jueves, 21 de mayo de 2015

La música deja de sonar

Hemos roto muchas fotografías hasta llegar a la imagen en la que ahora mismo estamos. Los dos de rodillas sobre la cama, uno frente al otro, a un metro de distancia, las manos atrapadas entre las piernas. Envueltos en ese jadeo que no termina de apagarse después de un polvo triste, gris, amargo; con esa cadencia pegajosa del baile pesado ante un bolero que no concluye en medio de una pista en la que no hay nadie mirando ya alrededor. Quizá hayamos sido sólo eso, una canción demasiado larga que no hemos sabido rematar. Quizá nuestra historia haya sido un concierto en el que hemos agotado todo nuestro repertorio, y a partir de ahí hemos seguido tocando bises, asumiendo que el aburrimiento y la monotonía eran un peaje justo con tal de no bajarnos nunca del escenario. Pero nos hemos cansado de tocar. De tocar y de tocarnos, porque a pesar de que con la luz de la tarde que se cuela por la ventana tu rostro, a unos palmos de mí, se me hace de una belleza casi insoportable, mis manos no encuentran rincones sin explorar en la piel ya aprendida de tu cuerpo. Nos ha abandonado la furia con la que nos mordíamos nada más apagar la luz como si fueran los dientes la única forma de abrirnos camino a través de la carne del otro para guarecernos al calor de sus entrañas, y allí dormir por fin seguros, lejos de la rutina y de la intemperie. No existe el latido alocado como dos partituras distintas para percusión que se acababa acompasando en mitad de la novela, cuando habíamos ensamblado ya tu cuerpo con el mío, las partes de ti con lo que yo era en aquel entonces. Tu boca y mi boca, tu cuello y el mío, tu vientre temblando debajo de mi vientre.
De todo aquello apenas queda nada. El tiempo nos ha mecido como a una barca en un mar en calma y ahora nos resta un deje de amor soñoliento, con más familiaridad que electricidad y sin más preguntas por resolver que una, inevitable, que hemos esquivado todo este tiempo: ¿hasta cuándo? Hoy ha sido el último bis que (nos) tocamos de memoria, hoy ha sido la última vez que nos arrancamos la tarde del cuerpo. Los dos lo sabemos, y las heridas que sobrevengan de la batalla serán a causa del fuego amigo, pensamos, tratando de ignorar que el fuego es fuego y a piel es piel, y que la carne se abrasa de igual forma sin importar quién haya detrás del mortero. Eres la chica más hermosa que he visto en toda mi vida. Recuerdo que lo pensé la noche en la que te descubrí, porque los tesoros no se conocen ni se encuentran, siempre se descubren, en ese bar de billares y cerveza que escupía música de rock por los altavoces, y en el que huimos de los gritos del grupo para ganar un rincón en el que la oscuridad nos permitiera conocernos. Allí pronuncié tu nombre por primera vez y brindé todas y cada una de las veces por no olvidarlo jamás, ya ves, y todas las cervezas que bebimos van a significar las noches que me quedan para desnombrarte. Salimos a la calle después de dos horas y entre la neblina del alcohol y bajo la luz naranja de las farolas te lo dije, que eras la chica más bonita que había conocido nunca. Cuando amaneció te querías marchar y yo no te quise dejar ir, y supiste que no mentía.
Te has endurecido. Yo también. Por eso sabemos que esto ya no puede durar, pero quedan aún algunas cosas por hacer. Por eso avanzo un poco y me pongo frente a ti, levanto la mano derecha y llevo los dedos a tus labios, y tú haces fuerza por matenerlos pegados. Te separo el labio inferior y con el índice toco tus dientes, para después abrirme paso y poner las puntas de los dedos en tu lengua, caliente primero, áspera después. Sigo adelante y noto cómo empiezas a temblar, y tus hombros se sacuden debajo de tu pelo negro, pero no me detengo, y rozo con la punta de los dedos tu garganta. Continúo hacia abajo e introduzco mi mano dentro de ti, y tus temblores empiezan a remitir, pero te queda una agitación nerviosa que te dispara el corazón, lo puedo notar desde aquí, desde dentro. Retumba como un sonido lanzado una y otra vez contra las paredes de una cueva, pero no me puedo detener, y mi piel roza ya tu interior caliente y muevo la mano a un lado y al otro, para no dejarme un rincón sin explorar. Y lo encuentro: pesado, frío, oculto ahí dentro. Lo agarro sin vacilación y retiro la mano lentamente, dejando que la vibración que transmite tu corazón me arañe una vez más. Saco el brazo sin rozar tu garganta y vuelves a estar ante mí, sudorosa, agitada, con el pecho que sube y baja y los hombros mecidos por una suave agitación. Los labios pegados. La boca cerrada.
Avanzas. Colocas tus manos en mi vientre y las mueves de un lado al otro, acariciando la piel antes de romperla. Me clavas las uñas y entre tus dedos empieza a resbalar la sangre, y me miras, un segundo de vacilación antes de seguir adelante y meter las manos enteras, hasta las muñecas, en el fondo de mis entrañas. Noto un líquido amargo que trepa garganta arriba y hago lo que puedo para contener el vómito mientras tú remueves y buscas, descolocas y agitas, y por un momento creo que mi corazón se va a parar. La vista se me pone en blanco y estoy a punto del desmayo cuando noto que tus manos se retiran, que salen por los agujeros que han hecho en mi piel y abandonan m interior dejando un rastro de alivio. El corazón empieza a latir más despacio y la respiración se acompasa, y en unos segundos todo ha vuelto a la normalidad.

