lunes, 13 de diciembre de 2010
La azotea
Repasó con un rápido vistazo su casa mientras escuchaba de fondo cómo caía el agua de la ducha. Papeles desperdigados en la mesa, por el suelo, en casi todos los muebles. Libros apilados en una vieja estantería, calzada con una cuña de madera para evitar que el peso terminara de desplomar su estructura y las miles de páginas que reposaban en sus estantes concluyeran el trabajo que el tiempo había empezado años atrás, cuando se la llevó de aquella casa de empeño enamorado por su olor a polvo y a madera vieja. Más libros en el suelo, en pilas tan altas que a uno le llegaban por la cintura, y torcidas en escorzos imposibles, formando curvas tan pronunciadas que parecía que bastaba con mover uno solo de los libros de la parte alta para echar abajo toda la pila. Si caía una, caerían todas las demás, porque en el ático apenas había espacio para caminar. Libros y más libros, letras, palabras y cuartillas que sólo dejaban visible un pequeño sofá de dos plazas, un sillón con periódicos y una cama lo suficientemente ancha para poder darse la vuelta, tan estrecha que obligaba al abrazo a la hora de dormir en compañía. Sobre una mesa estrecha, una máquina de escribir y más cuartillas a medio manchar por la vieja tinta de aquel cacharro. Páginas escritas a medias, con palabras mordidas por el tiempo y en las que había que imaginar la letra ‘a’, rota tiempo atrás en una máquina que nadie quería arreglar. Así, las palabras salían a medias. La amargura no era tan amarga, y dolía un poco menos la soledad. También era más efímera la alegría, y más llevadera la nostalgia. Sólo el dolor era completo, porque hasta la pasión se veía cercenada por aquel aparato de otro siglo que llenaba con el sonido de sus teclas aquellas tardes de otoño en las que las seis de la tarde eran ya oscuras, en las que el viento silbaba por la puerta de la terraza y el frío madrugador se filtraba por los poros de unas ventanas demasiado altas para recibir el abrigo de la ciudad. Pronto llegaría el invierno y aquella buhardilla volvería a ser el refugio de decenas de noches en las que los sonidos de la vida llegaban siempre amortiguados, y las prisas, los atascos, las calles y las gentes estaban demasiado lejos como para erosionar siquiera aquel rincón de silencio. Oyó cómo se cerraba la ducha y pasó por delante de la puerta del cuarto de baño, la única habitación separada del resto, de camino a la pequeña cocina. Tuvo tiempo de ver cómo el vapor se escurría por debajo de la puerta cerrada sin cerrojo, e imaginó el pequeño aseo lleno de niebla, el espejo empañado y las gotas condensadas en la punta del grifo del lavabo, el calor encima de las toallas. Apartó la cafetera del fuego y sirvió dos tazas verdes, una con dos terrones, la otra con un poco de leche y sacarina. Cogió la primera y se dirigió pesadamente hacia la terraza. Cuando descorrió la puerta de cristal notó cómo el frío le pegaba en la cara, y se subió hasta arriba la cremallera del jersey. Caminó hasta el final de aquella pequeña azotea y notó la ciudad bajo sus pies. Un montón de edificios desafiaban la altura de su mirada, y su aliento cristalizaba en pequeñas nubes de vaho que se formaban bajo sus ojos. Rodeó con las dos manos la taza intentando agarrar un poco de calor, le dio un sorbo al café y la dejó a un lado mientras apoyaba las dos manos sobre la barandilla e inspiraba con fuerza el aire de la noche. Abajo, decenas de metros más allá, las luces de los coches, el ruido de los motores, gritos de niños jugando en alguna plaza cercana, la vida que pasaba sin detenerse a mirar hacia arriba. Escuchó pasos detrás de él y ladeó un poco la cabeza para verla por el rabillo del ojo. Un rápido vistazo antes de erguir la mirada hacia el frente. Lo suficiente para verla llegar con el viejo jersey deshilachado que tantas veces llevó él en la universidad y un pantalón viejo, descalza, la taza de café en la mano, la otra oculta bajo el puño de una prenda demasiado ancha, demasiado larga para aquel cuerpo diminuto y delgado. Con aquel jersey enorme parecía, como siempre, una niña. Lo parecía, pero no lo era. Bastaba con mirarla a aquellos ojos verdes, grandes, para ver la calidez que desprendía su mirada. Una mirada limpia, imposible de olvidar. Dejó la taza de café junto a la suya después de darle un sorbo, le cogió la mano derecha, la levantó de la barandilla y se metió en medio de sus dos brazos antes de dejarle la mano donde estaba. Le miró y le regaló una sonrisa fugaz, sincera, justo antes de dispararle un beso breve, un roce apenas en los labios que permaneció en la punta de su boca aún unos minutos, antes de diluirse con el frío, antes de volverse para mirar con él la ciudad. Puso las manos sobre la barandilla y él dejó sus manos sobre las de ella. Notó cómo se echaba un poquito hacia atrás hasta apoyar la cabeza a un lado de su cuello, y a pesar del gorro blanco que llevaba puesto sintió la humedad del pelo recién lavado. Por debajo del gorro, le caía mojado sobre los hombros, más apagado que de costumbre a causa del agua. No llegaba a ser rubio, aunque lo parecía, y tampoco era pelirrojo, al menos no siempre. Notó el peso de su cuerpo pequeño sobre él y hundió la nariz en su cuello. Otro roce. Luego miró al frente, con ella entre sus brazos, separados del mundo en aquella azotea, y sintió que ya nunca necesitaría nada más…
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Alta voluntaria
Sabía que se acercaba el final. No sabía cómo, pero podía sentirlo. La habitación del hospital hacía tiempo que se había quedado pequeña, y el sueño de cada noche se veía interrumpido por esos fantasmas del pasado que siempre vuelven al final de la vida, a ajustar cuentas antes del encuentro en el más allá. Y él tenía muchas cuentas que ajustar. Las mismas manos pálidas y venosas que se apoyaban livianamente sobre las blancas sábanas de la cama habían estado mucho tiempo manchadas de sangre, y siempre de la sangre de otros. Por eso, ahora que se acercaba el final, todos habían acudido a la llamada de su último aliento para tratar de cobrar facturas pendientes, de esas que no pueden esperar a la otra vida.
Esa misma mañana, tomó la determinación de pedir el alta voluntaria. Quería marcharse a casa, sentarse en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas, y esperar a que todo acabara, a que las luces se fueran apagando poco a poco y él se quedara solo, a oscuras, en compañía de sus demonios. Hacía días que estaban ahí. De noche sentía en la piel el calor abrasante de unas llamas que seguían ardiendo desde el pasado, y que se llevaron por delante una vida y media en un incendio que nació de una de sus manos. Fue su primera vez, pero no sería la última. Poco a poco fue perfeccionando su técnica, porque ¿quién ha dicho que la muerte no es un arte? Un arte, además, que se puede disfrutar. Con el paso del tiempo dejó atrás los cadáveres fríos y lejanos y se adentró paulatinamente en la cercanía del cuerpo a cuerpo. Casi al final había conseguido obrar la perfección matando con un pequeño cuchillo que escondía hábilmente en la manga, y que sólo veía la luz cuando se disponía a cercenar el cuello de algún desconocido. Le gustaba el olor de la sangre, el último estertor del cuerpo que se hacía cadáver, el esputo de la vida que se va.
Llamó a la enfermera y le pidió que preparara toda la documentación. Se marchaba. Ya estaba bien de caminar por los pasillos del hospital con los pies helados y ese ridículo pijama que le dejaba el culo al aire. Ya estaba bien de tener que sonreír mientras el resto de la gente que le rodeaba hacía un tremendo esfuerzo por mantenerle vivo cuando él lo que deseaba era estar muerto. Quería dejar atrás el hospital, y ni siquiera el médico que entraba en esos momentos en la habitación, acompañado de la enfermera, podría persuadirle de lo contrario.
Y lo intentó. Vaya si lo intentó. Durante casi cuarenta minutos le explicó muy despacio y muy clarito los riesgos que corría marchándose a casa. “Si me quedo, corro el riesgo de seguir viviendo”, fue todo lo que esgrimió como respuesta. Y se preparó para su marcha. Una vez se hubo vestido y rellenado los papeles, se despidió efusivamente de su compañero de habitación, un vejete enfermo que se pudría por dentro y que todavía se sorprendía cuando despertaba cada mañana con la certeza de que alcanzaría a ver un telediario más. “Nos veremos pronto”, le dijo su compañero. “Lo dudo”, afirmó él, convencido de que el viejo rodeado de nietos que venían a verle todos los fines de semana tendría un hueco en el cielo. Él, en cambio, debería ir acostumbrándose al calor de las llamas del infierno.
Recogió sus pocas pertenencias en una bolsa, y tan pronto hubo alcanzado la calle las arrojó en una papelera. Nada necesitaba para el viaje que estaba a punto de emprender. Al flanquear la puerta del hospital se detuvo un instante y dejó que el sol inundara cada poro de su piel, con los ojos cerrados, mientras los enfermos que iban y venían, los médicos y enfermeras que iban y venían, y los familiares que iban y venían le miraban con una mezcla de extrañeza y fascinación. En otro tiempo, hubiera memorizado algunas caras para divertirse luego un rato. Ahora, demasiado enfermo y cansado, o no tan cansado como enfermo y viceversa, sólo pudo sonreír.
El camino a casa se convirtió en una sucesión de lugares comunes que encendió su ánimo, pero no hasta el punto de hacerle dudar. Si se quedaba en el hospital, la muerte vendría en cuestión de meses; en cambio, si se marchaba a casa, corría el riesgo de encontrársela en el portal, apoyada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados, con esa extraña expresión de se puede saber de dónde vienes, que te he estado esperando que ponía su madre cuando, de niño, se perdía por los callejones en los que aprendió el oficio de matar. Ahora, mientras caminaba despacio hacia su casa, se empapaba también del oficio de morir.
