miércoles, 13 de junio de 2012

El lavabo

Golpeó con torpeza el interruptor y las tripas de una solitaria bombilla que pendía del centro del bajo techo, colgando de un raquítico cable, ardieron, iluminando el pequeño cuarto de baño. A su izquierda, un agujero en el suelo sobre el que revoloteaban algunas moscas hacía las veces de inodoro, y enfrente había un lavabo sucio coronado por un espejo roto. Apoyó las manos en el borde del mismo y sintió en las palmas un frescor reconfortante. Jadeaba, y arqueado como estaba sobre la pila, su espalda subía y bajaba con movimientos atropellados. Cuando consiguió recomponer un poco el ritmo de su respiración, levantó la vista y observó su rostro partido en dos por una raja que cruzaba de punta a punta el espejo. Los ojos, con un fondo rojo vidrioso, tardaron un poco en reconocer la imagen. El pelo, revuelto, la cara perlada por el sudor. Abrió el grifo que había delante de él y dejó que el agua corriera un poco: primero salió con coloreada de tierra, pero poco a poco recuperó la transparencia natural.
Mientras veía caer el agua, trató de recordar. Fue en vano. Se reconoció en la calle, en medio de un calor sofocante, camino de un trabajo que no debía representar complicación alguna, y la siguiente imagen que le vino a la cabeza era su cuerpo, desmadejado, tirado en el suelo, atado con una gruesa cuerda al parachoques de un camión viejo, un lugar desconocido. Su piel se erizó al recordar el contraste del calor de la calle con el frío de aquella nave de techos altos y siempre en penumbra, y un pinchazo en el estómago le envió una información tan valiosa como real: llevaba muchas horas sin comer. Si el cálculo servía de algo, había pasado tres días en aquella nave, tirado en el suelo, con la única compañía del viejo camión. Tres días pensó, porque me han dado de comer tres veces y siempre lo mismo: unos trozos de pan mojados en leche. Se pasó la mano por el estómago. Su ropa olía a orín y prefirió no evaluar su estado hasta que hubiera salido de allí para siempre.
Se pasó los dedos por las enrojecidas muñecas y descubrió pequeños arañazos por los que brotaba la sangre, además de algún resto de la cuerda que las había cubierto durante las últimas horas. Puso las manos debajo del grifo y dejó que el agua, aún cálida, tratara de refrescar las heridas, y las fue volviendo de un lado y de otro para que las cubriera por completo. La tubería debe venir por fuera de la nave y por eso el agua sigue estando caliente, pensó, a pesar de que la había dejado correr durante un rato. Tenía aún las manos bajo el chorro cuando notó una gota de sudor que se desprendía de su pelo y bajaba ladera abajo por la cornisa de su frente. A pesar del cosquilleo que le producía al pasar, la dejó hacer, y miró al espejo para ver cómo aquella lágrima salida de la cabeza se posaba en la punta de la nariz. Cerró los ojos un instante para recuperar algo de fuerzas antes de sacudir la cabeza y dejarla caer.
Cuando notó que el agua se enfriaba un poco, ahuecó las manos debajo del chorro para tratar de beber algo. Al principio, el agua pasó por su garganta reseca como una lija, y casi pudo sentir cómo se le desgarraba el paladar con el primer trago. Apoyó de nuevo las manos en los lados de la pila y tosió tan fuerte que sintió un rastro de sangre en el fondo de la boca, pero tragó a pesar de todo. Al apretar la mandíbula, un pinchazo sordo le golpeó entre los ojos. Se acercó al espejo y acercó las manos, un poco más limpias pero sucias igualmente, a uno de sus dientes, y notó cómo se movía de un lado a otro con facilidad. Puso el índice de su mano derecha delante del diente y el pulgar detrás, y contando hasta tres mentalmente, tiró con todas sus fuerzas para arrancarlo de su sitio. El dolor le hizo tambalearse, pero se mantuvo de pie antes de observar la pequeña pieza blanca en la palma de su mano y notar cómo la boca se le llenaba de sangre. Aquel pequeño diente había llevado todo el peso de su liberación, después de estar prácticamente dos días royendo la cuerda en torno a sus muñecas. Era un pequeño héroe de guerra. Se lo guardó en el bolsillo y pensó que ya habría tiempo de hacerle un funeral mejor, con salvas y demás. Se enjuagó la boca bajo el grifo y trató de beber algo más de agua, la suficiente para que el estómago volviera a dolerle cuando el líquido rebotó contra el vacío. Se encogió un poco mientras la bombilla que pendía sobre él flaqueaba y las moscas seguían zumbando a su izquierda. Cerró el grifo y se miró en el espejo.
Antes de verlo, notó cómo algo se movía a su espalda. En el umbral de la puerta, en el suelo, apareció una mano envuelta en sangre. Sonrió y vio el hueco que había dejado el diente como una nueva cicatriz de éxito. Se secó las manos en la camisa y se giró en el momento en el que el cuerpo que se arrastraba por el suelo ocupaba la salida del pequeño cuarto de baño. Los ojos muy abiertos, la boca de par en par y tratando de hablar, de aquella garganta sólo manaba sangre. Con la otra mano, el tipo trataba de taparse la raja que le abría el cuello de un lado a otro, por encima de la nuez, e intentaba una y otra vez decir alguna palabra. No podía.

