Cada visita a Madrid es un relato. Cada relato, además, es diferente, aunque siempre tienen algunos rasgos comunes. El que acaba esta tarde empezó un par de días atrás en una desierta estación de tren. Los andenes, vacíos; las escaleras mecánicas quietas. La pantalla parpadeando el último tren con destino a la capital, y unas letras devoradas en el silencio de un vagón en el que las risas se apagan por miedo a molestar, como si hubiera alguna situación en la que una risa molestara. Un viaje moderno, sin el traqueteo del que hablaban las antiguas vías, sólo un callado deslizar veloz hacia las luces siempre encendidas de una ciudad que no descansa. Más quietud en el taxi, pocas palabras en medio de un camino de grandes avenidas con pocos coches, muchos carriles y poco movimiento. Madrid recién levantada después del día, despertándose para la noche.
Y la noche son un montón de sonrisas en un bar estrecho. Caras conocidas, viejas historias y otras nuevas por escribir, conversaciones para formar nuevos lazos o tensar los ya existentes. Decía Humphrey Bogart que la patria reside en el lugar en el que uno más ha bebido. Por eso sé que yo soy de Madrid. Por eso y por esa capacidad de hacerme sentir un extraño recién llegado a casa. Alcohol y música de fondo, recuerdos encima de la mesa. Un puñado enorme de amigos para siempre brindando por aquello de envejecer, porque siempre viene bien echarse un año más a la espalda. Una noche con los de siempre y con gente nueva que ya camina hacia allí, hacia ese lugar del que no se sale nunca. Un sábado que empieza de noche y acaba en domingo por la mañana, y un domingo que empieza y termina en el sofá.
A cada visita, Madrid tiene un nuevo relato. Pero siempre guarda elementos comunes, como los hijos tan distintos de una familia bien, uno rubio y la otra morena pero con los ojos azules de la madre. Este relato tiene los mismos ojos de su padre. Y por eso, encuentra placer en algunas rutinas. Rutinas como salir de casa con las gafas de sol para provocar que llueva, como encerrarte en una librería que huele a café y salir con una bolsa cargada de nuevas historias, y comer sólo en un lugar de comida rápida en la que hay muchos como tú: comiendo solos, masticando en silencio y sin hablar. Y salir a la calle y ver que la osadía ha dado resultado, que toca volver a casa en metro porque el cielo se está viniendo abajo. Y arrancar de la bolsa algunas de esas historias y leerlas a mano alzada, mientras de fondo pasa una estación tras otra.
Y enamorarse tres o cuatro veces en el trayecto. La última, de una chica que sube delante de mí las escaleras mecánicas, tan profundamente que cuando llegamos a la punta y la veo marchar por otro camino, que no es el mío, me he puesto a llorar. Y ella, que ni lo sospecha, ni siquiera vuelve la vista atrás mientras se cubre con el paraguas y se marcha para siempre.
Por eso, por los elementos comunes que comparten los hijos de un mismo padre que se escriben en cada visita a Madrid, sé cómo acaba esta historia. Acaba con la pesadez de empujar una maleta calle abajo hasta el metro, sintiendo cómo el ruido de las ruedecitas al surcar las baldosas desiguales te señala, por mucho que a nadie le importe ese ruido o que nadie repare en ti. Si en Madrid empujas una maleta, te sientes señalado. Sobre todo cuando te vas. Y llegar a Atocha sin nadie que te despida, sin un abrazo ni un 'nos volveremos a ver'. Y caminar con la maleta en una mano y con el billete en la otra. Y llegar a la señorita que te sonríe en el control de acceso, tan pulcramente vestida con su pañuelo verde anudado al cuello, y arrancarle el billete de las manos, darle un abrazo tibio y dos besos, y decirle muy serio 'gracias por venir a despedirme'. Y dejarla allí, con las manos abiertas esperando los billetes que cuelgan de otras manos mientras le da las buenas tardes a otra gente y se pregunta, por dentro, qué hubiera pasado si me hubiera quedado un poco más, si Madrid no me escupiera de vuelta tan pronto. Y al último de la cola le pregunta si es cierto que pienso volver, como le he prometido.
Sí, es cierto, pienso volver. Porque cuando uno camina con los bolsillos vacíos no sabe decir que no a la posibilidad de escribir otra historia.
lunes, 4 de marzo de 2013
jueves, 21 de febrero de 2013
El traje
Llevaba un montón de horas despierto, y por eso le parecía que la vida pasaba muy despacio. La falta de sueño hacía que ahora, recién estrenado el día, él tuviera en el paladar aquel sabor salado del declinar de una tarde de invierno, por mucho que en el reloj marcaran las nueve de la mañana. Acababa de llegar a casa, y su cuerpo, ajeno a la realidad de aquel día, empezaba a reclamar su desayuno. Caminó con pausa hasta la cocina y coló los posos del café de la noche anterior mientras calentaba en una sartén dos pedazos de pan duro. Se sentó a la mesa y masticó muy despacio, como queriendo tomar conciencia del acto de comer, como si el desayuno de por sí no bastara para saciar el estómago y hubiera que hacerle entender que, en efecto, estaba comiendo, y que ya podía parar de protestar. En el silencio de la casa sólo se escuchaba el ruido sordo del motor de la nevera y sus mandíbulas cansadas intentando abrirse paso a través del mendrugo de pan. Tenía la radio delante, como siempre, pero apagada. A nadie le apetece escuchar las noticias cuando a uno le golpea la realidad.
Cuando acabó el desayuno apuró de un sorbo el café aguado y se fue a la habitación. A pesar de la noche en vela, no notaba el cansancio, como si su cuerpo sólo fuera capaz de concentrarse en una tarea a la vez. Ahora tocaba la digestión. Cuando llegó al dormitorio vio el traje pulcramente estirado sobre la cama, y se obligó a no sentarse por miedo a no poderse levantar. Se desnudó y dejó la ropa en el suelo, echa un montón, y se fue directo al baño. Abrió el grifo del agua caliente y mientras dejaba que ésta corriera, se miró en el espejo. Repasó una por una las imperfecciones de ese cuerpo desnudo de setenta y seis años, y sintió que más que la muerte, le pesaba la vida. Dejó que el agua le golpeara en la espalda unos instantes y se duchó todo lo deprisa que pudo. Cuando acabó, se secó cuidadosamente y volvió desnudo a la habitación.
Faltaban diez minutos para las diez cuando empezó a ponerse el traje. Su piel agradeció el tacto frío de la camisa después del calor de la ducha, y él se dejó hacer por el abrazo de la ropa recién planchada. La había abotonado casi por completo cuando se tomó un minuto para deslizar la yema de sus dedos por la fina tela de la camisa, de arriba abajo, como si él mismo se acariciara. Luego estiró el cuello y en medio de la piel que le colgaba abrochó el último botón, el que siempre le molestaba. Odiaba tener que ponerse una corbata. Eligió una de las que había encima del sillón, con el nudo ya hecho, y se la puso. Estaba ajustando la lazada en el cuello cuando se detuvo, ante el espejo, y levantó las dos manos, poniéndolas ante sí, con las palmas apuntándole hacia la cara. Y así, recorriendo con la vista los surcos de la vida en sus arrugas, le dio por pensar en qué momento se había acabado el mundo, pensó que no se había dado cuenta de que ya nada giraba. Y pensó, también, que era un poder macabro aquel de quitarse la vida, un poder que nadie debería tener. Nadie debería tener la oportunidad de matarse.