Abrió la puerta de casa, después de subir penosamente las escaleras, y ahí estaban todos sus demonios. Fantasmas del pasado que dejaron de existir, que derramaron su sangre entre sus manos, cuerpos que se convirtieron en almas que se evaporan a su paso. Estaba su padre, enfadado aún. Y aquel montón de desconocidos que habían encontrado en los callejones el acerado filo de la realidad que se termina. Putas, proxenetas, chulos y drogadictos, gente sin familia y sin más patria que las calles que no esperaban ser reclamados, y cuyos conocidos ni siquiera dejaron brotar una lágrima por su pérdida, en el caso de haberse enterado de su muerte. Todos estaban allí, con el mismo olor a podredumbre que arrastraban la noche en que se fueron de este mundo, los mismos jirones de vidas amargas colgando de las comisuras de los labios, la misma certeza de despojos que pesa sobre los mismos hombros.
Y entre todos ellos, ella. O ellos, o uno sólo. Sentada en una silla, una mujer abrasada, un cuerpo sin piel, consumido por el fuego, que acuna entre sus brazos a un niño muerto. Y le canta, para que se vayan todos los demonios que le rodean, y el bebé, sin ojos en las cuencas, arrasadas por las llamas, pueda también conciliar el sueño. Está a punto de conseguirlo, porque ya no quedan fantasmas en la habitación, ya no hay nadie. Sólo aquella madre de ceniza y su bebé, y el hombre, aún real, que llevó a ambos a la muerte. Sentados frente a frente, ella en una silla, él en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas y a punto de cerrar los ojos, dejando que entre sus dedos se escurra lo poco de vida que le queda…
Esa misma mañana, tomó la determinación de pedir el alta voluntaria. Quería marcharse a casa, sentarse en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas, y esperar a que todo acabara, a que las luces se fueran apagando poco a poco y él se quedara solo, a oscuras, en compañía de sus demonios. Hacía días que estaban ahí. De noche sentía en la piel el calor abrasante de unas llamas que seguían ardiendo desde el pasado, y que se llevaron por delante una vida y media en un incendio que nació de una de sus manos. Fue su primera vez, pero no sería la última. Poco a poco fue perfeccionando su técnica, porque ¿quién ha dicho que la muerte no es un arte? Un arte, además, que se puede disfrutar. Con el paso del tiempo dejó atrás los cadáveres fríos y lejanos y se adentró paulatinamente en la cercanía del cuerpo a cuerpo. Casi al final había conseguido obrar la perfección matando con un pequeño cuchillo que escondía hábilmente en la manga, y que sólo veía la luz cuando se disponía a cercenar el cuello de algún desconocido. Le gustaba el olor de la sangre, el último estertor del cuerpo que se hacía cadáver, el esputo de la vida que se va.
Llamó a la enfermera y le pidió que preparara toda la documentación. Se marchaba. Ya estaba bien de caminar por los pasillos del hospital con los pies helados y ese ridículo pijama que le dejaba el culo al aire. Ya estaba bien de tener que sonreír mientras el resto de la gente que le rodeaba hacía un tremendo esfuerzo por mantenerle vivo cuando él lo que deseaba era estar muerto. Quería dejar atrás el hospital, y ni siquiera el médico que entraba en esos momentos en la habitación, acompañado de la enfermera, podría persuadirle de lo contrario.
Y lo intentó. Vaya si lo intentó. Durante casi cuarenta minutos le explicó muy despacio y muy clarito los riesgos que corría marchándose a casa. “Si me quedo, corro el riesgo de seguir viviendo”, fue todo lo que esgrimió como respuesta. Y se preparó para su marcha. Una vez se hubo vestido y rellenado los papeles, se despidió efusivamente de su compañero de habitación, un vejete enfermo que se pudría por dentro y que todavía se sorprendía cuando despertaba cada mañana con la certeza de que alcanzaría a ver un telediario más. “Nos veremos pronto”, le dijo su compañero. “Lo dudo”, afirmó él, convencido de que el viejo rodeado de nietos que venían a verle todos los fines de semana tendría un hueco en el cielo. Él, en cambio, debería ir acostumbrándose al calor de las llamas del infierno.
Recogió sus pocas pertenencias en una bolsa, y tan pronto hubo alcanzado la calle las arrojó en una papelera. Nada necesitaba para el viaje que estaba a punto de emprender. Al flanquear la puerta del hospital se detuvo un instante y dejó que el sol inundara cada poro de su piel, con los ojos cerrados, mientras los enfermos que iban y venían, los médicos y enfermeras que iban y venían, y los familiares que iban y venían le miraban con una mezcla de extrañeza y fascinación. En otro tiempo, hubiera memorizado algunas caras para divertirse luego un rato. Ahora, demasiado enfermo y cansado, o no tan cansado como enfermo y viceversa, sólo pudo sonreír.
El camino a casa se convirtió en una sucesión de lugares comunes que encendió su ánimo, pero no hasta el punto de hacerle dudar. Si se quedaba en el hospital, la muerte vendría en cuestión de meses; en cambio, si se marchaba a casa, corría el riesgo de encontrársela en el portal, apoyada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados, con esa extraña expresión de se puede saber de dónde vienes, que te he estado esperando que ponía su madre cuando, de niño, se perdía por los callejones en los que aprendió el oficio de matar. Ahora, mientras caminaba despacio hacia su casa, se empapaba también del oficio de morir.
Abrió la puerta de casa, después de subir penosamente las escaleras, y ahí estaban todos sus demonios. Fantasmas del pasado que dejaron de existir, que derramaron su sangre entre sus manos, cuerpos que se convirtieron en almas que se evaporan a su paso. Estaba su padre, enfadado aún. Y aquel montón de desconocidos que habían encontrado en los callejones el acerado filo de la realidad que se termina. Putas, proxenetas, chulos y drogadictos, gente sin familia y sin más patria que las calles que no esperaban ser reclamados, y cuyos conocidos ni siquiera dejaron brotar una lágrima por su pérdida, en el caso de haberse enterado de su muerte. Todos estaban allí, con el mismo olor a podredumbre que arrastraban la noche en que se fueron de este mundo, los mismos jirones de vidas amargas colgando de las comisuras de los labios, la misma certeza de despojos que pesa sobre los mismos hombros.
Y entre todos ellos, ella. O ellos, o uno sólo. Sentada en una silla, una mujer abrasada, un cuerpo sin piel, consumido por el fuego, que acuna entre sus brazos a un niño muerto. Y le canta, para que se vayan todos los demonios que le rodean, y el bebé, sin ojos en las cuencas, arrasadas por las llamas, pueda también conciliar el sueño. Está a punto de conseguirlo, porque ya no quedan fantasmas en la habitación, ya no hay nadie. Sólo aquella madre de ceniza y su bebé, y el hombre, aún real, que llevó a ambos a la muerte. Sentados frente a frente, ella en una silla, él en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas y a punto de cerrar los ojos, dejando que entre sus dedos se escurra lo poco de vida que le queda…
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Detrás de unos ojos azules VI (fin)
Nunca fue el mundo tan ancho, ni el tiempo latió tan despacio como aquella noche en la que en un bar desierto de una ciudad desierta, en medio de la lluvia que gritaba hacia la nada, una mano sobre la otra se iban diciendo adiós. Por debajo de la mesa se arañaban los segundos de una luna extensa y fiera que se llevaba entre ellos el último vestigio de llanto, oculta entre las nubes y tiritando como una criatura pequeña. El dolor, que había cesado, volvió a pronunciar su discurso desde lo más hondo de la garganta, y vistió con cuchillas las cuerdas vocales, la lengua con cristales rotos, para que no hubiera una sola palabra de despedida. Sólo la melodía que silbaba bajito el hilo musical de aquella cafetería desierta, con aquel camarero despistado que volvía a hojear por undécima vez las páginas grasientas de esa vieja revista, fue capaz de acudir al desquite de las horas que nunca fueron, de las risas que se apagaban. En apenas unas décimas de segundo, las manos se separaron, pero pareció un minuto eterno el tiempo que estuvieron juntas, y aún podía notar entre sus dedos el calor de los dedos de ella, aún distinguía en la muñeca una huella febril que ya no le abandonaría. Había llegado el momento de marcharse, los dos juntos, hacia una habitación vacía a la que llegarían uno junto al otro, cada uno por su lado.
Mientras ella se ponía la chaqueta, su chaqueta, él acudió a la barra a pagar el peaje por la desidia. Ajustó la cuenta con el mozo que aún les miraba con un punto de cordura en medio de una noche de locos y se volvió un momento para verla, de pie, mirándole de frente con esos ojos azules que alguna vez parecieron verdes, pero que fueron verdes siempre a pesar de que en muchas ocasiones seguían pareciendo azules. El recuerdo escupió la primera noche al verla vestida con su ropa, encima de la primavera que aún abrigaba su cuerpo, antes de salir a la lluvia del enésimo otoño de sus vidas. El cielo les concedió una tregua en la puerta de la cafetería, y se miraron el uno al otro queriendo decirse todo, pero sin llegar a decirse nada. No hubo lágrimas aquella noche, más allá de las que lloró el cielo, pero las habría muchas noches después, cuando evocando la misma luna uno y otro decidieran, en puntos distintos y distantes del enjambre de su misma ciudad, que hicieron lo correcto y también lo más doloroso.
Caminaron como siempre, como la noche primigenia de los abriles de después. Uno junto al otro, en medio de la lluvia que calaba las esquinas melancólicas de aquella ciudad tardía que nunca llegaba a tiempo, de aquellos sueños arrastrados a la alcantarilla por la tempestad impía de un único aguacero. Ella sobre la acera, resguardada de la lluvia por el empuje altanero de los balcones de las casas, que no se conforman con verse alineados los unos junto a los otros, y quieren llegar al centro de la calle, quieren besar a sus vecinos de enfrente por encima del calor que mana el asfalto. Él por la calle, sobre los charcos y ríos ficticios que forma la lluvia en la ciudad, con los pies interrumpiendo el curso del agua que corre en busca del vacío por lechos de alquitrán. Empapado, sí, pero avivado en su fuero interno por el calor que le atenazaba el alma, por ese trago arenoso que le llenaba la boca y que casi le impedía respirar. Ahora no estaba nervioso porque no sabía qué decir. Ahora lo que le preocupaba es no haber hablado lo suficiente, que lo suyo se perdiera por la parquedad en palabras de una escena de libro que se antojaba real. Tan real que mordía en el paladar.
