jueves, 22 de agosto de 2013

Lágrimas de San Lorenzo

Nos pasamos la noche tumbados, mirando al cielo para intentar ver llorar a San Lorenzo. Qué sabrá él de lágrimas. Las suyas no dejan rastro, son arañazos luminosos que emergen fugaces en la tripa del cielo y arrastran un puñado de deseos a medio cumplir. Tus lágrimas, esas sí son verdaderas. Lo sé incluso ahora que ya has dejado de llorar y acompasas tu respiración a los latidos de mi corazón, que te marcan la obligada cadencia desde que has puesto la cabeza sobre mi pecho y te has tragado el llanto para evitar que tus ojos mojados empañen una lluvia de estrellas fugaces que a ti no te importa, que yo ni me molesto en observar. Sólo tengo ojos para ti.
Debe haber cientos de personas alrededor nuestro, hablando, señalando al cielo, exclamando hasta casi gritar, pero para mí, en esta noche de agosto, estamos solos los dos: los dos más solos del lugar. Tú eres un verso desordenado que brota en cualquier parte, yo un escritor a medio cocinar. Vine aquí buscando una historia que contar y me llevo un puñado de secretos escritos sobre piel con las yemas de tus dedos, secretos imposibles de revelar. Por eso, mientras llora San Lorenzo yo te miro, te memorizo, de desaprendo; quemo en la memoria algunos de nuestros recuerdos para empezar la difícil tarea de tenerte que olvidar.
Pero qué hago si con los ojos cerrados me llega el olor de tu pelo, la protesta sorda de unos ojos que casi nunca dejan de llorar. Qué hago si en lo más oscuro brilla el aro de tu nariz, ese pequeño anillo de plata que desde una de tus aletas desafía tu cara de niña buena y te da ese aire de mujer imposible de dominar. Qué hago si ahora, en el silencio que nos desmarca del griterío de la multitud, mis labios evocan tus pechos, mi boca se bebe tu sudor. De qué forma olvido que cuando pongo la mano sobre tu vientre no me importa que me duelas. Ahí, en esos palmos de piel caliente, siento que no me engañas porque noto el latido de tu cuerpo, de tu corazón, a través del fino tambor blanco de tu tripa. Bum-bum, bum-bum. Por eso, mientras tu respiración se vuelve calma, deslizo la mano bajo tu camiseta y repaso el hueso de tu cadera, a un lado, al otro lado, marcado, cortante. Y abro la mano sobre tu estómago, y mis dedos rozan algunos lugares que mi lengua se sabe de memoria. Y arriba, en el cielo, San Lorenzo no deja de llorar.
He aprendido algunas cosas en este tiempo de dolernos. Sabía que una mujer rubia es un presente formidable y he descubierto, ahora, que las morenas doléis de verdad. Ahora sé que el amor llega de veras cuando alguien te mira a los ojos mientras te clava las uñas en la espalda y te araña, y que el único te quiero que necesito es tu boca susurrándome ‘quiero más’. Que desnuda, en medio de la noche, con tu piel tan blanca no necesito lunas en el cielo. Que las poetas sois un verso que no hay que escribir sino descifrar. Que las estrellas fugaces son las lágrimas de un santo a las que la gente pide deseos. Que tú y yo, vestidos o desnudos, compartimos una misma forma de desear.
Por eso, ahora que intento olvidarte, aparto la vista de ti y miro al cielo justo en el momento en el que uno de esos arañazos se decide a brillar. A tiempo justo de que pidamos un último deseo. El mío, que no te vayas; el tuyo, que nunca te deje marchar.

