Las promesas que duran toda la vida son aquellas que se hacen a media luz. Por eso, en aquel lugar, la iluminación nunca pasaba de tenue, y mucho menos cuando más allá del cristal el invierno escupía niebla sobre la ventana y reducía la ciudad a un espejo en el que sólo se reflejaban sombras. Las mesas, redondas, estaban desperdigadas por toda la estancia, y sobre ellas unas lámparas pequeñas con una tulipa oscura le daban al café toda la luz que éste tenía. En las mesas en las que había gente, la lámpara estaba encendida, y la bombilla aguardaba apagada en aquellas en las que las sillas, vacías, esperaban también los susurros de aquella noche de diciembre. El humo del tabaco flotaba por encima de las cabezas, y se apartaba para dejar paso a la voz de aquella mujer que, de pie junto al enorme piano de cola, se desgarraba la garganta con un doloroso bolero. El pelo, negro, largo, le caía sobre uno de sus hombros, y el flequillo le tapaba el hueco donde un día estuvo uno de sus tremendos ojos negros, un lugar en el que ahora sólo queda una horrenda cicatriz. Aun así, a pesar de que su rostro conserva aún el deje atormentado de quien ha vivido el horror y ha pagado por ello, era bella. Bellísima. Y de su garganta salía aquella voz afilada que cubría de acero todas las letras, y cortaba por la mitad las almas de todos aquellos que cada noche se sentaban a contemplarla entre susurros, y dejaban pasar su mirada de una sola pupila para balancearse en el aire y caminar descalzos por el filo de su voz. Cómo dolía. Con qué belleza dolía aquella voz. En el piano, un hombre viejo, demasiado viejo para todo, se afanaba en tocar las melodías que ella vomitaba sobre la atmósfera del local, a pesar de que en una de sus manos tan sólo quedaban dos dedos, el pulgar y una especie de garfio formado por los restos del dedo anular y el dedo corazón, unidos bajo una misma piel quemada, abrasada, tiempo atrás. A pesar de eso, tocaba con una ligereza que hacía pensar, cuando uno cerraba los ojos, que quien en realidad estaba deslizando sus dedos sobre las teclas era un ángel, a pesar de que la cara del músico advirtiera, a la legua, que quien acariciaba la sonrisa de marfil del piano era el mismísimo diablo. Hacia un lado y otro, por entre las mesas, deambulaban dos camareras rubias, bien ataviadas, que habían conocido tiempos mejores, pero que conservaban ese aire de dignidad de quien ha caminado mucho por el mundo y no se resigna a parecer acabada subida a unos tacones baratos y rojos sirviendo consumiciones en un bar fronterizo con el infierno. Con el pelo bien colocado, cardado casi, ocultaban sus feas cicatrices a los lados de la cabeza: a una le faltaba la oreja izquierda; a la otra, la derecha, arrancadas de cuajo ambas en un pasado no muy lejano. Caronte, un nombre muy apropiado para un lugar que estaba a medio camino entre la realidad y el otro mundo, a un paso de esa oscuridad de la que nadie vuelve y en la que uno puede cruzar los brazos detrás de la cabeza y dejarse llevar plácidamente por un río de aguas negras, hacia la malévola eternidad de las sombras, si guarda unas monedas con las que satisfacer el apetito del barquero. Monedas no faltaban en aquel café mal iluminado que hacía esquina con la muerte. Una de las camareras se acercó a la puerta de los baños con un vaso ancho en el que un líquido ambarino cubría tres grandes cubitos de hielo, y lo apoyó en la mesa que había junto al taburete que ocupaba un tipo vestido con camisa blanca y chaleco negro, encargado de custodiar la entrada a los servicios. Unas grandes gafas oscuras remataban un rostro cetrino, con arrugas alrededor de la boca. La camarera acercó su boca a la nariz del ciego y exhaló su aliento de años perdidos sobre la boca del invidente, que descubrió una sonrisa desdentada antes de atacar la copa recién servida. Las uñas, negras; el alma podrida.
De las siete mesas que tenía el local, había cuatro ocupadas, tres de ellas por personas que pasaban la noche solas entre tragos de alcohol ardiente y boleros disparados a quemarropa. Tras la barra, en esos momentos, no había nadie, pero cualquiera diría que el café estaba regentado por pequeñas figuras negras con grandes alas cubiertas de plumas que se movían tras ella, en la parte de abajo, porque a pesar de que no se veía forma alguna junto a las botellas el sonido de los vasos entrechocando no cesaba. Todos los clientes de aquella noche lo oían, acunados por la voz de Estigia, que desde el escenario seguía dejándose la laringe en aquellas melodías apagadas. Todos, menos la pareja que ocupaba una de las mesas del rincón. Allí sólo se oían los susurros. En aquel rincón del café parecía que había más luz que en el resto de la estancia, pero eran aquellos ojos, a caballo entre el verde del mar al atardecer y el azul del cielo, los que conferían a aquella mesa un color especial. El pelo, rubio pero apagado, le caía a los lados de la cabeza, y el flequillo, de derecha a izquierda, le tapaba la frente y le caía sobre los párpados. La boca, pequeña; los labios bien dibujados, una voz suave pero ardiente, un taladro para el alma. Los brazos, largos, delgados, el cuerpo pequeño; una niña hecha mujer. Así era ella. Él era un tipo normal, callado y dubitativo, taciturno. En ese momento habían dejado de susurrar y los dos se miraban desde lo más hondo, desde ese lugar en el que las entrañas se confunden con los sentimientos y salen todos vomitados y teñidos de un rojo sangre que no se borra siquiera con el abrazo del olvido. Los dos arrancaban de ahí sus miradas que decían todo, y se cogían las manos bajo la mesa: los dedos entrelazados, los de ella y los de él, moviéndose nerviosos. Y una promesa.
-Para siempre, -dijo él.
-Para siempre, -repitió ella.
Y sellaron el acuerdo juntando las frentes, cerrando los ojos, rozándose con la punta de la nariz. Y respirándose el uno al otro. Allí donde todo era humo y canciones a media luz, ellos se regalaban el aire y el silencio.