Terminó de arreglarse y se sentó junto a la ventana, dejando que le cayeran sobre la cara los rayos del sol. Qué soleados suelen ser los días más grises de la vida de uno. Allí, sentado, se enfrentó a lo que más temía, a la espera, a la pausa. Faltaba un rato para que vinieran a por él pero él ya estaba listo, arreglado, acostumbrado a una vida de setenta y seis años a la que nunca quiso llegar tarde. Estaba sentado cuando volvió a escuchar aquellas palabras.
-Papá, nos echan de casa.
Las oyó con tal claridad que casi le pareció estar otra vez como ayer, de pie en la sala de estar, con el teléfono pegado a la oreja escuchando por última vez la voz del hijo al que estaba a punto de perder. Y la vista se le fue a la foto de la mesita, la foto de su hijo con su mujer, sonrientes los dos, junto a aquellas dos princesitas que tenían que aprender a vivir ahora sin su padre. Y casi pudo notar en la punta de los dedos el acabado de la madera del ataúd que había acariciado esa mañana por última vez antes de volver a casa a prepararse para el entierro.
Miró de nuevo a la calle y por un momento, creyó verlo ahí tirado, desparramado en la acera, la vida revuelta en vísceras, teñida de sangre. Así lo encontró la policía, con los brazos abiertos como un cristo escupido de la cruz, como un cristo, de verdad, desahuciado. Tuvo que ir a reconocerlo antes de que se lo dieran. “Ha dejado una nota”, había dicho la policía, pero a él no le importaba, no quería leerla. El olor metálico de la sala en la que lo cubrió con la sábana para siempre fue lo último que se le vino a la mente cuando se descubrió mirando fijamente hacia abajo, hacia la acera, con una pregunta en la punta de la lengua. ¿Quién vendría a reconocerme a mí? Antes de que volviera a hacerse esa pregunta, un coche se detuvo frente a la casa y él se incorporó para salir, apartando de un manotazo la idea de volar ventana abajo como un cristo ajado recién escupido por la cruz. Cogió la chaqueta y se fue.
Porque nadie debería tener el macabro poder de quitarse la vida.
Cuando acabó el desayuno apuró de un sorbo el café aguado y se fue a la habitación. A pesar de la noche en vela, no notaba el cansancio, como si su cuerpo sólo fuera capaz de concentrarse en una tarea a la vez. Ahora tocaba la digestión. Cuando llegó al dormitorio vio el traje pulcramente estirado sobre la cama, y se obligó a no sentarse por miedo a no poderse levantar. Se desnudó y dejó la ropa en el suelo, echa un montón, y se fue directo al baño. Abrió el grifo del agua caliente y mientras dejaba que ésta corriera, se miró en el espejo. Repasó una por una las imperfecciones de ese cuerpo desnudo de setenta y seis años, y sintió que más que la muerte, le pesaba la vida. Dejó que el agua le golpeara en la espalda unos instantes y se duchó todo lo deprisa que pudo. Cuando acabó, se secó cuidadosamente y volvió desnudo a la habitación.
Faltaban diez minutos para las diez cuando empezó a ponerse el traje. Su piel agradeció el tacto frío de la camisa después del calor de la ducha, y él se dejó hacer por el abrazo de la ropa recién planchada. La había abotonado casi por completo cuando se tomó un minuto para deslizar la yema de sus dedos por la fina tela de la camisa, de arriba abajo, como si él mismo se acariciara. Luego estiró el cuello y en medio de la piel que le colgaba abrochó el último botón, el que siempre le molestaba. Odiaba tener que ponerse una corbata. Eligió una de las que había encima del sillón, con el nudo ya hecho, y se la puso. Estaba ajustando la lazada en el cuello cuando se detuvo, ante el espejo, y levantó las dos manos, poniéndolas ante sí, con las palmas apuntándole hacia la cara. Y así, recorriendo con la vista los surcos de la vida en sus arrugas, le dio por pensar en qué momento se había acabado el mundo, pensó que no se había dado cuenta de que ya nada giraba. Y pensó, también, que era un poder macabro aquel de quitarse la vida, un poder que nadie debería tener. Nadie debería tener la oportunidad de matarse.
Terminó de arreglarse y se sentó junto a la ventana, dejando que le cayeran sobre la cara los rayos del sol. Qué soleados suelen ser los días más grises de la vida de uno. Allí, sentado, se enfrentó a lo que más temía, a la espera, a la pausa. Faltaba un rato para que vinieran a por él pero él ya estaba listo, arreglado, acostumbrado a una vida de setenta y seis años a la que nunca quiso llegar tarde. Estaba sentado cuando volvió a escuchar aquellas palabras.
-Papá, nos echan de casa.
Las oyó con tal claridad que casi le pareció estar otra vez como ayer, de pie en la sala de estar, con el teléfono pegado a la oreja escuchando por última vez la voz del hijo al que estaba a punto de perder. Y la vista se le fue a la foto de la mesita, la foto de su hijo con su mujer, sonrientes los dos, junto a aquellas dos princesitas que tenían que aprender a vivir ahora sin su padre. Y casi pudo notar en la punta de los dedos el acabado de la madera del ataúd que había acariciado esa mañana por última vez antes de volver a casa a prepararse para el entierro.
Miró de nuevo a la calle y por un momento, creyó verlo ahí tirado, desparramado en la acera, la vida revuelta en vísceras, teñida de sangre. Así lo encontró la policía, con los brazos abiertos como un cristo escupido de la cruz, como un cristo, de verdad, desahuciado. Tuvo que ir a reconocerlo antes de que se lo dieran. “Ha dejado una nota”, había dicho la policía, pero a él no le importaba, no quería leerla. El olor metálico de la sala en la que lo cubrió con la sábana para siempre fue lo último que se le vino a la mente cuando se descubrió mirando fijamente hacia abajo, hacia la acera, con una pregunta en la punta de la lengua. ¿Quién vendría a reconocerme a mí? Antes de que volviera a hacerse esa pregunta, un coche se detuvo frente a la casa y él se incorporó para salir, apartando de un manotazo la idea de volar ventana abajo como un cristo ajado recién escupido por la cruz. Cogió la chaqueta y se fue.
