domingo, 13 de septiembre de 2009

Flashback 2

Hace unos meses amenacé con recuperar algunas de las locuras que escribía en aquellos años en los que todo sucede por primera vez, la época en la que las heridas eran poco profundas, pero marcaban sí o sí el camino que habríamos de recorrer. Aparco, por el momento, en el segundo capítulo, la aventura tenebrosa que imaginé hace poco, con la esperanza de encontrar de nuevo la senda no muy tarde. De nuevo versos viejos rescatados de las hojas amarillentas de un viejo cuaderno. Otra vez sin métrica, con el único estilo que dictó el momento y el lugar en el que fue escrito, a lápiz, a buen seguro en una noche como ésta. Éste no es tan antiguo, pero eso no quiere decir que vaya a ser mejor. En vuestras manos lo dejo. Y a ti, que nunca llegaste a leerlo, perdón por rescatarlo del olvido.

LETANÍA

Es como quien busca en el saco del olvido
y no encuentra en él más que podridas telarañas,
y remueve con el fango lo soñado y lo vivido
para cubrir con ilusiones la memoria ya oxidada

me muerden tan adentro los besos que te he pedido,
se siente sin tu abrazo mi piel tan congelada,
que no sé si antes de ti algo mío ha existido
y dudo que tras de ti en mi vida dejes nada

tengo marcas en la espalda después de dormir contigo,
tengo, a fuego lento en la piel, tu herida tatuada,
y no sangro por sangrar, sangro por un motivo:
que mi sangre deje tu nombre escrito sobre mi almohada

lucha aún mi corazón aunque mi cuerpo se ha rendido
por mantener sobre mi piel tu caricia señalada,
y las huellas de esos besos que mis labios han partido
alimentan, en silencio, estas letras de esperanza

de esperanza por volver a sentir lo que he sentido
al estar, cuerpo con cuerpo, nuestras vidas abrazadas,
compartiendo con miradas el compás de los latidos,
así te entregué mi vida, yo no me quedé nada...

Para A, 2004

martes, 1 de septiembre de 2009

Más tinieblas (capítulo dos)

Cuando la ciudad duerme, me gusta subir al tejado con una taza de café y escuchar los sonidos de la noche. Hay todo un mundo que la gente se pierde por huir de las tinieblas. Madrid es una metrópoli que atrapa una vida nocturna singular, y que con la caída del sol comienza a latir muy despacio, acompasadamente, de tal forma que es muy difícil llegar a escuchar su verdadero corazón. A lo lejos, el ruido de las sirenas ahoga el estrépito casi seco del cauce del río Manzanares, y de vez en cuando hay un coche que parte en dos con sus luces las arterias de la capital, como un relámpago que recorre la superficie terrestre sin encontrarse con nada, sin alcanzar a nadie. Es ahora cuando se puede respirar hondo, y llenarse los pulmones del espíritu de una ciudad que huele a muerte y a vida, a miseria y a riqueza, a comidas de lujo y ropas harapientas. Si mantienes el aire dentro de ti el tiempo suficiente, puedes paladear el poso amargo que desprenden sus calles, y sentir cómo desgarra tu garganta el cuchillo acerado de la realidad. El aire de la noche yace cargado de recuerdos que levantan ampollas en el alma, a menos que hayas conseguido para la tuya una coraza en forma de herida que no deje pasar el suspiro nocturno de las aves muertas. La mía hace tiempo que se partió en dos, y se convirtió en un cuervo negro que vuela en círculos en una cárcel invisible, en el cielo negro de una ciudad que me alimenta con la sangre que derramo en aquellas horas en las que la piel se eriza intentando sentir la llegada del alba.

Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.

Me llevó varias noches encontrarle, pero al final di con él. Los hombres somos animales de costumbres, y nos sentimos identificados con un entorno muy reducido, fuera del cual nos creemos vulnerables. Podemos escapar durante un tiempo, salir de nuestros dominios, pero pronto algo tira de nosotros y nos conduce a un regreso que apacigua nuestros nervios y nos embriaga con la sensación de volver a casa. No se acordaba de mí. Por lo menos, no acertaba a articular en su pensamiento por qué había una sombra al fondo de la calle, esperando a que llegara el momento de arrebatarle todo el aire que en esos momentos aspiraban sus pulmones. Si mi rostro le dijo algo, no encontró en el saco de los recuerdos el momento exacto con el que asociarlo, la circunstancia en la cual nuestros caminos se cruzaron, y provocaron que el suyo estuviera a punto de llegar a su fin.

