viernes, 6 de mayo de 2011

El deber de soportarme...

Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Odio cómo resuenan a mi alrededor la música de los tambores, los ecos lejanos de la verbena mientras yo espero a que llueva, porque creo que en algunas de esas gotas está perdida tu saliva, y no quiero que vuelva a caer al suelo sin tocarme. Y la gente salta, y ríe, y baila; y yo en secreto no puedo sino detestarlos por estar viviendo un pedazo de la vida que yo quiero para mí. Que yo quiero para los dos. Y tengo que medir cada uno de mis actos, cada una de mis palabras, para que esta ira que cultivo en silencio, en el huequito que me deja tu falta, no estalle en la cara de los demás.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Porque es más fácil soportar este vacío cuando la noche viene oscura y gris, cuando hay nubes en el cielo y cuando no está la luna para iluminar los rincones en los que no te encuentro. Entonces, sólo entonces, es más fácil soportar la espera junto a la ventana, buscando que el cristal me devuelva tu reflejo para poder abrazarme a él, y tratar de aspirar donde no estás los olores que me dejaste. No es sencillo levantarse cada día con una cama vacía, con una vida sin amueblar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo, a gritos, la agonía del luto por tu ausencia. No me sienta bien mi piel estos días en los que no estás conmigo. No estoy cómodo dentro de mi cuerpo, ni estoy a gusto enhebrando en mi cabeza la aguja que tengo clavada con los hilos arrancados de tus recuerdos. La noche duele, como los días, y ya no me quedan heridas por las que sangrar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo grito por tu ausencia. Pero la música que me rodea apaga el sonido de mi voz. Nadie gira la cabeza para mirar, nadie se asusta por los alaridos que oyen, de fondo, en algún lugar. Así que las lágrimas que derramo son sólo para mí, y se mezclan con el vino que bebo en las copas que conservo, aún manchadas, con el rojo de tus labios.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta y yo grito porque no estás. La garganta, en carne viva, ya ha dejado de dolerme. Tampoco me duelen ya las cicatrices. Poco a poco, me digo, tengo que ir saliendo adelante. Pero no lo consigo.
Odio los días en los que no estás, porque eso hace cada vez más difícil la terrible tarea de soportarme…

miércoles, 6 de abril de 2011

Fragmentos (III)

(..)Sonó el teléfono:
-Dígame
-Santi, soy yo… Papá ha muerto.
-…
-Santi… ¿estás ahí? Di algo, por dios.
-¿Cuándo ha sido?
-Hace cosa de una hora. Los últimos días había empeorado bastante, y anteayer los médicos nos dijeron que no tenía solución. He intentado llamarte –y era verdad- pero no me has cogido el teléfono. Ha sido imposible localizarte.
-¿Cómo está mamá?
-Ahora mismo, consternada. No reacciona. No sabe si llorar o gritar. Está muy afectada. Sigue sentada al lado de la cama vacía que ocupaba papá, con la mirada perdida… -Cuando volviera a casa, repetiría esa misma escena en su cama, en la colcha de siempre, en la habitación de siempre… mirando como siempre la misma ventana…- ¿Quieres hablar con ella?
-No
-Santi, a papá lo enterrarán mañana por la tarde, ¿vas a venir?
Tardé unos minutos en contestar. En medio de la borrachera, intentaba poner en orden mis ideas, tratar de ordenar mis pensamientos. Sin llamarlos, habían acudido todos al encuentro con el alcohol, y en ese momento se encontraban encima de la mesa, desparramados como las cartas de un castillo de naipes que se acaba de caer; y yo los miraba sin saber cuál coger para volver a empezar a construir todo aquello.
-¡Santi!
-No
Y colgué el teléfono. Aquél ‘no’ tuvo que ser un flechazo que impactó en lo más hondo de mi hermano, porque ya no volvió a llamar.