martes, 23 de julio de 2013

Música de jazz

Hay un precipicio en tu garganta.
Lo supe la primera vez que te vi en el centro de aquella sala oscura cubierta de humo, bailando con los ojos cerrados al ritmo del jazz de susurros que tejían desde el pequeño escenario un cuarteto de tipos sudados mientras yo, acodado en la barra, te devoraba con la vista al tiempo que mi cuerpo tragaba bourbon y el tuyo se cimbreaba, y en el aire, con la mano levantada, tu suave bamboleo subrayaba la frontera huesuda de tus caderas, periferia del cálido continente que mis manos, ahora insensibles por el frío de las copas, acabarían por colonizar. Hay un país bajo tu ombligo sembrado de carreteras que son cicatrices que siempre llevan al mismo lugar, pequeños ríos de sangre que desembocan en la perdición. Pero eso no es lo peor. A perder uno se acostumbra, y no hay vértigo posible para la muerte en tierra, para el fin en el continente de tus caderas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Estaba seguro de ello cuando miraba de reojo el filo de tus clavículas desde el mar que significan tus labios, y me dejaba hacer cuando en medio de aquel bar, con las luces ya encendidas, me arrancabas de la boca el sabor a alcohol para impregnarme la lengua con el agua salada de tu mundo, y me mordías, no parabas de morderme, como si los besos no fueran suficientes para marcarme con tu calor y necesitaras un poco de mi sangre, necesitabas que doliera sin saber que en verdad ya dolías. Pero eso no es lo peor. El dolor acaba siendo también una forma de vida tan válida como la mente, y nadie que no merezca la pena puede morir entre tus dentelladas.
Hay un precipicio en tu garganta.
Y está hecho del único frío que, excepción hecha de tus pies, regala tu cuerpo, que es puro calor. Es un frío extraño, el de tus pies, pienso ahora que los tengo clavados en la espalda mientras tus piernas me rodean y abandonas debajo de mí el recuerdo suave del jazz para golpear como un solo de batería contra la torpe batida de mi cuerpo, retorciéndote sobre una cama, la mía, que es tuya desde antes de recibirte y que ahora te recoge entera antes de perderte durante un instante, una y otra vez, mientras tu espalda se comba y te suspendes en el aire apenas aferrada a mí por el candado frío de tus pies y la cadena tibia de tus piernas. Pero eso no es lo peor. Al frío un cuerpo se acostumbra. Se hace más dura la piel y la muerte te llega en el amanecer veraniego como de una playa atlántica, atemperado por el calor que es el resto de tu cuerpo.
Hay un precipicio en tu garganta.
Apenas medio palmo de piel en la que silba el silencio del vacío y el murmullo suave de tu voz casi ajada, amenazando con romperse al final de cada palabra. Tu voz es un arrullo, pero el resto de tu cuerpo es música de jazz, empezando por el cálido solo de saxo que es tu tripa, que me dispara notas escondidas en cada espasmo de sangre y sudor que ahora, con el oído pegado a tu vientre, recibo desde tu piel. Tengo al sur el vello del país oculto de tus caderas y al norte tus pechos pequeños, prólogo necesario del libro de tu cuello. Pero eso no es lo peor. Tu vientre es un saxo humeante del que brotan las notas de tu piel hasta componer una melodía que abrasa, pero incluso del fuego se salvan aquellos que, como yo, nada tienen que perder.
Hay un precipicio en tu garganta.
Es un desfiladero de piel que araña, que siembra cicatrices con ese ligero temblor cuando se expone abierto de par en par, cuando te dejas hacer como ahora, recién parido el día, permites que me beba tu primer sudor de la mañana mientras ronroneas como un animal herido, sabiendo que lo que la noche unió el día no tiene más remedio que separar. Y así amaneces, con los ojos cerrados y la barbilla hacia arriba, el cuello estirado mientras yo camino por última vez por ese desfiladero de piel hacia una muerte inevitable que viene de la mano con tu ausencia. Pero eso no es lo peor. No me asusta la soledad.
Lo peor es que hay un precipicio en tu garganta, y yo estoy dispuesto a saltar de nuevo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Diario de Verona