Anduvieron un rato y pronto enfilaron la última calle de sus vidas. Lo hicieron de la mano, un gesto involuntario que ninguno se atrevió a torcer. Quizá en lo más hondo de ambos, ese ligero contacto que mantenían sus dedos se antojaba el preludio de un abrazo eterno, bajo el portal, en medio de la lluvia, para sellar con piel una relación que nació justo ahí, en la piel de ambos, pero que fue calando cada vez más hondo hasta hacerse un hueco en el alma. Allí aguardaba la memoria de lo suyo, acurrucada en un rincón de esa punción perversa que es el recuerdo. Allí descansaba, latente, para nunca más volver.
Pero no hubo abrazo. Tampoco palabras de despedida. Ni siquiera una mirada furtiva, un contacto con esos ojos que eran capaces de trizarte el corazón. Subieron en silencio, ella primero, él detrás, las escaleras que presentaron un rellano sombrío, con una puerta cerrada que ya no se abriría más. Ella entró primero, después lo hizo él. No cerraron la puerta. El piso, pequeño y mal amueblado, se había quedado pequeño para los dos, y la claustrofobia caminó por las paredes en cuanto notó dos pares de pasos andando por la estancia. Pequeño para los dos, pero terriblemente grande para uno solo. Ella se fue derecha a la silla y se sentó frente a la máquina de escribir. Abrió el primer cajón de la derecha y sacó un paquete de tabaco. Se encendió un cigarrillo y ahí, con el humo en la punta de los labios, agarró el primer folio de una nueva historia y lo metió en el carrete.
Él, mientras, llenaba con parte de sus cosas una vieja maleta que había estado siempre guardada bajo la cama. Un poco de ropa, tres libros mal leídos, algunos periódicos guardados, un puñado de recuerdos, los besos que nunca le dio y las dosis justa de olvido para llegar al ascensor sin ponerse a llorar como un niño detrás de la puerta cerrada, en este trozo de pasillo que le había visto salir una y otra vez, y que ahora le despedía para siempre. Se volvió un momento y la vio allí, de espaldas, con la vista clavada en el folio en blanco, en la máquina de escribir. La había visto así muchas noches, y sabía que quizá fuera la última vez que la vería de esta manera. Había aprendido a besarle los hombros, podía pasarse la noche entera rozando los lunares de su espalda. Muchas noches la encontraba desnuda, escribiendo febrilmente páginas y páginas que desechaba al amanecer. Últimamente no escribía. Sólo se sentaba allí y fumaba, y dejaba que el humo se llevara los momentos que nunca encontraban cobijo en el papel.
Cerró la maleta y cogió la chaqueta que ella había dejado sobre la cama. Estaba seca, y se la puso sobre la ropa empapada. Caminó unos pasos y se situó detrás de ella, de pie, con ganas de estrecharla y no soltarla jamás. Ella no levantó la vista, seguía absorta en el papel que la devoraba. Le pasó la mano por el pelo, le tocó la nuca. Acercó su boca a su oído, rozándole el lóbulo de la oreja con la punta de los labios, y se lo dijo. Eso que le quemaba en lo más hondo, que nunca había acertado a decir, que no se atrevió a pronunciar. Lento, pausado, salió por fin de su boca.
-No sabes cuánto te he querido…
Agarró la maleta y se fue. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la escalera. Cerró los ojos y recordó por penúltima vez aquellos ojos verdes que tanto le gustaban. De fondo, comenzó a oír las teclas de la máquina de escribir. Iban y venían, una y otra vez, con rabia. Se puso de nuevo en pie y bajó poco a poco las escaleras, sintiéndose derrotado. Al otro lado de la puerta, ella seguía escribiendo con una pasión rayana en la locura. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras sus dedos, veloces, derramaban sobre el papel aquello que había escondido detrás de esos ojos azules…
Mientras ella se ponía la chaqueta, su chaqueta, él acudió a la barra a pagar el peaje por la desidia. Ajustó la cuenta con el mozo que aún les miraba con un punto de cordura en medio de una noche de locos y se volvió un momento para verla, de pie, mirándole de frente con esos ojos azules que alguna vez parecieron verdes, pero que fueron verdes siempre a pesar de que en muchas ocasiones seguían pareciendo azules. El recuerdo escupió la primera noche al verla vestida con su ropa, encima de la primavera que aún abrigaba su cuerpo, antes de salir a la lluvia del enésimo otoño de sus vidas. El cielo les concedió una tregua en la puerta de la cafetería, y se miraron el uno al otro queriendo decirse todo, pero sin llegar a decirse nada. No hubo lágrimas aquella noche, más allá de las que lloró el cielo, pero las habría muchas noches después, cuando evocando la misma luna uno y otro decidieran, en puntos distintos y distantes del enjambre de su misma ciudad, que hicieron lo correcto y también lo más doloroso.
Caminaron como siempre, como la noche primigenia de los abriles de después. Uno junto al otro, en medio de la lluvia que calaba las esquinas melancólicas de aquella ciudad tardía que nunca llegaba a tiempo, de aquellos sueños arrastrados a la alcantarilla por la tempestad impía de un único aguacero. Ella sobre la acera, resguardada de la lluvia por el empuje altanero de los balcones de las casas, que no se conforman con verse alineados los unos junto a los otros, y quieren llegar al centro de la calle, quieren besar a sus vecinos de enfrente por encima del calor que mana el asfalto. Él por la calle, sobre los charcos y ríos ficticios que forma la lluvia en la ciudad, con los pies interrumpiendo el curso del agua que corre en busca del vacío por lechos de alquitrán. Empapado, sí, pero avivado en su fuero interno por el calor que le atenazaba el alma, por ese trago arenoso que le llenaba la boca y que casi le impedía respirar. Ahora no estaba nervioso porque no sabía qué decir. Ahora lo que le preocupaba es no haber hablado lo suficiente, que lo suyo se perdiera por la parquedad en palabras de una escena de libro que se antojaba real. Tan real que mordía en el paladar.
Anduvieron un rato y pronto enfilaron la última calle de sus vidas. Lo hicieron de la mano, un gesto involuntario que ninguno se atrevió a torcer. Quizá en lo más hondo de ambos, ese ligero contacto que mantenían sus dedos se antojaba el preludio de un abrazo eterno, bajo el portal, en medio de la lluvia, para sellar con piel una relación que nació justo ahí, en la piel de ambos, pero que fue calando cada vez más hondo hasta hacerse un hueco en el alma. Allí aguardaba la memoria de lo suyo, acurrucada en un rincón de esa punción perversa que es el recuerdo. Allí descansaba, latente, para nunca más volver.
Pero no hubo abrazo. Tampoco palabras de despedida. Ni siquiera una mirada furtiva, un contacto con esos ojos que eran capaces de trizarte el corazón. Subieron en silencio, ella primero, él detrás, las escaleras que presentaron un rellano sombrío, con una puerta cerrada que ya no se abriría más. Ella entró primero, después lo hizo él. No cerraron la puerta. El piso, pequeño y mal amueblado, se había quedado pequeño para los dos, y la claustrofobia caminó por las paredes en cuanto notó dos pares de pasos andando por la estancia. Pequeño para los dos, pero terriblemente grande para uno solo. Ella se fue derecha a la silla y se sentó frente a la máquina de escribir. Abrió el primer cajón de la derecha y sacó un paquete de tabaco. Se encendió un cigarrillo y ahí, con el humo en la punta de los labios, agarró el primer folio de una nueva historia y lo metió en el carrete.
Él, mientras, llenaba con parte de sus cosas una vieja maleta que había estado siempre guardada bajo la cama. Un poco de ropa, tres libros mal leídos, algunos periódicos guardados, un puñado de recuerdos, los besos que nunca le dio y las dosis justa de olvido para llegar al ascensor sin ponerse a llorar como un niño detrás de la puerta cerrada, en este trozo de pasillo que le había visto salir una y otra vez, y que ahora le despedía para siempre. Se volvió un momento y la vio allí, de espaldas, con la vista clavada en el folio en blanco, en la máquina de escribir. La había visto así muchas noches, y sabía que quizá fuera la última vez que la vería de esta manera. Había aprendido a besarle los hombros, podía pasarse la noche entera rozando los lunares de su espalda. Muchas noches la encontraba desnuda, escribiendo febrilmente páginas y páginas que desechaba al amanecer. Últimamente no escribía. Sólo se sentaba allí y fumaba, y dejaba que el humo se llevara los momentos que nunca encontraban cobijo en el papel.
Cerró la maleta y cogió la chaqueta que ella había dejado sobre la cama. Estaba seca, y se la puso sobre la ropa empapada. Caminó unos pasos y se situó detrás de ella, de pie, con ganas de estrecharla y no soltarla jamás. Ella no levantó la vista, seguía absorta en el papel que la devoraba. Le pasó la mano por el pelo, le tocó la nuca. Acercó su boca a su oído, rozándole el lóbulo de la oreja con la punta de los labios, y se lo dijo. Eso que le quemaba en lo más hondo, que nunca había acertado a decir, que no se atrevió a pronunciar. Lento, pausado, salió por fin de su boca.
