viernes, 25 de febrero de 2011

Fragmentos (I)

O una parte de un primer capítulo que quizá no lleve a nada

(...)En un momento, mi vida se resquebrajó. Esa noche, cuando volví a casa, sentí cómo se tambaleaban los cimientos de aquello que me había costado tanto trabajo construir, y que se había esfumado de la noche a la mañana. Era una historia de humo que desapareció para siempre después de un estornudo, y no quedó ni rastro, salvo aquella achacosa y solitaria máquina de escribir que jamás volví a utilizar y que, sin embargo, envié hacia París hace unos días, junto con un baúl lleno de libros y algo de ropa. Sin saber por qué, había decidido que aquel trasto formaría parte de mi nueva vida, como si necesitara conservar algo que me uniera a todo lo que dejaba en Madrid, sin querer cerrar del todo una puerta que no sé si sería capaz de volver a abrir algún día.
También comencé a beber. Fue el incremento de mi afición al alcohol lo que hizo que todos aquellos que me rodeaban eligieran por mí la opción del exilio. Nunca llegó a afectarme en el trabajo, pero mi salud comenzó a resentirse a la vez que se apagaba mi estado de ánimo. Me volví más huraño y mucho más introvertido, apenas cruzaba palabra con nadie en el trabajo y bebía solo en una taberna irlandesa que quedaba a medio camino entre casa y la redacción. Dormía poco y mal, y no me afeitaba con la periodicidad conveniente. Cuando empecé a plantear a los demás la opción de marcharme, nadie me animó a hacerlo, pero al cabo de unos meses eran ellos los que me obligaban a retomar mis viejos planes de huída. En las letras encontré la excusa. Antes de que Laura me abandonara, yo me había aficionado a escribir relatos, historias negras que tenían en la muerte un denominador común, y que publicaba con un seudónimo en la edición digital del periódico. Alguien en la editorial me comentó que esas historias gustaban mucho, y que si era capaz de escribir algo un poco más largo pero igual de siniestro, quizá pudiera publicar un libro. No en su firma, claro, “porque ya sabes que nosotros trabajamos con escritores consagrados, pero conozco una pequeña editorial que está interesada en este tipo de textos”. Nunca me había visto capaz de hacerlo, pero ante la recomendación de tomarme un tiempo de descanso que me hacían mis conocidos, y ante la que me llegó directamente desde la dirección del periódico, decidí liarme la manta a la cabeza. Pedí una excedencia en el trabajo, empaqueté mis cosas y compré un billete de ida a ninguna parte sin posibilidad de retorno.
Todavía no sé por qué elegí París. Había estado un par de veces en la ciudad, pero apenas sabía nada de su cultura, de esa vida interior que late en todas las capitales. Ni siquiera tenía un sitio adonde ir más allá de un lóbrego hostal situado en algún punto cercano a la Gare du Nord, destino de las que serían mis primeras noches en mi nuevo lugar en el mundo. París me había gustado como turista, pero no sabía si estaba preparado para soportarlo como habitante. Por eso, mientras el avión iniciaba la maniobra de aterrizaje y la pista del aeropuerto Charles de Gaulle se iba haciendo más y más grande, no pude evitar sentirme como ese niño que lloraba, inesperadamente, varias filas más adelante, y al que nada ni nadie parecía capaz de consolar. Me acordé de Madrid, de las noches en el periódico y de los besos de Laura. De las calles de la que siempre fue mi ciudad y de las caricias de Laura. De los tragos amargos en los bares oscuros, y de la ausencia de Laura. Cuando el avión hubo tomado tierra, aparté con un manotazo en el aire los recuerdos que me asaltaban y cerré en mi mente cualquier resquicio por el que todavía se filtraba el aire cargado de Madrid. Guardé el libro que había estado leyendo en la pequeña maleta en la que traía parte de mi ropa, y con la que tendría que subsistir hasta que llegara al hotel el baúl con el resto de mis cosas, algunos libros y la vieja máquina de escribir. Estaba en París, una nueva ciudad. Y, quisiera o no, ya podíamos ir acostumbrándonos el uno al otro porque, por el momento, había llegado para quedarme (...)

sábado, 19 de febrero de 2011

Perdón por la nostalgia...

