jueves, 7 de noviembre de 2013

Un retrato en blanco y negro

Llevaba noches soñando con una piel que no conocía. Le sucedía a menudo que la memoria le traicionaba y mezclaba olores con sabores, el sudor de una mujer con el aliento cálido de otra, pero aquello era diferente. No le había pasado nunca. Aquel sueño que primero fue una noche de inquietud se convirtó pronto en una obsesión, en una coartada para adelantar el invierno y provocar una oscuridad ficticia a media tarde para buscarla, para coincidir con ella en cualquier rincón imaginario y recopilar pistas que le llevaran a encontrarla. Sin saber siquiera si existía sentía crecer en su interior la necesidad de conocerla.
¿Quién decía que era real? Quizá la mente hubiera agotado las múltiples combinaciones que ofrecía el cajón de los recuerdos y estuviera sumando detalles escogidos al azar de los actores secundarios que pueblan la película cotidiana de la realidad. El olor de la chica que iba dos filas delante en el autobús, y con la que no cruzó ni una sola palabra; o el pequeño grito que nació de la oscuridad del cine y que le erizó el vello del brazo, sin que pudiera identificar después a la autora con las luces encendidas. Eso lo explicaría todo. Porque cómo si no iba a tener una mujer el destello racial del día y la serena calma de la noche; cómo, si era real, llevaría tatuado sobre la piel al sol y a la luna, discutiendo por el brillo de su cuerpo. Cómo una piel tan cálida podía provocar aquel escalofrío.
Se limitó, pues, a soñarla. Se convenció de que no era real y se esforzó por aprendérsela en sueños.
Seguro de que no existía, se la sabía de memoria. Sin saber de dónde lo había sacado, se acostumbró a un olor que le acompañaba todas las noches. La besó tantas veces que se le venía al paladar ese regusto de mar en calma que dejaba después de irse, al retirarse de la costa de la noche tras un amanecer de marea baja. Podía identificar el ángulo que formaba su cuello cuando se descubría entero para él, medir la profundidad del pequeño hoyo que se formaba bajo su garganta, allí donde las clavículas se enganchan. Sabía que no existía, pero mientras pudiera soñarla aquello no le importaba.
Saciado como estaba por la ferocidad de sus sueños el mundo le sorprendió con la guardia baja. En aquella sala fría caldeada solo en el centro el presente le llegó con las manos heladas. Dispersos en torno a una tarima central, una veintena de alumnos preparaban los utensilios para pintar aquella mañana. La estancia olía a alcohol, pero aquella esencia hasta entonces imaginaria le envolvió desde atrás segundos antes de ver la espalda de una mujer envuelta en un albornoz: el pelo corto, la nuca recién mostrada. Llegó al centro de la sala y antes de que dejara caer la prenda azul supo que era ella, y no le sorprendió descubrir en su desnudez rincones ya visitados: el cuello terso, el hoyo de la garganta, la luna y el sol escritos sobre el vientre, el pequeño aro de plata luciendo en uno de sus pies. Se acomodó sobre la peana y le miró fijamente. Dejándose beber por esos ojos, empezó a dibujarla.
Una hora después, el resto de alumnos ya se había levantado y retirado con sus lienzos. Ella seguía mirándole pintar. No cogió la paleta en ningún momento, y unos minutos después el carboncillo casi se había consumido entre sus dedos. Dejó los restos junto al pequeño atril y observó sus sueños convertidos en realidad, en un retrato en blanco y negro. Inconscientemente, se llevó la mano a la cara y se dejó unas marcas negras a ambos lados de la nariz. Ella, desde el centro de la sala, sonrió.
No estaba muy seguro de si lo que vino después fue real o sólo uno más de aquellos sueños. No sabía si era real la marca del mordisco que sentía en el cuello, ni los surcos que tres uñas habían dibujado en su espalda. Boca arriba, sobre la cama, a la mañana siguiente, intentaba discernir si aquello en realidad había pasado. Cerró los ojos y una imagen acudió a su mente: la de ella recién duchada, con la piel envuelta en gotas de agua aún calientes, deslizándose junto a él bajo las mantas. Estiró la mano y notó las sábanas mojdas, todavía tibias, y supo que no había sido un sueño sino un recuerdo lo que su mente acababa de rescatar.
Miró hacia un lado y vio el retrato junto a la ventana. No era justo que de un sueño en color saliera una realidad en blanco y negro. Agarró un lápiz de cera y rellenó lso labios del dibujo con un color. Sin quererlo, sin pensarlo, con ello puso nombre también a sus futuros recuerdos...
...Rosa.