Pagué la cuenta y me marché a casa. De camino, notaba cómo se iban acentuando los efluvios de la borrachera. Cada vez estaba más mareado, me sentía peor. Tuve que parar para vomitar. Allí, apoyado en una farola, dejé que todo el alcohol que había bebido se derramara, garganta arriba, para acabar en las entrañas de París. Cuando me recompuse, seguí la marcha, ignorando los cuatro pares de ojos que me miraban ocultos en un portal. La noche caía sobre la ciudad de la luz.

Cuando llegué a casa, H. estaba allí, sentada sobre la mesa, leyendo. No dije nada. Cerré la puerta de un golpe y me fui hacia ella al tiempo que me iba desnudando. Me miró fijamente mientras me acercaba y dejó el libro cuidadosamente sobre la mesa, junto a su pierna. Fue lo último que sucedió cuidadosamente. La cogí en brazos y la tiré sobre la cama, antes de quitarme el pantalón. Ella sólo llevaba puesta una camiseta interior y las bragas, y desprenderse de ambas cosas le llevó el mismo tiempo que a mí sacar el pie del pantalón vaquero antes de caer sobre ella. La besé con furia y le mordí el labio inferior, primero un poco, luego haciendo más fuerza, hasta que noté cómo se abría, como una manzana madura, y el sabor de su sangre me rozaba la lengua. Me rodeó con las piernas y clavó las uñas en mi espalda, muy fuerte, muy dentro, mientras me miraba fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre brotó por la comisura de sus labios, y lo lamí mientras la penetraba. Con la noche recién llegada sobre el cielo de París, follamos como si fuera lo último que nos quedaba, hasta que su piel y mi piel dolían como una sola. Sin decirnos una sola palabra.

Al terminar, mientras ella se encendía un cigarro, yo me tumbé boca arriba, invitándola a descansar sobre mi pecho. Fumó en silencio, echándome el humo en la cara, mientras yo miraba al techo. Casi cuando se hubo terminado el pitillo, cuando nuestras respiraciones habían recuperado su ritmo normal, se incorporó para hablar.

-¿Qué ha pasado?
-Me ha llamado mi hermano, desde España. Mi padre ha muerto.

No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta. Dejó que lo que quedaba del cigarro se consumiera en el cenicero, sobre la mesita, y se tumbó de lado. La rodeé con los brazos y la apreté fuerte contra mí, hundiendo mi nariz en su pelo negro. Poco a poco, bajé la cabeza, hasta que mis labios encontraron el nacimiento de su cuello, y allí, sobre su espalda desnuda, morena, por primera y última vez, lloré por la muerte de mi padre.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El miedo detrás de la puerta