Perdón por la nostalgia, pero hay noches en las que uno necesita respirar. Y respirarte. Y volver a atrapar ese pensamiento que rondó por la cabeza hace tiempo, pero que se escapó en el último bostezo antes de que el cielo pariera este alba tan gris que parece que no se irá nunca. No puedo con el silencio de esta noche de invierno. Empleé todo el otoño en olvidarte sin darme cuenta de que aún no te había conocido, sin entender por qué demonios tenía la espina de tu vientre clavada tan dentro de mí; tanto, que a veces era yo el que sangraba por tus heridas. Todavía no sé cómo conseguí que los árboles ya no me dijeran tu nombre.
Aún trizan mis nervios el aclarado oscuro de tus ojos. Estás muy equivocada si piensas que he conseguido olvidarlos. Te amparas en la distancia que todavía nos une para creerte por encima de mí, para saber que las yemas de tus dedos acarician los hilos que mueven mi vida, y que cada vez acercan más el puñal al fondo de mi pecho; y hay noches en las que me despiertas, en medio de la bruma, y sonríes como si nada. Quizá para ti no signifique mucho la historia que hemos construido, pero yo sólo le veo un final posible, y no será bueno para ninguno de los dos.
¿Recuerdas cuando manchaba mis labios con la ceniza que llovía de tus dedos? Fue mi vida aquel cigarro que inhalaste hasta el último estertor. En ocasiones fui el humo que giraba en torno a ti, que enturbiaba tu figura, que golpeaba tus retinas en busca de una lágrima, por pequeña que fuera, que sirviera para enjugar los millones que yo he llorado. En otras ocasiones, en cambio, fui la brasa ardiente de mi ser, encendida con un simple roce de tus labios, con el empuje estéril de tu aliento contra mí. Siempre, sin excepción, fui los restos de mi vida empotrados sin piedad contra el verde cristal de un cenicero.
En las dos puntas del mismo camino, cada uno en su ciudad, soñamos con azoteas escondidas desde las que divisar las luces nocturnas del mundo. Imaginamos ese viento que sólo sopla para nosotros apagando las velas de una tarta que no nos íbamos a comer, rodeada por botellas de vino a medio terminar y dos copas manchadas por las huellas de tu carmín: rojo sangre en una de ellas, por tu forma de beber; sangre sola en la que era mía, por tu forma de besar. Porque eran tus besos abrazos con los que a veces me mordías. Aún existen canciones que no me dejan respirar porque vuelven hiel pura los restos de tu saliva que todavía quedan en mi boca, y que siempre son cuchillas de diamantes a la hora de tragar.
Perdón por la nostalgia, pero esta noche no consigo soportar tu ausencia. No hay consuelo posible que apague mi forma de llorar. No hay restos de ti en los sonidos de mi cama, ni pelos en mi almohada, ni tiras de piel sobre mi piel. Ya no está ahí tu silueta, recortada por la tenue luz de la luna, como coartada perfecta para un amanecer insomne viéndote respirar. Ya no está ahí tu cuerpo, apoyado junto al mío. Ya no está tu espalda en la punta de mis dedos.
En vez de eso, sólo me queda la fiebre. Y los papeles que nunca llegaste a escribir, y las historias que contaste pero yo no llegué a comprender. Porque no las conocía. Porque más allá del mundo de mi mente, tu realidad estaba fuera de mí, y este querer sin quererte, y que me quieras sin quererme, no es sino otra forma de vida. Distinta. Distante. Del todo irreal. Nunca estuve presente en tus fotografías. No era para mí esa sonrisa en blanco y negro que asomaba tibiamente detrás de tu flequillo. Ni esa mirada disparada de lado por encima de un hombro salado por el mar. No soy yo el dueño de tus palabras. Nunca encuentro mis letras en tus suspiros.
Aun así, te escribo, sabiendo que es un error. Que quizá después de estas líneas ya no me sueñes nunca más. O, lo que es peor, renuncies a volver por mis sueños. Por eso, antes que todo, déjame pedirte perdón por la nostalgia. Perdón por estas palabras que no he podido sujetar. Si te ayuda, sabes que yo te perdono, a pesar de esta ausencia que no me deja respirar…

lunes, 31 de enero de 2011

Un mal sabor de boca

Para Efe, por sus ganas de escribir.
Y para A, por sus ganas de que yo escriba.