Porque nadie debería tener el macabro poder de quitarse la vida.
jueves, 7 de febrero de 2013
Mentiras
No nos
duele tirar las mañanas porque no somos conscientes de las pocas que nos
quedan. Cada vez menos. Por eso estoy dejando que el sol asome poco a poco y
vaya cubriendo los agujeros de la persiana a medio bajar mientras ella
remolonea encima de la cama, con esa desnudez rotunda de una piel morena que no
ha conocido aún años marchitos. Años, los años, todos los que nos separan
siguen apilados entre la ropa, amontonados allí donde los dejamos anoche cuando
decidimos que más allá de la gente queríamos hablar el mismo idioma aun
sabiendo que los verbos de la piel se conjugan en presente, y no en futuro. Sabe
que ya he escrito muchos despertares y que ella quizá no sea mi mejor discurso,
como yo sé también que nunca seré parte de sus mejores amaneceres, pero durante
una noche apartamos la risa en medio del bar, la mirada sostenida durante un
par de segundos, para sujetarnos el aliento el uno al otro, para dejar que me
llenara la piel con el perfume de su saliva. Y aquí estoy, una mañana más, sin
saber cuántas me quedan, sentado en el suelo junto a una pila de ropa, y de
años, fumando en silencio mientras espero que la noche no se termine nunca,
tratando de ignorar el sol que se filtra ya por la ventana. Dejándola soñar aun
sabiendo que no es conmigo. Nervioso, ansioso por que despierte.
Ni siquiera recuerdo cuándo la conocí, cómo nos conocimos. Seguramente fue una noche en la que yo bebía y ella bailaba. O en la que ella reía con sus amigas, y yo bebía. Siempre a unos metros de distancia pero con ese algo rozándome los nervios, diciéndome que ella estaba allí. Encontrándola después de cada trago sin saber siquiera que la buscaba. Los dos solos en medio del ruido de aquel bar lleno de gente en el que yo pedía una canción tras otra, y ella las bailaba con la inocencia fingida de una niña que ya es mujer, con esa sonrisa que disparaba cada vez que la miraba. Un trago, una canción, otra sonrisa. Otro trago, otra sonrisa, otra canción mal disparada. ‘Bailas muy bien’, le dije; me contestó ‘eso es mentira’, y después de darse una vuelta y ocultarme unos instantes tras su pelo, me abrió las puertas de esta noche con una llave de cinco palabras, ‘me encanta que me mientas’. Tuvo suerte, mentir se me da bien. Y ahora estoy sentado en el suelo, junto a la cama, viéndola dormir boca abajo, desnuda, después de hablarle durante horas sin haberle dicho una sola verdad a pesar de haber llenado el silencio que dejó la música con palabras.
Ni siquiera recuerdo cuándo la conocí, cómo nos conocimos. Seguramente fue una noche en la que yo bebía y ella bailaba. O en la que ella reía con sus amigas, y yo bebía. Siempre a unos metros de distancia pero con ese algo rozándome los nervios, diciéndome que ella estaba allí. Encontrándola después de cada trago sin saber siquiera que la buscaba. Los dos solos en medio del ruido de aquel bar lleno de gente en el que yo pedía una canción tras otra, y ella las bailaba con la inocencia fingida de una niña que ya es mujer, con esa sonrisa que disparaba cada vez que la miraba. Un trago, una canción, otra sonrisa. Otro trago, otra sonrisa, otra canción mal disparada. ‘Bailas muy bien’, le dije; me contestó ‘eso es mentira’, y después de darse una vuelta y ocultarme unos instantes tras su pelo, me abrió las puertas de esta noche con una llave de cinco palabras, ‘me encanta que me mientas’. Tuvo suerte, mentir se me da bien. Y ahora estoy sentado en el suelo, junto a la cama, viéndola dormir boca abajo, desnuda, después de hablarle durante horas sin haberle dicho una sola verdad a pesar de haber llenado el silencio que dejó la música con palabras.
Todavía
es de noche, quise decirle, cuando abrió los ojos con el pelo cayéndole sobre
la cara. Me miró un instante y los volvió a cerrar, con media sonrisa
asomándose a los labios. Se removió y me incorporé un poco para ver el
contraste de su piel morena en medio de aquel mar de tela blanca. Para buscar
esa cuenca de sudor en la parte baja de su espalda, allí donde se concentraban
las gotas que bajaban lentamente acariciándole la columna. El pelo empapado de
su nuca. La exploraba de nuevo para comprobar que ya me la sabía de memoria
cuando abrió un ojo y me miró de lado, dejándose acariciar. Con la yema de mis
dedos empecé a dibujarle letras en la espalda. Primero, las de su nombre,
subrayando con lentitud cada una de sus vocales. Respondió con un ligero
movimiento a la única verdad que le había dicho en todo el día. Todavía boca
abajo ladeó un poco la cabeza, la mirada abierta ya de par en par. Y así, entre
las sábanas revueltas, me clavó sus pupilas y sonrió por un costado, estirando
su mano para tocar la mía mientras saboreaba todavía su sudor en la punta de la
lengua. Con sus dedos entre mis dedos, con su sabor en la punta de la boca,
borré mentalmente las letras de su nombre y empecé a dibujar otras bien
distintas. Ocho imposibles de pronunciar. ‘Te quiero’. Cuando acabé, después de
dejarse hacer, se tumbó de lado y volvió a ser la misma niña que ya es mujer.
Sonrió de nuevo.
‘Me encanta que me mientas’.
viernes, 18 de enero de 2013
Sol de invierno
Faltaban
unos minutos para que saliera el sol pero en la casa la noche aún estaba a
medias. La televisión, encendida y con el volumen bajado; la luz del baño
encendida. Sobre la mesa, dos copas de vino a medio beber, y un cigarro apoyado
en el borde del cenicero, consumiéndose en los últimos minutos de aquella noche
de oscuridad. Cuando el primer rayo de sol asomó por las rendijas de la
persiana, el pitillo era tan sólo una columna de ceniza que se mantenía en
precario equilibrio, en espera de la caricia temprana que la hiciera caer. Como
aquella era una casa pequeña, el primer rayo bastó para que las paredes
cogieran de pronto el tono del sol nada más nacer. Un sofá, una pequeña mesa
rectangular y un par de sillones, uno frente al otro, dotaban a un lado de la
sala una fingida desnudez que quedaba compensada por la estantería llena de
libros que ocupaba la otra pared, con la televisión en el centro, rompiendo el
mar de letras. A uno de los lados, una puerta entreabierta dejaba intuir las
primeras baldosas de la habitación. En el otro, un estrecho pasillo hacia la
cocina y el cuarto de baño. Todo, a esas horas de la mañana, bañado por la
recién estrenada luz.
Así les sorprendió la mañana, con la noche a medias todavía. Él sentado en un sillón con el torso desnudo, el pantalón vaquero rescatado del montón de ropa del suelo. Ella sentada en el otro, con las rodillas encogidas y la barbilla apoyada en ellas, las piernas desnudas y vestida con aquella vieja camiseta gris que siempre le estuvo demasiado grande, que desde el principio fue demasiado vieja. Descalza, con el pelo cayéndole por los lados de la cara, negro, despeinado, con el pequeño aro brillando en una de las aletas de la nariz. Él mirándola a ella, ella mirando al suelo. Y un silencio denso, masticable, entre los dos, hasta el punto de que casi podía escucharse cómo la luz del sol iba ganando espacio propio en las paredes, cómo avanzaba letal, como un ejército silencioso desplegándose sobre un valle helado, ocupando los rincones con su calor. Era un sol de invierno, pero de un enero brillante. Un sol redondo en medio de un cielo despejado y frío, sin una sola nube, como todos los que presidían los días en los que ella decidía volver. Pero ahí sentados los dos, en aquel pequeño salón, el sol acababa de ocupar por completo las paredes y él la miraba a ella, y ella miraba al suelo, mientras a los dos los abrazaba un denso silencio.
