, que lo dejaríamos justo a tiempo para evitarnos una despedida, para no tener…
Para no tener que lamentar más heridas en el corazón. La frase resonó en su mente al mismo tiempo que ella la pronunciaba, de la misma forma que los dos la pronunciaron a la vez, una lejana mañana, un par de años atrás, cuando se sentían tan fuertemente ligados el uno al otro que lo único que podía pasar es que ambos se hicieran daño. Mucho daño.
-Quizá después de todo, nosotros somos como los demás…
-No somos como los demás
-…y esta ha sido otra relación como tantas…
-No, ha sido única. Irrepetible.
-Lo sé.
Vaya si lo sabía. Aún no había acabado y ya podía sentir el enorme vacío que ella dejaba tras de sí. Casi podía sentir cómo por dentro se iba agrietando su alma, y sintió que le faltaba el aire. Se esforzó por respirar, tratando de llenar los pulmones de aire, pero el aliento, simplemente, se le escapaba. El pecho le iba a estallar. Era como si un puño caliente le envolviera el corazón, y se lo apretara más y más hasta exprimir la sangre que contenía. Una puntada de dolor le nació de las entrañas, como una puñalada, y se extendió hasta el pecho y el cuello, haciéndose cada vez más grande, palpitante, insoportable…
Entonces, puso su mano sobre la de ella, y el dolor cesó. Le acarició levemente el dorso de la mano, y notó cómo ella entrelazaba los dedos con los suyos, y le acariciaba dulcemente la muñeca. Y el aire volvió a los pulmones. El dolor había desaparecido, pero él sabía que volvería. Volvería pronto, muy pronto, y lo haría multiplicado hasta el infinito.
sábado, 2 de octubre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Detrás de unos ojos azules (IV)
Fueron apenas diez pasos, pero fueron los más largos de su vida. Mientras caminaba hacia la mesa se concentró para que el café no se derramara, a pesar de que el líquido negro asomaba de cuando en cuando por el borde de la taza. Nunca había tenido buen pulso, desde luego, y siempre había sido un poco torpe, pero la simple tarea de trasladar una taza llena de café de la barra a la mesa de un bar se convierte en una auténtica prueba de obstáculos si se acomete con el corazón latiendo a mil. En esos momentos en los que sólo la tenue melodía del hilo musical taladraba el desasosegante silencio de la cafetería, casi podía oír cómo su pecho resonaba como un tambor, tam tam, tam tam, sin pausa, cada vez más fuerte. Resistió la tentación de pararse a coger aire, porque quizá ya era tarde para mostrar signos de debilidad. Llegó a la mesa, dejó el café y se sentó frente a ella, aparentando toda la normalidad que pudo.
Allí estaban, de una vez por todas, frente a frente, apenas a un metro de distancia. En un rápido vistazo recorrió todo su cuerpo, memorizando sin querer cada detalle. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, una encima de la otra al lado del libro que, según supuso, había intentado, sin éxito, leer esa misma noche. Sus dedos entrelazados. Sus brazos, sus hombros, ahora tapados, durante el verano siempre descubiertos. Y su cara, dos labios finos y bien perfilados que escondían una sonrisa detrás de aquellos ojos azules. ¿O eran verdes? Ni siquiera ahora, a un metro de distancia, sabría decirlo con toda certeza. El pelo color miel.
-Hola- dijo ella, sin extrañarle que él no hiciera siquiera el amago de darle un beso. ¿Hacía falta guardar las apariencias?
-Hola- contestó él, con un hilo de voz, -¿cómo estás?
-Bien, aunque hoy no he logrado escribir ni una sola línea.
Hacía tiempo que ella tenía una historia atravesada en la mente, pero no lograba escribirla. Ella no lo decía, pero debajo de aquella rutina maliciosa que había teñido los últimos días, las últimas semanas, prácticamente el último mes, él sabía que tenía parte de culpa de su silencio. Debe ser poco alentador intentar escribir al lado de alguien como yo, pensaba algunas veces, y se recordó una y otra vez tumbado en la cama, con la única luz de la lámpara de noche, leyendo las páginas viejas de un libro usado, cualquiera, uno distinto cada noche que siempre se quedaba a medias, mientras ella, desde el otro lado del piso, apoyaba los codos sobre la mesa y miraba fijamente el extraño reflejo que sobre la máquina de escribir le devolvía, impoluta en el carrete, la página en blanco.
-Tranquila- mintió como siempre, -seguro que al final consigues sacártela de encima.
-Eso espero. ¿Qué tal tu día?
-Bien- volvió a mentir, sabiendo que entrar en detalles no facilitaría las cosas, -otro día más para olvidar.
-Has vuelto a beber. Te huele el aliento a bourbon.
-Sólo un trago en la redacción, antes de salir. Estoy bien.
Y ambos decidieron entonces firmar una tregua velada amparados en el suave chapoteo de las gotas sobre la acera, de la lluvia en el cristal. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos volvieron la vista hacia la calle y decidieron respetar ese instante de silencio, ese minuto de calma que antecede a la tempestad.
Por un momento, estuvo tentado de recordar la noche en que se conocieron. También llovía, pero aquella era una lluvia cálida, de primavera, y la de hoy era simplemente el último telón de agua que precede al frío del invierno. En aquella ocasión, la calle había servido de refugio para dos jóvenes que, sin pretenderlo, acabaron deseándose hasta el amanecer, y anudaron sus vidas con una cuerda que estaba a punto de romperse, de deshilachada que estaba. Hacía ya, ¿cuántos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Qué importaba. Él sabía que aquel era el momento a partir del cual iba a medir su vida, y para ella aquella noche también supuso el principio de un cuento que estaba a punto de acabar.
Aquella noche de primavera de hacía cuatro años, ella salió de una fiesta en la que se empezaba a aburrir, y sobre la acera, en mitad de la lluvia, encontró a chico que se había sentado en la calle porque dentro no conocía a nadie. La primera sensación que surgió entre ambos fue curiosidad, la de ella por saber por qué aguantaba empapado bajo la lluvia. La de él por descubrir si aquellos ojos que le miraban desde la puerta del local eran azules, verdes o dorados, de tanto como brillaban. Se cruzaron sus miradas y ella caminó hacia donde él se encontraba. Te vas a manchar el vestido, fue lo primero que se le ocurrió decir, y lo segundo fue una sonrisa cuando ella sugirió que podrían compartir la factura de la tintorería cuando él fuera a llevar su chaqueta. Se miraron un instante y, sin saber por qué, los dos se levantaron a un tiempo, y empezaron a caminar.
Ella lo hacía bajo los balcones y los tejados, subida a la acera. Él, en medio de la lluvia, por la calzada, expuesto a que algún coche a toda velocidad empapara cualquier rincón de su cuerpo por el que el agua no se hubiera filtrado todavía. Fue un paseo largo, sin un rumbo fijo pero sí con una meta marcada: el amanecer entre sus hombros, la salida del sol en medio de un mar de abrazos. Caminaron y hablaron de todo, de esto y de lo otro, de las ganas de escribir de ella y del periodismo que él se imaginaba, de las anécdotas en la Facultad de Literatura y de las tardes muertas jugando al mus en la cafetería del edificio de Ciencias de la Información. Del futuro que tenían por delante uno y otro y, por qué no, los dos juntos.