viernes, 18 de octubre de 2013

Y el mundo sigue andando

Para ellos era como un ritual. No sé cuándo se inició ni si ya andábamos por aquí los pequeños que ahora somos grandes y que vinimos a llenar las ausencias que más tarde se crearían, pero la primera noche que los vi me sentí crecer un poco, como si empezara a entender de qué iba esto del mundo con tan solo siete años. Abrí los ojos entre el sudor de una pesadilla temprana y escuché la música bajo la puerta, colándose por las rendijas. Y entonces los vi: giraba sobre el viejo tocadiscos una música serena sobre la que una voz lloraba mientras mis padres bailaban, con pasos muy cortos, en el espacio reducido del salón. La puerta entreabierta me los enseñó cogidos de la mano, con la otra rodeándose las cinturas y las cabezas pegadas, una al lado de la otra, tocándose. En el primer acorde que presencié vi los ojos de mi padre cerrados, unos acordes después estaban también cerrados los de mi madre, su mujer, mientras ellos giraban muy despacio al ritmo de un lamento que más tarde supe que era de Carlos Gardel.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.
Volví al escondite de la puerta a la noche siguiente, pero el salón sólo me devolvió oscuridad. Seis noches conté tragándome silencios hasta que el lunes siguiente, desde la cama, volví a sentir los primeros acordes y salí disparado hacia ala luz: allí estaban de nuevo, los dos, abrazados. Moviéndose despacio, dejando que la noche fuera solo suya.
Su boca que era mía ya no me besa más.
Hubo entre ellos muchos años y esos años tuvieron muchos lunes. Todos esos lunes tuvieron sus noches. A cada noche le correspondió un baile. Nunca repitieron, no había más que una canción por semana. Eran tres minutos para ellos solos, una pequeña pausa que se concedían en mitad del teatro cotidiano para reafirmar, quizá, que aquello que habían construido y que seguían edificando no se podría derruir jamás. Descubrí su secreto con siete años, me fui de casa con veinte. En esos trece años crecí con aquella costumbre de lunes, con ese baile tranquilo de semana en semana. En esos trece años temblé desnudando a algunas mujeres, sudé de manera inconsciente sobre otras pieles en las filas traseras del cine y me descubrí llorando muchas noches por aquella que se fue. Jamás encontré nada que se pareciera a aquellos tres minutos de pasos entrelazados al ritmo de Gardel. Nunca descubrí mejor definición del amor.
Fue mía la piadosa dulzura de sus manos.
Siempre creí que exportaría aquel baile a mi vida cotidiana, pero llegado el momento de la verdad no supe cómo hacerlo. Tampoco pregunté nunca cómo lo habían hecho ellos porque no hubiera encontrado una razón. Un lunes por la noche mi padre levantó la aguja del tocadiscos y la dejó suavemente sobre los surcos de la pena de Gardel. El baile fue, simplemente, lo que tenía que pasar.
Por qué tus alas tan cruel quemó la vida.
No pudo la pobreza, que la hubo, detener ese danzar melancólico ni una sola semana. Tampoco pudo la enfermedad. Aun convalecientes, se levantaban de la cama para robarle tres minutos a la debilidad y construir su pequeño castillo de pasos cortos, cada vez más arrítmicos, todos los lunes por la noche. No compartí el secreto con nadie. Cuando se acercaba la hora de costumbre, que los años adelantaron poco a poco, dejaba mi casa, a unas manzanas de allí, para ir hasta la suya con la excusa de fumar y sentarme en la puerta, sin llamar, con la oreja pegada a la madera y los ojos cerrados, mientras escuchaba muy de fondo la música y los imaginaba bailar.
Yo sé que ahora vendrán caras extrañas.
Llevaban muchos bailes en las plantas de los pies cuando a él se le fue la vida. Murió un domingo, fiel a su costumbre de terminar todo aquello que empezaba. Ese lunes, en medio de la involuntaria intimidad que te concede el luto vi a mi madre sentada en el sofá, con casi noventa años, los pies colgando como una niña. La cabeza baja. '¿En qué piensas, mamá?', le dije. Levantó la frente y me miró desde aquellos ojos escondidos detrás de sus mil arrugas, antes de decirme con toda la pena que pudo reunir: 'que no sé poner la música'. Cuando llegó la noche dejé a Gardel catando y fui a rescatarla del sofá. Cuando pudo levantarse la canción ya iba por la mitad, pero nos dio el tiempo suficiente para dar unos pasos en aquel salón. Los años de su mano sobre los errores de la mía. Su mano fría. Me pregunté si con mi padre también las tenía así o era, simplemente, que se había empezado a apagar.
La muerte agazapada marcaba su compás.
La semana pasada no pude sacarla a bailar. No pudo levantarse. Aun así puse el disco y me senté con ella en el sofá. Le cogí la mano y dejamos que Gardel nos cantara. Se fue tres días después. Y hoy, lunes, he vuelto a la casa que ya hemos puesto en venta a poner el disco por última vez, y mientras dejo que el humo del cigarro se estrelle contra el techo me parece sentir sus pies sobre las baldosas: no son los pasos decididos de aquella primera vez; son pies que se arrastran por los muchos años de vida, por las muchas horas de baile. Y no necesito hacer memoria para saber qué canción me vino a la mente cuando sus ojos se cerraron.
...y el mundo sigue andando.