-No sabes cuánto te he querido…
Agarró la maleta y se fue. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la escalera. Cerró los ojos y recordó por penúltima vez aquellos ojos verdes que tanto le gustaban. De fondo, comenzó a oír las teclas de la máquina de escribir. Iban y venían, una y otra vez, con rabia. Se puso de nuevo en pie y bajó poco a poco las escaleras, sintiéndose derrotado. Al otro lado de la puerta, ella seguía escribiendo con una pasión rayana en la locura. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras sus dedos, veloces, derramaban sobre el papel aquello que había escondido detrás de esos ojos azules…
sábado, 2 de octubre de 2010
Detrás de unos ojos azules (V)
Eso fue, sin duda, lo más difícil. Sobreponerse a ese abrazo de hiel con el que te envolvía una mirada como la suya, fría hasta una calidez extrema, lejana y terriblemente penetrante. Estaba realmente enamorado de sus ojos. Aquella mañana luminosa que sucedió a la incesante lluvia de la noche, se pasó un buen rato viéndola dormir. Boca abajo, sobre la cama, la sábana tapando apenas sus piernas, dedicó todo el tiempo del mundo a memorizar cada rincón de su cuerpo, iluminado ahora por el sol. Acercó un dedo hasta sus caderas, sin llegar a tocarla, y rozó cada centímetro de su piel desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, tocándole levemente el pelo. Después se fijó en su rostro sereno, brillante, con los ojos apretados, como si intentara que no se le escapara nunca el sueño que tenía entre las manos, y con aquellos labios finos dibujando una sonrisa. Aun con el velo caído de los párpados, podía sentir cómo lo abrazaba su mirada, cómo esos ojos verdes, aunque la noche anterior le habían parecido azules, hacían que se le erizara toda la piel. Más allá de sus ojos cerrados, podía sentir perfectamente la intensidad de una mirada que acababa de atraparle, ambos creían que para siempre.
La misma mirada que, en esos momentos, tenía frente a él. Tomó un sorbo del café e hizo lo posible para disimular el calor que le abrasó la punta de la lengua, al darse cuenta de la profundidad con la que esa noche le abrazaban esos ojos azules que por la mañana parecían verdes.
-Hace mucho tiempo que no tenemos una noche así, para hablar-, se atrevió a decir.
-Parece que lo estuviéramos evitando-, respondió ella, y el primer pulso entre los dos se resolvió con un dardo acerado manchado de veneno que se clavó en la pared, sin alcanzarles.
-Parece no, yo creo que lo estábamos evitando-. Todavía hoy no se explica de dónde sacó el valor para decir aquello, para destapar un cofre que llevaba mucho tiempo cerrado y que ninguno de los dos quería abrir, porque en el fondo del mismo estaba escrita la palabra fin.-No sé qué nos está pasando, pero sé que no es nada bueno.
No podía serlo. Le hubiera gustado que le hubiera dicho, directamente, que se había cansado de él. Que no quería verle más. Que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se marchara de casa, y que los dos empezaran a andar por caminos separados. Le hubiera gustado que existiera una explicación lógica a aquella bruma que les rodeaba, aquella nube que había dejado atrás las noches en las que habían visto amanecer abrazados, ella encima de él, desnudos sobre una silla; o las mañanas en las que disfrutaban del primer frío invernal paseando por los parques de una ciudad que atardecía para ellos dos; o las noches en las que no hacía falta decirse nada, y todo acababa con ella durmiendo sobre él, en el sofá, con la tele encendida. Aquello no podía esfumarse sin más.
Lo siguiente fue el silencio, otra vez el silencio. El suave susurro del hilo musical sobrevolando sus cabezas y el sonido metálico de la cucharilla golpeando la taza de café. Seguro que había muchas cosas que decir, pero ninguno de los dos encontraba las palabras.
-No, no es nada bueno. Y no entiendo por qué. Esto no se puede acabar así, sin más…
-Hay veces que las cosas se acaban, se agotan, y no hay ninguna explicación-, acababa de asumir el papel de duro, más le valía ser capaz de mantenerlo hasta el final, -y sólo se puede, en fin…
-¿Mirar hacia otro lado?
-No me refiero a eso, quiero decir que por mucho que luches por mantener una llama encendida, a veces llega un momento en el que se apaga, y por mucho que intentes prenderla de nuevo no puedes recuperar el fuego que ya se ha ido-, valiente gilipollas, pensó, menudas metáforas que te buscas.
-Vaya, yo pensaba que la escritora era yo.
-Soy periodista, ya sabes que también estoy acostumbrado a inventar historias.
Y ella sonrió. Una sonrisa, leve, pero una sonrisa al fin y al cabo. La segunda en una noche destinada al llanto, en la que hasta el cielo oscuro sobre la ciudad había encontrado el momento para llorar. Pasado el momento de tregua, llegaba el segundo asalto.
-No puedo cree que hayamos dejado que esto se acabe así. Siempre nos prometimos que veríamos venir el final, que lo dejaríamos justo a tiempo para evitarnos una despedida, para no tener…
Para no tener que lamentar más heridas en el corazón. La frase resonó en su mente al mismo tiempo que ella la pronunciaba, de la misma forma que los dos la pronunciaron a la vez, una lejana mañana, un par de años atrás, cuando se sentían tan fuertemente ligados el uno al otro que lo único que podía pasar es que ambos se hicieran daño. Mucho daño.
-Quizá después de todo, nosotros somos como los demás…
-No somos como los demás
-…y esta ha sido otra relación como tantas…
-No, ha sido única. Irrepetible.
-Lo sé.
Vaya si lo sabía. Aún no había acabado y ya podía sentir el enorme vacío que ella dejaba tras de sí. Casi podía sentir cómo por dentro se iba agrietando su alma, y sintió que le faltaba el aire. Se esforzó por respirar, tratando de llenar los pulmones de aire, pero el aliento, simplemente, se le escapaba. El pecho le iba a estallar. Era como si un puño caliente le envolviera el corazón, y se lo apretara más y más hasta exprimir la sangre que contenía. Una puntada de dolor le nació de las entrañas, como una puñalada, y se extendió hasta el pecho y el cuello, haciéndose cada vez más grande, palpitante, insoportable…
Entonces, puso su mano sobre la de ella, y el dolor cesó. Le acarició levemente el dorso de la mano, y notó cómo ella entrelazaba los dedos con los suyos, y le acariciaba dulcemente la muñeca. Y el aire volvió a los pulmones. El dolor había desaparecido, pero él sabía que volvería. Volvería pronto, muy pronto, y lo haría multiplicado hasta el infinito.
La misma mirada que, en esos momentos, tenía frente a él. Tomó un sorbo del café e hizo lo posible para disimular el calor que le abrasó la punta de la lengua, al darse cuenta de la profundidad con la que esa noche le abrazaban esos ojos azules que por la mañana parecían verdes.
-Hace mucho tiempo que no tenemos una noche así, para hablar-, se atrevió a decir.
-Parece que lo estuviéramos evitando-, respondió ella, y el primer pulso entre los dos se resolvió con un dardo acerado manchado de veneno que se clavó en la pared, sin alcanzarles.
-Parece no, yo creo que lo estábamos evitando-. Todavía hoy no se explica de dónde sacó el valor para decir aquello, para destapar un cofre que llevaba mucho tiempo cerrado y que ninguno de los dos quería abrir, porque en el fondo del mismo estaba escrita la palabra fin.-No sé qué nos está pasando, pero sé que no es nada bueno.
No podía serlo. Le hubiera gustado que le hubiera dicho, directamente, que se había cansado de él. Que no quería verle más. Que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se marchara de casa, y que los dos empezaran a andar por caminos separados. Le hubiera gustado que existiera una explicación lógica a aquella bruma que les rodeaba, aquella nube que había dejado atrás las noches en las que habían visto amanecer abrazados, ella encima de él, desnudos sobre una silla; o las mañanas en las que disfrutaban del primer frío invernal paseando por los parques de una ciudad que atardecía para ellos dos; o las noches en las que no hacía falta decirse nada, y todo acababa con ella durmiendo sobre él, en el sofá, con la tele encendida. Aquello no podía esfumarse sin más.
Lo siguiente fue el silencio, otra vez el silencio. El suave susurro del hilo musical sobrevolando sus cabezas y el sonido metálico de la cucharilla golpeando la taza de café. Seguro que había muchas cosas que decir, pero ninguno de los dos encontraba las palabras.
-No, no es nada bueno. Y no entiendo por qué. Esto no se puede acabar así, sin más…
-Hay veces que las cosas se acaban, se agotan, y no hay ninguna explicación-, acababa de asumir el papel de duro, más le valía ser capaz de mantenerlo hasta el final, -y sólo se puede, en fin…
-¿Mirar hacia otro lado?
-No me refiero a eso, quiero decir que por mucho que luches por mantener una llama encendida, a veces llega un momento en el que se apaga, y por mucho que intentes prenderla de nuevo no puedes recuperar el fuego que ya se ha ido-, valiente gilipollas, pensó, menudas metáforas que te buscas.
-Vaya, yo pensaba que la escritora era yo.
-Soy periodista, ya sabes que también estoy acostumbrado a inventar historias.
Y ella sonrió. Una sonrisa, leve, pero una sonrisa al fin y al cabo. La segunda en una noche destinada al llanto, en la que hasta el cielo oscuro sobre la ciudad había encontrado el momento para llorar. Pasado el momento de tregua, llegaba el segundo asalto.
-No puedo cree que hayamos dejado que esto se acabe así. Siempre nos prometimos que veríamos venir el final, que lo dejaríamos justo a tiempo para evitarnos una despedida, para no tener…
Para no tener que lamentar más heridas en el corazón. La frase resonó en su mente al mismo tiempo que ella la pronunciaba, de la misma forma que los dos la pronunciaron a la vez, una lejana mañana, un par de años atrás, cuando se sentían tan fuertemente ligados el uno al otro que lo único que podía pasar es que ambos se hicieran daño. Mucho daño.
-Quizá después de todo, nosotros somos como los demás…
-No somos como los demás
-…y esta ha sido otra relación como tantas…
-No, ha sido única. Irrepetible.
-Lo sé.