-Me dejaste solo… dijiste que nunca te ibas a marchar, pero me dejaste solo. Me has dejado solo-, repitió, aunque sabía que no le escuchaba.
Así les sorprendió la mañana, con la noche a medias todavía. Él sentado en un sillón con el torso desnudo, el pantalón vaquero rescatado del montón de ropa del suelo. Ella sentada en el otro, con las rodillas encogidas y la barbilla apoyada en ellas, las piernas desnudas y vestida con aquella vieja camiseta gris que siempre le estuvo demasiado grande, que desde el principio fue demasiado vieja. Descalza, con el pelo cayéndole por los lados de la cara, negro, despeinado, con el pequeño aro brillando en una de las aletas de la nariz. Él mirándola a ella, ella mirando al suelo. Y un silencio denso, masticable, entre los dos, hasta el punto de que casi podía escucharse cómo la luz del sol iba ganando espacio propio en las paredes, cómo avanzaba letal, como un ejército silencioso desplegándose sobre un valle helado, ocupando los rincones con su calor. Era un sol de invierno, pero de un enero brillante. Un sol redondo en medio de un cielo despejado y frío, sin una sola nube, como todos los que presidían los días en los que ella decidía volver. Pero ahí sentados los dos, en aquel pequeño salón, el sol acababa de ocupar por completo las paredes y él la miraba a ella, y ella miraba al suelo, mientras a los dos los abrazaba un denso silencio.
El piso
apenas había cambiado un ápice desde que ella se fue. En la estantería seguían
los libros ordenados como ella los dejó. En el sofá seguían aquellos cojines
extraños que compró una mañana en el rastro y que abrazaba cuando la película
le daba miedo, o cuando era el frío, y no el sol, el que irrumpía por la
ventana y tomaba con paso acelerado las paredes y todos los rincones de la
casa. Incluso seguía allí, en el cajón de la mesita, el libro que ella estaba
leyendo cuando se fue, con la página por la que se quedó aún marcada por si se
le ocurría regresar. Todo estaba igual que cuando se marchó, salvo por las dos
copas de vino a medio beber encima de la pequeña mesa…
Alguien
se movió dentro de la habitación.
…y por
la mujer que había en la cama.
Al
escuchar movimiento en el interior de la habitación, ella levantó la cabeza y
le miró por primera vez. El pelo le tapaba uno de los ojos, el que
continuamente lloraba, pero aun así su mirada era tan penetrante como siempre,
como la primera vez que le despachó esa intensidad desde el otro lado de la
barra de un tugurio que ahora es una tienda de ultramarinos. No dijo una
palabra, tan sólo le miró fijamente mientras él echaba mano al paquete de
tabaco y se encendía otro cigarro, destruyendo la columna gris al acercarse el
cenicero. En medio del humo de la primera calada, la que siempre pasa hasta el
fondo, se miraron por primera vez. Duró un segundo. Luego ella volvió la cabeza
hacia la habitación, como queriendo escudriñar su interior a través de la
pared.
-No la
conoces-, dijo él. Pero
ella no habló.-Me dejaste solo… dijiste que nunca te ibas a marchar, pero me dejaste solo. Me has dejado solo-, repitió, aunque sabía que no le escuchaba.
Ella
seguía callada, mirando hacia la habitación, agarrando con fuerza sus rodillas
y atrayendo sus piernas hacia sí, hacia el pecho, como si el contacto de la
propia piel fuera a hacer latir de nuevo su corazón.
-Dijiste
que nunca te ibas a marchar-, dijo él, casi en un susurro.
Pero se
fue. Las promesas no fueron suficientes para construir una pared que no
derribara la enfermedad. Y la enfermedad tiró la pared, y tiró todas las que
intentaron construir en ese pequeño universo de tres años que habían creado
para ellos solos. Se fue, y ahora había otra piel empapando las mismas sábanas,
y otro pelo alborotado sobre la almohada, y otro sudor sobre los labios de él.
-Me
dejaste solo…
Se
levantó. Camino hacia ella con el cigarro en la mano y vio cómo la figura del
sillón perdía nitidez, se evaporaba. A medio camino de la despedida, ella
volvió la cabeza para mirarle, y no sonrió. Mantuvo la boca cerrada, el gesto
tenso, la mueca de enfado. Faltaban dos pasos para el encuentro cuando casi se
había marchado del todo. Él estiró la mano en un intento desesperado de
encontrar una brizna de piel pero todo lo que encontró fue aire, vacío, el sol
de invierno cayendo sobre el respaldo de aquel sillón. Apuró el cigarro y lo
dejó en el cenicero, y se fue hacia la habitación. Abrió la puerta del todo y
se apoyó en el marco para ver cómo la mujer de la cama se desperezaba, abría
los ojos y le sonreía mientras estiraba los brazos hacia atrás y acentuaba el
desafío de su pecho desnudo. Le hizo un gesto para que se uniera con ella
encima de las sábanas. Él dudó un instante.
-Perdóname-, dijo en voz alta, dos segundos antes de volver a agarrarse al vuelo de otra piel.
viernes, 14 de diciembre de 2012
En el río
Hay lugares en los que el
río no es más que una corriente de peces muertos. Son lugares sombríos, zonas
en las que la frondosidad de los árboles impide que pase la luz, lugares
oscuros. En verano, cuando el sol cae a plomo sobre la ciudad y hace que uno
sienta que las suelas de los zapatos se dejan la piel en el calor abrasador del
asfalto, esos lugares conservan un frío que siempre eriza la piel. En invierno,
cuando la noche limpia de enero ofrece en toda la ciudad una multitud de
rincones donde intercambiar, en medio del temblor, besos en los portales, de lo
más profundo del río emerge en esos lugares una niebla amenazante que enturbia la
paz de un cauce que alberga vida en su vientre, por más que esa vida esquive
siempre que puede aquellos lugares de sombra, las zonas en las que no entra la
luz. Hay lugares en los que el río no es más que una corriente de peces muertos
El tiempo ha tratado con
fiereza aquellos lugares de sombra. Se ha encargado de construir pequeñas
barreras naturales que, una detrás de otra, parecen infranqueables; suficientes
para que las marcas de vida sean mínimas en un lugar dibujado con señales de lo
cerca que está la muerte. Los juncos que se levantan en la orilla son un metro
más altos que los que flanquean el río en otros lugares, y duros, tanto que
apenas hay diferencia alguna entre acariciar el canto de sus hojas y deslizar
los dedos, presionando, por el filo de un cuchillo. En la orilla hay plantas
con el tallo rojo porque crecieron allá donde alguna vez hubo un charco de
sangre, y se bebieron la vida allí derramada para crecer desafiantes,
coloradas, en medio de un lugar donde sólo habita negrura. Los árboles cerraron
sus ramas para que éstas crecieran muy cerquita del tronco, como si fueran
personas enormes que quieren abrazarse a sí mismas para evitar que el frío
penetre la piel y cale todos los huesos. A pesar de las ramas, los árboles están
helados, y sus hojas brotan con un color enfermizo, un verde pálido casi amarillo,
un tono opaco, unas junto a las otras, para que no penetre la luz. Entre las
plantas rojas y los árboles, maleza. Hierbajos grandes y pequeños que esconden
pinchos en sus hojas y que crecen junto a las agujas que dejan ahí los únicos
que se atreven a pisar, los desheredados de la tierra, los que van al lugar
donde todo te lo juegas porque ya no tienes nada que perder. Hierbajos
punzantes entre los que se esconden algunos grillos como hilo musical para
coronar con un sonido estridente una estampa desoladora. Tampoco los grillos
son corrientes. No producen el sonido acompasado que alguien, sentado al borde
del río, puede confundir con música de verano en una noche llena de estrellas. Los
grillos de la oscuridad son grillos cansados, que estiran el cri de su canto con dos, tres, diez o
cien vocales, como las uñas de una garra rasgando una pared.