Llegó un momento, sin que él supiera cómo, que ella se detuvo y le dijo: éste es mi portal, ¿quieres subir? Y él se moría de ganas. Llamaron en silencio al ascensor, y las palabras se acabaron cuando las puertas de metal se cerraron y el cable metálico empezó a tirar de ellos hacia arriba. El ascensor fue un volcán. Uno contra el otro, los dos contra el espejo, dos bocas que se juntan, dos lenguas que se encuentran. Las caricias atropelladas por debajo de la ropa mojada. La respiración de uno y de otro, cada vez más intensas, convirtiéndose en una sola. El tacto frío de la sábana en contraste con la calidez de la piel, el sabor a sudor y a noche mojada. Sus ojos, azules, verdes o dorados, clavados en su rostro como lo hacían sus uñas en su espalda. El amanecer perezoso de las diez de la mañana en medio de un día soleado que para nada recordaba la lluvia de la noche anterior.
Quizá mañana no llueva, le disparó su cerebro, a quemarropa, tratando de sacarle de ese lejano recuerdo. Igual que aquella noche, puede que el día siguiente sea un día soleado, pensó. Apartó la vista del ventanal y alejó su mente de la lluvia para concentrarse de nuevo en ella, y en aquellos ojos azules (sí, seguro que eran azules) que le miraban fijamente apenas a un metro de distancia, al otro lado de la mesa. Esos mismos ojos verdes (estaba casi seguro) de los que ahora brotaba una lágrima que resbalaba por su mejilla igual que las gotas que lloraba el cielo lo hacían por el cristal. Si aquello iba a ser una guerra, mejor empezar cuanto antes con las heridas.
Allí estaban, de una vez por todas, frente a frente, apenas a un metro de distancia. En un rápido vistazo recorrió todo su cuerpo, memorizando sin querer cada detalle. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, una encima de la otra al lado del libro que, según supuso, había intentado, sin éxito, leer esa misma noche. Sus dedos entrelazados. Sus brazos, sus hombros, ahora tapados, durante el verano siempre descubiertos. Y su cara, dos labios finos y bien perfilados que escondían una sonrisa detrás de aquellos ojos azules. ¿O eran verdes? Ni siquiera ahora, a un metro de distancia, sabría decirlo con toda certeza. El pelo color miel.
-Hola- dijo ella, sin extrañarle que él no hiciera siquiera el amago de darle un beso. ¿Hacía falta guardar las apariencias?
-Hola- contestó él, con un hilo de voz, -¿cómo estás?
-Bien, aunque hoy no he logrado escribir ni una sola línea.
Hacía tiempo que ella tenía una historia atravesada en la mente, pero no lograba escribirla. Ella no lo decía, pero debajo de aquella rutina maliciosa que había teñido los últimos días, las últimas semanas, prácticamente el último mes, él sabía que tenía parte de culpa de su silencio. Debe ser poco alentador intentar escribir al lado de alguien como yo, pensaba algunas veces, y se recordó una y otra vez tumbado en la cama, con la única luz de la lámpara de noche, leyendo las páginas viejas de un libro usado, cualquiera, uno distinto cada noche que siempre se quedaba a medias, mientras ella, desde el otro lado del piso, apoyaba los codos sobre la mesa y miraba fijamente el extraño reflejo que sobre la máquina de escribir le devolvía, impoluta en el carrete, la página en blanco.
-Tranquila- mintió como siempre, -seguro que al final consigues sacártela de encima.
-Eso espero. ¿Qué tal tu día?
-Bien- volvió a mentir, sabiendo que entrar en detalles no facilitaría las cosas, -otro día más para olvidar.
-Has vuelto a beber. Te huele el aliento a bourbon.
-Sólo un trago en la redacción, antes de salir. Estoy bien.
Y ambos decidieron entonces firmar una tregua velada amparados en el suave chapoteo de las gotas sobre la acera, de la lluvia en el cristal. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos volvieron la vista hacia la calle y decidieron respetar ese instante de silencio, ese minuto de calma que antecede a la tempestad.
Por un momento, estuvo tentado de recordar la noche en que se conocieron. También llovía, pero aquella era una lluvia cálida, de primavera, y la de hoy era simplemente el último telón de agua que precede al frío del invierno. En aquella ocasión, la calle había servido de refugio para dos jóvenes que, sin pretenderlo, acabaron deseándose hasta el amanecer, y anudaron sus vidas con una cuerda que estaba a punto de romperse, de deshilachada que estaba. Hacía ya, ¿cuántos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Qué importaba. Él sabía que aquel era el momento a partir del cual iba a medir su vida, y para ella aquella noche también supuso el principio de un cuento que estaba a punto de acabar.
Aquella noche de primavera de hacía cuatro años, ella salió de una fiesta en la que se empezaba a aburrir, y sobre la acera, en mitad de la lluvia, encontró a chico que se había sentado en la calle porque dentro no conocía a nadie. La primera sensación que surgió entre ambos fue curiosidad, la de ella por saber por qué aguantaba empapado bajo la lluvia. La de él por descubrir si aquellos ojos que le miraban desde la puerta del local eran azules, verdes o dorados, de tanto como brillaban. Se cruzaron sus miradas y ella caminó hacia donde él se encontraba. Te vas a manchar el vestido, fue lo primero que se le ocurrió decir, y lo segundo fue una sonrisa cuando ella sugirió que podrían compartir la factura de la tintorería cuando él fuera a llevar su chaqueta. Se miraron un instante y, sin saber por qué, los dos se levantaron a un tiempo, y empezaron a caminar.
Ella lo hacía bajo los balcones y los tejados, subida a la acera. Él, en medio de la lluvia, por la calzada, expuesto a que algún coche a toda velocidad empapara cualquier rincón de su cuerpo por el que el agua no se hubiera filtrado todavía. Fue un paseo largo, sin un rumbo fijo pero sí con una meta marcada: el amanecer entre sus hombros, la salida del sol en medio de un mar de abrazos. Caminaron y hablaron de todo, de esto y de lo otro, de las ganas de escribir de ella y del periodismo que él se imaginaba, de las anécdotas en la Facultad de Literatura y de las tardes muertas jugando al mus en la cafetería del edificio de Ciencias de la Información. Del futuro que tenían por delante uno y otro y, por qué no, los dos juntos.
Llegó un momento, sin que él supiera cómo, que ella se detuvo y le dijo: éste es mi portal, ¿quieres subir? Y él se moría de ganas. Llamaron en silencio al ascensor, y las palabras se acabaron cuando las puertas de metal se cerraron y el cable metálico empezó a tirar de ellos hacia arriba. El ascensor fue un volcán. Uno contra el otro, los dos contra el espejo, dos bocas que se juntan, dos lenguas que se encuentran. Las caricias atropelladas por debajo de la ropa mojada. La respiración de uno y de otro, cada vez más intensas, convirtiéndose en una sola. El tacto frío de la sábana en contraste con la calidez de la piel, el sabor a sudor y a noche mojada. Sus ojos, azules, verdes o dorados, clavados en su rostro como lo hacían sus uñas en su espalda. El amanecer perezoso de las diez de la mañana en medio de un día soleado que para nada recordaba la lluvia de la noche anterior.
Quizá mañana no llueva, le disparó su cerebro, a quemarropa, tratando de sacarle de ese lejano recuerdo. Igual que aquella noche, puede que el día siguiente sea un día soleado, pensó. Apartó la vista del ventanal y alejó su mente de la lluvia para concentrarse de nuevo en ella, y en aquellos ojos azules (sí, seguro que eran azules) que le miraban fijamente apenas a un metro de distancia, al otro lado de la mesa. Esos mismos ojos verdes (estaba casi seguro) de los que ahora brotaba una lágrima que resbalaba por su mejilla igual que las gotas que lloraba el cielo lo hacían por el cristal. Si aquello iba a ser una guerra, mejor empezar cuanto antes con las heridas.
domingo, 29 de agosto de 2010
Detrás de unos ojos azules (III)
Siempre es difícil cerrar una puerta, porque demasiadas veces ese gesto supone abrir una herida. Y esa herida no cicatriza con facilidad. Te atormenta las noches de invierno y los amaneceres del verano, te pica en las mañanas de otoño, en los atardeceres de la primavera. Las heridas de la vida van derechas al alma porque su arañazo deja en las uñas jirones del corazón, y uno nunca se recupera del todo de los mordiscos que la realidad propina. Sus dientes son afilados. Las cicatrices, mucho tiempo después, saben a la sal que sedimenta en los posos de la vida, y a medida que uno envejece se vuelven aún más molestas, porque son muchos más los momentos en los que te detienes a hacer memoria. De nada vale lamerse las heridas una vez que se han producido, porque si han encontrado su sitio en el alma, se quedan ahí para siempre.
