lunes, 1 de marzo de 2010

Atocha

Madrid. Otra vez Madrid. Siempre Madrid. A estas alturas a nadie le sorprenderá que hable de ella como mi ciudad, como ese lugar al que acuden todos mis recuerdos sin pedirme siquiera permiso, como ese rincón del mundo en el que respirar hondo un montón de esencias acaso prohibidas. Otra vez el paseo por sus rincones, caminar con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos, empapándome de todo lo que me rodea. Incluso del frío, porque para mí Madrid siempre está rodeada de un halo de invierno que, paradójicamente, vuelve la ciudad un espacio acogedor. Desde hace dos años, cuando la circunstancia rompió ese romance descarnado entre nosotros y nos condenó a encuentros intensos y esporádicos, para mí Madrid empieza, y sobre todo termina en Atocha. La estación resume entre sus paredes todo lo que significa la ciudad. La estación fue el epicentro, también, de un torrente de emociones como nunca habíamos conocido cuando el estruendo de unas bombas segaron de cuajo cientos de vidas, y a todos se nos erizó la piel cuando vimos, varados en los andenes, los vagones retorcidos que se llevaron a la gente camino de ninguna parte. Todo eso es Atocha. Como todos los que llegamos a Madrid desde una pequeña parte del mundo, yo recibí el consejo de mantenerme bien alerta ante las grandes aglomeraciones. Al principio seguía ese concepto al pie de la letra por precaución, pero ahora lo hago por placer. Sigo fijándome en cada mínimo detalle, veo a la gente que me rodea y me imagino la historia que les ha llevado hasta allí, a dar vueltas con un billete en la mano, a despedirse de su pareja en el control de acceso al tren, a leer un libro despreocupadamente mientras llega la hora de la partida. Esta noche lo he vuelto a hacer. Me gusta llegar con tiempo a la estación, pero no sólo para no perder el tren. Creo que caminar sin rumbo y mirar al resto de la gente es una especie de enfermedad de la que no puedo disfrutar muy a menudo. A medida que estoy escribiendo esta entrada me doy cuenta que, además, es la primera vez que en este blog hablo abiertamente de mí, sin usar ambages ni terceras personas en historias soñadas delante de un papel. Y la razón es que esta noche, en Atocha, me he sentido extraño, alejado de todo el mundo. Terriblemente solo. Allí, rodeado de gente que iba y venía, arrastrando la maleta por las baldosas de la estación, me he dado cuenta de que me marchaba de Madrid como siempre: sin la sensación de dejar nada atrás. Ese mismo desarraigo lo siento cada vez que me voy de Ciudad Real, o que dejo atrás las últimas casas de Socuéllamos después de haber disfrutado allí unos días. Hacia delante, siempre hacia delante. Sin volver la vista atrás. Toda mi vida cabe en una maleta. Me marcho de un lugar y no me dejo nada. Algún que otro recuerdo que me llevo conmigo, pero nada que saborear, nadie a quien echar de menos, ningún abrazo furtivo en el andén, nada de manos a través del cristal. Quizá este conato de nostalgia quede atrás esta noche, y desaparezca mañana cuando la rutina del trabajo engulla de nuevo todo el tiempo del que dispongo para pensar. Quizá, pero no será lo mismo. Esa sensación de soledad, por el momento, ha venido para quedarse. No sobre la piel, seguro, pero estará latente en algún rincón de mi cuerpo esperando una coartada para volver a la superficie, para no dejarme respirar. Quizá tenga que esperar a que un nuevo viaje a Madrid me descubra más cosas sobre mí mismo. Por el momento, los primeros atisbos de mi vida hablan en singular. Yo, y el resto del mundo alrededor. Lo suficientemente cerca para oírlo. Lo suficientemente lejos para sentirlo. Por cierto, esta tarde, las calles de la capital estaban bañadas de sol. La noche me recibió en Ciudad Real con lluvia. Un resumen muy sintomático de lo que es un viaje de vuelta.

'Y ahí afuera, esta noche, en esta apestosa ciudad, hay alguien, de eso estoy seguro, dispuesto a amarme'
Intimidad. Hanif Kureishi.

1 comentario:

Indo dijo...

ay, madre, Atocha. si hasta Sabina y tú habáis de ella. es un sitio singular, sin duda. yo voy pocas veces a pesar de vivir cerca porque no me gusta montar en tren ni en metro, pero tengo también tendencia a quedarme mirando a la gente, imaginando su historia. aunque vaya en el bus, o esté metida en un atasco y mire al del coche de al lado.
me ha gustado saber un poco de ti como persona. ya era hora. igual algún día nos cruzamos en Madrid y nos imaginamos la historia del otro sin saberlo. esta ciudad tiene esas cosas, que uno se pierde y se encuentra, se va sin dejar nada, pero llega y se siente en casa.
bueno, que te suelto el rollo sin venir a cuento.
un beso.