Nadie hubiera dicho que uno de los dos iba a morir mañana.
viernes, 9 de diciembre de 2011
lunes, 5 de diciembre de 2011
Desamor
Cuando despertó, estaba tumbado boca arriba, desnudo, sobre la arena. Sobre su cuerpo caía un sol deslumbrante, cálido, ardoroso, pero su piel estaba empapada de un sudor helado que le hacía estremecerse. En mitad de aquel desierto inclemente, estaba temblando de frío. Intentó abrir los ojos, pero todo a su alrededor estaba negro. Todo era oscuridad. Se llevó las manos a la cara y trató de limpiarse los párpados, pero era inútil: sus cuencas estaban vacías. Las manos, mojadas también por el sudor, arrastraron hasta aquellos huecos por los que un día vio una multitud de pequeños granos de arena, que cayeron en sus cuencas. Ahora también le escocían. Tenía la boca seca, y en el esfuerzo por tratar de hacer remitir el picor que le martilleaba desde el lugar donde un día tuvo los ojos, intentó tragar saliva, y fueron cuchillas lo que le pasó por la garganta. El aire le arañó la laringe, y casi pudo notar, en la parte trasera del paladar, el dulce sabor de la sangre. Trató de levantarse, pero se sintió mareado y volvió a caer de espaldas, sobre la arena ardiendo. Si quería ir a alguna parte, empezar a buscar respuestas, debía replantearse las preguntas. Lo primero que debía hacer era averiguar dónde estaba. Mucho mejor, tenía que salir de allí. Se incorporó y se puso de rodillas, dejando que la arena le abrasara las tibias cuando posó sobre las pantorrillas el peso de su cuerpo. Involuntariamente, comenzó a sacudirse la tierra de encima con las manos. Primero, en el dorso de los brazos; luego en la parte baja de la espalda, después en los omóplatos, por lo menos en los sitios adonde llegaba con sus propias manos. Cuando quiso comprobar la parte delantera de su cuerpo se dio cuenta: algo faltaba. Y empezó a comprender. No era la primera vez que trataba de caminar junto a alguien y se dejaba el corazón en el intento. Con el temor con el que alguien acude al médico a recibir un diagnóstico fatal, se puso la mano derecha sobre el pecho, y comprobó que allí no latía nada. Se palpó con cuidado el resto de la cavidad torácica, no fuera a ser que el golpe sólo lo hubiera movido de sitio, pero no, no estaba. Había perdido el corazón. Tenía que empezar por ahí.
Y se puso manos a la obra. De rodillas, tal y como dio sus primeros pasos en el mundo, gateó en círculos deseando que, por una vez, no se hubiera marchado muy lejos. Era complicado, porque ahora que la mente empezaba a desperezarse, le había dado por escupir un montón de flashes, como fotografías que caen una encima de otra y se superponen, y en todas había un deje de dolor. Sus ojos, con ese color a mitad de camino entre el cielo del mediodía y el mar al amanecer. Una punzada de dolor. Su pelo, también a caballo entre el trigo del verano y el color de un fuego a medianoche. Otro pinchazo en el alma. Y sus manos. Y su cuerpo, delgado, pequeño. Y su piel. Notó cómo el estómago se le oprimía y quiso gritar, pero de su garganta, agrietada, ni siquiera salió un murmullo.
Ciego y mudo, siguió dando vueltas en círculo, tratando de no pensar en ella. Cuando estaba a punto de darse convencido, se percató de que no todos los sentidos le habían abandonado. Se quedó quieto, dejando caer el peso sobre sus pantorrillas de nuevo, erguido, con la esperanza de escuchar el latir de su corazón. Al principio, sólo le llegó el rumor de una brisa caliente. Luego, de repente, un ‘tac’. Y otro. Otros dos seguidos. Volvió a ponerse a gatas y se dirigió al lugar de donde provenían aquellos golpes, que bien podían ser el crujir de una madera seca. Cuando se sintió encima de ellos, próximo a su fuente, palpó la tierra a su alrededor con la esperanza de dar con él. Después de tres palmetazos en el suelo, tocó, con el canto de la mano derecha algo blando, poroso, una víscera caliente. La cogió con suavidad ahuecando las dos manos, y sintió su corazón latir en la punta de los dedos. El frío desapareció, y ahora era un calor ofuscante lo que ocupaba su lugar. Trató de quitarle la arena pasando con cuidado las manos por encima, como quien limpia una fruta que acaba de caer al suelo, y se acercó el corazón a la boca. Su corazón. Empezó a comérselo. Masticaba con cuidado cada bocado, y cada mordisco que daba le dolía. Tragó, y la garganta protestó, como siempre que se traga algo sin saliva. Otro bocado, y a masticar lentamente. Notaba cómo su corazón se le deshacía en la boca, y aun así masticaba con cuidado antes de tragar. Entre los dientes, rechinaba la tierra pegada a cada bocado que daba, y se le erizaba la piel.
Sordo y ciego, estaba de rodillas, en medio del desierto, bajo un sol abrasante, comiéndose su corazón.
De las cuencas vacías de sus ojos comenzaron a brotar oscuras lágrimas negras.
Y se puso manos a la obra. De rodillas, tal y como dio sus primeros pasos en el mundo, gateó en círculos deseando que, por una vez, no se hubiera marchado muy lejos. Era complicado, porque ahora que la mente empezaba a desperezarse, le había dado por escupir un montón de flashes, como fotografías que caen una encima de otra y se superponen, y en todas había un deje de dolor. Sus ojos, con ese color a mitad de camino entre el cielo del mediodía y el mar al amanecer. Una punzada de dolor. Su pelo, también a caballo entre el trigo del verano y el color de un fuego a medianoche. Otro pinchazo en el alma. Y sus manos. Y su cuerpo, delgado, pequeño. Y su piel. Notó cómo el estómago se le oprimía y quiso gritar, pero de su garganta, agrietada, ni siquiera salió un murmullo.
Ciego y mudo, siguió dando vueltas en círculo, tratando de no pensar en ella. Cuando estaba a punto de darse convencido, se percató de que no todos los sentidos le habían abandonado. Se quedó quieto, dejando caer el peso sobre sus pantorrillas de nuevo, erguido, con la esperanza de escuchar el latir de su corazón. Al principio, sólo le llegó el rumor de una brisa caliente. Luego, de repente, un ‘tac’. Y otro. Otros dos seguidos. Volvió a ponerse a gatas y se dirigió al lugar de donde provenían aquellos golpes, que bien podían ser el crujir de una madera seca. Cuando se sintió encima de ellos, próximo a su fuente, palpó la tierra a su alrededor con la esperanza de dar con él. Después de tres palmetazos en el suelo, tocó, con el canto de la mano derecha algo blando, poroso, una víscera caliente. La cogió con suavidad ahuecando las dos manos, y sintió su corazón latir en la punta de los dedos. El frío desapareció, y ahora era un calor ofuscante lo que ocupaba su lugar. Trató de quitarle la arena pasando con cuidado las manos por encima, como quien limpia una fruta que acaba de caer al suelo, y se acercó el corazón a la boca. Su corazón. Empezó a comérselo. Masticaba con cuidado cada bocado, y cada mordisco que daba le dolía. Tragó, y la garganta protestó, como siempre que se traga algo sin saliva. Otro bocado, y a masticar lentamente. Notaba cómo su corazón se le deshacía en la boca, y aun así masticaba con cuidado antes de tragar. Entre los dientes, rechinaba la tierra pegada a cada bocado que daba, y se le erizaba la piel.
