martes, 14 de junio de 2016

El primer dolor

Que el primer dolor se convierte con el tiempo en un arañazo dulce lo aprendí aquella noche tardía de verano en que la vi caminar hacia mí desde el fondo de aquella calle adoquinada. Llegaba cinco minutos tarde pero avanzaba despacio, como si a cada paso se concediera la oportunidad de echarse atrás y marcharse por donde había venido. Yo esperaba de pie, quieto y con las manos en los bolsillos, que es como me han pillado siempre las mejores cosas que me han ocurrido en esta vida. La chica que caminaba hacia mí había sido tiempo atrás el amor primero, ése en el que todo se exagera y cuyo recuerdo siempre vuelve amortiguado, y aunque tenue, roza el presente y el tintineo de ambos al chocar dibuja en el rostro una leve sonrisa. Nos habíamos dicho que sí una noche de diciembre como se hacen las cosas para las que no tienes edad, a través de intermediarios, y en el momento de reunirnos la primera vez alejados del grupo descubrimos que no teníamos nada que contarnos. En ese tiempo en el que madurar significaba ir ya al instituto ella era menuda, y caminaba siempre subida a unas plataformas que exageraban sus pies al final de dos piernas delgadas que al avanzar arrastraban siempre la suela de unos zapatos demasiado pesados. Yo era un crío que jugaba a ser hombre y que se pasaba más de media vida en chándal, ruborizado aún todas las veces que al caminar notaba su mano entrelazándose con la mía y que acostumbraba cada mañana a asomarse al balcón de su pupitre para verla sobre la mesa, el pelo a ambos lados de la cara, y empaparme unos instantes de su mirada. Aquello que empezó como un juego y acabó de la peor manera volvía ahora con un sabor distinto, y cuando en medio de la oscuridad del rincón clandestino que habíamos improvisado para este nuevo encuentro empecé a dibujar sus rasgos al pasar bajo la escasa luz que nos concedían las farolas, decidí sonreír un poco exageradamente para tratar que así ella no se detuviera.
Había pasado toda la tarde pensando lo poco que sabía de ella en los últimos meses, y construyendo un relato de mi vida lo bastante interesante para hacerla creer que me estaba convirtiendo en aquello que un día prometí que sería, por si me preguntaba. El discurso se borró de mi memoria de golpe y apareció en su lugar el parque del pueblo, del que cambiaron las entrañas para aparentar que seguía con la misma piel, y el banco de las primeras veces. El de la primera vez que me besó, una mañana en la que debíamos estar en clase. El de la primera vez que la besé, dos días después. En el que nos buscábamos con los ojos cerrados y nos encontrábamos con las bocas abiertas creyendo que sabíamos, sin saber; aprendiendo sobre la marcha. Habían pasado ya unos años de aquello y allí estábamos los dos, junto al colegio en el que me crié y al lado de un pequeño parque demasiado nuevo para fingir que también fue mío, en una calle adoquinada y mal iluminada, encontrándonos de nuevo. Llegó a mi altura y sonrió, deteniéndose a dos pasos de mí. Nos dijimos hola casi a la vez y sin que ninguno lo hubiera planeado nos fundimos en un abrazo.
Que la profundidad del discurso que me había preparado había desaparecido por completo quedó claro en cuanto hablé, y tan sólo acerté a decirle que tenía el pelo mojado. Los años habían dejado atrás las plataformas y el chándal y ahora éramos dos jóvenes que dejaban en el camino las huellas de sus zapatillas, y en medio de ese abrazo que ninguno queríamos romper noté su pelo en la mejilla. Se acababa de duchar, me dijo, y no le había dado tiempo a secárselo. Nos separamos, nos miramos y nos sentamos juntos en el escalón de una de las puertas de entrada al colegio para tratar de relatarnos ordenadamente nuestras vidas.
Pasaron dos horas hasta que la noche se nos fue, y apenas recuerdo nada de lo que hablamos. Era la chica de antes con el pelo mojado entornando unos ojos claros que envolvían, pero tenía dos años más en la mirada. Había en su voz un deje de tranquilidad que antes no tenía, y espero que el tiempo también hubiera servido para que al hablarle de mí yo no tartamudeara. En aquel escalón dejamos algún recuerdo pero ningún reproche, y cuando nos levantamos y caminamos juntos hacia su casa la noche había servido para que yo coleccionara alguna de mis primeras certezas en el camino a recorrer para hacerme mayor.

La primera, que ya rara vez me ponía un chándal.

La segunda, que el primer dolor regresa siempre amortiguado, convertido en un arañazo dulce.


En la esquina de su calle nos plantamos uno frente al otro, ella en la acera y yo un palmo por debajo en la calzada. Después de dos despedidas y un beso suave en la mejilla, decidí que no quería llegar tarde en esta segunda vez y fui yo quien la besé. Medí ese segundo primer beso con los recuerdos de las otras veces y hubo algo distinto en los dos, unos años de más tal vez. Nos despedimos de nuevo y la vi caminar unos pasos antes de marcharme. No había vuelto la primera esquina cuando noté algo en la mejilla, un pequeño roce de humedad. Me pasé la mano despacio y sonreí al darme cuenta que aquella noche, como siempre, era ella la que me había besado por primera vez.  