Como casi cada día, me empapaba de alcohol mientras ella me esperaba al amparo de la noche. Sabía que no acudiría a nuestra cita, pero confiaba en que en el último momento mi sensatez ganara una batalla que tenía perdida de antemano. Esperó con la esperanza de que aún quedara para mí un rincón para la salvación, para que lo nuestro no acabara ahogado en un vaso de bourbon.

Le seguí durante un tiempo, y logré captar su atención. Se sintió amenazado y afiló su instinto depredador, para intentar que fuera su gesto, y no el mío, el que supurara tintes de amenaza. Estaba acostumbrado a oler el miedo en los demás, y no se dio cuenta de que lo que sudaba era el suyo propio.

Salí del bar completamente borracho y me dirigí a casa, dando tumbos por la acera. Ni siquiera me acordé de su rostro, o de sus ojos, o de sus manos, mientras recorría el camino hacia el que pronto dejaría de ser nuestro lecho. Me sentí despreciable, y una arcada subió por mi garganta, justo antes de vomitar en la acera la bilis amarga que mi cuerpo contenía. Estaba a dos manzanas de casa.

Pronto me convertí yo en el perseguido. Caminé al abrigo de las farolas asegurándome de que me seguía a una distancia prudencial. Si yo aceleraba el paso, lo hacía él también. Llegué a detenerme un momento frente a un escaparate oscuro y él hizo lo propio unos metros más atrás. Podía oír sus jadeos, su respiración entrecortada, a su corazón bombeando adrenalina en busca de un último empujón que le ayudara a decidirse a abordarme. Sentí que llegaba el momento y me desvié, poco a poco, de las iluminadas calles del centro, para sumergirme en las tinieblas de unas callejuelas de piedra, reminiscencias tardías del Madrid que fue alguna vez.

Doblé la esquina de casa y la vi desplomarse sobre la acera. Fue todo muy rápido, apenas un destello. Una hoja afilada, una cuchillada profunda, una herida mortal. Una sombra corría hacia mí y no acerté a moverme. Le vi pasar por mi lado, incapaz de mover un solo músculo, mientras ella, en el suelo, clavaba sus ojos en mí. Un grito ahogado. Una mano pidiendo socorro. Media vida que se me escapaba.

Llegamos a una calle pequeña en la que apenas entraba la luz. Sólo el lejano brillo de la luna nos servía como farol. Fui, poco a poco, caminando más despacio, con el fin de que él pudiera ganarme terreno, decidido como iba a convertirme en su próxima presa. Paré en seco cuando oí que aceleraba sus pasos, dispuesto a atacarme por la espalda. Entonces me giré y me lo encontré de cara. Rostro con rostro.

Cuando llegué a cogerla entre mis brazos, su aliento se apagaba. No podía hablar, apenas respiraba. Me miró, y en el fondo de sus ojos se adivinaba una mezcla confusa de sensaciones, un amalgama de reproches callados e ilusiones que ya nunca serían. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.

Fue como si, de repente, su mente proyectara la imagen que su memoria llevaba tanto tiempo buscando. Se paró en seco y su cuerpo se paralizó en el preciso instante en el que vio asomar el mortal brillo de la daga. Descubrió, por fin, qué era el miedo, justo antes de que hundiera hasta el fondo la afilada hoja en su cuello, y empezara a brotar la sangre a borbotones. Era una sustancia densa, viscosa, pero no caliente. Una sangre oscura arrojada por un alma podrida condenada desde ese mismo instante a vagar por un limbo repleto de torturas venideras. Se desplomó, y sentí que desde alguna parte una mirada acerada me taladraba el corazón, y me inundaba los pulmones de hiel. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.

jueves, 20 de agosto de 2009

De nuevo, capítulo uno...

Hay algo hipnótico en la oscuridad, un gran poder de seducción en las sombras. Las noches retiran la piel a jirones y nos muestran tal y como somos, desnudos en medio de la negrura, a merced de unas ciudades que resuenan durante el día, excitadas por los rayos del sol, pero que de noche susurran secretos ocultos que nadie quiere escuchar. Todas las noches son oscuras, y la gente le tiene miedo a la oscuridad. Yo no. A mí lo que me aterra es la luz del sol, los días, las apariencias. Cada mañana nos ponemos un disfraz con el que representar nuestra pequeña historia. Somos maridos ejemplares, estudiantes aplicados, mujeres decididas. Somos un puñado de mentiras que se cruzan intentando tejer una realidad creíble, un mundo en equilibrio.

