Sentado en el suelo, de cara a la pared, puedo percibir detrás de mí los limpios sonidos de la noche. Oigo cómo el cielo se estremece con las primeras caricias del otoño mientras vomita puntos de luz a través de las nubes que traen tormenta. Pronto va a llover. No sé cuántas horas llevo aquí, en la misma posición, con la vista puesta en la pared, donde cuelga un reloj que se paró hace muchos años, en otra noche, quizá, como ésta. A pesar de la perezosa quietud de sus agujas, dos veces al día me dice la hora correcta. Pero ahora no. Hace minutos que marca un momento pasado, el momento en el que me obligué a arrancar tu sonrisa de mi vida, a sacar de mis mañanas tu olor a miel, tu mirada por encima de mi mirada; el momento en el que empecé a morirme poco a poco sin que nadie se diera cuenta. La soledad es un líquido ambarino que corre garganta abajo camino de las entrañas, y a su paso lo quema todo: el alma, las venas, la sangre y los pulmones, los rincones del corazón. Quema a pesar de la sal que rescato de mis mejillas, de las lágrimas que en silencio derramo y lamo con la punta de la lengua, adormecida por el alcohol. La soledad es un trago amargo, aunque se disfrute en compañía.
A pesar del frío que hace fuera, y que empaña la ventana que hay detrás de mí, por la que ella ve oscurecer, noto cómo por mi espalda resbalan dos gotas diferentes de un mismo sudor. El mío, conocido; el suyo, tan familiar a pesar de la distancia. Ésa es la forma en la que su cuerpo me acaricia, con una gota compartida que resbala lentamente por mi espina dorsal, que me araña sin filo, una mordedura. En el tiempo que llevamos aquí, la mañana se ha hecho tarde, y la tarde se ha convertido en una noche cerrada que pronto dejará paso al día, pero nada nos importa. Nadie nos espera. No hay nada ahí afuera que nos vaya a desesperar. Ya no. Por eso seguimos aquí, desnudos, espalda con espalda, bebiendo directamente de la misma botella y saboreando, en cada trago, el poso de los problemas del otro.
De cuando en cuando, ella tararea una canción conocida. La canta suavecito, tanto que a veces la única forma que tengo de saber que lo está haciendo es notar cómo reverbera el aire en su pecho, cómo rebota en su espalda antes de salir por esos labios empapados en alcohol, camino de la ventana. Y casi puedo ver cómo esos ojos del color del mar dejan escapar una ola en forma de lágrima, también con la misma sal, que se pierde piel abajo hasta morir en el suelo. Por la noche siempre sube la marea.
Llevamos horas aquí y ni siquiera nos hemos mirado. No nos hace falta. Nos hemos visto en tantas noches que nos sabemos de memoria. No recuerdo quién llegó primero, quién dejó atrás las ventanas de su vida para abrir la puerta de esta habitación, desnudarse y sentarse en el suelo, con la botella al lado, esperando la compañía del tiempo y del lamento compartido. No recuerdo quién llegó después, se desnudó en silencio y se sentó, espalda con espalda, para bebernos lo que nos queda por respirar, para latir juntos hasta el final. Sólo recuerdo que la ensoñación en que se habían convertido mis días cesó cuando noté sobre mi piel el calor de otra piel, y la botella empezó a viajar de unas manos a otras.
Yo se la paso con mis problemas en el cuello. Con esta desazón que no sé cómo explicar, con la taciturna decadencia de mis letras. Con mis noches, cada vez más largas, y mis días, grises y oscuros. Con esta soledad que no me quito de encima ni con los tragos a quemarropa de esta tormenta otoñal. Sin más estímulos que la distancia. Sin más recuerdos que los que edifiqué contigo, sin que tú lo supieras, sin que tú los quisieras compartir. Cuánto daño me estás haciendo, sin saberlo. Sin que yo lo sepa.
Cuando vuelve la botella, lleva los suyos bien pegados. El alcohol sabe a desencanto, a los amores que no volverán. A las estrellas que se han ido porque han llegado las nubes. A los amaneceres en los tejados de una ciudad sin nombre ni letras que descifrar. A lo que pudo ser. A lo que nunca ha sido. A lo que ya no será.
A todo eso sabe la soledad, y todo eso lo vamos descubriendo, sin hablarnos, el uno del otro, mientras nos damos cuenta de que ya lo sabíamos tiempo atrás. A todo eso sabe la soledad, y aun así nos la bebemos, a pesar de todo. O precisamente por eso. Porque de amargura también se vive. Y por encima de sus matices, la soledad es un trago amargo, pura cicuta. Y aun así, nos la bebemos, espalda con espalda mientras, de fondo, muy bajito, suena una ranchera…
martes, 30 de agosto de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
Esa voz...
Por la noche, cuando toda la ciudad dormía, le gustaba escuchar su voz. Era como un pequeño ritual, un vicio secreto que no compartía con nadie, que ocultaba con deleite. Esperaba a que todas las luces de la casa se hubieran apagado, a que el silencio de la noche hubiera amortiguado todos los ruidos que quedaban del día que acababa de terminar, para acudir a su cita entre las sábanas, a salvo de todo el mundo. Allí, protegido por la penumbra, encendía el pequeño transistor de pilas que había rescatado entre los objetos usados de un mercadillo itinerante, tocaba un poco la rueda que sintonizaba las emisoras y cuando encontraba su voz entre las decenas de matices que ofrecía la radio a esas horas, ajustaba el volumen para que aquella conversación fuera un intercambio de susurros. Y se la pegaba a la oreja. Dejaba el pequeño aparato junto a la almohada, bien cerquita de su cabeza, para que el aire no se llevara ni una sola de las palabras que salían de su boca a cientos, quizá miles, de kilómetros de allí. Y jugaba a imaginársela. Como cada noche.
Después de decenas de encuentros, casi la podía ver. Le bastaba con cerrar los ojos y dejar que aquel tono de voz, dulce, le envolviera como una lengua de aire caliente que, sin embargo, le erizaba todos los poros de la piel. Cada palabra, una caricia; una especie de abrazo cada uno de sus silencios. Con los ojos cerrados, y esa voz de arrullo hablándole al oído, la soñaba sentada delante del micrófono en una habitación iluminada por la afilada luz de un fluorescente, sin más compañía que aquellos cascos que le enmarcaban la cabeza, aplastando el anárquico ondular de su pelo castaño, casi negro. Y sentía que esos ojos, abiertos de par en par, en competencia con la luna, le miraban fijamente, y ella hablaba para él, mientras enredaba con el dedo, jugando sin querer, el cable del micrófono. Podía ver sus manos. Esos dedos finos que no paraban quietos, ahora con el cable, ahora golpeteando con suavidad el tablero de la mesa. Esas manos siempre abiertas, con aquel anillo de plata que, de vez en cuando, distraída, se cambiaba de un dedo a otro, mientras seguía hablando, sin parar, poniendo voz a un montón de historias que convertían la noche en un pequeño confesionario público. Y que le permitían ver, a través de sus palabras, la vida de muchas personas que, como él, compartían el vicio de la oscuridad.