lunes, 9 de mayo de 2016

El regreso

El tiempo había hecho palidecer el mapa de la memoria y los recuerdos volvían ahora en función de los sonidos, se coloreaban a partir del rastro que iban formando antiguas bandas sonoras. Hacía rato que había logrado abstraerse y dejar la mente en blanco, concentrado en el ruido que hacían sus botas avanzando sobre el camino de tierra, pero cuando le quedaban pocos metros para llegar imaginó el viejo puente de piedra antes incluso de verlo. El sol de mediados de mayo empezaba a bajar para tratar de ganar el refugio de la línea del horizonte, pero todavía se dejaba sentir sobre la tierra caliza de vides e iluminaba un pequeño campo de cereal. Notó el sudor recorriendo su frente por debajo de la tela de la gorra, y a pesar del calor tenía las manos frías cuando se las pasó por la cara para secarse. Terminó de remontar una pequeña loma en el camino de tierra y salió a la carretera, que discurría paralela, y tras mirar a un lado y a otro para cerciorarse de que no venía ningún vehículo cruzó un estrecho puente de obra antes de encontrarse, ahora sí, con el viejo puente de piedra. Se paró un momento a contemplarlo antes de bajar con cuidado por una de las laderas que protegían lo que un día fue el lecho del río, seco ya desde muchos años atrás, y se detuvo a contemplarlo de frente, a ver las líneas que formaban las grandes piedras sobre las que se asentaba la estructura. Cuando la tarde declinaba, la luz se derramaba sobre el puente con un tono anaranjado y daba la sensación que las piedras ardían de una forma silenciosa pero constante, y que se coloreaban a medida que en su interior se iba abriendo camino el fuego. Piso despacio sobre el lecho seco del río y se dejó mecer por todo lo que aquel lugar evocaba.
Hacía un par de meses que había vuelto al pueblo y había demorado ese instante hasta hoy, en parte porque en la vieja casa de la familia había mucho que hacer y en parte porque quería descubrir de nuevo aquel paraje tal y como lo recordaba, con ese atardecer de mayo que caía y aquellas piedras naranjas que parecían arder. Podía decirse que los vecinos se habían acostumbrado ya a su presencia y que las preguntas de frente se habían convertido ya en murmullos de lado, cuando después de años de ausencia volvió a la que un día fue su casa. Cuando le preguntaban no mentía, pero eso no significa que dijera siempre toda la verdad. Había vuelto quizá para quedarse, pero sobre todo porque necesitaba un lugar donde empezar de nuevo y donde empezar a limpiar el negro con el que se había teñido el pasado, y nada mejor que el pasado para volver a empezar. Volvió solo, como se fue, y eso evitó algunas preguntas y sobre todo algunas respuestas incómodas. Quien lo vio los primeros días le habló de sus padres y sus abuelos, y comentaron su intención de pintar y arreglar la vieja casa familiar porque, como decía, era el lugar en el que a partir de ahora iba a vivir. Ya había arreglado algunas cosas por dentro, había pintado habitaciones y reparado viejos muebles, había quitado el polvo de estancias que llevaban años cerradas y allí donde había sombras había colocado libros y una vieja máquina de escribir. Esperaba que pasaran las lluvias para pintar también el patio y la fachada, y estaba decidido a convertir el antiguo gallinero en un lugar donde sentarse a descansar a la sombra de la parra, la única que conservaba cierto verdor a pesar del paso de los años. Quería comprar pintura aprovechando que el cielo había regalado ya dos semanas de sol, pero antes tenía una visita que cumplir, y allí estaba: de pie sobre lo que hace años fue un río con las manos en los costados, viendo como el puente ardía, sin decir una palabra.
La primera vez que vio el puente fue también una tarde de mayo, pero lo hizo desde arriba porque el abuelo, que le agarraba fuerte la mano, no le permitió bajar. Los niños subían y bajaban las pequeñas laderas que formaba el cauce del río y se detenían exageradamente cuando llegaban al borde del agua, como si se fueran a caer. Había algunos más osados que caminaban unos pasos sobre el cauce y volvían corriendo a la tierra, llenándose las zapatillas de barro. Él miraba la escena desde arriba, de espaldas al bullicio de la romería y de la mano del abuelo, que recordaba que el río un día había llevado más agua, que no había tanta ladera por la que correr, que no estaba tan sucio ni desprendía por momentos ese tufo que produce el agua estancada. En el entorno del río los jóvenes y los mayores iban y venían entre los tenderetes que se montaban para la ocasión, tiendas de ropa de mercadillo, casetas en las que jugar y siempre, siempre, una pequeña caravana con un lateral abierto en la que se vendían navajas. Lo recuerda porque nunca vio una igual a la que llevaba el abuelo, con una hoja ancha pero afilada que en las manos robustas curtidas en el campo se movía con una facilidad y una precisión pasmosa. Cortaba el chorizo con un tajo limpio y pelaba la fruta con brío, sin dejarse un trozo de piel ni romper demasiado pronto la monda. Del abuelo recuerda también que antes de merendar esos días ponía las manzanas sobre la tapa de la vieja nevera y dejaba que les diera un poco el sol, para templarlas antes de comérselas. Y que la primera romería en la que el abuelo no estuvo fue demasiado pronto, y él todavía no bajaba corriendo por la tierra que ocultaba las aguas del río y observaba al resto de niños subir y bajar desde arriba, a pesar de que ya no había nadie que le cogiera de la mano.
El recuerdo del abuelo perdió nitidez, el niño quedó atrás y el río se fue secando hasta ser apenas un riachuelo que parecía no moverse del sitio en aquellas romerías de su juventud. El municipio limpiaba días antes el cauce y echaba agua limpia para eliminar un olor que aún brotaba del fondo si te acercabas un poco y removías la superficie de sus aguas. El puente era ahora un lugar oculto en el que robar esos momentos privados que en el pueblo apenas se encuentran. Recuerda el naranja de las piedras y aquello que aprendió la primera vez que bajó a correr con los demás niños y se acercó al puente a ver cómo ardía. El sol apretaba, el puente se quemaba pero al posar la palma de la mano sobre la estructura la piedra estaba fría. Si la luz que golpeaba era fuego, era un calor demasiado tenue para descongelar el corazón helado del puente.
Apartó de un manotazo los recuerdos y caminó hasta introducirse por uno de los ojos y se quedó un instante observando el contraste del naranja que el sol derramaba ese atardecer con la sombra que procuraba la estructura, y recordó cómo brillaban aquellos ojos verdes cuando la besó allí por primera vez. Recordaba el lugar exacto en el que fue y había ido allí precisamente a encontrarse con esa imagen, a invocar ese recuerdo a base del silencio del paraje desprovisto del bullicio de la romería. Porque fue una tarde, también, cuando se citó con ella en ese mismo lugar en el que ahora estaba en el silencio de una tarde cualquiera, y tuvieron que esperar a que sus cuerpos recuperaran el aliento después del largo paseo en bici antes de rozarse suavemente los labios, primero, y después de enredarse en un beso torpe y enmarañado que pretendía imitar al que ambos habían visto en las películas. Chocaron los dientes y se agarraban las manos, y a pesar del rubor, de la torpeza y del silencio nervioso de después, supo que aquel beso sería el listón con el que mediría todos los que vendrían después. No recordaba ninguno que hubiera dejado en él un sabor tan duradero.
Tenía que darse prisa. Había tres o cuatro kilómetros desde el paraje donde se encontraba el puente hasta el pueblo y debía recorrerlos antes de que anocheciese del todo, pero no pudo resistirse a hacer una última cosa, a traer de vuelta del pasado una última sensación. Quiso tocar la piedra. Estaba seguro de que el viejo puente había resistido con el corazón frío a pesar de las tardes en las que el sol lo había incendiado. Dio dos pasos hacia delante y levantó la mano derecha, y con las yemas de los dedos rozó primero la piedra, antes de apoyar toda la palma y sentir, efectivamente, que la piedra ardía naranja pero que el puente estaba helado. Una sombra cruzó veloz sobre la piedra, de derecha a izquierda, pero él se resistió a retirar la mano. La sombra, que primero había sido apenas una línea comenzó a reunir más sombras que llegaban, y a pesar de que el instinto le dictaba que cerrara los ojos y se fuera de allí decidió enfrentarse por primera vez a su presencia. Era el momento de saber si los kilómetros habían sido en vano, si también le habían acompañado en su regreso al pueblo. Con la mano aún en alto empezó a retroceder y se apoyó sobre unas piedras que había en el lecho seco del río. La sombra fue poco a poco formando un cuerpo y ante él se dibujo la silueta de una niña pequeña con el pelo largo, los brazos caídos junto al tronco, y allí donde debían estar los ojos y la boca tan sólo había huecos. El rostro era apenas un trazo oscuro pero no le cabía duda, era ella. Su hija estaba allí, en el lugar al que tantas veces había ido él de niño. Su hija muerta. Agachó la cabeza y miró al suelo, y aunque le sorprendió el frío casi lo vio venir. Se quitó la gorra y la agarró fuerte con las dos manos mientras notaba cómo una lengua fría le recorría la parte de atrás del cuello, como un dedo que se desliza sobre la piel en una caricia de otro mundo. Levantó la vista y vio que los huecos de la cara de la niña miraban hacia otro lugar, y desde detrás de él se empezó a formar otra sombra que fue ganando nitidez y definiendo a una mujer. La niña alzó un poco la cara y agarró la mano de su madre, y las dos le miraron fijamente desde las cuencas vacías que dejaban ver la piedra. Él mantuvo la vista fija en ellas un instante y volvió a calarse la gorra. Habían estado unos meses sin aparecer y llegó a pensar que le habían abandonado, pero quizá sólo habían esperado el lugar correcto en el que recordarle que no se habían ido, que no se iban a marchar.
Volvió sobre sus pasos y remontó la pequeña ladera saliendo de nuevo al paraje, a la zona de los merenderos. Cruzó la carretera y llegó el camino, y anduvo a buen paso sin volverse para mirar de nuevo el puente, dejando el lugar atrás.