Sordo y ciego, estaba de rodillas, en medio del desierto, bajo un sol abrasante, comiéndose su corazón.
De las cuencas vacías de sus ojos comenzaron a brotar oscuras lágrimas negras.
viernes, 7 de octubre de 2011
Batalla de octubre
Aquella era una tarde normal que poco a poco se iba convirtiendo en noche. Por la ventana se filtraba la luz anaranjada del indisciplinado sol de otoño, empeñado como estaba en convertir los albores de octubre en el eterno final de un inacabado mes de agosto. A pesar de los dictados del calendario, el corazón decía que aquella era una noche de verano más, atrasada, postergada en el tiempo, pero que pronto iba a quedar indeleble en la memoria. Sin más reflejos que el del exterior, el estudio, agonizante, ofrecía destellos naranjas en todos sus rincones: naranja la estantería plagada de libros y de polvo; naranja el sillón hasta arriba de ropa; naranja la luz sobre la cama donde yo recibía, también naranja, el reposado brillo de sus ojos.
Mientras nos mirábamos sentados sobre aquellas sábanas, la habitación iba poco a poco quedando marcada por su olor. Olían a ella las cortinas, su olor estaba guardado en los cajones. Sabían a sus labios las dos copas de vino que a medio terminar habíamos dejado a un lado en la atropellada tarea de desnudarnos lentamente, sin prisa.
Y allí estábamos los dos, sentados el uno frente al otro, sin más contacto que el de nuestras miradas, viendo cómo el sol asomaba por encima de los edificios. Quizá porque nos dimos cuenta de lo alejada que estaba aquella escena de la perfección cinematográfica de los pensamientos, sonreímos a la vez al descubrir nuestras imperfecciones: los lunares de la piel, las marcas de la ropa de hace un rato, las redondeces de los cuerpos. La realidad, al fin y al cabo.
Fue ella la que rompió la quietud del amanecer de aquella noche. Puso las manos sobre el colchón y se levantó un poquito, avanzando lo suficiente para caer encima de mí, sus piernas sobre mis piernas anudándome la espalda, y me rodeó el cuello con sus brazos. “Cierra los ojos”, me dijo, y cuando dejé de verla noté cómo su boca se acercaba a la mía y se paraba un instante, a dos milímetros de mi piel, para que pudiera sentirla respirar. El aire caliente de su nariz me acariciaba la cara. El primer beso duró un segundo. El segundo, dos. El tercero, una eternidad. En ese vaivén, me acarició con los dientes el labio inferior. Luego mordió, un poquito primero, un poco más después. Apretó lo justo para que la piel cediera y brotara un pequeño hilo de sangre, que se confundió con el rojo de sus labios. Abrazados, el uno contra el otro, apenas nos dimos cuenta de que ya había anochecido.
Un siglo después, caímos los dos sobre mi espalda. Aún anudados por un abrazo que ninguno quería romper, nos dejamos caer sobre la cama para respirar juntos, sobre las sábanas, su olor. Noté en mi estómago el calor de su vientre, y cómo éste crecía y decrecía con el ritmo acelerado de su respiración. Repasé con los dedos la forma de sus costillas mientras hablábamos juntos, a voces, el silencioso lenguaje de los jadeos.
En medio de aquella oscuridad que nos impedía vernos, nos conocíamos mejor que nunca. Allí, piel contra piel, libramos una batalla en la que ninguno podíamos perder. Ella fue la primera en rendirse, pero firmó una tregua aparente cuando se dejó caer boca abajo sobre el colchón, ofreciéndome su espalda, que brillaba por el sudor a pesar de la negrura del otoño. Le aparté el pelo, largo, revuelto, rizado, y recorrí muy despacio, lentamente, el tramo de piel que partía en dos su espalda, desde la parte baja hasta llegar a la nuca. Bebiéndome su sudor. Ella, con los ojos cerrados, sonreía y se dejaba hacer. Cuando mi nariz se confundió con su pelo, caí rendido a su lado. Se volvió y me miró, sin perder esa sonrisa perenne de dientes grandes y blancos. Afiló la mirada, arrugó la nariz y cerró los ojos. Aquella batalla estaba a punto de finalizar, y aunque ninguno de los dos podíamos perder una cosa había quedado clara: ella había ganado.
Mientras nos mirábamos sentados sobre aquellas sábanas, la habitación iba poco a poco quedando marcada por su olor. Olían a ella las cortinas, su olor estaba guardado en los cajones. Sabían a sus labios las dos copas de vino que a medio terminar habíamos dejado a un lado en la atropellada tarea de desnudarnos lentamente, sin prisa.
Y allí estábamos los dos, sentados el uno frente al otro, sin más contacto que el de nuestras miradas, viendo cómo el sol asomaba por encima de los edificios. Quizá porque nos dimos cuenta de lo alejada que estaba aquella escena de la perfección cinematográfica de los pensamientos, sonreímos a la vez al descubrir nuestras imperfecciones: los lunares de la piel, las marcas de la ropa de hace un rato, las redondeces de los cuerpos. La realidad, al fin y al cabo.
Fue ella la que rompió la quietud del amanecer de aquella noche. Puso las manos sobre el colchón y se levantó un poquito, avanzando lo suficiente para caer encima de mí, sus piernas sobre mis piernas anudándome la espalda, y me rodeó el cuello con sus brazos. “Cierra los ojos”, me dijo, y cuando dejé de verla noté cómo su boca se acercaba a la mía y se paraba un instante, a dos milímetros de mi piel, para que pudiera sentirla respirar. El aire caliente de su nariz me acariciaba la cara. El primer beso duró un segundo. El segundo, dos. El tercero, una eternidad. En ese vaivén, me acarició con los dientes el labio inferior. Luego mordió, un poquito primero, un poco más después. Apretó lo justo para que la piel cediera y brotara un pequeño hilo de sangre, que se confundió con el rojo de sus labios. Abrazados, el uno contra el otro, apenas nos dimos cuenta de que ya había anochecido.
