Llevo dos horas despierto y me estoy bebiendo un café. Para mucha
gente este dato puede ser habitual, cotidiano, pero para mí no. Lo
normal es que ahora mismo me estuviera bebiendo una cerveza. Un momento,
¿hoy qué es? ¿Jueves? Sí, pues eso, una cerveza. De lunes a jueves,
cerveza; viernes y domingo, ginebra; el sábado cualquier cosa que me
pongan con un poco de hielo. Ese calendario es el único resquicio de
orden que ahora mismo le permito a mi vida, que mantengo desde que ella
se fue. Ella. Ahora hablaré de ella. Hay un cierto orden en el caos,
como digo, una rendija de luz. Como bebo por las noches y vomito algunas
madrugadas, siempre duermo por el día. Me levanto a media tarde y ahí
empieza el control: nada de alcohol hasta que llevo dos horas despierto.
Anoche bebí y no vomité, he dormido durante el día y desperté justo
hace dos horas, y aquí estoy, echando el segundo azucarillo en una
enorme taza de café. Hay días en los que la rutina es imposible de
sostener, incluso cuando se trata de una tan difusa como la mía.
Tenía
que haberme afeitado. Sé que ahora hay tipos que se pasan horas delante
del espejo para salir de casa fingiendo un perfecto desaliño, pero lo
mío es distinto. Se me nota a la legua que estoy jodido de verdad.
Normalmente paso desapercibido en el Infierno, el bar al que acudo todos
los días a ver si por fin me mato, pero eso, más que mérito mío, es
demérito del entorno. En primer lugar, aquel garito es un antro, así que
la oscuridad beneficia a todos los que lo frecuentamos, que podemos
beber sin que nadie nos mire fijamente ni nos moleste. En segundo lugar,
es un local de alterne, y ni siquiera es de los buenos, así que yo, que
acudo allí sin vicios y con el único castigo de la bebida y en busca de
un rincón de oscuridad, formo parte de la clientela más selecta de
aquel antro de alterne. Además, he trabado cierta amistad con la dueña,
Mariela, que atiende la barra vestida siempre con un corsé que evidencia
tiempos mejores, y que se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en
mi confesora y casi consejera. Además de por la paliza que le pegó un
día a un desgraciado que se pasó de la raya en el Infierno, allí donde
no hay muchos límites, Mariela también es famosa porque rara vez se
equivoca. Para desgracia mía. Cuando le hablé de ella no se lo pensó dos
veces. “Esa chica te va a costar la vida, Nacho”, me dijo, y ese día
empecé a fumar a ver si el tabaco le quitaba la razón a la camarera,
pero ni por esas. Joder, tenía que haberme afeitado. Debo tener un
aspecto lamentable a pesar de haberme puesto mi mejor camisa, es decir,
la única decente. La llevo arremangada a pesar de que empieza a
refrescar para que no se note que los puños están manchados. Quizá si no
parezco tan jodido ella se crea de una vez eso que le he dicho en
demasiadas ocasiones, que puedo cambiar.
Fue ella la que me llamó.
“Quiero saber de ti, cómo estás”, me dijo, y propuso que quedáramos
para devolverme las llaves de mi casa. Hace tiempo que lo dejamos, pero
aún las tenía, y ese simple hecho me hacía albergar la esperanza de que
abriera la puerta un día y todo empezara de nuevo, y volviéramos a
llenar los días de un montón de primeras veces, porque son esos pequeños
despertares los que todavía me queman por dentro. La primera vez que la
vi, la primera vez que sonrió, la primera vez que me habló. La primera
vez que la vi salir de la ducha con el pelo mojado cayéndole a los lados
de la cabeza y una cortina de vaho tras de sí. La primera vez que la vi
dormir, la primera vez que se despertó para besarme y para volverse a
echar la almohada encima de la cara. La primera vez que se enfadó de
veras, la primera vez que lloró junto a mí. La primera vez, también, que
me dejó. Y ahora, para la que será la última vez que me deje, me dio
una hora y una dirección, y me sacó de la oscuridad de mis tardes a la
luminosidad de una cafetería tan pulcra que cuando llevaba tres minutos
dentro he sentido la imperiosa necesidad de salir a respirar, y aquí
estoy, en la terraza, empalmando un pitillo con otro para tratar de
poner algo de humo a la despedida, para que el recuerdo, a fuerza de ser
algo borroso, duela un poco menos. La gente que me rodea empieza a
preguntarse quién es ese tipo que fuma y que, llevando dos horas
despierto, va a pedir otra taza de café.
Cuando el camarero se va
enciendo otro cigarrillo y aguanto la primera calada dentro tanto
tiempo como puedo antes de toser. El tabaco mata, dicen, pero no lo
suficientemente deprisa. Vamos Nacho, suéltalo hombre, que estás dando
la nota. Buen chico. A las ocho, me dijo ella, y como sé que siempre
llega puntual preferí adelantarme e inspeccionar el sitio. Ni siquiera
el día me acompaña. Desde que fijamos la cita del adiós he rezado todos
los días para que lloviera, porque en todas las despedidas románticas
hay algo de lluvia, ¿no? Al de arriba debió entrarle la plegaria al
buzón del correo no deseado, porque el cielo está limpio y el sol brilla
en mitad de la tarde, a pesar del fresco. No le culpo. Dudo que
conociera siquiera la dirección del remitente.