Me llamo Romeo. No es un nombre que me guste, y para ser sincero tengo que reconocer que me he planteado la posibilidad de cambiármelo, pero cuando uno lleva tanto tiempo agarrado a una palabra cabe también la opción de descombrarte en el proceso, y eso es una desgracia mayor que llamarse Romeo. Porque después de 32 años cosido a estas cinco letras puedes rellenar un papel, firmar en cinco o seis documentos y llamarte, no sé, Adán, y hacer que la gente te llame por tu nuevo nombre. Y a lo peor, ni te acuerdas de él y te pasas la vida ignorando llamadas que son para ti, y por cambiar de nombre acabas descombrado. Además, Adán tampoco me gusta. Así que me llamo Romeo.
Me llamo Romeo por mi padre, un pensador que ocupaba su tiempo libre vendiendo clavos en una ferretería pequeña incrustada en el centro de la ciudad, y que aguantó abierta hasta hace poco, empotrada entre el letrero psicodélico de una tienda de moda y un local de comida rápida, tan atemporal como llamarse Romeo en los tiempos que corren. La ferretería era de su suegro, de mi abuelo, del padre de una mujer todo bondad y buen corazón a la que el pensador preñó sin pensárselo dos veces, que es como se hacen las cosas que duran para siempre, y que idolatraba a mi padre a pesar de reconocerlo como un “pensador sin oficio”, decía; “ni beneficio”, añadía mi abuelo. Tanto idolatraba mi madre a mi padre que le dejó elegir mi nombre y no se opuso cuando mi viejo cerró el libro que leía cuando yo nací y dijo “Romeo, se va a llamar Romeo”. Si hubiera mirado un poco más abajo, en la tapa, podría haberme puesto Guillermo, pero mi padre no era un hombre de detalles, siempre fue más bien un amante de lo grueso. Años después, mi madre me confesó que había tenido fortuna: perezoso como he sido siempre, me retrasé casi dos semanas sobre la fecha prevista de mi nacimiento. En ese periodo, mi padre eligió Romeo y Julieta, de Shakespeare, para leer. Cuando mi madre salió de cuentas, mi padre estaba leyendo Platero y yo, pero como vine tarde al mundo del burrito sólo me quedaron los andares.
Les cuento esto porque lo primero que me pregunta la gente cuando les digo mi nombre es por qué me llamo Romeo. Lo segundo que hacen es preguntar por Julieta. Supongo que toda la vida he estado rodeado de gente original. Lo cierto es que aciertan, hay una Julieta. O la hubo, porque si han leído la novela saben que sólo hay un final posible. Julieta está muerta. Como mi vida es de todo menos una novela, hay dos diferencias fundamentales con la historia de mi tocayo: Julieta se llamaba Marta y no sabría decir con exactitud quién cerró antes los ojos de los dos. Lo que sé demasiado bien es que me emborracho hasta casi rozar la muerte cuando llega cada aniversario de aquella noche en la que yo conducía y ella dormía, aunque al final dormíamos los dos. Me gusta pensar que fue así, que ella dormía cuando todo pasó, pero a veces, cuando el aliento del alcohol nubla mis conversaciones, se me viene a la mente la imagen de ella encontrando la muerte con los ojos abiertos mientras yo, que juré protegerla para siempre la primera noche en que la cubrí de besos, dormía como un gilipollas agarrado al volante cuando el coche, terraplén abajo, encontraba en aquel árbol el final de la caída, un final innecesario también para una vida. Nunca he creído mucho en dios, pero juro que le colmo de maldiciones cada vez que me pregunto por qué el árbol atacó por su lado, y no por el mío. Y la veo quieta, con los ojos cerrados y la piel brillante, durmiendo entre hierros y cristales sin saber que por dentro sangra, que por dentro se derrama ya sin vida.
Así que me llamo Romeo, pero soy un Romeo sin Julieta. Desde que Marta se fue soy, además, un tipo eminentemente nocturno, un mentiroso que sale con la luna y se esconde cuando puede ver su sombra en el suelo, un borracho que de año en año aumenta la dosis una noche a ver si se mata de una vez, o si me matan, pero no hay forma. Dentro de dos noches se cumplen tres años de la muerte de Marta, y volveré a intentarlo otra vez. Mientras tanto me he decidido a escribir una suerte de diario que acerque mi vida a la novela, a ver si a fuerza de buscar la literatura una mano como la de Shakespeare me ayuda y me empuja de una vez hacia el abismo. No será una caída muy grande, porque desde la pérdida de Marta he vivido en un infierno que yo mismo me he encargado de construir. Si el infierno de Dante tenía nueve círculos, el mío tiene cinco, y son círculos tan irregulares que tienen, a menudo, la forma de un bar. De hecho, casi todos son bares. El más grande, el que escribe buena parte de mi historia, es el Verona, y no es un bar como tal, es un club. En origen pretendía ser un hotel, hermano del que su dueño tiene en su localidad natal, pero en una ciudad llena de sitios donde dormir la idea tenía poco futuro. Pero esa idea inicial cambió, porque la ciudad tiene muchos sitios donde dormir pero pocos lugares en los que follar, así que el tipo decoró el local con un puñado de piernas bonitas, compró algunas telas y aflojó unas cuantas bombillas, y desde entonces camina siempre con los bolsillos llenos. Incluso ha cerrado el hotelito del pueblo, aunque allí siempre dice que se dedica a la exportación. No le falta razón: regenta un negocio en el que los hombres acaban sacando un rato de amor y sudor, o de sudor en el peor de los casos, que entregan, casi siempre, a las pieles extranjeras que conforman la población del Verona. No existe mayor exportación que entregar lo que sale de uno mismo.
No todas en el Verona son extranjeras, también está la Paca. Paca está detrás de la barra y es española, de Benacazón, pero con ella nadie exporta. Primero, porque cojea ostensiblemente y tendría muy difícil subir las estrechas escaleras que desembocan en el piso del amor, y menos si la oscuridad ennegrece el escaso campo de visión que le proporciona el único ojo al descubierto, ya que el otro lo tiene tapado con un parche. Segundo, porque si de verdad quieres jugártela con la Paca más te vale irte al zoo y meterte en la jaula de los tigres sin avisar a nadie para acariciarles la tripita a los animales, que seguro que morderán y arañarán con mejor humor que la Paca. Pero me cae bien la Paca. Quizá sea porque me ha servido tanto alcohol que pareciera que en lugar de matarme tratar de conservarme incorruptible, como Walt Disney, o porque Paca a su manera me quiere, y lo demuestra tratándome como un hijo. Y eso que nuestros inicios no fueron los mejores, porque la primera noche no hicimos buenas migas.