Un siglo después, caímos los dos sobre mi espalda. Aún anudados por un abrazo que ninguno quería romper, nos dejamos caer sobre la cama para respirar juntos, sobre las sábanas, su olor. Noté en mi estómago el calor de su vientre, y cómo éste crecía y decrecía con el ritmo acelerado de su respiración. Repasé con los dedos la forma de sus costillas mientras hablábamos juntos, a voces, el silencioso lenguaje de los jadeos.
En medio de aquella oscuridad que nos impedía vernos, nos conocíamos mejor que nunca. Allí, piel contra piel, libramos una batalla en la que ninguno podíamos perder. Ella fue la primera en rendirse, pero firmó una tregua aparente cuando se dejó caer boca abajo sobre el colchón, ofreciéndome su espalda, que brillaba por el sudor a pesar de la negrura del otoño. Le aparté el pelo, largo, revuelto, rizado, y recorrí muy despacio, lentamente, el tramo de piel que partía en dos su espalda, desde la parte baja hasta llegar a la nuca. Bebiéndome su sudor. Ella, con los ojos cerrados, sonreía y se dejaba hacer. Cuando mi nariz se confundió con su pelo, caí rendido a su lado. Se volvió y me miró, sin perder esa sonrisa perenne de dientes grandes y blancos. Afiló la mirada, arrugó la nariz y cerró los ojos. Aquella batalla estaba a punto de finalizar, y aunque ninguno de los dos podíamos perder una cosa había quedado clara: ella había ganado.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Versos para una boda
La vida es una batalla en la que uno necesita aliados
Encontrar en otras manos unas manos amigas
Descubrir en otros labios unos besos olvidados
En otros brazos, un abrazo; una vida en otra vida
Nadie puede tragarse solo todo el polvo del camino
Masticar toda la tierra que el mundo escupe con saña
Aguantar las cuchilladas que tienes guardadas el destino
Sin sangrar sobre otra piel las heridas del mañana
Once años os contemplan, el futuro ya os aguarda
Las miradas serán siempre más ardientes que los votos,
Y hoy vosotros os miráis, desde dentro, desde el alma,
Hoy dejáis de ser un yo para convertiros en nosotros
Escribís la nueva historia los dos cogidos de la mano
Respiráis juntos, a la vez, las horas, los días, las semanas,
Hoy Pedro eres ya, más que un amigo, un hermano
Porque sostienes lo más grande, que es la vida de mi hermana
En sus miedos van mis miedos, en sus lágrimas mi llanto
En sus labios va dibujada la sombra de mi sonrisa
En sus ojos van mis sueños, en sus manos lleva tanto
Que tendrás que descubrirla muy despacio, sin prisa
Vendrán vientos traicioneros que agitarán vuestras verdades
Pero ahora sois más fuertes, juntos no hay quien os derrita
Y aunque llegue el frío del tiempo a romperos las edades
Las desgracias se dividen, las alegrías se multiplican
No hagáis caso de las voces que gritan por los pasillos
Ni de los ruidos que pelean por interrumpir vuestra canción
Las notas de vuestro amor resuenan más que los chillidos
Porque no hay acordes más grandes que los latidos del corazón
Brindo por el pasado, que es el que os ha unido
Brindo por todos los besos que tenéis que compartir
Levanto mi copa por ti, por él, por lo que habéis vivido
Y por todas esas caricias que aún están por venir
Por que no se atreva el mundo a dejaros en el olvido
Por que no empañen las lágrimas vuestras nuevas noches de abril
Encontrar en otras manos unas manos amigas
Descubrir en otros labios unos besos olvidados
En otros brazos, un abrazo; una vida en otra vida
Nadie puede tragarse solo todo el polvo del camino
Masticar toda la tierra que el mundo escupe con saña
Aguantar las cuchilladas que tienes guardadas el destino
Sin sangrar sobre otra piel las heridas del mañana
Once años os contemplan, el futuro ya os aguarda
Las miradas serán siempre más ardientes que los votos,
Y hoy vosotros os miráis, desde dentro, desde el alma,
Hoy dejáis de ser un yo para convertiros en nosotros
Escribís la nueva historia los dos cogidos de la mano
Respiráis juntos, a la vez, las horas, los días, las semanas,
Hoy Pedro eres ya, más que un amigo, un hermano
Porque sostienes lo más grande, que es la vida de mi hermana
En sus miedos van mis miedos, en sus lágrimas mi llanto
En sus labios va dibujada la sombra de mi sonrisa
En sus ojos van mis sueños, en sus manos lleva tanto
Que tendrás que descubrirla muy despacio, sin prisa
Vendrán vientos traicioneros que agitarán vuestras verdades
Pero ahora sois más fuertes, juntos no hay quien os derrita
Y aunque llegue el frío del tiempo a romperos las edades
Las desgracias se dividen, las alegrías se multiplican
No hagáis caso de las voces que gritan por los pasillos
Ni de los ruidos que pelean por interrumpir vuestra canción
Las notas de vuestro amor resuenan más que los chillidos
Porque no hay acordes más grandes que los latidos del corazón
Brindo por el pasado, que es el que os ha unido
Brindo por todos los besos que tenéis que compartir
Levanto mi copa por ti, por él, por lo que habéis vivido
Y por todas esas caricias que aún están por venir
Por que no se atreva el mundo a dejaros en el olvido
Por que no empañen las lágrimas vuestras nuevas noches de abril
lunes, 5 de septiembre de 2011
Pesadilla
Hacía frío, así que se cerró la gabardina y cruzó los brazos por delante del pecho, como si ese simple gesto sirviera para calentarse en mitad de aquella noche helada. La cola no avanzaba. Hacía veinte minutos que se había colocado en la fila delante de la taquilla, y apenas había caminado unos pasos. Si no se daban prisa por ahí delante, no llegaría a ver el inicio de la película. Lo cierto es que ni siquiera recordaba el título de la película que había ido a ver, así que levantó la cabeza y recorrió con la vista las imágenes que, en la marquesina del cine, mostraban la oferta para aquella noche. Recordó el nombre justo un segundo antes de localizar la imagen del cartel, el cuarto desde la derecha. Bien pensado, aquella no era su gabardina. O eso creía él. No recordaba haberla comprado nunca, así que se palpó instintivamente los bolsillo hasta que encontró lo que buscaba: un pequeño botón negro que siempre llevaba encima, a pesar de que nunca sabía de dónde lo había sacado. Lo acarició con los dedos, sin sacarlo del bolsillo, y se tranquilizó un poco. Justo en ese momento, la fila avanzó otro poco, y se situó unos pasos más cerca de la ventanilla.