Y la tarde se hace noche y tú y yo nos miramos. Yo sostengo en mi mano la piedra pesada de tus silencios, y tú acunas en las tuyas la tela negra que durante tanto tiempo envolvía mi espíritu y le daba color. Y después de un largo concierto salpicado de bises, la música deja de sonar. 

jueves, 26 de marzo de 2015

El faro

Cada inspiración era como una puñalada. El aire gélido de la noche se introducía en su cuerpo como un gusano de mil cuchillas y arañaba todo a su paso, haciendo que los pulmones estuvieran a punto de cristalizar. Y daba igual si el oxígeno se abriera paso por la boca o por la nariz, todo lo que rozaba lo destrozaba: garganta, tráquea, esófago... El frío le hacía sentir que todo su interior se agrietaba, que las entrañas se habían congelado y estaban a punto de romperse. Pero aun así no podía dejar de respirar, y menos con aquella cadencia atropellada que da la carrera. No, la carrera no, la huida. El que corre y el que huye llevan consigo respiraciones diferentes. La carrera implica un compás que se rompe al rasgar el pentagrama de la calma con el nervio del temor que llega en sacudidas. El que corre llena los pulmones y coge impulso para seguir adelante; el que huye en realidad boquea como un pez y va tirándole, como él, mordiscos a la noche en busca de una forma de dejar algo atrás. Cada inspiración era como una puñalada pero él no podía dejar de correr, tenía que llegar hasta el faro como fuera.
Le faltaban unos doscientos metros pero las piernas empezaban a flaquear. La adrenalina no era suficiente para mantener en pie el pesado cuerpo después de un duro día, pero no era momento para caer. No sabía si estaba detrás, pero volverse para mirar, parar a descansar un instante, cerrar la boca y tragar saliva para restañar la cueva quebrada de la garganta era otorgarle una ventaja que no desaprovecharía. No. No podía parar de correr. No sabía siquiera si el faro sería un escondite suficiente, una atalaya consistente desde la que vigilar el campo abierto y tratar de defender la vida. De eso se trataba, al fin y al cabo, de dejar que la noche se fuera y ver de nuevo amanecer, de ganar siquiera otro día. Estaba a punto de llegar a la pequeña portezuela de madera, vencida por los años y por la humedad por la cercanía con el mar, cuando las piernas se le doblaron y le mandaron al suelo. Rodó sobre la hierba y sus manos, congeladas, amenazaron con quebrarse por alguno de sus huesos, afilada su sensibilidad a causa del frío. Se levantó como pudo y se tiró sobre la puerta para terminar de echarla abajo con su peso y entrar en aquella estructura circular de piedra y silencio. Intentó encajar como pudo lo que quedaba de la puerta, rotos sus goznes, y respiró hondo antes de decidir en qué lugar de aquella torre era mejor esconderse.
Subió unos peldaños a tientas a través de una pequeña y vieja escalera circular de piedra pero se detuvo mucho antes de llegar arriba. Halló un hueco en una de las paredes y se aovilló contra la piedra, sin decidir todavía si aquél iba a ser su escondite o un lugar en el que tomar algo de resuello. Se concentró todo lo que pudo en el silencio que envolvía aquel faro para tratar de escuchar cualquier ruido que delatase su presencia, pero sólo oyó el quejido sordo del mecanismo que hacía girar la luz que guiñaba el enorme ojo postizo a los barcos que se acercaban al cobijo de la costa. Estaba congelado. No recordaba en qué momento había perdido el abrigo, pero se pasó la mano por la frente y se descubrió empapado, y sin saber por qué se detuvo un instante a pensar en que aquello era un contrasentido. Echó la mano hacia atrás y agarró con la pinza del índice y el pulgar la camisa, también empapada para despegarla del cuerpo en busca de un poco de aire que le secara, pero lo que encontró fue, al soltar la tela, que la prensa volvía hacia la piel y se pegaba contra ella, acentuando la sensación de frío. Un temblor le recorrió el cuerpo de arriba a abajo y de abajo arriba, caminando eléctrico por la espina dorsal. Trató de calmarse y aguzó el oído.
No escuchó nada.
Pensó en su hija. En aquella situación quizá debería haber reflexionado en cómo se había metido en aquello, pero la primera imagen que se le vino a la mente fue la sonrisa de su hija. La última vez que la vio, hace apenas diez días, corrió con ella por el parque y los dos cayeron sobre la hierba mojada y rieron, y estuvieron un rato allí tirados con la vista puesta en el cielo tratando de identificar formas conocidas en los dibujos que trazaban las nubes. Pensó en los últimos minutos que pasó con ella, la niña desafiante como siempre que llegaba la despedida y él firme en una pose formidable que escondía en realidad un alma desmadejada y rota, un enorme reloj de arena interior que daba la vuelta para descontar a puñados las dos semanas que pasarían hasta que volviera a estar con la pequeña. La dejó con su madre y trató de no llorar, pero no pudo. Fue a secarse las lágrimas con unos tragos de ginebra al abrigo de la oscuridad del antro de siempre...