Pero, de pronto, llega la noche, y con ella aparece nuestro verdadero rostro. Dejamos de ser perfectos, de comportarnos como todos esperan que lo hagamos. Y mentimos, mentimos porque mentir es nuestra realidad, mentimos porque somos mentirosos, huraños, violentos, lascivos. La negra espesura del cielo se mece lentamente como un mar en penumbra hasta que alarga su brazo y remueve nuestras entrañas en busca de nuestra esencia, y la muestra tal y como es. La noche no engaña, la oscuridad es un cristal transparente que no distorsiona, un cristal que filtra las apariencias y las convierte en polvo, y en medio de ese polvo surgen de verdad nuestras podridas almas.

A mí me mató la noche. Fue una forma cruel de desenmascararme porque sentí cómo una lengua de fuego me abrasaba la piel y la despegaba lentamente de la carne, y me abrasaba vivo, sin perder la consciencia, en medio de un infierno gélido de llamas azules. Se paró de golpe el mundo en el que vivía mientras ella agonizaba sobre la acera, regando con su sangre una calle difusa de un barrio tardío, mientras su vida se filtraba por los poros de una ciudad que maldije hasta quedarme sin voz. De rodillas, con su cabeza en el regazo, se trizaron mis venas mientras ella boqueaba en busca de un sorbo más de aire que nunca iba a llegar, con la mirada perdida en un cielo de nubes que ocultaban la luna con un tapiz oscuro e impenetrable. Cuando se paró su corazón lo hizo también el mío, y no quedó de mí más que lo que soy ahora.

Hace tiempo que vivo oculto en la noche, y que me alimento de los secretos que ésta susurra. Hace tiempo que mi alma se perdió en alguno de los recovecos de esta ciudad maldita para siempre, y sólo espero no volver a cruzarme con ella. Sé que mi corazón está seco, y al latir emite un extraño crujido, como de madera seca, que acompaña todos mis pasos y apaga los gritos de todo el que me rodea. Se podría pensar que soy un vampiro, pero no es cierto. Los vampiros, si existen, sólo buscan en la noche el alimento que la mañana les niega, cegados por la necesidad de alimentar el espíritu que un día perdieron. Yo, mato. Ni siquiera busco aplacar una sed de venganza extinguida hace ya tiempo, ni apagar el odio que todavía reside en mí, porque es el odio el que me conduce, y es el odio hacia todo y hacia todos el que me mantiene vivo. Simplemente mato por el placer de matar. Yo me alimento de la oscuridad, y todas las noches son oscuras. Incluso ésta.

martes, 7 de julio de 2009

Epílogo (y capítulo 9... fin)