Apuraba de nuevo la copa cuando volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello, y que le dejaba helado de manera inmediata. Un ligero zumbido en los oídos y ese pellizco en el corazón que hace que el pecho parezca una cueva vacía, y la sangre resuena como lo haría un chorro de agua. Duró apenas un instante, y no le dio más importancia. Hacía tiempo que había perdido la confianza en sus sentidos, y nunca había sido partidario de creer en los malos presentimientos. Decidió pedir otro bourbon, pero antes incluso de hacerle la seña al camarero, éste ya había llenado su copa. Además, dejó la botella, media, junto a él, y se marchó distraídamente hacia el otro lado de la barra. Todos pensaban que bebía demasiado, pero ese hombretón que ahora se limpiaba las manos en un trapo húmedo era el único que no lo exteriorizaba. A pesar de que no cristalizara en palabras, notaba cada vez que cruzaba el umbral de la puerta y se sentaba en el taburete de siempre esa mirada de desprecio, a caballo entre la punzante amargura y el reproche, que le brindaba el dueño del bar. “Mi miseria te está llevando a la fortuna, jodido gordo grasiento”, pensaba de vez en cuando, mientras veía cómo el líquido ambarino acariciaba los hielos recién echados en el vaso. Una vez que empezaba, no podía parar. Le costaba recordar cómo había llegado a aquel abismo de alcohol y nada. No hace mucho tenía un trabajo, una vida y una familia. Lo último lo conservaba, más por puro azar que por los esfuerzos que hacía por mantenerlo, pero del trabajo no quedaba ni rastro y su vida se ahogaba poco a poco en vasos y vasos de alcohol. Esta noche era bourbon, como casi siempre, pero podía ser cualquier cosa. Tenía una botella de vodka dentro de la caja de herramientas, en el garaje. Otra bajo el asiento del coche, y una petaca en la mesita, entre la ropa interior, que iba llenando con lo que podía. Esta noche era bourbon, y el camarero había dejado la botella a su lado. Si no la apuraba, se la llevaría a casa. Y lo hizo. Ya era tarde cuando agarró la botella por el cuello, pagó la cuenta y salió a la oscuridad de la noche. El atardecer se había convertido ya en noche cerrada. Ni una sola estrella en el cielo, tan cargado como estaba de nubes. Amanecería con tormenta, una razón más para quedarse todo el día en la cama. Se abrochó el abrigo, se subió el cuello y le dio un trago más a la botella antes de emprender el camino a casa. A lo lejos resonaban, como un eco lejano, sirenas de policía. Era el único sonido que desafiaba la oscuridad de una noche silenciosa y fría. El aire era tan denso que casi se podía saborear y dejaba en el paladar una película agria, un mal sabor de boca. Se la enjuagó con otro trago de bourbon. Como no tenía muchas ganas de caminar y empezaba a sentir cómo su cuerpo tiraba de él hacia el sórdido calor del bar que acababa de abandonar, atajó por el pequeño parque que quedaba a una manzana de casa. A pesar del frío, las putas caminaban entre los árboles esperando a alguien dispuesto a comprar un poco de compañía, por muy postiza que esta fuera. Dos jóvenes se besaban sentados en un banco, a pesar del frío. Apretados, muy fuertes, el uno contra la otra, miraron de reojo al caminante que silbaba mientras sujetaba la botella en la mano.
Aceleró el paso para recorrer los últimos metros del parque y salió a la tenue luz de las farolas apenas a dos calles de casa. Los sonidos de las sirenas se habían multiplicado, e incluso vio un coche patrulla atravesar como un puñal de luz las sombras de la esquina. El aire olía a quemado y la noche se empezaba a empañar por culpa de una columna de humo que le quitaba todo ápice de serenidad a un invierno pausado y tranquilo. Volvió la calle. En un primer momento, se quedó parado. El rostro se le iluminó y notó cómo el calor de las llamas sofocaba en un instante cualquier indicio de borrachera. El crepitar de la descomunal hoguera había afilado sus sentidos mientras veía el continuo ir y venir de los bomberos que se empleaban por apagar la pira bajo la cual se encontraba su casa. Corrió. Se acercó todo lo que pudo mientras, instintivamente, apretaba aún más fuerte la botella. Luego llegó el bloqueo, la parálisis total, ese vacío en la cabeza, en el pecho y en el alma que no sabía cómo llenar. No encontró lugar para la pena. Tampoco alumbró un ápice de rabia. Sólo una callada resignación cuando llegó a la altura de su casa y se paró en seco, en medio de aquel trajín de bomberos y policías, para ver cómo su vida se reducía a cenizas. Y también su familia. Debajo de aquellas llamas, esparcidos por algún lugar, estarían los restos calcinados de su mujer y su hija.
Volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. . Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello… Se sentó en la acera de enfrente, absorto, a respirar el aire cálido de aquella noche de invierno, y dejó que el paladar, la lengua y los dientes se le llenasen de ese regusto agrio tan familiar. Apretó los dedos en torno al cuello de la botella y se la llevó a los labios, dejando que el bourbon se llevara aquel mal sabor de boca.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La azotea