Ocho menos tres
minutos, no va a tardar mucho en llegar. El final se acerca y me resisto
a repetir su nombre, y he dicho bien, su nombre, porque es suyo y de
nadie más. Hasta que la conocí, no lo había escuchado en mi vida, y dudo
mucho que en el futuro me lo vuelva a cruzar y se me vuelva a atravesar
de esta manera. Ni siquiera en eso tengo algo de fortuna, porque podría
llamarse Ana y sería fácil de borrar: bastaría con encontrar otras
‘Anas’ con las que mitigar su recuerdo. O María, hay muchas marías,
alguna incluso en el Infierno. Pero no. Tiene un nombre que para mí ha
sido compuesto sólo para ella, un acento que nunca podré borrar.
No
voy a pedir más café. Quiero una cerveza. Llevo dos horas y diez
minutos despierto y quizá no sea del todo malo agarrar del cuello a la
rutina y sentarla aquí a mi lado mientras esperamos. Es más, quizá los
recuerdos que me queman hayan sido prendidos por la llama de su ausencia
y los haya hinchado mi cerebro, atrofiado de tanto trasnochar. Quizá en
realidad no hay un bosque atlántico calado de rocío detrás de sus ojos
castaños, ni sea adorable su gesto, siempre sereno y como a medio
despertar. Quizá su sonrisa no sea tan brillante como la recuerdo,
cuando me miraba, tumbada, mientras se apartaba con la mano el pelo
negro que le caía sobre la cara. Quizá no haya un camino en su piel ni
un credo escrito en sus tatuajes. Quizá no venga. Ella nunca llega tarde
y son las ocho. Quizá no quiera darme las llaves porque no quiere
cerrar la puerta del todo. Quizá no sea tan malo pedir una cerveza. Voy a
hacerle un gesto al camarero porque son las ocho y uno y ella no va a
venir, porque ella nunca llega tarde. Porque en realidad todo esto ha
sido…
Mierda. Está cruzando la calle y me ha visto. Sonríe mientras se acerca. Y está radiante, ilumina. Preciosa.
Y el camarero viene hacia mí con otra taza de café.
miércoles, 26 de marzo de 2014
miércoles, 19 de marzo de 2014
Silencio oscuro
La vida tuvo color antes de fundirse a
negro. Durante algunos años el amanecer era un episodio de luz y no
sólo el cambio de compás en el diapasón que marcaba los latidos de
aquella ciudad de grises. Las tardes no eran entonces una sensación
de que se agudiza el frío o se evapora de a poco el calor. La noche
no fue siempre una obligación. Cerrar los ojos significaba algo.
Nunca fue un chico alegre, eso era cierto, pero la persiana de la
vida le había caído demasiado pronto y no encontró después ningún
motivo para cambiar, porque nada puede corregir quien está condenado
siempre a escribir en renglones torcidos. Lo peor de todo, sin
embargo, era la certeza de que la soledad nada tenía que ver con lo
oscuro, ya estaba solo antes de que todo se volviera negro. La
ceguera fue, más que un motivo, una coartada, una razón para
volverle la espalda a un mundo que mucho antes ya le había cerrado
la puerta sin abrir siquiera una ventana. Cuando alguno de sus
nervios oculares estalló por la presión y el gris fue entonces
blanco, y luego un negro intenso, hacía años que andaba a tientas.
Solo que a partir de entonces, y por primera vez, la gente se
apartaba.
Ella ponía cada noche el disco de
Miles Davis y dejaba caer la aguja, y se le iban los minutos viendo
aquel disco girar. Al principio sentía curiosidad por saber cómo
sonaba una trompeta, qué salía de las entrañas de un piano cuando
alguien se sentaba a tocar. Durante un tiempo, esa curiosidad se
convirtió en una ansiedad tan fuerte que dolía, físicamente
quemaba, pero no dejaba de poner ese disco, una noche y otra también,
para quedarse viéndolo girar mientras por dentro ardía. No le
importaba el arenoso amargor que le quedaba en la garganta al tragar
una vida que digería en silencio. Sorda y muda desde la cuna, había
aprendido a subtitular a su antojo una vida que ni ahora, con el
disco girando y la noche en un silencio que no era solo suyo, había
podido escuchar. Por eso, por la calle observaba a la gente que la
rodeaba y le ponía un subtítulo a cada rostro, un letrero a cada
mirada, y en muchos tenía sentido la soledad.
Y así iba él, caminando mientra a su
paso se apartaba el mundo cuando chocó con ella, que se había
quedado fija en un rostro que no sabía cómo subtitular. Y en el
segundo después del choque se cogieron, él a ella por los codos y
ella a él por las solapas, para evitar que el otro cayera, y sin
saberlo cayeron juntos y a gran velocidad. Y él le habló, pero ella
no leyó sus labios porque miraba directamente a sus ojos, y
comprendió que no había nada detrás. Y a pesar de que era ella la
que veía, fue él quien se dejó tocar. El mundo no se detuvo, pero
allí parados, en medio de la acera, parecía que hubieran chocado de
frente con una nueva oportunidad.