Miró a los lados al cabo de un rato y respiró profundo al ver que estaba de nuevo solo. Aminoró la marcha y se dejó mecer por el paisaje pero no se tranquilizó del todo. Intentó dejar la mente en blanco pero esta vez no funcionó la melodía de sus huellas sobre las pequeñas piedras por las que avanzaba. Durante todo el trayecto de vuelta le pareció escuchar el lento caminar de tres pares de pisadas.  

miércoles, 27 de enero de 2016

(Víspera de) San Valentín

Siempre que se marchaba de casa se sentía un viejo a la deriva en un mundo que corría demasiado deprisa. Cuando se encerraba en el caserón le parecía estar a salvo, en su tiempo, pero ganar la calle significaba dejar atrás las paredes silenciosas y el frío de los pasillos anchos y despejados para enfrentarse a un universo de ruidos que siempre quiso dejar atrás. Significaba cambiar la soledad por los rostros y los nombres de seres cercanos, conocidos pero que sentía extraños, con los que volver a intercambiar las palabras de siempre. Que le preguntaran qué tal estaba, si necesitaba algo, si no se sentía tan solo en aquella casa tan grande que a él se le había hecho tan pequeña. En ocasiones, como cuando el calendario anunciaba la llegada de los primeros días de febrero, salir a la calle también significaba atravesar el pueblo con la bicicleta y llegar al pequeño cementerio para conversar con ella. Para decirle que este año volvería a colocar las velas para cenar, aquellas que compró para aquel San Valentín que iban a pasar juntos antes de que la muerte soplar y la apagase para siempre sin dar opción a que la llama llegase a prender la cera. Sí, aquel era un mundo que corría demasiado deprisa desde que ella no estaba.

Se ajustó el pañuelo al cuello para protegerse del aire que levantaba las faldas de aquellos postreros días de enero y salió a la calle. Cerró la puerta vieja con la enorme llave y empujó tres veces para comprobar que había quedado cerrada. Una, dos y tres. Envolvió la llave en un pañuelo blanco y se la metió en el bolsillo del pantalón, cogió la bicicleta y con ella agarrada por el manillar, sin llegar a subirse del todo, caminó en dirección al cementerio. Se miró en dos o tres escaparates y pensó en algún instante que era un abuelo empujando el carro del nieto, pero la mente pronto le decía que era un viejo tirando de sus recuerdos hacia la nada. Sabía que no se montaría en la bicicleta ni al ir ni al volver, y que recorrería primero la cuesta abajo y después la cuesta arriba tirando de ella con parsimonia. Llevarla era una excusa para tener las manos ocupadas, para no llevárselas a los bolsillos y empezar a acariciar las monedas que siempre guardaba y que hacían las veces de un sonajero desordenado a cada paso que daba. Se cruzó con algunos vecinos. Luisa le preguntó qué tal estaba y él volvió a mentir para decirle que bien, un estado que desde hace un tiempo despreciaba. Antonio se secaba el sudor en la puerta de su taller, con la cara negra y las manos llenas de aceite cuando le preguntó si necesitaba algo o si quería que su hijo, que ordenaba las llaves y herramientas en el fondo de la nave, le llevara a alguna parte. “Hay nubes de lluvia, Luis, te vas a mojar por ahí”, pero él le dijo que no se molestase, que iba cerca. Amparo sacudía el polvo de unos trapos cuando le vio venir y le preguntó si con el invierno no se sentía solo en aquella casa tan grande. “Allí hace frío todo el año”, respondió, y siguió empujando su bicicleta.

Cuando las últimas casas del pueblo se quedaron atrás y enfiló el paseo de cipreses que daba la bienvenida al camposanto aminoró el paso. Estaba cansado, llevaba más de veinte minutos andando y en aquellos metros finales siempre arrastraba los pies, envueltos en aquellas zapatillas azules con la desgastada suela de plástico que siempre llevaba cuando salía a la calle. En medio de dos filas de árboles que se erguían majestuosos hacia el cielo gris, él formaba una procesión lenta y dolorosa en la que cada paso costaba, en la que la respiración se iba acelerando y en la que el viejo gruñido de la bicicleta se iba apagando a medida que el camino llegaba a su fin y los pasos se acortaban. Llegó a la puerta y dejó la bicicleta apoyada sobre la pared. Subió los dos pequeños escalones y entró en el cementerio. Atravesó el lugar donde estaban las tumbas y dejó a la izquierda los pequeños mausoleos decorados con escudos heráldicos e inscripciones pomposas, giró a la derecha y enfiló un pasillo de baldosas flanqueado por árboles antes de llegar a la zona en la que se levantaban, como una biblioteca compuesta por estanterías de ausencias, las paredes en las que se incrustaban los nichos. Apenas se cruzó con tres o cuatro personas y notó cómo empezaban a caer las primeras gotas de una lluvia que amenazaba con convertirse en una tormenta, pero se animó llevado por ese enero sin frío que había regalado el nuevo año. Aun así, debía darse prisa.