Tenía el botón entre los dedos, así que no podía pasarle nada. No podía explicar por qué esa sensación, la del pequeño trozo de plástico redondo resbalando entre sus yemas, le servía para calmarse y le daba tranquilidad. No había una explicación razonable para ello. Y sin embargo. En los momentos más importantes de su vida, había estado con él, entre sus manos. Lo estaba apretando con el índice y el pulgar cuando el profesor dictaba las preguntas del último examen que le quedaba para acabar la carrera. Con los ojos cerrados, escuchó cómo una a una iban saliendo aquellas que mejor se había preparado, y supo que su sueño estaba a punto de cumplirse. También lo llevaba en la mano, apretado en el puño, cuando se acercó por primera vez a ella, la que luego fue su mujer, para decirle que le gustaba. Y estaba bien guardado en el bolsillo, debajo del pañuelo, el día de su boda. Ese botón le había acompañado en todos los momentos importantes. Y ahora estaba ahí, en el bolsillo, resguardado del frío, esperando a que le llegara el turno para entrar junto a él a la película.
Cuando llegó su turno, la cara de la taquillera le resultó familiar. Era muy parecida a la de una compañera de clase, en la facultad, a la que no veía desde hace unos años. Con una salvedad: aquella chica se llamaba Elena y la que ahora estaba frente a él, preguntándole qué película era la que había venido a ver, tenía una chapita en la solapa en la que ponía, con letras mayúsculas, Gema. Además, Elena se marchó después de acabar la carrera a otro país, y al menos que él supiera, no había vuelto. Compró la entrada y se encaminó hacia la puerta del cine, deseando ya que se abriera para recibirle con el calor de la sala.
El cambio de temperatura no hizo, sin embargo, que se quitara la gabardina. Era extraño. Como si su cuerpo se hubiera adaptado al calor que ahora le envolvía sin necesidad de despojarse de ropa. Como si la gabardina, y todo lo que llevaba puesto, formara parte de su piel. Localizó la sala en la que proyectaban la película y miró el reloj para preguntarse si le daba tiempo a comprar un refresco antes de entrar. Quedaban cinco minutos, y la cola en el puesto de las palomitas era aún mayor que la que había en la taquilla. Decidió entrar y sentarse a esperar el comienzo del filme.
Llevaba diez minutos sentado en su asiento, con la gabardina puesta, cuando una figura femenina cruzó delante de él, una fila más allá, y se sentó justo a su derecha. Estaba viendo los tráilers, pero no pudo evitar desviar la mirada hacia el perfil menudo que acababa de cruzarse ante él. Era ella. No la había visto desde que le había dejado, desde que decidió que los caminos que un día unieron ya no iban hacia el mismo lugar. Pensó en decirle algo, pero desistió, porque no quería que le llamaran la atención en el cine. Siempre le había dado vergüenza. A pesar de que intentó tranquilizarse, notó cómo el nerviosismo que había provocado su llegada iba creciendo poco a poco, hasta el punto de que, unos minutos después de que ella apareciera, no era su corazón el que latía en su pecho, sino una ira sorda que no le dejaba respirar.
Metió la mano en el bolsillo de la gabardina para buscar el botón, sabiendo que estaría allí. Pero el botón no estaba. En su lugar había un objeto frío, pequeño, que rodeó con la palma de la mano antes de sacarlo para ver qué era. Cuando la pantalla cambió de anuncio, pudo ver que sostenía la empuñadura de una navaja, de esas que llevan la cuchilla hundida en medio. Sin saber por qué, la desplegó, y la observó un segundo antes de agachar la mano y ponerla junto a su pierna, para evitar que el reflejo de la luz en el filo atrajera algunas miradas. No quería que le llamaran la atención en el cine. Se pasó la navaja, cuidadosamente, de la mano derecha, en la que la sostenía, a la mano izquierda, su mano natural. Ser zurdo era, según se mire, una ventaja.
Fue su cuerpo quien respondió por él. Cuando la película empezó, y la oscuridad de un bosque en el que la protagonista corría al inicio del filme llenó la pantalla, se inclinó hacia delante hasta que estuvo justo detrás de ella. Luego todo sucedió muy deprisa. Como si de unas manos expertas se tratasen, rodeó con la derecha la cabeza de la chica y puso la palma en su frente, empujándola hacia atrás, al tiempo que apoyaba la punta de la navaja en el lado derecho de su cuello, y la deslizaba con celeridad, hundiéndola cada vez más, hacia el otro lado. Una sábana de sangre cubrió la garganta de la chica, de la que salió un grito ahogado que nadie pudo escuchar.
En ese momento despertó. Se incorporó de un salto y quedó sentado en la cama, jadeando. Un sudor frío le recorría la espalda. La habitación estaba vacía, y la ventana, abierta. Trató de tranquilizarse y respiró hondo un par de veces, antes de volver la cabeza y ver, en la mesita, el pequeño botón. Lo cogió y lo apretó un par de veces, hasta sentir cómo su corazón recuperaba poco a poco su ritmo normal, y su pecho ya no palpitaba. Dejó el botón otra vez en la mesita, a mano, bien cerca, por si lo necesitaba otra vez, y miró el reloj. Eran las 3.42 de la mañana. Se levantó y se encaminó al baño, para beber un poco de agua. Encendió la luz y se miró en el espejo, y descubrió una frente perlada de sudor, un rostro pálido como la luna. Tenía mala cara. Abrió el grifo y ahuecó las manos al ponerlas debajo, para beber.
Entonces, el lavabo se llenó de sangre.
