miércoles, 26 de marzo de 2014

Café solo

Llevo dos horas despierto y me estoy bebiendo un café. Para mucha gente este dato puede ser habitual, cotidiano, pero para mí no. Lo normal es que ahora mismo me estuviera bebiendo una cerveza. Un momento, ¿hoy qué es? ¿Jueves? Sí, pues eso, una cerveza. De lunes a jueves, cerveza; viernes y domingo, ginebra; el sábado cualquier cosa que me pongan con un poco de hielo. Ese calendario es el único resquicio de orden que ahora mismo le permito a mi vida, que mantengo desde que ella se fue. Ella. Ahora hablaré de ella. Hay un cierto orden en el caos, como digo, una rendija de luz. Como bebo por las noches y vomito algunas madrugadas, siempre duermo por el día. Me levanto a media tarde y ahí empieza el control: nada de alcohol hasta que llevo dos horas despierto. Anoche bebí y no vomité, he dormido durante el día y desperté justo hace dos horas, y aquí estoy, echando el segundo azucarillo en una enorme taza de café. Hay días en los que la rutina es imposible de sostener, incluso cuando se trata de una tan difusa como la mía.
Tenía que haberme afeitado. Sé que ahora hay tipos que se pasan horas delante del espejo para salir de casa fingiendo un perfecto desaliño, pero lo mío es distinto. Se me nota a la legua que estoy jodido de verdad. Normalmente paso desapercibido en el Infierno, el bar al que acudo todos los días a ver si por fin me mato, pero eso, más que mérito mío, es demérito del entorno. En primer lugar, aquel garito es un antro, así que la oscuridad beneficia a todos los que lo frecuentamos, que podemos beber sin que nadie nos mire fijamente ni nos moleste. En segundo lugar, es un local de alterne, y ni siquiera es de los buenos, así que yo, que acudo allí sin vicios y con el único castigo de la bebida y en busca de un rincón de oscuridad, formo parte de la clientela más selecta de aquel antro de alterne. Además, he trabado cierta amistad con la dueña, Mariela, que atiende la barra vestida siempre con un corsé que evidencia tiempos mejores, y que se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en mi confesora y casi consejera. Además de por la paliza que le pegó un día a un desgraciado que se pasó de la raya en el Infierno, allí donde no hay muchos límites, Mariela también es famosa porque rara vez se equivoca. Para desgracia mía. Cuando le hablé de ella no se lo pensó dos veces. “Esa chica te va a costar la vida, Nacho”, me dijo, y ese día empecé a fumar a ver si el tabaco le quitaba la razón a la camarera, pero ni por esas. Joder, tenía que haberme afeitado. Debo tener un aspecto lamentable a pesar de haberme puesto mi mejor camisa, es decir, la única decente. La llevo arremangada a pesar de que empieza a refrescar para que no se note que los puños están manchados. Quizá si no parezco tan jodido ella se crea de una vez eso que le he dicho en demasiadas ocasiones, que puedo cambiar.
Fue ella la que me llamó. “Quiero saber de ti, cómo estás”, me dijo, y propuso que quedáramos para devolverme las llaves de mi casa. Hace tiempo que lo dejamos, pero aún las tenía, y ese simple hecho me hacía albergar la esperanza de que abriera la puerta un día y todo empezara de nuevo, y volviéramos a llenar los días de un montón de primeras veces, porque son esos pequeños despertares los que todavía me queman por dentro. La primera vez que la vi, la primera vez que sonrió, la primera vez que me habló. La primera vez que la vi salir de la ducha con el pelo mojado cayéndole a los lados de la cabeza y una cortina de vaho tras de sí. La primera vez que la vi dormir, la primera vez que se despertó para besarme y para volverse a echar la almohada encima de la cara. La primera vez que se enfadó de veras, la primera vez que lloró junto a mí. La primera vez, también, que me dejó. Y ahora, para la que será la última vez que me deje, me dio una hora y una dirección, y me sacó de la oscuridad de mis tardes a la luminosidad de una cafetería tan pulcra que cuando llevaba tres minutos dentro he sentido la imperiosa necesidad de salir a respirar, y aquí estoy, en la terraza, empalmando un pitillo con otro para tratar de poner algo de humo a la despedida, para que el recuerdo, a fuerza de ser algo borroso, duela un poco menos. La gente que me rodea empieza a preguntarse quién es ese tipo que fuma y que, llevando dos horas despierto, va a pedir otra taza de café.
Cuando el camarero se va enciendo otro cigarrillo y aguanto la primera calada dentro tanto tiempo como puedo antes de toser. El tabaco mata, dicen, pero no lo suficientemente deprisa. Vamos Nacho, suéltalo hombre, que estás dando la nota. Buen chico. A las ocho, me dijo ella, y como sé que siempre llega puntual preferí adelantarme e inspeccionar el sitio. Ni siquiera el día me acompaña. Desde que fijamos la cita del adiós he rezado todos los días para que lloviera, porque en todas las despedidas románticas hay algo de lluvia, ¿no? Al de arriba debió entrarle la plegaria al buzón del correo no deseado, porque el cielo está limpio y el sol brilla en mitad de la tarde, a pesar del fresco. No le culpo. Dudo que conociera siquiera la dirección del remitente.
Ocho menos tres minutos, no va a tardar mucho en llegar. El final se acerca y me resisto a repetir su nombre, y he dicho bien, su nombre, porque es suyo y de nadie más. Hasta que la conocí, no lo había escuchado en mi vida, y dudo mucho que en el futuro me lo vuelva a cruzar y se me vuelva a atravesar de esta manera. Ni siquiera en eso tengo algo de fortuna, porque podría llamarse Ana y sería fácil de borrar: bastaría con encontrar otras ‘Anas’ con las que mitigar su recuerdo. O María, hay muchas marías, alguna incluso en el Infierno. Pero no. Tiene un nombre que para mí ha sido compuesto sólo para ella, un acento que nunca podré borrar.
No voy a pedir más café. Quiero una cerveza. Llevo dos horas y diez minutos despierto y quizá no sea del todo malo agarrar del cuello a la rutina y sentarla aquí a mi lado mientras esperamos. Es más, quizá los recuerdos que me queman hayan sido prendidos por la llama de su ausencia y los haya hinchado mi cerebro, atrofiado de tanto trasnochar. Quizá en realidad no hay un bosque atlántico calado de rocío detrás de sus ojos castaños, ni sea adorable su gesto, siempre sereno y como a medio despertar. Quizá su sonrisa no sea tan brillante como la recuerdo, cuando me miraba, tumbada, mientras se apartaba con la mano el pelo negro que le caía sobre la cara. Quizá no haya un camino en su piel ni un credo escrito en sus tatuajes. Quizá no venga. Ella nunca llega tarde y son las ocho. Quizá no quiera darme las llaves porque no quiere cerrar la puerta del todo. Quizá no sea tan malo pedir una cerveza. Voy a hacerle un gesto al camarero porque son las ocho y uno y ella no va a venir, porque ella nunca llega tarde. Porque en realidad todo esto ha sido…
Mierda. Está cruzando la calle y me ha visto. Sonríe mientras se acerca. Y está radiante, ilumina. Preciosa.
Y el camarero viene hacia mí con otra taza de café.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Silencio oscuro