Y es tarde mientras el sol se filtraba
apagado por las rendijas de las persianas, se les hizo de noche
desnudos sobre la cama, sentados el uno frente a la otra, las piernas
rodeando la cintura ajena y las manos subiendo y bajando, sin dejar
un rincón por explorar.
Y él se calló para que no fuera suyo
todo el silencio.
Y ella cerró los ojos para que no
cargara él solo con todo el peso de la oscuridad.
Para mis musas favoritas
miércoles, 12 de marzo de 2014
Marrakech
La veo bostezando. De todas las
imágenes que guardé de ella ante la certeza de este periodo de
ausencia, mi memoria siempre elige la misma, ese lento amanecer que
repetía a menudo, a todas horas. Como si la imagen de su bostezo
fuera el faro que me guía a la costa de su recuerdo y fuera la luz
de su boca abierta lo primero que reconociera entre sus acantilados.
Era casi siempre un mar en calma al que el preente embravecía, por
eso decidimos vivir en tiempos compuestos, conjugarnos en direcciones
opuestas: yo elegí el pasado de su presencia y ella el futuro de su
partida. Los dos sabíamos que así era imposible encontrarnos.
Ignoro si a ella le importa, y durante un tiempo yo jugué a que no
me importara a mí, pero el embuste duró apenas unas horas. Se abrió
la puerta del tren y entraron todos juntos los fantasmas de mis
obsesiones, sensaciones conocidas que sólo difieren en el apellido
de sus puntos cardinales. Mi brújula siempre señala al norte.
Y así me vi, un par de días después,
como Cortázar en busca de la Maga. Con el telón de fondo del
francés, pequeñas diferencias nos separaban, insalvables en todos
los casos. Primero, el talento; porque sus letras llegaban a la
orilla armoniosas y las mías rompen contra el papel con una espuma
turbia que espanta. Segundo, el cielo; el suyo ordenado y gris del
París de siempre, y el mío arenoso y cálido de la siempre
desconocida Marrakech. Después, el éxito. “Andábamos sin
buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, decía
Cortázar de la Maga. Yo jamás la encontraré porque aunque no pare
de buscarla, y no pararé, desconozco siquiera si ella camina. Que no
me busca, eso sí lo sé.
¿Por qué Marrakech? Me asalta la
pregunta justo cuando el avión desciende y se extiende sobre mí el
desorden alocado de la polvorienda ciudad roja. Es una pregunta sin
respuesta. La única coartada que se me ocurre para estar aquí en
pensar que ella, de todos los sitios que tiene para huir, haya
elegido un lugar al que volver. Es absurdo, lo sé pero también fue
absurdo dejar que aquella noche amaneciera, que aquellos días se
acabaran y que lo único que quede de aquellas horas sean sus
recuerdos, los míos que en realidad son de ella. El bostezo, siempre
primero, sus manos frías. Ese aire de sueño perenne que convertía
cada momento en un sereno domingo por la mañana, ignorando que las
tardes son muy propicias para las despedidas. Aunque los adioses de
verdad empiecen con los amaneceres. Quise curarla, lo juro. Empleé
buena parte de aquel amanecer que fue de brasas en lamer todas sus
heridas, pero fue en vano. Después de las palabras que derramamos
volvía a tener las manos frías, y todas sus cicatrices sangraban.
Una hora después de llegar espero
pacientemente en la acera mi turno para jugarme la vida en un asfalto
por el que circulan, sin pudor ni conciencia alguna, un glosario de
vehículos y animales cuya única norma y objetivo es avanzar.
Imposible explicarle a los burros qué significa el rojo ceniciento
del semáforo cuando el que lleva las bridas no lo sabrá jamás.
Ahora que no hay camiones y en un choque contra un coche estoy seguro
de ganar, ahora que petardean motos de hace un par de siglos que
parecen toser mientras se acercan es el momento de cruzar. Pero es
ahora, justo ahora, cuando me asalta la duda de saber si fue ella
quien me habló de Marrakech o fui yo quien lo soñé. Quizá nunca
hubo polvo rojo bajo sus pies. Quizá sí que lo compartimos, en
realidad. De cualquier manera, no hay vuelta atrás. Con el primer
escalofrío de esta nueva visita gano con pasos ligeros la plaza de
Jamma el Fna y me preparo para la rudeza del zoco: manos en los
bolsillos, mirada perdida, pocas ganas de hablar. Rodeo a los
encantadores de serpientes que me parecen de todo menos encantadores,
y vuelvo los bolsillos del revés para que el mono que se me acerca
sepa que aquí no hay nada que rascar. Me mira casi con pena, y a
punto estoy de preguntarle si la ha visto, porque si la ha visto
seguro que la recuerda, es imposible de olvidar. Pero entonces me
acuerdo de que si lo hago, el mono y el tipo que hay al otro lado de
la cuerda van a querer unos dirhams, y aunque te hayan visto me van a
tratar de engañar.