La vida que ocupa el soto inundable del río es una vida muy parecida a la muerte. Muy parecida a los peces que flotan de costado y que ni van ni vienen por las aguas negras, estancadas, porque en esos lugares de sombra apenas queda corriente. Son cuerpos en descomposición que bailan en el agua con las escamas brillantes de su vientre apuntando directamente a la luna, como lágrimas de plata en aquel llanto de podredumbre. Mecidos por el vaivén de las aguas, son comas de un gris reluciente en medio de un mar de puntos suspensivos. Entre ellos, y por debajo, se mueven pequeños peces negros que parecen reptar como serpientes más que nadar. Son cuerpos afilados con pequeñas aletas que mueven frenéticamente de oscuridad en oscuridad, tratando de salir de la sombra que les envuelve. Sin conseguirlo. En la ciudad cuentan que son peces con un solo ojo, un ojo a un lado de la cabeza y una cuenca vacía en el otro, incapaces de ver la totalidad del camino y condenados por siempre a nadar en círculos, en una sola dirección. Nadie que haya franqueado las hierbas punzantes, las plantas del tallo rojo como la sangre y los troncos de los árboles ateridos de frío ha vuelto para contarlo. Nadie que haya respirado lo suficiente el aire pesado con el canto crónico de los grillos y que se haya aventurado a meterse en las aguas oscuras para nadar con los peces muertos, para sentir entre sus piernas y por la planta de sus pies la ligereza de los cuerpos negros de aletas pequeñas ha vuelto para contarlo. Para decirle al resto de la gente que no es verdad, que los peces nadan en círculo por el frío, o por la suciedad, o por lo que sea, pero que son peces con dos ojos. Nadie ha vuelto para desmentir al resto porque quien atraviesa los lugares oscuros lo hacen para no volver. Son gentes que no tienen nada que perder..
No siempre fue así. Años atrás el soto inundable era agua, y cuando el agua se retiró hasta formar el cauce actual, más o menos estabilizado desde hace una década, el soto era un lugar para enterrar los sueños prohibidos, para escribir, para leer. Para disfrutar de los amores furtivos que uno oculta al resto de la gente por temor a que se manchen, a que se ensucien y ya no sepan igual. Un lugar donde acudir para robar el primer beso de una chica, para rozar por primera vez la espalda desnuda de una joven, para perderse un rato entre los pechos desnudos de una mujer. Antes de los charcos de sangre que alumbraron las plantas de tallo rojo hubo jóvenes disfrutando de su primera vez. Antes de que los grillos cantaran quejumbrosos hubo parejas robándole un polvo furioso a una madrugada de feria. Antes de que los peces flotaran, muertos, en la superficie hubo te quieros disparados con los pies mojados por el río..
En una buena parte del cauce que discurre por la ciudad, esos lugares continúan intactos. El tiempo no ha podido con ellos a pesar de que la ciudad empezó abrazada al río y ahora es el río el que trata de sobrevivir en medio de la ciudad. En una buena parte de sus aguas todavía se reflejan los rayos del sol, todavía hay peces que boquean hacia la superficie para recoger insectos muertos o migas de pan, todavía hay lugares para la vida. .
En otros no. Hay lugares en los que el río no es más que una corriente de peces muertos. Y esta noche de febrero, entre la niebla que enturbia el soto en uno de esos lugares hay dos pares de ojos abiertos de par en mar, dos cuerpos encogidos mirando al frente. Junto a los tallos rojos de las plantas de sangre hay unos ojos cerrados que no paran de llorar mientras el cuerpo se balancea hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás. Y en el agua, en aquel frío que congela y en medio de las lágrimas de plata que flotan, muertas, en la superficie, hay un cadáver boca abajo, con las piernas muy abiertas y los brazos en cruz. Y baila, como bailan los vientres escamados que lo rodean.
La vida que ocupa el soto inundable del río es una vida muy parecida a la muerte. Muy parecida a los peces que flotan de costado y que ni van ni vienen por las aguas negras, estancadas, porque en esos lugares de sombra apenas queda corriente. Son cuerpos en descomposición que bailan en el agua con las escamas brillantes de su vientre apuntando directamente a la luna, como lágrimas de plata en aquel llanto de podredumbre. Mecidos por el vaivén de las aguas, son comas de un gris reluciente en medio de un mar de puntos suspensivos. Entre ellos, y por debajo, se mueven pequeños peces negros que parecen reptar como serpientes más que nadar. Son cuerpos afilados con pequeñas aletas que mueven frenéticamente de oscuridad en oscuridad, tratando de salir de la sombra que les envuelve. Sin conseguirlo. En la ciudad cuentan que son peces con un solo ojo, un ojo a un lado de la cabeza y una cuenca vacía en el otro, incapaces de ver la totalidad del camino y condenados por siempre a nadar en círculos, en una sola dirección. Nadie que haya franqueado las hierbas punzantes, las plantas del tallo rojo como la sangre y los troncos de los árboles ateridos de frío ha vuelto para contarlo. Nadie que haya respirado lo suficiente el aire pesado con el canto crónico de los grillos y que se haya aventurado a meterse en las aguas oscuras para nadar con los peces muertos, para sentir entre sus piernas y por la planta de sus pies la ligereza de los cuerpos negros de aletas pequeñas ha vuelto para contarlo. Para decirle al resto de la gente que no es verdad, que los peces nadan en círculo por el frío, o por la suciedad, o por lo que sea, pero que son peces con dos ojos. Nadie ha vuelto para desmentir al resto porque quien atraviesa los lugares oscuros lo hacen para no volver. Son gentes que no tienen nada que perder..
No siempre fue así. Años atrás el soto inundable era agua, y cuando el agua se retiró hasta formar el cauce actual, más o menos estabilizado desde hace una década, el soto era un lugar para enterrar los sueños prohibidos, para escribir, para leer. Para disfrutar de los amores furtivos que uno oculta al resto de la gente por temor a que se manchen, a que se ensucien y ya no sepan igual. Un lugar donde acudir para robar el primer beso de una chica, para rozar por primera vez la espalda desnuda de una joven, para perderse un rato entre los pechos desnudos de una mujer. Antes de los charcos de sangre que alumbraron las plantas de tallo rojo hubo jóvenes disfrutando de su primera vez. Antes de que los grillos cantaran quejumbrosos hubo parejas robándole un polvo furioso a una madrugada de feria. Antes de que los peces flotaran, muertos, en la superficie hubo te quieros disparados con los pies mojados por el río..