martes, 24 de septiembre de 2013

Gigante

Quién nos iba a decir que el miedo era una tibia noche de septiembre, un último rescoldo del verano. Cómo íbamos a saber que la oscuridad no empieza cuando uno se cae sino cuando no puedes levantarte a dar siquiera el primer paso, tú, que todo lo has andado con nosotros subidos a tus espaldas. No hay nada más frío que un amanecer en una carretera extraña. Que ver cómo se hace de día en el día más largo de tu vida mientras tú recuerdas uno por uno los arañazos de una noche que no acaba. Así, separados por una pared, por las manecillas de un reloj que dice todavía que la puerta está cerrada. Y no se abre. Y no te veo. Y es la espera más lacerante que esa llamada en mitad de la noche que te dice 'ven', más dolorosa que esos kilómetros que nos separaban. Es peor imaginar que saber. Duele más estar fuera que escucharte susurrar desde los pies de tu cama.
Pero ¿sabes qué? Eres un gigante, me da igual lo que diga la talla de ese absurdo pijama. Aun encogido en aquellas sábanas en las que apenas te podías mover yo te veía sobresalir por los cuatro lados de la cama. Levantando el brazo para decirnos 'estoy bien', moviendo la pierna para indicarnos las ganas que tienes de volver a casa. Había salido el sol y no era tan fiero el día, habíamos traspasado el temor a los monstruos que nos acechaban.
No han podido con nosotros, el miedo nos ha hecho más fuertes. Sin llegar a verte caer había tras nosotros mucha gente esperando a que te levantaras. Unos metros, el primer examen, y sin haberlo imaginado la vida retorció casi treinta años para volver a dar juntos esas primeras zancadas. Unos pasos, tuyos esta vez, de los muchos que nos quedan por andar. Un comienzo para un buen fin. Una prueba superada.
Aquel trayecto, de la cama al baño, fue muy largo. Se hizo un poco más corta la vuelta de aquel baño a la cama. La tierra se había tambaleado y tú seguías ahí, de pie, con prisa por volver a casa. Esta vez fue verdad, y volvimos a nuestro mundo enteros, con grietas que reparar, con algunas heridas que lamer, con algunos miedos por masticar. Pero juntos. Fuerte para lo que sea que la vida nos traiga mañana.
Se hará de noche otra vez hoy, como ayer, como mañana. Y quizá llegue un día en que el miedo vuelva a colarse por las rendijas de la puerta, a filtrarse por las ventanas, y nos busque. Y elija a cualquiera de nosotros para compartir esa caricia fría, casi helada. Estaremos preparados. Ya nos ha buscado otras veces y le hemos vencido, tenemos un ejército que nos ampara.
Y contamos también con un gigante que cuando caemos nos ayuda a ponernos de pie, y que aun cuando no se puede mover, él siempre se levanta.
Tú siempre te levantas.