Al ritmo al que se desangraba, calculó, le quedaban aún dos minutos de vida.

Apagó la luz del cuarto de baño y cruzó por encima del aspirante a cadáver, que intentó asirle por uno de los pies. En lugar de eso, le pisó fuertemente en el estómago, y casi le pareció percibir que de aquella garganta seccionada salía un ruidito sordo, como un silbido. Cruzó la nave y echó una última ojeada al viejo camión que le había acompañado durante ese tiempo. Antes de salir, se llevó dos dedos a la frente y se despidió de él con un gesto casi marcial.

Abrió la puerta y el sol le golpeó con todo su calor. Decidió dejarla abierta para tener entretenidos a sus captores durante un rato, y echó a correr por las calles bajo aquel verano de justicia.

lunes, 28 de mayo de 2012

Estación de olvido

De pie, en medio de esta soledad que me has concedido porque yo me la he buscado, sólo veo grises. Hace frío esta mañana de primavera en la que por fin te vas, en la que te dejo ir para que no estés más tiempo en un lugar que tú no conoces, en el que en realidad nunca has estado. Distraída, mirando el libro abierto en tu regazo mientras yo escudriño tu rostro desde el andén y percibo los detalles escondidos de tu gesto, ahora abierto de par en par por el vaho caliente de un cristal empañado. Hay nieve en el fondo de tus ojos, y un deje de hielo y polvo en tu mirada. Tienes una ciudad en las líneas de tus manos. Una ciudad en blanco y negro en la que hay músicos apostados en las esquinas, con instrumentos dorados, tocando una sonata en el nocturno de tus ojos. Las alcantarillas bajan llenas de lágrimas.
En mitad de la sonora algarabía de la estación, yo sólo escucho tus silencios. La gente que corre a mi alrededor no taconea en las baldosas, no grita mientras habla por el móvil, no charla cuando camina de la mano. Tú miras el libro, yo te miro a ti y una chica morena, con el pelo sobre la cara, tiene la vista clavada en mi espalda, mientras se deja caer sobre una farola encendida que ya no da luz. En este andén a ninguna parte, mientras me esfuerzo por escucharte a ti sólo la oigo a ella, sólo me llega su respiración. La llama quemando la punta del cigarro que acuna con sus labios mientras lo enciende, el humo recién parido de su boca, una calada tras otra, el pitillo en el suelo aplastado con suavidad por la punta de una zapatilla. Es curioso, en una estación de tren en la que todos corren, y todos gritan, yo sólo te oigo a ti pasar las páginas del libro mientras esperas que el tren se ponga en marcha, y sólo la oigo a ella, a mi espalda, la cara oculta por el pelo, fumando mientras me mira. Arranca el tren, ha llegado la hora.
El arañazo blanco de modernidad se desliza por la vieja estación que te he construido para que te vayas como viniste, en medio de una novela inventada. Sin saber muy bien por qué, al tiempo que te mueves, yo empiezo a caminar. Al mismo paso, sin acelerar, recorremos de punta a punta en andén, tú en tu carroza de hierro y yo sobre los pies sobre los que me cuesta tanto vivir, porque los últimos pasos que he dado siempre iban en dirección a ti, y ahora que camino a tu lado son estos pasos los que te alejan. En la punta del andén, un agujero de luz, una mañana distinta. Y antes de llegar, me miras. La nieve, el polvo. Esos ojos aguamarina. La ciudad en la palma de tus manos y mi mundo cubierto de hielo.