Ese miedo súbito que había sentido ahí, de pie en medio de la plaza en una madrugada lluviosa, le recorrió todo el cuerpo apenas puso un pie en el local. La cafetería estaba en silencio, y el camarero hojeaba distraídamente una revista mientras escuchaba de fondo las melodías nocturnas que despachaba el hilo musical. No ponía gran interés ni en una cosa ni en la otra, porque apenas se detenía unos segundos en una página antes de pasar a la siguiente, y cuando se acercó lo suficiente para escucharle descubrió que tarareaba canciones muy distintas a las que se filtraban por las paredes de la estancia. Pidió un café y se quitó la chaqueta, la dobló y se la dejó colgando del brazo a la espera de que el camarero, que se dirigía pesadamente hacia la cafetera, le trajera lo que había pedido.
Casi por un descuido, se giró un momento para verla. Recorrió con un vistazo rápido su silueta, firme, recta, en aquella solitaria cafetería. Caminó por su pelo y sintió que sus dedos se empapaban del tacto sedoso de aquella cabellera castaña clara que desprendía un olor singular, como a mañana fresca, da igual qué hora fuera del día. Era extraño. El agitado día había dejado en la cafetería restos de suficientes olores como para confundir a cualquiera, pero su nariz, a unos metros de distancia, detectaba nítidamente el inconfundible olor de su pelo. Sin que se diera cuenta, su mente empezó a bombardearle con un montón de preguntas incómodas que se resumían en una sola: ¿de verdad quieres que todo acabe aquí, esta noche? Ya no estaba tan seguro.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando ella se dio la vuelta. Fue un momento, un chispazo, pero sus miradas se cruzaron y quedó atrapado en sus ojos. En sus increíbles ojos azules. ¿O eran verdes? Nunca había estado seguro. Daba la impresión de que ella tuviera la cualidad de confundirle a cada instante, porque sus ojos parecían de un color o de otro según el momento del día en que la mirara, según el estado de ánimo en el que se encontrara cuando lo hacía. Eso sí, había algo que no cambiaba. Lo hiciera por la mañana o por la noche, feliz o a punto de gritar de desesperación, su mirada era capaz de dejarle sin palabras. De abrazarle con un manto cálido que invitaba a la tranquilidad, al sosiego. Al sueño más profundo.
Durante ese breve instante en el que sus ojos se tocaron, para él se paralizó el mundo. La Tierra dejó de girar, y casi le pareció escuchar cómo los engranajes secretos que hacen girar el universo chirriaban en lo más profundo del planeta como hace una máquina pesada cuando se detiene de golpe. Hubiera jurado que las gotas que caían del cielo y mojaban la oscuridad de la calle se habían quedado suspendidas en el aire, esperando a que ella se moviera, a que decidiera dar la señal para que todo volviera a su cauce normal, y las gotas cayeran, el universo girase y su relación estuviera a punto de acabar.
No se percató de que, a su espalda, el camarero ya le había servido el café, y esperaba a que se apartara de la barra para volver a su tarea nocturna: pasar muy rápido las hojas de la revista y tararear canciones que nada tienen que ver con las que suenan a través del hilo musical. En ese momento, ella sonrió y bajó la vista, justo antes de volverse y quedar de espaldas a él, en una invitación velada pero directa de que se sentara frente a ella, en aquel reservado que dejaba a un lado la barra y al otro los servicios del bar, mientras que a la izquierda, a través del ventanal, permitía observar cómo arreciaba la lluvia.
Había sonreído. Un gesto fugaz, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Una sonrisa que, como de costumbre, no sabía cómo interpretar. Lo más normal es creer que la risa denota felicidad, la cercanía de un momento esperado. Pero también había visto a gente para la cual la risa fue simplemente el último peldaño antes de la desesperación. Secado el cubo de lágrimas derramadas, recurrían a la risa histérica como último recurso en un desesperado afán por aferrarse a la cordura, que se escapaba de ellos para nunca más volver, como lo hacía el aliento que salía de su boca. Además, creyó adivinar en su sonrisa un deje de tristeza, de melancolía, quizá de resignación hacia lo inevitable. Ambos eran responsables de haber pospuesto ese momento muchas veces, y ambos serían responsables de lo que sucedería a partir de ahora.
Las mujeres dicen más con sus gestos que con sus palabras. Estaba harto de recibir ese consejo de un compañero de trabajo que se creía un donjuán. Quizá tuviera razón, pero él nunca había sabido interpretar esas señales que para otros son tan evidentes, que para ellas son tan recurrentes. Ése era uno de los errores que había cometido con mayor frecuencia, pero tampoco era el más grave. El resto, a buen seguro, cobrarían protagonismo a lo largo de la noche. No tendría que esperar mucho para conocer en todo lo que se había equivocado. Sonrió para sus adentros. “Nunca es tarde para aprender”, se dijo, justo antes de coger la taza de café y dirigirse hacia la mesa.
Ese miedo súbito que había sentido ahí, de pie en medio de la plaza en una madrugada lluviosa, le recorrió todo el cuerpo apenas puso un pie en el local. La cafetería estaba en silencio, y el camarero hojeaba distraídamente una revista mientras escuchaba de fondo las melodías nocturnas que despachaba el hilo musical. No ponía gran interés ni en una cosa ni en la otra, porque apenas se detenía unos segundos en una página antes de pasar a la siguiente, y cuando se acercó lo suficiente para escucharle descubrió que tarareaba canciones muy distintas a las que se filtraban por las paredes de la estancia. Pidió un café y se quitó la chaqueta, la dobló y se la dejó colgando del brazo a la espera de que el camarero, que se dirigía pesadamente hacia la cafetera, le trajera lo que había pedido.
Casi por un descuido, se giró un momento para verla. Recorrió con un vistazo rápido su silueta, firme, recta, en aquella solitaria cafetería. Caminó por su pelo y sintió que sus dedos se empapaban del tacto sedoso de aquella cabellera castaña clara que desprendía un olor singular, como a mañana fresca, da igual qué hora fuera del día. Era extraño. El agitado día había dejado en la cafetería restos de suficientes olores como para confundir a cualquiera, pero su nariz, a unos metros de distancia, detectaba nítidamente el inconfundible olor de su pelo. Sin que se diera cuenta, su mente empezó a bombardearle con un montón de preguntas incómodas que se resumían en una sola: ¿de verdad quieres que todo acabe aquí, esta noche? Ya no estaba tan seguro.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando ella se dio la vuelta. Fue un momento, un chispazo, pero sus miradas se cruzaron y quedó atrapado en sus ojos. En sus increíbles ojos azules. ¿O eran verdes? Nunca había estado seguro. Daba la impresión de que ella tuviera la cualidad de confundirle a cada instante, porque sus ojos parecían de un color o de otro según el momento del día en que la mirara, según el estado de ánimo en el que se encontrara cuando lo hacía. Eso sí, había algo que no cambiaba. Lo hiciera por la mañana o por la noche, feliz o a punto de gritar de desesperación, su mirada era capaz de dejarle sin palabras. De abrazarle con un manto cálido que invitaba a la tranquilidad, al sosiego. Al sueño más profundo.