jueves, 22 de agosto de 2013

Lágrimas de San Lorenzo

Nos pasamos la noche tumbados, mirando al cielo para intentar ver llorar a San Lorenzo. Qué sabrá él de lágrimas. Las suyas no dejan rastro, son arañazos luminosos que emergen fugaces en la tripa del cielo y arrastran un puñado de deseos a medio cumplir. Tus lágrimas, esas sí son verdaderas. Lo sé incluso ahora que ya has dejado de llorar y acompasas tu respiración a los latidos de mi corazón, que te marcan la obligada cadencia desde que has puesto la cabeza sobre mi pecho y te has tragado el llanto para evitar que tus ojos mojados empañen una lluvia de estrellas fugaces que a ti no te importa, que yo ni me molesto en observar. Sólo tengo ojos para ti.
Debe haber cientos de personas alrededor nuestro, hablando, señalando al cielo, exclamando hasta casi gritar, pero para mí, en esta noche de agosto, estamos solos los dos: los dos más solos del lugar. Tú eres un verso desordenado que brota en cualquier parte, yo un escritor a medio cocinar. Vine aquí buscando una historia que contar y me llevo un puñado de secretos escritos sobre piel con las yemas de tus dedos, secretos imposibles de revelar. Por eso, mientras llora San Lorenzo yo te miro, te memorizo, de desaprendo; quemo en la memoria algunos de nuestros recuerdos para empezar la difícil tarea de tenerte que olvidar.
Pero qué hago si con los ojos cerrados me llega el olor de tu pelo, la protesta sorda de unos ojos que casi nunca dejan de llorar. Qué hago si en lo más oscuro brilla el aro de tu nariz, ese pequeño anillo de plata que desde una de tus aletas desafía tu cara de niña buena y te da ese aire de mujer imposible de dominar. Qué hago si ahora, en el silencio que nos desmarca del griterío de la multitud, mis labios evocan tus pechos, mi boca se bebe tu sudor. De qué forma olvido que cuando pongo la mano sobre tu vientre no me importa que me duelas. Ahí, en esos palmos de piel caliente, siento que no me engañas porque noto el latido de tu cuerpo, de tu corazón, a través del fino tambor blanco de tu tripa. Bum-bum, bum-bum. Por eso, mientras tu respiración se vuelve calma, deslizo la mano bajo tu camiseta y repaso el hueso de tu cadera, a un lado, al otro lado, marcado, cortante. Y abro la mano sobre tu estómago, y mis dedos rozan algunos lugares que mi lengua se sabe de memoria. Y arriba, en el cielo, San Lorenzo no deja de llorar.
He aprendido algunas cosas en este tiempo de dolernos. Sabía que una mujer rubia es un presente formidable y he descubierto, ahora, que las morenas doléis de verdad. Ahora sé que el amor llega de veras cuando alguien te mira a los ojos mientras te clava las uñas en la espalda y te araña, y que el único te quiero que necesito es tu boca susurrándome ‘quiero más’. Que desnuda, en medio de la noche, con tu piel tan blanca no necesito lunas en el cielo. Que las poetas sois un verso que no hay que escribir sino descifrar. Que las estrellas fugaces son las lágrimas de un santo a las que la gente pide deseos. Que tú y yo, vestidos o desnudos, compartimos una misma forma de desear.
Por eso, ahora que intento olvidarte, aparto la vista de ti y miro al cielo justo en el momento en el que uno de esos arañazos se decide a brillar. A tiempo justo de que pidamos un último deseo. El mío, que no te vayas; el tuyo, que nunca te deje marchar.