Repasó con un rápido vistazo su casa mientras escuchaba de fondo cómo caía el agua de la ducha. Papeles desperdigados en la mesa, por el suelo, en casi todos los muebles. Libros apilados en una vieja estantería, calzada con una cuña de madera para evitar que el peso terminara de desplomar su estructura y las miles de páginas que reposaban en sus estantes concluyeran el trabajo que el tiempo había empezado años atrás, cuando se la llevó de aquella casa de empeño enamorado por su olor a polvo y a madera vieja. Más libros en el suelo, en pilas tan altas que a uno le llegaban por la cintura, y torcidas en escorzos imposibles, formando curvas tan pronunciadas que parecía que bastaba con mover uno solo de los libros de la parte alta para echar abajo toda la pila. Si caía una, caerían todas las demás, porque en el ático apenas había espacio para caminar. Libros y más libros, letras, palabras y cuartillas que sólo dejaban visible un pequeño sofá de dos plazas, un sillón con periódicos y una cama lo suficientemente ancha para poder darse la vuelta, tan estrecha que obligaba al abrazo a la hora de dormir en compañía. Sobre una mesa estrecha, una máquina de escribir y más cuartillas a medio manchar por la vieja tinta de aquel cacharro. Páginas escritas a medias, con palabras mordidas por el tiempo y en las que había que imaginar la letra ‘a’, rota tiempo atrás en una máquina que nadie quería arreglar. Así, las palabras salían a medias. La amargura no era tan amarga, y dolía un poco menos la soledad. También era más efímera la alegría, y más llevadera la nostalgia. Sólo el dolor era completo, porque hasta la pasión se veía cercenada por aquel aparato de otro siglo que llenaba con el sonido de sus teclas aquellas tardes de otoño en las que las seis de la tarde eran ya oscuras, en las que el viento silbaba por la puerta de la terraza y el frío madrugador se filtraba por los poros de unas ventanas demasiado altas para recibir el abrigo de la ciudad. Pronto llegaría el invierno y aquella buhardilla volvería a ser el refugio de decenas de noches en las que los sonidos de la vida llegaban siempre amortiguados, y las prisas, los atascos, las calles y las gentes estaban demasiado lejos como para erosionar siquiera aquel rincón de silencio. Oyó cómo se cerraba la ducha y pasó por delante de la puerta del cuarto de baño, la única habitación separada del resto, de camino a la pequeña cocina. Tuvo tiempo de ver cómo el vapor se escurría por debajo de la puerta cerrada sin cerrojo, e imaginó el pequeño aseo lleno de niebla, el espejo empañado y las gotas condensadas en la punta del grifo del lavabo, el calor encima de las toallas. Apartó la cafetera del fuego y sirvió dos tazas verdes, una con dos terrones, la otra con un poco de leche y sacarina. Cogió la primera y se dirigió pesadamente hacia la terraza. Cuando descorrió la puerta de cristal notó cómo el frío le pegaba en la cara, y se subió hasta arriba la cremallera del jersey. Caminó hasta el final de aquella pequeña azotea y notó la ciudad bajo sus pies. Un montón de edificios desafiaban la altura de su mirada, y su aliento cristalizaba en pequeñas nubes de vaho que se formaban bajo sus ojos. Rodeó con las dos manos la taza intentando agarrar un poco de calor, le dio un sorbo al café y la dejó a un lado mientras apoyaba las dos manos sobre la barandilla e inspiraba con fuerza el aire de la noche. Abajo, decenas de metros más allá, las luces de los coches, el ruido de los motores, gritos de niños jugando en alguna plaza cercana, la vida que pasaba sin detenerse a mirar hacia arriba. Escuchó pasos detrás de él y ladeó un poco la cabeza para verla por el rabillo del ojo. Un rápido vistazo antes de erguir la mirada hacia el frente. Lo suficiente para verla llegar con el viejo jersey deshilachado que tantas veces llevó él en la universidad y un pantalón viejo, descalza, la taza de café en la mano, la otra oculta bajo el puño de una prenda demasiado ancha, demasiado larga para aquel cuerpo diminuto y delgado. Con aquel jersey enorme parecía, como siempre, una niña. Lo parecía, pero no lo era. Bastaba con mirarla a aquellos ojos verdes, grandes, para ver la calidez que desprendía su mirada. Una mirada limpia, imposible de olvidar. Dejó la taza de café junto a la suya después de darle un sorbo, le cogió la mano derecha, la levantó de la barandilla y se metió en medio de sus dos brazos antes de dejarle la mano donde estaba. Le miró y le regaló una sonrisa fugaz, sincera, justo antes de dispararle un beso breve, un roce apenas en los labios que permaneció en la punta de su boca aún unos minutos, antes de diluirse con el frío, antes de volverse para mirar con él la ciudad. Puso las manos sobre la barandilla y él dejó sus manos sobre las de ella. Notó cómo se echaba un poquito hacia atrás hasta apoyar la cabeza a un lado de su cuello, y a pesar del gorro blanco que llevaba puesto sintió la humedad del pelo recién lavado. Por debajo del gorro, le caía mojado sobre los hombros, más apagado que de costumbre a causa del agua. No llegaba a ser rubio, aunque lo parecía, y tampoco era pelirrojo, al menos no siempre. Notó el peso de su cuerpo pequeño sobre él y hundió la nariz en su cuello. Otro roce. Luego miró al frente, con ella entre sus brazos, separados del mundo en aquella azotea, y sintió que ya nunca necesitaría nada más…