Todavía no sé cómo explicarlo. No encuentro las palabras. Sólo sé que un sudor frío me baña en estos momentos, y que estoy agachado, hecho un ovillo, tras la puerta de una habitación en la que el calor se escapa por las rendijas de la puerta en la que estoy apoyado. Me falla el pulso. La linterna con la que alumbro la habitación a oscuras se me cae de las manos, se me escurre, como si se tratara de un pez mojado que intento atrapar sin éxito. Cuando quiero cerrar el puño ya no está, y oigo el sonido metálico que hace al caer al suelo e impactar contra las baldosas frías. Espero que no se haya roto, porque entonces alrededor no habrá luz, sólo tinieblas, y no creo que eso sea bueno para mí.
Tengo miedo. Hasta ahora no sabía cómo definir esta sensación, pero ahora ya lo sé. Lo estoy aprendiendo sobre la marcha. A partir de ahora, cuando alguien me pregunte qué es el miedo, sabré responder: es un latido opresivo en el pecho, un zumbido constante en los oídos, el sudor frío que te quema en la espalda y este temblor de manos, a medio camino entre el nerviosismo y el tiritar, que convierte los objetos en agua. Al menos, la linterna funciona. ¿Dónde estoy? No quiero moverme del sitio en el que me encuentro, apoyado contra la puerta me siento seguro. Todo lo seguro, al menos, que se puede estar en un sitio desconocido, sin más luz que un pequeño haz redondo que no alcanza a definir la pared que tengo enfrente.
Aquí sólo hay polvo. Veo algunos muebles cubiertos con mantas blancas llenas de polvo, como si me encontrara en el trastero de una gran mansión, en una de las habitaciones de una casa enorme que ya nadie utiliza. Antes de olvidar estas cosas, las han tapado con mantas, pero el polvo ya ha convertido en inútiles tantas precauciones y se filtra por debajo de la tela que cubre la madera. Suponiendo que eso sean muebles. Llevo un rato aquí y ya me pica la garganta.
No veo nada más. Tampoco oigo nada. Bueno, sí, una gota que no para de caer en un rincón de esta habitación, no sé cuál, y que al principio sonaba hueca, como si cayera encima de un trozo de madera. Pero no puede ser, porque ahora, unos minutos después, empieza a sonar como si las gotas, al caer, no hicieran sino reunirse con otras muchas que ya cayeron antes, y que han formado un charco en el suelo. Tac. Tac. Tac. Tac… Voy a volverme loco. ¿Es de día o es de noche? ¿Qué querrán de mí? ¿Quiénes son? No sé si hacerme preguntas servirá de algo en mi situación porque, bien pensado, tampoco sé cuál es mi situación. Anoche, porque el día de ayer sí que tuvo noche, estaba en mi cama leyendo antes de dormir. Cuando el sueño me venció, apagué la luz y todo quedó a oscuras. Desde entonces sigue así. He despertado en esta habitación, en medio de este polvo que quizá fueron otras vidas, descalzo, con la única compañía de una linterna.
El corazón se me está acelerando poco a poco. Antes era un latido que me comprimía el pecho, pero ahora empieza a ser un dolor sordo que no sé cómo parar. Pum. Pum. Pum. Pum… Tengo que dejar de hacerme preguntas. No saber las respuestas no va a tranquilizarme, sólo conseguirá que mi corazón lata más deprisa, y que se me seque la boca. Tengo sed. No voy a hacerme más preguntas. Quizá esto sólo sea parte de un juego, de algo parecido a un enigma. O allá afuera, tras esta puerta que no puedo abrir, atrancada por fuera, en realidad lo que me espera es una fiesta sorpresa. Pero, entonces, ¿por qué estoy descalzo?
¡¡Pom!! ¿Qué ha sido eso? Dios mío, ¿qué ha sido eso? Tengo que tranquilizarme. La puerta se ha movido. Algo la ha golpeado con una violencia tremenda desde el otro lado. Se me va a salir el corazón por la boca. Por dios, no sé qué ha sido eso, pero no pued… ¡¡Pom!! ¡Otra vez! ¿Quién está ahí? ¿Qué hay al otro lado? Dios, no puedo, no, no, no puedo… un momento, algo se ha movido dentro de la habitación. Si lograra enfocarlo con la linterna. ¡Sí! Esa sábana se ha movido. Aún hay polvo flotando en el aire, una nubecilla, el rastro de ese movimiento. No sé qué está pasando aquí, no quiero saberlo, sólo quiero… ¡¡Pom!! ¡¡Pom!! ¡¡Pom!! ¿Qué quieren de mí? Se me ha caído la linterna… dónde está… no la encuentro… aquí… ¡Mierda! ¡Se ha roto! Ahora estoy ciego ante lo que me espera, pero sigo sin saber por qué la puerta tiembla, qué hay al otro lado que la empuja… joder, estoy llorando… ¡estoy llorando de miedo! Tengo que tranquilizarme, tengo que incorporarme y respirar hondo para tratar de mantener la compostu… ¡¡Pom!! ¡Joder! ¡Quiénes sois! ¡Qué queréis de mí! ¡Dejadme tranquilo! Sólo quiero volver a mi casa… sólo quiero vivir en paz… ¡¡Sólo quiero morir en paz!!
Si no salgo pronto de aquí voy a quitarme la vida, voy a morderme la lengua, voy a… ¡¡Pom!! ¡Mierda! Mierda… mierda… mierda… Tengo que secarme las lágrimas, voy a levantarme, voy a… voy a… no puedo ir a ninguna parte…