Un ruido. ¿Ha sido la puerta? Si la hubieran arrancado de nuevo de su cerrar postizo, lo primero que debía haber entrado en el faro era el aire, pero no notó que hiciera, de pronto, más frío. Aguzó el oído y llamó al corazón a la calma, a no perder la cadencia recién obtenida.
No escuchó nada.
Quizá había sido el alcohol el primer paso hacia el desfiladero. ¿Pero qué salida tiene un hombre que lo ha perdido todo, salvo el precipicio? Quizá no supo dibujar otra alternativa, o no quiso... Sí supo, pero no lo intentó. No se puede castigar a un hombre que fracasa pero es justo que el telón caiga negro sobre aquél que se conforma con rendirse. Nunca había sido muy de pelear, la verdad, pero siempre confió en que cuando llegara el momento en el que la vida lo pusiera entre la espada y la pared encontraría los arrestos suficientes para agarrar con las dos manos la hoja sin temer la sangre que provocaría el filo, intentando liberarse de aquella trampa. Y allí estaba, en cambio, en un viejo faro, en la oscuridad, de cara a la pared.
¿Qué ha sido eso? Otra vez el corazón asomando entre los labios, con ganas de salir. Buscó con los dedos el apoyo del muro sobre el que estaba y trató de detener con ese gesto el tiempo para identificar otros latidos que no fueran los suyos, una respiración cerca. No encontró nada. Una punzada de dolor en el dorso de la mano derecha, sobre la que había caído antes de entrar al faro. Quizá se había roto algún hueso.
En realidad, no había mucho por lo que luchar. O sí. Vamos, sabes que sí. Al principio funcionaba, pero ya no te tragas esa mentira. Sí que tenías algo por lo que luchar, incluso antes de que llegara la enana a romperte el mundo y a sacudir todas tus prioridades. Estaba ella. Antes de que mandaras tu vida a la mierda tenías el tacto de sus pies fríos bajo las sábanas, los besos por la mañana con sabor a café, el follar salvaje de las noches de lluvia o esa pasión lenta que te regalaba las tardes en las que estaba triste y se desnudaba entre lamentos mientras caminaba por el pasillo, y tú la seguías por el sendero de ropa que trazaba hasta que la veías sentada en la cama, con los pies estirados hacia ti para que le quitaras el último de los calcetines. Tenías su mirada limpia en invierno y su salsa boloñesa. Joder, cómo cocinaba la salsa boloñesa. Y luego llegó la enana y las miradas fueron para los dos, y había cuatro pies fríos contra tu piel algunas noches. Hacía diez días que no la veías y quedaban cuatro para volver a verla. Es martes por la noche. Tienes que llegar al miércoles, pensó.
Apartó de un manotazo todas las imágenes de su pensamiento y volvió a concentrarse en el silencio. Escuchó, muy de fondo, cómo rompían las olas contra la costa y se convenció a sí mismo de que nada iba a pasar, de que todo saldría bien. De que no había nadie cerca. Que pronto sería miércoles y habría un día menos por caminar. Se puso en pie y se estiró instintivamente la camisa, y al contacto con la piel le pareció un poco más seca. Se estremeció un poco, pero contuvo el temblor antes de avanzar escalera abajo.
Caminó despacio para no hacer ruido y trató de ganar la puerta, que estaba en el lugar en el que él la había dejado. Se detuvo antes de encarar los últimos peldaños y respiró despacio para marcarle a su corazón el rimo a seguir. Bajó el último escalón y se acercó hacia la puerta.
Lo sintió antes de verlo.
Un reflejo como de plata en medio de aquella oscuridad. Un arañazo brillante captado por el rabillo del ojo.
Trató de agarrar la puerta y arrancarla de nuevo, pero algo le hizo volverse apenas había puesto la mano encima del viejo trozo de madera. Al hacerlo, lo atrajo un poco para sí y abrió con ello una rendija de luz.
Y la vio. Al tiempo que el puñal le atravesaba la garganta. Y llegó a distinguir en el fondo del paladar tres sabores que se mezclaban: el acero, la sangre y la saliva. Quiso tragar y no pudo. Se notó de nuevo la frente empapada de sudor y alzó la mirada para verla un instante.
Y lo último que pensó fue que era la mujer más guapa que había visto en toda su vida.