Vaya si lo sabía. Aún no había acabado y ya podía sentir el enorme vacío que ella dejaba tras de sí. Casi podía sentir cómo por dentro se iba agrietando su alma, y sintió que le faltaba el aire. Se esforzó por respirar, tratando de llenar los pulmones de aire, pero el aliento, simplemente, se le escapaba. El pecho le iba a estallar. Era como si un puño caliente le envolviera el corazón, y se lo apretara más y más hasta exprimir la sangre que contenía. Una puntada de dolor le nació de las entrañas, como una puñalada, y se extendió hasta el pecho y el cuello, haciéndose cada vez más grande, palpitante, insoportable…
Entonces, puso su mano sobre la de ella, y el dolor cesó. Le acarició levemente el dorso de la mano, y notó cómo ella entrelazaba los dedos con los suyos, y le acariciaba dulcemente la muñeca. Y el aire volvió a los pulmones. El dolor había desaparecido, pero él sabía que volvería. Volvería pronto, muy pronto, y lo haría multiplicado hasta el infinito.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Detrás de unos ojos azules (IV)
Fueron apenas diez pasos, pero fueron los más largos de su vida. Mientras caminaba hacia la mesa se concentró para que el café no se derramara, a pesar de que el líquido negro asomaba de cuando en cuando por el borde de la taza. Nunca había tenido buen pulso, desde luego, y siempre había sido un poco torpe, pero la simple tarea de trasladar una taza llena de café de la barra a la mesa de un bar se convierte en una auténtica prueba de obstáculos si se acomete con el corazón latiendo a mil. En esos momentos en los que sólo la tenue melodía del hilo musical taladraba el desasosegante silencio de la cafetería, casi podía oír cómo su pecho resonaba como un tambor, tam tam, tam tam, sin pausa, cada vez más fuerte. Resistió la tentación de pararse a coger aire, porque quizá ya era tarde para mostrar signos de debilidad. Llegó a la mesa, dejó el café y se sentó frente a ella, aparentando toda la normalidad que pudo.
Allí estaban, de una vez por todas, frente a frente, apenas a un metro de distancia. En un rápido vistazo recorrió todo su cuerpo, memorizando sin querer cada detalle. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, una encima de la otra al lado del libro que, según supuso, había intentado, sin éxito, leer esa misma noche. Sus dedos entrelazados. Sus brazos, sus hombros, ahora tapados, durante el verano siempre descubiertos. Y su cara, dos labios finos y bien perfilados que escondían una sonrisa detrás de aquellos ojos azules. ¿O eran verdes? Ni siquiera ahora, a un metro de distancia, sabría decirlo con toda certeza. El pelo color miel.
-Hola- dijo ella, sin extrañarle que él no hiciera siquiera el amago de darle un beso. ¿Hacía falta guardar las apariencias?
-Hola- contestó él, con un hilo de voz, -¿cómo estás?
-Bien, aunque hoy no he logrado escribir ni una sola línea.
Hacía tiempo que ella tenía una historia atravesada en la mente, pero no lograba escribirla. Ella no lo decía, pero debajo de aquella rutina maliciosa que había teñido los últimos días, las últimas semanas, prácticamente el último mes, él sabía que tenía parte de culpa de su silencio. Debe ser poco alentador intentar escribir al lado de alguien como yo, pensaba algunas veces, y se recordó una y otra vez tumbado en la cama, con la única luz de la lámpara de noche, leyendo las páginas viejas de un libro usado, cualquiera, uno distinto cada noche que siempre se quedaba a medias, mientras ella, desde el otro lado del piso, apoyaba los codos sobre la mesa y miraba fijamente el extraño reflejo que sobre la máquina de escribir le devolvía, impoluta en el carrete, la página en blanco.
-Tranquila- mintió como siempre, -seguro que al final consigues sacártela de encima.
-Eso espero. ¿Qué tal tu día?
-Bien- volvió a mentir, sabiendo que entrar en detalles no facilitaría las cosas, -otro día más para olvidar.
-Has vuelto a beber. Te huele el aliento a bourbon.
-Sólo un trago en la redacción, antes de salir. Estoy bien.
Y ambos decidieron entonces firmar una tregua velada amparados en el suave chapoteo de las gotas sobre la acera, de la lluvia en el cristal. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos volvieron la vista hacia la calle y decidieron respetar ese instante de silencio, ese minuto de calma que antecede a la tempestad.
Por un momento, estuvo tentado de recordar la noche en que se conocieron. También llovía, pero aquella era una lluvia cálida, de primavera, y la de hoy era simplemente el último telón de agua que precede al frío del invierno. En aquella ocasión, la calle había servido de refugio para dos jóvenes que, sin pretenderlo, acabaron deseándose hasta el amanecer, y anudaron sus vidas con una cuerda que estaba a punto de romperse, de deshilachada que estaba. Hacía ya, ¿cuántos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Qué importaba. Él sabía que aquel era el momento a partir del cual iba a medir su vida, y para ella aquella noche también supuso el principio de un cuento que estaba a punto de acabar.
Aquella noche de primavera de hacía cuatro años, ella salió de una fiesta en la que se empezaba a aburrir, y sobre la acera, en mitad de la lluvia, encontró a chico que se había sentado en la calle porque dentro no conocía a nadie. La primera sensación que surgió entre ambos fue curiosidad, la de ella por saber por qué aguantaba empapado bajo la lluvia. La de él por descubrir si aquellos ojos que le miraban desde la puerta del local eran azules, verdes o dorados, de tanto como brillaban. Se cruzaron sus miradas y ella caminó hacia donde él se encontraba. Te vas a manchar el vestido, fue lo primero que se le ocurrió decir, y lo segundo fue una sonrisa cuando ella sugirió que podrían compartir la factura de la tintorería cuando él fuera a llevar su chaqueta. Se miraron un instante y, sin saber por qué, los dos se levantaron a un tiempo, y empezaron a caminar.
Ella lo hacía bajo los balcones y los tejados, subida a la acera. Él, en medio de la lluvia, por la calzada, expuesto a que algún coche a toda velocidad empapara cualquier rincón de su cuerpo por el que el agua no se hubiera filtrado todavía. Fue un paseo largo, sin un rumbo fijo pero sí con una meta marcada: el amanecer entre sus hombros, la salida del sol en medio de un mar de abrazos. Caminaron y hablaron de todo, de esto y de lo otro, de las ganas de escribir de ella y del periodismo que él se imaginaba, de las anécdotas en la Facultad de Literatura y de las tardes muertas jugando al mus en la cafetería del edificio de Ciencias de la Información. Del futuro que tenían por delante uno y otro y, por qué no, los dos juntos.
Llegó un momento, sin que él supiera cómo, que ella se detuvo y le dijo: éste es mi portal, ¿quieres subir? Y él se moría de ganas. Llamaron en silencio al ascensor, y las palabras se acabaron cuando las puertas de metal se cerraron y el cable metálico empezó a tirar de ellos hacia arriba. El ascensor fue un volcán. Uno contra el otro, los dos contra el espejo, dos bocas que se juntan, dos lenguas que se encuentran. Las caricias atropelladas por debajo de la ropa mojada. La respiración de uno y de otro, cada vez más intensas, convirtiéndose en una sola. El tacto frío de la sábana en contraste con la calidez de la piel, el sabor a sudor y a noche mojada. Sus ojos, azules, verdes o dorados, clavados en su rostro como lo hacían sus uñas en su espalda. El amanecer perezoso de las diez de la mañana en medio de un día soleado que para nada recordaba la lluvia de la noche anterior.
Quizá mañana no llueva, le disparó su cerebro, a quemarropa, tratando de sacarle de ese lejano recuerdo. Igual que aquella noche, puede que el día siguiente sea un día soleado, pensó. Apartó la vista del ventanal y alejó su mente de la lluvia para concentrarse de nuevo en ella, y en aquellos ojos azules (sí, seguro que eran azules) que le miraban fijamente apenas a un metro de distancia, al otro lado de la mesa. Esos mismos ojos verdes (estaba casi seguro) de los que ahora brotaba una lágrima que resbalaba por su mejilla igual que las gotas que lloraba el cielo lo hacían por el cristal. Si aquello iba a ser una guerra, mejor empezar cuanto antes con las heridas.
Allí estaban, de una vez por todas, frente a frente, apenas a un metro de distancia. En un rápido vistazo recorrió todo su cuerpo, memorizando sin querer cada detalle. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, una encima de la otra al lado del libro que, según supuso, había intentado, sin éxito, leer esa misma noche. Sus dedos entrelazados. Sus brazos, sus hombros, ahora tapados, durante el verano siempre descubiertos. Y su cara, dos labios finos y bien perfilados que escondían una sonrisa detrás de aquellos ojos azules. ¿O eran verdes? Ni siquiera ahora, a un metro de distancia, sabría decirlo con toda certeza. El pelo color miel.
-Hola- dijo ella, sin extrañarle que él no hiciera siquiera el amago de darle un beso. ¿Hacía falta guardar las apariencias?
-Hola- contestó él, con un hilo de voz, -¿cómo estás?
-Bien, aunque hoy no he logrado escribir ni una sola línea.
Hacía tiempo que ella tenía una historia atravesada en la mente, pero no lograba escribirla. Ella no lo decía, pero debajo de aquella rutina maliciosa que había teñido los últimos días, las últimas semanas, prácticamente el último mes, él sabía que tenía parte de culpa de su silencio. Debe ser poco alentador intentar escribir al lado de alguien como yo, pensaba algunas veces, y se recordó una y otra vez tumbado en la cama, con la única luz de la lámpara de noche, leyendo las páginas viejas de un libro usado, cualquiera, uno distinto cada noche que siempre se quedaba a medias, mientras ella, desde el otro lado del piso, apoyaba los codos sobre la mesa y miraba fijamente el extraño reflejo que sobre la máquina de escribir le devolvía, impoluta en el carrete, la página en blanco.
-Tranquila- mintió como siempre, -seguro que al final consigues sacártela de encima.
-Eso espero. ¿Qué tal tu día?