En una buena parte del cauce que discurre por la ciudad, esos lugares continúan intactos. El tiempo no ha podido con ellos a pesar de que la ciudad empezó abrazada al río y ahora es el río el que trata de sobrevivir en medio de la ciudad. En una buena parte de sus aguas todavía se reflejan los rayos del sol, todavía hay peces que boquean hacia la superficie para recoger insectos muertos o migas de pan, todavía hay lugares para la vida. .
En otros no. Hay lugares en los que el río no es más que una corriente de peces muertos. Y esta noche de febrero, entre la niebla que enturbia el soto en uno de esos lugares hay dos pares de ojos abiertos de par en mar, dos cuerpos encogidos mirando al frente. Junto a los tallos rojos de las plantas de sangre hay unos ojos cerrados que no paran de llorar mientras el cuerpo se balancea hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás. Y en el agua, en aquel frío que congela y en medio de las lágrimas de plata que flotan, muertas, en la superficie, hay un cadáver boca abajo, con las piernas muy abiertas y los brazos en cruz. Y baila, como bailan los vientres escamados que lo rodean.
Hay lugares en los que el río
no es más que una corriente de peces muertos.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Noviembre
El sol de noviembre no había hecho más que salir cuando ya le daba la bienvenida al frío apoyado en la terraza, dejando que lo que quedaba de noche se me escapara con el humo del cigarro. El grifo de la ducha estaba abierto, y desde el cielo de la azotea podía adivinar cómo el pequeño cuarto de baño se llenaba de vaho, y en el espejo se empezaban a dibujar los rastros de tus dedos, al tiempo que el tiempo seguía borrando tu imagen. Cada vez queda menos de ti entre las paredes de mi casa. El problema es que mi casa fue una casa cuando se empezó a llenar de ti, y ahora que te me escapas me parece menos un hogar y más una cárcel por cuyas paredes se escurre una melancolía que nunca llego a atrapar del todo, que últimamente no me abandona para nada. No sé cuánto tiempo hace desde que te fuiste, pero sé que queda más de una vida para que decidas volver, porque no vas a volver nunca.
Al tiempo que noviembre amanece, la ciudad empieza a despertar. A mis pies brotan los coches que enturbian la mañana y las calles cogen la temperatura de un día cotidiano, un día que volveré a pasar en casa, encerrado, limpiando los rincones que todavía te conservan. Cuando uno está acostumbrado a arder es inevitable que busque entre las cenizas rescoldos que todavía quemen. Al terminar de fumarme el último cigarro de la noche a primera hora de la mañana vuelvo adentro y recorro con la vista el pequeño refugio, aquel escondite en el que no hace mucho tú y yo nos matábamos a dentelladas. No me he molestado siquiera en intentar ocultar tus huellas, y sobre todo lo que veo hay heridas sin cerrar, me basta un vistazo para identificar de golpe tus arañazos.
No es mía toda la ropa que se amontona junto a la cama, ni todo el sudor que se mezcla con las sábanas recién puestas. Hay una piel que se lleva de golpe todo el calor que sale de la ducha, y las gotas recorren los rincones por donde hace poco caminaban mis dedos, mis labios y casi todos mis sentidos. Sin embargo, no puedo dejar de mirar los lugares en los que deberían estar tus fotos. Junto a la cama, en la pequeña mesita blanca de madera, hay una foto tuya en el cajón. La que más me gusta, ésa en la que me miras a través del flequillo que te cae sobre la cara, con la nariz arrugada y el pequeño aro de plata brillando en la aleta de la nariz. Esta noche no me miraba a través de la oscuridad, esperaba boca abajo, en el cajón, a que apagáramos la luz. Tampoco había rastro de ti en la mesa en la que escribo, sonriendo con la bufanda alrededor del cuello y el pelo cayéndote sobre la cara en aquella mañana en la que, juntos, fuimos salpicando de promesas las calles más estrechas de la ciudad. Esa sonrisa está guardada entre las páginas de alguno de los libros que tengo empezados, y que leo a salto de mata para tratar de llenar los huecos que has dejado vacíos. Todas tus fotografías están guardadas en los cajones en esta noche en la que me he puesto por fin a la arenosa tarea de olvidarte.
También hay restos de fotografías en la papelera, lo poco que no ardió en la pira de recuerdos de días pasados. En las fotos en las que salíamos juntos arranqué tu parte y la guardé, y me he dedicado a quemar los pedazos en los que yo salía contigo. No quiero recordarme feliz, sonriente a tu lado, lleno de ti, ahora que tu imagen y tu nombre sólo me provocan una mueca, un pinchazo sordo en el centro del pecho que no me deja respirar. Tu nombre. Un verso pequeño escrito con tan sólo seis letras al que no encontré la rima asonante con las nueve que encabezan mi vida. Tu nombre. Es quizá el único rastro que he dejado esta noche, la única licencia que me he permitido en la primera etapa de desintoxicación, en esta terapia que trata de arrancarme la piel porque todavía te noto sobre ella, clavada, y te tengo que olvidar aunque me duela.
La puerta del baño abierta me obliga a una tregua justo en el momento en el que voy a empezar a llorar, en el que voy a empezar a llorarte. El desorden del piso vuelve a ser silencioso cuando la ducha se cierra, cuando el agua deja de caer y percibo movimientos a través de la cortina de vaho que llena la pequeña estancia. No te sorprenderá saber que la tarea de olvidarte requiere cierta ayuda. Fui selectivo a la hora de buscar: estaba lo suficientemente borracho como para elegir a una chica que se llamara como tú. Pero no eres tú, ni mucho menos. Ni siquiera te pareces, se parece a ti. Donde había un mar negro ella tiene un pelo cobrizo inabarcable, y no hay dos pupilas negras que me desnudan antes de tocarme. En su lugar, encontré dos ojos verdes que jugaban a mirarme como tú. Y un cuerpo que me obligaba a repetir una y otra vez tu nombre, a pesar de que, para empezar a olvidarte, dejé encendida la luz.
Todavía está envuelta en vapor cuando sale desnuda del baño y se sienta en la cama, y empieza a ponerse la ropa. Apenas nos hemos mirado y me ha sonreído, arrugando un poco la nariz. Si no estuviera agarrado a tu recuerdo, podría enamorarme de ella y jugar a que ella se enamorara de mí. Pero hoy, aquí y ahora, eso no es posible. Se tendrá que marchar para dejarte sitio, porque siento cómo dentro de mi cabeza tus fotos, en los cajones, empiezan a palpitar, deseosas de salir a la luz. Enciendo otro cigarro mientras ella se viste y se pone de pie, se estira la falda y camina hacia mí, despacio, con el pelo mojado, mirándome a los ojos. Cuando llega a mi lado me roza con los dedos los labios y me arranca el cigarro de la mano, y me observa antes de darle una larga calada. Sé que el humo viene hacia mí, pero ni siquiera intento cerrar los ojos. Lo hemos pasado bien. Esta despedida merece al menos un par de lágrimas.