miércoles, 9 de marzo de 2011

Fragmentos (II)

párrafos al azar de una historia que busca su suerte

...pero la historia, como los dolores de cabeza, me estaba esperando aún. Una noche en la que las paredes de mi pequeña casa se hacían cada vez más estrechas y el aire más pesado, tanto que hasta se podía masticar, decidí buscar el refugio de la calle. Nada más llegar a aquel pequeño antro sopesé la posibilidad de que la locura adelantase a la lucidez, y perdiera el norte antes de encontrar el hilo del que tirar para desenredar esa historia que estaba persiguiendo. Cogí el abrigo y me metí en el bolsillo un ejemplar antiguo de Buenos días, tristeza de Francoise Sagan en francés, con el que llevaba tiempo peleándome para tratar de desentrañar una historia conocida en un idioma nuevo; y me aventuré a la noche. Quizá para hacerme un guiño, o para intentar avisarme del destino que me aguardaba a la vuelta de la esquina, aquella fue la primera noche primaveral que disfruté en mi nueva ciudad. Pronto lamenté llevar el abrigo puesto, aunque sin él no hubiera podido entrar en el bar con el libro en la mano y sentarme en una de las mesas, apartado de todo el mundo, para beberme una cerveza y brindar a la noche con mi soledad.
Cuando el camarero vino a mi mesa me limité a señalar una de las cervezas que había en la carta que había junto al cenicero, y le pedí también un chupito de bourbon para acompañarla. El local era una taberna irlandesa hecha casi toda en madera con una de esas barras que aparentan una antigua cama con dosel, recorrida por arriba por una vitrina, también de madera, que dejaba a la vista del cliente el inventario de bebidas que tenía a su alcance si quería recordar mientras bebía en una noche que pronto se borraría de su mente. No se debería alimentar la gula de esa forma, sobre todo si de la ansiedad de aquel romance dependía la salud de uno. El mismo camarero que me había tomado nota dejó ante mí una pinta de cerveza y un vaso, un poco más alto que un chupito, lleno a rebosar de un líquido ambarino que, como sabía por experiencia propia, pronto estaría ardiendo, garganta abajo, buscando apagar la hoguera que ya se había formado en mi estómago. Pagué la consumición antes de que el joven abandonara mi mesa y volviera al refugio de la barra, y abrí el libro con la intención de pelearme con el francés más puro que conocía, el lenguaje de Sagan, para tratar de olvidar todo lo que me rodeaba.
Tres páginas después, las cuales leí con mucho sufrimiento, me cansé de desentrañar el extraño lenguaje en el que el libro me hablaba, pero lo mantuve abierto, frente a mí, como excusa para radiografiar con la mirada todo el bar. Para tratarse de un día de diario, se podía decir que el local tenía su ambiente. Un ruidoso grupo de jóvenes bebía cerveza a toda velocidad en la barra, y había dos o tres mesas ocupadas, aparte de la mía. En una, una pareja hablaba en voz baja, mientras que en otra dos chicas jóvenes lo hacían con la voz lo suficientemente alta como para que