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Alta voluntaria

Sabía que se acercaba el final. No sabía cómo, pero podía sentirlo. La habitación del hospital hacía tiempo que se había quedado pequeña, y el sueño de cada noche se veía interrumpido por esos fantasmas del pasado que siempre vuelven al final de la vida, a ajustar cuentas antes del encuentro en el más allá. Y él tenía muchas cuentas que ajustar. Las mismas manos pálidas y venosas que se apoyaban livianamente sobre las blancas sábanas de la cama habían estado mucho tiempo manchadas de sangre, y siempre de la sangre de otros. Por eso, ahora que se acercaba el final, todos habían acudido a la llamada de su último aliento para tratar de cobrar facturas pendientes, de esas que no pueden esperar a la otra vida.
Esa misma mañana, tomó la determinación de pedir el alta voluntaria. Quería marcharse a casa, sentarse en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas, y esperar a que todo acabara, a que las luces se fueran apagando poco a poco y él se quedara solo, a oscuras, en compañía de sus demonios. Hacía días que estaban ahí. De noche sentía en la piel el calor abrasante de unas llamas que seguían ardiendo desde el pasado, y que se llevaron por delante una vida y media en un incendio que nació de una de sus manos. Fue su primera vez, pero no sería la última. Poco a poco fue perfeccionando su técnica, porque ¿quién ha dicho que la muerte no es un arte? Un arte, además, que se puede disfrutar. Con el paso del tiempo dejó atrás los cadáveres fríos y lejanos y se adentró paulatinamente en la cercanía del cuerpo a cuerpo. Casi al final había conseguido obrar la perfección matando con un pequeño cuchillo que escondía hábilmente en la manga, y que sólo veía la luz cuando se disponía a cercenar el cuello de algún desconocido. Le gustaba el olor de la sangre, el último estertor del cuerpo que se hacía cadáver, el esputo de la vida que se va.
Llamó a la enfermera y le pidió que preparara toda la documentación. Se marchaba. Ya estaba bien de caminar por los pasillos del hospital con los pies helados y ese ridículo pijama que le dejaba el culo al aire. Ya estaba bien de tener que sonreír mientras el resto de la gente que le rodeaba hacía un tremendo esfuerzo por mantenerle vivo cuando él lo que deseaba era estar muerto. Quería dejar atrás el hospital, y ni siquiera el médico que entraba en esos momentos en la habitación, acompañado de la enfermera, podría persuadirle de lo contrario.
Y lo intentó. Vaya si lo intentó. Durante casi cuarenta minutos le explicó muy despacio y muy clarito los riesgos que corría marchándose a casa. “Si me quedo, corro el riesgo de seguir viviendo”, fue todo lo que esgrimió como respuesta. Y se preparó para su marcha. Una vez se hubo vestido y rellenado los papeles, se despidió efusivamente de su compañero de habitación, un vejete enfermo que se pudría por dentro y que todavía se sorprendía cuando despertaba cada mañana con la certeza de que alcanzaría a ver un telediario más. “Nos veremos pronto”, le dijo su compañero. “Lo dudo”, afirmó él, convencido de que el viejo rodeado de nietos que venían a verle todos los fines de semana tendría un hueco en el cielo. Él, en cambio, debería ir acostumbrándose al calor de las llamas del infierno.
Recogió sus pocas pertenencias en una bolsa, y tan pronto hubo alcanzado la calle las arrojó en una papelera. Nada necesitaba para el viaje que estaba a punto de emprender. Al flanquear la puerta del hospital se detuvo un instante y dejó que el sol inundara cada poro de su piel, con los ojos cerrados, mientras los enfermos que iban y venían, los médicos y enfermeras que iban y venían, y los familiares que iban y venían le miraban con una mezcla de extrañeza y fascinación. En otro tiempo, hubiera memorizado algunas caras para divertirse luego un rato. Ahora, demasiado enfermo y cansado, o no tan cansado como enfermo y viceversa, sólo pudo sonreír.
El camino a casa se convirtió en una sucesión de lugares comunes que encendió su ánimo, pero no hasta el punto de hacerle dudar. Si se quedaba en el hospital, la muerte vendría en cuestión de meses; en cambio, si se marchaba a casa, corría el riesgo de encontrársela en el portal, apoyada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados, con esa extraña expresión de se puede saber de dónde vienes, que te he estado esperando que ponía su madre cuando, de niño, se perdía por los callejones en los que aprendió el oficio de matar. Ahora, mientras caminaba despacio hacia su casa, se empapaba también del oficio de morir.
Abrió la puerta de casa, después de subir penosamente las escaleras, y ahí estaban todos sus demonios. Fantasmas del pasado que dejaron de existir, que derramaron su sangre entre sus manos, cuerpos que se convirtieron en almas que se evaporan a su paso. Estaba su padre, enfadado aún. Y aquel montón de desconocidos que habían encontrado en los callejones el acerado filo de la realidad que se termina. Putas, proxenetas, chulos y drogadictos, gente sin familia y sin más patria que las calles que no esperaban ser reclamados, y cuyos conocidos ni siquiera dejaron brotar una lágrima por su pérdida, en el caso de haberse enterado de su muerte. Todos estaban allí, con el mismo olor a podredumbre que arrastraban la noche en que se fueron de este mundo, los mismos jirones de vidas amargas colgando de las comisuras de los labios, la misma certeza de despojos que pesa sobre los mismos hombros.
Y entre todos ellos, ella. O ellos, o uno sólo. Sentada en una silla, una mujer abrasada, un cuerpo sin piel, consumido por el fuego, que acuna entre sus brazos a un niño muerto. Y le canta, para que se vayan todos los demonios que le rodean, y el bebé, sin ojos en las cuencas, arrasadas por las llamas, pueda también conciliar el sueño. Está a punto de conseguirlo, porque ya no quedan fantasmas en la habitación, ya no hay nadie. Sólo aquella madre de ceniza y su bebé, y el hombre, aún real, que llevó a ambos a la muerte. Sentados frente a frente, ella en una silla, él en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas y a punto de cerrar los ojos, dejando que entre sus dedos se escurra lo poco de vida que le queda…