Tenía el botón entre los dedos, así que no podía pasarle nada. No podía explicar por qué esa sensación, la del pequeño trozo de plástico redondo resbalando entre sus yemas, le servía para calmarse y le daba tranquilidad. No había una explicación razonable para ello. Y sin embargo. En los momentos más importantes de su vida, había estado con él, entre sus manos. Lo estaba apretando con el índice y el pulgar cuando el profesor dictaba las preguntas del último examen que le quedaba para acabar la carrera. Con los ojos cerrados, escuchó cómo una a una iban saliendo aquellas que mejor se había preparado, y supo que su sueño estaba a punto de cumplirse. También lo llevaba en la mano, apretado en el puño, cuando se acercó por primera vez a ella, la que luego fue su mujer, para decirle que le gustaba. Y estaba bien guardado en el bolsillo, debajo del pañuelo, el día de su boda. Ese botón le había acompañado en todos los momentos importantes. Y ahora estaba ahí, en el bolsillo, resguardado del frío, esperando a que le llegara el turno para entrar junto a él a la película.
Cuando llegó su turno, la cara de la taquillera le resultó familiar. Era muy parecida a la de una compañera de clase, en la facultad, a la que no veía desde hace unos años. Con una salvedad: aquella chica se llamaba Elena y la que ahora estaba frente a él, preguntándole qué película era la que había venido a ver, tenía una chapita en la solapa en la que ponía, con letras mayúsculas, Gema. Además, Elena se marchó después de acabar la carrera a otro país, y al menos que él supiera, no había vuelto. Compró la entrada y se encaminó hacia la puerta del cine, deseando ya que se abriera para recibirle con el calor de la sala.
El cambio de temperatura no hizo, sin embargo, que se quitara la gabardina. Era extraño. Como si su cuerpo se hubiera adaptado al calor que ahora le envolvía sin necesidad de despojarse de ropa. Como si la gabardina, y todo lo que llevaba puesto, formara parte de su piel. Localizó la sala en la que proyectaban la película y miró el reloj para preguntarse si le daba tiempo a comprar un refresco antes de entrar. Quedaban cinco minutos, y la cola en el puesto de las palomitas era aún mayor que la que había en la taquilla. Decidió entrar y sentarse a esperar el comienzo del filme.
Llevaba diez minutos sentado en su asiento, con la gabardina puesta, cuando una figura femenina cruzó delante de él, una fila más allá, y se sentó justo a su derecha. Estaba viendo los tráilers, pero no pudo evitar desviar la mirada hacia el perfil menudo que acababa de cruzarse ante él. Era ella. No la había visto desde que le había dejado, desde que decidió que los caminos que un día unieron ya no iban hacia el mismo lugar. Pensó en decirle algo, pero desistió, porque no quería que le llamaran la atención en el cine. Siempre le había dado vergüenza. A pesar de que intentó tranquilizarse, notó cómo el nerviosismo que había provocado su llegada iba creciendo poco a poco, hasta el punto de que, unos minutos después de que ella apareciera, no era su corazón el que latía en su pecho, sino una ira sorda que no le dejaba respirar.
Metió la mano en el bolsillo de la gabardina para buscar el botón, sabiendo que estaría allí. Pero el botón no estaba. En su lugar había un objeto frío, pequeño, que rodeó con la palma de la mano antes de sacarlo para ver qué era. Cuando la pantalla cambió de anuncio, pudo ver que sostenía la empuñadura de una navaja, de esas que llevan la cuchilla hundida en medio. Sin saber por qué, la desplegó, y la observó un segundo antes de agachar la mano y ponerla junto a su pierna, para evitar que el reflejo de la luz en el filo atrajera algunas miradas. No quería que le llamaran la atención en el cine. Se pasó la navaja, cuidadosamente, de la mano derecha, en la que la sostenía, a la mano izquierda, su mano natural. Ser zurdo era, según se mire, una ventaja.
Fue su cuerpo quien respondió por él. Cuando la película empezó, y la oscuridad de un bosque en el que la protagonista corría al inicio del filme llenó la pantalla, se inclinó hacia delante hasta que estuvo justo detrás de ella. Luego todo sucedió muy deprisa. Como si de unas manos expertas se tratasen, rodeó con la derecha la cabeza de la chica y puso la palma en su frente, empujándola hacia atrás, al tiempo que apoyaba la punta de la navaja en el lado derecho de su cuello, y la deslizaba con celeridad, hundiéndola cada vez más, hacia el otro lado. Una sábana de sangre cubrió la garganta de la chica, de la que salió un grito ahogado que nadie pudo escuchar.
En ese momento despertó. Se incorporó de un salto y quedó sentado en la cama, jadeando. Un sudor frío le recorría la espalda. La habitación estaba vacía, y la ventana, abierta. Trató de tranquilizarse y respiró hondo un par de veces, antes de volver la cabeza y ver, en la mesita, el pequeño botón. Lo cogió y lo apretó un par de veces, hasta sentir cómo su corazón recuperaba poco a poco su ritmo normal, y su pecho ya no palpitaba. Dejó el botón otra vez en la mesita, a mano, bien cerca, por si lo necesitaba otra vez, y miró el reloj. Eran las 3.42 de la mañana. Se levantó y se encaminó al baño, para beber un poco de agua. Encendió la luz y se miró en el espejo, y descubrió una frente perlada de sudor, un rostro pálido como la luna. Tenía mala cara. Abrió el grifo y ahuecó las manos al ponerlas debajo, para beber.
Entonces, el lavabo se llenó de sangre.
martes, 30 de agosto de 2011
Espalda con espalda
Sentado en el suelo, de cara a la pared, puedo percibir detrás de mí los limpios sonidos de la noche. Oigo cómo el cielo se estremece con las primeras caricias del otoño mientras vomita puntos de luz a través de las nubes que traen tormenta. Pronto va a llover. No sé cuántas horas llevo aquí, en la misma posición, con la vista puesta en la pared, donde cuelga un reloj que se paró hace muchos años, en otra noche, quizá, como ésta. A pesar de la perezosa quietud de sus agujas, dos veces al día me dice la hora correcta. Pero ahora no. Hace minutos que marca un momento pasado, el momento en el que me obligué a arrancar tu sonrisa de mi vida, a sacar de mis mañanas tu olor a miel, tu mirada por encima de mi mirada; el momento en el que empecé a morirme poco a poco sin que nadie se diera cuenta. La soledad es un líquido ambarino que corre garganta abajo camino de las entrañas, y a su paso lo quema todo: el alma, las venas, la sangre y los pulmones, los rincones del corazón. Quema a pesar de la sal que rescato de mis mejillas, de las lágrimas que en silencio derramo y lamo con la punta de la lengua, adormecida por el alcohol. La soledad es un trago amargo, aunque se disfrute en compañía.