-Bien- volvió a mentir, sabiendo que entrar en detalles no facilitaría las cosas, -otro día más para olvidar.
-Has vuelto a beber. Te huele el aliento a bourbon.
-Sólo un trago en la redacción, antes de salir. Estoy bien.
Y ambos decidieron entonces firmar una tregua velada amparados en el suave chapoteo de las gotas sobre la acera, de la lluvia en el cristal. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos volvieron la vista hacia la calle y decidieron respetar ese instante de silencio, ese minuto de calma que antecede a la tempestad.
Por un momento, estuvo tentado de recordar la noche en que se conocieron. También llovía, pero aquella era una lluvia cálida, de primavera, y la de hoy era simplemente el último telón de agua que precede al frío del invierno. En aquella ocasión, la calle había servido de refugio para dos jóvenes que, sin pretenderlo, acabaron deseándose hasta el amanecer, y anudaron sus vidas con una cuerda que estaba a punto de romperse, de deshilachada que estaba. Hacía ya, ¿cuántos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Qué importaba. Él sabía que aquel era el momento a partir del cual iba a medir su vida, y para ella aquella noche también supuso el principio de un cuento que estaba a punto de acabar.
Aquella noche de primavera de hacía cuatro años, ella salió de una fiesta en la que se empezaba a aburrir, y sobre la acera, en mitad de la lluvia, encontró a chico que se había sentado en la calle porque dentro no conocía a nadie. La primera sensación que surgió entre ambos fue curiosidad, la de ella por saber por qué aguantaba empapado bajo la lluvia. La de él por descubrir si aquellos ojos que le miraban desde la puerta del local eran azules, verdes o dorados, de tanto como brillaban. Se cruzaron sus miradas y ella caminó hacia donde él se encontraba. Te vas a manchar el vestido, fue lo primero que se le ocurrió decir, y lo segundo fue una sonrisa cuando ella sugirió que podrían compartir la factura de la tintorería cuando él fuera a llevar su chaqueta. Se miraron un instante y, sin saber por qué, los dos se levantaron a un tiempo, y empezaron a caminar.
Ella lo hacía bajo los balcones y los tejados, subida a la acera. Él, en medio de la lluvia, por la calzada, expuesto a que algún coche a toda velocidad empapara cualquier rincón de su cuerpo por el que el agua no se hubiera filtrado todavía. Fue un paseo largo, sin un rumbo fijo pero sí con una meta marcada: el amanecer entre sus hombros, la salida del sol en medio de un mar de abrazos. Caminaron y hablaron de todo, de esto y de lo otro, de las ganas de escribir de ella y del periodismo que él se imaginaba, de las anécdotas en la Facultad de Literatura y de las tardes muertas jugando al mus en la cafetería del edificio de Ciencias de la Información. Del futuro que tenían por delante uno y otro y, por qué no, los dos juntos.
Llegó un momento, sin que él supiera cómo, que ella se detuvo y le dijo: éste es mi portal, ¿quieres subir? Y él se moría de ganas. Llamaron en silencio al ascensor, y las palabras se acabaron cuando las puertas de metal se cerraron y el cable metálico empezó a tirar de ellos hacia arriba. El ascensor fue un volcán. Uno contra el otro, los dos contra el espejo, dos bocas que se juntan, dos lenguas que se encuentran. Las caricias atropelladas por debajo de la ropa mojada. La respiración de uno y de otro, cada vez más intensas, convirtiéndose en una sola. El tacto frío de la sábana en contraste con la calidez de la piel, el sabor a sudor y a noche mojada. Sus ojos, azules, verdes o dorados, clavados en su rostro como lo hacían sus uñas en su espalda. El amanecer perezoso de las diez de la mañana en medio de un día soleado que para nada recordaba la lluvia de la noche anterior.
Quizá mañana no llueva, le disparó su cerebro, a quemarropa, tratando de sacarle de ese lejano recuerdo. Igual que aquella noche, puede que el día siguiente sea un día soleado, pensó. Apartó la vista del ventanal y alejó su mente de la lluvia para concentrarse de nuevo en ella, y en aquellos ojos azules (sí, seguro que eran azules) que le miraban fijamente apenas a un metro de distancia, al otro lado de la mesa. Esos mismos ojos verdes (estaba casi seguro) de los que ahora brotaba una lágrima que resbalaba por su mejilla igual que las gotas que lloraba el cielo lo hacían por el cristal. Si aquello iba a ser una guerra, mejor empezar cuanto antes con las heridas.
domingo, 29 de agosto de 2010
Detrás de unos ojos azules (III)
Siempre es difícil cerrar una puerta, porque demasiadas veces ese gesto supone abrir una herida. Y esa herida no cicatriza con facilidad. Te atormenta las noches de invierno y los amaneceres del verano, te pica en las mañanas de otoño, en los atardeceres de la primavera. Las heridas de la vida van derechas al alma porque su arañazo deja en las uñas jirones del corazón, y uno nunca se recupera del todo de los mordiscos que la realidad propina. Sus dientes son afilados. Las cicatrices, mucho tiempo después, saben a la sal que sedimenta en los posos de la vida, y a medida que uno envejece se vuelven aún más molestas, porque son muchos más los momentos en los que te detienes a hacer memoria. De nada vale lamerse las heridas una vez que se han producido, porque si han encontrado su sitio en el alma, se quedan ahí para siempre.
Ese miedo súbito que había sentido ahí, de pie en medio de la plaza en una madrugada lluviosa, le recorrió todo el cuerpo apenas puso un pie en el local. La cafetería estaba en silencio, y el camarero hojeaba distraídamente una revista mientras escuchaba de fondo las melodías nocturnas que despachaba el hilo musical. No ponía gran interés ni en una cosa ni en la otra, porque apenas se detenía unos segundos en una página antes de pasar a la siguiente, y cuando se acercó lo suficiente para escucharle descubrió que tarareaba canciones muy distintas a las que se filtraban por las paredes de la estancia. Pidió un café y se quitó la chaqueta, la dobló y se la dejó colgando del brazo a la espera de que el camarero, que se dirigía pesadamente hacia la cafetera, le trajera lo que había pedido.
Casi por un descuido, se giró un momento para verla. Recorrió con un vistazo rápido su silueta, firme, recta, en aquella solitaria cafetería. Caminó por su pelo y sintió que sus dedos se empapaban del tacto sedoso de aquella cabellera castaña clara que desprendía un olor singular, como a mañana fresca, da igual qué hora fuera del día. Era extraño. El agitado día había dejado en la cafetería restos de suficientes olores como para confundir a cualquiera, pero su nariz, a unos metros de distancia, detectaba nítidamente el inconfundible olor de su pelo. Sin que se diera cuenta, su mente empezó a bombardearle con un montón de preguntas incómodas que se resumían en una sola: ¿de verdad quieres que todo acabe aquí, esta noche? Ya no estaba tan seguro.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando ella se dio la vuelta. Fue un momento, un chispazo, pero sus miradas se cruzaron y quedó atrapado en sus ojos. En sus increíbles ojos azules. ¿O eran verdes? Nunca había estado seguro. Daba la impresión de que ella tuviera la cualidad de confundirle a cada instante, porque sus ojos parecían de un color o de otro según el momento del día en que la mirara, según el estado de ánimo en el que se encontrara cuando lo hacía. Eso sí, había algo que no cambiaba. Lo hiciera por la mañana o por la noche, feliz o a punto de gritar de desesperación, su mirada era capaz de dejarle sin palabras. De abrazarle con un manto cálido que invitaba a la tranquilidad, al sosiego. Al sueño más profundo.
Durante ese breve instante en el que sus ojos se tocaron, para él se paralizó el mundo. La Tierra dejó de girar, y casi le pareció escuchar cómo los engranajes secretos que hacen girar el universo chirriaban en lo más profundo del planeta como hace una máquina pesada cuando se detiene de golpe. Hubiera jurado que las gotas que caían del cielo y mojaban la oscuridad de la calle se habían quedado suspendidas en el aire, esperando a que ella se moviera, a que decidiera dar la señal para que todo volviera a su cauce normal, y las gotas cayeran, el universo girase y su relación estuviera a punto de acabar.
No se percató de que, a su espalda, el camarero ya le había servido el café, y esperaba a que se apartara de la barra para volver a su tarea nocturna: pasar muy rápido las hojas de la revista y tararear canciones que nada tienen que ver con las que suenan a través del hilo musical. En ese momento, ella sonrió y bajó la vista, justo antes de volverse y quedar de espaldas a él, en una invitación velada pero directa de que se sentara frente a ella, en aquel reservado que dejaba a un lado la barra y al otro los servicios del bar, mientras que a la izquierda, a través del ventanal, permitía observar cómo arreciaba la lluvia.
Había sonreído. Un gesto fugaz, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Una sonrisa que, como de costumbre, no sabía cómo interpretar. Lo más normal es creer que la risa denota felicidad, la cercanía de un momento esperado. Pero también había visto a gente para la cual la risa fue simplemente el último peldaño antes de la desesperación. Secado el cubo de lágrimas derramadas, recurrían a la risa histérica como último recurso en un desesperado afán por aferrarse a la cordura, que se escapaba de ellos para nunca más volver, como lo hacía el aliento que salía de su boca. Además, creyó adivinar en su sonrisa un deje de tristeza, de melancolía, quizá de resignación hacia lo inevitable. Ambos eran responsables de haber pospuesto ese momento muchas veces, y ambos serían responsables de lo que sucedería a partir de ahora.
Las mujeres dicen más con sus gestos que con sus palabras. Estaba harto de recibir ese consejo de un compañero de trabajo que se creía un donjuán. Quizá tuviera razón, pero él nunca había sabido interpretar esas señales que para otros son tan evidentes, que para ellas son tan recurrentes. Ése era uno de los errores que había cometido con mayor frecuencia, pero tampoco era el más grave. El resto, a buen seguro, cobrarían protagonismo a lo largo de la noche. No tendría que esperar mucho para conocer en todo lo que se había equivocado. Sonrió para sus adentros. “Nunca es tarde para aprender”, se dijo, justo antes de coger la taza de café y dirigirse hacia la mesa.