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Detrás de unos ojos azules VI (fin)

Nunca fue el mundo tan ancho, ni el tiempo latió tan despacio como aquella noche en la que en un bar desierto de una ciudad desierta, en medio de la lluvia que gritaba hacia la nada, una mano sobre la otra se iban diciendo adiós. Por debajo de la mesa se arañaban los segundos de una luna extensa y fiera que se llevaba entre ellos el último vestigio de llanto, oculta entre las nubes y tiritando como una criatura pequeña. El dolor, que había cesado, volvió a pronunciar su discurso desde lo más hondo de la garganta, y vistió con cuchillas las cuerdas vocales, la lengua con cristales rotos, para que no hubiera una sola palabra de despedida. Sólo la melodía que silbaba bajito el hilo musical de aquella cafetería desierta, con aquel camarero despistado que volvía a hojear por undécima vez las páginas grasientas de esa vieja revista, fue capaz de acudir al desquite de las horas que nunca fueron, de las risas que se apagaban. En apenas unas décimas de segundo, las manos se separaron, pero pareció un minuto eterno el tiempo que estuvieron juntas, y aún podía notar entre sus dedos el calor de los dedos de ella, aún distinguía en la muñeca una huella febril que ya no le abandonaría. Había llegado el momento de marcharse, los dos juntos, hacia una habitación vacía a la que llegarían uno junto al otro, cada uno por su lado.

Mientras ella se ponía la chaqueta, su chaqueta, él acudió a la barra a pagar el peaje por la desidia. Ajustó la cuenta con el mozo que aún les miraba con un punto de cordura en medio de una noche de locos y se volvió un momento para verla, de pie, mirándole de frente con esos ojos azules que alguna vez parecieron verdes, pero que fueron verdes siempre a pesar de que en muchas ocasiones seguían pareciendo azules. El recuerdo escupió la primera noche al verla vestida con su ropa, encima de la primavera que aún abrigaba su cuerpo, antes de salir a la lluvia del enésimo otoño de sus vidas. El cielo les concedió una tregua en la puerta de la cafetería, y se miraron el uno al otro queriendo decirse todo, pero sin llegar a decirse nada. No hubo lágrimas aquella noche, más allá de las que lloró el cielo, pero las habría muchas noches después, cuando evocando la misma luna uno y otro decidieran, en puntos distintos y distantes del enjambre de su misma ciudad, que hicieron lo correcto y también lo más doloroso.

Caminaron como siempre, como la noche primigenia de los abriles de después. Uno junto al otro, en medio de la lluvia que calaba las esquinas melancólicas de aquella ciudad tardía que nunca llegaba a tiempo, de aquellos sueños arrastrados a la alcantarilla por la tempestad impía de un único aguacero. Ella sobre la acera, resguardada de la lluvia por el empuje altanero de los balcones de las casas, que no se conforman con verse alineados los unos junto a los otros, y quieren llegar al centro de la calle, quieren besar a sus vecinos de enfrente por encima del calor que mana el asfalto. Él por la calle, sobre los charcos y ríos ficticios que forma la lluvia en la ciudad, con los pies interrumpiendo el curso del agua que corre en busca del vacío por lechos de alquitrán. Empapado, sí, pero avivado en su fuero interno por el calor que le atenazaba el alma, por ese trago arenoso que le llenaba la boca y que casi le impedía respirar. Ahora no estaba nervioso porque no sabía qué decir. Ahora lo que le preocupaba es no haber hablado lo suficiente, que lo suyo se perdiera por la parquedad en palabras de una escena de libro que se antojaba real. Tan real que mordía en el paladar.