O la penitencia de la oscuridad. Desde que había perdido la vista, era la voz de aquella locutora la que marcaba la frontera entre los días y las noches. Era su particular forma de ver el mundo, de soñar despierto. Se había enamorado de aquella voz, lejana, inalcanzable, y había dibujado en torno a ella un rostro que creía real, palpable para el resto de los sentidos, aquellos que todavía podía usar. Estaba seguro de que la imagen real que se ocultaba al otro lado de las ondas no distaría mucho del retrato que él había formado a partir de aquella voz. Y amaba tanto aquella voz que había llegado a enamorarse de aquella imagen.
Aquella noche se armó de valor y decidió llamarla. Marcó el número un par de veces en el teléfono móvil que tenía en la mesita y colgó cuando escuchó el primer tono sonar, temblando debajo de las sábanas, con la voz todavía susurrándole al oído. Sabía que si su llamada entraba en antena, cosa que no sería complicado ya que no había mucha gente que llamara a esa radio a aquellas horas, debía apagar el transistor, y no sabía cómo enfrentarse a aquel intervalo de silencio que sucedería entre los dos. La tercera vez que marcó ya no colgó, y dejó que los tonos sonaran mientras su cuerpo se retorcía en mitad de la oscuridad, acariciado por aquellos susurros. Una voz extraña apareció al otro lado y le preguntó por su historia, y él soltó una mentira que había ensayado noche tras noche. Una ruptura sentimental al uso, una mujer que se había marchado y que probablemente ya no volvería. “En unos segundos estarás en antena”, le dijeron, y se limitó a esperar.
Cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono, una lágrima se asomó desde uno de esos ojos que ya de nada servían, y le falló la voz al contestar. Dijo su nombre, el de verdad, y empezó a contar su historia, esta vez la de su vida. Hacía poco tiempo que había perdido la visión, pero se le habían afilado el resto de los sentidos. El olfato, sí, y el tacto, también, pero sobre todo el oído. Y llegó la noche, siempre la noche, y apareciste tú. O bueno, más exactamente, tu voz. Y fue de noche, a través de ti, a través de tu voz, como volví a ver el mundo, como recordé lo que era vivir con luz. Y desde entonces, te escucho todas las noches, en medio de esta oscuridad que es perenne para mí. Enciendo la radio y la pongo en la almohada, y juego a que me susurras, a que estás aquí, contándome cómo ha sido este día que yo me acabo de perder… Y así estuvo durante dos minutos, abriéndose en canal, dejando que las palabras, sin miedo esta vez, le salieran de lo más hondo, de allí donde siempre hay oscuridad. Durante esos dos minutos, al otro lado sólo hubo silencio.
“Así que, por favor, nunca dejes de hablarme”, terminó.
Y colgó el teléfono mientras encendía, muy rápido, la radio. Y allí, en ese rincón secreto donde la noche le regalaba susurros, la oyó sollozar…
Para Gema, por tanto...
Después de decenas de encuentros, casi la podía ver. Le bastaba con cerrar los ojos y dejar que aquel tono de voz, dulce, le envolviera como una lengua de aire caliente que, sin embargo, le erizaba todos los poros de la piel. Cada palabra, una caricia; una especie de abrazo cada uno de sus silencios. Con los ojos cerrados, y esa voz de arrullo hablándole al oído, la soñaba sentada delante del micrófono en una habitación iluminada por la afilada luz de un fluorescente, sin más compañía que aquellos cascos que le enmarcaban la cabeza, aplastando el anárquico ondular de su pelo castaño, casi negro. Y sentía que esos ojos, abiertos de par en par, en competencia con la luna, le miraban fijamente, y ella hablaba para él, mientras enredaba con el dedo, jugando sin querer, el cable del micrófono. Podía ver sus manos. Esos dedos finos que no paraban quietos, ahora con el cable, ahora golpeteando con suavidad el tablero de la mesa. Esas manos siempre abiertas, con aquel anillo de plata que, de vez en cuando, distraída, se cambiaba de un dedo a otro, mientras seguía hablando, sin parar, poniendo voz a un montón de historias que convertían la noche en un pequeño confesionario público. Y que le permitían ver, a través de sus palabras, la vida de muchas personas que, como él, compartían el vicio de la oscuridad.
O la penitencia de la oscuridad. Desde que había perdido la vista, era la voz de aquella locutora la que marcaba la frontera entre los días y las noches. Era su particular forma de ver el mundo, de soñar despierto. Se había enamorado de aquella voz, lejana, inalcanzable, y había dibujado en torno a ella un rostro que creía real, palpable para el resto de los sentidos, aquellos que todavía podía usar. Estaba seguro de que la imagen real que se ocultaba al otro lado de las ondas no distaría mucho del retrato que él había formado a partir de aquella voz. Y amaba tanto aquella voz que había llegado a enamorarse de aquella imagen.
Aquella noche se armó de valor y decidió llamarla. Marcó el número un par de veces en el teléfono móvil que tenía en la mesita y colgó cuando escuchó el primer tono sonar, temblando debajo de las sábanas, con la voz todavía susurrándole al oído. Sabía que si su llamada entraba en antena, cosa que no sería complicado ya que no había mucha gente que llamara a esa radio a aquellas horas, debía apagar el transistor, y no sabía cómo enfrentarse a aquel intervalo de silencio que sucedería entre los dos. La tercera vez que marcó ya no colgó, y dejó que los tonos sonaran mientras su cuerpo se retorcía en mitad de la oscuridad, acariciado por aquellos susurros. Una voz extraña apareció al otro lado y le preguntó por su historia, y él soltó una mentira que había ensayado noche tras noche. Una ruptura sentimental al uso, una mujer que se había marchado y que probablemente ya no volvería. “En unos segundos estarás en antena”, le dijeron, y se limitó a esperar.
Cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono, una lágrima se asomó desde uno de esos ojos que ya de nada servían, y le falló la voz al contestar. Dijo su nombre, el de verdad, y empezó a contar su historia, esta vez la de su vida. Hacía poco tiempo que había perdido la visión, pero se le habían afilado el resto de los sentidos. El olfato, sí, y el tacto, también, pero sobre todo el oído. Y llegó la noche, siempre la noche, y apareciste tú. O bueno, más exactamente, tu voz. Y fue de noche, a través de ti, a través de tu voz, como volví a ver el mundo, como recordé lo que era vivir con luz. Y desde entonces, te escucho todas las noches, en medio de esta oscuridad que es perenne para mí. Enciendo la radio y la pongo en la almohada, y juego a que me susurras, a que estás aquí, contándome cómo ha sido este día que yo me acabo de perder… Y así estuvo durante dos minutos, abriéndose en canal, dejando que las palabras, sin miedo esta vez, le salieran de lo más hondo, de allí donde siempre hay oscuridad. Durante esos dos minutos, al otro lado sólo hubo silencio.
“Así que, por favor, nunca dejes de hablarme”, terminó.
Y colgó el teléfono mientras encendía, muy rápido, la radio. Y allí, en ese rincón secreto donde la noche le regalaba susurros, la oyó sollozar…
Para Gema, por tanto...
viernes, 24 de junio de 2011
San Juan
Aquella noche, la ciudad huía del silencio. Como cada noche de San Juan, los vecinos habían salido a la calle a reunirse en torno a las hogueras, y el sonido de los petardos llenaba los rincones y las esquinas. No había una sola calle en la que no crepitaran las llamas de un fuego alrededor del cual los más pequeños saltaban, los mayores hablaban y todos escribían en pequeños trozos de papel algunos de sus deseos, esos que no se pueden contar a nadie porque si no nunca se van a cumplir, para fundirlos en las llamas de la noche más corta del año. La ciudad estaba en la calle, con los vecinos, y por una vez la luna no tenía que escuchar los lamentos escondidos durante el día, sino que se deleitaba, en lo alto del cielo casi azul oscuro, con las risas de todos los de allí abajo. De casi todos los de allí abajo.
