jueves, 9 de enero de 2014

Nochevieja

En medio del jolgorio primero fue el silbido. Subió entre las voces de la gente y los gritos de recibimiento al año nuevo y llegó hasta la punta del cielo, allí donde el eco ya no encuentra un momento para la réplica. Alzó la vista un instante desde la presidencia ojerosa de su balcón y vio cómo el silbido rompía en una lluvia de colores vivos: rojos, verdes y azules que el gentío recibió con alegría pero en los que su pupila, domesticada con el amargor de la ginebra, acertó a diagnosticar diferentes tonos de melancolía. Vio aquellos pequeños reflejos que parecían de cristal caer sobre las cabezas de un montón de tipos que maquillaban con risas su infelicidad ante los propósitos del nuevo calendario y echó la última ojeada a la plaza antes de volver al interior del estudio y sentarse junto al cenicero, frente a la máquina de escribir, dejando el balcón abierto a pesar del frío. Se arremangó las mangas de la mugrienta camisa y miró fijamente al folio en blanco que, desde la cama del carrete, le desafiaba.
Cogió el paquete de tabaco arrugado que había sobre la mesa y rescató de su interior un arrugado pitillo que estiró con cuidado con la yema de dos dedos antes de llevárselo a los labios. Cogió el mechero y lo encendió, sin poder evitar que el humo que escupió el cigarro se le colara por uno de los ojos y le hiciera llorar como un niño, como cada vez que buscaba el consuelo de la nicotina. Cerró los ojos y los abrió lentamente, y cuando la lágrima hubo pasado se llevó el cigarrillo de nuevo a los labios y chupó con fuerza, llevándose en el envite medio pitillo, medio pulmón y seguro que también media vida. Lo apoyó con cuidado en el cenicero, donde habría de morir sin más besos que el ya recibido, y echó en el vaso tres dedos de ginebra que se bebió de un trago, como hacía siempre con las cosas que merecía la pena paladear. Miró a su izquierda y vio la pequeña cama deshecha, con las sábanas revueltas y vacía, como siempre. Entrelazó los dedos y los hizo crujir ante su cara. Los apoyó con suavidad sobre el teclado de la vieja máquina, y sin más, empezó a escribir.
Y escribió, primero, sobre una tibia. Mejor dicho, sobre la piel blanca que cubría una tibia que, levantada por la curva de una rodilla en alto, desafiaba al brillo de la luna desde una cama de sábanas desordenadas. Una tibia de mujer tan marcada por el ángulo como por la pureza de la piel de un cuerpo que ahora recorta su perfil tumbado sobre una cama estrecha. Los dedos sólo paran de teclear para desenganchar con un ligero movimiento las dos matrices que ocasionalmente se abrazan y confunden en su intento por estamparse en el folio, pero ni siquiera el espacio casi en blanco que queda tras la confusión detiene su mecánico teclear, su escribir furioso. En apenas unas líneas ha roto a sudar, y el amargor de la ginebra remonta el cuerpo garganta arriba y se le escapa como vapor entre los dientes, apretados. Y el estómago pide más. Pero él sólo se aparte del folio y de la máquina de manera momentánea, en un vistazo a su izquierda para caputara bien la cama vacía y no parar de escribir.