Anduvieron un rato y pronto enfilaron la última calle de sus vidas. Lo hicieron de la mano, un gesto involuntario que ninguno se atrevió a torcer. Quizá en lo más hondo de ambos, ese ligero contacto que mantenían sus dedos se antojaba el preludio de un abrazo eterno, bajo el portal, en medio de la lluvia, para sellar con piel una relación que nació justo ahí, en la piel de ambos, pero que fue calando cada vez más hondo hasta hacerse un hueco en el alma. Allí aguardaba la memoria de lo suyo, acurrucada en un rincón de esa punción perversa que es el recuerdo. Allí descansaba, latente, para nunca más volver.

Pero no hubo abrazo. Tampoco palabras de despedida. Ni siquiera una mirada furtiva, un contacto con esos ojos que eran capaces de trizarte el corazón. Subieron en silencio, ella primero, él detrás, las escaleras que presentaron un rellano sombrío, con una puerta cerrada que ya no se abriría más. Ella entró primero, después lo hizo él. No cerraron la puerta. El piso, pequeño y mal amueblado, se había quedado pequeño para los dos, y la claustrofobia caminó por las paredes en cuanto notó dos pares de pasos andando por la estancia. Pequeño para los dos, pero terriblemente grande para uno solo. Ella se fue derecha a la silla y se sentó frente a la máquina de escribir. Abrió el primer cajón de la derecha y sacó un paquete de tabaco. Se encendió un cigarrillo y ahí, con el humo en la punta de los labios, agarró el primer folio de una nueva historia y lo metió en el carrete.

Él, mientras, llenaba con parte de sus cosas una vieja maleta que había estado siempre guardada bajo la cama. Un poco de ropa, tres libros mal leídos, algunos periódicos guardados, un puñado de recuerdos, los besos que nunca le dio y las dosis justa de olvido para llegar al ascensor sin ponerse a llorar como un niño detrás de la puerta cerrada, en este trozo de pasillo que le había visto salir una y otra vez, y que ahora le despedía para siempre. Se volvió un momento y la vio allí, de espaldas, con la vista clavada en el folio en blanco, en la máquina de escribir. La había visto así muchas noches, y sabía que quizá fuera la última vez que la vería de esta manera. Había aprendido a besarle los hombros, podía pasarse la noche entera rozando los lunares de su espalda. Muchas noches la encontraba desnuda, escribiendo febrilmente páginas y páginas que desechaba al amanecer. Últimamente no escribía. Sólo se sentaba allí y fumaba, y dejaba que el humo se llevara los momentos que nunca encontraban cobijo en el papel.

Cerró la maleta y cogió la chaqueta que ella había dejado sobre la cama. Estaba seca, y se la puso sobre la ropa empapada. Caminó unos pasos y se situó detrás de ella, de pie, con ganas de estrecharla y no soltarla jamás. Ella no levantó la vista, seguía absorta en el papel que la devoraba. Le pasó la mano por el pelo, le tocó la nuca. Acercó su boca a su oído, rozándole el lóbulo de la oreja con la punta de los labios, y se lo dijo. Eso que le quemaba en lo más hondo, que nunca había acertado a decir, que no se atrevió a pronunciar. Lento, pausado, salió por fin de su boca.

-No sabes cuánto te he querido…

Agarró la maleta y se fue. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la escalera. Cerró los ojos y recordó por penúltima vez aquellos ojos verdes que tanto le gustaban. De fondo, comenzó a oír las teclas de la máquina de escribir. Iban y venían, una y otra vez, con rabia. Se puso de nuevo en pie y bajó poco a poco las escaleras, sintiéndose derrotado. Al otro lado de la puerta, ella seguía escribiendo con una pasión rayana en la locura. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras sus dedos, veloces, derramaban sobre el papel aquello que había escondido detrás de esos ojos azules…

sábado, 2 de octubre de 2010

Detrás de unos ojos azules (V)

Eso fue, sin duda, lo más difícil. Sobreponerse a ese abrazo de hiel con el que te envolvía una mirada como la suya, fría hasta una calidez extrema, lejana y terriblemente penetrante. Estaba realmente enamorado de sus ojos. Aquella mañana luminosa que sucedió a la incesante lluvia de la noche, se pasó un buen rato viéndola dormir. Boca abajo, sobre la cama, la sábana tapando apenas sus piernas, dedicó todo el tiempo del mundo a memorizar cada rincón de su cuerpo, iluminado ahora por el sol. Acercó un dedo hasta sus caderas, sin llegar a tocarla, y rozó cada centímetro de su piel desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, tocándole levemente el pelo. Después se fijó en su rostro sereno, brillante, con los ojos apretados, como si intentara que no se le escapara nunca el sueño que tenía entre las manos, y con aquellos labios finos dibujando una sonrisa. Aun con el velo caído de los párpados, podía sentir cómo lo abrazaba su mirada, cómo esos ojos verdes, aunque la noche anterior le habían parecido azules, hacían que se le erizara toda la piel. Más allá de sus ojos cerrados, podía sentir perfectamente la intensidad de una mirada que acababa de atraparle, ambos creían que para siempre.