Ella tenía un deseo que no podía confesar. No porque tuviera miedo de que así no se fuera a cumplir nunca, sino precisamente porque lo que le aterraba era que se cumpliera. Era un deseo que ni ella misma reconocía, pero que le salía de dentro, de lo más profundo de las entrañas, y dejaba a su paso el rastro oscuro y pegajoso que desprenden las palabras que se han mezclado con las vísceras. Ahora que su deseo estaba a punto de cumplirse se sentía aterrada, arrodillada como estaba, pequeña como nunca, en medio de la oscuridad del patio de la urbanización, junto a la piscina.
Nadie le dijo que todo iba a acabar así. Nadie le había dicho, tampoco, que aquello que tenía que ser una ocasión especial se convertiría en una prueba que no iba a poder superar, en un examen que suspendería una y otra vez. Cuando se quedó embarazada, nadie le advirtió de que aquello le cambiaría la vida para siempre. De que aquello le destrozaría la vida.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo. No era justo hacer pagar a una pequeña criatura por los errores que otros han cometido. Y mucho menos cuando ella no había sido capaz de asumir los errores propios. Se enteró de que estaba embarazada cuando ya caminaba sola, alejada del padre que nunca supo que lo fue, del hombre que jamás fue el hombre de su vida. Tenía unas semanas por delante para decidir, y nueve meses para armarse de valor. Eligió la segunda opción y fue albergando esperanzas a medida que su vientre se hinchaba con otra vida nueva, una vida que ella iba a concebir. Una vida que ella misma iba a segar.
Algo no iba bien. Lo percibió en la cara de los médicos en el momento del parto, y lo supo a ciencia cierta poco después, cuando le pusieron entre los brazos a la criatura que braceaba, con aquella cara redonda y aquellos ojos separados, entrecerrados, que le miraban desde encima de aquella nariz casi escondida sobre una boca que nunca se cerraba del todo. Luego se lo llevaron y estuvo unas horas sin verlo. Cuando se recuperó, los médicos le hablaron del porqué de aquellos ojos marrones, del porqué de aquellos labios que no se juntaban, del porqué de la nariz escondida. Le hablaron de un cromosoma, o algo así, y le dijeron, en resumidas cuentas, que ese niño iba a cambiarle la vida. No mintieron.
Y ella lo había intentado. Conste que lo había intentado. Al menos eso se decía ahora, arrodillada en el césped recién regado, mientras el resto de la ciudad quemaba deseos en la noche de brujas, en torno a unas hogueras que nunca podrían alcanzar el calor del fuego que ardía dentro de ella. Lo había intentado, pero no lo había conseguido. Nunca podría conseguirlo. Sin saberlo, empezó a albergar un oscuro anhelo que estaba a punto de hacerse realidad.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo.
Si lo hubiera sabido antes, ahora no habría un cuerpecito flotando boca abajo a su lado, en el centro de la piscina. Dentro de poco los vecinos volverían a sus casas y verían lo que había pasado.
Si lo hubiera sabido antes, se repitió, en voz muy bajita.
Luego se dejó caer por completo en la hierba y lloró hasta quedarse dormida...
Ella tenía un deseo que no podía confesar. No porque tuviera miedo de que así no se fuera a cumplir nunca, sino precisamente porque lo que le aterraba era que se cumpliera. Era un deseo que ni ella misma reconocía, pero que le salía de dentro, de lo más profundo de las entrañas, y dejaba a su paso el rastro oscuro y pegajoso que desprenden las palabras que se han mezclado con las vísceras. Ahora que su deseo estaba a punto de cumplirse se sentía aterrada, arrodillada como estaba, pequeña como nunca, en medio de la oscuridad del patio de la urbanización, junto a la piscina.
Nadie le dijo que todo iba a acabar así. Nadie le había dicho, tampoco, que aquello que tenía que ser una ocasión especial se convertiría en una prueba que no iba a poder superar, en un examen que suspendería una y otra vez. Cuando se quedó embarazada, nadie le advirtió de que aquello le cambiaría la vida para siempre. De que aquello le destrozaría la vida.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo. No era justo hacer pagar a una pequeña criatura por los errores que otros han cometido. Y mucho menos cuando ella no había sido capaz de asumir los errores propios. Se enteró de que estaba embarazada cuando ya caminaba sola, alejada del padre que nunca supo que lo fue, del hombre que jamás fue el hombre de su vida. Tenía unas semanas por delante para decidir, y nueve meses para armarse de valor. Eligió la segunda opción y fue albergando esperanzas a medida que su vientre se hinchaba con otra vida nueva, una vida que ella iba a concebir. Una vida que ella misma iba a segar.
Algo no iba bien. Lo percibió en la cara de los médicos en el momento del parto, y lo supo a ciencia cierta poco después, cuando le pusieron entre los brazos a la criatura que braceaba, con aquella cara redonda y aquellos ojos separados, entrecerrados, que le miraban desde encima de aquella nariz casi escondida sobre una boca que nunca se cerraba del todo. Luego se lo llevaron y estuvo unas horas sin verlo. Cuando se recuperó, los médicos le hablaron del porqué de aquellos ojos marrones, del porqué de aquellos labios que no se juntaban, del porqué de la nariz escondida. Le hablaron de un cromosoma, o algo así, y le dijeron, en resumidas cuentas, que ese niño iba a cambiarle la vida. No mintieron.
Y ella lo había intentado. Conste que lo había intentado. Al menos eso se decía ahora, arrodillada en el césped recién regado, mientras el resto de la ciudad quemaba deseos en la noche de brujas, en torno a unas hogueras que nunca podrían alcanzar el calor del fuego que ardía dentro de ella. Lo había intentado, pero no lo había conseguido. Nunca podría conseguirlo. Sin saberlo, empezó a albergar un oscuro anhelo que estaba a punto de hacerse realidad.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo.
Si lo hubiera sabido antes, ahora no habría un cuerpecito flotando boca abajo a su lado, en el centro de la piscina. Dentro de poco los vecinos volverían a sus casas y verían lo que había pasado.
Si lo hubiera sabido antes, se repitió, en voz muy bajita.
Luego se dejó caer por completo en la hierba y lloró hasta quedarse dormida...
martes, 17 de mayo de 2011
San Valentín
Otro poco de color, por si llegan, Rhode, más momentos en blanco y negro
Treinta y siete años no son nada, pensó, mientras colocaba las velas sobre la mesa. Rodeadas con ternura por aquellos dedos arrugados, los delgados mástiles de cera temblaban tibiamente mientras encontraban el reposo en el pequeño candelabro de plata. Aquellas manos que antes sujetaban con debilidad las dos velas rojas, que esperaban ya la cercana calidez de la llama, se colocaron, con las palmas bien abiertas, delante de su rostro, como para recordarle que el paso del tiempo seguía allí, en algún rincón de esa gran casa demasiado vacía como para esconder su soledad. Aquellas manos habían soportado ochenta años mientras otras, más finas, más tiernas, hacía tiempo que habían dejado de temblar. Aquellas manos habían soportado treinta y siete años de caricias antes de volver a cerrarse temblorosas, cada noche, mientras dormitaba en aquel viejo sillón junto al fuego. Treinta y siete años no son nada, pensó de nuevo, mientras terminaba de poner la mesa.