martes, 23 de julio de 2013

Música de jazz

Hay un precipicio en tu garganta.
Lo supe la primera vez que te vi en el centro de aquella sala oscura cubierta de humo, bailando con los ojos cerrados al ritmo del jazz de susurros que tejían desde el pequeño escenario un cuarteto de tipos sudados mientras yo, acodado en la barra, te devoraba con la vista al tiempo que mi cuerpo tragaba bourbon y el tuyo se cimbreaba, y en el aire, con la mano levantada, tu suave bamboleo subrayaba la frontera huesuda de tus caderas, periferia del cálido continente que mis manos, ahora insensibles por el frío de las copas, acabarían por colonizar. Hay un país bajo tu ombligo sembrado de carreteras que son cicatrices que siempre llevan al mismo lugar, pequeños ríos de sangre que desembocan en la perdición. Pero eso no es lo peor. A perder uno se acostumbra, y no hay vértigo posible para la muerte en tierra, para el fin en el continente de tus caderas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Estaba seguro de ello cuando miraba de reojo el filo de tus clavículas desde el mar que significan tus labios, y me dejaba hacer cuando en medio de aquel bar, con las luces ya encendidas, me arrancabas de la boca el sabor a alcohol para impregnarme la lengua con el agua salada de tu mundo, y me mordías, no parabas de morderme, como si los besos no fueran suficientes para marcarme con tu calor y necesitaras un poco de mi sangre, necesitabas que doliera sin saber que en verdad ya dolías. Pero eso no es lo peor. El dolor acaba siendo también una forma de vida tan válida como la mente, y nadie que no merezca la pena puede morir entre tus dentelladas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Y está hecho del único frío que, excepción hecha de tus pies, regala tu cuerpo, que es puro calor. Es un frío extraño, el de tus pies, pienso ahora que los tengo clavados en la espalda mientras tus piernas me rodean y abandonas debajo de mí el recuerdo suave del jazz para golpear como un solo de batería contra la torpe batida de mi cuerpo, retorciéndote sobre una cama, la mía, que es tuya desde antes de recibirte y que ahora te recoge entera antes de perderte durante un instante, una y otra vez, mientras tu espalda se comba y te suspendes en el aire apenas aferrada a mí por el candado frío de tus pies y la cadena tibia de tus piernas. Pero eso no es lo peor. Al frío un cuerpo se acostumbra. Se hace más dura la piel y la muerte te llega en el amanecer veraniego como de una playa atlántica, atemperado por el calor que es el resto de tu cuerpo.
Hay un precipicio en tu garganta.
Apenas medio palmo de piel en la que silba el silencio del vacío y el murmullo suave de tu voz casi ajada, amenazando con romperse al final de cada palabra. Tu voz es un arrullo, pero el resto de tu cuerpo es música de jazz, empezando por el cálido solo de saxo que es tu tripa, que me dispara notas escondidas en cada espasmo de sangre y sudor que ahora, con el oído pegado a tu vientre, recibo desde tu piel. Tengo al sur el vello del país oculto de tus caderas y al norte tus pechos pequeños, prólogo necesario del libro de tu cuello. Pero eso no es lo peor. Tu vientre es un saxo humeante del que brotan las notas de tu piel hasta componer una melodía que abrasa, pero incluso del fuego se salvan aquellos que, como yo, nada tienen que perder.
Hay un precipicio en tu garganta.
Es un desfiladero de piel que araña, que siembra cicatrices con ese ligero temblor cuando se expone abierto de par en par, cuando te dejas hacer como ahora, recién parido el día, permites que me beba tu primer sudor de la mañana mientras ronroneas como un animal herido, sabiendo que lo que la noche unió el día no tiene más remedio que separar. Y así amaneces, con los ojos cerrados y la barbilla hacia arriba, el cuello estirado mientras yo camino por última vez por ese desfiladero de piel hacia una muerte inevitable que viene de la mano con tu ausencia. Pero eso no es lo peor. No me asusta la soledad.
Lo peor es que hay un precipicio en tu garganta, y yo estoy dispuesto a saltar de nuevo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Diario de Verona