Te vas, subida en el tren, al lugar donde van todas a las que he amado sin que ellas se dieran cuenta.

miércoles, 18 de abril de 2012

Folios nocturnos

Tengo tu nombre atravesado en la punta de la garganta, y hace tiempo que no lo puedo pronunciar. Lo empapo, lo cubro de alcohol, y no encuentro la manera de escupir una a una las letras para formar esa palabra interminable que me está quitando la vida, que se la lleva y no me deja nada. Se está acabando el tiempo para creer en ti, y he descubierto que si no creo en ti probablemente ya no crea en nada. Da igual lo que beba, o que no pruebe una gota y me pase la noche entera mirando la botella, viendo cómo el amargor de mis mejillas refleja en el líquido ambarino que espera para mojarte. Hay noches en las que el sol me ha encontrado mirando ese mar de cristal, con el vaso vacío al lado, sin haber probado una sola copa. Otras noches, como hoy, escribo en medio de una marejada de alcohol que no me deja controlar las palabras que salen de mi boca, porque las pronuncio antes de estamparlas en el papel, entre trago y trago, con la esperanza de descubrir entre una palabra y otra, entre esta y la que viene ahora, un sonido familiar: la música de tu nombre.
No, no lo he olvidado. Es sólo que cantar las melodías que compusimos no tiene gracia cuando lo hago sólo yo. Eran canciones para dos, para tu vida y la mía, y para la vida que empecé a creer que juntos tendríamos, pero que se me escurre entre los dedos sin que pueda hacer nada. Ahora mismo, debajo de la piel, sólo eres arena, y cerrar el puño lo único que consigue es que te vayas más deprisa. Así que aquí estoy, borracho, con la palma de la mano abierta viendo cómo tus lunares se deshacen, se convierten en polvo, y se me escurren de las manos. No puedo sujetarte como ya no te puedo tocar, quizá porque cuando te tuve enfrente, todas las veces que tenía tus pupilas clavadas en mí, no me atreví a estirar el brazo y a acariciar cada uno de tus dedos, tus poros y tus pecas. Me sé mejor tus lunares que los míos.
La botella se vacía. Poco queda ya. Casi no hay nada que beberme en otra noche en la que no te tengo, en la que no estás. ¿Por qué no estás? Quizá tengas razón y tuve yo la culpa. Quizá la culpa fuera tuya, y también tengas razón en eso. Lo único que sé es que mi casa es muy pequeña para sostenerme, en medio de esta soledad, y las paredes empiezan a oler como hueles tú por las mañanas, esas mañanas en las que tu cara era la primera que venía, en las que las calles y los coches eran testigos de nuestro primer abrazo. Ya no hay amaneceres como los de antes, ni anocheceres en los que, sentados en tu sofá, echabas la cabeza hacia atrás, y parecías más que nunca una niña, con las rodillas pegadas al pecho, los ojos cerrados, el cuello descubierto. Recuerdo una y otra vez cómo se estremecía con tus suspiros este trozo de piel tan blanca, tan tierna, tan inocente. A veces sueño que mantienes los ojos cerrados y que yo, en ese mismo sofá, rodeo con los labios tu garganta y puedo notar, en la punta de la lengua, cómo tragas saliva. Y esa saliva, en ese sueño, casi es mía también.