Puedes estar en cualquier parte. Lo sé,
pero eso no me desanima, más bien al contrario; ni siquiera sé si
está aquí y esa remota opción de cruzarme contigo entre miles de
posibilidades me mantene alerta. A pesar del tiempo transcurrido
reconozco el zoco, siempre un lugar desconocido. Mientras sorteas el
río de gente son los olores los que te empujan, los colores los que
te observan a ti. Sin saber cómo uno pasa del olor pardo de la piel
de los bolsos y maletas al intenso verdor de los tintes naturales con
los que se da color a unas sedas que te acarician la cabeza cuando
pasas por debajo, y que no amortigua el bullicio de vendedores que te
llaman, de turistas que regatean en busca de un precio justo en una
ciudad injusta, del ciego que predica en voz alta y con el bastón en
la mano, la otra extendida por si compras una plegaria por tu
salvación con un puñado de dirhams. Pero no estás. Era lo más
probable y aun así me desalienta. Detrás del os pañuelos que
cuelgan no están tus ojos castaños, la vela de una de las
lamparitas metáclicas no se apaga en tus manos frías, no encuentro
entre la montaña de sabores el sabor de tu pelo negro. La primera
noche caigo rendido en el riad, pero la segunda vuelve a ser de
duermevela, como todas desde que no estás. Cuando cierro los ojos
asoma tu bostezo y a partir de ahí no te puedo parar. La noche es
tuya desde ese momento.
Al tercer día compro un bolso grande
para meter todo lo que te dejaste cuando te fuiste, básicamente a
mí. La ciudad mantiene su excitación diaria porque cada mañana
aterrizan nuevos turistas que llegan a Marrakech Menara como sangre
limpia al corazón que es la ciudad, que los bombea por todos sus
rincones y callejuelas y los recoge a la noche, exhaustos, sabiendo
que por la mañana tendrá rostros nuevos que filtrar. Pero para mí,
ya se ha acabado. Liquido mi cuenta en el riad y negocio un taxi al
aeropuerto: treinta dirhams a cambio de que se juegue mi vida tantas
veces como uno se la pueda jugar. El taxista acepta y el viejo
Mercedes no para nunca hasta que se encuentra junto a la marquesina
de entrada y hemos dejado atrás dos camiones con hambre y unos
caballos que se han llevado el susto de su vida, además de la jauría
de motos de rigor. En el aeropuerto, sello el billete de vuelta a
Madrid y brindo por ti en el país de los extremos con un vaso de
zumo de naranja. Relleno los impresos y recuerdo que en los de
entrada mentí, porque puse que venía por turismo y en realidad vine
a buscarte. Miento de nuevo en mi profesión y minutos después dejo
el abrigo del aeropuerto para caminar por la pista con los ojos
entrecerrados por el viento, mientras intento llegar al avión.
Levanto la vista para observar cuánta gente deja atrás Marrakech y
en el otro lado de la pista veo otro avión, otro reguero de gente,
otra próxima salida.
Y en los últimos peldaños de la
escalera de la puerta delantera estás tú. El pelo suelto, el
pañuelo al cuello. Los ojos con ese aire de sueño tan de domingo
por la mañana. Te paras un segundo y bostezas, y por primera vez en
mucho tiempo mi memoria te conjuga en presente. Y cambio el pasado
por el futuro, y el bolso de tu ausencia que compré el último día
es ahora una maleta que llenar de cosas para ir a buscarte.
Porque si ambos hemos estado aquí,
quizá haya una opción de encontrarte. Porque quizá, como Cortázar,
y perdóname la osadía, yo pueda llenar mis días en busca de la
Maga.
Porque ahora Marrakech es, para mí, la
ciudad más acogedora del mundo.
jueves, 9 de enero de 2014
Nochevieja
En medio del jolgorio primero fue el
silbido. Subió entre las voces de la gente y los gritos de
recibimiento al año nuevo y llegó hasta la punta del cielo, allí
donde el eco ya no encuentra un momento para la réplica. Alzó la
vista un instante desde la presidencia ojerosa de su balcón y vio
cómo el silbido rompía en una lluvia de colores vivos: rojos,
verdes y azules que el gentío recibió con alegría pero en los que
su pupila, domesticada con el amargor de la ginebra, acertó a
diagnosticar diferentes tonos de melancolía. Vio aquellos pequeños
reflejos que parecían de cristal caer sobre las cabezas de un montón
de tipos que maquillaban con risas su infelicidad ante los propósitos
del nuevo calendario y echó la última ojeada a la plaza antes de
volver al interior del estudio y sentarse junto al cenicero, frente a
la máquina de escribir, dejando el balcón abierto a pesar del frío.
Se arremangó las mangas de la mugrienta camisa y miró fijamente al
folio en blanco que, desde la cama del carrete, le desafiaba.
Cogió el paquete de tabaco arrugado
que había sobre la mesa y rescató de su interior un arrugado
pitillo que estiró con cuidado con la yema de dos dedos antes de
llevárselo a los labios. Cogió el mechero y lo encendió, sin poder
evitar que el humo que escupió el cigarro se le colara por uno de
los ojos y le hiciera llorar como un niño, como cada vez que buscaba
el consuelo de la nicotina. Cerró los ojos y los abrió lentamente,
y cuando la lágrima hubo pasado se llevó el cigarrillo de nuevo a
los labios y chupó con fuerza, llevándose en el envite medio
pitillo, medio pulmón y seguro que también media vida. Lo apoyó
con cuidado en el cenicero, donde habría de morir sin más besos que
el ya recibido, y echó en el vaso tres dedos de ginebra que se bebió
de un trago, como hacía siempre con las cosas que merecía la pena
paladear. Miró a su izquierda y vio la pequeña cama deshecha, con
las sábanas revueltas y vacía, como siempre. Entrelazó los dedos y
los hizo crujir ante su cara. Los apoyó con suavidad sobre el
teclado de la vieja máquina, y sin más, empezó a escribir.