De noche, cuando la oscuridad abraza la ciudad y empapa todos sus rincones con esa niebla negra, densa, que carga el aliento y empapa el sueño, lloro sobre los tejados de esta ciudad que me atormenta. Envido a la luna una pena que ya no siento, porque ya no puedo sentir, pero que tiñe de púrpura mis recuerdos y mis oraciones, mi música y mi aliento. Las noches como ésta, cuando la negra oscuridad apenas se ve disuelta por el efímero resplandor de unas luces que no significan nada, escarbo en mi pecho y arranco las astillas que aún tengo en el corazón, y dejo que entre mis dedos resbale un líquido oscuro, caliente, que algún día fue sangre, pero que hoy no son más que las miasmas de un amargo pasado que ya no es.
amargura
Quedé preso de Madrid cuando mi corazón dejó de latir, y mi alma, que siempre soñó con un cielo mejor, decidió agarrarse a las piedras de este infierno de cristal. Me poso en las azoteas y observo con desgana cómo se esfuma la vida de los demás, cómo se escapan los pedazos del mundo, cómo silba la noche por las rendijas de mi alma. Soy un espectro sin forma, un esqueleto sin rostro, un puñado de cuervos que vuelan sin dirección. El aire trae a mis sentidos el salitre del mar, y a veces tengo la sensación de que oigo el batir de esas aguas que encierran en el fondo las sonrisas truncadas, las caricias perdidas, los besos arrebatados. Quisiera ahogarme y deshacerme en su sal, pero ya no tengo nada que se pueda corromper, porque no me queda nada puro. Soy un cuerpo sin piel y vacío, sin órganos, envuelto en una túnica color sangre, con cientos de alacranes a su alrededor. Cruel séquito de víboras.
recuerdos
Quizá la vida nos castigó porque jugamos a querernos sin saber si nos queríamos. No merecíamos nada, y durante mucho tiempo todo lo tuvimos, apoyando tu soledad en la mía, tu desgracia en la mía, tu cuerpo en el mío. No existió para mí más frontera que la de tu piel, ni más sabor que el de tus besos. Tampoco me entregaba el mundo más color que el de tus ojos. Tus ojos. Esos ojos. Ya no tienen nada que mirar. Hace tiempo que me arranqué los míos porque no sabían ver más allá de tu imagen. Tampoco queda en mi cuerpo un solo jirón de piel. Sólo mantengo, en un rincón de la memoria, el suave ardor de tus caricias. Echo de menos tu risa, tus lágrimas, tu pelo, tu sudor. Tu vida. Necesito tu vida.
dolor
Tardé tres días en asomarme a ese mundo que fue nuestro, y que ahora lloraba sólo para ti. Volví una madrugada, deseando que estuvieras dormida, pero encontré tu mirada abierta de par en par, y tu cuerpo hecho un ovillo sobre el sillón. Entré muy despacito, sin molestar, sin apenas hacer un ruido. Me convertí en el viento que resbaló por las cortinas y se filtró por la ventana, y te estremeciste. Me convertí en la oscuridad que tocaba tu rostro mientras tú llorabas, otra vez, y tu piel se erizó de nuevo. Fui por unos segundos el aire que respiraste, y estuve dentro de ti. Llegué hasta los pulmones, y sentí desde muy dentro los latidos de tu corazón, y también fui por un instante la sangre que regaba tu vientre. Te dejé una lágrima muy cerquita del alma, para que tú la acunaras con tu latir.
amor
Estoy muerto, no siento, no respiro, no sufro, no lloro. Sólo tengo recuerdos. Mi cuerpo está podrido, pero mi alma sigue intacta porque se alimenta de ti, de tu memoria, de tu esencia. Te quiero, y te quise también en vida, aunque apenas me dio tiempo a decírtelo un par de veces. Te quise más que nada, más que a nadie, por encima de todas las cosas. Notaba cómo mis entrañas ardían con este sentimiento incandescente que descubrí una noche cualquiera mientras tú llorabas y yo te abrazaba, y que marcó ese amanecer como el primero del resto de mi vida. Te quise, y todavía te quiero, todavía arde lo poco que queda de mí. Arderé para siempre, hasta que mis huesos se conviertan en cenizas y nublen tu memoria, manchen tus recuerdos, y sólo respires partes de mí. Estoy contigo a cada paso que das, a cada latido, en cada mirada. Sin carne ni piel, sin ojos, sólo soy alma. Una sombra que, de vez en cuando, aparece en tus sueños, para besarte, para acariciarte, para mojarme de ti. Una sombra que te hace despertar envuelta en un sudor frío y ajeno que sabe a todo lo que compartimos. Una sombra que puebla tus noches, que se convierte en el aire que te acaricia, en el vapor de tu aliento, en un beso furtivo en una mañana cualquiera.

muerte

Tú lloras en nuestra cama; yo lo hago en el tejado. Pero tus lágrimas y las mías forman el mismo mar, y ahogan las mismas almas

martes, 23 de junio de 2009

Muerte (inevitable capítulo 8...)