Y escribe No para. Siembra unos lunares al azar en la fina piel de la pierna mientras recorre hacia arriba el camino del exceso. El muslo se redondea a partir de la rodilla pero sigue siendo una pierna fina, casi de chiquilla, porque las poetas que follan en realidad nunca envejecen. Y en la otra pierna, gemela, de lado sobre la cama, se adivina la sombra de un mordisco justo a medio camino del no debería haber venido y del no te vayas nunca. Y el vello es apenas una sombra por debajo del ombligo, y hay otro lunar, éste sí, más grande, colgado del hueso de la cadera. En el vientre qudan pintadas aún unas gotas de sudor que convierten la silueta en una mujer brillante, un destello con diamantes de sal en un territorio en el que las caricias son obligatorias. Pecado arriba, dos pechos pequeños, puntiagudos, dos desafíos. Y en medio el hoyo del cuello que da inicio a la garganta, una piel más frágil que el resto, más tensa, más vibrante. Pálida ante el rojo de unos labios de boca entreabierta, de dientes en un mordisco simulado, de súplica a medio entender. El pelo negro como el marco de una noche, y nos ojos entornados que son pequeños días a punto de amanecer. Y él que escribe, que no para. Teclea con furia, con fiebre. Suda y vuelve a desviar un momento la vista para enmarcar de nuevo la cama y seguir...
Se frena en seco. Los dedos se detienen y se queda congelado, lso ojos bien abiertos en medio del silencio. Hasta la plaza y la Nochevieja parecen haberse ido por completo. Dos matrices han quedado enganchadas muy cerca del carrete, pero él no puede apartar la vista de la cama, desde donde la piel de una tibia amenaza con hacerle enloquecer. La piel y los lunares, colocados al azar, también desafiantes. No puede moverse siquiera cuando ella abre los ojos y se incorpora, y se apoya sobre los codos, y el pelo moreno le cae por un lado de la cara y subraya su sensualidad. Así permanece unos instantes en los que la ve morderse el labio antes de ponerse de pie y caminar desnuda hacia él. Pasa por su espalda y él cierra lo ojos mientras ella le desliza un dedo de hombro a hombro, por encima de la camisa empapada en sudor, mientras se piede hacia la puerta. No puede apartar la vista ahora de su espalda mientras la ve salir del estudio. Cuando espera el portazo, en realidad llega un silbido que le hace reaccionar.
Y vuelve el alboroto conocido de la gente, allá abajo en la plaza.
Y a su lado, la cama está vacía. Pero la mujer sigue tumbada entre las sábanas en el folio, tal y como la dejó, con los ojos cerrados.
Y el silbido sube al cielo y se rompe, y cae en más verdes, más rojos, más azules.
Más melancolía.
Y el cigarro se ha consumido por completo. Y no queda ginebra. Aun así, baja el folio unos renglones y pone las manos sobre el teclado, para escribir.
Y escribe.
“Tampoco las mujeres que invento se quedan conmigo a dormir”.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El último poema