Acabo de servirme la última copa. Otra botella en la que no estás. Siempre que llego al final espero encontrarte en el fondo, tumbada, pegajosa, hiriente. Pero apuro botellas y nunca estás. No hay llamadas tuyas en el teléfono, ni mensajes pegados en la nevera, no tengo tus dedos a un palmo de mí. Llegamos a estar tan pegados que la ciudad era para nosotros, que no existía el frío paseando por las catedrales, que no se hacía de día juntos en tu portal, frente a frente, a un metro el uno del otro pero más pegados que nunca, buscando la excusa para abrazarnos mientras yo me invento un motivo para no soltarte jamás. Termina la botella y no estás, y eso que he vomitado dos veces, por si no me hubiera dado cuenta y te hubiera tragado sin querer, sin que al pasar por la garganta hubieras rozado tu nombre, que sigue atravesado. Con las mismas manos con las que te escribo he revuelto el vómito agrio de alcohol para buscarte, pero no estás en estas páginas, ni estás en las botellas, ni estás en la papelera que tengo a mi lado. Estás en mi garganta, sí; y estás dentro de mí. Pero no quieres salir, y yo no puedo sacarte. Te he sacado demasiadas veces, he hecho malabares para poner tus ojos delante de mí, para poder bañarme en tu mirada y conseguir, aunque fuera un poco, que me rozaras. No te dejas capturar. Cimbreas cuando voy a atraparte. Te escurres. No me alcanzan las manos. Y lo peor es que, hasta hace poco, yo no dejaba de correr detrás de ti. Ahora ya me he cansado. O no. Pero llevo tanto tiempo deseando ver tus ojos que no me conformo con correr detrás de tu melena.
Porque tus ojos… No sé qué decir. Tiempo después aún no sé si son azules, si son verdes, si no son. No sé con qué arma me matas, pero sé que lo haces. Y sé que me duele. Me dueles. Más de lo que te piensas. Probablemente, más de lo que yo creo también. Más del o que todo el mundo se puede imaginar. Tanto que algunas noches he roto el vaso en el que bebía sólo para intentar clavarme el vidrio en la piel y esperar que en medio de aquella sangre, en la oscuridad rojiza de mi cuerpo, aparecieras. He llenado páginas de sangre por ti. No sé cuánta me queda, ni cuánta voy a derramar todavía. Quizá la haya agotado. Quizá a todo el que me pregunta tenga que decirle que no, que no voy a ir, que estoy cansado de luchar. Que acercarnos no fue el remedio y los síntomas persisten; que la distancia tampoco alivia esta enfermedad.

