jueves, 29 de abril de 2010

Otra vez la playa... quizá no la misma...

Aquí estoy otra vez, sentado en la arena en medio de una oscuridad casi completa, oyendo el mar romper ante mí, acertando apenas a intuir su insolente retirada maquillada de espuma. Son muchas las noches como ésta en las que, agarrado a una botella, he escapado de ese calor insoportable que destilaba mi habitación para refugiarme en el sereno susurrar de la playa. Me siento como en casa. Estoy lo suficientemente borracho para no compadecerme de mí, pero aún no lo bastante como para perder el sentido, como casi todas las noches, y he decidido escapar del infierno de mi presencia para esconderme en mitad de una noche que nunca pasa. Cada trago que tomo enciende mi garganta y envía una bola de fuego hacia mi interior que, extrañamente, me reconforta. El alcohol apacigua mi llanto, apaga las ganas que tengo de quitarme la vida. Por ese mismo sumidero se escaparon, hace tiempo, mis ganas de vivir, y ahora me debato entre el limbo de la cobardía o la muerte por fallo hepático, y lo cierto es que no me importa. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo una vez tuve una vida, pero la verdad es que casi no la recuerdo. Duraron tan poco los momentos en que fui feliz que a menudo me parecieron recuerdos de otro, vivencias a través de confidencias de labios de otra persona. Si algún día fui apasionado, lo cierto es que esa pasión apenas dejó poso en la taza de mi alma, que sigue vacía y yerma, resignada a terminar así. Me miro las manos y veo cómo se me fue la vida entre los dedos. Supongo que lo piensa la pareja que camina en estos momentos ante mí, y que se aparta ante la visión de un borracho harapiento, maloliente, vomitando sobre la arena de la playa los restos amargos de una borrachera que nunca termina. Sigo bebiendo. Lo hago, en parte, para apagar los gemidos quedos de las parejas que se refugian detrás de mí, junto a las hamacas, y follan al amparo de la noche. Amores baldíos de este final de verano. Un polvo para recordar unas vacaciones que terminan. Un tiempo que ya no vuelve.
Hace días que no me cambio, y semanas que no me ducho. El espejo proyecta una imagen desconocida de mí. Mejor. Quizá sea una forma de arrancarme de una vida que ya no tengo. ¿Te hice feliz alguna vez? ¿Lo he sido yo en algún momento? No hay respuestas correctas para preguntas que nunca formulamos. Y los días siguen pasando, el sol sale y la gente empieza de nuevo. Ya bebía cuando te conocí, pero por aquel entonces yo dominaba al alcohol, y no al contrario. La noche en que nos conocimos acabé tan borracho que no recordaba de quién era el número que encontré en mi bolsillo, escrito atropelladamente con carmín en una servilleta. Te llamé y quedamos, y juro que recé para que mereciera la pena correr el riesgo de recordarte por primera vez. Esa primera tarde sí que la recuerdo, tus ojos marrones miraban a través de tus gafas de sol. Y sonreías. No recuerdo si volviste a hacerlo. Las siguientes semanas son para mí un rastro borroso, distorsionado por los efluvios de mi inseparable compañero. Cada vez bebía más, cada vez te quería menos. Quizá nunca te quise, quizá nunca sentiste nada por mí. Quizá sólo estoy recordando una historia que me contaron una vez y ni siquiera existes. Necesito aferrarme a la realidad, y la realidad tiene el tacto frío de una botella. Llegó el día en que hiciste la pregunta que ninguno queríamos oír, quizá porque los dos conocíamos la respuesta. ‘El alcohol, o yo’, me dijiste, ‘responde con franqueza’. Y aquí estoy, sentado otra vez en la playa bebiendo sin parar, e imaginando que eres tú una de las que folla a mi espalda, en la negrura de un bosque de hamacas, buscando quizá en el consuelo de una noche todo lo que no te di. No te culpo, pero tampoco me culpes a mí. Hice mi elección hace mucho tiempo. Quizá no supiste enseñarme nada por lo que la vida mereciera la pena, quizá lo hiciste y no lo comprendí. Por el momento, lo único que sé es que mi alma sigue haciéndome preguntas y, hasta ahora, el alcohol es la única respuesta…

1 comentario:

Indo dijo...

yo qué sé. no bebo. no he bebido jamás. pero conozco casos. qué devastador. qué horrible cuando es el vicio el que domina al cuerpo.
me ha gustado el relato, aunque reconozco que me gustan más los de "miedo". este tiene el punto oscuro, pero sobre todo la oscuridad del alma, del pozo donde uno se hunde.
escribe más a menudo, que me gusta mucho leerte.