La vida tuvo color antes de fundirse a negro. Durante algunos años el amanecer era un episodio de luz y no sólo el cambio de compás en el diapasón que marcaba los latidos de aquella ciudad de grises. Las tardes no eran entonces una sensación de que se agudiza el frío o se evapora de a poco el calor. La noche no fue siempre una obligación. Cerrar los ojos significaba algo. Nunca fue un chico alegre, eso era cierto, pero la persiana de la vida le había caído demasiado pronto y no encontró después ningún motivo para cambiar, porque nada puede corregir quien está condenado siempre a escribir en renglones torcidos. Lo peor de todo, sin embargo, era la certeza de que la soledad nada tenía que ver con lo oscuro, ya estaba solo antes de que todo se volviera negro. La ceguera fue, más que un motivo, una coartada, una razón para volverle la espalda a un mundo que mucho antes ya le había cerrado la puerta sin abrir siquiera una ventana. Cuando alguno de sus nervios oculares estalló por la presión y el gris fue entonces blanco, y luego un negro intenso, hacía años que andaba a tientas. Solo que a partir de entonces, y por primera vez, la gente se apartaba.
Ella ponía cada noche el disco de Miles Davis y dejaba caer la aguja, y se le iban los minutos viendo aquel disco girar. Al principio sentía curiosidad por saber cómo sonaba una trompeta, qué salía de las entrañas de un piano cuando alguien se sentaba a tocar. Durante un tiempo, esa curiosidad se convirtió en una ansiedad tan fuerte que dolía, físicamente quemaba, pero no dejaba de poner ese disco, una noche y otra también, para quedarse viéndolo girar mientras por dentro ardía. No le importaba el arenoso amargor que le quedaba en la garganta al tragar una vida que digería en silencio. Sorda y muda desde la cuna, había aprendido a subtitular a su antojo una vida que ni ahora, con el disco girando y la noche en un silencio que no era solo suyo, había podido escuchar. Por eso, por la calle observaba a la gente que la rodeaba y le ponía un subtítulo a cada rostro, un letrero a cada mirada, y en muchos tenía sentido la soledad.
Y así iba él, caminando mientra a su paso se apartaba el mundo cuando chocó con ella, que se había quedado fija en un rostro que no sabía cómo subtitular. Y en el segundo después del choque se cogieron, él a ella por los codos y ella a él por las solapas, para evitar que el otro cayera, y sin saberlo cayeron juntos y a gran velocidad. Y él le habló, pero ella no leyó sus labios porque miraba directamente a sus ojos, y comprendió que no había nada detrás. Y a pesar de que era ella la que veía, fue él quien se dejó tocar. El mundo no se detuvo, pero allí parados, en medio de la acera, parecía que hubieran chocado de frente con una nueva oportunidad.
Y es tarde mientras el sol se filtraba apagado por las rendijas de las persianas, se les hizo de noche desnudos sobre la cama, sentados el uno frente a la otra, las piernas rodeando la cintura ajena y las manos subiendo y bajando, sin dejar un rincón por explorar. 