El último poema que me aprendí tenía los ojos claros, el pelo negro y los labios rojos. Tenía la piel tan blanca que nadie hubiera dicho que cobijara un corazón cubierto de cicatrices, ardiente como la arena de la playa en una noche de San Juan. En cambio, el beso de sus dedos era frío como una cuchilla, y sólo sobre el papel encontraba la forma de soltar el calor que por dentro desprendía, eran sus versos una particular manera de arder. El último poema que me aprendí cantaba en italiano muy bajito mientras cocinaba, y lo hacía medio desnuda, probando la comida con los dedos y arrugando la nariz si la salsa de tomate se le amargaba. Escribía sentada en el suelo y yo la veía desde el sofá, sus pies asomando por la otra parte de la mesa baja mientras se concentraba en elegir la palabra más certera, la que más piel levantaba. El último poema que me aprendí tenía la rima asonante de sus pies envueltos siempre en gruesos calcetines de lana. En la cama era un soneto; al amanecer, una elegía.
La conocí en un pequeño cafetín de la plaza en una de esas tardes en la que dejaba atrás la redacción para buscar el aire que me faltaba el día después del cierre. El camarero dejó sobre mi mesa una segunda jarra de cerveza y cuando bajé el libro para darle las gracias la vi, enfrente, dejando sobre un platillo blanco una gran taza de té. Se mordió ligeramente el labio superior y levantó la vista para descubrirme con la mirada fija en ella, antes de sonreír levemente y volver a la lectura mientras yo me preguntaba cuántas veces me diría que no hasta que aceptara poner mi nombre a uno de sus atardeceres. Fueron tres. La primera vez no se tomó el té que le mandé desde mi mesa. La segunda lo aceptó y levantó la vista un momento para dibujar en el aire, en silencio, un 'gracias' que a mí me supo como un primer beso. La tercera vez que me negó vino a sentarse junto a mí y propuso invitarme ella. Cuando me ofrecí a acompañarla a casa me dijo que no caminaba junto a tipos que bebieran cerveza. Dos cierres después de la primera vez que la vi me senté directamente en su mesa. Bajó el libro y me miró, al tiempo que llegaba el camarero a ver qué iba a tomar el caballero. “Una cerveza”, dije, sin dejar de mirarla. Cerró el libro y lo dejó entre nosotros. Un par de horas después repasaba con mi nariz cada una de sus vértebras.
Era la primera vez que desnudaba a una poeta y juro que temblé más que aquel adolescente que fui en el invierno de la primera vez, mientras me preguntaba cómo sería aquello de desear sin nada que perder. Juto también que aquella tarde me lo jugué todo, y que no perdí nada. Me dejé beber por esos ojos bien abiertos que lo tomaban todo de mí mientras sus manos enmarcaban mi cara. Debajo de cada prenda tenía un verso escondido, y cuando la tarde se hizo noche y a la noche le dio por amanecer yo me los sabía todos de memoria.
Ella, por supuesto, también. Al día siguiente tenía en mi buzón de la redacción uno de sus poemas, cerrado con las seis letras de su nombre como firma. Seis fueron también las semanas que pasamos juntos cada anochecer. Algunas veces se vestía tan solo por el placer de examinarme ante el reto de volverla a desnudar. No dejó de escribir ni una sola mañana. De vez en cuando, salíamos de la mano a pasear por la ciudad y nos colábamos en todos los portales abiertos. Reía cada día como si el mundo se le fuera a acabar. En sólo dos semanas, yo ya bebía té todas las tardes. Alguna vez llegué a creer de verdad que aquello jamás se iba a acabar.
Seis semanas, seis, con un poema en el buzón todas las mañanas. Yo, casi instalado en su casa, le daba cuerpo allí a mis reportajes. Se nos iban las horas, a ella sentada en el suelo, escribiendo; a mí tecleando en el ordenador. “Siempre escribes cosas tristes”, me decía, sin saber que la realidad muchas veces lo era. “Quizá esto no lo sea”, intentaba engañarla yo. Era en vano. El segundo día me confesó que sabía si mi texto era triste por el ruido que hacía en el teclado al escribir. Sus poemas, en cambio, tenían el silencio de la buena vida.
Hacia la cuarta semana, eso cambió. Había rastros de tristeza en sus poemas, ya no era todo sonrisas lo que arrojaba cada día el buzón. Mi realidad la estaba contaminando. La semana siguiente dejó de cantar en la cocina. La sexta semana la descubrí llorando mientras escribía y quise ofrecerle un refugio en la cama, y allí, después de la batalla, me recitó los versos más tristes que había escuchado nunca. Al final de la semana guardé el protátil, recogí mís cosas y me marché. Solo le dejé una nota. 'No quiero ensuciarte más'.
Al lunes siguiente tenía un nuevo poema en el buzón. Todavía tardó unos días en arrancarse del todo la tristeza. Cuando no quedaba en sus letras ningún rastro de mí me decidí a volver al café. Pedí un té y me puse a repasar unas notas. No sé cuándo llegó, pero de pronto la vi sentada en su mesa de siempre. Me miró, luego miró el té y volvió a mí, y sonrió. Yo me encogí de hombros y reí mientras ella volvía a su libro, y me quedé observándola un rato más, recitándola desde la distancia. Cuando el camarero pasó por mi lado había escrito en mi cuaderno una verdad. 'Podía haber sido la mujer de la vida de cualquiera, y fue a elegirme a mí'. El camarero leyó la frase en el cuaderno, miró la taza de té y salió del paso como pudo.
“¿Está frío? ¿Le caliento más agua?”, me preguntó.
Levanté la vista un momento y la miré. “No”, le dije, “traígame mejor una cerveza”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Un retrato en blanco y negro