Durante ese breve instante en el que sus ojos se tocaron, para él se paralizó el mundo. La Tierra dejó de girar, y casi le pareció escuchar cómo los engranajes secretos que hacen girar el universo chirriaban en lo más profundo del planeta como hace una máquina pesada cuando se detiene de golpe. Hubiera jurado que las gotas que caían del cielo y mojaban la oscuridad de la calle se habían quedado suspendidas en el aire, esperando a que ella se moviera, a que decidiera dar la señal para que todo volviera a su cauce normal, y las gotas cayeran, el universo girase y su relación estuviera a punto de acabar.
No se percató de que, a su espalda, el camarero ya le había servido el café, y esperaba a que se apartara de la barra para volver a su tarea nocturna: pasar muy rápido las hojas de la revista y tararear canciones que nada tienen que ver con las que suenan a través del hilo musical. En ese momento, ella sonrió y bajó la vista, justo antes de volverse y quedar de espaldas a él, en una invitación velada pero directa de que se sentara frente a ella, en aquel reservado que dejaba a un lado la barra y al otro los servicios del bar, mientras que a la izquierda, a través del ventanal, permitía observar cómo arreciaba la lluvia.
Había sonreído. Un gesto fugaz, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Una sonrisa que, como de costumbre, no sabía cómo interpretar. Lo más normal es creer que la risa denota felicidad, la cercanía de un momento esperado. Pero también había visto a gente para la cual la risa fue simplemente el último peldaño antes de la desesperación. Secado el cubo de lágrimas derramadas, recurrían a la risa histérica como último recurso en un desesperado afán por aferrarse a la cordura, que se escapaba de ellos para nunca más volver, como lo hacía el aliento que salía de su boca. Además, creyó adivinar en su sonrisa un deje de tristeza, de melancolía, quizá de resignación hacia lo inevitable. Ambos eran responsables de haber pospuesto ese momento muchas veces, y ambos serían responsables de lo que sucedería a partir de ahora.
Las mujeres dicen más con sus gestos que con sus palabras. Estaba harto de recibir ese consejo de un compañero de trabajo que se creía un donjuán. Quizá tuviera razón, pero él nunca había sabido interpretar esas señales que para otros son tan evidentes, que para ellas son tan recurrentes. Ése era uno de los errores que había cometido con mayor frecuencia, pero tampoco era el más grave. El resto, a buen seguro, cobrarían protagonismo a lo largo de la noche. No tendría que esperar mucho para conocer en todo lo que se había equivocado. Sonrió para sus adentros. “Nunca es tarde para aprender”, se dijo, justo antes de coger la taza de café y dirigirse hacia la mesa.
martes, 3 de agosto de 2010
Detrás de unos ojos azules (II)
A esas horas, en la redacción todo era silencio. Hacía tiempo que el bullicio diario del cierre se había apagado lentamente, y apenas quedaban en toda la planta algunos rezagados que estaban adelantando trabajo pendiente o, simplemente, dejaban pasar los minutos de una noche, otra más, en la que no tenían adonde ir. Él se encontraba a caballo entre una opción y otra, y en esos momentos curioseaba por Internet en busca de algún dato que alumbrara la posibilidad de un nuevo reportaje. Casi instintivamente, abrió el primer cajón de su mesa y cogió el paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y lo encendió, desafiando con nocturnidad la prohibición de fumar en el edificio. No importaba. Esa regla se aplicaba durante el día, y la cumplía como toda la gente normal. Entre noctámbulos no existía reglamento alguno de cómo arañarle el vientre a una noche de otoño.
Se levantó de su mesa con el cigarrillo entre los dedos, y se acercó a la mesa de uno de sus compañeros. Allí, en el tercer cajón, estaba la botella de bourbon. Aún existían en la redacción algunos colegas que nunca pierden las viejas costumbres, y que hace que uno se sienta siempre un poco mejor. El periodismo, pensó, es eso. Quedarse hasta tarde frente a una máquina de escribir con la única compañía de la luz de una lámpara y todos tus vicios a mano para que nada te inquietara. Ahora, en los periódicos, todo es mucho más aséptico. Los ordenadores han matado la magia. En las redacciones sólo hay prisas y un condenado reglamento que convierte un trabajo estupendo en una cadena de montaje. Por la mañana, a la calle; por la tarde, a escribir; la noche para descansar. Así no era el oficio con el que había soñado siempre.
Volvió a su mesa y se sirvió un vaso de bourbon. Se había acostumbrado a beberlo sin hielo desde el momento en que comenzó a paladear su abrasador legado en las noches solitarias de una redacción vacía. La única condición era que cuando la botella estuviera vacía, había que reponerla. Todos lo sabían, al menos los que recurrían a ella con frecuencia. Era un mandamiento no escrito: su áspero sabor estaba ahí para aliviar un mal día, para entonar una buena noche, para seguir empujando a uno hacia el abismo. Da igual qué opción escoger, a nadie hay que privarle de su oportunidad de caminar directo al infierno.
Se recostó sobre la silla, apoyó los pies en la mesa y subió el volumen del pequeño aparato de radio que le hacía compañía. Cambió las noticias y buscó una emisora que escupiera un poco de música a horas intempestivas. Encontró los primeros acordes de una melodía conocida. Enjoy the silence, de Depeche Mode comenzó a llenar el espacio a su alrededor, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por las volutas de humo que flotaban buscando el techo, y por el cálido surco que el bourbon dibujaba en su garganta. En ese momento, con los ojos cerrados, se sintió bien. Tremendamente bien. Olvidó de pronto las exigencias de un día agotador, infructuoso después de horas de mucho esfuerzo. Había pasado la mañana llamando a un montón de puertas que permanecieron cerradas, en busca que algo que sirviera para publicar el próximo fin de semana.
Pero el trabajo no era lo realmente agotador. Ojalá lo fuera. Lo peor era que había caminado todo el día con una losa encima de él: la terrible realidad de que, esa noche, todo se acababa. No sabía si sentir cierto alivio o una pena profunda. Siempre había pensado que el final era lo mejor para él, y se había aferrado a la visión egoísta que su mente prefería darle a todo ese asunto. Incluso había pasado horas enteras imaginando cómo sería volver a la vida sin ella, lejos de sus reproches, de sus miradas inquisitivas, lejos de todo lo que significaba la vida que en esos momentos iban a dejar atrás.
Aun así, no podía negar que sentía por dentro una sensación extraña. Un nudo en la garganta que se había apretado conforme se fueron quemando los minutos del día, y se acercó la noche. Dejó el vaso sobre la mesa y, casi por instinto, se pasó la mano por el cuello. Casi pudo notar la marca de la soga con la que se estaba quitando el aire, y por un momento le pareció sentir en la boca el suave sabor de uno de sus besos, por encima incluso del amargo regusto del tabaco. Se pasó la lengua por los labios, intentando acentuar ese poso salado, como de agua de mar estancada, que deja ella siempre que besa. O siempre que besaba. Se mojó los labios con el bourbon para desterrar esa sensación de su memoria.
Terminó la canción y sonaron las señales horarias. Eran las dos de la madrugada. Abrió los ojos de una forma pausada y apagó el pequeño aparato. Le pareció oír cómo la noche se derramaba sobre una ciudad vacía, en penumbra, sumergida en una inquietante calma. Apagó el ordenador y chupó con fuerza el cigarro, antes de dejar que se consumiera lentamente en el cenicero, donde amanecería la mañana siguiente antes de que pasaran por allí las señoras de la limpieza. Algunas veces, le dejaban una nota escondida debajo del teclado del ordenador. ‘Aquí no se puede fumar’, le escribían, y él contestaba con otra nota a mano: ‘piedad, en casa tampoco me dejan’.