pudiera darme cuenta, dos frases después, de que eran tan extrañas como yo, pero con algunas diferencias: ellas se reían en inglés mientras yo sudaba lo indecible para leer unas líneas en francés, parapetado como estaba en mi castellano más voraz. Enfrente de mí, junto a la pared, había otra mesa ocupada. En ella, una chica joven leía una edición antigua de un libro. Delataban su edad esos cortes de arriba abajo que se hacían en el lomo del mismo, provocados por el uso incontrolado. Yo tenía un par de volúmenes así, que leía compulsivamente siempre que podía. Algunos de ellos me habían acompañado hasta París, y me estarían esperando en su lecho de polvo a mi vuelta a casa.
Tenía el pelo corto, tan moreno como la noche, tan negro como sus ojos. El flequillo le caía por un lado de la cara y le tapaba uno de los ojos, pero dejaba al descubierto una gran parte de su boca. Tenía los labios finos, bien dibujados, y dejaban entrever una sonrisa etérea, de esas que no se olvidan. Llevaba un jersey oscuro de cuello vuelto, y mordía un lápiz mientras leía. De cuando en cuando, subrayaba algunos pasajes del libro, pero pronto se llevaba otra vez el lápiz a la boca, y seguía mordiendo la punta. Tenía las manos finas, y se mordía las uñas. El cuello asomaba apenas por encima de la tela del jersey, al igual que por debajo de su boca asomaba, en un lado, un lunar. Era preciosa. Sobre la mesa, junto al café que estaba tomando, había una bufanda azul. Me pasé un rato mirándola por encima del libro, concentrada como estaba ella en su lectura, casi absorta. Bebí un sorbo de cerveza y apuré de un trago el vaso de bourbon, y mientras me quemaba la garganta con su abrazo cerré el libro y lo dejé encima de la mesa. Absorta como estaba en las palabras que devoraba con aquellos ojos negros, casi tristes, decidí contemplarla sin disimulo. Un rato después, cerró el libro con el lápiz entre las páginas, apuró el café y levantó la vista, y sus ojos y los míos se encontraron. No sé de dónde saqué las fuerzas suficientes para sostenerle la mirada, pero cuando llevaba unos minutos naufragando en el oscuro mar de sus pupilas, sonrió.
Dejó la taza vacía sobre la mesa, recogió el bolso del suelo y metió allí el libro y la bufanda, y se marchó. Cuando se puso en pie pude ver que era un poco más baja que yo, y la fragilidad que delataban sus ojos estaba muy acorde con su cuerpo: pequeño, moreno, delgado. Caminó hacia la puerta y, cuando pasó junto a mi mesa, deslizó un dedo por el dorso de mi mano, en una caricia que me heló la sangre. Pude sentir cómo se trizaban uno a uno todos mis nervios, y un latigazo frío me golpeó en la base del cuello, junto a la nuca. No paró siquiera. Abrió la puerta del bar a mis espaldas y se perdió en la noche. Cuando quise reaccionar, ya era demasiado tarde. Salí atropelladamente del bar y no había rastro de ella. Corrí hasta una de las esquinas y tampoco encontré rastro alguno de su presencia en medio de la gente que, en esos momentos, caminaba quién sabe hacia donde...