Llevaba noches soñando con una piel que no conocía. Le sucedía a menudo que la memoria le traicionaba y mezclaba olores con sabores, el sudor de una mujer con el aliento cálido de otra, pero aquello era diferente. No le había pasado nunca. Aquel sueño que primero fue una noche de inquietud se convirtó pronto en una obsesión, en una coartada para adelantar el invierno y provocar una oscuridad ficticia a media tarde para buscarla, para coincidir con ella en cualquier rincón imaginario y recopilar pistas que le llevaran a encontrarla. Sin saber siquiera si existía sentía crecer en su interior la necesidad de conocerla.
¿Quién decía que era real? Quizá la mente hubiera agotado las múltiples combinaciones que ofrecía el cajón de los recuerdos y estuviera sumando detalles escogidos al azar de los actores secundarios que pueblan la película cotidiana de la realidad. El olor de la chica que iba dos filas delante en el autobús, y con la que no cruzó ni una sola palabra; o el pequeño grito que nació de la oscuridad del cine y que le erizó el vello del brazo, sin que pudiera identificar después a la autora con las luces encendidas. Eso lo explicaría todo. Porque cómo si no iba a tener una mujer el destello racial del día y la serena calma de la noche; cómo, si era real, llevaría tatuado sobre la piel al sol y a la luna, discutiendo por el brillo de su cuerpo. Cómo una piel tan cálida podía provocar aquel escalofrío.
Se limitó, pues, a soñarla. Se convenció de que no era real y se esforzó por aprendérsela en sueños.
Seguro de que no existía, se la sabía de memoria. Sin saber de dónde lo había sacado, se acostumbró a un olor que le acompañaba todas las noches. La besó tantas veces que se le venía al paladar ese regusto de mar en calma que dejaba después de irse, al retirarse de la costa de la noche tras un amanecer de marea baja. Podía identificar el ángulo que formaba su cuello cuando se descubría entero para él, medir la profundidad del pequeño hoyo que se formaba bajo su garganta, allí donde las clavículas se enganchan. Sabía que no existía, pero mientras pudiera soñarla aquello no le importaba.
Saciado como estaba por la ferocidad de sus sueños el mundo le sorprendió con la guardia baja. En aquella sala fría caldeada solo en el centro el presente le llegó con las manos heladas. Dispersos en torno a una tarima central, una veintena de alumnos preparaban los utensilios para pintar aquella mañana. La estancia olía a alcohol, pero aquella esencia hasta entonces imaginaria le envolvió desde atrás segundos antes de ver la espalda de una mujer envuelta en un albornoz: el pelo corto, la nuca recién mostrada. Llegó al centro de la sala y antes de que dejara caer la prenda azul supo que era ella, y no le sorprendió descubrir en su desnudez rincones ya visitados: el cuello terso, el hoyo de la garganta, la luna y el sol escritos sobre el vientre, el pequeño aro de plata luciendo en uno de sus pies. Se acomodó sobre la peana y le miró fijamente. Dejándose beber por esos ojos, empezó a dibujarla.
Una hora después, el resto de alumnos ya se había levantado y retirado con sus lienzos. Ella seguía mirándole pintar. No cogió la paleta en ningún momento, y unos minutos después el carboncillo casi se había consumido entre sus dedos. Dejó los restos junto al pequeño atril y observó sus sueños convertidos en realidad, en un retrato en blanco y negro. Inconscientemente, se llevó la mano a la cara y se dejó unas marcas negras a ambos lados de la nariz. Ella, desde el centro de la sala, sonrió.
No estaba muy seguro de si lo que vino después fue real o sólo uno más de aquellos sueños. No sabía si era real la marca del mordisco que sentía en el cuello, ni los surcos que tres uñas habían dibujado en su espalda. Boca arriba, sobre la cama, a la mañana siguiente, intentaba discernir si aquello en realidad había pasado. Cerró los ojos y una imagen acudió a su mente: la de ella recién duchada, con la piel envuelta en gotas de agua aún calientes, deslizándose junto a él bajo las mantas. Estiró la mano y notó las sábanas mojdas, todavía tibias, y supo que no había sido un sueño sino un recuerdo lo que su mente acababa de rescatar.
Miró hacia un lado y vio el retrato junto a la ventana. No era justo que de un sueño en color saliera una realidad en blanco y negro. Agarró un lápiz de cera y rellenó lso labios del dibujo con un color. Sin quererlo, sin pensarlo, con ello puso nombre también a sus futuros recuerdos...
...Rosa.