Apuró el bourbon y se abotonó los puños de la camisa. Por descuido, o a propósito, se dejó el móvil en el cajón donde lo había guardado por la tarde, cuando no quería que nadie interrumpiera sus pensamientos. Cogió la chaqueta y las llaves del piso, y se dirigió pesadamente a la salida. No cogió el ascensor, y bajó los cinco pisos hasta la calle por las escaleras, sin prisa, escalón por escalón. Cuando llegó a la puerta la lluvia se había hecho más persistente, y por un momento dudó en si coger uno de los paraguas que la gente había abandonado en el paragüero de la entrada, y que se turnaban cuando alguno salía a fumar o para ir al bar cuando iban a comprar algo para cenar. Descartó la idea. Siempre le había gustado la lluvia y apenas tardaría cinco minutos en llegar a la cafetería donde ella le esperaba. Después de todo, uno no puede protegerse de su destino.
Saludó al vigilante de seguridad justo antes de salir a la calle y meterse de lleno en las gotas que caían del cielo. Miró hacia arriba y sólo percibió oscuridad. A pesar de que podía encontrar un tenue refugio en la acera, bajo los balcones y tejados de los edificios que flanqueaban la calle, caminó por mitad de la misma dejándose empapar. Cinco minutos después volvía la esquina y se encontraba de frente con la plaza vacía, desierta. Sólo las lágrimas que lloraba el otoño rompían el silencio de la noche. Al fondo estaba la cafetería, y a través del ventanal distinguió su silueta.
Fue en ese momento cuando notó un chispazo que le hizo pararse en seco. De repente, ya no encontraba alivio en lo que iba a suceder, y todos los pensamientos positivos que había acumulado durante los últimos días se perdieron por el sumidero de la razón con la misma facilidad con la que el agua se filtraba a través de las alcantarillas hacia el centro de la tierra. El nudo alrededor de su cuello se hizo más fuerte. Intentó tragar saliva, pero encontró la boca seca. Acababa de descubrir qué era ese pequeño latir que le fustigaba el alma en las últimas semanas. Tenía miedo.
Intentó componerse y siguió avanzando, pero le temblaban las piernas. Caminó torpemente por mitad de la plaza, deseando que no le hubiera visto pararse en seco en mitad de la lluvia. Era inútil. Algo le decía que, en esos momentos, ella le miraba. Notaba el lacerante brillo de sus pupilas clavado en su frente. Respiró hondo y abrió la boca, dejando que las gotas de lluvia resbalaran por sus labios y mojaran su lengua. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, todo su cuerpo estaba empapado por un sudor frío que le trizaba los nervios. Menos mal que estaba lloviendo, y caminar por mitad de la calle le ofrecía la coartada ideal para esconder los estigmas que el miedo le iba dejando en la piel. Abrió la puerta y la vio, de espaldas, a tan sólo unas mesas de distancia. Más lejos que nunca.
Se levantó de su mesa con el cigarrillo entre los dedos, y se acercó a la mesa de uno de sus compañeros. Allí, en el tercer cajón, estaba la botella de bourbon. Aún existían en la redacción algunos colegas que nunca pierden las viejas costumbres, y que hace que uno se sienta siempre un poco mejor. El periodismo, pensó, es eso. Quedarse hasta tarde frente a una máquina de escribir con la única compañía de la luz de una lámpara y todos tus vicios a mano para que nada te inquietara. Ahora, en los periódicos, todo es mucho más aséptico. Los ordenadores han matado la magia. En las redacciones sólo hay prisas y un condenado reglamento que convierte un trabajo estupendo en una cadena de montaje. Por la mañana, a la calle; por la tarde, a escribir; la noche para descansar. Así no era el oficio con el que había soñado siempre.
Volvió a su mesa y se sirvió un vaso de bourbon. Se había acostumbrado a beberlo sin hielo desde el momento en que comenzó a paladear su abrasador legado en las noches solitarias de una redacción vacía. La única condición era que cuando la botella estuviera vacía, había que reponerla. Todos lo sabían, al menos los que recurrían a ella con frecuencia. Era un mandamiento no escrito: su áspero sabor estaba ahí para aliviar un mal día, para entonar una buena noche, para seguir empujando a uno hacia el abismo. Da igual qué opción escoger, a nadie hay que privarle de su oportunidad de caminar directo al infierno.
Se recostó sobre la silla, apoyó los pies en la mesa y subió el volumen del pequeño aparato de radio que le hacía compañía. Cambió las noticias y buscó una emisora que escupiera un poco de música a horas intempestivas. Encontró los primeros acordes de una melodía conocida. Enjoy the silence, de Depeche Mode comenzó a llenar el espacio a su alrededor, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por las volutas de humo que flotaban buscando el techo, y por el cálido surco que el bourbon dibujaba en su garganta. En ese momento, con los ojos cerrados, se sintió bien. Tremendamente bien. Olvidó de pronto las exigencias de un día agotador, infructuoso después de horas de mucho esfuerzo. Había pasado la mañana llamando a un montón de puertas que permanecieron cerradas, en busca que algo que sirviera para publicar el próximo fin de semana.
Pero el trabajo no era lo realmente agotador. Ojalá lo fuera. Lo peor era que había caminado todo el día con una losa encima de él: la terrible realidad de que, esa noche, todo se acababa. No sabía si sentir cierto alivio o una pena profunda. Siempre había pensado que el final era lo mejor para él, y se había aferrado a la visión egoísta que su mente prefería darle a todo ese asunto. Incluso había pasado horas enteras imaginando cómo sería volver a la vida sin ella, lejos de sus reproches, de sus miradas inquisitivas, lejos de todo lo que significaba la vida que en esos momentos iban a dejar atrás.
Aun así, no podía negar que sentía por dentro una sensación extraña. Un nudo en la garganta que se había apretado conforme se fueron quemando los minutos del día, y se acercó la noche. Dejó el vaso sobre la mesa y, casi por instinto, se pasó la mano por el cuello. Casi pudo notar la marca de la soga con la que se estaba quitando el aire, y por un momento le pareció sentir en la boca el suave sabor de uno de sus besos, por encima incluso del amargo regusto del tabaco. Se pasó la lengua por los labios, intentando acentuar ese poso salado, como de agua de mar estancada, que deja ella siempre que besa. O siempre que besaba. Se mojó los labios con el bourbon para desterrar esa sensación de su memoria.
Terminó la canción y sonaron las señales horarias. Eran las dos de la madrugada. Abrió los ojos de una forma pausada y apagó el pequeño aparato. Le pareció oír cómo la noche se derramaba sobre una ciudad vacía, en penumbra, sumergida en una inquietante calma. Apagó el ordenador y chupó con fuerza el cigarro, antes de dejar que se consumiera lentamente en el cenicero, donde amanecería la mañana siguiente antes de que pasaran por allí las señoras de la limpieza. Algunas veces, le dejaban una nota escondida debajo del teclado del ordenador. ‘Aquí no se puede fumar’, le escribían, y él contestaba con otra nota a mano: ‘piedad, en casa tampoco me dejan’.