-Ponme otra copa, encanto.
-¿No te parece que ya estás lo suficientemente borracho?
-Tanto que me están entrando ganas de acostarme contigo.
-Pues yo gano mucho cuando me quito el parche.
-Pero déjatelo mejor, no vaya a ser que me equivoque y te la intente meter en el ojo.

Como tres segundos después no me había alcanzado su zarpa y seguía vivo, supe que le había caído simpático. Quizá era simplemente la ternura que inspiraba mi obstinada manera de destruirme. Luego supe también que le habían cambiado de sitio el palo con el que atiza a las malas compañías, y que era eso, más que la ternura, lo que me había evitado el golpe. En cualquier caso, me disculpé y ella me sirvió la copa, y así es como terminé descubriendo que en realidad el parche se lo ponía para acompañar la dureza que exigían sus condiciones, un poco para atemperar el gracejo andaluz que no ocultaba a pesar de sus vicios de estanquera. Para demostrármelo se lo quitó, y me di cuenta de que tenía los dos ojos perfectamente. Incluso me fijé, con el paso del tiempo, en que algunas noches se cambiaba el parche de ojo. También me di cuenta de que me había mentido: en realidad, no ganaba cuando se quitaba el parche. Es más, con el parche puesto, mejoraba.

jueves, 6 de junio de 2013

Autobús

A medida que el autobús avanzaba quedaban en las aceras cada vez menos huellas de la ciudad. Las avenidas de amplios carriles y grandes edificios acristalados habían dejado paso a calles mal iluminadas por las que el autobús serpenteaba en busca de una salida por la que encontrar la oscuridad de una carretera que iba a ser mi hogar durante toda la noche, a pesar de que apenas podía recordar hacia dónde me dirigía, qué lugar había elegido esta vez para tratar de huir de mí mismo. En un intento de reconciliarme con mi cabeza antes de emprender lo que yo esperaba como un largo viaje, encendí la bombilla sobre mi asiento y saqué de uno de los bolsillos de mi chaqueta un viejo ejemplar de ‘La paga de los soldados’, de Faulkner, que había comprado años atrás en el mercado de Sant Antoni, en Barcelona, un domingo por la mañana en el que todavía paseaba de la mano con la más adictiva de mis obsesiones, una poeta de metro y medio que me enseñó que las puerta del abismo tienen la piel morena; un libro que acarreaba allá donde iba, con algunas páginas arrugadas por el exceso de uso y que había leído tantas veces que en ocasiones me bastaba leer la primera frase del párrafo para evocar el resto de memoria. Fue en vano; apenas me hube tragado unas palabras, el dolor de la ansiedad empezó a llamar con furia a las puertas de mis sienes, avisando por última vez de su determinación de entrar. Cerré el libro y busqué en el otro bolsillo de la chaqueta, que colgaba del respaldo del asiento delantero, una pequeña petaca cubierta de cuero que había llenado de ginebra en la estación, antes de subir al autobús, gracias a la amabilidad de un camarero que relajó el gesto cuando deslicé sobre la barra un billete de veinte euros. La petaca, como el libro, llegó a mí en los tiempos de aquella poeta.
Con el primer trago noté cómo la punta de mis nervios se redondeaba, y dejó de dolerme la nuca. Continuaba el bailoteo constante de mis sienes, pero yo sabía demasiado bien que llegados a este punto ya nada lo podía parar. Deseé con todas mis fuerzas un cigarrillo y aún con la petaca abierta entre las manos, volví la cabeza hacia la ventanilla para ver cómo el autobús se detenía en la que parecía la última calle de la ciudad, una calle de casas bajas y mal iluminada en la que, a pesar del frío de la noche, había ropa tendida en las ventanas. En el autobús había pocos viajeros, y ninguno se apeó en la parada. En cambio, subió una mujer envuelta en una túnica negra que le cubría el cuerpo casi por completo, raída la tela, y dejaba al descubierto su cabeza y sus pies descalzos. A pesar de la impresión que me produjo lo segundo, clavé la vista en su rostro, atraído por una calavera apenas cubierta de una fina piel muy blanca que marcaba todos sus huesos, y unos labios ajados por el frío y cortados por la cuchilla del llanto. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos: parecían dos cuencas hundidas, vacías, negras como boca de lobo rescatadas para la vida por dos pequeños puntos blancos que no dejaban de moverse, de un lado a otro, recorriendo con impaciencia el interior del autobús. Nadie pareció reparar en la mujer salvo yo, y ella debió percatarse, porque cuando el conductor reanudaba la marcha levantó las manos, se cubrió la cabeza con una capucha y echó a andar por el pasillo central, entre los asientos. Di un segundo trago a la petaca y la guardé justo en el momento en el que ella se detenía a mi lado, y después de dudar un instante, se sentó junto a mí. Abrí el libro y empecé a hacer como que leía mientras el autobús, después de girar un par de veces, encaraba por fin una recta y dejaba atrás la ciudad.
Me cansé pronto del teatro de la lectura y cerré el libro y apagué la luz, dejando que el viaje me meciera para tratar de conciliar el sueño. En lugar del silencio de la noche, escuché a la mujer sollozar, primero, y llorar después con el ansia de quien ha tenido la vida en las manos y la ha dejado escapar. Sin moverme, agucé lo que pude el oído para tratar de empaparme con su letanía, y sólo cuando acerqué un poco la cabeza, sin abrir los ojos para no encontrarme con aquellas cuencas negras como la pena, entendí lo que decía. “Jamás lo voy a encontrar”. La frase me arrancó de la cara el sopor fingido y abrí los ojos para darme de bruces con la viva imagen de la derrota. La mujer, que pareció entender, cesó el llanto y comenzó a hablar, primero, en un susurro, después con la voz más dulce que aún hoy puedo recordar.
Habló de una tierra de almendros tempranos y de las pareces blancas de un pueblo con olor a azahar. De largas tardes de verano y del pecho velludo de un hombre como lugar en el que descansar. De un amor como la fiebre, y de un embarazo que la escupió de casa siendo poco más que una niña, de una locura por llegar. De un niño de ojos negros que ni recién parido llegó a llorar, callado como era. Habló del silencio, de la embriaguez de su marido, del empeño de éste por repudiar a un niño traído desde el mismo infierno. Había el niño comenzado a andar cuando una noche que ella dormía el marido se levantó de la cama y acalló su demencia cogiendo a su hijo, que aun en el desvelo tampoco alcanzó a llorar, y abriéndole el pecho de par en par. Así lo encontró la madre, la mañana siguiente, tendido en el suelo con las carnes abiertas y la vida derramada en un charco de sangre tan negra como el mismo fondo del mar. Y creyó que el niño había vuelto al infierno, y de noche salía a buscar a su padre para que le diera la misma muerte que su hijo encontró sin llorar. Recorría las ciudades y cuando no daba con él, viajaba a la siguiente, sin dejar de buscar.
-Pero no le encuentro…
Y la voz se le fue apagando. Agarró en el aire una polilla que volaba y la acunó en la palma de la mano, apenas piel y huesos, ahuecando el puño para no aplastarla. Aun así, cuando estiró los dedos, la polilla yacía muerta sobre su palma, y cayó después al suelo junto a sus pies descalzos.
-Jamás lo voy a encontrar –dijo, y se quedó dormida.