Nos tragamos los últimos sorbos de la noche pateando unas calles que nos devolvían nuestros pasos con ecos lejanos y fríos. Fue el camino más largo de todos cuantos hemos recorrido, hacia una eternidad que nos devoraba. No tenía fuerzas para tenerme en pie, y cada metro que avanzaba, cada portal que engullía en busca de un abismo que ya venía a por mí, me desgarraba en lo más hondo. Tú me sujetabas, y tratabas de arrastrar los pedazos de mi vida hacia la casa que más tarde sería mi condena. Ahí empezó tu penitencia. Nunca lloraron más las calles de Madrid, porque de ellas manaban las lágrimas de los dos: las que yo no podía llorar, exhausto, las que tú no podías llorar porque ya habías empezado a pagar peaje. Un par de veces paramos en seco, en mitad de lo que quedaba de noche, para recuperar el aliento. El tuyo, que era el que nos llevaba a los dos. En esos momentos yo miraba al cielo, y veía en las fachadas de los edificios, imponentes, la figura de un ángel negro que se cernía sobre mí, dispuesto a horadar mi alma y arrancar de ella hasta el último pliegue de vida.
“No te vayas”, me decías, y yo no quería marcharme. Latía cada vez más despacio, y notaba poco a poco cómo mi sangre se volvía densa, y empezaba a enviar zumbidos desde mis órganos vitales. La garganta se me llenó de arena, quizá porque la muerte, en verdad, es un trago rugoso. Tenía la boca seca y apenas brotaba de ella un hilo de voz. Jamás había tenido tanto miedo. Temblaba, y un manto blanco me nublaba la vista, dejándome a tu merced. Ciego, como hasta entonces, de la mano de un corazón que trataba de bombear una sangre que no era suya, una sangre que ya subía por mi garganta y que a punto estuve de vomitar. Tosí, y mi aliento tiñó de rojo el empedrado de la calle justo cuando el sol se derramaba en el cielo y empujaba hacia el sur la oscuridad. Paramos frente al portal, tú buscabas las llaves. Levanté la vista y allí estaba, en la ventana, esperando pacientemente con su cara sin piel y sus alas sin plumas, un espectro negro, alado y descomunal. Sentado en la ventana, brotaban de sus pies cientos de alacranes negros que corrían por la fachada; en el cielo volaba un cuervo. El miedo apretó mis sienes y caí de rodillas al suelo, llorando como un niño. Te encogiste sobre mí, y fue tu aliento el que me insufló un rato más de vida.
Subimos al piso y encontramos lo que no buscamos. Olía a humedad, y todo se había teñido de un tono gris que no había vuelto desde que tú llegaste. Reconocí mi casa al instante, la náusea en la punta del armario, toda la nostalgia apilada en un rincón, la melancolía desagüe abajo. Me tumbé en la cama y cerré los ojos, creyendo que nunca más los iba a abrir. Perdí el control de mi cuerpo, y una parte de mí comenzó a subir y a alejarse de la piel, la carne, los huesos, para convertirse en humo y desaparecer después con un solo soplido. El ángel no se movía, sólo miraba, y yo le miraba a él, con los ojos cerrados. Mi cabeza lanzó un estertor que sacudió todo mi cuerpo, y apreté los puños y me mordí la lengua. La boca se me llenó de sangre.
Entonces te tumbaste a mi lado y abrí por fin los ojos. Ahora sí, la última vez. Llorabas, yo lo intentaba, pero lo más parecido que lograba era un sudor frío que evaporaba cada gota de mi vida, el último hálito de mi espíritu. Me miraste, te miré, y me sentí hundido en tu mirada, como la primera vez. Fue una sensación cálida que contrastó con todo el frío que me había arropado aquella noche, y que trizaba mis nervios uno a uno hasta que mi cuerpo se moría por su cuenta, mientras mi mente intentaba resistir. Un hilo de sangre brotó de la comisura de mis labios, aquella que no había acertado a tragar. Viste por primera vez en mi cara la verdadera expresión del miedo, el horror reventó mis pupilas y me puse a llorar de pánico. Y me besaste, y ese beso fue el sello lacrado en sangre de una vida que se marchaba, que se cerraba para siempre, mientras tú te quedabas aquí. Cerré los ojos, aún con tus labios en los míos, y noté por encima de la sangre el sabor de tus lágrimas y las mías, mezcladas. La muerte tendrá para mí siempre un sabor salado.
Mi alma comenzó a flotar. Liberó amarras de mi piel y subió poco a poco, mientras mi corazón dejaba de latir. Poco a poco, muy despacio. Se desgarraba mi carne. Yo ascendía y te miraba, apretarme las manos, separar los labios de los míos. No llegué a verme la cara, porque me la tapaba tu pelo. Otra vez tu pelo. Siempre tu pelo. Quería tocarte pero no podía, el aire tiraba hacia arriba de mí, y tú, en la cama, abrazada a mi cuerpo sin vida, llorabas en silencio, con un llanto hondo que te nacía desde las entrañas. Llorabas en mi pecho, que para siempre quedó empapado por tu esencia, por tus lágrimas. Las mismas que besé aquella noche. Llorando llegaste a mí. Llorando me fui a la deriva de las almas, al cielo de los cobardes.
Entonces, una mano huesuda se posó sobre mi hombro. Había llegado la hora. Levanté las manos y las puse ante mi rostro, para ver en qué me había convertido, pero tan pronto lo hice estallaron en un puñado de alacranes negros que corretearon por el techo y se perdieron por la ventana. De la mano de aquel oscuro custodio, empecé mi camino hacia ninguna parte.