Me llamo Romeo. No es un nombre que me guste, y para ser sincero tengo que reconocer que me he planteado la posibilidad de cambiármelo, pero cuando uno lleva tanto tiempo agarrado a una palabra cabe también la opción de descombrarte en el proceso, y eso es una desgracia mayor que llamarse Romeo. Porque después de 32 años cosido a estas cinco letras puedes rellenar un papel, firmar en cinco o seis documentos y llamarte, no sé, Adán, y hacer que la gente te llame por tu nuevo nombre. Y a lo peor, ni te acuerdas de él y te pasas la vida ignorando llamadas que son para ti, y por cambiar de nombre acabas descombrado. Además, Adán tampoco me gusta. Así que me llamo Romeo.
Me llamo Romeo por mi padre, un pensador que ocupaba su tiempo libre vendiendo clavos en una ferretería pequeña incrustada en el centro de la ciudad, y que aguantó abierta hasta hace poco, empotrada entre el letrero psicodélico de una tienda de moda y un local de comida rápida, tan atemporal como llamarse Romeo en los tiempos que corren. La ferretería era de su suegro, de mi abuelo, del padre de una mujer todo bondad y buen corazón a la que el pensador preñó sin pensárselo dos veces, que es como se hacen las cosas que duran para siempre, y que idolatraba a mi padre a pesar de reconocerlo como un “pensador sin oficio”, decía; “ni beneficio”, añadía mi abuelo. Tanto idolatraba mi madre a mi padre que le dejó elegir mi nombre y no se opuso cuando mi viejo cerró el libro que leía cuando yo nací y dijo “Romeo, se va a llamar Romeo”. Si hubiera mirado un poco más abajo, en la tapa, podría haberme puesto Guillermo, pero mi padre no era un hombre de detalles, siempre fue más bien un amante de lo grueso. Años después, mi madre me confesó que había tenido fortuna: perezoso como he sido siempre, me retrasé casi dos semanas sobre la fecha prevista de mi nacimiento. En ese periodo, mi padre eligió Romeo y Julieta, de Shakespeare, para leer. Cuando mi madre salió de cuentas, mi padre estaba leyendo Platero y yo, pero como vine tarde al mundo del burrito sólo me quedaron los andares.
Les cuento esto porque lo primero que me pregunta la gente cuando les digo mi nombre es por qué me llamo Romeo. Lo segundo que hacen es preguntar por Julieta. Supongo que toda la vida he estado rodeado de gente original. Lo cierto es que aciertan, hay una Julieta. O la hubo, porque si han leído la novela saben que sólo hay un final posible. Julieta está muerta. Como mi vida es de todo menos una novela, hay dos diferencias fundamentales con la historia de mi tocayo: Julieta se llamaba Marta y no sabría decir con exactitud quién cerró antes los ojos de los dos. Lo que sé demasiado bien es que me emborracho hasta casi rozar la muerte cuando llega cada aniversario de aquella noche en la que yo conducía y ella dormía, aunque al final dormíamos los dos. Me gusta pensar que fue así, que ella dormía cuando todo pasó, pero a veces, cuando el aliento del alcohol nubla mis conversaciones, se me viene a la mente la imagen de ella encontrando la muerte con los ojos abiertos mientras yo, que juré protegerla para siempre la primera noche en que la cubrí de besos, dormía como un gilipollas agarrado al volante cuando el coche, terraplén abajo, encontraba en aquel árbol el final de la caída, un final innecesario también para una vida. Nunca he creído mucho en dios, pero juro que le colmo de maldiciones cada vez que me pregunto por qué el árbol atacó por su lado, y no por el mío. Y la veo quieta, con los ojos cerrados y la piel brillante, durmiendo entre hierros y cristales sin saber que por dentro sangra, que por dentro se derrama ya sin vida.
Así que me llamo Romeo, pero soy un Romeo sin Julieta. Desde que Marta se fue soy, además, un tipo eminentemente nocturno, un mentiroso que sale con la luna y se esconde cuando puede ver su sombra en el suelo, un borracho que de año en año aumenta la dosis una noche a ver si se mata de una vez, o si me matan, pero no hay forma. Dentro de dos noches se cumplen tres años de la muerte de Marta, y volveré a intentarlo otra vez. Mientras tanto me he decidido a escribir una suerte de diario que acerque mi vida a la novela, a ver si a fuerza de buscar la literatura una mano como la de Shakespeare me ayuda y me empuja de una vez hacia el abismo. No será una caída muy grande, porque desde la pérdida de Marta he vivido en un infierno que yo mismo me he encargado de construir. Si el infierno de Dante tenía nueve círculos, el mío tiene cinco, y son círculos tan irregulares que tienen, a menudo, la forma de un bar. De hecho, casi todos son bares. El más grande, el que escribe buena parte de mi historia, es el Verona, y no es un bar como tal, es un club. En origen pretendía ser un hotel, hermano del que su dueño tiene en su localidad natal, pero en una ciudad llena de sitios donde dormir la idea tenía poco futuro. Pero esa idea inicial cambió, porque la ciudad tiene muchos sitios donde dormir pero pocos lugares en los que follar, así que el tipo decoró el local con un puñado de piernas bonitas, compró algunas telas y aflojó unas cuantas bombillas, y desde entonces camina siempre con los bolsillos llenos. Incluso ha cerrado el hotelito del pueblo, aunque allí siempre dice que se dedica a la exportación. No le falta razón: regenta un negocio en el que los hombres acaban sacando un rato de amor y sudor, o de sudor en el peor de los casos, que entregan, casi siempre, a las pieles extranjeras que conforman la población del Verona. No existe mayor exportación que entregar lo que sale de uno mismo.
No todas en el Verona son extranjeras, también está la Paca. Paca está detrás de la barra y es española, de Benacazón, pero con ella nadie exporta. Primero, porque cojea ostensiblemente y tendría muy difícil subir las estrechas escaleras que desembocan en el piso del amor, y menos si la oscuridad ennegrece el escaso campo de visión que le proporciona el único ojo al descubierto, ya que el otro lo tiene tapado con un parche. Segundo, porque si de verdad quieres jugártela con la Paca más te vale irte al zoo y meterte en la jaula de los tigres sin avisar a nadie para acariciarles la tripita a los animales, que seguro que morderán y arañarán con mejor humor que la Paca. Pero me cae bien la Paca. Quizá sea porque me ha servido tanto alcohol que pareciera que en lugar de matarme tratar de conservarme incorruptible, como Walt Disney, o porque Paca a su manera me quiere, y lo demuestra tratándome como un hijo. Y eso que nuestros inicios no fueron los mejores, porque la primera noche no hicimos buenas migas.