Y escribió, primero, sobre una tibia.
Mejor dicho, sobre la piel blanca que cubría una tibia que,
levantada por la curva de una rodilla en alto, desafiaba al brillo de
la luna desde una cama de sábanas desordenadas. Una tibia de mujer
tan marcada por el ángulo como por la pureza de la piel de un cuerpo
que ahora recorta su perfil tumbado sobre una cama estrecha. Los
dedos sólo paran de teclear para desenganchar con un ligero
movimiento las dos matrices que ocasionalmente se abrazan y confunden
en su intento por estamparse en el folio, pero ni siquiera el espacio
casi en blanco que queda tras la confusión detiene su mecánico
teclear, su escribir furioso. En apenas unas líneas ha roto a sudar,
y el amargor de la ginebra remonta el cuerpo garganta arriba y se le
escapa como vapor entre los dientes, apretados. Y el estómago pide
más. Pero él sólo se aparte del folio y de la máquina de manera
momentánea, en un vistazo a su izquierda para caputara bien la cama
vacía y no parar de escribir.
Y escribe No para. Siembra unos lunares
al azar en la fina piel de la pierna mientras recorre hacia arriba el
camino del exceso. El muslo se redondea a partir de la rodilla pero
sigue siendo una pierna fina, casi de chiquilla, porque las poetas
que follan en realidad nunca envejecen. Y en la otra pierna, gemela,
de lado sobre la cama, se adivina la sombra de un mordisco justo a
medio camino del no debería haber venido y del no te vayas nunca. Y
el vello es apenas una sombra por debajo del ombligo, y hay otro
lunar, éste sí, más grande, colgado del hueso de la cadera. En el
vientre qudan pintadas aún unas gotas de sudor que convierten la
silueta en una mujer brillante, un destello con diamantes de sal en
un territorio en el que las caricias son obligatorias. Pecado arriba,
dos pechos pequeños, puntiagudos, dos desafíos. Y en medio el hoyo
del cuello que da inicio a la garganta, una piel más frágil que el
resto, más tensa, más vibrante. Pálida ante el rojo de unos labios
de boca entreabierta, de dientes en un mordisco simulado, de súplica
a medio entender. El pelo negro como el marco de una noche, y nos
ojos entornados que son pequeños días a punto de amanecer. Y él
que escribe, que no para. Teclea con furia, con fiebre. Suda y vuelve
a desviar un momento la vista para enmarcar de nuevo la cama y
seguir...
Se frena en seco. Los dedos se detienen
y se queda congelado, lso ojos bien abiertos en medio del silencio.
Hasta la plaza y la Nochevieja parecen haberse ido por completo. Dos
matrices han quedado enganchadas muy cerca del carrete, pero él no
puede apartar la vista de la cama, desde donde la piel de una tibia
amenaza con hacerle enloquecer. La piel y los lunares, colocados al
azar, también desafiantes. No puede moverse siquiera cuando ella
abre los ojos y se incorpora, y se apoya sobre los codos, y el pelo
moreno le cae por un lado de la cara y subraya su sensualidad. Así
permanece unos instantes en los que la ve morderse el labio antes de
ponerse de pie y caminar desnuda hacia él. Pasa por su espalda y él
cierra lo ojos mientras ella le desliza un dedo de hombro a hombro,
por encima de la camisa empapada en sudor, mientras se piede hacia la
puerta. No puede apartar la vista ahora de su espalda mientras la ve
salir del estudio. Cuando espera el portazo, en realidad llega un
silbido que le hace reaccionar.
Y vuelve el alboroto conocido de la
gente, allá abajo en la plaza.
Y a su lado, la cama está vacía. Pero
la mujer sigue tumbada entre las sábanas en el folio, tal y como la
dejó, con los ojos cerrados.
Y el silbido sube al cielo y se rompe,
y cae en más verdes, más rojos, más azules.
Más melancolía.
Y el cigarro se ha consumido por
completo. Y no queda ginebra. Aun así, baja el folio unos renglones
y pone las manos sobre el teclado, para escribir.
Y escribe.
“Tampoco las mujeres que invento se
quedan conmigo a dormir”.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
El último poema
El último poema que me aprendí tenía
los ojos claros, el pelo negro y los labios rojos. Tenía la piel tan
blanca que nadie hubiera dicho que cobijara un corazón cubierto de
cicatrices, ardiente como la arena de la playa en una noche de San
Juan. En cambio, el beso de sus dedos era frío como una cuchilla, y
sólo sobre el papel encontraba la forma de soltar el calor que por
dentro desprendía, eran sus versos una particular manera de arder.