viernes, 18 de octubre de 2013

Y el mundo sigue andando

Para ellos era como un ritual. No sé cuándo se inició ni si ya andábamos por aquí los pequeños que ahora somos grandes y que vinimos a llenar las ausencias que más tarde se crearían, pero la primera noche que los vi me sentí crecer un poco, como si empezara a entender de qué iba esto del mundo con tan solo siete años. Abrí los ojos entre el sudor de una pesadilla temprana y escuché la música bajo la puerta, colándose por las rendijas. Y entonces los vi: giraba sobre el viejo tocadiscos una música serena sobre la que una voz lloraba mientras mis padres bailaban, con pasos muy cortos, en el espacio reducido del salón. La puerta entreabierta me los enseñó cogidos de la mano, con la otra rodeándose las cinturas y las cabezas pegadas, una al lado de la otra, tocándose. En el primer acorde que presencié vi los ojos de mi padre cerrados, unos acordes después estaban también cerrados los de mi madre, su mujer, mientras ellos giraban muy despacio al ritmo de un lamento que más tarde supe que era de Carlos Gardel.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.
Volví al escondite de la puerta a la noche siguiente, pero el salón sólo me devolvió oscuridad. Seis noches conté tragándome silencios hasta que el lunes siguiente, desde la cama, volví a sentir los primeros acordes y salí disparado hacia ala luz: allí estaban de nuevo, los dos, abrazados. Moviéndose despacio, dejando que la noche fuera solo suya.
Su boca que era mía ya no me besa más.
Hubo entre ellos muchos años y esos años tuvieron muchos lunes. Todos esos lunes tuvieron sus noches. A cada noche le correspondió un baile. Nunca repitieron, no había más que una canción por semana. Eran tres minutos para ellos solos, una pequeña pausa que se concedían en mitad del teatro cotidiano para reafirmar, quizá, que aquello que habían construido y que seguían edificando no se podría derruir jamás. Descubrí su secreto con siete años, me fui de casa con veinte. En esos trece años crecí con aquella costumbre de lunes, con ese baile tranquilo de semana en semana. En esos trece años temblé desnudando a algunas mujeres, sudé de manera inconsciente sobre otras pieles en las filas traseras del cine y me descubrí llorando muchas noches por aquella que se fue. Jamás encontré nada que se pareciera a aquellos tres minutos de pasos entrelazados al ritmo de Gardel. Nunca descubrí mejor definición del amor.
Fue mía la piadosa dulzura de sus manos.
Siempre creí que exportaría aquel baile a mi vida cotidiana, pero llegado el momento de la verdad no supe cómo hacerlo. Tampoco pregunté nunca cómo lo habían hecho ellos porque no hubiera encontrado una razón. Un lunes por la noche mi padre levantó la aguja del tocadiscos y la dejó suavemente sobre los surcos de la pena de Gardel. El baile fue, simplemente, lo que tenía que pasar.
Por qué tus alas tan cruel quemó la vida.
No pudo la pobreza, que la hubo, detener ese danzar melancólico ni una sola semana. Tampoco pudo la enfermedad. Aun convalecientes, se levantaban de la cama para robarle tres minutos a la debilidad y construir su pequeño castillo de pasos cortos, cada vez más arrítmicos, todos los lunes por la noche. No compartí el secreto con nadie. Cuando se acercaba la hora de costumbre, que los años adelantaron poco a poco, dejaba mi casa, a unas manzanas de allí, para ir hasta la suya con la excusa de fumar y sentarme en la puerta, sin llamar, con la oreja pegada a la madera y los ojos cerrados, mientras escuchaba muy de fondo la música y los imaginaba bailar.
Yo sé que ahora vendrán caras extrañas.
Llevaban muchos bailes en las plantas de los pies cuando a él se le fue la vida. Murió un domingo, fiel a su costumbre de terminar todo aquello que empezaba. Ese lunes, en medio de la involuntaria intimidad que te concede el luto vi a mi madre sentada en el sofá, con casi noventa años, los pies colgando como una niña. La cabeza baja. '¿En qué piensas, mamá?', le dije. Levantó la frente y me miró desde aquellos ojos escondidos detrás de sus mil arrugas, antes de decirme con toda la pena que pudo reunir: 'que no sé poner la música'. Cuando llegó la noche dejé a Gardel catando y fui a rescatarla del sofá. Cuando pudo levantarse la canción ya iba por la mitad, pero nos dio el tiempo suficiente para dar unos pasos en aquel salón. Los años de su mano sobre los errores de la mía. Su mano fría. Me pregunté si con mi padre también las tenía así o era, simplemente, que se había empezado a apagar.
La muerte agazapada marcaba su compás.
La semana pasada no pude sacarla a bailar. No pudo levantarse. Aun así puse el disco y me senté con ella en el sofá. Le cogí la mano y dejamos que Gardel nos cantara. Se fue tres días después. Y hoy, lunes, he vuelto a la casa que ya hemos puesto en venta a poner el disco por última vez, y mientras dejo que el humo del cigarro se estrelle contra el techo me parece sentir sus pies sobre las baldosas: no son los pasos decididos de aquella primera vez; son pies que se arrastran por los muchos años de vida, por las muchas horas de baile. Y no necesito hacer memoria para saber qué canción me vino a la mente cuando sus ojos se cerraron.
...y el mundo sigue andando.