Que no te he olvidado por más que lo intento.

Que no me he resignado, aunque en el fondo sé que nunca te voy a atrapar.

lunes, 9 de abril de 2012

El río

La vida de la ciudad había estado siempre marcada por el río. Cruzaba los barrios de norte a sur, partiendo en dos las luces de aquel montón de edificios. Años atrás, cuando la ciudad apenas crecía, el río era punto de unión para todos sus ciudadanos, que hacían vida en torno a aquellas aguas que bajaban azules y claras, unas aguas en las que los niños se bañaban, junto a las que las parejas se besaban y en las que las personas mayores, en la orilla, metían los pies desnudos. El río había marcado hasta tal punto la vida de la ciudad que desde el principio le había dado su nombre, y uno y otra, otra y uno, se mojaban con la misma realidad.
Eso era tiempo atrás. Últimamente el río ya no bajaba azul. La ciudad creció, los vecinos que hasta entonces compartían sus orillas se volvieron desconocidos y sus aguas se volvieron pantanosas, oscuras, malolientes. Tampoco la ciudad era ya la misma.
El dinero había dividido aquella ciudad en dos, y así como la arena que el río arrancaba a su paso, aquellos que se quedaban sin recursos, empujados a la realidad de la calle, se fueron poco a poco al sur, arrastrados por la corriente, y lo que antes era una ciudad se convirtió en dos ambientes muy diferenciados. En el norte, las aguas del río recorrían calles limpias y anchas, y recogían los desechos de familias ricas para llevárselos hacia el sur. Allí, en calles estrechas y empedradas se apiñaban olores y personas, niños sin casa y carterista, animales abandonados y borrachos, putas y delincuentes.
Los años ni hicieron sino acentuar la pobreza del sur, y el río, que en el norte seguía siendo un espacio para el recreo, era ya en el sur un mortuorio improvisado. Aquellos que morían en las calles, ahogados en su propio vómito, o las familias que perdían a uno de sus hijos pequeños por cualquier infección se acercaban por la noche al río y se metían, con el pequeño cadáver en brazos, allá donde las turbias aguas cubrían hasta la cintura, y abandonaban el cuerpo a su suerte mientras rezaban lo que buenamente podían.
Aquella noche eran muchas las familias que caminaban por las orillas con pequeños cadáveres en brazos. En silencio, como una macabra procesión, se introdujeron en sus aguas y dejaron, entre murmullos, que los cadáveres se hundieran poco a poco. Cuando hubieron salido del río, el cielo dibujó un tono anaranjado que muchos no recordaban haber visto nunca, y cuando todos hubieron vuelto a sus calles y sus casas, el río, por primera vez, lleno como iba de cuerpos, detuvo sus aguas.
A la mañana siguiente, domingo, las orillas del río en el lado norte volvieron a llenarse de familias que iban a comer, a jugar, a bañarse.
Los cadáveres de la noche anterior, uno a uno, empezaron a flotar.
Y el norte y el sur volvieron a ser, entonces, dos partes de una misma ciudad, con los niños ricos, gritando, intentando salir del agua; con los niños pobres, muertos, flotando en el río donde sus abuelos se bañaban.