El último poema que me aprendí cantaba en italiano muy bajito
mientras cocinaba, y lo hacía medio desnuda, probando la comida con
los dedos y arrugando la nariz si la salsa de tomate se le amargaba.
Escribía sentada en el suelo y yo la veía desde el sofá, sus pies
asomando por la otra parte de la mesa baja mientras se concentraba en
elegir la palabra más certera, la que más piel levantaba. El último
poema que me aprendí tenía la rima asonante de sus pies envueltos
siempre en gruesos calcetines de lana. En la cama era un soneto; al
amanecer, una elegía.
La conocí en un pequeño cafetín de
la plaza en una de esas tardes en la que dejaba atrás la redacción
para buscar el aire que me faltaba el día después del cierre. El
camarero dejó sobre mi mesa una segunda jarra de cerveza y cuando
bajé el libro para darle las gracias la vi, enfrente, dejando sobre
un platillo blanco una gran taza de té. Se mordió ligeramente el
labio superior y levantó la vista para descubrirme con la mirada
fija en ella, antes de sonreír levemente y volver a la lectura
mientras yo me preguntaba cuántas veces me diría que no hasta que
aceptara poner mi nombre a uno de sus atardeceres. Fueron tres. La
primera vez no se tomó el té que le mandé desde mi mesa. La
segunda lo aceptó y levantó la vista un momento para dibujar en el
aire, en silencio, un 'gracias' que a mí me supo como un primer
beso. La tercera vez que me negó vino a sentarse junto a mí y
propuso invitarme ella. Cuando me ofrecí a acompañarla a casa me
dijo que no caminaba junto a tipos que bebieran cerveza. Dos cierres
después de la primera vez que la vi me senté directamente en su
mesa. Bajó el libro y me miró, al tiempo que llegaba el camarero a
ver qué iba a tomar el caballero. “Una cerveza”, dije, sin dejar
de mirarla. Cerró el libro y lo dejó entre nosotros. Un par de
horas después repasaba con mi nariz cada una de sus vértebras.
Era la primera vez que desnudaba a una
poeta y juro que temblé más que aquel adolescente que fui en el
invierno de la primera vez, mientras me preguntaba cómo sería
aquello de desear sin nada que perder. Juto también que aquella
tarde me lo jugué todo, y que no perdí nada. Me dejé beber por
esos ojos bien abiertos que lo tomaban todo de mí mientras sus manos
enmarcaban mi cara. Debajo de cada prenda tenía un verso escondido,
y cuando la tarde se hizo noche y a la noche le dio por amanecer yo
me los sabía todos de memoria.
Ella, por supuesto, también. Al día
siguiente tenía en mi buzón de la redacción uno de sus poemas,
cerrado con las seis letras de su nombre como firma. Seis fueron
también las semanas que pasamos juntos cada anochecer. Algunas veces
se vestía tan solo por el placer de examinarme ante el reto de
volverla a desnudar. No dejó de escribir ni una sola mañana. De vez
en cuando, salíamos de la mano a pasear por la ciudad y nos
colábamos en todos los portales abiertos. Reía cada día como si el
mundo se le fuera a acabar. En sólo dos semanas, yo ya bebía té
todas las tardes. Alguna vez llegué a creer de verdad que aquello
jamás se iba a acabar.
Seis semanas, seis, con un poema en el
buzón todas las mañanas. Yo, casi instalado en su casa, le daba
cuerpo allí a mis reportajes. Se nos iban las horas, a ella sentada
en el suelo, escribiendo; a mí tecleando en el ordenador. “Siempre
escribes cosas tristes”, me decía, sin saber que la realidad
muchas veces lo era. “Quizá esto no lo sea”, intentaba engañarla
yo. Era en vano. El segundo día me confesó que sabía si mi texto
era triste por el ruido que hacía en el teclado al escribir. Sus
poemas, en cambio, tenían el silencio de la buena vida.
Hacia la cuarta semana, eso cambió.
Había rastros de tristeza en sus poemas, ya no era todo sonrisas lo
que arrojaba cada día el buzón. Mi realidad la estaba contaminando.
La semana siguiente dejó de cantar en la cocina. La sexta semana la
descubrí llorando mientras escribía y quise ofrecerle un refugio en
la cama, y allí, después de la batalla, me recitó los versos más
tristes que había escuchado nunca. Al final de la semana guardé el
protátil, recogí mís cosas y me marché. Solo le dejé una nota.
'No quiero ensuciarte más'.
Al lunes siguiente tenía un nuevo
poema en el buzón. Todavía tardó unos días en arrancarse del todo
la tristeza. Cuando no quedaba en sus letras ningún rastro de mí me
decidí a volver al café. Pedí un té y me puse a repasar unas
notas. No sé cuándo llegó, pero de pronto la vi sentada en su mesa
de siempre. Me miró, luego miró el té y volvió a mí, y sonrió.
Yo me encogí de hombros y reí mientras ella volvía a su libro, y
me quedé observándola un rato más, recitándola desde la
distancia. Cuando el camarero pasó por mi lado había escrito en mi
cuaderno una verdad. 'Podía haber sido la mujer de la vida de
cualquiera, y fue a elegirme a mí'. El camarero leyó la frase en el
cuaderno, miró la taza de té y salió del paso como pudo.