martes, 24 de septiembre de 2013

Gigante

Quién nos iba a decir que el miedo era una tibia noche de septiembre, un último rescoldo del verano. Cómo íbamos a saber que la oscuridad no empieza cuando uno se cae sino cuando no puedes levantarte a dar siquiera el primer paso, tú, que todo lo has andado con nosotros subidos a tus espaldas. No hay nada más frío que un amanecer en una carretera extraña. Que ver cómo se hace de día en el día más largo de tu vida mientras tú recuerdas uno por uno los arañazos de una noche que no acaba. Así, separados por una pared, por las manecillas de un reloj que dice todavía que la puerta está cerrada. Y no se abre. Y no te veo. Y es la espera más lacerante que esa llamada en mitad de la noche que te dice 'ven', más dolorosa que esos kilómetros que nos separaban. Es peor imaginar que saber. Duele más estar fuera que escucharte susurrar desde los pies de tu cama.
Pero ¿sabes qué? Eres un gigante, me da igual lo que diga la talla de ese absurdo pijama. Aun encogido en aquellas sábanas en las que apenas te podías mover yo te veía sobresalir por los cuatro lados de la cama. Levantando el brazo para decirnos 'estoy bien', moviendo la pierna para indicarnos las ganas que tienes de volver a casa. Había salido el sol y no era tan fiero el día, habíamos traspasado el temor a los monstruos que nos acechaban.
No han podido con nosotros, el miedo nos ha hecho más fuertes. Sin llegar a verte caer había tras nosotros mucha gente esperando a que te levantaras. Unos metros, el primer examen, y sin haberlo imaginado la vida retorció casi treinta años para volver a dar juntos esas primeras zancadas. Unos pasos, tuyos esta vez, de los muchos que nos quedan por andar. Un comienzo para un buen fin. Una prueba superada.
Aquel trayecto, de la cama al baño, fue muy largo. Se hizo un poco más corta la vuelta de aquel baño a la cama. La tierra se había tambaleado y tú seguías ahí, de pie, con prisa por volver a casa. Esta vez fue verdad, y volvimos a nuestro mundo enteros, con grietas que reparar, con algunas heridas que lamer, con algunos miedos por masticar. Pero juntos. Fuerte para lo que sea que la vida nos traiga mañana.
Se hará de noche otra vez hoy, como ayer, como mañana. Y quizá llegue un día en que el miedo vuelva a colarse por las rendijas de la puerta, a filtrarse por las ventanas, y nos busque. Y elija a cualquiera de nosotros para compartir esa caricia fría, casi helada. Estaremos preparados. Ya nos ha buscado otras veces y le hemos vencido, tenemos un ejército que nos ampara.
Y contamos también con un gigante que cuando caemos nos ayuda a ponernos de pie, y que aun cuando no se puede mover, él siempre se levanta.
Tú siempre te levantas.