martes, 7 de mayo de 2013

Todo lo que me dijiste

¿Recuerdas todo lo que me dijiste?
Me dijiste que pisar las rayas del suelo traía mala suerte, y que tú te las saltabas desde aquella vez en que una gitana te paró junto a la catedral y te leyó las líneas de la mano, y te dijo que tenías muy marcada la línea del dolor. No se dio cuenta la vieja de que en la palma de tu mano había una línea de más, una vieja cicatriz que te repasabas con la yema de los dedos para no olvidar aquella cuchillada que no iba para ti, pero que se quedó para siempre en tu mano después de que aquel desgraciado te quisiera atar a él, porque pensaba que si salías de casa no volverías jamás. Me dijiste que pisar las rayas del suelo traía mala suerte mientras mirabas las baldosas que pisábamos y yo hacía verdaderos esfuerzos por caminar junto a ti. Y aquella noche te besé cargado de supersticiones, intentando no hacer rectas las caricias con las que te hería, repasando con la punta de la lengua la redondez de tus lunares.
Me dijiste que te daba vértigo la feria, y por eso me apretabas la mano mientras caminábamos entre aquella música estridente y las luces de colores, y no has vuelto a mirar al cielo de una noche así desde la vez en que tu padre subió contigo a la noria que veíais desde la ventana de casa y la atracción dejó de girar cuando estábais allí arriba, suspendidos, y el calor de la risa de los demás niños quedaba muy abajo. Y hacía frío, y no parabas de temblar. Y cuando llegásteis abajo, una eternidad después, le hiciste prometer que jamás te volvería a subir al cielo y a dejarte allí, entre las nubes, aterida y con ganas de llorar. Me dijiste que te daba vértigo la feria y aquella noche te besé como a una niña, con la ternura de quien descubre una piel, iluminando cada uno de tus rincones, bebiendo tu sudor como quien come algodón dulce. Repasé con la nariz cada una de tus vértebras mientras me agarraba muy fuerte a tu ombligo para no marearme por el vértigo que me dabas.
Me dijiste que los atardeceres quemaban, pero que eran los amaneceres los que de verdad dolían, y por eso te paseabas desnuda por mi casa en las primeras horas de la mañana, exponiendo bien abiertas tus heridas, con esa piel tan blanca recién lamida, con la marca de mis dedos en medio de tantas cicatrices. Abrías las ventanas y te mostrabas pequeña, huesuda, al primer aire de la mañana, dejando que la brisa eliminara poco a poco el calor de la tarde anterior, el calor de tantas tardes que te habían quemado las carnes dejando tus huesos a la intemperie del frío que acompaña la salida del sol. Me dijiste que los amaneceres dolían y yo intentaba quererte cada mañana, sobre las sábanas, mientras tú me follabas sobre los rescoldos apagados de la hoguera de la noche anterior. Y cuando lográbamos apagar el calor, tú siempre llorabas. Porque era verdad que los amaneceres dolían.
Me dijiste que lo nuestro no podía durar, y yo no me lo creí. Y ahora te veo moverte desnuda por la casa después de abrir todas las ventanas y respirar el frío con los ojos cerrados, sin querer mirar al cielo, recorriendo la habitación y el pasillo con cuidado de no pisar las rayas, haciendo acopio de la ropa sobre la que acabas de llorar encima de mí, mientras yo te susurraba al oído que no te vayas. Me dijiste que lo nuestro no podía durar, y todavía no me lo creo. Todavía espero que en el último momento vuelvas a quitarse la ropa y te tumbes junto a mí para seguir contándome historias. Y para que a partir de cada una de ellas yo encuentre una manera diferente de besarte.