En la pared, el calendario volvía a recordar un nuevo catorce de febrero, y él, fiel a su costumbre, volvía a preparar una mesa para dos en la que sólo cenaría uno. Caminaba con lentitud, arrastrando las zapatillas por el suelo, con aquellos ochenta años que tanto le pesaban en la sien, pero que no eran capaces de arrastrarle bajo tierra de una vez por todas. Mientras recogía las dos copas del fregador y las llevaba hacia la mesa, lamentó una vez más su buena salud, porque uno nunca debe tener la oportunidad de llorar a las que personas que más quiere; siempre debería suceder al contrario. Cuando ella murió, a él no le quedó nada, y parecía que dios se burlaba de él por hacerle más sabio cuanto más viejo, más sano cada vez, más cuerdo. Apartó ese pensamiento de la cabeza mientras una de sus manos, con la copa bien aferrada, dibujaba en el aire una cruz, temeroso de dios como había sido siempre. No fuera que desde el cielo le fueran a castigar con más salud, volviéndole inmortal y dejándole para siempre con sus recuerdos. Dejó las copas sobre la mesa, cada una junto a su plato, y abrió con ayuda de las tijeras el cartón de vino. Sirvió en ambas.
Volvía hacia la cocina a calentar la sopa cuando reparó en la imagen de ella en el mueble del pasillo. Allí estaban sus ojos, esos pequeños ojos tristes que le miraban a través de una fotografía en blanco y negro enmarcada con prisas en un pequeño portafotos marrón. Era una de las pocas fotografías que tenía de ella, y lamentaba no disponer de alguna más actual, o de un puñado más en las que pudiera contemplar al menos su sonrisa. Eran demasiado pobres para tantas fotografías como él hubiera deseado, porque eran tan ricos que lo único que tenían era el uno al otro. Ahora que las cámaras están casi regaladas, él no tenía nadie a quien hacerle fotos.
Evitó detenerse y llegó hasta la cocina. La sopa ya hervía. El líquido amarillo sobre el que bailaban unos pocos fideos hacía pequeñas burbujas en aquel viejo cazo, así que agarró uno de los trapos de cocina antes de asir el mango del mismo y apartarlo del fuego. Esperó un par de minutos a que se enfriara un poco antes de verterla en un plato hondo que agarró con las dos manos, rumbo de nuevo a la mesa. Cuando atravesó el pasillo hizo todo lo que pudo para no mirar de nuevo la foto, pero su cerebro, más vivo, le traicionó, y no pudo evitar echar un vistazo justo cuando pasó a su altura. Fugaz, sí, tanto como para no perder de vista la sopa que bailaba en el plato al mismo ritmo al que se arrastraban sus pies; pero suficiente para que esa imagen le acompañara a la mesa.
Antes de sentarse, y una vez que hubo dejado el plato junto a la servilleta, encendió la radio. Tenía una pequeña televisión en el cuarto de estar, pero nunca la ponía. Prefería imaginar todo lo que oía porque así, haciendo trabajar a la mente, se sentía menos solo. Cuando se sentó para cenar se dio cuenta que se le había olvidado el mechero para encender las velas, pero ya no sabía si ese descuido era cierto o era sólo un juego que repetía una y otra vez durante los últimos años. A ella le gustaba cenar con velas en San Valentín, y como no había podido darle un hijo, que era lo que ella más deseaba, procuraba satisfacer en la medida de lo posible todos sus pequeños anhelos. Siempre compraba la víspera del catorce de febrero un par de velas rojas que ella encendía justo cuando se sentaban a cenar, y veían juntos, sin hablar, cómo se consumían. El año en que ella murió fue el último que compró las velas, y desde entonces no las había vuelto a encender. Aquellos dos arañazos rojos que rompían en lo alto del candelabro eran los que compró el primer año que no pudieron cenar juntos. Durante los últimos trece años, las había colocado en su sitio, como siempre. Allí volverían a estar al año siguiente.
Empezó a sorber la sopa con paciencia, para no quemarse, mientras de fondo la radio escupía un viejo bolero. La letra le llegaba tenue mientras él se esforzaba por arrancar los pocos fideos de la cuchara. A pesar de que la música era apenas un susurro, un arrullo melancólico, empezó a llorar. Las lágrimas le resbalaban por las ajadas mejillas y describían una curva perfecta para llegar a la comisura de sus labios, agrietados por el tiempo. Él sorbía las lágrimas al mismo tiempo que sorbía la sopa.
Y allí, bebiéndose su llanto un año más, repitió para sus adentros que treinta y siete años no son nada. Un suspiro. Los treinta y siete años que había pasado junto a ella no eran nada comparados con los trece que llevaba cenando lágrimas a solas, ni con los ochenta que componían ya una vida que no quería. Una vida que tenía que acabarse pronto, por favor. Porque treinta y siete años no son nada cuando lo que espera es una eternidad…
Treinta y siete años no son nada, pensó, mientras colocaba las velas sobre la mesa. Rodeadas con ternura por aquellos dedos arrugados, los delgados mástiles de cera temblaban tibiamente mientras encontraban el reposo en el pequeño candelabro de plata. Aquellas manos que antes sujetaban con debilidad las dos velas rojas, que esperaban ya la cercana calidez de la llama, se colocaron, con las palmas bien abiertas, delante de su rostro, como para recordarle que el paso del tiempo seguía allí, en algún rincón de esa gran casa demasiado vacía como para esconder su soledad. Aquellas manos habían soportado ochenta años mientras otras, más finas, más tiernas, hacía tiempo que habían dejado de temblar. Aquellas manos habían soportado treinta y siete años de caricias antes de volver a cerrarse temblorosas, cada noche, mientras dormitaba en aquel viejo sillón junto al fuego. Treinta y siete años no son nada, pensó de nuevo, mientras terminaba de poner la mesa.
En la pared, el calendario volvía a recordar un nuevo catorce de febrero, y él, fiel a su costumbre, volvía a preparar una mesa para dos en la que sólo cenaría uno. Caminaba con lentitud, arrastrando las zapatillas por el suelo, con aquellos ochenta años que tanto le pesaban en la sien, pero que no eran capaces de arrastrarle bajo tierra de una vez por todas. Mientras recogía las dos copas del fregador y las llevaba hacia la mesa, lamentó una vez más su buena salud, porque uno nunca debe tener la oportunidad de llorar a las que personas que más quiere; siempre debería suceder al contrario. Cuando ella murió, a él no le quedó nada, y parecía que dios se burlaba de él por hacerle más sabio cuanto más viejo, más sano cada vez, más cuerdo. Apartó ese pensamiento de la cabeza mientras una de sus manos, con la copa bien aferrada, dibujaba en el aire una cruz, temeroso de dios como había sido siempre. No fuera que desde el cielo le fueran a castigar con más salud, volviéndole inmortal y dejándole para siempre con sus recuerdos. Dejó las copas sobre la mesa, cada una junto a su plato, y abrió con ayuda de las tijeras el cartón de vino. Sirvió en ambas.