Sonaba, para siempre, la melodía de tu llanto en los recovecos de mi alma.

jueves, 18 de junio de 2009

Preludio (único capítulo 7...)

El mundo se llena de nuevos matices cuando a uno se le acaba. Empiezas a pensar que cada paso que das puede ser el último, que cada camino que tomas puede llevarte a ninguna parte. En días como esos me gustaba salir a la ciudad, cuando Laura no estaba, y saborear los nuevos aromas que Madrid tenía para ofrecerme. Sus calles eran, más que nunca, un crisol de almas atrapadas en una colmena que no dejaba salir el aliento de sus habitantes. Almas rotas, espíritus inacabados que construían una enorme Torre de Babel de cóleras y certezas encima de la cual se balanceaba esa urbe que todos amábamos, y que a todos nos había roto el corazón. Llegaba a la plaza Mayor y me paraba en mitad, tratando de captar todos los sonidos, todos los sabores, cualquiera de sus aromas. Churros, aceite, calamares, algodón dulce, chocolate, turistas, caricaturas, corazones errantes intentando gastarse la vida encima de las piedras que habían pisado nuestros antepasados, que habían filtrado la sangre de todos aquellos que tiñeron de rojo sus cimientos.
También me gustaba coger su mano al atardecer y dejar que muriera el día sin hacer otra cosa que dormitar. Sentados en el sofá se nos escapaba la tarde, y el rojo intenso del sol se perdía por algún lugar del horizonte mientras la calma y la quietud ganaban pasito a pasito unas calles que sólo conocían alaridos y reyertas, brumas y velocidad. Ella me miraba y yo cerraba los ojos, queriendo evitar el contagio de las pupilas almendradas a las que había cosido mi vida, y que jugaban con el último hálito de un alma que se me escapaba. Discutimos más veces, seguro, pero yo no las recuerdo. Cuando la fiebre me consumía ella solía acogerme en su regazo, y pasaba pacientemente la mano por mi frente, por mi pelo, secándome el sudor que era tan suyo, mientras me moría poco a poco entre sus piernas. Cada día más débil, más agarrotado. Le supliqué que se fuera, pero ahora tenía miedo a que me abandonara. Su fortaleza fue más grande que mi enfermedad, y fueron sus caricias las que apaciguaron mi miedo. A ella le debo la muerte que estoy a punto de sufrir, un tránsito informe sin congoja ni duelo.
Supe que se acercaba el final una mañana de octubre en que me levanté con energías renovadas. Curiosa la forma que tiene dios de decirnos que el final se acerca. Me entregó mi aliento, mis ganas, un puñado de esperanza. Dios no acepta botines pequeños, y mi espíritu viajaba hacia el infierno sin pertenencias, así que arrugó en mi petate los últimos momentos de mi vida, y me dejó que yo los fuera desenrollando a mi antojo, con mis propias manos, para descubrir que al final del pergamino, con letras de sangre, estaba escrito el final. Desperté y ella no estaba, se acercaba el final y ella no lo sabía. Pasé toda la mañana dando vueltas por el piso, de una habitación a otra, envuelto en una cólera que me nacía de dentro y se proyectaba a mi alrededor. Casi pude notar que los colores se sombreaban, y mi entorno se volvía gris. Me mareé y decidí sentarme en el sofá. Leí para ahuyentar los malos presagios. ¿Y si no volvía?