Tuvo que atravesar muchas paredes hasta llegar al lugar donde ella reposaba. A medida que se acercaba recordó la razón por la cual sus restos habían ido a parar a la que entonces era la última pared construida. No fue fácil. Cosme, el de la aseguradora, le había dicho que pondrían los restos de Laura en la parte alta de la pared, en uno de los nichos superiores, para que pudiera verla sin problemas. Allí mismo, en el pequeño despacho de Cosme, se había puesto a temblar. “Eso no puede ser”, acertó a decir a medida que la voz se convertía en un hilo y luego en un sonido agudo que costaba articular. “Tenía vértigo Cosme, le daban miedo las alturas”. Cosme intentó explicarle que por las reservas que tenían aquél era el lugar donde mejor iba a estar, pero la cara de Luis empezó a perder el color y se puso nervioso. El temblor era ya evidente. Incluso lloraba. “Tenía vértigo, Cosme... las alturas...”. Éste, en un último intento, le explicó que la alternativa eran los últimos columbarios construidos en el cementerio, junto a una de las paredes del fondo, donde estaría sola. “Le daba miedo”, repitió Luis en una cantinela de lágrimas que ya nada podía detener. Cuando Cosme recuerda la historia jura y perjura ante quien le escucha que le pareció estar ante la súplica de un niño. Hasta allí, hasta las ausencias del final del camposanto llegó Luis cuando el cielo empezaba a violentarse y la fina lluvia subía de tono.

Desde la última visita hasta ahora, Laura había reunido a su alrededor algunos rostros en sepia que llenaban el entorno de flores. La muerte no se detiene, pensó, pero a mí no me alcanza. No había ni una sola junto a su imagen. Luis juzgó que no era propio regalarle ahora las rosas que no le llevó en vida. Como había conseguido que la colocaran en la parte baja del columbario, se agachó despacio, apoyó la mano izquierda en el suelo y sobre ella se dejó caer hasta sentarse por completo, con los talones juntos y las piernas formando un rombo que tenía como vértices las maltrechas rodillas. Parecía un escolar ante una fogata en lugar de un anciano ante el recuerdo de su esposa, a unos días de San Valentín. Intentó hablar, trató de pasar los dedos arrugados sobre su imagen mientras le pronunciaba unas palabras, pero no supo qué decir. Sintió que las fuerzas le abandonaban por completo, se puso las manos ante el rostro y agachó la cabeza para hundir la cara entre sus palmas, y notó que empezaba a llorar. Primero fue un gimoteo leve que le cortaba la respiración, pero pronto se convirtió en un llanto desconsolado que ni la lluvia, que caía ahora con fuerza, lograba frenar. La espalda se le arqueaba con cada convulsión, abrió la boca y levantó la vista hasta clavarla en la imagen que presidía la tumba, estiró los labios todo lo que pudo y formó una 'o' monstruosa de la que, en cambio, no brotaba sonido alguno. Se había apagado definitivamente. No sabía qué decir. Le envolvió el pánico y no pudo contener el llanto, cerró los puños y se clavó las uñas en la palma de la mano. Y no paraba de llorar. Así lo descubrió una pareja desorientada que con el primer trueno corría para guarecerse en el coche, y que le cogieron por debajo de los hombros con ayuda del ordenanza para sacarlo del camposanto. Le subieron en el coche y se lo llevaron. Al salir del cementerio pareció calmarse y en el asiento del automóvil, empapada la ropa y el pelo, pareció adormecerse poco a poco primero, luego por completo.

En la puerta del cementerio quedó, apoyada contra la pared, su bicicleta oxidada.