Apuró el bourbon y se abotonó los puños de la camisa. Por descuido, o a propósito, se dejó el móvil en el cajón donde lo había guardado por la tarde, cuando no quería que nadie interrumpiera sus pensamientos. Cogió la chaqueta y las llaves del piso, y se dirigió pesadamente a la salida. No cogió el ascensor, y bajó los cinco pisos hasta la calle por las escaleras, sin prisa, escalón por escalón. Cuando llegó a la puerta la lluvia se había hecho más persistente, y por un momento dudó en si coger uno de los paraguas que la gente había abandonado en el paragüero de la entrada, y que se turnaban cuando alguno salía a fumar o para ir al bar cuando iban a comprar algo para cenar. Descartó la idea. Siempre le había gustado la lluvia y apenas tardaría cinco minutos en llegar a la cafetería donde ella le esperaba. Después de todo, uno no puede protegerse de su destino.
Saludó al vigilante de seguridad justo antes de salir a la calle y meterse de lleno en las gotas que caían del cielo. Miró hacia arriba y sólo percibió oscuridad. A pesar de que podía encontrar un tenue refugio en la acera, bajo los balcones y tejados de los edificios que flanqueaban la calle, caminó por mitad de la misma dejándose empapar. Cinco minutos después volvía la esquina y se encontraba de frente con la plaza vacía, desierta. Sólo las lágrimas que lloraba el otoño rompían el silencio de la noche. Al fondo estaba la cafetería, y a través del ventanal distinguió su silueta.
Fue en ese momento cuando notó un chispazo que le hizo pararse en seco. De repente, ya no encontraba alivio en lo que iba a suceder, y todos los pensamientos positivos que había acumulado durante los últimos días se perdieron por el sumidero de la razón con la misma facilidad con la que el agua se filtraba a través de las alcantarillas hacia el centro de la tierra. El nudo alrededor de su cuello se hizo más fuerte. Intentó tragar saliva, pero encontró la boca seca. Acababa de descubrir qué era ese pequeño latir que le fustigaba el alma en las últimas semanas. Tenía miedo.
Intentó componerse y siguió avanzando, pero le temblaban las piernas. Caminó torpemente por mitad de la plaza, deseando que no le hubiera visto pararse en seco en mitad de la lluvia. Era inútil. Algo le decía que, en esos momentos, ella le miraba. Notaba el lacerante brillo de sus pupilas clavado en su frente. Respiró hondo y abrió la boca, dejando que las gotas de lluvia resbalaran por sus labios y mojaran su lengua. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, todo su cuerpo estaba empapado por un sudor frío que le trizaba los nervios. Menos mal que estaba lloviendo, y caminar por mitad de la calle le ofrecía la coartada ideal para esconder los estigmas que el miedo le iba dejando en la piel. Abrió la puerta y la vio, de espaldas, a tan sólo unas mesas de distancia. Más lejos que nunca.
jueves, 15 de julio de 2010
Detrás de unos ojos azules (I)
Cerró el libro, apuró de un sorbo la taza de café y casi por instinto, miró el reloj. La 1:56. Las últimas líneas que había leído hace tan sólo unos momentos seguían resonando en su mente, y las apartó de un manotazo. Era el momento de volver a la realidad, y la realidad se concentraba en ese pequeño café, abierto las veinticuatro horas, en el que su soledad le hacía compañía. Ocupaba una de las mesas junto a la ventana, y tenía detrás suya la barra, donde un camarero limpiaba distraídamente el polvo acumulado en las botellas. Se dio la vuelta y le hizo una seña para pedir otro café.
No estaba sola en el bar, pero era la única que estaba sentada en uno de los apartados. Tenía sobre la mesa el libro que estaba leyendo, el pañuelo que se acababa de quitar y el bolso, con el teléfono asomando por la cremallera abierta. Junto a la barra, de pie, tres hombres discutían acerca de un montón de vanidades mientras vigilaban sus taxis, aparcados junto a la acera. Habían hecho un pequeño alto en la noche para tomar algo, pero los tres miraban nerviosos hacia la puerta, como esperando que algún cliente distraído se acercara a alguno de los coches buscando una forma rápida de volver a casa. De cuando en cuando, alguno de ellos le dirigía una mirada de soslayo, y a pesar de que estaba de espaldas a los taxistas podía sentir sus ojos clavándose en la nuca. No era de extrañar, estaba sola en el bar, de madrugada, y parecía no tener prisa por irse. A cualquiera le hubiera extrañado.
Cuando se acercó el camarero con el café, miró por la ventana. Empezaba a llover. Eran las primeras gotas de un otoño tardío, quizá el anuncio de un invierno madrugador. Se arrepintió al instante de haber salido de casa sin coger la chaqueta, y aunque llevaba una camiseta de manga larga, le preocupaba volver a casa empapada. Quizá no llueva para entonces, se dijo a sí misma, y por un momento se descubrió embelesada con una gota de agua que se deslizaba, poco a poco, por todo el ventanal. La acompañó hasta que se perdió por la parte baja del cristal, y después siguió mirando cómo caía la lluvia.
Las calles de la ciudad estaban desiertas. El corazón urbano que durante el día envolvía todo de un ritmo frenético latía ahora con una pausada melancolía. La plaza en la que estaba el café recibía las gotas de agua con una extraña letanía que sonaba desacompasada, olvidando que hacía sólo unos días sus rincones agradecían el suave trasnochar de las noches de verano. Ya no había niños que jugaban a esconderse detrás de los bancos, ni en las arboledas. Ya no había familias que se juntaban para hablar del tiempo mientras la tenue brisa de la noche envolvía sus cuerpos y alejaba el calor. Ya no había nadie en la plaza. Tan sólo un café abierto veinticuatro horas y tres taxis en la puerta, que pronto partirían para seguir recorriendo la ciudad.
De repente, sintió unas ganas acuciantes de fumar, de encender un cigarrillo y perderse de nuevo en ese sabor amargo que devolvía el color a las cosas, a la vez que tiñe de negro los pulmones. Dejó de fumar hace tres meses, pero por un momento se sintió tentada de levantarse y pedir a alguno de los tres hombres, que en estos momentos hablaban de fútbol, que le dieran un pitillo. Le había costado mucho trabajo dejar el hábito, y se prometió que nunca más volvería, pero sentía una necesidad enorme de dejar volar su mente detrás de las volutas de humo, hasta que ambos, pensamientos y alquitrán, se perdieran en el techo. Sin saber por qué, miró hacia arriba, consiguiendo, de paso, que ese gesto, aparentemente liviano, delatara a los ojos del resto su impaciencia.
Echó el azúcar en el café y se puso a darle vueltas, sin saber siquiera si iba a probar un sorbo de él. Por primera vez en todo el día, dejó la mente en blanco y se dejó llevar, pretendiendo que las imágenes acudieran solas a la memoria, sin necesidad de llamarlas. Es curioso cómo el cerebro selecciona sólo los buenos momentos cuando uno se acerca al abismo, quizá buscando un último aliento que invite a retroceder, a dar la vuelta y volver por donde hemos venido. Todas las estampas que escupió su mente fueron buenos recuerdos, algunos inconexos, otros que nada tenían que ver, como si trataran de engañarla colando imágenes de otra película con el fin de hacer más interesante la que ahora se estaba rodando. Detrás de ella, los tres taxistas pidieron la cuenta y se marcharon, no sin antes despedirse efusivamente junto a la puerta. Cada uno se metió en su coche y los tres partieron, uno detrás de otro, como en una procesión de vehículos con destino a ninguna parte. El bar, por fin, quedó en silencio.