martes, 17 de marzo de 2015

Error

No hemos utilizado una sola palabra en toda la noche, y ahora que las necesitamos no se encuentran. No las encuentro. No están por ninguna parte. Quizá las hayamos gastado en todo este tiempo y hayamos llegado al momento en el que más necesitamos oírnos sin nada de decirnos. Sentado en uno de los lados de la cama mientras veo por las rendijas de la persiana cómo se filtra la noche te siento a mi espalda, te escucho respirar. Sentada también, desnuda como yo, con ese rastro que queda después de habernos arrancado a besos el aliento. En ese punto en el que el sudor es tan reciente que eres capaz de identificar en algunas partes de tu cuerpo el olor del otro. Tu olor por todas partes. No necesito girarme para adivinarte allí, detrás, con un pie sobre el larguero y la barbilla apoyada en la rodilla, y no me hace falta acercarme más para identificar el rastro de las vértebras de tu espalda, el mapa de lunares que escondes en la piel. Ya ves, después de tantos años conociéndonos te he aprendido en una sola noche, en unas pocas horas. No eres tan dura como dices ser, ni tan frágil como a veces aparentas. Por eso sé que ahora te mueres por hablar pero estás esperando a que sea yo quien lo haga, a que sean mis labios los que digan lo que tú y yo sabemos, pero nos estamos negando a admitir. Quizá sólo estemos retrasando una evidencia que no sabemos cómo gestionar, ni qué consecuencias puede tener, pero está ahí, flotando, y el silencio la hace más densa, no la deshace. Hemos cometido un error. Nos hemos equivocado.
Me gustaría decir que lo tengo claro, pero la realidad es que no. Sé que es un error, pero no encuentro la culpabilidad que sucede a las equivocaciones por ninguna parte. Intento rebobinar y sólo encuentro tu cuerpo dejándose hacer, tus ojos clavados en los míos mientras todo esto sucedía, mientras nos arrancábamos el pasado con la ropa y sólo quedaba ante mí la verdad que es tu piel, morena, brillante, caliente en esta noche que ha adelantado para nosotros el final real del invierno. Si ha sido un error, ha sido el error más bonito del mundo. Quizá no haya llegado aún la culpabilidad porque no nos hemos separado, porque seguimos aquí juntos, desnudos, y el secreto es todavía nuestro. Porque no hemos tenido tiempo para llevarnos a otra parte esta noche y para buscarnos la mirada con la luz del día, entre tanta gente, sin saber cómo vamos a reaccionar ante ellos o el uno con el otro. No hay culpabilidad pero sí angustia, una sensación arenosa que empieza a crecer en la garganta porque llevamos ya unos minutos sentados de espaldas, mirando la pared, cuando me muero por abrazarte y dejar que el amanecer nos duerma, engañándonos mientras pensamos que todo va a salir bien.
Sí, lo sé, nos hemos hecho trampas. Hemos jugado con las cartas marcadas porque la confianza había dibujado de antemano el camino a recorrer. Sé de lo que huías en los últimos meses, el dolor que albergabas, y eso me ha convertido en certero a la hora de lamer tus cicatrices. Sabes de mi miedo a las alturas, del vértigo con el que he moldeado mi cobardía y desde el principio me cogiste las manos, entrelazando mis dedos con tus dedos y empujándolas contra la cama, para hacerme saber que mientras tú estabas encima de mí, debajo sólo existía el suelo. Existía una historia en común que los dos nos sabíamos, y que hoy hemos reescrito por completo. Ya no hay nombres que nos unen, no hay fotografías en las que nos buscamos, no sirven los mismos recuerdos. Esta noche hemos sido tú y yo, mañana tendremos que encontrar la manera de no volver a serlo.
No puedo más con este silencio. Decido romper mi miedo a volar y salto por el precipicio más grande que encuentro. Me vuelvo hacia ti y recorro sobre la cama la distancia que nos separa. Me detengo a un palmo de tu espalda, respiro hondo y apoyo en tu piel mi nariz, y te beso. Recupero tu sabor y me siento más valiente, siento que por una vez puedo derrotar al vértigo. Y te vuelves, y me miras así, como toda la noche, con esa mirada que quiere decir que en este instante, y quizá no por mucho tiempo, parecen restañadas todas tus heridas, y de ellas sólo mana calor para derretir el frío que envolvía tu cuerpo. Apoyas tu frente en mi hombro y te dejas abrazar, y me obligas a estrecharte más fuerte, como para que las pieles no cometan el atrevimiento de olvidarse tan pronto. Respiras hondo, y te oigo reír. Y caemos los dos de lado sobre la cama, juntos, entrelazados, siendo uno. Y nos dejamos dormir para esperar una mañana que sabe como tu aliento. Sin miedo a lo que suceda cuando salgamos de allí porque en el último abrazo hemos comprendido una cosa.

No es tan grande el error que hemos cometido como hubiera sido no cometerlo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Segunda fotografía