Y él se calló para que no fuera suyo todo el silencio.
Y ella cerró los ojos para que no cargara él solo con todo el peso de la oscuridad.

Para mis musas favoritas

 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Marrakech

La veo bostezando. De todas las imágenes que guardé de ella ante la certeza de este periodo de ausencia, mi memoria siempre elige la misma, ese lento amanecer que repetía a menudo, a todas horas. Como si la imagen de su bostezo fuera el faro que me guía a la costa de su recuerdo y fuera la luz de su boca abierta lo primero que reconociera entre sus acantilados. Era casi siempre un mar en calma al que el preente embravecía, por eso decidimos vivir en tiempos compuestos, conjugarnos en direcciones opuestas: yo elegí el pasado de su presencia y ella el futuro de su partida. Los dos sabíamos que así era imposible encontrarnos. Ignoro si a ella le importa, y durante un tiempo yo jugué a que no me importara a mí, pero el embuste duró apenas unas horas. Se abrió la puerta del tren y entraron todos juntos los fantasmas de mis obsesiones, sensaciones conocidas que sólo difieren en el apellido de sus puntos cardinales. Mi brújula siempre señala al norte.
Y así me vi, un par de días después, como Cortázar en busca de la Maga. Con el telón de fondo del francés, pequeñas diferencias nos separaban, insalvables en todos los casos. Primero, el talento; porque sus letras llegaban a la orilla armoniosas y las mías rompen contra el papel con una espuma turbia que espanta. Segundo, el cielo; el suyo ordenado y gris del París de siempre, y el mío arenoso y cálido de la siempre desconocida Marrakech. Después, el éxito. “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, decía Cortázar de la Maga. Yo jamás la encontraré porque aunque no pare de buscarla, y no pararé, desconozco siquiera si ella camina. Que no me busca, eso sí lo sé.
¿Por qué Marrakech? Me asalta la pregunta justo cuando el avión desciende y se extiende sobre mí el desorden alocado de la polvorienda ciudad roja. Es una pregunta sin respuesta. La única coartada que se me ocurre para estar aquí en pensar que ella, de todos los sitios que tiene para huir, haya elegido un lugar al que volver. Es absurdo, lo sé pero también fue absurdo dejar que aquella noche amaneciera, que aquellos días se acabaran y que lo único que quede de aquellas horas sean sus recuerdos, los míos que en realidad son de ella. El bostezo, siempre primero, sus manos frías. Ese aire de sueño perenne que convertía cada momento en un sereno domingo por la mañana, ignorando que las tardes son muy propicias para las despedidas. Aunque los adioses de verdad empiecen con los amaneceres. Quise curarla, lo juro. Empleé buena parte de aquel amanecer que fue de brasas en lamer todas sus heridas, pero fue en vano. Después de las palabras que derramamos volvía a tener las manos frías, y todas sus cicatrices sangraban.
Una hora después de llegar espero pacientemente en la acera mi turno para jugarme la vida en un asfalto por el que circulan, sin pudor ni conciencia alguna, un glosario de vehículos y animales cuya única norma y objetivo es avanzar. Imposible explicarle a los burros qué significa el rojo ceniciento del semáforo cuando el que lleva las bridas no lo sabrá jamás. Ahora que no hay camiones y en un choque contra un coche estoy seguro de ganar, ahora que petardean motos de hace un par de siglos que parecen toser mientras se acercan es el momento de cruzar. Pero es ahora, justo ahora, cuando me asalta la duda de saber si fue ella quien me habló de Marrakech o fui yo quien lo soñé. Quizá nunca hubo polvo rojo bajo sus pies. Quizá sí que lo compartimos, en realidad. De cualquier manera, no hay vuelta atrás. Con el primer escalofrío de esta nueva visita gano con pasos ligeros la plaza de Jamma el Fna y me preparo para la rudeza del zoco: manos en los bolsillos, mirada perdida, pocas ganas de hablar. Rodeo a los encantadores de serpientes que me parecen de todo menos encantadores, y vuelvo los bolsillos del revés para que el mono que se me acerca sepa que aquí no hay nada que rascar. Me mira casi con pena, y a punto estoy de preguntarle si la ha visto, porque si la ha visto seguro que la recuerda, es imposible de olvidar. Pero entonces me acuerdo de que si lo hago, el mono y el tipo que hay al otro lado de la cuerda van a querer unos dirhams, y aunque te hayan visto me van a tratar de engañar.