viernes, 25 de febrero de 2011

Fragmentos (I)

O una parte de un primer capítulo que quizá no lleve a nada

(...)En un momento, mi vida se resquebrajó. Esa noche, cuando volví a casa, sentí cómo se tambaleaban los cimientos de aquello que me había costado tanto trabajo construir, y que se había esfumado de la noche a la mañana. Era una historia de humo que desapareció para siempre después de un estornudo, y no quedó ni rastro, salvo aquella achacosa y solitaria máquina de escribir que jamás volví a utilizar y que, sin embargo, envié hacia París hace unos días, junto con un baúl lleno de libros y algo de ropa. Sin saber por qué, había decidido que aquel trasto formaría parte de mi nueva vida, como si necesitara conservar algo que me uniera a todo lo que dejaba en Madrid, sin querer cerrar del todo una puerta que no sé si sería capaz de volver a abrir algún día.
También comencé a beber. Fue el incremento de mi afición al alcohol lo que hizo que todos aquellos que me rodeaban eligieran por mí la opción del exilio. Nunca llegó a afectarme en el trabajo, pero mi salud comenzó a resentirse a la vez que se apagaba mi estado de ánimo. Me volví más huraño y mucho más introvertido, apenas cruzaba palabra con nadie en el trabajo y bebía solo en una taberna irlandesa que quedaba a medio camino entre casa y la redacción. Dormía poco y mal, y no me afeitaba con la periodicidad conveniente. Cuando empecé a plantear a los demás la opción de marcharme, nadie me animó a hacerlo, pero al cabo de unos meses eran ellos los que me obligaban a retomar mis viejos planes de huída. En las letras encontré la excusa. Antes de que Laura me abandonara, yo me había aficionado a escribir relatos, historias negras que tenían en la muerte un denominador común, y que publicaba con un seudónimo en la edición digital del periódico. Alguien en la editorial me comentó que esas historias gustaban mucho, y que si era capaz de escribir algo un poco más largo pero igual de siniestro, quizá pudiera publicar un libro. No en su firma, claro, “porque ya sabes que nosotros trabajamos con escritores consagrados, pero conozco una pequeña editorial que está interesada en este tipo de textos”. Nunca me había visto capaz de hacerlo, pero ante la recomendación de tomarme un tiempo de descanso que me hacían mis conocidos, y ante la que me llegó directamente desde la dirección del periódico, decidí liarme la manta a la cabeza. Pedí una excedencia en el trabajo, empaqueté mis cosas y compré un billete de ida a ninguna parte sin posibilidad de retorno.
Todavía no sé por qué elegí París. Había estado un par de veces en la ciudad, pero apenas sabía nada de su cultura, de esa vida interior que late en todas las capitales. Ni siquiera tenía un sitio adonde ir más allá de un lóbrego hostal situado en algún punto cercano a la Gare du Nord, destino de las que serían mis primeras noches en mi nuevo lugar en el mundo. París me había gustado como turista, pero no sabía si estaba preparado para soportarlo como habitante. Por eso, mientras el avión iniciaba la maniobra de aterrizaje y la pista del aeropuerto Charles de Gaulle se iba haciendo más y más grande, no pude evitar sentirme como ese niño que lloraba, inesperadamente, varias filas más adelante, y al que nada ni nadie parecía capaz de consolar. Me acordé de Madrid, de las noches en el periódico y de los besos de Laura. De las calles de la que siempre fue mi ciudad y de las caricias de Laura. De los tragos amargos en los bares oscuros, y de la ausencia de Laura. Cuando el avión hubo tomado tierra, aparté con un manotazo en el aire los recuerdos que me asaltaban y cerré en mi mente cualquier resquicio por el que todavía se filtraba el aire cargado de Madrid. Guardé el libro que había estado leyendo en la pequeña maleta en la que traía parte de mi ropa, y con la que tendría que subsistir hasta que llegara al hotel el baúl con el resto de mis cosas, algunos libros y la vieja máquina de escribir. Estaba en París, una nueva ciudad. Y, quisiera o no, ya podíamos ir acostumbrándonos el uno al otro porque, por el momento, había llegado para quedarme (...)

sábado, 19 de febrero de 2011

Perdón por la nostalgia...