“¿Está frío? ¿Le caliento más
agua?”, me preguntó.
Levanté la vista un momento y la miré.
“No”, le dije, “traígame mejor una cerveza”.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Un retrato en blanco y negro
Llevaba noches soñando con una piel
que no conocía. Le sucedía a menudo que la memoria le traicionaba y
mezclaba olores con sabores, el sudor de una mujer con el aliento
cálido de otra, pero aquello era diferente. No le había pasado
nunca. Aquel sueño que primero fue una noche de inquietud se
convirtó pronto en una obsesión, en una coartada para adelantar el
invierno y provocar una oscuridad ficticia a media tarde para
buscarla, para coincidir con ella en cualquier rincón imaginario y
recopilar pistas que le llevaran a encontrarla. Sin saber siquiera si
existía sentía crecer en su interior la necesidad de conocerla.
¿Quién decía que era real? Quizá la
mente hubiera agotado las múltiples combinaciones que ofrecía el
cajón de los recuerdos y estuviera sumando detalles escogidos al
azar de los actores secundarios que pueblan la película cotidiana de
la realidad. El olor de la chica que iba dos filas delante en el
autobús, y con la que no cruzó ni una sola palabra; o el pequeño
grito que nació de la oscuridad del cine y que le erizó el vello
del brazo, sin que pudiera identificar después a la autora con las
luces encendidas. Eso lo explicaría todo. Porque cómo si no iba a
tener una mujer el destello racial del día y la serena calma de la
noche; cómo, si era real, llevaría tatuado sobre la piel al sol y a
la luna, discutiendo por el brillo de su cuerpo. Cómo una piel tan
cálida podía provocar aquel escalofrío.
Se limitó, pues, a soñarla. Se
convenció de que no era real y se esforzó por aprendérsela en
sueños.
Seguro de que no existía, se la sabía de memoria. Sin
saber de dónde lo había sacado, se acostumbró a un olor que le
acompañaba todas las noches. La besó tantas veces que se le venía
al paladar ese regusto de mar en calma que dejaba después de irse,
al retirarse de la costa de la noche tras un amanecer de marea baja.
Podía identificar el ángulo que formaba su cuello cuando se
descubría entero para él, medir la profundidad del pequeño hoyo
que se formaba bajo su garganta, allí donde las clavículas se
enganchan. Sabía que no existía, pero mientras pudiera soñarla
aquello no le importaba.
Saciado como estaba por la ferocidad de
sus sueños el mundo le sorprendió con la guardia baja. En aquella
sala fría caldeada solo en el centro el presente le llegó con las
manos heladas. Dispersos en torno a una tarima central, una veintena
de alumnos preparaban los utensilios para pintar aquella mañana. La
estancia olía a alcohol, pero aquella esencia hasta entonces
imaginaria le envolvió desde atrás segundos antes de ver la espalda
de una mujer envuelta en un albornoz: el pelo corto, la nuca recién
mostrada. Llegó al centro de la sala y antes de que dejara caer la
prenda azul supo que era ella, y no le sorprendió descubrir en su
desnudez rincones ya visitados: el cuello terso, el hoyo de la
garganta, la luna y el sol escritos sobre el vientre, el pequeño aro
de plata luciendo en uno de sus pies. Se acomodó sobre la peana y le
miró fijamente. Dejándose beber por esos ojos, empezó a dibujarla.
Una hora después, el resto de alumnos
ya se había levantado y retirado con sus lienzos. Ella seguía
mirándole pintar. No cogió la paleta en ningún momento, y unos
minutos después el carboncillo casi se había consumido entre sus
dedos. Dejó los restos junto al pequeño atril y observó sus sueños
convertidos en realidad, en un retrato en blanco y negro.
Inconscientemente, se llevó la mano a la cara y se dejó unas marcas
negras a ambos lados de la nariz. Ella, desde el centro de la sala,
sonrió.
No estaba muy seguro de si lo que vino
después fue real o sólo uno más de aquellos sueños. No sabía si
era real la marca del mordisco que sentía en el cuello, ni los
surcos que tres uñas habían dibujado en su espalda. Boca arriba,
sobre la cama, a la mañana siguiente, intentaba discernir si aquello
en realidad había pasado. Cerró los ojos y una imagen acudió a su
mente: la de ella recién duchada, con la piel envuelta en gotas de
agua aún calientes, deslizándose junto a él bajo las mantas.
Estiró la mano y notó las sábanas mojdas, todavía tibias, y supo
que no había sido un sueño sino un recuerdo lo que su mente acababa
de rescatar.
Miró hacia un lado y vio el retrato
junto a la ventana. No era justo que de un sueño en color saliera
una realidad en blanco y negro. Agarró un lápiz de cera y rellenó
lso labios del dibujo con un color. Sin quererlo, sin pensarlo, con
ello puso nombre también a sus futuros recuerdos...