Ese miedo súbito que había sentido ahí, de pie en medio de la plaza en una madrugada lluviosa, le recorrió todo el cuerpo apenas puso un pie en el local. La cafetería estaba en silencio, y el camarero hojeaba distraídamente una revista mientras escuchaba de fondo las melodías nocturnas que despachaba el hilo musical. No ponía gran interés ni en una cosa ni en la otra, porque apenas se detenía unos segundos en una página antes de pasar a la siguiente, y cuando se acercó lo suficiente para escucharle descubrió que tarareaba canciones muy distintas a las que se filtraban por las paredes de la estancia. Pidió un café y se quitó la chaqueta, la dobló y se la dejó colgando del brazo a la espera de que el camarero, que se dirigía pesadamente hacia la cafetera, le trajera lo que había pedido.
Casi por un descuido, se giró un momento para verla. Recorrió con un vistazo rápido su silueta, firme, recta, en aquella solitaria cafetería. Caminó por su pelo y sintió que sus dedos se empapaban del tacto sedoso de aquella cabellera castaña clara que desprendía un olor singular, como a mañana fresca, da igual qué hora fuera del día. Era extraño. El agitado día había dejado en la cafetería restos de suficientes olores como para confundir a cualquiera, pero su nariz, a unos metros de distancia, detectaba nítidamente el inconfundible olor de su pelo. Sin que se diera cuenta, su mente empezó a bombardearle con un montón de preguntas incómodas que se resumían en una sola: ¿de verdad quieres que todo acabe aquí, esta noche? Ya no estaba tan seguro.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando ella se dio la vuelta. Fue un momento, un chispazo, pero sus miradas se cruzaron y quedó atrapado en sus ojos. En sus increíbles ojos azules. ¿O eran verdes? Nunca había estado seguro. Daba la impresión de que ella tuviera la cualidad de confundirle a cada instante, porque sus ojos parecían de un color o de otro según el momento del día en que la mirara, según el estado de ánimo en el que se encontrara cuando lo hacía. Eso sí, había algo que no cambiaba. Lo hiciera por la mañana o por la noche, feliz o a punto de gritar de desesperación, su mirada era capaz de dejarle sin palabras. De abrazarle con un manto cálido que invitaba a la tranquilidad, al sosiego. Al sueño más profundo.
Durante ese breve instante en el que sus ojos se tocaron, para él se paralizó el mundo. La Tierra dejó de girar, y casi le pareció escuchar cómo los engranajes secretos que hacen girar el universo chirriaban en lo más profundo del planeta como hace una máquina pesada cuando se detiene de golpe. Hubiera jurado que las gotas que caían del cielo y mojaban la oscuridad de la calle se habían quedado suspendidas en el aire, esperando a que ella se moviera, a que decidiera dar la señal para que todo volviera a su cauce normal, y las gotas cayeran, el universo girase y su relación estuviera a punto de acabar.
No se percató de que, a su espalda, el camarero ya le había servido el café, y esperaba a que se apartara de la barra para volver a su tarea nocturna: pasar muy rápido las hojas de la revista y tararear canciones que nada tienen que ver con las que suenan a través del hilo musical. En ese momento, ella sonrió y bajó la vista, justo antes de volverse y quedar de espaldas a él, en una invitación velada pero directa de que se sentara frente a ella, en aquel reservado que dejaba a un lado la barra y al otro los servicios del bar, mientras que a la izquierda, a través del ventanal, permitía observar cómo arreciaba la lluvia.
Había sonreído. Un gesto fugaz, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Una sonrisa que, como de costumbre, no sabía cómo interpretar. Lo más normal es creer que la risa denota felicidad, la cercanía de un momento esperado. Pero también había visto a gente para la cual la risa fue simplemente el último peldaño antes de la desesperación. Secado el cubo de lágrimas derramadas, recurrían a la risa histérica como último recurso en un desesperado afán por aferrarse a la cordura, que se escapaba de ellos para nunca más volver, como lo hacía el aliento que salía de su boca. Además, creyó adivinar en su sonrisa un deje de tristeza, de melancolía, quizá de resignación hacia lo inevitable. Ambos eran responsables de haber pospuesto ese momento muchas veces, y ambos serían responsables de lo que sucedería a partir de ahora.
Las mujeres dicen más con sus gestos que con sus palabras. Estaba harto de recibir ese consejo de un compañero de trabajo que se creía un donjuán. Quizá tuviera razón, pero él nunca había sabido interpretar esas señales que para otros son tan evidentes, que para ellas son tan recurrentes. Ése era uno de los errores que había cometido con mayor frecuencia, pero tampoco era el más grave. El resto, a buen seguro, cobrarían protagonismo a lo largo de la noche. No tendría que esperar mucho para conocer en todo lo que se había equivocado. Sonrió para sus adentros. “Nunca es tarde para aprender”, se dijo, justo antes de coger la taza de café y dirigirse hacia la mesa.
martes, 3 de agosto de 2010
Detrás de unos ojos azules (II)
A esas horas, en la redacción todo era silencio. Hacía tiempo que el bullicio diario del cierre se había apagado lentamente, y apenas quedaban en toda la planta algunos rezagados que estaban adelantando trabajo pendiente o, simplemente, dejaban pasar los minutos de una noche, otra más, en la que no tenían adonde ir. Él se encontraba a caballo entre una opción y otra, y en esos momentos curioseaba por Internet en busca de algún dato que alumbrara la posibilidad de un nuevo reportaje. Casi instintivamente, abrió el primer cajón de su mesa y cogió el paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y lo encendió, desafiando con nocturnidad la prohibición de fumar en el edificio. No importaba. Esa regla se aplicaba durante el día, y la cumplía como toda la gente normal. Entre noctámbulos no existía reglamento alguno de cómo arañarle el vientre a una noche de otoño.
Se levantó de su mesa con el cigarrillo entre los dedos, y se acercó a la mesa de uno de sus compañeros. Allí, en el tercer cajón, estaba la botella de bourbon. Aún existían en la redacción algunos colegas que nunca pierden las viejas costumbres, y que hace que uno se sienta siempre un poco mejor. El periodismo, pensó, es eso. Quedarse hasta tarde frente a una máquina de escribir con la única compañía de la luz de una lámpara y todos tus vicios a mano para que nada te inquietara. Ahora, en los periódicos, todo es mucho más aséptico. Los ordenadores han matado la magia. En las redacciones sólo hay prisas y un condenado reglamento que convierte un trabajo estupendo en una cadena de montaje. Por la mañana, a la calle; por la tarde, a escribir; la noche para descansar. Así no era el oficio con el que había soñado siempre.
Volvió a su mesa y se sirvió un vaso de bourbon. Se había acostumbrado a beberlo sin hielo desde el momento en que comenzó a paladear su abrasador legado en las noches solitarias de una redacción vacía. La única condición era que cuando la botella estuviera vacía, había que reponerla. Todos lo sabían, al menos los que recurrían a ella con frecuencia. Era un mandamiento no escrito: su áspero sabor estaba ahí para aliviar un mal día, para entonar una buena noche, para seguir empujando a uno hacia el abismo. Da igual qué opción escoger, a nadie hay que privarle de su oportunidad de caminar directo al infierno.
Se recostó sobre la silla, apoyó los pies en la mesa y subió el volumen del pequeño aparato de radio que le hacía compañía. Cambió las noticias y buscó una emisora que escupiera un poco de música a horas intempestivas. Encontró los primeros acordes de una melodía conocida. Enjoy the silence, de Depeche Mode comenzó a llenar el espacio a su alrededor, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por las volutas de humo que flotaban buscando el techo, y por el cálido surco que el bourbon dibujaba en su garganta. En ese momento, con los ojos cerrados, se sintió bien. Tremendamente bien. Olvidó de pronto las exigencias de un día agotador, infructuoso después de horas de mucho esfuerzo. Había pasado la mañana llamando a un montón de puertas que permanecieron cerradas, en busca que algo que sirviera para publicar el próximo fin de semana.
Pero el trabajo no era lo realmente agotador. Ojalá lo fuera. Lo peor era que había caminado todo el día con una losa encima de él: la terrible realidad de que, esa noche, todo se acababa. No sabía si sentir cierto alivio o una pena profunda. Siempre había pensado que el final era lo mejor para él, y se había aferrado a la visión egoísta que su mente prefería darle a todo ese asunto. Incluso había pasado horas enteras imaginando cómo sería volver a la vida sin ella, lejos de sus reproches, de sus miradas inquisitivas, lejos de todo lo que significaba la vida que en esos momentos iban a dejar atrás.
Aun así, no podía negar que sentía por dentro una sensación extraña. Un nudo en la garganta que se había apretado conforme se fueron quemando los minutos del día, y se acercó la noche. Dejó el vaso sobre la mesa y, casi por instinto, se pasó la mano por el cuello. Casi pudo notar la marca de la soga con la que se estaba quitando el aire, y por un momento le pareció sentir en la boca el suave sabor de uno de sus besos, por encima incluso del amargo regusto del tabaco. Se pasó la lengua por los labios, intentando acentuar ese poso salado, como de agua de mar estancada, que deja ella siempre que besa. O siempre que besaba. Se mojó los labios con el bourbon para desterrar esa sensación de su memoria.
Terminó la canción y sonaron las señales horarias. Eran las dos de la madrugada. Abrió los ojos de una forma pausada y apagó el pequeño aparato. Le pareció oír cómo la noche se derramaba sobre una ciudad vacía, en penumbra, sumergida en una inquietante calma. Apagó el ordenador y chupó con fuerza el cigarro, antes de dejar que se consumiera lentamente en el cenicero, donde amanecería la mañana siguiente antes de que pasaran por allí las señoras de la limpieza. Algunas veces, le dejaban una nota escondida debajo del teclado del ordenador. ‘Aquí no se puede fumar’, le escribían, y él contestaba con otra nota a mano: ‘piedad, en casa tampoco me dejan’.