Volvía hacia la cocina a calentar la sopa cuando reparó en la imagen de ella en el mueble del pasillo. Allí estaban sus ojos, esos pequeños ojos tristes que le miraban a través de una fotografía en blanco y negro enmarcada con prisas en un pequeño portafotos marrón. Era una de las pocas fotografías que tenía de ella, y lamentaba no disponer de alguna más actual, o de un puñado más en las que pudiera contemplar al menos su sonrisa. Eran demasiado pobres para tantas fotografías como él hubiera deseado, porque eran tan ricos que lo único que tenían era el uno al otro. Ahora que las cámaras están casi regaladas, él no tenía nadie a quien hacerle fotos.
Evitó detenerse y llegó hasta la cocina. La sopa ya hervía. El líquido amarillo sobre el que bailaban unos pocos fideos hacía pequeñas burbujas en aquel viejo cazo, así que agarró uno de los trapos de cocina antes de asir el mango del mismo y apartarlo del fuego. Esperó un par de minutos a que se enfriara un poco antes de verterla en un plato hondo que agarró con las dos manos, rumbo de nuevo a la mesa. Cuando atravesó el pasillo hizo todo lo que pudo para no mirar de nuevo la foto, pero su cerebro, más vivo, le traicionó, y no pudo evitar echar un vistazo justo cuando pasó a su altura. Fugaz, sí, tanto como para no perder de vista la sopa que bailaba en el plato al mismo ritmo al que se arrastraban sus pies; pero suficiente para que esa imagen le acompañara a la mesa.
Antes de sentarse, y una vez que hubo dejado el plato junto a la servilleta, encendió la radio. Tenía una pequeña televisión en el cuarto de estar, pero nunca la ponía. Prefería imaginar todo lo que oía porque así, haciendo trabajar a la mente, se sentía menos solo. Cuando se sentó para cenar se dio cuenta que se le había olvidado el mechero para encender las velas, pero ya no sabía si ese descuido era cierto o era sólo un juego que repetía una y otra vez durante los últimos años. A ella le gustaba cenar con velas en San Valentín, y como no había podido darle un hijo, que era lo que ella más deseaba, procuraba satisfacer en la medida de lo posible todos sus pequeños anhelos. Siempre compraba la víspera del catorce de febrero un par de velas rojas que ella encendía justo cuando se sentaban a cenar, y veían juntos, sin hablar, cómo se consumían. El año en que ella murió fue el último que compró las velas, y desde entonces no las había vuelto a encender. Aquellos dos arañazos rojos que rompían en lo alto del candelabro eran los que compró el primer año que no pudieron cenar juntos. Durante los últimos trece años, las había colocado en su sitio, como siempre. Allí volverían a estar al año siguiente.
Empezó a sorber la sopa con paciencia, para no quemarse, mientras de fondo la radio escupía un viejo bolero. La letra le llegaba tenue mientras él se esforzaba por arrancar los pocos fideos de la cuchara. A pesar de que la música era apenas un susurro, un arrullo melancólico, empezó a llorar. Las lágrimas le resbalaban por las ajadas mejillas y describían una curva perfecta para llegar a la comisura de sus labios, agrietados por el tiempo. Él sorbía las lágrimas al mismo tiempo que sorbía la sopa.
Y allí, bebiéndose su llanto un año más, repitió para sus adentros que treinta y siete años no son nada. Un suspiro. Los treinta y siete años que había pasado junto a ella no eran nada comparados con los trece que llevaba cenando lágrimas a solas, ni con los ochenta que componían ya una vida que no quería. Una vida que tenía que acabarse pronto, por favor. Porque treinta y siete años no son nada cuando lo que espera es una eternidad…
lunes, 9 de mayo de 2011
Feria medieval
En las noches de primavera, la ciudad entera olía a mimosa. Nadie sabía por qué, ni de dónde surgía ese olor que parecía quedar oculto durante el día, pero que al caer la oscuridad barría las calles de punta a punta, y convertía aquella pequeña urbe en un lugar apacible en el que perderse. Aun así, las calles estaban desiertas. No quedaba nadie en la plaza y sólo el sonido de la brisa, testigo de la tormenta que había sacudido las esquinas durante el día anterior, desafiaba la tranquilidad en la que dormía abrazada la luna. La feria había llegado. Y también la feria, en calma, olía aquella noche a mimosa.
Acababan de llegar a la ciudad, y apenas habían tenido tiempo de montar aún los tenderetes. Cada uno había cogido el sitio que se le había asignado, y algunos de ellos habían conseguido levantar ya una parte de los puestos, pero nada más. Todos se habían ido a descansar temprano, porque el día siguiente empezaría muy pronto, casi recién salido el sol, para darle los últimos retoques al entorno, con el fin de que todo estuviera listo para que la plaza, y todos los rincones por los que se extendía el mercado medieval, retrocediera en el tiempo y situara a los ciudadanos en algún lugar, en ese mismo punto del mapa, pero algunos siglos más atrás.
Este año, la feria medieval era enorme. Era la tercera vez que exponían en esa ciudad, pero en esta ocasión casi duplicaban el número de puestos que la edición anterior. Así, habían triplicado el espacio disponible. Normalmente concentraban la feria en la plaza mayor del pueblo, ocupando de paso una parte de las calles adyacentes, convirtiendo el centro de las ciudades en un núcleo medieval. Este año, los puestos empezaban en una pequeña plaza que había junto a la plaza mayor, al otro lado del ayuntamiento, y también habría tenderetes en la plaza de la catedral. La feria ocuparía en total tres zonas diferentes, y en todas ellas había ya algunos puestos a medio levantar. Los camiones y furgonetas ocupaban la parte final de la feria, y se repartían como podían alrededor de la catedral, algunos subidos en las aceras, otros obstruyendo por completo una calle peatonal; los más, aparcados malamente sobre la tierra amarilla que rodeaba el imponente edificio de piedra. Junto a uno de los camiones, el puesto de cetrería, el único montado por completo, con los halcones durmiendo dentro, con la cabeza tapada, debajo de las lonas. Sólo el sonido del aire al agitar las banderas, colgadas ya de las cuerdas que cruzaban las calles de balcón a balcón, rompía el silencio y la tranquilidad de la noche.
Pero no todo el mundo dormía.
En el otro extremo de la feria, en una de las calles adyacentes a la gran plaza porticada en la que aguardaba el grueso de los tenderetes, comenzaron a oírse los pasos apresurados de una persona que corría. El ruido de sus zapatos golpeaba nerviosamente las piedras, y las paredes de la plaza devolvían el eco de los pasos con la misma agitación con la que éstos le llegaban. Por una de las callejuelas apareció un hombre vestido con una túnica vieja, parte del vestuario que tenían todos los que participaban en la feria, y unas sandalias de cuero. Tenía el pelo blanco, mal repartido por las sienes, y una enorme calva en la parte de arriba de la cabeza. La gran barba, también blanca, contrastaba con el marrón de la túnica en el pecho. Corría con la prenda arremangada de mala manera, y las dos manos casi apoyadas sobre los muslos le daban a sus movimientos un deje cómico, de no ser…
… de no ser porque aquellos eran sus últimos pasos.