domingo, 19 de febrero de 2012

Noche de Carnaval

Apagó la ducha, abrió la cortina y puso los pies descalzos sobre las baldosas. Las gotas caían una a una de su cuerpo y empezaban a formar un pequeño charco a su alrededor mientras ella, absorta, contemplaba su rostro deformado por el vaho que cubría el espejo. Tardó unos segundos en reaccionar, en despertar de la cálida ensoñación que envolvía el cuarto de baño y alcanzar una toalla blanca, suave, con la que envolverse el cuerpo. Se secó minuciosamente y cogió una toalla más pequeña, también blanca, y se la enrolló en el pelo. Le gustaba cómo olía su pelo recién lavado, a esa mezcla de camomila y limón que se anunciaba en la pegatina del champú.
Dejó la toalla más grande atrás y caminó desnuda por el pasillo en penumbra, hasta llegar a su habitación. Se sentó frente a un pequeño tocador antiguo, con dos bombillas coronando un espejo redondo de otra época, de otro tiempo. Quizá de un tiempo que nunca fue. Sentada, expuesta al frío de la habitación vacía, veía cómo sus pezones, rosas, se iban endureciendo, coronando sus pechos, demasiado pequeños, puntiagudos. Se sacudió un poco para sacarse el frío de encima, pero los finos vellos de los hombros ya se estaban erizando. Abrió uno de los cajones que quedaba a su derecha y sacó tres tarros iguales, blancos y redondos, con tapas negras.
Abrió uno de ellos y miró su interior, antes de introducir dos dedos, el índice y el corazón de la mano derecha, y extraer un pegote de pintura blanca que se fue extendiendo poco a poco sobre la cara. Rugosa al tacto, la pintura, fría, penetraba en sus poros, abiertos por el calor del baño reciente, y calaba en ellos una melancolía que no se podía quitar de encima. Restregaba con cuidado el mejunje por las mejillas, alrededor de los ojos, por la frente. Cogió un poco más de pintura y se la puso en la barbilla, cubriendo por completo la redondez de su mandíbula, apretando por debajo hasta notarse la lengua, rozando con los dedos los lóbulos de sus orejas. Así, incluso con la pintura, era hermosa. Terriblemente hermosa. De una belleza heladora. Un mimo sin gestos ni movimientos, una palabra muda, petrificada.
Se limpió los dedos en la toalla que llevaba enrollada en el pelo y se miró en el espejo. Aún no. El disfraz no estaba completo. Abrió otro tarro y repitió la operación, esta vez con pintura negra, y esta vez con un solo dedo, el índice, para llevarse a la cara una cantidad menor. La extendió por encima del os párpados, rozando las pestañas, por debajo de los ojos. Dos ojos verdes que debían ser hermosos de no ser porque eran estanques de aguas vacías, lagunas sin vida, tristeza pura. Cuando acabó, las dos pupilas turquesa, como el mar en el horizonte una tarde de verano, estaban coronadas por dos círculos negros, desiguales, uno más grande que el otro. El mimo sin gestos era ahora un arlequín sin gracia, una figura de tez blanca y mirada negra. Una sonrisa a medio camino entre el bien y el mal.
Enrolló el dedo en la toalla y dejó un rastro negro en mitad del blanco inmaculado. Se miró en el espejo. Todavía no. Aún no tenía el disfraz. Abrió el tarro que le quedaba: estaba vacío. No pareció sorprenderse. Repasó con la vista el tocador y encontró un pequeño cortaúñas puntiagudo. Lo agarró y se lo clavó en el dedo índice que al principio fue blanco, que luego fue negro, que esperaba ahora otro color. Del pinchazo empezó a manar pronto un hilo de sangre, que ella comenzó a restregarse por la nariz. Hacía círculos con cuidado alrededor de la punta, de esa pequeña curva perfecta que daba a su rostro una geometría impecable. Una belleza inalcanzable. Mientras lo hacía, le llegaba el olor de la sangre, ese olor que llega primero al paladar y devuelve el sabor contundente de ese líquido rojo en el que nos va la vida. Le dolía el dedo, y del dolor y el olor de la sangre brotaba un recuerdo cercano, uno cualquiera, sin rostro ni nombre, un recuerdo conocido, doloroso, sangrante. De los que no se olvidan. El mimo que fue primero, sin gestos, el arlequín sin gracia después, era ahora un payaso sin motivos para reír, sin alma para bromas.
Se quitó la toalla y dejó que el pelo rubio, brillante, mojado aún, le cayera sobre los hombros. Envolvió en la toalla en dedo índice y apretó hasta que la sangre fue sólo un rastro en la tela. Se miró en el espejo. Un lágrima asomó a sus ojos y le recorrió la cara, hasta la barbilla, dejando a su paso un rastro de pintura negra, un surco macabro en medio del blanco de su tez. Aún no había conseguido el disfraz. Se levantó y se puso una túnica negra hasta los pies. La introdujo con cuidado por la cabeza, para no estropear la pintura, y la dejó caer hasta que le rozó los tobillos. Se puso la enorme capucha, que le hundía la cabeza tan adentro que era imposible verle la cara. Ni siquiera se distinguía la pintura.
Agarró una guadaña enorme y salió descalza a la calle.

Aquella noche, la muerte murió en la acera, boca arriba, cubierta y ahogada por el vómito agrio del alcohol. Aquella noche. La noche de Carnaval.