Apuró el bourbon y se abotonó los puños de la camisa. Por descuido, o a propósito, se dejó el móvil en el cajón donde lo había guardado por la tarde, cuando no quería que nadie interrumpiera sus pensamientos. Cogió la chaqueta y las llaves del piso, y se dirigió pesadamente a la salida. No cogió el ascensor, y bajó los cinco pisos hasta la calle por las escaleras, sin prisa, escalón por escalón. Cuando llegó a la puerta la lluvia se había hecho más persistente, y por un momento dudó en si coger uno de los paraguas que la gente había abandonado en el paragüero de la entrada, y que se turnaban cuando alguno salía a fumar o para ir al bar cuando iban a comprar algo para cenar. Descartó la idea. Siempre le había gustado la lluvia y apenas tardaría cinco minutos en llegar a la cafetería donde ella le esperaba. Después de todo, uno no puede protegerse de su destino.
Saludó al vigilante de seguridad justo antes de salir a la calle y meterse de lleno en las gotas que caían del cielo. Miró hacia arriba y sólo percibió oscuridad. A pesar de que podía encontrar un tenue refugio en la acera, bajo los balcones y tejados de los edificios que flanqueaban la calle, caminó por mitad de la misma dejándose empapar. Cinco minutos después volvía la esquina y se encontraba de frente con la plaza vacía, desierta. Sólo las lágrimas que lloraba el otoño rompían el silencio de la noche. Al fondo estaba la cafetería, y a través del ventanal distinguió su silueta.
Fue en ese momento cuando notó un chispazo que le hizo pararse en seco. De repente, ya no encontraba alivio en lo que iba a suceder, y todos los pensamientos positivos que había acumulado durante los últimos días se perdieron por el sumidero de la razón con la misma facilidad con la que el agua se filtraba a través de las alcantarillas hacia el centro de la tierra. El nudo alrededor de su cuello se hizo más fuerte. Intentó tragar saliva, pero encontró la boca seca. Acababa de descubrir qué era ese pequeño latir que le fustigaba el alma en las últimas semanas. Tenía miedo.
Intentó componerse y siguió avanzando, pero le temblaban las piernas. Caminó torpemente por mitad de la plaza, deseando que no le hubiera visto pararse en seco en mitad de la lluvia. Era inútil. Algo le decía que, en esos momentos, ella le miraba. Notaba el lacerante brillo de sus pupilas clavado en su frente. Respiró hondo y abrió la boca, dejando que las gotas de lluvia resbalaran por sus labios y mojaran su lengua. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, todo su cuerpo estaba empapado por un sudor frío que le trizaba los nervios. Menos mal que estaba lloviendo, y caminar por mitad de la calle le ofrecía la coartada ideal para esconder los estigmas que el miedo le iba dejando en la piel. Abrió la puerta y la vio, de espaldas, a tan sólo unas mesas de distancia. Más lejos que nunca.
Se levantó de su mesa con el cigarrillo entre los dedos, y se acercó a la mesa de uno de sus compañeros. Allí, en el tercer cajón, estaba la botella de bourbon. Aún existían en la redacción algunos colegas que nunca pierden las viejas costumbres, y que hace que uno se sienta siempre un poco mejor. El periodismo, pensó, es eso. Quedarse hasta tarde frente a una máquina de escribir con la única compañía de la luz de una lámpara y todos tus vicios a mano para que nada te inquietara. Ahora, en los periódicos, todo es mucho más aséptico. Los ordenadores han matado la magia. En las redacciones sólo hay prisas y un condenado reglamento que convierte un trabajo estupendo en una cadena de montaje. Por la mañana, a la calle; por la tarde, a escribir; la noche para descansar. Así no era el oficio con el que había soñado siempre.
Volvió a su mesa y se sirvió un vaso de bourbon. Se había acostumbrado a beberlo sin hielo desde el momento en que comenzó a paladear su abrasador legado en las noches solitarias de una redacción vacía. La única condición era que cuando la botella estuviera vacía, había que reponerla. Todos lo sabían, al menos los que recurrían a ella con frecuencia. Era un mandamiento no escrito: su áspero sabor estaba ahí para aliviar un mal día, para entonar una buena noche, para seguir empujando a uno hacia el abismo. Da igual qué opción escoger, a nadie hay que privarle de su oportunidad de caminar directo al infierno.
Se recostó sobre la silla, apoyó los pies en la mesa y subió el volumen del pequeño aparato de radio que le hacía compañía. Cambió las noticias y buscó una emisora que escupiera un poco de música a horas intempestivas. Encontró los primeros acordes de una melodía conocida. Enjoy the silence, de Depeche Mode comenzó a llenar el espacio a su alrededor, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por las volutas de humo que flotaban buscando el techo, y por el cálido surco que el bourbon dibujaba en su garganta. En ese momento, con los ojos cerrados, se sintió bien. Tremendamente bien. Olvidó de pronto las exigencias de un día agotador, infructuoso después de horas de mucho esfuerzo. Había pasado la mañana llamando a un montón de puertas que permanecieron cerradas, en busca que algo que sirviera para publicar el próximo fin de semana.
Pero el trabajo no era lo realmente agotador. Ojalá lo fuera. Lo peor era que había caminado todo el día con una losa encima de él: la terrible realidad de que, esa noche, todo se acababa. No sabía si sentir cierto alivio o una pena profunda. Siempre había pensado que el final era lo mejor para él, y se había aferrado a la visión egoísta que su mente prefería darle a todo ese asunto. Incluso había pasado horas enteras imaginando cómo sería volver a la vida sin ella, lejos de sus reproches, de sus miradas inquisitivas, lejos de todo lo que significaba la vida que en esos momentos iban a dejar atrás.
Aun así, no podía negar que sentía por dentro una sensación extraña. Un nudo en la garganta que se había apretado conforme se fueron quemando los minutos del día, y se acercó la noche. Dejó el vaso sobre la mesa y, casi por instinto, se pasó la mano por el cuello. Casi pudo notar la marca de la soga con la que se estaba quitando el aire, y por un momento le pareció sentir en la boca el suave sabor de uno de sus besos, por encima incluso del amargo regusto del tabaco. Se pasó la lengua por los labios, intentando acentuar ese poso salado, como de agua de mar estancada, que deja ella siempre que besa. O siempre que besaba. Se mojó los labios con el bourbon para desterrar esa sensación de su memoria.
Terminó la canción y sonaron las señales horarias. Eran las dos de la madrugada. Abrió los ojos de una forma pausada y apagó el pequeño aparato. Le pareció oír cómo la noche se derramaba sobre una ciudad vacía, en penumbra, sumergida en una inquietante calma. Apagó el ordenador y chupó con fuerza el cigarro, antes de dejar que se consumiera lentamente en el cenicero, donde amanecería la mañana siguiente antes de que pasaran por allí las señoras de la limpieza. Algunas veces, le dejaban una nota escondida debajo del teclado del ordenador. ‘Aquí no se puede fumar’, le escribían, y él contestaba con otra nota a mano: ‘piedad, en casa tampoco me dejan’.
Apuró el bourbon y se abotonó los puños de la camisa. Por descuido, o a propósito, se dejó el móvil en el cajón donde lo había guardado por la tarde, cuando no quería que nadie interrumpiera sus pensamientos. Cogió la chaqueta y las llaves del piso, y se dirigió pesadamente a la salida. No cogió el ascensor, y bajó los cinco pisos hasta la calle por las escaleras, sin prisa, escalón por escalón. Cuando llegó a la puerta la lluvia se había hecho más persistente, y por un momento dudó en si coger uno de los paraguas que la gente había abandonado en el paragüero de la entrada, y que se turnaban cuando alguno salía a fumar o para ir al bar cuando iban a comprar algo para cenar. Descartó la idea. Siempre le había gustado la lluvia y apenas tardaría cinco minutos en llegar a la cafetería donde ella le esperaba. Después de todo, uno no puede protegerse de su destino.
Saludó al vigilante de seguridad justo antes de salir a la calle y meterse de lleno en las gotas que caían del cielo. Miró hacia arriba y sólo percibió oscuridad. A pesar de que podía encontrar un tenue refugio en la acera, bajo los balcones y tejados de los edificios que flanqueaban la calle, caminó por mitad de la misma dejándose empapar. Cinco minutos después volvía la esquina y se encontraba de frente con la plaza vacía, desierta. Sólo las lágrimas que lloraba el otoño rompían el silencio de la noche. Al fondo estaba la cafetería, y a través del ventanal distinguió su silueta.
Fue en ese momento cuando notó un chispazo que le hizo pararse en seco. De repente, ya no encontraba alivio en lo que iba a suceder, y todos los pensamientos positivos que había acumulado durante los últimos días se perdieron por el sumidero de la razón con la misma facilidad con la que el agua se filtraba a través de las alcantarillas hacia el centro de la tierra. El nudo alrededor de su cuello se hizo más fuerte. Intentó tragar saliva, pero encontró la boca seca. Acababa de descubrir qué era ese pequeño latir que le fustigaba el alma en las últimas semanas. Tenía miedo.
Intentó componerse y siguió avanzando, pero le temblaban las piernas. Caminó torpemente por mitad de la plaza, deseando que no le hubiera visto pararse en seco en mitad de la lluvia. Era inútil. Algo le decía que, en esos momentos, ella le miraba. Notaba el lacerante brillo de sus pupilas clavado en su frente. Respiró hondo y abrió la boca, dejando que las gotas de lluvia resbalaran por sus labios y mojaran su lengua. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, todo su cuerpo estaba empapado por un sudor frío que le trizaba los nervios. Menos mal que estaba lloviendo, y caminar por mitad de la calle le ofrecía la coartada ideal para esconder los estigmas que el miedo le iba dejando en la piel. Abrió la puerta y la vio, de espaldas, a tan sólo unas mesas de distancia. Más lejos que nunca.
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