-Ponme otra copa, encanto.
-¿No te parece que ya estás lo suficientemente borracho?
-Tanto que me están entrando ganas de acostarme contigo.
-Pues yo gano mucho cuando me quito el parche.
-Pero déjatelo mejor, no vaya a ser que me equivoque y te la intente meter en el ojo.

Como tres segundos después no me había alcanzado su zarpa y seguía vivo, supe que le había caído simpático. Quizá era simplemente la ternura que inspiraba mi obstinada manera de destruirme. Luego supe también que le habían cambiado de sitio el palo con el que atiza a las malas compañías, y que era eso, más que la ternura, lo que me había evitado el golpe. En cualquier caso, me disculpé y ella me sirvió la copa, y así es como terminé descubriendo que en realidad el parche se lo ponía para acompañar la dureza que exigían sus condiciones, un poco para atemperar el gracejo andaluz que no ocultaba a pesar de sus vicios de estanquera. Para demostrármelo se lo quitó, y me di cuenta de que tenía los dos ojos perfectamente. Incluso me fijé, con el paso del tiempo, en que algunas noches se cambiaba el parche de ojo. También me di cuenta de que me había mentido: en realidad, no ganaba cuando se quitaba el parche. Es más, con el parche puesto, mejoraba.

jueves, 6 de junio de 2013

Autobús

A medida que el autobús avanzaba quedaban en las aceras cada vez menos huellas de la ciudad. Las avenidas de amplios carriles y grandes edificios acristalados habían dejado paso a calles mal iluminadas por las que el autobús serpenteaba en busca de una salida por la que encontrar la oscuridad de una carretera que iba a ser mi hogar durante toda la noche, a pesar de que apenas podía recordar hacia dónde me dirigía, qué lugar había elegido esta vez para tratar de huir de mí mismo. En un intento de reconciliarme con mi cabeza antes de emprender lo que yo esperaba como un largo viaje, encendí la bombilla sobre mi asiento y saqué de uno de los bolsillos de mi chaqueta un viejo ejemplar de ‘La paga de los soldados’, de Faulkner, que había comprado años atrás en el mercado de Sant Antoni, en Barcelona, un domingo por la mañana en el que todavía paseaba de la mano con la más adictiva de mis obsesiones, una poeta de metro y medio que me enseñó que las puerta del abismo tienen la piel morena; un libro que acarreaba allá donde iba, con algunas páginas arrugadas por el exceso de uso y que había leído tantas veces que en ocasiones me bastaba leer la primera frase del párrafo para evocar el resto de memoria. Fue en vano; apenas me hube tragado unas palabras, el dolor de la ansiedad empezó a llamar con furia a las puertas de mis sienes, avisando por última vez de su determinación de entrar. Cerré el libro y busqué en el otro bolsillo de la chaqueta, que colgaba del respaldo del asiento delantero, una pequeña petaca cubierta de cuero que había llenado de ginebra en la estación, antes de subir al autobús, gracias a la amabilidad de un camarero que relajó el gesto cuando deslicé sobre la barra un billete de veinte euros. La petaca, como el libro, llegó a mí en los tiempos de aquella poeta.
Con el primer trago noté cómo la punta de mis nervios se redondeaba, y dejó de dolerme la nuca. Continuaba el bailoteo constante de mis sienes, pero yo sabía demasiado bien que llegados a este punto ya nada lo podía parar. Deseé con todas mis fuerzas un cigarrillo y aún con la petaca abierta entre las manos, volví la cabeza hacia la ventanilla para ver cómo el autobús se detenía en la que parecía la última calle de la ciudad, una calle de casas bajas y mal iluminada en la que, a pesar del frío de la noche, había ropa tendida en las ventanas. En el autobús había pocos viajeros, y ninguno se apeó en la parada. En cambio, subió una mujer envuelta en una túnica negra que le cubría el cuerpo casi por completo, raída la tela, y dejaba al descubierto su cabeza y sus pies descalzos. A pesar de la impresión que me produjo lo segundo, clavé la vista en su rostro, atraído por una calavera apenas cubierta de una fina piel muy blanca que marcaba todos sus huesos, y unos labios ajados por el frío y cortados por la cuchilla del llanto. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos: parecían dos cuencas hundidas, vacías, negras como boca de lobo rescatadas para la vida por dos pequeños puntos blancos que no dejaban de moverse, de un lado a otro, recorriendo con impaciencia el interior del autobús. Nadie pareció reparar en la mujer salvo yo, y ella debió percatarse, porque cuando el conductor reanudaba la marcha levantó las manos, se cubrió la cabeza con una capucha y echó a andar por el pasillo central, entre los asientos. Di un segundo trago a la petaca y la guardé justo en el momento en el que ella se detenía a mi lado, y después de dudar un instante, se sentó junto a mí. Abrí el libro y empecé a hacer como que leía mientras el autobús, después de girar un par de veces, encaraba por fin una recta y dejaba atrás la ciudad.
Me cansé pronto del teatro de la lectura y cerré el libro y apagué la luz, dejando que el viaje me meciera para tratar de conciliar el sueño. En lugar del silencio de la noche, escuché a la mujer sollozar, primero, y llorar después con el ansia de quien ha tenido la vida en las manos y la ha dejado escapar. Sin moverme, agucé lo que pude el oído para tratar de empaparme con su letanía, y sólo cuando acerqué un poco la cabeza, sin abrir los ojos para no encontrarme con aquellas cuencas negras como la pena, entendí lo que decía. “Jamás lo voy a encontrar”. La frase me arrancó de la cara el sopor fingido y abrí los ojos para darme de bruces con la viva imagen de la derrota. La mujer, que pareció entender, cesó el llanto y comenzó a hablar, primero, en un susurro, después con la voz más dulce que aún hoy puedo recordar.
Habló de una tierra de almendros tempranos y de las pareces blancas de un pueblo con olor a azahar. De largas tardes de verano y del pecho velludo de un hombre como lugar en el que descansar. De un amor como la fiebre, y de un embarazo que la escupió de casa siendo poco más que una niña, de una locura por llegar. De un niño de ojos negros que ni recién parido llegó a llorar, callado como era. Habló del silencio, de la embriaguez de su marido, del empeño de éste por repudiar a un niño traído desde el mismo infierno. Había el niño comenzado a andar cuando una noche que ella dormía el marido se levantó de la cama y acalló su demencia cogiendo a su hijo, que aun en el desvelo tampoco alcanzó a llorar, y abriéndole el pecho de par en par. Así lo encontró la madre, la mañana siguiente, tendido en el suelo con las carnes abiertas y la vida derramada en un charco de sangre tan negra como el mismo fondo del mar. Y creyó que el niño había vuelto al infierno, y de noche salía a buscar a su padre para que le diera la misma muerte que su hijo encontró sin llorar. Recorría las ciudades y cuando no daba con él, viajaba a la siguiente, sin dejar de buscar.
-Pero no le encuentro…
Y la voz se le fue apagando. Agarró en el aire una polilla que volaba y la acunó en la palma de la mano, apenas piel y huesos, ahuecando el puño para no aplastarla. Aun así, cuando estiró los dedos, la polilla yacía muerta sobre su palma, y cayó después al suelo junto a sus pies descalzos.
-Jamás lo voy a encontrar –dijo, y se quedó dormida.