martes, 16 de abril de 2013

Estamos perdidos

Aquél era un bar en el que la gente no hacía preguntas, quizá porque todos tenían algo que esconder. Cuando sonaba la campanilla que había sobre la puerta y un nuevo rostro aparecía entre el humo del tabaco y el olvido, los parroquianos volvían un momento la cabeza y escrutaban al recién llegado durante unos instantes, antes de volver a matarse con drogas de estar por casa. En aquel tugurio sólo se desconfiaba de aquellos que entraban con un halo de victoria, pero hasta a esos, a los que les va bien en la vida, se les dejaba beber en paz. Bastaba con poner un billete encima de la barra para que el camarero se pusiera la sucia servilleta sobre el hombro y caminara hasta donde estabas con esa cojera perenne adquirida a navajazos en un callejón para llenarte el vaso una y otra vez, cuantas veces quisieras. Por eso, cuando abrió la puerta y entró, empapado por la lluvia y la derrota, sólo tuvo que detenerse un instante para aguantar el examen de una docena de miradas, una de ellas viuda de un ojo, la de la prostituta tuerta que fumaba en un rincón, antes de hacer crujir la madera del suelo bajo sus pies mientras se dirigía a uno de los taburetes libres ante la barra.
Se sentó de espaldas a la salida y se dejó envolver durante un minuto por la voz de una cantante que había conocido mejores noches que esa, y que trataba de ponerle letra al jazz atropellado que salía de una vieja máquina de discos, con un éxito relativo. Aupada al cielo mugriento del bar, se contoneaba sobre el pequeño escenario envuelta por un vestido azul y movía los brazos arriba y abajo, tratando de aliñar su bamboleo con una pizca de sensualidad. “Debe ser la última blanca con voz de negra en la ciudad”, pensó, y sacó por fin un billete arrugado del bolsillo y lo puso sobre la barra. A pesar de que llevaba casi un par de minutos sentado, sólo al reclamo del dinero comenzó a cimbrearse el camarero, que llegó con un vaso medio limpio y una botella sucia, sin etiqueta, y sirvió un líquido ambarino que quemaba como el fuego.
Los dos primeros vasos se los bebió de un trago, dejando que el calor del alcohol le abrasara las entrañas antes de quitarse, sin levantarse, la vieja gabardina marrón, empapada, y la dejara caer al suelo, a su espalda. Sacó un paquete de tabaco y estiró un pitillo, encendiéndolo a la vez que dejaba caer otro billete sobre la barra que desapareció con la misma velocidad con la que el vaso volvió a estar lleno. Fumó en silencio, con la vista puesta en el vaso, masticando el humo en cada calada para tratar de apartar del paladar el sabor a sangre. Se miró las manos y vio restos de sangre seca entre las uñas, y también había un rastro rojo en los puños de la vieja camisa, casi raída, allí donde el abrigo no llegaba. “Habrá más sangre en la gabardina”, pensó, y supo entonces que no tardarían mucho tiempo en encontrarle.
Estaba a punto de tirar la colilla del cigarro y apurar la tercera copa cuando la campanilla tintineó y una lengua de frío lamió las mesas de aquel ajado local. Fue el único que no se volvió para escrutar a la recién llegada, quizá porque sabía que era ella. La desconocida se detuvo un instante más de lo necesario hasta que identificó su silueta, sentado a la barra, y caminó hacia donde él se encontraba, dejando en el suelo un pequeño reguero de agua. Estaba empapada por la lluvia, quizá también por la derrota, y las gotas caían del pesado abrigo que envolvía aquel cuerpo pequeño y cálido. Se puso detrás de él y le puso la mano en la nuca, y él notó el calor que desprendía aquella piel al tiempo que el último trago le arañaba la garganta. A pesar de eso, no se volvió.
-¿Le has matado? –preguntó ella. Él terminó de tragar y asintió despacio mientras asimilaba lo que aquello significaba.
-Le has matado, -dijo ella, afirmando ahora, -estamos perdidos.
Y se dejó caer hacia delante, apoyando la frente sobre su hombro, con su pelo empapado sobre la camisa, al tiempo que él sacaba otro billete y lo ponía encima de la mesa mientras el camarero rescataba de debajo de la barra un segundo vaso.