viernes, 27 de enero de 2012

Palabras para Fátima

Supongo que quien sólo tiene palabras, son palabras todo lo que da. Yo ni siquiera las tengo. Necesito escribirlas para que sean mías, porque muchas veces no soy capaz de pronunciarlas, ya lo sabes. Se me quedan ahí, colgando de la punta de los labios, y acaba por salir un balbuceo que sí, queda gracioso, pero no sirve para decir nada, y mucho menos las cosas que realmente importan. Luego también está la distancia. Supongo que cuando nos conocimos, hace ya casi diez años, ninguno de los dos pensaba que íbamos a recorrer todo este camino juntos, de la mano o desde lejos, y que íbamos a ir pisando por las mismas baldosas amarillas. Si no fuera por la distancia, podría estar mirándote a los ojos mientras te digo todas estas cosas, o mejor dicho, mientras dejo que salga un balbuceo de mi boca porque todo esto me atropella, y tú me miras y sonríes, como lo has hecho siempre. Eres un corazón enorme detrás de una sonrisa maravillosa.
Bien pensado, y aunque no lo quiera, la distancia es hoy una excusa. Porque hoy podría escribir muchas palabras, crearlas de la nada, que aparecieran sobre un papel, pero nunca alcanzaría a decir todo lo que intento decirte. Podría hablarte de pérdidas y no sabría de lo que estoy hablando; podría hablarte de mirar hacia delante cuando a mí me duele el cuello de echar la vista atrás; podría decirte que todo pasa sabiendo que lo que pasa se convierte en pasado, y que el pasado siempre vuelve. Al menos, de vez en cuando. Podría jurarte, también, que en el cielo que nos espera ya no habrá más nubes, pero sería mentira: aún tenemos que bailar bajo demasiadas tormentas. Podría mentirte, pero no quiero; si puedo, no lo haré nunca.

Podría decirte miles de cosas.

Podría decirte, por ejemplo, que a veces juego a vernos dentro de unos años, en un banco cualquiera en un parque cualquiera, sentados espalda con espalda. A veces hablamos, de nuestras vidas. A veces ni siquiera eso, sólo callamos y dejamos que se consuma la tarde. En silencio, sin balbuceos. Mereces que todo te salga bien.
Podría decirte que estoy a tu lado, que estamos a tu lado, pero espero que eso ya lo sientas. Llámanos. Caminar en la oscuridad no es fácil, siempre vienen bien algunas manos en las que apoyarse para avanzar. Quizá, y sólo quizá, entre todos duela un poco menos.

Podría decirte que esto te hará más fuerte. Pero tú ya eres fuerte.
Podría decirte muchas cosas.

Podría decirte que te quiero, pero eso ya lo sabes.
Podría decirte tantas cosas, que lo mejor es que me calle para no balbucear. Sin parque, sin banco, pero espalda con espalda, aunque sea desde lejos. En silencio.