Fue entonces cuando acertó a distinguir las letras que salían del hilo musical. Era un susurro leve, pero la noche y el silencio amplificaban los acordes y los hacían perfectamente audibles. Reconoció muy pronto las letras de Peter Townshend, aunque la voz estaba muy lejos de The Who. Era una versión nueva de Behind Blue Eyes, y aunque no lo sabía estaba escuchando los acordes de Limp Bizkit. Se dejó acariciar por la melodía y cerró los ojos, y al hacerlo consiguió ampliar la intensidad de las imágenes que su mente disparaba. Incluso le pareció distinguir con claridad que algunas de ellas no pertenecían siquiera a su vida. Podían ser de películas que había visto, de sueños que había tenido o parte de las historias que le habían contado, pero no las había vivido, eso seguro. Aun así, se dejó engañar por su cerebro y siguió contemplando sus recuerdos con los ojos cerrados unos segundos más, el tiempo que tardó el primer trueno en romper en dos el cielo de la ciudad y dejar su eco por todos los rincones.
Miró de nuevo por la ventana y vio cómo la lluvia caía con más intensidad. El otoño, definitivamente, había llegado. Adiós a las eternas tardes de verano, a las noches que empezaban en la calle y terminaban en la colina, en un abrazo al amanecer. Adiós al último verano juntos. Era el momento de cambiar de estación. Se llevó la taza de café a la boca y se mojó los labios, pero apenas tragó nada. Miró de nuevo el reloj. Eran las 2:00. Una silueta apareció al fondo de la plaza, por mitad de la calle, dejándose envolver por la lluvia. No sabía qué iba a pasar, pero ya no había vuelta atrás. Desconectó su cerebro y pronto dejó de recibir imágenes. Se quedó sola con la música, con las letras que salían de detrás de los ojos azules. Pasara lo que pasase, estaba a punto de suceder.
No estaba sola en el bar, pero era la única que estaba sentada en uno de los apartados. Tenía sobre la mesa el libro que estaba leyendo, el pañuelo que se acababa de quitar y el bolso, con el teléfono asomando por la cremallera abierta. Junto a la barra, de pie, tres hombres discutían acerca de un montón de vanidades mientras vigilaban sus taxis, aparcados junto a la acera. Habían hecho un pequeño alto en la noche para tomar algo, pero los tres miraban nerviosos hacia la puerta, como esperando que algún cliente distraído se acercara a alguno de los coches buscando una forma rápida de volver a casa. De cuando en cuando, alguno de ellos le dirigía una mirada de soslayo, y a pesar de que estaba de espaldas a los taxistas podía sentir sus ojos clavándose en la nuca. No era de extrañar, estaba sola en el bar, de madrugada, y parecía no tener prisa por irse. A cualquiera le hubiera extrañado.
Cuando se acercó el camarero con el café, miró por la ventana. Empezaba a llover. Eran las primeras gotas de un otoño tardío, quizá el anuncio de un invierno madrugador. Se arrepintió al instante de haber salido de casa sin coger la chaqueta, y aunque llevaba una camiseta de manga larga, le preocupaba volver a casa empapada. Quizá no llueva para entonces, se dijo a sí misma, y por un momento se descubrió embelesada con una gota de agua que se deslizaba, poco a poco, por todo el ventanal. La acompañó hasta que se perdió por la parte baja del cristal, y después siguió mirando cómo caía la lluvia.
Las calles de la ciudad estaban desiertas. El corazón urbano que durante el día envolvía todo de un ritmo frenético latía ahora con una pausada melancolía. La plaza en la que estaba el café recibía las gotas de agua con una extraña letanía que sonaba desacompasada, olvidando que hacía sólo unos días sus rincones agradecían el suave trasnochar de las noches de verano. Ya no había niños que jugaban a esconderse detrás de los bancos, ni en las arboledas. Ya no había familias que se juntaban para hablar del tiempo mientras la tenue brisa de la noche envolvía sus cuerpos y alejaba el calor. Ya no había nadie en la plaza. Tan sólo un café abierto veinticuatro horas y tres taxis en la puerta, que pronto partirían para seguir recorriendo la ciudad.
De repente, sintió unas ganas acuciantes de fumar, de encender un cigarrillo y perderse de nuevo en ese sabor amargo que devolvía el color a las cosas, a la vez que tiñe de negro los pulmones. Dejó de fumar hace tres meses, pero por un momento se sintió tentada de levantarse y pedir a alguno de los tres hombres, que en estos momentos hablaban de fútbol, que le dieran un pitillo. Le había costado mucho trabajo dejar el hábito, y se prometió que nunca más volvería, pero sentía una necesidad enorme de dejar volar su mente detrás de las volutas de humo, hasta que ambos, pensamientos y alquitrán, se perdieran en el techo. Sin saber por qué, miró hacia arriba, consiguiendo, de paso, que ese gesto, aparentemente liviano, delatara a los ojos del resto su impaciencia.
Echó el azúcar en el café y se puso a darle vueltas, sin saber siquiera si iba a probar un sorbo de él. Por primera vez en todo el día, dejó la mente en blanco y se dejó llevar, pretendiendo que las imágenes acudieran solas a la memoria, sin necesidad de llamarlas. Es curioso cómo el cerebro selecciona sólo los buenos momentos cuando uno se acerca al abismo, quizá buscando un último aliento que invite a retroceder, a dar la vuelta y volver por donde hemos venido. Todas las estampas que escupió su mente fueron buenos recuerdos, algunos inconexos, otros que nada tenían que ver, como si trataran de engañarla colando imágenes de otra película con el fin de hacer más interesante la que ahora se estaba rodando. Detrás de ella, los tres taxistas pidieron la cuenta y se marcharon, no sin antes despedirse efusivamente junto a la puerta. Cada uno se metió en su coche y los tres partieron, uno detrás de otro, como en una procesión de vehículos con destino a ninguna parte. El bar, por fin, quedó en silencio.
Fue entonces cuando acertó a distinguir las letras que salían del hilo musical. Era un susurro leve, pero la noche y el silencio amplificaban los acordes y los hacían perfectamente audibles. Reconoció muy pronto las letras de Peter Townshend, aunque la voz estaba muy lejos de The Who. Era una versión nueva de Behind Blue Eyes, y aunque no lo sabía estaba escuchando los acordes de Limp Bizkit. Se dejó acariciar por la melodía y cerró los ojos, y al hacerlo consiguió ampliar la intensidad de las imágenes que su mente disparaba. Incluso le pareció distinguir con claridad que algunas de ellas no pertenecían siquiera a su vida. Podían ser de películas que había visto, de sueños que había tenido o parte de las historias que le habían contado, pero no las había vivido, eso seguro. Aun así, se dejó engañar por su cerebro y siguió contemplando sus recuerdos con los ojos cerrados unos segundos más, el tiempo que tardó el primer trueno en romper en dos el cielo de la ciudad y dejar su eco por todos los rincones.
Miró de nuevo por la ventana y vio cómo la lluvia caía con más intensidad. El otoño, definitivamente, había llegado. Adiós a las eternas tardes de verano, a las noches que empezaban en la calle y terminaban en la colina, en un abrazo al amanecer. Adiós al último verano juntos. Era el momento de cambiar de estación. Se llevó la taza de café a la boca y se mojó los labios, pero apenas tragó nada. Miró de nuevo el reloj. Eran las 2:00. Una silueta apareció al fondo de la plaza, por mitad de la calle, dejándose envolver por la lluvia. No sabía qué iba a pasar, pero ya no había vuelta atrás. Desconectó su cerebro y pronto dejó de recibir imágenes. Se quedó sola con la música, con las letras que salían de detrás de los ojos azules. Pasara lo que pasase, estaba a punto de suceder.
viernes, 11 de junio de 2010
El hombre de pausado caminar
Caminaba tan decidido que seguro que no sabía hacia dónde se dirigía
En medio de la tenue luz de una ciudad desierta, se distingue el ruido de las pisadas del hombre de pausado caminar. Es hijo de ninguna parte, y se siente en esta tierra, como en cualquier otra, un extraño. De tragos amargos tiene la garganta llena, y el paladar rugoso sólo le devuelve arena desde las entrañas cuando se esfuerza por tragar una saliva que duele, de tanto veneno como lleva. Su vida, como su alma, reposa en un hatillo al que se le ven las costuras, mal zurcidas y mal cuidadas por un tiempo que pasa y no ayuda. Todo lo que tiene lo lleva puesto, o sobre el hombro, y tiene por casa el rincón más grande del mundo: la calle. En su inhóspita habitación, nunca elige la compañía, y se conforma con la que el azar le regala, ya sea una corta conversación o los latigazos acerados de la más cruel indiferencia.