lunes, 4 de marzo de 2013

Madrid

Cada visita a Madrid es un relato. Cada relato, además, es diferente, aunque siempre tienen algunos rasgos comunes. El que acaba esta tarde empezó un par de días atrás en una desierta estación de tren. Los andenes, vacíos; las escaleras mecánicas quietas. La pantalla parpadeando el último tren con destino a la capital, y unas letras devoradas en el silencio de un vagón en el que las risas se apagan por miedo a molestar, como si hubiera alguna situación en la que una risa molestara. Un viaje moderno, sin el traqueteo del que hablaban las antiguas vías, sólo un callado deslizar veloz hacia las luces siempre encendidas de una ciudad que no descansa. Más quietud en el taxi, pocas palabras en medio de un camino de grandes avenidas con pocos coches, muchos carriles y poco movimiento. Madrid recién levantada después del día, despertándose para la noche.
Y la noche son un montón de sonrisas en un bar estrecho. Caras conocidas, viejas historias y otras nuevas por escribir, conversaciones para formar nuevos lazos o tensar los ya existentes. Decía Humphrey Bogart que la patria reside en el lugar en el que uno más ha bebido. Por eso sé que yo soy de Madrid. Por eso y por esa capacidad de hacerme sentir un extraño recién llegado a casa. Alcohol y música de fondo, recuerdos encima de la mesa. Un puñado enorme de amigos para siempre brindando por aquello de envejecer, porque siempre viene bien echarse un año más a la espalda. Una noche con los de siempre y con gente nueva que ya camina hacia allí, hacia ese lugar del que no se sale nunca. Un sábado que empieza de noche y acaba en domingo por la mañana, y un domingo que empieza y termina en el sofá.
A cada visita, Madrid tiene un nuevo relato. Pero siempre guarda elementos comunes, como los hijos tan distintos de una familia bien, uno rubio y la otra morena pero con los ojos azules de la madre. Este relato tiene los mismos ojos de su padre. Y por eso, encuentra placer en algunas rutinas. Rutinas como salir de casa con las gafas de sol para provocar que llueva, como encerrarte en una librería que huele a café y salir con una bolsa cargada de nuevas historias, y comer sólo en un lugar de comida rápida en la que hay muchos como tú: comiendo solos, masticando en silencio y sin hablar. Y salir a la calle y ver que la osadía ha dado resultado, que toca volver a casa en metro porque el cielo se está viniendo abajo. Y arrancar de la bolsa algunas de esas historias y leerlas a mano alzada, mientras de fondo pasa una estación tras otra.
Y enamorarse tres o cuatro veces en el trayecto. La última, de una chica que sube delante de mí las escaleras mecánicas, tan profundamente que cuando llegamos a la punta y la veo marchar por otro camino, que no es el mío, me he puesto a llorar. Y ella, que ni lo sospecha, ni siquiera vuelve la vista atrás mientras se cubre con el paraguas y se marcha para siempre.
Por eso, por los elementos comunes que comparten los hijos de un mismo padre que se escriben en cada visita a Madrid, sé cómo acaba esta historia. Acaba con la pesadez de empujar una maleta calle abajo hasta el metro, sintiendo cómo el ruido de las ruedecitas al surcar las baldosas desiguales te señala, por mucho que a nadie le importe ese ruido o que nadie repare en ti. Si en Madrid empujas una maleta, te sientes señalado. Sobre todo cuando te vas. Y llegar a Atocha sin nadie que te despida, sin un abrazo ni un 'nos volveremos a ver'. Y caminar con la maleta en una mano y con el billete en la otra. Y llegar a la señorita que te sonríe en el control de acceso, tan pulcramente vestida con su pañuelo verde anudado al cuello, y arrancarle el billete de las manos, darle un abrazo tibio y dos besos, y decirle muy serio 'gracias por venir a despedirme'. Y dejarla allí, con las manos abiertas esperando los billetes que cuelgan de otras manos mientras le da las buenas tardes a otra gente y se pregunta, por dentro, qué hubiera pasado si me hubiera quedado un poco más, si Madrid no me escupiera de vuelta tan pronto. Y al último de la cola le pregunta si es cierto que pienso volver, como le he prometido.

Sí, es cierto, pienso volver. Porque cuando uno camina con los bolsillos vacíos no sabe decir que no a la posibilidad de escribir otra historia.