Es imposible saber cuánta vida esconden unas arrugas, y cuántas caricias hay detrás de cada cicatriz. El tiempo es una mano que se cierra intentando retener un puñado de arena que se escurre, que se pierde, que sólo deja en la palma una parte de aquello que fue. Así, entre los dedos, se escapan las vivencias y se pierden los momentos, dejando algunos granos de tierra que nos acompañan para siempre: una marca en el rostro, piel dura sobre la herida que fue. A veces, incluso, de todo aquello sólo queda una mirada, un gesto, un pequeño destello de luz que mantiene calientes las brasas de la hoguera que un día existió, y que se resiste a apagarse del todo a pesar del viento que ha venido, de la lluvia que ha caído, del frío, siempre inevitable. Eran dos puntos discordantes en el pentagrama continuo y aséptico del hospital. Dos rostros diferentes en una sucesión de caras que alimentaban el tedio con bostezos, con conversaciones banales, con móviles que no paraban de mirar. Eran una historia de otro tiempo traída al presente por la fragilidad del cuerpo, llamados al mundo por una consulta rutinaria para la que ambos, juntos, debían esperar. Daba la impresión de llevar toda la vida uno al lado del otro. Ella en otro tiempo fuerte, motor al que aferrarse cuando el viento venía de cara; él siempre sacrificado, el sol castigando la piel con aquella fiereza con la que la intemperie araña el cuerpo de los que tienen poco. Una historia de hambre tejida a cuatro manos. Hay, quizá, hijos y nietos repartidos por el mundo, pero están lejos, y en aquella sala de espera se tienen tan sólo el uno al otro, como ha sido siempre. Juntos. Ella en la silla de ruedas, el cuerpo enjuto, la mitad de la mujer que fue por la curva a la que el calendario reduce la firmeza de los huesos. Él a su lado, en una silla, viendo cómo ella mira hacia la puerta de la consulta y sin perder de vista un detalle. El jersey cerrado sobre la camisa, el botón desabrochado descubriendo la camiseta interior. Impoluto. Ella con una toca negra sobre un jersey rosa, el contrapunto azul de los calcetines que asoman sobre unas piernas finísimas que parece que nunca más la vayan a sostener.
Juro que fue un instante, un gesto. A veces no se necesita más. No se lanzan deseos a las constelaciones que te miran fijamente desde el cielo sino a aquel destello fugaz que asoma por el rabillo del ojo y desafía a los indecisos: sólo puede elevar plegaria quien lleva de antemano definidas sus prioridades. Yo ni siquiera esperaba, no tenía un médico al que visitar pero un reportaje de rutina me había escupido allí, en aquel lugar silencioso, una tarde de invierno cualquiera. En medio del frío que derramaban las paredes preferí dejarme cubrir por su calor, a distancia, sin interrumpir su rutina de silencios. Pasaron muchos minutos pero no se dijeron una sola palabra. Quizá no las necesitaran. Llevaban tantos años hablándose que no se habían guardado para aquellos momentos nada que decir, y preferían mirar: él, a ella; ella, a la puerta de la consulta. Y luego el instante, el gesto, el relato escrito en un segundo.
Sin que se hubiera movido un ápice, la pequeña toca negra se dejó caer desde los hombros hacia delante, por un lado. Fue él, que la miraba, el que respondió a la llamada de la circunstancia y cogió con delicadeza la prenda para colocarla con pausa de nuevo en su lugar, y lo hizo con la presteza de quien se sabe devolviendo, a base de pequeños favores, una deuda que nunca pagará. Luego un cruce de miradas casi ensayado, la de ella que le busca a él para mostrar un agradecimiento que la garganta, rasgada, ya no puede expresar; la de él que se posa en la puerta de la consulta como si por perderla ambos de vista no se fuera a abrir más. La realidad es que rehúye un agradecimiento que no le corresponde. Le debe tanto. Sabe que las arrugas que pueblan el rostro de ella son por ella y por él, que los huesos se han gastado por la humedad de aquellos años del hambre, que hubo noches de rodillas rezando para que a él no se lo tragara la guerra. Que siempre estuvo a su lado, incluso cuando el frente se libraba a cientos de kilómetros de allí y la verdadera batalla era no olvidarse, que el barro no distorsionara el recuerdo caliente de lo que esperaba. Sabe que de todos los años que han vivido juntos, más de la mitad no han sido buenos. Y que ni siquiera la vejez le ha concedido un respiro y es ella quien necesita la silla y no él, que se empeña en empujarla porque si lo hace otra persona sería traicionarla. Un cruce de miradas que dura un instante y que pronto devuelve al uno con la vista puesta en la otra, a la otra con la mirada posada en la puerta.
Saqué el cuaderno de la pequeña mochila negra y garabateé una disculpa que colé por debajo de la puerta de la consulta. Les miré una última vez antes de marcharme de allí dejando colgado el reportaje. Parecían no haberse percatado de mi presencia, ni de ninguna otra. Eran el uno para el otro, juntos. Esperado salir del médico con una tregua que alejara el dolor durante algún tiempo más. Llegué a la calle con tu nombre atravesado en la garganta e intenté tragarlo mientras marcaba tu número con la esperanza de que no descolgaras, para evitarme claudicar ante el sonido de tu voz. Pero descolgaste, y no dijiste nada. Después de un minuto sin palabras, colgué. Y gané la calle pensando qué distintos aquellos dos silencios en el que a ellos no les quedaba nada por decirse, y en el que tú y yo no sabíamos por dónde empezar.

Y me dejé engullir por la lluvia sin saber cuánta vida escondían sus arrugas. Y aún hoy no sé cuántas caricias guardamos debajo de nuestras cicatrices.

martes, 17 de febrero de 2015

Pietà

Las noches de noviembre convertían la ciudad en un refugio de niebla y brea. Hacía mucho que el calor del verano había quedado atrás y en las calles no había rastro de la tibieza que regateó al calendario el sol tardío de finales de septiembre, un sol que apenas asomaba desde hace semanas ni siquiera para saludar. Al final de aquellos otoños, el invierno era en realidad una salida para todos, una escapatoria, porque el frío helaba las aguas de la marisma y retiraba del viento y la brisa aquella pátina de humedad que se pegaba a la piel y a la ropa, que dejaba una especie de tela densa en el paladar. Pero para eso aún quedaban unas semanas y sobre los adoquines de las calles se depositaban aquella noche pequeñas lágrimas desprendidas del agua estancada que rodeaba aquel lugar. A la tenue luz de las farolas, parecía que aquellos rincones brillaban cuando en realidad dolían, parecían lugares tranquilos en los que no se hubiera posado la culpa, esquinas sin trampa ni remordimientos. Cualquier visitante desprevenido podía sucumbir a la tentación de dejarse abrazar por aquella niebla y bajar a respirar el aire apelmazado que subía desde los pantanos y parecía dejarse caer sobre la ciudad, pero prono hubiera caído en la cuenta de una circunstancia extraña: ninguno de los habitantes de aquella urbe se dejaba engañar por la postal otoñal de sus noches, y eran muy pocos los que se atrevían, a partir de ciertas horas, a deambular por esas calles.
Quedaban por las aceras aquellos que no habían encontrado un refugio y aquellos que no habían perdido el tiempo en buscarlo, porque no lo tenían. La caída de la noche hacía aflorar a hombres y mujeres sin rostro que durante el día se ocultaban de la luz no por miedo a la claridad, sino por costumbre o por vergüenza, o por las heridas que en la piel y en los huesos dejaban los años dedicados a los excesos o a los vicios, o los años de músculos ateridos hechos al duro descanso de la calle. Caminaban por plazas y los callejones, se reunían en los soportales y había noches en las que dirimían sus diferencias a navajazos, dejando una huella de sangre en el asfalto y las baldosas cuando llegaba la luz del alba y volvían a retirarse a la sombra, a no dejarse ver para interrumpir el transcurrir del día a día. Sólo ellos parecían desafiar a la humedad en aquella noche de noviembre en la que las calles parecían, más que nunca, arañazos grises dibujados en medio de una nube de vaho por la garra de una bestia sin nombre, un laberinto de heridas viejas y costras azules apenas iluminadas por farolas que no impedían que en los lugares más escondidos hubiera demasiado espacio para la soledad. Sólo ellos en las aceras y en las calles de algunos barrios, por el asfalto, el traqueteo lento y cansado de los coches de policía.