martes, 29 de diciembre de 2015

La tregua

Dejaba un rastro tenue de tinta y de vino allí por donde pasaban sus dedos. Tenía un despertar casi melancólico que me hacía preguntarme si lo que fuera que había soñado era mejor que aquello que estábamos viviendo, mientras veía amanecer en sus ojos verdes y dejaba que su primer aliento me rozara la cara. Caminaba con garbo, arrugaba la nariz antes de asentir y sus besos tempranos sabían a café, y los más tardíos tenían el sabor de la noche cerrada. Sonreía lento y bajo la melena negra que le caía escondía una mirada de mujer que desmentía una voz casi de niña con la que tarareaba canciones muy bajito mientras tecleaba en su antigua máquina de escribir. A menudo fumaba, de cuando en cuando bebía y dejaba que el whisky calentara garganta abajo antes de demostrar que lo que de verdad quemaba era su piel. Estaba sentada en el sofá con las piernas encogidas y los pies envueltos en unos vistosos calcetines de rayas cuando dejó escapar el humo por la ventana entreabierta de sus labios y me disparó como una flecha una verdad que fue el inicio de una cita. 'Tengo veinticuatro años', me dijo, y yo, enfrente de ella, hice como si la que sonaba no fuera mi voz. 'Entonces yo debo tener más de treinta', respondí con Bolaño casi de memoria.
La conocí una mañana cualquiera en el lugar de siempre, la librería en la que dejaba pasar las horas muertas antes de subirme a la barra del bar en busca de las letras que hacía meses que no llegaban. La calle era el testimonio de un invierno demasiado templado recién parida la Navidad cuando me dejé envolver por el olor de los libros nuevos y recorrí de un vistazo las estanterías que el paisaje dibujaba para mí, antes de avanzar hacia el frente y encontrar en una portezuela a mano izquierda el acceso a una empinada escalera de caracol. Arriba, allí donde descansan los versos, la vi. Llevaba un abrigo demasiado largo y estaba sentada en el suelo, había apilado algunos volúmenes a su alrededor y tenía la nariz hundida en las páginas de una antología de la Generación del 27. Estaba tan poseída por los poemas que casi me dio tiempo a contar las pecas que salpicaban su nariz y me sorprendiera como un espía extraño en el castillo de libros recién alzado. 'Lo siento', le dije, y me retiré sin darle apenas tiempo para mostrar si se había creído a medias mi disculpa improvisada. La dejé en el pasillo de la poesía española y di unas vueltas entre las estanterías buscando un libro con el que llenar los huecos mudos de la música del bar cuando hice algo que brotó de lo más íntimo, de allí donde guardo todavía un poso de valentía. Rescaté de un estante un ejemplar de La Tregua, de Benedetti e introduje entre sus páginas dos billetes para cubrir su importe y una tarjeta que guardaba con celo en la cartera con las señas de la vieja taberna donde me abandonaba a beber, y que me servía para recordar donde había dejado parte de mi vida. Me acerqué a ella por detrás y encima de la empalizada de libros construida con prisa dejé el libro, y me marché.
Caminé deprisa hasta el pequeño bar y cuando me senté en el taburete de siempre, a la barra de un local semivacío, todavía latían mis pulmones con una respiración entrecortada. Me obligué a calmarme y pedí un café por aquello del decoro, y a pesar del gesto que me lanzó el camarero no tuve que explicar por qué cambiaba mis costumbres justo al final del año, sabiendo que hay poca redención en los actos piadosos que uno acomete en diciembre. Él, que siempre adivina por mi cada si tengo el día de ginebra o de cerveza, puso ante mí una enorme taza de café y dejó junto a ella un puñado de azucarillos, y antes de retirarse dejó también a mano la botella de ginebra. El cabrón no fallaba nunca, y la ginebra ya corría cuando alcé la vista hacia el cristal para ver en el reflejo del fondo de la barra cómo ella abría la puerta. Se sentó a mi lado y no dijo nada. Pidió un vaso de whisky y pensé que era un reto absurdo el de llenar del pozo de hojas antes de lanzarnos, sedientos, a bebernos el agua. Hablamos de libros y de letras y enganchó un cigarrillo con otro mientras yo abría la boca disimuladamente intentando atrapar el humo. Se marchó sin pagar, pero antes de irse dejó sobre la mesa un ejemplar con los cuentos de Cortázar. En el reverso de la tapa había escrita una dirección.
Dejé pasar un par de horas antes de llegar a un pequeño piso en el Barrio de las Letras, donde ella me abrió la puerta cubierta apenas con una vieja camiseta gris y el pelo suelto, subida en aquellos calcetines de rayas de colores. Se sentó en el sofá con las piernas encogidas y se encendió un cigarro que fumó con lentitud, al tiempo que dejaba que mi desconcierto cincelara en su cara una leve sonrisa. Fue entonces cuando me puso a prueba después de una larga calada en la que el humo sobre su frente dibujó una pequeña nube gris. 'Tengo veinticuatro años', dijo. Entonces...
Apagó el cigarro y se dirigió hacia mí, que la esperaba ya de pie. Se puso de puntillas y el primer beso fue apenas un roce de sus labios y los míos, pero ya noté en ese momento que iba desapareciendo cualquier resto de café y que sobre la tarde incipiente de diciembre todo lo gobernaba el sabor de la noche cerrada. Se quitó la camiseta, se dio la vuelta y caminó todo lo despacio que una mujer puede caminar mientras yo acompasaba mi marcha a aquel baile de espera. La detuve sujetándola por los hombros y hundí la nariz en su pelo, y al retirar el oleaje que le caía sobre el cuello descubrí en el fondo del mar de su melena una frase de Sabina a medio tatuar que mi mente completó en silencio. Eres la primera, y no miento si juro que daría...
Fueron días de vino y de letras. Nos levantábamos tarde y apenas comíamos, leíamos en la sobremesa y cuando el sol desaparecía esperaba a que ella se sentara ante la máquina de escribir para emprender de nuevo la tarea inacabada de contar todas sus pecas. Una vez incluso traté de unirlas mentalmente y del crucigrama de su nariz salió un laberinto pálido con salida y entrada en sus dos ojos color turquesa. Retiraba las hojas del carrete con furia y siempre le quedaba un poco de tinta en los dedos, que enjuagaba con el vino que derramaba de las copas que yo servía para acompañar el silencio antes de la cena. Después se derramaba en mí hasta que caíamos los dos sobre las sábanas, saciados por un instante, y la contemplaba así, vacía, y veía ante mí a esa especie de animal hermoso junto al que uno siempre se quiere despertar.
Y el problema es precisamente ése, que uno, al final, siempre se despierta. La última vez que la vi estaba en la taberna de la primera vez, sentada en una de las agrietadas mesas. Yo, desde mi trono junto a la barra, la observaba a través de su reflejo en el cristal mientras ella pasaba las últimas hojas de un libro y apuraba un whisky amortiguado sólo por el hielo. Era uno de los días en los que yo tenía cara de cerveza. Había vino y tinta aún por donde ella pasaba pero nos dejamos ganar por el tedio, o bebimos demasiado deprisa para darnos cuenta de que el pozo sí tenía un fin. Fue un final suave, sin dramas, escrito por las plumas de Cortázar y Benedetti.

Cuando leyó las últimas páginas del libro, se fue sin pagar y lo dejó sobre la mesa. Había terminado La Tregua.

En algún momento de esa tarde ella recogió del buzón un ejemplar con los cuentos de Cortázar.

miércoles, 8 de julio de 2015

La balada del puerto viejo

Hay noches en que la costa se deja envolver por el vestido de luz que le ofrece la luna y recupera un poco de su antiguo esplendor, y por unos momentos ofrece a los visitantes la fotografía irreal de un lugar que estuviera a punto de florecer, de abrir las piedras de sus calles para hacer espacio a los nuevos anhelos de aquellos que, incautos, se dejan embaucar por esas pequeñas primaveras que desafían a la verdadera rutina de una ciudad que vive cada anochecer como un invierno. Porque la realidad es que la mayoría de las veces el duelo por un nuevo día perdido viste con un velo de nubes el luto del acantilado, y esas noches en las que la luz no llega desde arriba los gritos de los hombres van a morir al faro. La partitura no cambia, pero la melodía nunca suena igual: en la enorme bola dorada se encuentran el sonido del mar embravecido chocando con furia contra una costa yerma, el quejido de las viejas maderas que soportan el andamiaje débil del embarcadero y el suave mecer de los pequeños barcos que todavía fondean en sus aguas, el deje dulzón en el paladar de los restos de la pesca vendida por la mañana calentados durante el día por el sol que no da tregua, el olor a salitre y cerveza barata que derraman los infelices en la pequeña cantina del puerto. Esas noches en que no hay luna, en las que la ciudad vive uno de sus innumerables inviernos, la costa eleva al cielo una canción recurrente, distinta pero conocida: la balada del puerto viejo.

La cantina es un espacio pequeño y mal iluminado en el que todo da la sensación de haberse ido hace tiempo. Quedan seis mesas que cojean y en las que hay talladas a navaja multitudes de iniciales, cada cicatriz en la madera cubriendo el rastro de una herida vieja. Hay sillas que crujen incluso cuando nadie se sienta en ellas y dos apartados junto a la pequeña ventana con sendos bancos cubiertos de una tela azul que ha conocido mejores días, y que en lugar de iniciales enseñan aros de dolor producidos en su mayoría por el beso ardiente de una colilla mal apagada o de un cigarro olvidado. Sobre cada uno de esos apartados pende una bombilla desnuda cuya luz titila de vez en cuando y ofrece entre vaso y vaso un pequeño momento para la intimidad. La barra huele a salitre y está consumida por la sal del puerto, por ese verano de puertas abiertas al que obliga el sol durante el día y de cerrojo y persiana echada al que empuja la soledad por las noches, para que no se escapen los lamentos que pueblan la pequeña taberna. Tras la barra hay una fornida mujer a la que todos llaman ‘La Vela’, por las veces que les ha sacado del puerto como llevados por el aire, y acodado en un rincón hay un viejo marinero al que nadie ve llegar y que nunca se ha marchado, un hombre varado en el alcohol que recita de memoria una milonga de desamor por el módico precio de abastecerle el tiempo que dura el relato, exactamente tres cervezas y media.