...Rosa.
viernes, 18 de octubre de 2013
Y el mundo sigue andando
Para ellos era como un ritual. No sé
cuándo se inició ni si ya andábamos por aquí los pequeños que
ahora somos grandes y que vinimos a llenar las ausencias que más
tarde se crearían, pero la primera noche que los vi me sentí crecer
un poco, como si empezara a entender de qué iba esto del mundo con
tan solo siete años. Abrí los ojos entre el sudor de una pesadilla
temprana y escuché la música bajo la puerta, colándose por las
rendijas. Y entonces los vi: giraba sobre el viejo tocadiscos una
música serena sobre la que una voz lloraba mientras mis padres
bailaban, con pasos muy cortos, en el espacio reducido del salón. La
puerta entreabierta me los enseñó cogidos de la mano, con la otra
rodeándose las cinturas y las cabezas pegadas, una al lado de la
otra, tocándose. En el primer acorde que presencié vi los ojos de
mi padre cerrados, unos acordes después estaban también cerrados
los de mi madre, su mujer, mientras ellos giraban muy despacio al
ritmo de un lamento que más tarde supe que era de Carlos Gardel.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue
andando.
Volví al escondite de la puerta a la
noche siguiente, pero el salón sólo me devolvió oscuridad. Seis
noches conté tragándome silencios hasta que el lunes siguiente,
desde la cama, volví a sentir los primeros acordes y salí disparado
hacia ala luz: allí estaban de nuevo, los dos, abrazados. Moviéndose
despacio, dejando que la noche fuera solo suya.
Su boca que era mía ya no me besa más.
Hubo entre ellos muchos años y esos
años tuvieron muchos lunes. Todos esos lunes tuvieron sus noches. A
cada noche le correspondió un baile. Nunca repitieron, no había más
que una canción por semana. Eran tres minutos para ellos solos, una
pequeña pausa que se concedían en mitad del teatro cotidiano para
reafirmar, quizá, que aquello que habían construido y que seguían
edificando no se podría derruir jamás. Descubrí su secreto con
siete años, me fui de casa con veinte. En esos trece años crecí
con aquella costumbre de lunes, con ese baile tranquilo de semana en
semana. En esos trece años temblé desnudando a algunas mujeres,
sudé de manera inconsciente sobre otras pieles en las filas traseras
del cine y me descubrí llorando muchas noches por aquella que se
fue. Jamás encontré nada que se pareciera a aquellos tres minutos
de pasos entrelazados al ritmo de Gardel. Nunca descubrí mejor
definición del amor.
Fue mía la piadosa dulzura de sus
manos.
Siempre creí que exportaría aquel
baile a mi vida cotidiana, pero llegado el momento de la verdad no
supe cómo hacerlo. Tampoco pregunté nunca cómo lo habían hecho
ellos porque no hubiera encontrado una razón. Un lunes por la noche
mi padre levantó la aguja del tocadiscos y la dejó suavemente sobre
los surcos de la pena de Gardel. El baile fue, simplemente, lo que
tenía que pasar.
Por qué tus alas tan cruel quemó la
vida.
No pudo la pobreza, que la hubo,
detener ese danzar melancólico ni una sola semana. Tampoco pudo la
enfermedad. Aun convalecientes, se levantaban de la cama para robarle
tres minutos a la debilidad y construir su pequeño castillo de pasos
cortos, cada vez más arrítmicos, todos los lunes por la noche. No
compartí el secreto con nadie. Cuando se acercaba la hora de
costumbre, que los años adelantaron poco a poco, dejaba mi casa, a
unas manzanas de allí, para ir hasta la suya con la excusa de fumar
y sentarme en la puerta, sin llamar, con la oreja pegada a la madera
y los ojos cerrados, mientras escuchaba muy de fondo la música y los
imaginaba bailar.
Yo sé que ahora vendrán caras
extrañas.
Llevaban muchos bailes en las plantas
de los pies cuando a él se le fue la vida. Murió un domingo, fiel a
su costumbre de terminar todo aquello que empezaba. Ese lunes, en
medio de la involuntaria intimidad que te concede el luto vi a mi
madre sentada en el sofá, con casi noventa años, los pies colgando
como una niña. La cabeza baja. '¿En qué piensas, mamá?', le dije.
Levantó la frente y me miró desde aquellos ojos escondidos detrás
de sus mil arrugas, antes de decirme con toda la pena que pudo
reunir: 'que no sé poner la música'. Cuando llegó la noche dejé a
Gardel catando y fui a rescatarla del sofá. Cuando pudo levantarse
la canción ya iba por la mitad, pero nos dio el tiempo suficiente
para dar unos pasos en aquel salón. Los años de su mano sobre los
errores de la mía. Su mano fría. Me pregunté si con mi padre
también las tenía así o era, simplemente, que se había empezado a
apagar.
La muerte agazapada marcaba su compás.
La semana pasada no pude sacarla a
bailar. No pudo levantarse. Aun así puse el disco y me senté con
ella en el sofá. Le cogí la mano y dejamos que Gardel nos cantara.
Se fue tres días después. Y hoy, lunes, he vuelto a la casa que ya
hemos puesto en venta a poner el disco por última vez, y mientras
dejo que el humo del cigarro se estrelle contra el techo me parece
sentir sus pies sobre las baldosas: no son los pasos decididos de
aquella primera vez; son pies que se arrastran por los muchos años
de vida, por las muchas horas de baile. Y no necesito hacer memoria
para saber qué canción me vino a la mente cuando sus ojos se
cerraron.
...y el mundo sigue andando.
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