No había buenas rondas nocturnas en noviembre. Hacía meses que los policías pedían al ayuntamiento que cambiara los coches del cuerpo de la ciudad porque los motores ya renqueaban y las entrañas de aquellos vehículos no escupían apenas potencia. Y luego estaba el frío, y aquella necesidad de bajarse una y otra vez de la tibia atmósfera del coche para comprobar puertas y candados, ventanas cerradas y dependencias municipales vacías. No, no había buenas rondas nocturnas en noviembre, y mucho menos cuando éstas se hacían sumidas en el silencio. No terminaba de cogerle el punto al nuevo compañero, del que apenas sabía nada. Jordi era un joven callado, introvertido y casi tímido, unas cualidades que a la hora de trabajar de noche y en aquella ciudad se convertían en síntomas, y lo que es peor en síntomas de debilidad. Lucas apenas sabía nada de él y no había conseguido arrancarle muchas palabras desde que dos horas atrás se habían sentado juntos en el coche y habían iniciado su primer turno en compañía. Echaba de menos a Juan, y sentía mucho haber perdido esa complicidad que le unía con su compañero ahora que éste se había jubilado. Sobre todo, sentía que no sabría qué decirle al nuevo si éste abriera la guantera y encontrara el paquete de cartas allí, esperando la partida de mitad de la noche con otra de las patrullas en la cafetería 24 horas. Apartó ese pensamiento de la cabeza y se esforzó por entablar una conversación con su nuevo compañero mientras enfilaba con el coche la zona peatonal que partía en dos una de las plazas de la ciudad, la más cercana al parque del Mediodía. Miró hacia los soportales y le pareció distinguir una discusión en la oscuridad, pero aceleró levemente en lugar de detener el vehículo y echar un vistazo a ver qué pasaba.

-Mejor que los navajazos se los den entre ellos que a alguno de nosotros –le dijo a su compañero mientras abandonaban la plaza por la otra punta y retomaban las calles oscuras en dirección a una de las entradas secundarias del parque.

En el último de los soportales, resguardada en la oscuridad, una figura se tensó al ver cómo se acercaba lentamente el coche de policía. Por un momento casi se detuvo, pero se lo pensó mejor y consideró que el movimiento le haría invisible. Igual que sucede en un río, donde es más fácil distinguir al pez que nada contra la corriente que a aquel que se deja llevar y se confunde con las aguas, pensó que la oscuridad le serviría de escondite mientras no se detuviera, mientras su sombra y las de la plaza siguieran el mismo curso. No pudo evitar, eso sí, meterse las manos dentro de los bolsillos del abrigo y repasar con los pulgares los contornos de los otros dedos, reconociendo aún en ellos algunos restos de sangre. Cuando el coche abandonó la plaza en dirección al parque, evitó correr, porque se había hecho a la idea de que tarde o temprano la encontrarían, y a pesar de la premura con la que el terror iba a amanecer no podrían avanzar mucho aquella noche, y deberían esperar a la luz del día para tratar de buscar algún indicio de su rastro. Mantuvo el paso firme, y sin apresurarse, se esforzó por recorrer el camino que le llevaba de vuelta a casa.

Había algo extraño en aquella entrada lateral. Lucas lo percibió cuando los faros del coche de policía alumbraron la reja, pero hasta que él y Jordi no hubieron bajado del vehículo no supieron identificar qué era. Ahora junto a la puerta metálica, de pie con las linternas, se dieron cuenta de que la cadena que aseguraba el cierre no estaba en su lugar, sino en el suelo, y de que la vieja entrada de reja no estaba cerrada del todo, sino torpemente encajada. Enfocaron con las linternas al frente y se introdujeron en el parque. Caminaron juntos unos metros hasta la primera bifurcación de caminos, apuntando siempre al frente con los pequeños haces de luz amarilla, y al llegar al punto en el que el sendero se separaba decidieron volver. Fue entonces, cuando retomaban la calle, cuando Jordi pareció distinguir algo entre los arbustos de su derecha y llamó con un siseo a su compañero: un pañuelo. Dejaron el camino de tierra y se metieron entre los matorrales de aquel lateral del parque apartando cuidadosamente las ramas, y haciendo que la niebla posada sobre las hojas mojara sus pantalones. Fue Lucas quien la vio primero, y sólo cuando detuvo la linterna y dejó de avanzar Jordi se dio cuenta de que había encontrado algo. Se puso junto a su compañero y recorrieron con la luz de ambas linternas un cuerpo de mujer, el cuerpo de una joven. Tumbada en el suelo, boca arriba, formaba un escorzo imposible y tenía los brazos levantados a los lados de la cabeza. En medio de sus ojos abiertos, sus pupilas desafiaban aquel cielo sin estrellas de la noche de noviembre en que la ciudad parecía un refugio de niebla y brea, y por un momento alguien hubiera dicho que la chica, en realidad, miraba. Y había mirado, no hacía mucho, pero para ella un telón negro había caído para siempre. Con la cabeza un poco echada hacia atrás, el corte que le atravesaba la garganta de lado a lado asemejaba una boca abierta en un último grito que no llegó a salir, que brotó en forma de aquella sangre oscura que se encharcaba a ambos lados de su cuello. Lucas hizo una seña a Jordi y éste salió a la calle, al coche, y dio el aviso a la central.