Lo sé porque yo llegué a ese puerto en una noche vestida con la luna y empecé a desear marcharme en el invierno que pronto llegó, que fue la noche siguiente. Y escuché al viejo marinero ahogarse un poco más en las cuatro cervezas que pagué de mi bolsillo, dejándole la media que sobraba para tratar de enjugar su pena.

Era morena como el primer horizonte de un amanecer y sonreía como le debiera a uno sonreír la vida, a pesar de que su boca tenía un filo imposible de salvar. Menuda, con el pelo negro cayendo sobre los hombros, era un metro sesenta de fuego ardiendo de improviso. De día caminaba decidida sobre unas sandalias bajas a cuyo paso se rendían todas las maderas del puerto, y se apoyaba en la baranda corroída para ver a los barcos marchar, despidiendo a los marineros con grandes movimientos de mano. De noche llevaba siempre un vestido blanco de tirantes y se subía en unos tacones altos que elevaban el cielo unos centímetros, y bailaba. Llegaba a la cantina y se dejaba embriagar por la vieja máquina de música que aún hoy la recuerda, callada, detrás del relato del viejo, que ya está apurando su primera cerveza. Movía la cintura cuando la gramola escupía rumba y el sudor le perlaba el cuerpo y le caía por las curvas del cuello hasta el pecho, brotaba de su nuca y recorría toda su espalda. Si la noche regalaba una sevillana se plantaba con una pierna recta y la otra extendida y detenía el tiempo con el voltear de la muñeca que subía, desde el refugio de su cintura hasta la cabeza, trazando un círculo en el aire en el que atrapaba los sueños de todo el local. Era rock cuando tocaba, y brazos en alto y ojos cerrados coronando un cuerpo cimbreante en medio del acorde caluroso de la música de jazz. El marinero detiene entonces su relato y mira hacia el espacio libre que hay entre las mesas, y en sus ojos se refleja la música de aquellas noches pasadas, y deja pasar unos instantes como si todavía pudiera verla bailar. Después de esa pausa rodea con las manos la cerveza recién puesta, bien fría, y aguarda unos momentos antes de llevarse el cuello castaño de la botella a la boca y tragar largo, sonoramente, dejando que el latigazo del alcohol desatasque las palabras que el nudo de la memoria ha arrinconado en el esófago. Se limpia los labios con la manga y prosigue.

Y recuerda la noche en que bailó para él. El cielo limpio de estrellas y una luna brillante ponían el telón de una velada en la que se sucedieron las canciones más allá de la cantina, en el paseo que lleva al espigón. A ratos, la música la ponía el mar rompiendo contra las rocas y a ratos el viejo asegura que cantaba, que se dejó llevar por aquellas piernas que aparecían y desaparecían en medio del vuelo de su falda y se agarró al vuelo de aquella cintura. Que durante un largo rato detuvo la noche para que la oscuridad no se marchara y poder enmarcar en su recuerdo aquel vestido blanco antes de desprenderlo de los hombros de ella y unirse a la danza de sus lunares, repartidos por toda su espalda como puntos señalados en un mapa que el viajero, sin nave, se dedicó horas a surcar. Que la luna calló un instante para dejar hablar a sus ojos negros y que fueron las arrugas de su rostro al sonreír los peldaños de una escalera por la que llegó más alto que nunca, más lejos de lo que viajaría en toda la vida.

También trae al presente el viejo, ya con la tercera cerveza, que el esfuerzo fue en vano y que la noche pasó, que el amanecer dolió de veras. Que el sol asomó por el hueco de las persianas y dibujó en la piel de ella un mapa distinto al de la noche, una ruta de huída. Que se vistió en silencio y se quedó un rato sentado junto a la cama viéndola dormir, tratando de guardarse el sonido de su respiración, el ruido del roce de su piel con las sábanas, todo cuanto pudiera servir para componer una melodía que sirviera para mantener viva aquella fotografía que ofrecía la salida del sol, el fuego que era siempre convertido en cálidas brasas; el baile transformado en una danza tranquila y mínima, la de su pecho subiendo y bajando para acompañar su respirar. A la botella que abraza ahora le quedan tres dedos aún, pero ‘La Vela’ va destapando otra cerveza porque ya sabe por dónde viene el viento y se despliega para indicar hacia dónde hay que remar. El viejo la ve llegar con la vista puesta en la barra, y acaricia con la mano encallecida su superficie irregular, llevándose clavada alguna astilla. Es el precio que paga por malvender esos recuerdos por tres tragos de cerveza a aquel que los quiere escuchar.

Inicia con un trago impetuoso la cuarta cerveza del pago que la memoria ofrece a cerbero y la deja de un golpe encima de la barra, y agacha la cabeza decidido a no hablar más. Por unos instantes dudo si animarle a seguir el relato, pero entiendo que no queda mucho que contar, más allá del último vistazo antes de levantarse y marcharse, del vistazo furtivo a su piel desde la rendija de la puerta antes de cerrar. Aun así, me decido a interrumpir su silencio con cuatro palabras puntiagudas.

¿Qué pasó con ella?, le lanzo al viejo sabiendo que el interrogante es casi un ataque.

Que vino el invierno, me responde, y se bebe hasta la mitad la última de las cervezas, dando nuestro acuerdo por concluido.

Y aquí interviene ‘La Vela’, que explica. Sonó la balada del puerto viejo, y a la chica se la llevó el mar.