Esta noche, como muchas otras, se ha cansado de la ciudad, y ha roto su andar tranquilo para llenarse de una decisión como las que ya no quedan, y salir hacia la negrura en busca de otro lugar habitable, otra calle en la que dormir, otra acera en la que llorar. Ni siquiera sabe por qué llora, porque bien pensado, ni siquiera recuerda su nombre. ¿Para qué? ¿Quién lo necesita cuando nadie le va a llamar? Para casi todo el mundo no existe, a pesar de pasarse las horas sentado junto a la puerta del centro comercial. Quien le habla es para recriminarle que beba y no se lave, que no se ponga a trabajar. Como si eso fuera tan fácil. Como si no fuera el alcohol el único abrazo caliente que recibe día tras día. Como si la ginebra no fuera la única capaz de intentar contestar las preguntas que nunca formula porque no encuentra las palabras. Hay gente que le habla, sí, y también gente que le insulta. No le duelen las patadas de esos malnacidos que castigan a aquel que no tiene la suerte que ellos tuvieron. No le duelen los insultos de la gente. El frío de la calle le ha trizado el corazón, y ya no le duele nada.
Por eso, esta noche, camina decidido, pero con suavidad, casi con ternura, hacia una nueva isla desierta. Lleva por centinela las luces apagadas de un presente asesino, de un futuro al que nunca llegará. En la soledad de la avenida, sus pasos repiquetean en las baldosas de la acera, mientras se aleja de unas casas en las que nunca ha vivido, de unas calles en las que nada ha dejado. Para él sólo queda un poso de melancolía en la ajada taza del alma. Camina, sin mirar atrás, hacia una autovía oscura, y ante él se yergue una rotonda que indica el final de la luz. Detrás, desafiante, una carretera negra como boca de lobo, como una gran cueva que no tiene final, y si lo hay, está a decenas de kilómetros de distancia. No le importa, no le da miedo la oscuridad. Algunos coches parten en dos la avenida con sus luces, pero ni siquiera les mira porque sabe que nunca le llevarán. Si quiere inventar un nuevo destino, tendrá que hacerlo solo. Él y la oscuridad.
Casi ha llegado al borde del precipicio cuando lee por el rabillo del ojo las letras que coronan la rotonda. ‘Hasta pronto’, rezan, ‘hasta nunca’, dice él, justo antes de perderse en la oscuridad. La noche escupe una brisa invernal que congela los últimos resquicios de la primavera, y llena el suelo de charcos. El aire huele a lluvia, y la humedad se pega en los bolsillos de un abrigo raído, que guarda en la solapa los besos olvidados de una hija a la que no ve, de una mujer que ya no le quiere; de una vida que ya no le soporta. El negro de la carretera se traga su silueta mientras la ciudad sigue dormida, y el suave vaivén de la noche acompasa todos sus sueños. De fondo, a lo lejos, en lo más hondo de la carretera, se oye el chapoteo en los charcos de los rotos zapatos del hombre de pausado caminar…
En medio de la tenue luz de una ciudad desierta, se distingue el ruido de las pisadas del hombre de pausado caminar. Es hijo de ninguna parte, y se siente en esta tierra, como en cualquier otra, un extraño. De tragos amargos tiene la garganta llena, y el paladar rugoso sólo le devuelve arena desde las entrañas cuando se esfuerza por tragar una saliva que duele, de tanto veneno como lleva. Su vida, como su alma, reposa en un hatillo al que se le ven las costuras, mal zurcidas y mal cuidadas por un tiempo que pasa y no ayuda. Todo lo que tiene lo lleva puesto, o sobre el hombro, y tiene por casa el rincón más grande del mundo: la calle. En su inhóspita habitación, nunca elige la compañía, y se conforma con la que el azar le regala, ya sea una corta conversación o los latigazos acerados de la más cruel indiferencia.
Esta noche, como muchas otras, se ha cansado de la ciudad, y ha roto su andar tranquilo para llenarse de una decisión como las que ya no quedan, y salir hacia la negrura en busca de otro lugar habitable, otra calle en la que dormir, otra acera en la que llorar. Ni siquiera sabe por qué llora, porque bien pensado, ni siquiera recuerda su nombre. ¿Para qué? ¿Quién lo necesita cuando nadie le va a llamar? Para casi todo el mundo no existe, a pesar de pasarse las horas sentado junto a la puerta del centro comercial. Quien le habla es para recriminarle que beba y no se lave, que no se ponga a trabajar. Como si eso fuera tan fácil. Como si no fuera el alcohol el único abrazo caliente que recibe día tras día. Como si la ginebra no fuera la única capaz de intentar contestar las preguntas que nunca formula porque no encuentra las palabras. Hay gente que le habla, sí, y también gente que le insulta. No le duelen las patadas de esos malnacidos que castigan a aquel que no tiene la suerte que ellos tuvieron. No le duelen los insultos de la gente. El frío de la calle le ha trizado el corazón, y ya no le duele nada.
Por eso, esta noche, camina decidido, pero con suavidad, casi con ternura, hacia una nueva isla desierta. Lleva por centinela las luces apagadas de un presente asesino, de un futuro al que nunca llegará. En la soledad de la avenida, sus pasos repiquetean en las baldosas de la acera, mientras se aleja de unas casas en las que nunca ha vivido, de unas calles en las que nada ha dejado. Para él sólo queda un poso de melancolía en la ajada taza del alma. Camina, sin mirar atrás, hacia una autovía oscura, y ante él se yergue una rotonda que indica el final de la luz. Detrás, desafiante, una carretera negra como boca de lobo, como una gran cueva que no tiene final, y si lo hay, está a decenas de kilómetros de distancia. No le importa, no le da miedo la oscuridad. Algunos coches parten en dos la avenida con sus luces, pero ni siquiera les mira porque sabe que nunca le llevarán. Si quiere inventar un nuevo destino, tendrá que hacerlo solo. Él y la oscuridad.
Casi ha llegado al borde del precipicio cuando lee por el rabillo del ojo las letras que coronan la rotonda. ‘Hasta pronto’, rezan, ‘hasta nunca’, dice él, justo antes de perderse en la oscuridad. La noche escupe una brisa invernal que congela los últimos resquicios de la primavera, y llena el suelo de charcos. El aire huele a lluvia, y la humedad se pega en los bolsillos de un abrigo raído, que guarda en la solapa los besos olvidados de una hija a la que no ve, de una mujer que ya no le quiere; de una vida que ya no le soporta. El negro de la carretera se traga su silueta mientras la ciudad sigue dormida, y el suave vaivén de la noche acompasa todos sus sueños. De fondo, a lo lejos, en lo más hondo de la carretera, se oye el chapoteo en los charcos de los rotos zapatos del hombre de pausado caminar…
martes, 8 de junio de 2010
Capítulo Segundo
Otro retal mal cosido que he encontrado por el baúl de los párrafos olvidados. A partir de aquí, tocará improvisar de nuevo...
Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.
Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.
A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad.
Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido, en principio de una nueva vida marcada para siempre por las sombras. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.
Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.
Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.
A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad.
Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido, en principio de una nueva vida marcada para siempre por las sombras. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.
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