Cuando la quietud de aquella noche quedó rota por las sirenas, él ya se había despojado del abrigo mojado y se había secado el pelo, y no quedaba en sus dedos ni en sus uñas ningún resto de sangre. Avanzó despacio por el pasillo y abrió una de las puertas de la casa, y la vio. Durmiendo, tranquila, sin sobresaltos. Sin la agitación que llegaba con el día, con aquellos ojos demasiado juntos cerrados y la boca entreabierta, la baba cayendo sobre la almohada. Se acercó, le pasó una mano suavemente por el pelo y deseó que aquel sueño durara al menos unas horas, para que le diera tiempo a descansar.


martes, 2 de diciembre de 2014

Primera fotografía

Hay una pareja abrazada en silencio junto a la zona de control de embarque de la estación de Atocha. La suya es una despedida lenta, suave, distinta en un mar de gente que intenta encajar todos los besos que pueden en el descontar de los últimos minutos. Como si a fuerza de repetir pudieran dejarse en los labios grabado su sabor. Pero esta pareja no, esta pareja se abraza en silencio. No se miran, ella tiene la cabeza de lado, apoyada contra el pecho de él; él, la barbilla en su cogote, mirando hacia el otro lado. El suyo parece un abrazo arenoso que, sin embargo, ninguno quiere romper. Pasa un minuto, dos, y el calor ya debe haber desaparecido, pero no se sueltan. A mí, desde el cobijo de un libro que sólo finjo leer, ese abrazo me suena como a una balada triste, un adiós que se lleva piel.
El domingo se ha hecho noche y la estación vive su propio día. Tiene poco que ver con el lugar al que ella llegó unas horas atrás para dejarse recibir por los brazos ansiosos de él. El gris del otoño no puede truncar la risa de quien se escapa para vivir su propia primavera y ella bajó del tren a la carrera para dejar más rápido atrás la rutina de la que huía, el matrimonio vacío, el amor que ya no quema. El día a día pesado y espinoso junto a un hombre sin tacto ni caricias, con malas palabras y reproches. Tapada con el disfraz de un viaje de trabajo llega a Madrid para perderse por unas horas en lo que pudiera ser pero no es, no ha sido. El disfraz de un viaje de trabajo para que haya sol un par de días.
Se mueven, se miran un instante fijamente mientras yo fabulo, pero no llegan a romper ese lazo de quietud y silencio que les une. Nada tiene que ver ese abrazo con el atropello que le escribe mi mente en el reencuentro de ayer, con ese palparse para reconocerse, esos besos que el movimiento deposita en todas partes. Con el viaje en coche llenando de palabras el trayecto y de planes el fin de semana, poco también con el romper los horarios previstos disfrutándose un rato más desnudos entre las sábanas. Con las risas en la comida o con el paseo alborotado por las calles de Madrid al cobijo de la multitud en la que nadie observa.
Han vuelto a abrazarse cuando abandono otra vez el escondite de mi libro. Están en la misma posición pero casi puedo distinguir que se aprietan aún más fuerte para no dejarse llevar por la melancolía. Casi puedo imaginarles en una cena ligera y en el cine, recordando el placer del juego en la oscuridad de hace más de quince años. En una noche de más sudor que sueño y en el despertar, que lo trunca todo. Los domingos no necesitan del otoño para ser días tristes. El primer abrazo de hoy no es de los que suman, son uno que restar a los que quedan, porque el tiempo pasa y en la maleta hay un billete de vuelta a la rutina.
El reloj lo ha enrarecido todo. Ahora las sonrisas no llueven por todas partes, sólo salpican. Y en la comida lo que se buscan son las manos, para agarrarse al tiempo que les queda. Al hacer la maleta la fractura es ya insostenible y asoman tras las cremalleras los reproches de siempre. Que esto podría ser rutina y no refugio, que podrían ponerse la vida más fácil. Que habría que romper con todo, pero todo no es mucho cuando está lleno de nada. Que el matrimonio, que las familias, que no. Que algún día, pero que ahora no. A la estación ya han llegado en silencio y había pocas palabras en la hamburguesa de la cena frugal antes del viaje.
En el abrazo hubo silencio. Y ahora me gustaría compartir con ella el tren para preguntarle si lo que he visto en su despedida es verdad, o para verla dejarse llevar por la pena medio camino para recomponerse en el otro medio, no del todo, levemente, lo suficiente para que la máscara acompañe al cansancio fingido por el fin de semana de trabajo y enfatice el ya he cenado, me voy a acostar, antes de perderse en los cercanos recuerdos. Pero no. Espera su partida en otra cola, hacia otro andén. No ha mirado atrás pero tampoco llora. Continúa envuelta en silencio y en esa quietud no alcanzo a medir si la pérdida es real o si sólo vuelve a la rutina, una más en medio de un mar de hasta luego.
Y subo al tren preguntándome si no sería, en verdad, una pareja experta que sabe que el adiós no se mide en palabras, sino en cicatrices; si se esperan de nuevo al final de la semana y quizá no tuvieran nada que decirse hasta entonces, porque el adiós se presupone; si sabían en realidad que en su tiempo juntos por esta vez no cabía más que un beso, y lo habían dejado para el final. Sin saber si soy yo quien ha contaminado con su soledad esta primera fotografía. Si la fábula de su adiós no es más que el deseo propio de llegar a una estación sabiendo que me aguarda, al menos, una despedida.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El frío, la calle

