viernes, 8 de mayo de 2009

Madrid (capítulo dos, por qué no...)

Mi historia sólo se explica por los errores que cometí. Retratan mis pasos las veces que tropecé. Esquivé las miserias que querían golpearme, pero todas dejaban un poso debajo de mi piel, y me obligaban a arañarme hasta arrancármela a jirones. Se puede decir que pasé del todo a la nada cuando llegué a una ciudad que no perdona ningún desaire. Madrid te devora sin que lo notes, se alimenta de las almas de gente como yo. Sería muy poético decir que arrastré mis sueños en un petate, pero en la historia que narro no hay sitio para licencias. El final es conocido, la muerte, y la muerte no tiene nada de poético. Da igual lo que hayamos leído sobre ella. Duele siempre. Quizá no físicamente, pero desgarra el corazón que se lleva por todo lo que deja inacabado. No. Conocí Madrid cuando empezaba a dejar de ser un niño y aspiraba a convertirme en un hombre, pero no me dio tiempo a decidir cómo quería ser, qué quería sentir. El primer zarandeo de la ciudad me dejó sin respiración. Los siguientes convirtieron mi caminar en un zigzagueo errante y me convirtieron en lo que ahora soy: un aspirante a cadáver ajado y sin solemnidad. Traje, eso sí, un puñado de ilusiones, pero me las tuve que tragar al doblar la primera esquina. No caben los sueños en una ciudad que destila pobreza en la puerta de El Corte Inglés, que te ofrece un atajo al abismo en cada boca de metro, que te muestra muchísimas soluciones para problemas que aún desconoces. Madrid. La capital de mi destierro. El principio del fin de una vida, la mía, que soñó alguna vez con el sol en el horizonte, y que sólo encontró el cielo ceniciento de un paisaje desolado. Aun así, en un arranque suicida, me enamoré de Madrid. Bailé con ella una noche un vals atronador, de destellos afilados, y quedé prendado de un rocío que nunca llegaba. Me dolió tanto que no podía vivir sin ella. Aún hoy no sé si me mata esta enfermedad que me vacía, o aquel veneno que me inoculó una ciudad sin gente, sin piedad, sin un hueco para mí. No hace falta decir que la facultad tardó muy poco en escupirme a la calle, y que ambos nos dimos por imposibles. Apenas me sentaba en las mesas, me veía rodeado de gente cargada con una maleta de sueños. ¡Qué injusticia! A mí me habían robado los míos sin darme opción a recoger siquiera las migajas. Miraba sus caras, odiaba sus sonrisas, envidiaba el destello de luz que todavía irradiaban sus ojos. No tardó en asaltarme un claustrofóbico ataque de melancolía cada vez que ponía un pie en una clase. Sólo me apetecía caminar. Dejar que la ciudad siguiera hurgando en lo más hondo de mí, haciéndome sangrar a borbotones una vida a la deriva. Andaba por las calles empedradas de los barrios más oscuros de Madrid, aquellos que huelen a guerra civil porque nadie se ha preocupado de abrir las ventanas para airear el ambiente con los vientos cosmopolitas de la modernidad. En cada pisada, en cada huella que dejaba, se me escapaba un despojo de mi pecho, y mi corazón latía más despacio mientras la ciudad me preguntaba de qué era capaz. De nada. Sólo de andar. Ni siquiera tenía un rumbo. Asumí desde el primer paso que mi brújula era la deriva, y me dejaba llevar por la música que sólo sonaba en mi cabeza. Todo iba bien, moría a cada paso y asumía en cada esquina un puñado de mi derrota. Me la tragaba. Auténticos tragos de arena que todavía hoy me vuelven rugoso el paladar. Pero Madrid es una ciudad cruel, no te deja morir fácilmente. A mí me abrió el túnel del abismo y esperó a que me adentrara en la más profunda oscuridad para poner ante mí un brillante haz de luz. Fue en las calles de esa ciudad en las que encontré un mar de lágrimas que escondían una sonrisa radiante, plena, conmovedora. Fue en las calles de Madrid en las que me topé con unos ojos que no miraban, sometían, poseían cuanto abarcaban. Fueron las calles de Madrid las que obligaron a mi pecho a latir a mil por hora, movido por una caricia suave pero firme, con el efímero sabor de la eternidad. Me hizo desear la muerte antes de entregarme un clavo ardiendo, en forma de mujer, del que ahora no me puedo despegar. Fue Madrid la que me entregó a Laura…

Madrid ya tenía mi alma, pero quería también mi corazón…

5 comentarios:

dudo dijo...

Fundes el entorno con los personajes de una manera que... no sé cómo lo haces, Ignacio, pero quiero aprender.
Y en Madrid caben tantas cosas... creo que es una ciudad muy literaria, la que más, posiblemente, pero nunca leí una descripción como la tuya.
Sigue por ahí.

gloria dijo...

Ignacio... gracias por devolverme a Madrid, por vomitarme en sus calles grises, gracias por llevarme de la mano entre túneles y esquinas rotas, con arena en la garganta... gracias por los ojos de Laura... Todo el texto es, además de evocador, una auténtica delicia, pero el final es sublime, te lo digo de verdad.

No dejes de escribir por favor... sigue...

Un abrazo, y gracias por este relato, de corazón

Indo dijo...

diossssssssssssssssssssss
era eso. era lo que sentía cuando Madrid me engulle y no sé explicarlo. era esto. y no podía decirlo yo porque tú tenías las palabras. menos mal que nos las has dado así, casi en poesía.
joder. no sabría decirte ni hacerte llegar lo que me hs hecho sentir con este relato. demasiado para que pueda explicarlo.
joder. pensaba que las cosas que te había leído me habían gustado, pero esta, esta en concreto, sobrepasa límites.
eres el mejor contando estas cosas.
oye, capítulo 3 ya. pero ya ya ya... que quiero saber, conocer, quién es laura y qué más ocurre aquí, en mi Madrid. que a mí también me hace sufrir pero si lo cuentas tú lo llevo mejor.

I. Ballestero dijo...

Dudo, Gloria e Indo:

No sé hasta dónde nos llevará este viaje, pero sí que puedo asegurar, desde ya, sin saber dónde termina, que es un placer compartirlo juntos...

besos y abrazos a tropel

Allek dijo...

hola! pasaba a saludarte
te dejo un fuerte y grande abrazo!!
lindo día!