Puedes estar en cualquier parte. Lo sé, pero eso no me desanima, más bien al contrario; ni siquiera sé si está aquí y esa remota opción de cruzarme contigo entre miles de posibilidades me mantene alerta. A pesar del tiempo transcurrido reconozco el zoco, siempre un lugar desconocido. Mientras sorteas el río de gente son los olores los que te empujan, los colores los que te observan a ti. Sin saber cómo uno pasa del olor pardo de la piel de los bolsos y maletas al intenso verdor de los tintes naturales con los que se da color a unas sedas que te acarician la cabeza cuando pasas por debajo, y que no amortigua el bullicio de vendedores que te llaman, de turistas que regatean en busca de un precio justo en una ciudad injusta, del ciego que predica en voz alta y con el bastón en la mano, la otra extendida por si compras una plegaria por tu salvación con un puñado de dirhams. Pero no estás. Era lo más probable y aun así me desalienta. Detrás del os pañuelos que cuelgan no están tus ojos castaños, la vela de una de las lamparitas metáclicas no se apaga en tus manos frías, no encuentro entre la montaña de sabores el sabor de tu pelo negro. La primera noche caigo rendido en el riad, pero la segunda vuelve a ser de duermevela, como todas desde que no estás. Cuando cierro los ojos asoma tu bostezo y a partir de ahí no te puedo parar. La noche es tuya desde ese momento.
Al tercer día compro un bolso grande para meter todo lo que te dejaste cuando te fuiste, básicamente a mí. La ciudad mantiene su excitación diaria porque cada mañana aterrizan nuevos turistas que llegan a Marrakech Menara como sangre limpia al corazón que es la ciudad, que los bombea por todos sus rincones y callejuelas y los recoge a la noche, exhaustos, sabiendo que por la mañana tendrá rostros nuevos que filtrar. Pero para mí, ya se ha acabado. Liquido mi cuenta en el riad y negocio un taxi al aeropuerto: treinta dirhams a cambio de que se juegue mi vida tantas veces como uno se la pueda jugar. El taxista acepta y el viejo Mercedes no para nunca hasta que se encuentra junto a la marquesina de entrada y hemos dejado atrás dos camiones con hambre y unos caballos que se han llevado el susto de su vida, además de la jauría de motos de rigor. En el aeropuerto, sello el billete de vuelta a Madrid y brindo por ti en el país de los extremos con un vaso de zumo de naranja. Relleno los impresos y recuerdo que en los de entrada mentí, porque puse que venía por turismo y en realidad vine a buscarte. Miento de nuevo en mi profesión y minutos después dejo el abrigo del aeropuerto para caminar por la pista con los ojos entrecerrados por el viento, mientras intento llegar al avión. Levanto la vista para observar cuánta gente deja atrás Marrakech y en el otro lado de la pista veo otro avión, otro reguero de gente, otra próxima salida.
Y en los últimos peldaños de la escalera de la puerta delantera estás tú. El pelo suelto, el pañuelo al cuello. Los ojos con ese aire de sueño tan de domingo por la mañana. Te paras un segundo y bostezas, y por primera vez en mucho tiempo mi memoria te conjuga en presente. Y cambio el pasado por el futuro, y el bolso de tu ausencia que compré el último día es ahora una maleta que llenar de cosas para ir a buscarte.
Porque si ambos hemos estado aquí, quizá haya una opción de encontrarte. Porque quizá, como Cortázar, y perdóname la osadía, yo pueda llenar mis días en busca de la Maga.
Porque ahora Marrakech es, para mí, la ciudad más acogedora del mundo.