Se paró en seco nada más entrar en la plaza. Miró alrededor, jadeando, y reconoció una sombra en una de las paredes, a su izquierda, por encima de los pórticos. La sombra se fue haciendo cada vez más y más grande, mientras abría una gran boca negra de la que parecía escapar un grito sordo. El hombre se tapó las orejas con las dos manos, y pronto notó cómo el resto de sombras iba ocupando la plaza. A izquierda y derecha, sombras y más sombras. Ya estaban aquí.
Echó a correr mientras la plaza se llenaba de sonidos que sólo escuchaba él, que retumbaban en su cabeza pero no acertaban a romper el silencio sepulcral de aquella noche de primavera. Volvió a remangarse la túnica y cruzó la plaza de punta a punta con la esperanza de llegar a tiempo a los camiones para dar la voz de alarma, para avisar al resto de los feriantes. Siempre le habían considerado un loco, pero ahora, cuando todo empezaba a hacerse realidad, tendrían que escucharle, aunque fuera lo último que hiciera. Abandonó la plaza por uno de sus extremos, y las sombras se fueron detrás de él.
Cruzó todo lo rápido que pudo la pequeña calle peatonal antes de llegar al entorno de la catedral. Tropezó al subir los tres escalones y cayó de bruces sobre la arena amarilla. Las sombras se detuvieron detrás de él, encaramadas a los balcones y a las casas que le rodeaban. Ya no gritaban. Ahora estaban en silencio, expectantes, esperando para ver qué iba a ocurrir. El hombre se levantó como pudo y notó un dolor agudo en la rodilla, mientras la sangre manchaba la parte interior de la túnica y se derramaba, con su calidez, por la pantorrilla. Consiguió cruzar la mitad de aquella pequeña plaza cuadrada, hasta llegar al templete herrumbroso que marcaba el centro de aquel espacio. De repente, algo le paralizó por completo.
En el centro de la estructura metálica, como esperando para empezar a actuar, había una figura enmarcada en una túnica blanca, con la capucha puesta. No se le veía la cara. De haber llevado la capucha quitada, lo último que aquel viejo hubiera visto en esta vida hubiera sido un cráneo pelado y arrugado, y dos agujeros negros en las cuencas donde antes había ojos, una lengua gris y una boca pestilente. En lugar de eso, dos llamas rojas ardían, muy vivas, dentro de aquella capucha. El anciano, al ver que la figura avanzaba hacia él, se puso de rodillas y empezó a suplicar.
La figura avanzaba lentamente, cubriendo con paciencia la distancia que le separaba del viejo. En aquel trayecto, el hombre pudo distinguir el escudo de armas que portaban algunos de los caballeros que participaban en el teatro que sazonaba la feria cada tarde, grabado en uno de los lados de la túnica, junto al hombro. Lo reconoció justo en el momento en el que la figura se echaba sobre él. El anciano, de rodillas, vio el destello de una hoja afilada asomar por debajo de una de las amplias mangas de la túnica blanca, antes de que la figura, con una mano enguantada en una tela negra, le hundiera la cuchilla en la garganta.
Y desapareció. El anciano cayó hacia atrás tosiendo con dificultad mientras la tráquea y la boca se le llenaban de sangre. Notó el sabor de aquel líquido rojo, viscoso, que empezaba a ahogarle mientras se arañaba con las largas y sucias uñas la herida que acababa de abrirse en su cuello, buscando un resquicio por el que respirar. No lo encontró. Murió ahogado en su propia sangre, seca ya sobre la tierra amarilla cuando le encontraron, a la mañana siguiente.
Aquel día, por primera vez desde que había comenzado la primavera, la ciudad se despertó aún con aquel dulce olor a mimosa.
Acababan de llegar a la ciudad, y apenas habían tenido tiempo de montar aún los tenderetes. Cada uno había cogido el sitio que se le había asignado, y algunos de ellos habían conseguido levantar ya una parte de los puestos, pero nada más. Todos se habían ido a descansar temprano, porque el día siguiente empezaría muy pronto, casi recién salido el sol, para darle los últimos retoques al entorno, con el fin de que todo estuviera listo para que la plaza, y todos los rincones por los que se extendía el mercado medieval, retrocediera en el tiempo y situara a los ciudadanos en algún lugar, en ese mismo punto del mapa, pero algunos siglos más atrás.
Este año, la feria medieval era enorme. Era la tercera vez que exponían en esa ciudad, pero en esta ocasión casi duplicaban el número de puestos que la edición anterior. Así, habían triplicado el espacio disponible. Normalmente concentraban la feria en la plaza mayor del pueblo, ocupando de paso una parte de las calles adyacentes, convirtiendo el centro de las ciudades en un núcleo medieval. Este año, los puestos empezaban en una pequeña plaza que había junto a la plaza mayor, al otro lado del ayuntamiento, y también habría tenderetes en la plaza de la catedral. La feria ocuparía en total tres zonas diferentes, y en todas ellas había ya algunos puestos a medio levantar. Los camiones y furgonetas ocupaban la parte final de la feria, y se repartían como podían alrededor de la catedral, algunos subidos en las aceras, otros obstruyendo por completo una calle peatonal; los más, aparcados malamente sobre la tierra amarilla que rodeaba el imponente edificio de piedra. Junto a uno de los camiones, el puesto de cetrería, el único montado por completo, con los halcones durmiendo dentro, con la cabeza tapada, debajo de las lonas. Sólo el sonido del aire al agitar las banderas, colgadas ya de las cuerdas que cruzaban las calles de balcón a balcón, rompía el silencio y la tranquilidad de la noche.
Pero no todo el mundo dormía.
En el otro extremo de la feria, en una de las calles adyacentes a la gran plaza porticada en la que aguardaba el grueso de los tenderetes, comenzaron a oírse los pasos apresurados de una persona que corría. El ruido de sus zapatos golpeaba nerviosamente las piedras, y las paredes de la plaza devolvían el eco de los pasos con la misma agitación con la que éstos le llegaban. Por una de las callejuelas apareció un hombre vestido con una túnica vieja, parte del vestuario que tenían todos los que participaban en la feria, y unas sandalias de cuero. Tenía el pelo blanco, mal repartido por las sienes, y una enorme calva en la parte de arriba de la cabeza. La gran barba, también blanca, contrastaba con el marrón de la túnica en el pecho. Corría con la prenda arremangada de mala manera, y las dos manos casi apoyadas sobre los muslos le daban a sus movimientos un deje cómico, de no ser…
… de no ser porque aquellos eran sus últimos pasos.
Se paró en seco nada más entrar en la plaza. Miró alrededor, jadeando, y reconoció una sombra en una de las paredes, a su izquierda, por encima de los pórticos. La sombra se fue haciendo cada vez más y más grande, mientras abría una gran boca negra de la que parecía escapar un grito sordo. El hombre se tapó las orejas con las dos manos, y pronto notó cómo el resto de sombras iba ocupando la plaza. A izquierda y derecha, sombras y más sombras. Ya estaban aquí.
Echó a correr mientras la plaza se llenaba de sonidos que sólo escuchaba él, que retumbaban en su cabeza pero no acertaban a romper el silencio sepulcral de aquella noche de primavera. Volvió a remangarse la túnica y cruzó la plaza de punta a punta con la esperanza de llegar a tiempo a los camiones para dar la voz de alarma, para avisar al resto de los feriantes. Siempre le habían considerado un loco, pero ahora, cuando todo empezaba a hacerse realidad, tendrían que escucharle, aunque fuera lo último que hiciera. Abandonó la plaza por uno de sus extremos, y las sombras se fueron detrás de él.