La misma mirada que, en esos momentos, tenía frente a él. Tomó un sorbo del café e hizo lo posible para disimular el calor que le abrasó la punta de la lengua, al darse cuenta de la profundidad con la que esa noche le abrazaban esos ojos azules que por la mañana parecían verdes.

-Hace mucho tiempo que no tenemos una noche así, para hablar-, se atrevió a decir.
-Parece que lo estuviéramos evitando-, respondió ella, y el primer pulso entre los dos se resolvió con un dardo acerado manchado de veneno que se clavó en la pared, sin alcanzarles.
-Parece no, yo creo que lo estábamos evitando-. Todavía hoy no se explica de dónde sacó el valor para decir aquello, para destapar un cofre que llevaba mucho tiempo cerrado y que ninguno de los dos quería abrir, porque en el fondo del mismo estaba escrita la palabra fin.-No sé qué nos está pasando, pero sé que no es nada bueno.

No podía serlo. Le hubiera gustado que le hubiera dicho, directamente, que se había cansado de él. Que no quería verle más. Que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se marchara de casa, y que los dos empezaran a andar por caminos separados. Le hubiera gustado que existiera una explicación lógica a aquella bruma que les rodeaba, aquella nube que había dejado atrás las noches en las que habían visto amanecer abrazados, ella encima de él, desnudos sobre una silla; o las mañanas en las que disfrutaban del primer frío invernal paseando por los parques de una ciudad que atardecía para ellos dos; o las noches en las que no hacía falta decirse nada, y todo acababa con ella durmiendo sobre él, en el sofá, con la tele encendida. Aquello no podía esfumarse sin más.

Lo siguiente fue el silencio, otra vez el silencio. El suave susurro del hilo musical sobrevolando sus cabezas y el sonido metálico de la cucharilla golpeando la taza de café. Seguro que había muchas cosas que decir, pero ninguno de los dos encontraba las palabras.

-No, no es nada bueno. Y no entiendo por qué. Esto no se puede acabar así, sin más…
-Hay veces que las cosas se acaban, se agotan, y no hay ninguna explicación-, acababa de asumir el papel de duro, más le valía ser capaz de mantenerlo hasta el final, -y sólo se puede, en fin…
-¿Mirar hacia otro lado?
-No me refiero a eso, quiero decir que por mucho que luches por mantener una llama encendida, a veces llega un momento en el que se apaga, y por mucho que intentes prenderla de nuevo no puedes recuperar el fuego que ya se ha ido-, valiente gilipollas, pensó, menudas metáforas que te buscas.
-Vaya, yo pensaba que la escritora era yo.
-Soy periodista, ya sabes que también estoy acostumbrado a inventar historias.

Y ella sonrió. Una sonrisa, leve, pero una sonrisa al fin y al cabo. La segunda en una noche destinada al llanto, en la que hasta el cielo oscuro sobre la ciudad había encontrado el momento para llorar. Pasado el momento de tregua, llegaba el segundo asalto.
-No puedo cree que hayamos dejado que esto se acabe así. Siempre nos prometimos que veríamos venir el final, que lo dejaríamos justo a tiempo para evitarnos una despedida, para no tener…

Para no tener que lamentar más heridas en el corazón. La frase resonó en su mente al mismo tiempo que ella la pronunciaba, de la misma forma que los dos la pronunciaron a la vez, una lejana mañana, un par de años atrás, cuando se sentían tan fuertemente ligados el uno al otro que lo único que podía pasar es que ambos se hicieran daño. Mucho daño.

-Quizá después de todo, nosotros somos como los demás…
-No somos como los demás
-…y esta ha sido otra relación como tantas…
-No, ha sido única. Irrepetible.
-Lo sé.

Vaya si lo sabía. Aún no había acabado y ya podía sentir el enorme vacío que ella dejaba tras de sí. Casi podía sentir cómo por dentro se iba agrietando su alma, y sintió que le faltaba el aire. Se esforzó por respirar, tratando de llenar los pulmones de aire, pero el aliento, simplemente, se le escapaba. El pecho le iba a estallar. Era como si un puño caliente le envolviera el corazón, y se lo apretara más y más hasta exprimir la sangre que contenía. Una puntada de dolor le nació de las entrañas, como una puñalada, y se extendió hasta el pecho y el cuello, haciéndose cada vez más grande, palpitante, insoportable…

Entonces, puso su mano sobre la de ella, y el dolor cesó. Le acarició levemente el dorso de la mano, y notó cómo ella entrelazaba los dedos con los suyos, y le acariciaba dulcemente la muñeca. Y el aire volvió a los pulmones. El dolor había desaparecido, pero él sabía que volvería. Volvería pronto, muy pronto, y lo haría multiplicado hasta el infinito.