jueves, 9 de enero de 2014

Nochevieja

En medio del jolgorio primero fue el silbido. Subió entre las voces de la gente y los gritos de recibimiento al año nuevo y llegó hasta la punta del cielo, allí donde el eco ya no encuentra un momento para la réplica. Alzó la vista un instante desde la presidencia ojerosa de su balcón y vio cómo el silbido rompía en una lluvia de colores vivos: rojos, verdes y azules que el gentío recibió con alegría pero en los que su pupila, domesticada con el amargor de la ginebra, acertó a diagnosticar diferentes tonos de melancolía. Vio aquellos pequeños reflejos que parecían de cristal caer sobre las cabezas de un montón de tipos que maquillaban con risas su infelicidad ante los propósitos del nuevo calendario y echó la última ojeada a la plaza antes de volver al interior del estudio y sentarse junto al cenicero, frente a la máquina de escribir, dejando el balcón abierto a pesar del frío. Se arremangó las mangas de la mugrienta camisa y miró fijamente al folio en blanco que, desde la cama del carrete, le desafiaba.
Cogió el paquete de tabaco arrugado que había sobre la mesa y rescató de su interior un arrugado pitillo que estiró con cuidado con la yema de dos dedos antes de llevárselo a los labios. Cogió el mechero y lo encendió, sin poder evitar que el humo que escupió el cigarro se le colara por uno de los ojos y le hiciera llorar como un niño, como cada vez que buscaba el consuelo de la nicotina. Cerró los ojos y los abrió lentamente, y cuando la lágrima hubo pasado se llevó el cigarrillo de nuevo a los labios y chupó con fuerza, llevándose en el envite medio pitillo, medio pulmón y seguro que también media vida. Lo apoyó con cuidado en el cenicero, donde habría de morir sin más besos que el ya recibido, y echó en el vaso tres dedos de ginebra que se bebió de un trago, como hacía siempre con las cosas que merecía la pena paladear. Miró a su izquierda y vio la pequeña cama deshecha, con las sábanas revueltas y vacía, como siempre. Entrelazó los dedos y los hizo crujir ante su cara. Los apoyó con suavidad sobre el teclado de la vieja máquina, y sin más, empezó a escribir.
Y escribió, primero, sobre una tibia. Mejor dicho, sobre la piel blanca que cubría una tibia que, levantada por la curva de una rodilla en alto, desafiaba al brillo de la luna desde una cama de sábanas desordenadas. Una tibia de mujer tan marcada por el ángulo como por la pureza de la piel de un cuerpo que ahora recorta su perfil tumbado sobre una cama estrecha. Los dedos sólo paran de teclear para desenganchar con un ligero movimiento las dos matrices que ocasionalmente se abrazan y confunden en su intento por estamparse en el folio, pero ni siquiera el espacio casi en blanco que queda tras la confusión detiene su mecánico teclear, su escribir furioso. En apenas unas líneas ha roto a sudar, y el amargor de la ginebra remonta el cuerpo garganta arriba y se le escapa como vapor entre los dientes, apretados. Y el estómago pide más. Pero él sólo se aparte del folio y de la máquina de manera momentánea, en un vistazo a su izquierda para caputara bien la cama vacía y no parar de escribir.
Y escribe No para. Siembra unos lunares al azar en la fina piel de la pierna mientras recorre hacia arriba el camino del exceso. El muslo se redondea a partir de la rodilla pero sigue siendo una pierna fina, casi de chiquilla, porque las poetas que follan en realidad nunca envejecen. Y en la otra pierna, gemela, de lado sobre la cama, se adivina la sombra de un mordisco justo a medio camino del no debería haber venido y del no te vayas nunca. Y el vello es apenas una sombra por debajo del ombligo, y hay otro lunar, éste sí, más grande, colgado del hueso de la cadera. En el vientre qudan pintadas aún unas gotas de sudor que convierten la silueta en una mujer brillante, un destello con diamantes de sal en un territorio en el que las caricias son obligatorias. Pecado arriba, dos pechos pequeños, puntiagudos, dos desafíos. Y en medio el hoyo del cuello que da inicio a la garganta, una piel más frágil que el resto, más tensa, más vibrante. Pálida ante el rojo de unos labios de boca entreabierta, de dientes en un mordisco simulado, de súplica a medio entender. El pelo negro como el marco de una noche, y nos ojos entornados que son pequeños días a punto de amanecer. Y él que escribe, que no para. Teclea con furia, con fiebre. Suda y vuelve a desviar un momento la vista para enmarcar de nuevo la cama y seguir...
Se frena en seco. Los dedos se detienen y se queda congelado, lso ojos bien abiertos en medio del silencio. Hasta la plaza y la Nochevieja parecen haberse ido por completo. Dos matrices han quedado enganchadas muy cerca del carrete, pero él no puede apartar la vista de la cama, desde donde la piel de una tibia amenaza con hacerle enloquecer. La piel y los lunares, colocados al azar, también desafiantes. No puede moverse siquiera cuando ella abre los ojos y se incorpora, y se apoya sobre los codos, y el pelo moreno le cae por un lado de la cara y subraya su sensualidad. Así permanece unos instantes en los que la ve morderse el labio antes de ponerse de pie y caminar desnuda hacia él. Pasa por su espalda y él cierra lo ojos mientras ella le desliza un dedo de hombro a hombro, por encima de la camisa empapada en sudor, mientras se piede hacia la puerta. No puede apartar la vista ahora de su espalda mientras la ve salir del estudio. Cuando espera el portazo, en realidad llega un silbido que le hace reaccionar.
Y vuelve el alboroto conocido de la gente, allá abajo en la plaza.
Y a su lado, la cama está vacía. Pero la mujer sigue tumbada entre las sábanas en el folio, tal y como la dejó, con los ojos cerrados.
Y el silbido sube al cielo y se rompe, y cae en más verdes, más rojos, más azules.
Más melancolía.
Y el cigarro se ha consumido por completo. Y no queda ginebra. Aun así, baja el folio unos renglones y pone las manos sobre el teclado, para escribir.
Y escribe.
“Tampoco las mujeres que invento se quedan conmigo a dormir”.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El último poema