Perdón por la nostalgia, pero hay noches en las que uno necesita respirar. Y respirarte. Y volver a atrapar ese pensamiento que rondó por la cabeza hace tiempo, pero que se escapó en el último bostezo antes de que el cielo pariera este alba tan gris que parece que no se irá nunca. No puedo con el silencio de esta noche de invierno. Empleé todo el otoño en olvidarte sin darme cuenta de que aún no te había conocido, sin entender por qué demonios tenía la espina de tu vientre clavada tan dentro de mí; tanto, que a veces era yo el que sangraba por tus heridas. Todavía no sé cómo conseguí que los árboles ya no me dijeran tu nombre.
Aún trizan mis nervios el aclarado oscuro de tus ojos. Estás muy equivocada si piensas que he conseguido olvidarlos. Te amparas en la distancia que todavía nos une para creerte por encima de mí, para saber que las yemas de tus dedos acarician los hilos que mueven mi vida, y que cada vez acercan más el puñal al fondo de mi pecho; y hay noches en las que me despiertas, en medio de la bruma, y sonríes como si nada. Quizá para ti no signifique mucho la historia que hemos construido, pero yo sólo le veo un final posible, y no será bueno para ninguno de los dos.
¿Recuerdas cuando manchaba mis labios con la ceniza que llovía de tus dedos? Fue mi vida aquel cigarro que inhalaste hasta el último estertor. En ocasiones fui el humo que giraba en torno a ti, que enturbiaba tu figura, que golpeaba tus retinas en busca de una lágrima, por pequeña que fuera, que sirviera para enjugar los millones que yo he llorado. En otras ocasiones, en cambio, fui la brasa ardiente de mi ser, encendida con un simple roce de tus labios, con el empuje estéril de tu aliento contra mí. Siempre, sin excepción, fui los restos de mi vida empotrados sin piedad contra el verde cristal de un cenicero.
En las dos puntas del mismo camino, cada uno en su ciudad, soñamos con azoteas escondidas desde las que divisar las luces nocturnas del mundo. Imaginamos ese viento que sólo sopla para nosotros apagando las velas de una tarta que no nos íbamos a comer, rodeada por botellas de vino a medio terminar y dos copas manchadas por las huellas de tu carmín: rojo sangre en una de ellas, por tu forma de beber; sangre sola en la que era mía, por tu forma de besar. Porque eran tus besos abrazos con los que a veces me mordías. Aún existen canciones que no me dejan respirar porque vuelven hiel pura los restos de tu saliva que todavía quedan en mi boca, y que siempre son cuchillas de diamantes a la hora de tragar.
Perdón por la nostalgia, pero esta noche no consigo soportar tu ausencia. No hay consuelo posible que apague mi forma de llorar. No hay restos de ti en los sonidos de mi cama, ni pelos en mi almohada, ni tiras de piel sobre mi piel. Ya no está ahí tu silueta, recortada por la tenue luz de la luna, como coartada perfecta para un amanecer insomne viéndote respirar. Ya no está ahí tu cuerpo, apoyado junto al mío. Ya no está tu espalda en la punta de mis dedos.
En vez de eso, sólo me queda la fiebre. Y los papeles que nunca llegaste a escribir, y las historias que contaste pero yo no llegué a comprender. Porque no las conocía. Porque más allá del mundo de mi mente, tu realidad estaba fuera de mí, y este querer sin quererte, y que me quieras sin quererme, no es sino otra forma de vida. Distinta. Distante. Del todo irreal. Nunca estuve presente en tus fotografías. No era para mí esa sonrisa en blanco y negro que asomaba tibiamente detrás de tu flequillo. Ni esa mirada disparada de lado por encima de un hombro salado por el mar. No soy yo el dueño de tus palabras. Nunca encuentro mis letras en tus suspiros.
Aun así, te escribo, sabiendo que es un error. Que quizá después de estas líneas ya no me sueñes nunca más. O, lo que es peor, renuncies a volver por mis sueños. Por eso, antes que todo, déjame pedirte perdón por la nostalgia. Perdón por estas palabras que no he podido sujetar. Si te ayuda, sabes que yo te perdono, a pesar de esta ausencia que no me deja respirar…

lunes, 31 de enero de 2011

Un mal sabor de boca

Para Efe, por sus ganas de escribir.
Y para A, por sus ganas de que yo escriba.