jueves, 22 de agosto de 2013

Lágrimas de San Lorenzo

Nos pasamos la noche tumbados, mirando al cielo para intentar ver llorar a San Lorenzo. Qué sabrá él de lágrimas. Las suyas no dejan rastro, son arañazos luminosos que emergen fugaces en la tripa del cielo y arrastran un puñado de deseos a medio cumplir. Tus lágrimas, esas sí son verdaderas. Lo sé incluso ahora que ya has dejado de llorar y acompasas tu respiración a los latidos de mi corazón, que te marcan la obligada cadencia desde que has puesto la cabeza sobre mi pecho y te has tragado el llanto para evitar que tus ojos mojados empañen una lluvia de estrellas fugaces que a ti no te importa, que yo ni me molesto en observar. Sólo tengo ojos para ti.
Debe haber cientos de personas alrededor nuestro, hablando, señalando al cielo, exclamando hasta casi gritar, pero para mí, en esta noche de agosto, estamos solos los dos: los dos más solos del lugar. Tú eres un verso desordenado que brota en cualquier parte, yo un escritor a medio cocinar. Vine aquí buscando una historia que contar y me llevo un puñado de secretos escritos sobre piel con las yemas de tus dedos, secretos imposibles de revelar. Por eso, mientras llora San Lorenzo yo te miro, te memorizo, de desaprendo; quemo en la memoria algunos de nuestros recuerdos para empezar la difícil tarea de tenerte que olvidar.
Pero qué hago si con los ojos cerrados me llega el olor de tu pelo, la protesta sorda de unos ojos que casi nunca dejan de llorar. Qué hago si en lo más oscuro brilla el aro de tu nariz, ese pequeño anillo de plata que desde una de tus aletas desafía tu cara de niña buena y te da ese aire de mujer imposible de dominar. Qué hago si ahora, en el silencio que nos desmarca del griterío de la multitud, mis labios evocan tus pechos, mi boca se bebe tu sudor. De qué forma olvido que cuando pongo la mano sobre tu vientre no me importa que me duelas. Ahí, en esos palmos de piel caliente, siento que no me engañas porque noto el latido de tu cuerpo, de tu corazón, a través del fino tambor blanco de tu tripa. Bum-bum, bum-bum. Por eso, mientras tu respiración se vuelve calma, deslizo la mano bajo tu camiseta y repaso el hueso de tu cadera, a un lado, al otro lado, marcado, cortante. Y abro la mano sobre tu estómago, y mis dedos rozan algunos lugares que mi lengua se sabe de memoria. Y arriba, en el cielo, San Lorenzo no deja de llorar.
He aprendido algunas cosas en este tiempo de dolernos. Sabía que una mujer rubia es un presente formidable y he descubierto, ahora, que las morenas doléis de verdad. Ahora sé que el amor llega de veras cuando alguien te mira a los ojos mientras te clava las uñas en la espalda y te araña, y que el único te quiero que necesito es tu boca susurrándome ‘quiero más’. Que desnuda, en medio de la noche, con tu piel tan blanca no necesito lunas en el cielo. Que las poetas sois un verso que no hay que escribir sino descifrar. Que las estrellas fugaces son las lágrimas de un santo a las que la gente pide deseos. Que tú y yo, vestidos o desnudos, compartimos una misma forma de desear.
Por eso, ahora que intento olvidarte, aparto la vista de ti y miro al cielo justo en el momento en el que uno de esos arañazos se decide a brillar. A tiempo justo de que pidamos un último deseo. El mío, que no te vayas; el tuyo, que nunca te deje marchar.