La angustia me duró hasta bien entrada la tarde, cuando la puerta se abrió y apareció su pelo moreno, su cuerpo menudo, sus cálidos ojos. Me miró, y esa fue la primera vez que mis pupilas la engulleron. Percibió lo mismo que yo percibía. Los labios le temblaban y quiso empezar a llorar. No le dejé abrir la boca. Puse mi dedo en sus labios, la agarré fuerte de la muñeca y la arrastré escaleras abajo hasta la calle. No había tiempo que perder. Dejamos atrás el portal y agarró con fuerza mi mano. Intentaba transmitirme unas fuerzas que se me caían a cada paso que daba, y a medida que me apagaba yo, ella también se apagaba. En silencio, como la primera vez, pero cogidos de la mano, volvimos a la barandilla que puso por aquella noche Madrid a nuestros pies, y creo que los dos soñamos con estrellar nuestros cuerpos en el vacío, y dejar que nuestras almas volaran libres hacia el cielo de una ciudad que por fin lucía para nosotros. La besé, y sus labios sabían como la primera vez, y dejó en mi boca un rastro de playa, mezcla de mar y miel, de salitre y lágrimas.
Anochecía cuando llegamos al bar, penúltima parada de nuestro trayecto, de mi viaje, porque ante ella se abriría pronto un nuevo horizonte. Abrimos la puerta y todo estaba como lo soñamos. La barra, a la derecha, sujetaba a un grupo de jóvenes que bebían cerveza y movían la cabeza al ritmo de la música, sin hablar entre ellos, utilizando ese lenguaje silencioso que se filtra a través de las melodías. Delante, el futbolín, al fondo el billar. Todo cubierto por una nube de humo que desmayaba cuando llevabas cinco minutos respirando la atmósfera de los bajos fondos, esos que los jóvenes conocemos y que de mayores sólo añoramos porque nunca más podremos aspirar a ellos. El camarero nos hizo una seña con la cabeza, y yo negué lentamente para hacerle entender que algo no iba bien. Pedimos dos cervezas y nos apoyamos en el billar.
Las horas siguientes las recuerdo con mucha nitidez. Poco a poco el bar se quedó sin gente, y el dueño me tiró la llave cuando sólo quedábamos los tres. Apagamos las luces y dejamos sólo las lámparas que alumbraban el billar y trataban de dar lustre a un tapete verde que hacía demasiadas veces la función de cenicero, y a quien los años le hacían parecer, más que viejo, más sabio. Sonaron, una tras otra, todas las canciones posibles, las que conocíamos, las que compartimos. Aquellas que siempre significan algo. Yo, apoyado en el billar, tú, a unos metros de mí, moviéndote lentamente al ritmo de la música. Despacio, muy despacio. A mí ya me embargaba la fiebre, y asomaban a mis sienes los acordes del último dolor de cabeza.
Me sacudí el sopor del tabaco, y decidí que era hora de terminar con todo. Puse la que desde entonces, y para siempre, será nuestra canción. Sonaban los primeros acordes y, mientras la noche se aclaraba la voz, te agarré de la cintura y te tumbé sobre la mesa de billar. Cerraste los ojos mientras acariciaba con mis labios tu piel, palmo a palmo. La sentí distinta, como la primera vez. ‘…no hubiera sido la noche en tu espalda…’. Pero iba a ser la última. Tus manos en mis manos. Tu estómago en el mío. Tu pelo otra vez sobre mi cara. Tu sudor en mi boca. ‘…me sobran motivos, pero me faltas tú sobre la cama…’. Tu ropa y la mía tiradas en el suelo. Calló la música y sólo quedó tu saliva, tu aliento, tu respiración entre cortada.