El último poema que me aprendí tenía los ojos claros, el pelo negro y los labios rojos. Tenía la piel tan blanca que nadie hubiera dicho que cobijara un corazón cubierto de cicatrices, ardiente como la arena de la playa en una noche de San Juan. En cambio, el beso de sus dedos era frío como una cuchilla, y sólo sobre el papel encontraba la forma de soltar el calor que por dentro desprendía, eran sus versos una particular manera de arder. El último poema que me aprendí cantaba en italiano muy bajito mientras cocinaba, y lo hacía medio desnuda, probando la comida con los dedos y arrugando la nariz si la salsa de tomate se le amargaba. Escribía sentada en el suelo y yo la veía desde el sofá, sus pies asomando por la otra parte de la mesa baja mientras se concentraba en elegir la palabra más certera, la que más piel levantaba. El último poema que me aprendí tenía la rima asonante de sus pies envueltos siempre en gruesos calcetines de lana. En la cama era un soneto; al amanecer, una elegía.
La conocí en un pequeño cafetín de la plaza en una de esas tardes en la que dejaba atrás la redacción para buscar el aire que me faltaba el día después del cierre. El camarero dejó sobre mi mesa una segunda jarra de cerveza y cuando bajé el libro para darle las gracias la vi, enfrente, dejando sobre un platillo blanco una gran taza de té. Se mordió ligeramente el labio superior y levantó la vista para descubrirme con la mirada fija en ella, antes de sonreír levemente y volver a la lectura mientras yo me preguntaba cuántas veces me diría que no hasta que aceptara poner mi nombre a uno de sus atardeceres. Fueron tres. La primera vez no se tomó el té que le mandé desde mi mesa. La segunda lo aceptó y levantó la vista un momento para dibujar en el aire, en silencio, un 'gracias' que a mí me supo como un primer beso. La tercera vez que me negó vino a sentarse junto a mí y propuso invitarme ella. Cuando me ofrecí a acompañarla a casa me dijo que no caminaba junto a tipos que bebieran cerveza. Dos cierres después de la primera vez que la vi me senté directamente en su mesa. Bajó el libro y me miró, al tiempo que llegaba el camarero a ver qué iba a tomar el caballero. “Una cerveza”, dije, sin dejar de mirarla. Cerró el libro y lo dejó entre nosotros. Un par de horas después repasaba con mi nariz cada una de sus vértebras.
Era la primera vez que desnudaba a una poeta y juro que temblé más que aquel adolescente que fui en el invierno de la primera vez, mientras me preguntaba cómo sería aquello de desear sin nada que perder. Juto también que aquella tarde me lo jugué todo, y que no perdí nada. Me dejé beber por esos ojos bien abiertos que lo tomaban todo de mí mientras sus manos enmarcaban mi cara. Debajo de cada prenda tenía un verso escondido, y cuando la tarde se hizo noche y a la noche le dio por amanecer yo me los sabía todos de memoria.
Ella, por supuesto, también. Al día siguiente tenía en mi buzón de la redacción uno de sus poemas, cerrado con las seis letras de su nombre como firma. Seis fueron también las semanas que pasamos juntos cada anochecer. Algunas veces se vestía tan solo por el placer de examinarme ante el reto de volverla a desnudar. No dejó de escribir ni una sola mañana. De vez en cuando, salíamos de la mano a pasear por la ciudad y nos colábamos en todos los portales abiertos. Reía cada día como si el mundo se le fuera a acabar. En sólo dos semanas, yo ya bebía té todas las tardes. Alguna vez llegué a creer de verdad que aquello jamás se iba a acabar.
Seis semanas, seis, con un poema en el buzón todas las mañanas. Yo, casi instalado en su casa, le daba cuerpo allí a mis reportajes. Se nos iban las horas, a ella sentada en el suelo, escribiendo; a mí tecleando en el ordenador. “Siempre escribes cosas tristes”, me decía, sin saber que la realidad muchas veces lo era. “Quizá esto no lo sea”, intentaba engañarla yo. Era en vano. El segundo día me confesó que sabía si mi texto era triste por el ruido que hacía en el teclado al escribir. Sus poemas, en cambio, tenían el silencio de la buena vida.
Hacia la cuarta semana, eso cambió. Había rastros de tristeza en sus poemas, ya no era todo sonrisas lo que arrojaba cada día el buzón. Mi realidad la estaba contaminando. La semana siguiente dejó de cantar en la cocina. La sexta semana la descubrí llorando mientras escribía y quise ofrecerle un refugio en la cama, y allí, después de la batalla, me recitó los versos más tristes que había escuchado nunca. Al final de la semana guardé el protátil, recogí mís cosas y me marché. Solo le dejé una nota. 'No quiero ensuciarte más'.
Al lunes siguiente tenía un nuevo poema en el buzón. Todavía tardó unos días en arrancarse del todo la tristeza. Cuando no quedaba en sus letras ningún rastro de mí me decidí a volver al café. Pedí un té y me puse a repasar unas notas. No sé cuándo llegó, pero de pronto la vi sentada en su mesa de siempre. Me miró, luego miró el té y volvió a mí, y sonrió. Yo me encogí de hombros y reí mientras ella volvía a su libro, y me quedé observándola un rato más, recitándola desde la distancia. Cuando el camarero pasó por mi lado había escrito en mi cuaderno una verdad. 'Podía haber sido la mujer de la vida de cualquiera, y fue a elegirme a mí'. El camarero leyó la frase en el cuaderno, miró la taza de té y salió del paso como pudo.
“¿Está frío? ¿Le caliento más agua?”, me preguntó.
Levanté la vista un momento y la miré. “No”, le dije, “traígame mejor una cerveza”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Un retrato en blanco y negro