martes, 23 de julio de 2013

Música de jazz

Hay un precipicio en tu garganta.
Lo supe la primera vez que te vi en el centro de aquella sala oscura cubierta de humo, bailando con los ojos cerrados al ritmo del jazz de susurros que tejían desde el pequeño escenario un cuarteto de tipos sudados mientras yo, acodado en la barra, te devoraba con la vista al tiempo que mi cuerpo tragaba bourbon y el tuyo se cimbreaba, y en el aire, con la mano levantada, tu suave bamboleo subrayaba la frontera huesuda de tus caderas, periferia del cálido continente que mis manos, ahora insensibles por el frío de las copas, acabarían por colonizar. Hay un país bajo tu ombligo sembrado de carreteras que son cicatrices que siempre llevan al mismo lugar, pequeños ríos de sangre que desembocan en la perdición. Pero eso no es lo peor. A perder uno se acostumbra, y no hay vértigo posible para la muerte en tierra, para el fin en el continente de tus caderas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Estaba seguro de ello cuando miraba de reojo el filo de tus clavículas desde el mar que significan tus labios, y me dejaba hacer cuando en medio de aquel bar, con las luces ya encendidas, me arrancabas de la boca el sabor a alcohol para impregnarme la lengua con el agua salada de tu mundo, y me mordías, no parabas de morderme, como si los besos no fueran suficientes para marcarme con tu calor y necesitaras un poco de mi sangre, necesitabas que doliera sin saber que en verdad ya dolías. Pero eso no es lo peor. El dolor acaba siendo también una forma de vida tan válida como la mente, y nadie que no merezca la pena puede morir entre tus dentelladas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Y está hecho del único frío que, excepción hecha de tus pies, regala tu cuerpo, que es puro calor. Es un frío extraño, el de tus pies, pienso ahora que los tengo clavados en la espalda mientras tus piernas me rodean y abandonas debajo de mí el recuerdo suave del jazz para golpear como un solo de batería contra la torpe batida de mi cuerpo, retorciéndote sobre una cama, la mía, que es tuya desde antes de recibirte y que ahora te recoge entera antes de perderte durante un instante, una y otra vez, mientras tu espalda se comba y te suspendes en el aire apenas aferrada a mí por el candado frío de tus pies y la cadena tibia de tus piernas. Pero eso no es lo peor. Al frío un cuerpo se acostumbra. Se hace más dura la piel y la muerte te llega en el amanecer veraniego como de una playa atlántica, atemperado por el calor que es el resto de tu cuerpo.
Hay un precipicio en tu garganta.
Apenas medio palmo de piel en la que silba el silencio del vacío y el murmullo suave de tu voz casi ajada, amenazando con romperse al final de cada palabra. Tu voz es un arrullo, pero el resto de tu cuerpo es música de jazz, empezando por el cálido solo de saxo que es tu tripa, que me dispara notas escondidas en cada espasmo de sangre y sudor que ahora, con el oído pegado a tu vientre, recibo desde tu piel. Tengo al sur el vello del país oculto de tus caderas y al norte tus pechos pequeños, prólogo necesario del libro de tu cuello. Pero eso no es lo peor. Tu vientre es un saxo humeante del que brotan las notas de tu piel hasta componer una melodía que abrasa, pero incluso del fuego se salvan aquellos que, como yo, nada tienen que perder.
Hay un precipicio en tu garganta.
Es un desfiladero de piel que araña, que siembra cicatrices con ese ligero temblor cuando se expone abierto de par en par, cuando te dejas hacer como ahora, recién parido el día, permites que me beba tu primer sudor de la mañana mientras ronroneas como un animal herido, sabiendo que lo que la noche unió el día no tiene más remedio que separar. Y así amaneces, con los ojos cerrados y la barbilla hacia arriba, el cuello estirado mientras yo camino por última vez por ese desfiladero de piel hacia una muerte inevitable que viene de la mano con tu ausencia. Pero eso no es lo peor. No me asusta la soledad.
Lo peor es que hay un precipicio en tu garganta, y yo estoy dispuesto a saltar de nuevo.