Apuraba de nuevo la copa cuando volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello, y que le dejaba helado de manera inmediata. Un ligero zumbido en los oídos y ese pellizco en el corazón que hace que el pecho parezca una cueva vacía, y la sangre resuena como lo haría un chorro de agua. Duró apenas un instante, y no le dio más importancia. Hacía tiempo que había perdido la confianza en sus sentidos, y nunca había sido partidario de creer en los malos presentimientos. Decidió pedir otro bourbon, pero antes incluso de hacerle la seña al camarero, éste ya había llenado su copa. Además, dejó la botella, media, junto a él, y se marchó distraídamente hacia el otro lado de la barra. Todos pensaban que bebía demasiado, pero ese hombretón que ahora se limpiaba las manos en un trapo húmedo era el único que no lo exteriorizaba. A pesar de que no cristalizara en palabras, notaba cada vez que cruzaba el umbral de la puerta y se sentaba en el taburete de siempre esa mirada de desprecio, a caballo entre la punzante amargura y el reproche, que le brindaba el dueño del bar. “Mi miseria te está llevando a la fortuna, jodido gordo grasiento”, pensaba de vez en cuando, mientras veía cómo el líquido ambarino acariciaba los hielos recién echados en el vaso. Una vez que empezaba, no podía parar. Le costaba recordar cómo había llegado a aquel abismo de alcohol y nada. No hace mucho tenía un trabajo, una vida y una familia. Lo último lo conservaba, más por puro azar que por los esfuerzos que hacía por mantenerlo, pero del trabajo no quedaba ni rastro y su vida se ahogaba poco a poco en vasos y vasos de alcohol. Esta noche era bourbon, como casi siempre, pero podía ser cualquier cosa. Tenía una botella de vodka dentro de la caja de herramientas, en el garaje. Otra bajo el asiento del coche, y una petaca en la mesita, entre la ropa interior, que iba llenando con lo que podía. Esta noche era bourbon, y el camarero había dejado la botella a su lado. Si no la apuraba, se la llevaría a casa. Y lo hizo. Ya era tarde cuando agarró la botella por el cuello, pagó la cuenta y salió a la oscuridad de la noche. El atardecer se había convertido ya en noche cerrada. Ni una sola estrella en el cielo, tan cargado como estaba de nubes. Amanecería con tormenta, una razón más para quedarse todo el día en la cama. Se abrochó el abrigo, se subió el cuello y le dio un trago más a la botella antes de emprender el camino a casa. A lo lejos resonaban, como un eco lejano, sirenas de policía. Era el único sonido que desafiaba la oscuridad de una noche silenciosa y fría. El aire era tan denso que casi se podía saborear y dejaba en el paladar una película agria, un mal sabor de boca. Se la enjuagó con otro trago de bourbon. Como no tenía muchas ganas de caminar y empezaba a sentir cómo su cuerpo tiraba de él hacia el sórdido calor del bar que acababa de abandonar, atajó por el pequeño parque que quedaba a una manzana de casa. A pesar del frío, las putas caminaban entre los árboles esperando a alguien dispuesto a comprar un poco de compañía, por muy postiza que esta fuera. Dos jóvenes se besaban sentados en un banco, a pesar del frío. Apretados, muy fuertes, el uno contra la otra, miraron de reojo al caminante que silbaba mientras sujetaba la botella en la mano.
Aceleró el paso para recorrer los últimos metros del parque y salió a la tenue luz de las farolas apenas a dos calles de casa. Los sonidos de las sirenas se habían multiplicado, e incluso vio un coche patrulla atravesar como un puñal de luz las sombras de la esquina. El aire olía a quemado y la noche se empezaba a empañar por culpa de una columna de humo que le quitaba todo ápice de serenidad a un invierno pausado y tranquilo. Volvió la calle. En un primer momento, se quedó parado. El rostro se le iluminó y notó cómo el calor de las llamas sofocaba en un instante cualquier indicio de borrachera. El crepitar de la descomunal hoguera había afilado sus sentidos mientras veía el continuo ir y venir de los bomberos que se empleaban por apagar la pira bajo la cual se encontraba su casa. Corrió. Se acercó todo lo que pudo mientras, instintivamente, apretaba aún más fuerte la botella. Luego llegó el bloqueo, la parálisis total, ese vacío en la cabeza, en el pecho y en el alma que no sabía cómo llenar. No encontró lugar para la pena. Tampoco alumbró un ápice de rabia. Sólo una callada resignación cuando llegó a la altura de su casa y se paró en seco, en medio de aquel trajín de bomberos y policías, para ver cómo su vida se reducía a cenizas. Y también su familia. Debajo de aquellas llamas, esparcidos por algún lugar, estarían los restos calcinados de su mujer y su hija.
Volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. . Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello… Se sentó en la acera de enfrente, absorto, a respirar el aire cálido de aquella noche de invierno, y dejó que el paladar, la lengua y los dientes se le llenasen de ese regusto agrio tan familiar. Apretó los dedos en torno al cuello de la botella y se la llevó a los labios, dejando que el bourbon se llevara aquel mal sabor de boca.