jueves, 21 de mayo de 2015

La música deja de sonar

Hemos roto muchas fotografías hasta llegar a la imagen en la que ahora mismo estamos. Los dos de rodillas sobre la cama, uno frente al otro, a un metro de distancia, las manos atrapadas entre las piernas. Envueltos en ese jadeo que no termina de apagarse después de un polvo triste, gris, amargo; con esa cadencia pegajosa del baile pesado ante un bolero que no concluye en medio de una pista en la que no hay nadie mirando ya alrededor. Quizá hayamos sido sólo eso, una canción demasiado larga que no hemos sabido rematar. Quizá nuestra historia haya sido un concierto en el que hemos agotado todo nuestro repertorio, y a partir de ahí hemos seguido tocando bises, asumiendo que el aburrimiento y la monotonía eran un peaje justo con tal de no bajarnos nunca del escenario. Pero nos hemos cansado de tocar. De tocar y de tocarnos, porque a pesar de que con la luz de la tarde que se cuela por la ventana tu rostro, a unos palmos de mí, se me hace de una belleza casi insoportable, mis manos no encuentran rincones sin explorar en la piel ya aprendida de tu cuerpo. Nos ha abandonado la furia con la que nos mordíamos nada más apagar la luz como si fueran los dientes la única forma de abrirnos camino a través de la carne del otro para guarecernos al calor de sus entrañas, y allí dormir por fin seguros, lejos de la rutina y de la intemperie. No existe el latido alocado como dos partituras distintas para percusión que se acababa acompasando en mitad de la novela, cuando habíamos ensamblado ya tu cuerpo con el mío, las partes de ti con lo que yo era en aquel entonces. Tu boca y mi boca, tu cuello y el mío, tu vientre temblando debajo de mi vientre.
De todo aquello apenas queda nada. El tiempo nos ha mecido como a una barca en un mar en calma y ahora nos resta un deje de amor soñoliento, con más familiaridad que electricidad y sin más preguntas por resolver que una, inevitable, que hemos esquivado todo este tiempo: ¿hasta cuándo? Hoy ha sido el último bis que (nos) tocamos de memoria, hoy ha sido la última vez que nos arrancamos la tarde del cuerpo. Los dos lo sabemos, y las heridas que sobrevengan de la batalla serán a causa del fuego amigo, pensamos, tratando de ignorar que el fuego es fuego y a piel es piel, y que la carne se abrasa de igual forma sin importar quién haya detrás del mortero. Eres la chica más hermosa que he visto en toda mi vida. Recuerdo que lo pensé la noche en la que te descubrí, porque los tesoros no se conocen ni se encuentran, siempre se descubren, en ese bar de billares y cerveza que escupía música de rock por los altavoces, y en el que huimos de los gritos del grupo para ganar un rincón en el que la oscuridad nos permitiera conocernos. Allí pronuncié tu nombre por primera vez y brindé todas y cada una de las veces por no olvidarlo jamás, ya ves, y todas las cervezas que bebimos van a significar las noches que me quedan para desnombrarte. Salimos a la calle después de dos horas y entre la neblina del alcohol y bajo la luz naranja de las farolas te lo dije, que eras la chica más bonita que había conocido nunca. Cuando amaneció te querías marchar y yo no te quise dejar ir, y supiste que no mentía.
Te has endurecido. Yo también. Por eso sabemos que esto ya no puede durar, pero quedan aún algunas cosas por hacer. Por eso avanzo un poco y me pongo frente a ti, levanto la mano derecha y llevo los dedos a tus labios, y tú haces fuerza por matenerlos pegados. Te separo el labio inferior y con el índice toco tus dientes, para después abrirme paso y poner las puntas de los dedos en tu lengua, caliente primero, áspera después. Sigo adelante y noto cómo empiezas a temblar, y tus hombros se sacuden debajo de tu pelo negro, pero no me detengo, y rozo con la punta de los dedos tu garganta. Continúo hacia abajo e introduzco mi mano dentro de ti, y tus temblores empiezan a remitir, pero te queda una agitación nerviosa que te dispara el corazón, lo puedo notar desde aquí, desde dentro. Retumba como un sonido lanzado una y otra vez contra las paredes de una cueva, pero no me puedo detener, y mi piel roza ya tu interior caliente y muevo la mano a un lado y al otro, para no dejarme un rincón sin explorar. Y lo encuentro: pesado, frío, oculto ahí dentro. Lo agarro sin vacilación y retiro la mano lentamente, dejando que la vibración que transmite tu corazón me arañe una vez más. Saco el brazo sin rozar tu garganta y vuelves a estar ante mí, sudorosa, agitada, con el pecho que sube y baja y los hombros mecidos por una suave agitación. Los labios pegados. La boca cerrada.
Avanzas. Colocas tus manos en mi vientre y las mueves de un lado al otro, acariciando la piel antes de romperla. Me clavas las uñas y entre tus dedos empieza a resbalar la sangre, y me miras, un segundo de vacilación antes de seguir adelante y meter las manos enteras, hasta las muñecas, en el fondo de mis entrañas. Noto un líquido amargo que trepa garganta arriba y hago lo que puedo para contener el vómito mientras tú remueves y buscas, descolocas y agitas, y por un momento creo que mi corazón se va a parar. La vista se me pone en blanco y estoy a punto del desmayo cuando noto que tus manos se retiran, que salen por los agujeros que han hecho en mi piel y abandonan m interior dejando un rastro de alivio. El corazón empieza a latir más despacio y la respiración se acompasa, y en unos segundos todo ha vuelto a la normalidad.

Y la tarde se hace noche y tú y yo nos miramos. Yo sostengo en mi mano la piedra pesada de tus silencios, y tú acunas en las tuyas la tela negra que durante tanto tiempo envolvía mi espíritu y le daba color. Y después de un largo concierto salpicado de bises, la música deja de sonar. 