A pesar del frío que hace fuera, y que empaña la ventana que hay detrás de mí, por la que ella ve oscurecer, noto cómo por mi espalda resbalan dos gotas diferentes de un mismo sudor. El mío, conocido; el suyo, tan familiar a pesar de la distancia. Ésa es la forma en la que su cuerpo me acaricia, con una gota compartida que resbala lentamente por mi espina dorsal, que me araña sin filo, una mordedura. En el tiempo que llevamos aquí, la mañana se ha hecho tarde, y la tarde se ha convertido en una noche cerrada que pronto dejará paso al día, pero nada nos importa. Nadie nos espera. No hay nada ahí afuera que nos vaya a desesperar. Ya no. Por eso seguimos aquí, desnudos, espalda con espalda, bebiendo directamente de la misma botella y saboreando, en cada trago, el poso de los problemas del otro.
De cuando en cuando, ella tararea una canción conocida. La canta suavecito, tanto que a veces la única forma que tengo de saber que lo está haciendo es notar cómo reverbera el aire en su pecho, cómo rebota en su espalda antes de salir por esos labios empapados en alcohol, camino de la ventana. Y casi puedo ver cómo esos ojos del color del mar dejan escapar una ola en forma de lágrima, también con la misma sal, que se pierde piel abajo hasta morir en el suelo. Por la noche siempre sube la marea.
Llevamos horas aquí y ni siquiera nos hemos mirado. No nos hace falta. Nos hemos visto en tantas noches que nos sabemos de memoria. No recuerdo quién llegó primero, quién dejó atrás las ventanas de su vida para abrir la puerta de esta habitación, desnudarse y sentarse en el suelo, con la botella al lado, esperando la compañía del tiempo y del lamento compartido. No recuerdo quién llegó después, se desnudó en silencio y se sentó, espalda con espalda, para bebernos lo que nos queda por respirar, para latir juntos hasta el final. Sólo recuerdo que la ensoñación en que se habían convertido mis días cesó cuando noté sobre mi piel el calor de otra piel, y la botella empezó a viajar de unas manos a otras.
Yo se la paso con mis problemas en el cuello. Con esta desazón que no sé cómo explicar, con la taciturna decadencia de mis letras. Con mis noches, cada vez más largas, y mis días, grises y oscuros. Con esta soledad que no me quito de encima ni con los tragos a quemarropa de esta tormenta otoñal. Sin más estímulos que la distancia. Sin más recuerdos que los que edifiqué contigo, sin que tú lo supieras, sin que tú los quisieras compartir. Cuánto daño me estás haciendo, sin saberlo. Sin que yo lo sepa.
Cuando vuelve la botella, lleva los suyos bien pegados. El alcohol sabe a desencanto, a los amores que no volverán. A las estrellas que se han ido porque han llegado las nubes. A los amaneceres en los tejados de una ciudad sin nombre ni letras que descifrar. A lo que pudo ser. A lo que nunca ha sido. A lo que ya no será.
A todo eso sabe la soledad, y todo eso lo vamos descubriendo, sin hablarnos, el uno del otro, mientras nos damos cuenta de que ya lo sabíamos tiempo atrás. A todo eso sabe la soledad, y aun así nos la bebemos, a pesar de todo. O precisamente por eso. Porque de amargura también se vive. Y por encima de sus matices, la soledad es un trago amargo, pura cicuta. Y aun así, nos la bebemos, espalda con espalda mientras, de fondo, muy bajito, suena una ranchera…
A pesar del frío que hace fuera, y que empaña la ventana que hay detrás de mí, por la que ella ve oscurecer, noto cómo por mi espalda resbalan dos gotas diferentes de un mismo sudor. El mío, conocido; el suyo, tan familiar a pesar de la distancia. Ésa es la forma en la que su cuerpo me acaricia, con una gota compartida que resbala lentamente por mi espina dorsal, que me araña sin filo, una mordedura. En el tiempo que llevamos aquí, la mañana se ha hecho tarde, y la tarde se ha convertido en una noche cerrada que pronto dejará paso al día, pero nada nos importa. Nadie nos espera. No hay nada ahí afuera que nos vaya a desesperar. Ya no. Por eso seguimos aquí, desnudos, espalda con espalda, bebiendo directamente de la misma botella y saboreando, en cada trago, el poso de los problemas del otro.
De cuando en cuando, ella tararea una canción conocida. La canta suavecito, tanto que a veces la única forma que tengo de saber que lo está haciendo es notar cómo reverbera el aire en su pecho, cómo rebota en su espalda antes de salir por esos labios empapados en alcohol, camino de la ventana. Y casi puedo ver cómo esos ojos del color del mar dejan escapar una ola en forma de lágrima, también con la misma sal, que se pierde piel abajo hasta morir en el suelo. Por la noche siempre sube la marea.
Llevamos horas aquí y ni siquiera nos hemos mirado. No nos hace falta. Nos hemos visto en tantas noches que nos sabemos de memoria. No recuerdo quién llegó primero, quién dejó atrás las ventanas de su vida para abrir la puerta de esta habitación, desnudarse y sentarse en el suelo, con la botella al lado, esperando la compañía del tiempo y del lamento compartido. No recuerdo quién llegó después, se desnudó en silencio y se sentó, espalda con espalda, para bebernos lo que nos queda por respirar, para latir juntos hasta el final. Sólo recuerdo que la ensoñación en que se habían convertido mis días cesó cuando noté sobre mi piel el calor de otra piel, y la botella empezó a viajar de unas manos a otras.
Yo se la paso con mis problemas en el cuello. Con esta desazón que no sé cómo explicar, con la taciturna decadencia de mis letras. Con mis noches, cada vez más largas, y mis días, grises y oscuros. Con esta soledad que no me quito de encima ni con los tragos a quemarropa de esta tormenta otoñal. Sin más estímulos que la distancia. Sin más recuerdos que los que edifiqué contigo, sin que tú lo supieras, sin que tú los quisieras compartir. Cuánto daño me estás haciendo, sin saberlo. Sin que yo lo sepa.
Cuando vuelve la botella, lleva los suyos bien pegados. El alcohol sabe a desencanto, a los amores que no volverán. A las estrellas que se han ido porque han llegado las nubes. A los amaneceres en los tejados de una ciudad sin nombre ni letras que descifrar. A lo que pudo ser. A lo que nunca ha sido. A lo que ya no será.