Llevaba noches soñando con una piel que no conocía. Le sucedía a menudo que la memoria le traicionaba y mezclaba olores con sabores, el sudor de una mujer con el aliento cálido de otra, pero aquello era diferente. No le había pasado nunca. Aquel sueño que primero fue una noche de inquietud se convirtó pronto en una obsesión, en una coartada para adelantar el invierno y provocar una oscuridad ficticia a media tarde para buscarla, para coincidir con ella en cualquier rincón imaginario y recopilar pistas que le llevaran a encontrarla. Sin saber siquiera si existía sentía crecer en su interior la necesidad de conocerla.
¿Quién decía que era real? Quizá la mente hubiera agotado las múltiples combinaciones que ofrecía el cajón de los recuerdos y estuviera sumando detalles escogidos al azar de los actores secundarios que pueblan la película cotidiana de la realidad. El olor de la chica que iba dos filas delante en el autobús, y con la que no cruzó ni una sola palabra; o el pequeño grito que nació de la oscuridad del cine y que le erizó el vello del brazo, sin que pudiera identificar después a la autora con las luces encendidas. Eso lo explicaría todo. Porque cómo si no iba a tener una mujer el destello racial del día y la serena calma de la noche; cómo, si era real, llevaría tatuado sobre la piel al sol y a la luna, discutiendo por el brillo de su cuerpo. Cómo una piel tan cálida podía provocar aquel escalofrío.
Se limitó, pues, a soñarla. Se convenció de que no era real y se esforzó por aprendérsela en sueños.
Seguro de que no existía, se la sabía de memoria. Sin saber de dónde lo había sacado, se acostumbró a un olor que le acompañaba todas las noches. La besó tantas veces que se le venía al paladar ese regusto de mar en calma que dejaba después de irse, al retirarse de la costa de la noche tras un amanecer de marea baja. Podía identificar el ángulo que formaba su cuello cuando se descubría entero para él, medir la profundidad del pequeño hoyo que se formaba bajo su garganta, allí donde las clavículas se enganchan. Sabía que no existía, pero mientras pudiera soñarla aquello no le importaba.
Saciado como estaba por la ferocidad de sus sueños el mundo le sorprendió con la guardia baja. En aquella sala fría caldeada solo en el centro el presente le llegó con las manos heladas. Dispersos en torno a una tarima central, una veintena de alumnos preparaban los utensilios para pintar aquella mañana. La estancia olía a alcohol, pero aquella esencia hasta entonces imaginaria le envolvió desde atrás segundos antes de ver la espalda de una mujer envuelta en un albornoz: el pelo corto, la nuca recién mostrada. Llegó al centro de la sala y antes de que dejara caer la prenda azul supo que era ella, y no le sorprendió descubrir en su desnudez rincones ya visitados: el cuello terso, el hoyo de la garganta, la luna y el sol escritos sobre el vientre, el pequeño aro de plata luciendo en uno de sus pies. Se acomodó sobre la peana y le miró fijamente. Dejándose beber por esos ojos, empezó a dibujarla.
Una hora después, el resto de alumnos ya se había levantado y retirado con sus lienzos. Ella seguía mirándole pintar. No cogió la paleta en ningún momento, y unos minutos después el carboncillo casi se había consumido entre sus dedos. Dejó los restos junto al pequeño atril y observó sus sueños convertidos en realidad, en un retrato en blanco y negro. Inconscientemente, se llevó la mano a la cara y se dejó unas marcas negras a ambos lados de la nariz. Ella, desde el centro de la sala, sonrió.
No estaba muy seguro de si lo que vino después fue real o sólo uno más de aquellos sueños. No sabía si era real la marca del mordisco que sentía en el cuello, ni los surcos que tres uñas habían dibujado en su espalda. Boca arriba, sobre la cama, a la mañana siguiente, intentaba discernir si aquello en realidad había pasado. Cerró los ojos y una imagen acudió a su mente: la de ella recién duchada, con la piel envuelta en gotas de agua aún calientes, deslizándose junto a él bajo las mantas. Estiró la mano y notó las sábanas mojdas, todavía tibias, y supo que no había sido un sueño sino un recuerdo lo que su mente acababa de rescatar.
Miró hacia un lado y vio el retrato junto a la ventana. No era justo que de un sueño en color saliera una realidad en blanco y negro. Agarró un lápiz de cera y rellenó lso labios del dibujo con un color. Sin quererlo, sin pensarlo, con ello puso nombre también a sus futuros recuerdos...
...Rosa.