El primer frío siempre es el peor. No es el más doloroso ni tampoco el más penetrante, pero sí el más traicionero. Aguarda escondido en las primeras noches de otoño tras unas horas de sol que suponen un falso calor que invita a la guardia baja. Luego la tarde se va y la oscuridad asoma con un aire no demasiado violento pero sí constante, que encuentra los rincones del cuerpo que la lluvia mojó sin que nos diéramos cuenta, y esa noche vienen los temblores, y la tos, esa tos que ya no se irá hasta que no pase del todo el invierno. El frío es duro, pero no más que la calle, piensa, ahora que la experiencia de años sobre cartones le ha enseñado a prevenir. A pesar del sol de hace unas horas, y tras la lluvia de hace un rato, ha sacado la manta del petate para cubrirse con ella durante el sueño, teme más al frío que a la soledad. Lleva noches esperando ese temblor que no llega, pero esta vez casi lo presiente porque puede notar que viene la tos. Viene también de nuevo el frío a examinar la supervivencia de un hombre que en realidad no quiere vivir, y que no piensa en matarse porque algo le dice, a su vez, que está cerca el final. Quizá sea la tos, que duele cada vez desde más abajo e incendia su pecho cuando se retuerce y le falta el aire, quizá sea porque, esta vez sí, se ha cansado de vagar.
Si no me mato es por el perro, piensa mientras acaricia al pequeño animal, que mordisquea un extremo de la raída manta mientras hace tiempo hasta la cena. Ese perro canijo es el único en quien confía, a pesar de la procedencia incierta del can. Es un perro de la calle, como él, y quizá por eso se sostiene la frágil amistad que comparten ambos. Marrón, patas cortas, dientes pequeños pelo corto y unas pulgas tan grandes que a veces parecen lunares sobre su piel que él arranca de cuando en cuando, a pesar de las quejas lastimeras del animal. Al principio dejaba al can en la calle, fuera de aquel cajero, pro temor a que el perro mordiera a alguien que fuera en busca de dinero en mitad de la madrugada. La policía hacía la vista gorda sobre su deseo de no pasar las noches a la intemperie, pero jamás pasaría por alto un ataque del animal. Sin embargo, la confianza no era el único puente tendido entre ambos tras meses compartiendo la dureza de la calle, y el perro había asumido también gran parte de su miedo. Cuando alguien entra en el vestíbulo que acoge el cajero, el animal se aprieta contra él como tratando de pasar desapercibido. No ladra, gimotea bajito. Como ahora, que ha olvidado el hambre en la esquina de la manta y hunde la cabeza contra el pecho de él, mientras tres chicas esperan a una cuarta que saca dinero. No le miran fijamente, pero se siente vigilado y confirma su sospecha cuando ve las miradas de las cuatro fijas en él a través del pequeño espejo que hay en un rincón de la estancia. No tienen nada que temer. Si tuviera que apostar, lo haría por que él tiene más miedo. El miedo tiene poco que ver con lo que uno tiene que perder. El miedo se alimenta de vacío, y no hay nada más vacío que la vida de quien ya no es nadie, de quien perdió su nombre en las aceras y se dejó el rostro tras una barba tupida y un pelo gris y desaliñado, tras una voz que ya no es. El miedo es, en realidad, despertar al siguiente día; es pensar por un momento que la muerte no va a llegar nunca.
Ya solos, es la hora de cenar. Saca dos magdalenas duras y pone una en el suelo, derramando sobre ella un poco de leche de un cartón abierto demasiados días atrás. Aquí tienes, amigo, le dice al animal mientras él rompe como puede pedazos de la otra pieza y los intenta tragar ayudado por pequeños tragos de una leche agria como el despertar. Y se los traga. Y los nota bajar. Y el nudo en el estómago le recuerda a aquella vez que partió un cristal y agarró un trozo y lo clavó en alguien que, como él, no tenía a nadie a quien llamar. Y al brotar la sangre le vino el nudo y sintió que no podía respirar. Recuerda aquel día, aquella algarada en el comedor social en el que el miedo le quitó la razón y jugó a ser rey en una manada de lomos famélicos a los que el hambre no acababa de matar. Y trata de recordar por qué lo hizo, y busca y no encuentra un motivo con el que explicar por qué encontró el valor para intentar quitarle a otro lo que ahora, él que no la quiere, no se atreve a quitar. Y el perro vuelve a rescatarle, como cada noche, lamiendo sus manos, sus dedos fríos, en busca de restos de la magdalena que se acaba de cenar.
Y cuando en la ciudad empieza a reinar el silencio, se acuestan. Se tumba él y a su lado el perro, que no tarda en dormitar. Le pone la mano sobre el estómago pequeño que no para de subir y bajar, tratando de darle algo de calor al diminuto animal. Y así le sorprende el sueño, o al menos esa suerte de duermevela que le sirve para descansar. Pasado un rato viene el frío, el primer frío, y con él el temblor. Y llega la tos, que le hace retorcerse como un adiós en una tarde cualquiera de domingo, y que lleva a la sangre caliente a trepar garganta arriba mientras él, con los ojos cerrados y sin abrir la boca, se esfuerza por tragar. Cada vez duele desde más abajo, piensa, y se toca con los dedos por debajo del esternón, casi en el estómago, y siente su pecho crepitar.
Y se duerme, satisfecho, convencido de que, esta vez sí, el final está a punto de llegar.