Cruzó todo lo rápido que pudo la pequeña calle peatonal antes de llegar al entorno de la catedral. Tropezó al subir los tres escalones y cayó de bruces sobre la arena amarilla. Las sombras se detuvieron detrás de él, encaramadas a los balcones y a las casas que le rodeaban. Ya no gritaban. Ahora estaban en silencio, expectantes, esperando para ver qué iba a ocurrir. El hombre se levantó como pudo y notó un dolor agudo en la rodilla, mientras la sangre manchaba la parte interior de la túnica y se derramaba, con su calidez, por la pantorrilla. Consiguió cruzar la mitad de aquella pequeña plaza cuadrada, hasta llegar al templete herrumbroso que marcaba el centro de aquel espacio. De repente, algo le paralizó por completo.
En el centro de la estructura metálica, como esperando para empezar a actuar, había una figura enmarcada en una túnica blanca, con la capucha puesta. No se le veía la cara. De haber llevado la capucha quitada, lo último que aquel viejo hubiera visto en esta vida hubiera sido un cráneo pelado y arrugado, y dos agujeros negros en las cuencas donde antes había ojos, una lengua gris y una boca pestilente. En lugar de eso, dos llamas rojas ardían, muy vivas, dentro de aquella capucha. El anciano, al ver que la figura avanzaba hacia él, se puso de rodillas y empezó a suplicar.
La figura avanzaba lentamente, cubriendo con paciencia la distancia que le separaba del viejo. En aquel trayecto, el hombre pudo distinguir el escudo de armas que portaban algunos de los caballeros que participaban en el teatro que sazonaba la feria cada tarde, grabado en uno de los lados de la túnica, junto al hombro. Lo reconoció justo en el momento en el que la figura se echaba sobre él. El anciano, de rodillas, vio el destello de una hoja afilada asomar por debajo de una de las amplias mangas de la túnica blanca, antes de que la figura, con una mano enguantada en una tela negra, le hundiera la cuchilla en la garganta.
Y desapareció. El anciano cayó hacia atrás tosiendo con dificultad mientras la tráquea y la boca se le llenaban de sangre. Notó el sabor de aquel líquido rojo, viscoso, que empezaba a ahogarle mientras se arañaba con las largas y sucias uñas la herida que acababa de abrirse en su cuello, buscando un resquicio por el que respirar. No lo encontró. Murió ahogado en su propia sangre, seca ya sobre la tierra amarilla cuando le encontraron, a la mañana siguiente.
Aquel día, por primera vez desde que había comenzado la primavera, la ciudad se despertó aún con aquel dulce olor a mimosa.
viernes, 6 de mayo de 2011
El deber de soportarme...
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Odio cómo resuenan a mi alrededor la música de los tambores, los ecos lejanos de la verbena mientras yo espero a que llueva, porque creo que en algunas de esas gotas está perdida tu saliva, y no quiero que vuelva a caer al suelo sin tocarme. Y la gente salta, y ríe, y baila; y yo en secreto no puedo sino detestarlos por estar viviendo un pedazo de la vida que yo quiero para mí. Que yo quiero para los dos. Y tengo que medir cada uno de mis actos, cada una de mis palabras, para que esta ira que cultivo en silencio, en el huequito que me deja tu falta, no estalle en la cara de los demás.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Porque es más fácil soportar este vacío cuando la noche viene oscura y gris, cuando hay nubes en el cielo y cuando no está la luna para iluminar los rincones en los que no te encuentro. Entonces, sólo entonces, es más fácil soportar la espera junto a la ventana, buscando que el cristal me devuelva tu reflejo para poder abrazarme a él, y tratar de aspirar donde no estás los olores que me dejaste. No es sencillo levantarse cada día con una cama vacía, con una vida sin amueblar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo, a gritos, la agonía del luto por tu ausencia. No me sienta bien mi piel estos días en los que no estás conmigo. No estoy cómodo dentro de mi cuerpo, ni estoy a gusto enhebrando en mi cabeza la aguja que tengo clavada con los hilos arrancados de tus recuerdos. La noche duele, como los días, y ya no me quedan heridas por las que sangrar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo grito por tu ausencia. Pero la música que me rodea apaga el sonido de mi voz. Nadie gira la cabeza para mirar, nadie se asusta por los alaridos que oyen, de fondo, en algún lugar. Así que las lágrimas que derramo son sólo para mí, y se mezclan con el vino que bebo en las copas que conservo, aún manchadas, con el rojo de tus labios.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta y yo grito porque no estás. La garganta, en carne viva, ya ha dejado de dolerme. Tampoco me duelen ya las cicatrices. Poco a poco, me digo, tengo que ir saliendo adelante. Pero no lo consigo.
Odio los días en los que no estás, porque eso hace cada vez más difícil la terrible tarea de soportarme…
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Porque es más fácil soportar este vacío cuando la noche viene oscura y gris, cuando hay nubes en el cielo y cuando no está la luna para iluminar los rincones en los que no te encuentro. Entonces, sólo entonces, es más fácil soportar la espera junto a la ventana, buscando que el cristal me devuelva tu reflejo para poder abrazarme a él, y tratar de aspirar donde no estás los olores que me dejaste. No es sencillo levantarse cada día con una cama vacía, con una vida sin amueblar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo, a gritos, la agonía del luto por tu ausencia. No me sienta bien mi piel estos días en los que no estás conmigo. No estoy cómodo dentro de mi cuerpo, ni estoy a gusto enhebrando en mi cabeza la aguja que tengo clavada con los hilos arrancados de tus recuerdos. La noche duele, como los días, y ya no me quedan heridas por las que sangrar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo grito por tu ausencia. Pero la música que me rodea apaga el sonido de mi voz. Nadie gira la cabeza para mirar, nadie se asusta por los alaridos que oyen, de fondo, en algún lugar. Así que las lágrimas que derramo son sólo para mí, y se mezclan con el vino que bebo en las copas que conservo, aún manchadas, con el rojo de tus labios.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta y yo grito porque no estás. La garganta, en carne viva, ya ha dejado de dolerme. Tampoco me duelen ya las cicatrices. Poco a poco, me digo, tengo que ir saliendo adelante. Pero no lo consigo.
Odio los días en los que no estás, porque eso hace cada vez más difícil la terrible tarea de soportarme…
miércoles, 6 de abril de 2011
Fragmentos (III)
(..)Sonó el teléfono:
-Dígame
-Santi, soy yo… Papá ha muerto.
-…
-Santi… ¿estás ahí? Di algo, por dios.
-¿Cuándo ha sido?
-Hace cosa de una hora. Los últimos días había empeorado bastante, y anteayer los médicos nos dijeron que no tenía solución. He intentado llamarte –y era verdad- pero no me has cogido el teléfono. Ha sido imposible localizarte.
-¿Cómo está mamá?
-Ahora mismo, consternada. No reacciona. No sabe si llorar o gritar. Está muy afectada. Sigue sentada al lado de la cama vacía que ocupaba papá, con la mirada perdida… -Cuando volviera a casa, repetiría esa misma escena en su cama, en la colcha de siempre, en la habitación de siempre… mirando como siempre la misma ventana…- ¿Quieres hablar con ella?