No es mía toda la ropa que se amontona junto a la cama, ni todo el sudor que se mezcla con las sábanas recién puestas. Hay una piel que se lleva de golpe todo el calor que sale de la ducha, y las gotas recorren los rincones por donde hace poco caminaban mis dedos, mis labios y casi todos mis sentidos. Sin embargo, no puedo dejar de mirar los lugares en los que deberían estar tus fotos. Junto a la cama, en la pequeña mesita blanca de madera, hay una foto tuya en el cajón. La que más me gusta, ésa en la que me miras a través del flequillo que te cae sobre la cara, con la nariz arrugada y el pequeño aro de plata brillando en la aleta de la nariz. Esta noche no me miraba a través de la oscuridad, esperaba boca abajo, en el cajón, a que apagáramos la luz. Tampoco había rastro de ti en la mesa en la que escribo, sonriendo con la bufanda alrededor del cuello y el pelo cayéndote sobre la cara en aquella mañana en la que, juntos, fuimos salpicando de promesas las calles más estrechas de la ciudad. Esa sonrisa está guardada entre las páginas de alguno de los libros que tengo empezados, y que leo a salto de mata para tratar de llenar los huecos que has dejado vacíos. Todas tus fotografías están guardadas en los cajones en esta noche en la que me he puesto por fin a la arenosa tarea de olvidarte.
También hay restos de fotografías en la papelera, lo poco que no ardió en la pira de recuerdos de días pasados. En las fotos en las que salíamos juntos arranqué tu parte y la guardé, y me he dedicado a quemar los pedazos en los que yo salía contigo. No quiero recordarme feliz, sonriente a tu lado, lleno de ti, ahora que tu imagen y tu nombre sólo me provocan una mueca, un pinchazo sordo en el centro del pecho que no me deja respirar. Tu nombre. Un verso pequeño escrito con tan sólo seis letras al que no encontré la rima asonante con las nueve que encabezan mi vida. Tu nombre. Es quizá el único rastro que he dejado esta noche, la única licencia que me he permitido en la primera etapa de desintoxicación, en esta terapia que trata de arrancarme la piel porque todavía te noto sobre ella, clavada, y te tengo que olvidar aunque me duela.
La puerta del baño abierta me obliga a una tregua justo en el momento en el que voy a empezar a llorar, en el que voy a empezar a llorarte. El desorden del piso vuelve a ser silencioso cuando la ducha se cierra, cuando el agua deja de caer y percibo movimientos a través de la cortina de vaho que llena la pequeña estancia. No te sorprenderá saber que la tarea de olvidarte requiere cierta ayuda. Fui selectivo a la hora de buscar: estaba lo suficientemente borracho como para elegir a una chica que se llamara como tú. Pero no eres tú, ni mucho menos. Ni siquiera te pareces, se parece a ti. Donde había un mar negro ella tiene un pelo cobrizo inabarcable, y no hay dos pupilas negras que me desnudan antes de tocarme. En su lugar, encontré dos ojos verdes que jugaban a mirarme como tú. Y un cuerpo que me obligaba a repetir una y otra vez tu nombre, a pesar de que, para empezar a olvidarte, dejé encendida la luz.
Todavía está envuelta en vapor cuando sale desnuda del baño y se sienta en la cama, y empieza a ponerse la ropa. Apenas nos hemos mirado y me ha sonreído, arrugando un poco la nariz. Si no estuviera agarrado a tu recuerdo, podría enamorarme de ella y jugar a que ella se enamorara de mí. Pero hoy, aquí y ahora, eso no es posible. Se tendrá que marchar para dejarte sitio, porque siento cómo dentro de mi cabeza tus fotos, en los cajones, empiezan a palpitar, deseosas de salir a la luz. Enciendo otro cigarro mientras ella se viste y se pone de pie, se estira la falda y camina hacia mí, despacio, con el pelo mojado, mirándome a los ojos. Cuando llega a mi lado me roza con los dedos los labios y me arranca el cigarro de la mano, y me observa antes de darle una larga calada. Sé que el humo viene hacia mí, pero ni siquiera intento cerrar los ojos. Lo hemos pasado bien. Esta despedida merece al menos un par de lágrimas.
-¿Me llamarás? –pregunta, en un tono lastimoso que intuye ya la respuesta.
-Sólo si te cambias de nombre –respondo.
-Por ti, puedo llamarme como quieras.
-Noviembre.
-¿Qué?
-Que te llamaré noviembre –le digo, antes de que me devuelva el cigarro y dé media vuelta, cerrando la puerta con un golpe al salir.
-Sólo si te cambias de nombre –respondo.
-Por ti, puedo llamarme como quieras.
-Noviembre.
-¿Qué?
-Que te llamaré noviembre –le digo, antes de que me devuelva el cigarro y dé media vuelta, cerrando la puerta con un golpe al salir.
Y pienso que quizá la cosa funcione así. Que la única forma de olvidarte sea desnombrar, uno por uno, a la humanidad entera.
jueves, 18 de octubre de 2012
Cada mañana...
Aquel
debía ser un día normal que se me acabó escurriendo entre los dedos. Iba como
siempre tarde, movido por ese impulso nervioso del que se arrepiente de ese
último giro en la cama, del parpadeo que se alarga durante varios minutos, de
esa imposibilidad de amanecer para vivir un día como tantos. Había entrado en
la ducha antes de tiempo y el frío del agua me había espabilado, había
derramado el café, ni mucho ni poco, lo justo para dejar el cerco sobre la mesa
y que en la taza quedaran dos tragos. Aún llevaba el pelo mojado cuando me metí
en el coche, y las gotas me resbalaban por la nuca, cuello abajo, en el momento
de ponerme las gafas de sol para evitar este pequeño verano de octubre y dar el
intermitente para incorporarme, otro día más, a una autovía demasiado grande
para los cuatro coches que circulábamos sobre ella. No había siluetas en el
retrovisor cuando subí la radio, que hasta entonces tronaba bajito, para
simular una compañía que nunca era real en esos viajes diarios camino de la
rutina. Aquel debía ser un día normal que se me acabó escurriendo entre los
dedos.
Fue
entonces cuando la radio escupió una canción de cuando Bunbury era Bunbury, y
nosotros fumábamos entre toses para hacernos mayores a base de caladas. Cuando
nuestro universo era aquella época de humo e impostura, de querer hacernos
mayores sin que nada nos hubiera abierto la piel ni nadie nos hubiera arañado,
por dentro, las carnes; sin haber sentido de veras. Y casi pude verla, bailando
en el ambiente viciado del local, con el olor del tabaco en la piel y el
aliento cálido y amargo de la cerveza, con restos de ceniza en los dedos y las
marcas de mis dientes en su espalda. Bailando, con los ojos cerrados, moviendo
las manos arriba y abajo, con aquella cintura huesuda, oscilante, contoneándose
como un junco. Y de fondo los Guns’N Roses nos hablaban de la importancia de no
llorar ignorando, sin duda, que ninguno de los que allí estábamos habíamos
llorado aún de verdad.