martes, 17 de enero de 2012

Sácame de aquí

El viejo coche iba dejando tras de sí una enorme estela de polvo mientras se acercaba a aquel aparcamiento de tierra. Podía ver cómo todo lo que quedaba atrás se diluía en aquella nube marrón que poblaba los espejos retrovisores. El polvo era lo único que se interponía entre el sol abrasador del mediodía y un suelo que ardía como las paredes del mismo infierno. ‘Puto verano, no va a acabar nunca’, pensó, y se revolvió un poco más dentro de su traje negro, con las manos aún en el volante. Cuando el monstruoso edificio de piedra gris apareció ante él, aminoró la marcha y sacó un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor que perlaba su frente. De poco le iba a servir, porque las marcas del calor ya habían convertido en amarillento el borde superior del cuello de su camisa blanca. No aparecería impoluto en su primera cita.
Aparcó junto a la enorme puerta de entrada y se bajó del vehículo con cuidado. El polvo empezaba a desaparecer y no quedaba rastro del camino que había recorrido hasta allí. Se sacudió un poco los pantalones y vio el contraste entre la tierra del aparcamiento y el brillo impoluto de sus zapatos recién lustrados, dos enormes cucarachas negras en medio de aquel lugar sin nombre. Se acreditó debidamente en la entrada y un funcionario le invitó a entrar en una enorme sala de espera con sillas de plástico gris, en la que el aire acondicionado, junto con el sudor que ya traía del camino, le hicieron estremecerse. ¿O fue el lugar lo que le provocó el escalofrío? Era la primera vez que estaba en una cárcel, aunque sólo fuera de visita.
El alcaide llegó pasados diez minutos, cuando su pulso ya se había habituado a las nuevas condiciones. Tras intercambiar un breve saludo le solicitó otra vez la documentación, y después de echarle un rápido vistazo le pidió que le siguiera. Atravesaron dos galerías en las que los guardias tuvieron que abrir hasta cuatro rejas distintas de manera automática, y llegaron a un pasillo estrecho cerrado por una puerta metálica que el alcaide abrió de manera manual. ‘Le está esperando’, le dijo, y pidió a uno de los guardas que le acompañara.
Al final del pasillo había una pequeña celda en la que aguardaba un hombre, tras los barrotes, sentado en una silla, con la cabeza agachada. Rapado al cero, en la parte de atrás del cogote se intuían los retazos de un tatuaje colorido que le nacía en la nuca, con unas letras que el abogado no pudo descifrar. El pasillo estaba oscuro, y en aquella pequeña celda apenas había luz. Habían dispuesto una silla frente a los barrotes para que el letrado tomara asiento. Cuando lo hizo, sacó del maletín de cuero tres carpetas con papeles y pidió al guardia un poco de intimidad. Éste se retiró unos metros para que pudieran hablar a solas.
Le temblaban las manos. Estaba nervioso, había que reconocerlo, pero esperaba poder ocultarlo. Frente a él, el tipo con el mono naranja aún miraba al suelo, con las manos en la cara, tapándose el rostro. Eran manos grandes, fuertes. Armas de piel y huesos. Después de colocar junto a él las carpetas, echó mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacó el paquete de tabaco, encendió un cigarrillo y extendió la mano entre dos de los barrotes, con el pitillo humeante. El recluso pareció despertar al fin, agarró el cigarrillo y empezó a fumar con placer. El abogado encendió otro para él y le deslizó el paquete casi entero. Quería ganarse su confianza.
Luego, con el humo del tabaco escurriéndose hacia el techo entre los dos, poniendo volutas a aquella fría oscuridad, le miró a los ojos. Pudo ver detrás de aquellas dos pupilas un océano helado. Notó sobre él una mirada dura, cosida con los costurones de la calle y pulida en la cárcel, con el acero de la supervivencia entre rejas. El pulso se le aceleró.

-Hola Hank. Voy a ser tu abogado.

No recibió respuesta. Apenas un leve movimiento de cabeza, un pequeño asentimiento, y otra larga calada al cigarrillo. Más humo.

-Así que tengo que saber algunas cosas. ¿Lo hiciste?

El frío se acentuó. Notó cómo le calaba los huesos y casi pudo sentir cómo se trizaban, en medio de la espalda, algunos de sus nervios. Casi no pudo contener el espasmo. Enfrente, Hank seguía fumando con calma, con los ojos entrecerrados. Mientras esperaba la respuesta, abrió el expediente del caso y leyó los primeros párrafos. Aquella noche, la cosa se le fue de las manos. Discutió con su chica, y no pudo evitarlo. La abofeteó y notó cómo le hervía la sangre. El tipo que estaba fumando delante de él había matado a golpes a su novia. Con los puños, desnudos, sin ningún objeto. La tiró al suelo, se sentó sobre su pecho y empezó a darle puñetazos hasta que se cansó. Ni más, ni menos. Luego se encendió un cigarrillo y abrió una cerveza. Cuando llegó la policía, avisada por los vecinos, él estaba sentado en el sillón, con la cerveza aún fría y el cigarrillo entre los labios, con ella tumbada en el suelo, viva aún. ‘Respiraba sangre’, dijo uno de los policías, ‘la cara era una masa de carne roja; respiraba aún, pero por todos sus orificios respiraba sangre’. Se removió un poco en la silla.

Otro leve movimiento de cabeza. Un asentimiento tibio.

-¿Y qué esperas entonces que haga yo?
-Que me saques de aquí.

No iba a ser fácil. Pero tampoco era imposible.

-Dalo por hecho.