viernes, 18 de octubre de 2013

Y el mundo sigue andando

Para ellos era como un ritual. No sé cuándo se inició ni si ya andábamos por aquí los pequeños que ahora somos grandes y que vinimos a llenar las ausencias que más tarde se crearían, pero la primera noche que los vi me sentí crecer un poco, como si empezara a entender de qué iba esto del mundo con tan solo siete años. Abrí los ojos entre el sudor de una pesadilla temprana y escuché la música bajo la puerta, colándose por las rendijas. Y entonces los vi: giraba sobre el viejo tocadiscos una música serena sobre la que una voz lloraba mientras mis padres bailaban, con pasos muy cortos, en el espacio reducido del salón. La puerta entreabierta me los enseñó cogidos de la mano, con la otra rodeándose las cinturas y las cabezas pegadas, una al lado de la otra, tocándose. En el primer acorde que presencié vi los ojos de mi padre cerrados, unos acordes después estaban también cerrados los de mi madre, su mujer, mientras ellos giraban muy despacio al ritmo de un lamento que más tarde supe que era de Carlos Gardel.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.
Volví al escondite de la puerta a la noche siguiente, pero el salón sólo me devolvió oscuridad. Seis noches conté tragándome silencios hasta que el lunes siguiente, desde la cama, volví a sentir los primeros acordes y salí disparado hacia ala luz: allí estaban de nuevo, los dos, abrazados. Moviéndose despacio, dejando que la noche fuera solo suya.
Su boca que era mía ya no me besa más.
Hubo entre ellos muchos años y esos años tuvieron muchos lunes. Todos esos lunes tuvieron sus noches. A cada noche le correspondió un baile. Nunca repitieron, no había más que una canción por semana. Eran tres minutos para ellos solos, una pequeña pausa que se concedían en mitad del teatro cotidiano para reafirmar, quizá, que aquello que habían construido y que seguían edificando no se podría derruir jamás. Descubrí su secreto con siete años, me fui de casa con veinte. En esos trece años crecí con aquella costumbre de lunes, con ese baile tranquilo de semana en semana. En esos trece años temblé desnudando a algunas mujeres, sudé de manera inconsciente sobre otras pieles en las filas traseras del cine y me descubrí llorando muchas noches por aquella que se fue. Jamás encontré nada que se pareciera a aquellos tres minutos de pasos entrelazados al ritmo de Gardel. Nunca descubrí mejor definición del amor.
Fue mía la piadosa dulzura de sus manos.
Siempre creí que exportaría aquel baile a mi vida cotidiana, pero llegado el momento de la verdad no supe cómo hacerlo. Tampoco pregunté nunca cómo lo habían hecho ellos porque no hubiera encontrado una razón. Un lunes por la noche mi padre levantó la aguja del tocadiscos y la dejó suavemente sobre los surcos de la pena de Gardel. El baile fue, simplemente, lo que tenía que pasar.
Por qué tus alas tan cruel quemó la vida.
No pudo la pobreza, que la hubo, detener ese danzar melancólico ni una sola semana. Tampoco pudo la enfermedad. Aun convalecientes, se levantaban de la cama para robarle tres minutos a la debilidad y construir su pequeño castillo de pasos cortos, cada vez más arrítmicos, todos los lunes por la noche. No compartí el secreto con nadie. Cuando se acercaba la hora de costumbre, que los años adelantaron poco a poco, dejaba mi casa, a unas manzanas de allí, para ir hasta la suya con la excusa de fumar y sentarme en la puerta, sin llamar, con la oreja pegada a la madera y los ojos cerrados, mientras escuchaba muy de fondo la música y los imaginaba bailar.
Yo sé que ahora vendrán caras extrañas.
Llevaban muchos bailes en las plantas de los pies cuando a él se le fue la vida. Murió un domingo, fiel a su costumbre de terminar todo aquello que empezaba. Ese lunes, en medio de la involuntaria intimidad que te concede el luto vi a mi madre sentada en el sofá, con casi noventa años, los pies colgando como una niña. La cabeza baja. '¿En qué piensas, mamá?', le dije. Levantó la frente y me miró desde aquellos ojos escondidos detrás de sus mil arrugas, antes de decirme con toda la pena que pudo reunir: 'que no sé poner la música'. Cuando llegó la noche dejé a Gardel catando y fui a rescatarla del sofá. Cuando pudo levantarse la canción ya iba por la mitad, pero nos dio el tiempo suficiente para dar unos pasos en aquel salón. Los años de su mano sobre los errores de la mía. Su mano fría. Me pregunté si con mi padre también las tenía así o era, simplemente, que se había empezado a apagar.
La muerte agazapada marcaba su compás.
La semana pasada no pude sacarla a bailar. No pudo levantarse. Aun así puse el disco y me senté con ella en el sofá. Le cogí la mano y dejamos que Gardel nos cantara. Se fue tres días después. Y hoy, lunes, he vuelto a la casa que ya hemos puesto en venta a poner el disco por última vez, y mientras dejo que el humo del cigarro se estrelle contra el techo me parece sentir sus pies sobre las baldosas: no son los pasos decididos de aquella primera vez; son pies que se arrastran por los muchos años de vida, por las muchas horas de baile. Y no necesito hacer memoria para saber qué canción me vino a la mente cuando sus ojos se cerraron.
...y el mundo sigue andando.