Volví a tener los dieciséis años como pecado y sus quince como penitencia. A sentir cómo crujía la madera bajo mis pies cuando me arrastraba al centro de aquel antro a acompañar desde cerca sus contoneos. A notar cómo me quemaban sus uñas en la espalda cuando se apretaba contra mí para mojarme en su sudor mientras nos bebíamos los acordes lentos de una balada. Todo a ritmo de rock, todo al ritmo de una música que nos iba a marcar para siempre, que estaría en el fondo de todos los recuerdos que en ese momento construíamos y que, por entonces no lo sabíamos, no nos íbamos a poder quitar de encima. Veía sus ojos en medio de aquel humo y jugaba a adivinar el color, entre miel y castaño algunas noches, entre el verde y el azul al amanecer.
Lo que de verdad me vino a la mente fueron sus amaneceres. Despertaba de lado, como dormía, con una mano bajo la cara igual que una niña pequeña. Era eso, una niña pequeña lo que encerraba aquel cuerpo de quince años que obligaba a mis dieciséis recién cumplidos a pedirle por todo perdón. En esas noches arañadas de nuestros padres a partir de decenas de mentiras la miraba mientras dormía, cuando la única música que nos rodeaba era la de su respiración, la del roce de las sábanas con su piel. Y me aseguraba de verla despertar, abriendo los ojos muy poquito, primero; arrugando la nariz después con una media sonrisa delatora. Haciéndose la remolona para estirar la noche unos minutos más, olvidando que aquella noche, nada más esconderse el sol, ya había dado todo de sí.
La recuerdo, también, envuelta en sudor, sentada desnuda en el colchón que tirábamos en el suelo del local, cuando ya nadie quedaba, liando un porro con el tabaco robado de un cigarro desgarrado por la mitad y una parte de la poca maría que nos pasaban sus hermanos mayores, que además era mala. Lo hacía con parsimonia, justo después de devorarnos, y algunas veces todavía jadeaba cuando trataba de concentrarse en la tarea porque aún le temblaban las manos. Lo encendía, le daba tres caladas y me miraba. Luego me sonreía. Los dos éramos conscientes de que recién llegados al mundo, ya nos estábamos matando poco a poco. Pero nos daba igual, porque aquella era la época de morir, de matarnos, y nos estábamos matando juntos.
Nos matábamos de a poco con esa música de fondo, la misma música que ahora, años después, escupía la radio una mañana cualquiera mientras me iba a trabajar. La mañana de un día que debía ser normal y que se me acabó escurriendo entre los dedos. Aquel día no fui a trabajar. No he vuelto desde entonces. Pero me levanto siempre y me doy una ducha medio fría, y tiro el café sobre la mesa de la cocina, y salgo todas las mañanas a la autovía para poner la radio a todo volumen mientras me pongo las gafas de sol y el pelo me chorrea por la espalda. Y cada mañana acabo tumbado en la cama, con la misma música de fondo, viéndola desnuda, sudando todavía, liándose un porro con la misma paciencia, pero con mucha más sabiduría. Y con mucha mejor maría. Y lo enciende en calma y disfruta del humo, le da tres caladas antes de mirarme, pero ya no me sonríe. No son manos huesudas las que sujetan el cigarro, son dedos con una sortija, son uñas pintadas. La niña de quince años es ahora una mujer, como yo debería ser un hombre.
Y en lugar de sonreír, me pasa el porro mientras me dice ‘no deberías haber venido’. Y yo lo cojo y fumo, y cada mañana me juro que no voy a volver.
Cada mañana...
Volví a tener los dieciséis años como pecado y sus quince como penitencia. A sentir cómo crujía la madera bajo mis pies cuando me arrastraba al centro de aquel antro a acompañar desde cerca sus contoneos. A notar cómo me quemaban sus uñas en la espalda cuando se apretaba contra mí para mojarme en su sudor mientras nos bebíamos los acordes lentos de una balada. Todo a ritmo de rock, todo al ritmo de una música que nos iba a marcar para siempre, que estaría en el fondo de todos los recuerdos que en ese momento construíamos y que, por entonces no lo sabíamos, no nos íbamos a poder quitar de encima. Veía sus ojos en medio de aquel humo y jugaba a adivinar el color, entre miel y castaño algunas noches, entre el verde y el azul al amanecer.
Lo que de verdad me vino a la mente fueron sus amaneceres. Despertaba de lado, como dormía, con una mano bajo la cara igual que una niña pequeña. Era eso, una niña pequeña lo que encerraba aquel cuerpo de quince años que obligaba a mis dieciséis recién cumplidos a pedirle por todo perdón. En esas noches arañadas de nuestros padres a partir de decenas de mentiras la miraba mientras dormía, cuando la única música que nos rodeaba era la de su respiración, la del roce de las sábanas con su piel. Y me aseguraba de verla despertar, abriendo los ojos muy poquito, primero; arrugando la nariz después con una media sonrisa delatora. Haciéndose la remolona para estirar la noche unos minutos más, olvidando que aquella noche, nada más esconderse el sol, ya había dado todo de sí.
La recuerdo, también, envuelta en sudor, sentada desnuda en el colchón que tirábamos en el suelo del local, cuando ya nadie quedaba, liando un porro con el tabaco robado de un cigarro desgarrado por la mitad y una parte de la poca maría que nos pasaban sus hermanos mayores, que además era mala. Lo hacía con parsimonia, justo después de devorarnos, y algunas veces todavía jadeaba cuando trataba de concentrarse en la tarea porque aún le temblaban las manos. Lo encendía, le daba tres caladas y me miraba. Luego me sonreía. Los dos éramos conscientes de que recién llegados al mundo, ya nos estábamos matando poco a poco. Pero nos daba igual, porque aquella era la época de morir, de matarnos, y nos estábamos matando juntos.
Nos matábamos de a poco con esa música de fondo, la misma música que ahora, años después, escupía la radio una mañana cualquiera mientras me iba a trabajar. La mañana de un día que debía ser normal y que se me acabó escurriendo entre los dedos. Aquel día no fui a trabajar. No he vuelto desde entonces. Pero me levanto siempre y me doy una ducha medio fría, y tiro el café sobre la mesa de la cocina, y salgo todas las mañanas a la autovía para poner la radio a todo volumen mientras me pongo las gafas de sol y el pelo me chorrea por la espalda. Y cada mañana acabo tumbado en la cama, con la misma música de fondo, viéndola desnuda, sudando todavía, liándose un porro con la misma paciencia, pero con mucha más sabiduría. Y con mucha mejor maría. Y lo enciende en calma y disfruta del humo, le da tres caladas antes de mirarme, pero ya no me sonríe. No son manos huesudas las que sujetan el cigarro, son dedos con una sortija, son uñas pintadas. La niña de quince años es ahora una mujer, como yo debería ser un hombre.
Y en lugar de sonreír, me pasa el porro mientras me dice ‘no deberías haber venido’. Y yo lo cojo y fumo, y cada mañana me juro que no voy a volver.
Cada mañana...
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