jueves, 26 de marzo de 2015

El faro

Cada inspiración era como una puñalada. El aire gélido de la noche se introducía en su cuerpo como un gusano de mil cuchillas y arañaba todo a su paso, haciendo que los pulmones estuvieran a punto de cristalizar. Y daba igual si el oxígeno se abriera paso por la boca o por la nariz, todo lo que rozaba lo destrozaba: garganta, tráquea, esófago... El frío le hacía sentir que todo su interior se agrietaba, que las entrañas se habían congelado y estaban a punto de romperse. Pero aun así no podía dejar de respirar, y menos con aquella cadencia atropellada que da la carrera. No, la carrera no, la huida. El que corre y el que huye llevan consigo respiraciones diferentes. La carrera implica un compás que se rompe al rasgar el pentagrama de la calma con el nervio del temor que llega en sacudidas. El que corre llena los pulmones y coge impulso para seguir adelante; el que huye en realidad boquea como un pez y va tirándole, como él, mordiscos a la noche en busca de una forma de dejar algo atrás. Cada inspiración era como una puñalada pero él no podía dejar de correr, tenía que llegar hasta el faro como fuera.
Le faltaban unos doscientos metros pero las piernas empezaban a flaquear. La adrenalina no era suficiente para mantener en pie el pesado cuerpo después de un duro día, pero no era momento para caer. No sabía si estaba detrás, pero volverse para mirar, parar a descansar un instante, cerrar la boca y tragar saliva para restañar la cueva quebrada de la garganta era otorgarle una ventaja que no desaprovecharía. No. No podía parar de correr. No sabía siquiera si el faro sería un escondite suficiente, una atalaya consistente desde la que vigilar el campo abierto y tratar de defender la vida. De eso se trataba, al fin y al cabo, de dejar que la noche se fuera y ver de nuevo amanecer, de ganar siquiera otro día. Estaba a punto de llegar a la pequeña portezuela de madera, vencida por los años y por la humedad por la cercanía con el mar, cuando las piernas se le doblaron y le mandaron al suelo. Rodó sobre la hierba y sus manos, congeladas, amenazaron con quebrarse por alguno de sus huesos, afilada su sensibilidad a causa del frío. Se levantó como pudo y se tiró sobre la puerta para terminar de echarla abajo con su peso y entrar en aquella estructura circular de piedra y silencio. Intentó encajar como pudo lo que quedaba de la puerta, rotos sus goznes, y respiró hondo antes de decidir en qué lugar de aquella torre era mejor esconderse.
Subió unos peldaños a tientas a través de una pequeña y vieja escalera circular de piedra pero se detuvo mucho antes de llegar arriba. Halló un hueco en una de las paredes y se aovilló contra la piedra, sin decidir todavía si aquél iba a ser su escondite o un lugar en el que tomar algo de resuello. Se concentró todo lo que pudo en el silencio que envolvía aquel faro para tratar de escuchar cualquier ruido que delatase su presencia, pero sólo oyó el quejido sordo del mecanismo que hacía girar la luz que guiñaba el enorme ojo postizo a los barcos que se acercaban al cobijo de la costa. Estaba congelado. No recordaba en qué momento había perdido el abrigo, pero se pasó la mano por la frente y se descubrió empapado, y sin saber por qué se detuvo un instante a pensar en que aquello era un contrasentido. Echó la mano hacia atrás y agarró con la pinza del índice y el pulgar la camisa, también empapada para despegarla del cuerpo en busca de un poco de aire que le secara, pero lo que encontró fue, al soltar la tela, que la prensa volvía hacia la piel y se pegaba contra ella, acentuando la sensación de frío. Un temblor le recorrió el cuerpo de arriba a abajo y de abajo arriba, caminando eléctrico por la espina dorsal. Trató de calmarse y aguzó el oído.
No escuchó nada.
Pensó en su hija. En aquella situación quizá debería haber reflexionado en cómo se había metido en aquello, pero la primera imagen que se le vino a la mente fue la sonrisa de su hija. La última vez que la vio, hace apenas diez días, corrió con ella por el parque y los dos cayeron sobre la hierba mojada y rieron, y estuvieron un rato allí tirados con la vista puesta en el cielo tratando de identificar formas conocidas en los dibujos que trazaban las nubes. Pensó en los últimos minutos que pasó con ella, la niña desafiante como siempre que llegaba la despedida y él firme en una pose formidable que escondía en realidad un alma desmadejada y rota, un enorme reloj de arena interior que daba la vuelta para descontar a puñados las dos semanas que pasarían hasta que volviera a estar con la pequeña. La dejó con su madre y trató de no llorar, pero no pudo. Fue a secarse las lágrimas con unos tragos de ginebra al abrigo de la oscuridad del antro de siempre...
Un ruido. ¿Ha sido la puerta? Si la hubieran arrancado de nuevo de su cerrar postizo, lo primero que debía haber entrado en el faro era el aire, pero no notó que hiciera, de pronto, más frío. Aguzó el oído y llamó al corazón a la calma, a no perder la cadencia recién obtenida.
No escuchó nada.
Quizá había sido el alcohol el primer paso hacia el desfiladero. ¿Pero qué salida tiene un hombre que lo ha perdido todo, salvo el precipicio? Quizá no supo dibujar otra alternativa, o no quiso... Sí supo, pero no lo intentó. No se puede castigar a un hombre que fracasa pero es justo que el telón caiga negro sobre aquél que se conforma con rendirse. Nunca había sido muy de pelear, la verdad, pero siempre confió en que cuando llegara el momento en el que la vida lo pusiera entre la espada y la pared encontraría los arrestos suficientes para agarrar con las dos manos la hoja sin temer la sangre que provocaría el filo, intentando liberarse de aquella trampa. Y allí estaba, en cambio, en un viejo faro, en la oscuridad, de cara a la pared.
¿Qué ha sido eso? Otra vez el corazón asomando entre los labios, con ganas de salir. Buscó con los dedos el apoyo del muro sobre el que estaba y trató de detener con ese gesto el tiempo para identificar otros latidos que no fueran los suyos, una respiración cerca. No encontró nada. Una punzada de dolor en el dorso de la mano derecha, sobre la que había caído antes de entrar al faro. Quizá se había roto algún hueso.
En realidad, no había mucho por lo que luchar. O sí. Vamos, sabes que sí. Al principio funcionaba, pero ya no te tragas esa mentira. Sí que tenías algo por lo que luchar, incluso antes de que llegara la enana a romperte el mundo y a sacudir todas tus prioridades. Estaba ella. Antes de que mandaras tu vida a la mierda tenías el tacto de sus pies fríos bajo las sábanas, los besos por la mañana con sabor a café, el follar salvaje de las noches de lluvia o esa pasión lenta que te regalaba las tardes en las que estaba triste y se desnudaba entre lamentos mientras caminaba por el pasillo, y tú la seguías por el sendero de ropa que trazaba hasta que la veías sentada en la cama, con los pies estirados hacia ti para que le quitaras el último de los calcetines. Tenías su mirada limpia en invierno y su salsa boloñesa. Joder, cómo cocinaba la salsa boloñesa. Y luego llegó la enana y las miradas fueron para los dos, y había cuatro pies fríos contra tu piel algunas noches. Hacía diez días que no la veías y quedaban cuatro para volver a verla. Es martes por la noche. Tienes que llegar al miércoles, pensó.
Apartó de un manotazo todas las imágenes de su pensamiento y volvió a concentrarse en el silencio. Escuchó, muy de fondo, cómo rompían las olas contra la costa y se convenció a sí mismo de que nada iba a pasar, de que todo saldría bien. De que no había nadie cerca. Que pronto sería miércoles y habría un día menos por caminar. Se puso en pie y se estiró instintivamente la camisa, y al contacto con la piel le pareció un poco más seca. Se estremeció un poco, pero contuvo el temblor antes de avanzar escalera abajo.
Caminó despacio para no hacer ruido y trató de ganar la puerta, que estaba en el lugar en el que él la había dejado. Se detuvo antes de encarar los últimos peldaños y respiró despacio para marcarle a su corazón el rimo a seguir. Bajó el último escalón y se acercó hacia la puerta.
Lo sintió antes de verlo.
Un reflejo como de plata en medio de aquella oscuridad. Un arañazo brillante captado por el rabillo del ojo.
Trató de agarrar la puerta y arrancarla de nuevo, pero algo le hizo volverse apenas había puesto la mano encima del viejo trozo de madera. Al hacerlo, lo atrajo un poco para sí y abrió con ello una rendija de luz.
Y la vio. Al tiempo que el puñal le atravesaba la garganta. Y llegó a distinguir en el fondo del paladar tres sabores que se mezclaban: el acero, la sangre y la saliva. Quiso tragar y no pudo. Se notó de nuevo la frente empapada de sudor y alzó la mirada para verla un instante.
Y lo último que pensó fue que era la mujer más guapa que había visto en toda su vida.