Tu vida y la mía anudadas por última vez.

martes, 9 de junio de 2009

Vigilia (en parte, capítulo 6...)

Quizá en otro tiempo, en otra vida, lo nuestro tendría sentido. Quizá tu soledad y mi soledad no fueran sólo dos soledades que luchan por encontrarse, y fueran tejiendo algo más que esta red que nos atrapa, y que no nos deja respirar. Me caigo al abismo y te arrastro, y por más que intento soltarte siempre sigues mi estela. Noto tu mano alrededor de mi muñeca, tus uñas clavándose en mi piel, y yo sólo miro hacia delante, hacia el agujero que nos engulle, sin preocuparme de que vienes detrás de mí. No sé por qué sigues aquí. Dices que me quieres, pero yo no me lo creo, o no me lo quiero creer. Demasiado a menudo confundimos el amor con la compasión, la pasión con la piedad. Estás a mi lado porque me muero, o quizá a pesar de eso. No tengo fuerzas para discernir.
Ahora me levanto por las noches y me apoyo con las dos manos en el lavabo antes de abrir el grifo, para dejar que el agua fría resbale por mi espalda, y me dedico a verte dormir. Respiras en calma, con una paz que disimulas cuando el día nos descubre y nos obliga a soportar la tarea de soportarnos. Apenas te mueves en la cama, ni siquiera cuando juego a acariciarte la espalda por encima de la camiseta, o te soplo en la cara y tú arrugas la nariz y te das la vuelta. Me encantaría hacerte feliz, poder regalarte aunque fuera un segundo la vida que te mereces, pero yo no te elegí; fuiste tú la que decidiste amanecer a mi lado. La puerta sigue abierta, pero te resistes a abandonar. A veces lloro pensando lo que te espera.
Hace semanas que no duermo. Se acercan los últimos días, y no tengo fuerzas para cerrar los ojos y pensar en otra cosa. Mi cuerpo se consume, mi alma se evapora. Vivo anclado en un dolor de cabeza, un zumbido, que mancha toda mi realidad. Sólo dejo de oírlo cuando me acuesto a tu lado, y tú me acaricias el pelo y me susurras al oído un puñado de mentiras que se clavan bajo mi piel, y que sangran corazón adentro. Lo haces hasta que piensas que me he quedado dormido, y entonces descansas tú, en medio de mi lucidez, en medio de estas noches que me atormentan. Cuando el piso se queda a oscuras suelo ver en la ventana un ángel negro que me espera, paciente, y que descuenta las últimas horas. Una, tres, cien, mil… da igual, llevo muerto tanto tiempo que no sé si notaré la diferencia. Una y otra vez, una noche tras otra, el ángel silba muy bajito una canción que creía perdida en mi recuerdo, y no me deja dormir. Quiere que sea consciente de todo aquello que se me escapa, y me hace pagar con vigilia el dolor al que estoy a punto de condenarte.
Estas noches, abandonado al lento batir de las alas de esa figura oscura que domina mi mente, pienso en ti. Pienso en tu cara, en tus ojos, en tus manos. Pienso en tu cuerpo, pequeño, y en todo lo que me has dado. Recuerdo la noche en que nos conocimos, lo despacito que susurraste tu nombre, la primera vez que me dijiste te quiero. Me atormento con tu figura empapada de lluvia esperando en el umbral de la puerta a que yo saliera a buscarte. Me estremezco una y otra vez con ese abrazo húmedo, frío, con ese susurro en mi oído… “Vida mía”, dijiste, y te equivocabas por completo. Yo no soy tu vida, nunca lo he sido. He sido para ti una muerte lenta, agónica, externa, porque es mi corazón el que se ha ido apagando, el que pronto dejará de latir. No te he regalado nada, y lo he esperado todo a cambio. No he tenido el valor suficiente para pedirte perdón, y no lo tendré jamás, a pesar de que duermas, porque a veces siento que, en tus sueños, escuchas mis pensamientos.
Estas noches, tiemblo como un niño, muerto de miedo. Cuando estamos juntos escondo esa cobardía en una indiferencia que nunca te ha hecho desfallecer. Pensaba que si a mí me daba igual la muerte, a ti dejaría de importarte tarde o temprano, y acabarías por marcharte. Noto cómo te disgusta cuando dejo de lado todo el dolor y hablo del final del sufrimiento, de liberación, de alivio. Si supieras cuánto miedo tengo por marcharme de tu lado. Si supieras que, despierto, trato de evocar el calor de tu abrazo, el roce de tus dedos, el sabor de tus besos. Si supieras las ganas que tengo de quedarme quizá decidirías marcharte junto a mí. Y eso no lo puedo permitir.
Se esfuma la noche. Toca arrojar al fuego de la mañana la careta de la verdad y esconderme en el valor que aparento por el día, cuando estoy a tu lado. Toca volver a pensar en la muerte como el final de todo, como el principio de tu vida. Toca buscar de nuevo tu debilidad, meter el dedo en la llaga. Cuando amanezca despertarás con una sonrisa, y yo volveré a despreciar tus primeras caricias, ésas que siguen ardiendo dentro de mí incluso horas después, y a elegir las malas palabras para reprender tus buenos augurios. Tengo que convertirme en algo que con el tiempo detestarás.

Pero, antes, cerraré los ojos bien fuerte, me olvidaré del ángel negro y volveré a decir en voz alta que te quiero. “Te quiero”. Más que a nada en mi vida, más que a nada en mi mundo, más que a la piel que me soporta. En la ventana, una figura oscura esboza una sonrisa dantesca y descuenta una hora más en su pensamiento. Queda una noche menos.