-No
-Santi, a papá lo enterrarán mañana por la tarde, ¿vas a venir?
Tardé unos minutos en contestar. En medio de la borrachera, intentaba poner en orden mis ideas, tratar de ordenar mis pensamientos. Sin llamarlos, habían acudido todos al encuentro con el alcohol, y en ese momento se encontraban encima de la mesa, desparramados como las cartas de un castillo de naipes que se acaba de caer; y yo los miraba sin saber cuál coger para volver a empezar a construir todo aquello.
-¡Santi!
-No
Y colgué el teléfono. Aquél ‘no’ tuvo que ser un flechazo que impactó en lo más hondo de mi hermano, porque ya no volvió a llamar.
Pagué la cuenta y me marché a casa. De camino, notaba cómo se iban acentuando los efluvios de la borrachera. Cada vez estaba más mareado, me sentía peor. Tuve que parar para vomitar. Allí, apoyado en una farola, dejé que todo el alcohol que había bebido se derramara, garganta arriba, para acabar en las entrañas de París. Cuando me recompuse, seguí la marcha, ignorando los cuatro pares de ojos que me miraban ocultos en un portal. La noche caía sobre la ciudad de la luz.
Cuando llegué a casa, H. estaba allí, sentada sobre la mesa, leyendo. No dije nada. Cerré la puerta de un golpe y me fui hacia ella al tiempo que me iba desnudando. Me miró fijamente mientras me acercaba y dejó el libro cuidadosamente sobre la mesa, junto a su pierna. Fue lo último que sucedió cuidadosamente. La cogí en brazos y la tiré sobre la cama, antes de quitarme el pantalón. Ella sólo llevaba puesta una camiseta interior y las bragas, y desprenderse de ambas cosas le llevó el mismo tiempo que a mí sacar el pie del pantalón vaquero antes de caer sobre ella. La besé con furia y le mordí el labio inferior, primero un poco, luego haciendo más fuerza, hasta que noté cómo se abría, como una manzana madura, y el sabor de su sangre me rozaba la lengua. Me rodeó con las piernas y clavó las uñas en mi espalda, muy fuerte, muy dentro, mientras me miraba fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre brotó por la comisura de sus labios, y lo lamí mientras la penetraba. Con la noche recién llegada sobre el cielo de París, follamos como si fuera lo último que nos quedaba, hasta que su piel y mi piel dolían como una sola. Sin decirnos una sola palabra.
Al terminar, mientras ella se encendía un cigarro, yo me tumbé boca arriba, invitándola a descansar sobre mi pecho. Fumó en silencio, echándome el humo en la cara, mientras yo miraba al techo. Casi cuando se hubo terminado el pitillo, cuando nuestras respiraciones habían recuperado su ritmo normal, se incorporó para hablar.
-¿Qué ha pasado?
-Me ha llamado mi hermano, desde España. Mi padre ha muerto.
No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta. Dejó que lo que quedaba del cigarro se consumiera en el cenicero, sobre la mesita, y se tumbó de lado. La rodeé con los brazos y la apreté fuerte contra mí, hundiendo mi nariz en su pelo negro. Poco a poco, bajé la cabeza, hasta que mis labios encontraron el nacimiento de su cuello, y allí, sobre su espalda desnuda, morena, por primera y última vez, lloré por la muerte de mi padre.
-Dígame
-Santi, soy yo… Papá ha muerto.
-…
-Santi… ¿estás ahí? Di algo, por dios.
-¿Cuándo ha sido?
-Hace cosa de una hora. Los últimos días había empeorado bastante, y anteayer los médicos nos dijeron que no tenía solución. He intentado llamarte –y era verdad- pero no me has cogido el teléfono. Ha sido imposible localizarte.
-¿Cómo está mamá?
-Ahora mismo, consternada. No reacciona. No sabe si llorar o gritar. Está muy afectada. Sigue sentada al lado de la cama vacía que ocupaba papá, con la mirada perdida… -Cuando volviera a casa, repetiría esa misma escena en su cama, en la colcha de siempre, en la habitación de siempre… mirando como siempre la misma ventana…- ¿Quieres hablar con ella?
-No
-Santi, a papá lo enterrarán mañana por la tarde, ¿vas a venir?
Tardé unos minutos en contestar. En medio de la borrachera, intentaba poner en orden mis ideas, tratar de ordenar mis pensamientos. Sin llamarlos, habían acudido todos al encuentro con el alcohol, y en ese momento se encontraban encima de la mesa, desparramados como las cartas de un castillo de naipes que se acaba de caer; y yo los miraba sin saber cuál coger para volver a empezar a construir todo aquello.
-¡Santi!
-No
Y colgué el teléfono. Aquél ‘no’ tuvo que ser un flechazo que impactó en lo más hondo de mi hermano, porque ya no volvió a llamar.
Pagué la cuenta y me marché a casa. De camino, notaba cómo se iban acentuando los efluvios de la borrachera. Cada vez estaba más mareado, me sentía peor. Tuve que parar para vomitar. Allí, apoyado en una farola, dejé que todo el alcohol que había bebido se derramara, garganta arriba, para acabar en las entrañas de París. Cuando me recompuse, seguí la marcha, ignorando los cuatro pares de ojos que me miraban ocultos en un portal. La noche caía sobre la ciudad de la luz.
Cuando llegué a casa, H. estaba allí, sentada sobre la mesa, leyendo. No dije nada. Cerré la puerta de un golpe y me fui hacia ella al tiempo que me iba desnudando. Me miró fijamente mientras me acercaba y dejó el libro cuidadosamente sobre la mesa, junto a su pierna. Fue lo último que sucedió cuidadosamente. La cogí en brazos y la tiré sobre la cama, antes de quitarme el pantalón. Ella sólo llevaba puesta una camiseta interior y las bragas, y desprenderse de ambas cosas le llevó el mismo tiempo que a mí sacar el pie del pantalón vaquero antes de caer sobre ella. La besé con furia y le mordí el labio inferior, primero un poco, luego haciendo más fuerza, hasta que noté cómo se abría, como una manzana madura, y el sabor de su sangre me rozaba la lengua. Me rodeó con las piernas y clavó las uñas en mi espalda, muy fuerte, muy dentro, mientras me miraba fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre brotó por la comisura de sus labios, y lo lamí mientras la penetraba. Con la noche recién llegada sobre el cielo de París, follamos como si fuera lo último que nos quedaba, hasta que su piel y mi piel dolían como una sola. Sin decirnos una sola palabra.
Al terminar, mientras ella se encendía un cigarro, yo me tumbé boca arriba, invitándola a descansar sobre mi pecho. Fumó en silencio, echándome el humo en la cara, mientras yo miraba al techo. Casi cuando se hubo terminado el pitillo, cuando nuestras respiraciones habían recuperado su ritmo normal, se incorporó para hablar.
-¿Qué ha pasado?
-Me ha llamado mi hermano, desde España. Mi padre ha muerto.
No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta. Dejó que lo que quedaba del cigarro se consumiera en el cenicero, sobre la mesita, y se tumbó de lado. La rodeé con los brazos y la apreté fuerte contra mí, hundiendo mi nariz en su pelo negro. Poco a poco, bajé la cabeza, hasta que mis labios encontraron el nacimiento de su cuello, y allí, sobre su espalda desnuda, morena, por primera y última vez, lloré por la muerte de mi padre.
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