A todo eso sabe la soledad, y todo eso lo vamos descubriendo, sin hablarnos, el uno del otro, mientras nos damos cuenta de que ya lo sabíamos tiempo atrás. A todo eso sabe la soledad, y aun así nos la bebemos, a pesar de todo. O precisamente por eso. Porque de amargura también se vive. Y por encima de sus matices, la soledad es un trago amargo, pura cicuta. Y aun así, nos la bebemos, espalda con espalda mientras, de fondo, muy bajito, suena una ranchera…
lunes, 4 de julio de 2011
Esa voz...
Por la noche, cuando toda la ciudad dormía, le gustaba escuchar su voz. Era como un pequeño ritual, un vicio secreto que no compartía con nadie, que ocultaba con deleite. Esperaba a que todas las luces de la casa se hubieran apagado, a que el silencio de la noche hubiera amortiguado todos los ruidos que quedaban del día que acababa de terminar, para acudir a su cita entre las sábanas, a salvo de todo el mundo. Allí, protegido por la penumbra, encendía el pequeño transistor de pilas que había rescatado entre los objetos usados de un mercadillo itinerante, tocaba un poco la rueda que sintonizaba las emisoras y cuando encontraba su voz entre las decenas de matices que ofrecía la radio a esas horas, ajustaba el volumen para que aquella conversación fuera un intercambio de susurros. Y se la pegaba a la oreja. Dejaba el pequeño aparato junto a la almohada, bien cerquita de su cabeza, para que el aire no se llevara ni una sola de las palabras que salían de su boca a cientos, quizá miles, de kilómetros de allí. Y jugaba a imaginársela. Como cada noche.
Después de decenas de encuentros, casi la podía ver. Le bastaba con cerrar los ojos y dejar que aquel tono de voz, dulce, le envolviera como una lengua de aire caliente que, sin embargo, le erizaba todos los poros de la piel. Cada palabra, una caricia; una especie de abrazo cada uno de sus silencios. Con los ojos cerrados, y esa voz de arrullo hablándole al oído, la soñaba sentada delante del micrófono en una habitación iluminada por la afilada luz de un fluorescente, sin más compañía que aquellos cascos que le enmarcaban la cabeza, aplastando el anárquico ondular de su pelo castaño, casi negro. Y sentía que esos ojos, abiertos de par en par, en competencia con la luna, le miraban fijamente, y ella hablaba para él, mientras enredaba con el dedo, jugando sin querer, el cable del micrófono. Podía ver sus manos. Esos dedos finos que no paraban quietos, ahora con el cable, ahora golpeteando con suavidad el tablero de la mesa. Esas manos siempre abiertas, con aquel anillo de plata que, de vez en cuando, distraída, se cambiaba de un dedo a otro, mientras seguía hablando, sin parar, poniendo voz a un montón de historias que convertían la noche en un pequeño confesionario público. Y que le permitían ver, a través de sus palabras, la vida de muchas personas que, como él, compartían el vicio de la oscuridad.
O la penitencia de la oscuridad. Desde que había perdido la vista, era la voz de aquella locutora la que marcaba la frontera entre los días y las noches. Era su particular forma de ver el mundo, de soñar despierto. Se había enamorado de aquella voz, lejana, inalcanzable, y había dibujado en torno a ella un rostro que creía real, palpable para el resto de los sentidos, aquellos que todavía podía usar. Estaba seguro de que la imagen real que se ocultaba al otro lado de las ondas no distaría mucho del retrato que él había formado a partir de aquella voz. Y amaba tanto aquella voz que había llegado a enamorarse de aquella imagen.
Aquella noche se armó de valor y decidió llamarla. Marcó el número un par de veces en el teléfono móvil que tenía en la mesita y colgó cuando escuchó el primer tono sonar, temblando debajo de las sábanas, con la voz todavía susurrándole al oído. Sabía que si su llamada entraba en antena, cosa que no sería complicado ya que no había mucha gente que llamara a esa radio a aquellas horas, debía apagar el transistor, y no sabía cómo enfrentarse a aquel intervalo de silencio que sucedería entre los dos. La tercera vez que marcó ya no colgó, y dejó que los tonos sonaran mientras su cuerpo se retorcía en mitad de la oscuridad, acariciado por aquellos susurros. Una voz extraña apareció al otro lado y le preguntó por su historia, y él soltó una mentira que había ensayado noche tras noche. Una ruptura sentimental al uso, una mujer que se había marchado y que probablemente ya no volvería. “En unos segundos estarás en antena”, le dijeron, y se limitó a esperar.
Cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono, una lágrima se asomó desde uno de esos ojos que ya de nada servían, y le falló la voz al contestar. Dijo su nombre, el de verdad, y empezó a contar su historia, esta vez la de su vida. Hacía poco tiempo que había perdido la visión, pero se le habían afilado el resto de los sentidos. El olfato, sí, y el tacto, también, pero sobre todo el oído. Y llegó la noche, siempre la noche, y apareciste tú. O bueno, más exactamente, tu voz. Y fue de noche, a través de ti, a través de tu voz, como volví a ver el mundo, como recordé lo que era vivir con luz. Y desde entonces, te escucho todas las noches, en medio de esta oscuridad que es perenne para mí. Enciendo la radio y la pongo en la almohada, y juego a que me susurras, a que estás aquí, contándome cómo ha sido este día que yo me acabo de perder… Y así estuvo durante dos minutos, abriéndose en canal, dejando que las palabras, sin miedo esta vez, le salieran de lo más hondo, de allí donde siempre hay oscuridad. Durante esos dos minutos, al otro lado sólo hubo silencio.
“Así que, por favor, nunca dejes de hablarme”, terminó.
Y colgó el teléfono mientras encendía, muy rápido, la radio. Y allí, en ese rincón secreto donde la noche le regalaba susurros, la oyó sollozar…
Para Gema, por tanto...
Después de decenas de encuentros, casi la podía ver. Le bastaba con cerrar los ojos y dejar que aquel tono de voz, dulce, le envolviera como una lengua de aire caliente que, sin embargo, le erizaba todos los poros de la piel. Cada palabra, una caricia; una especie de abrazo cada uno de sus silencios. Con los ojos cerrados, y esa voz de arrullo hablándole al oído, la soñaba sentada delante del micrófono en una habitación iluminada por la afilada luz de un fluorescente, sin más compañía que aquellos cascos que le enmarcaban la cabeza, aplastando el anárquico ondular de su pelo castaño, casi negro. Y sentía que esos ojos, abiertos de par en par, en competencia con la luna, le miraban fijamente, y ella hablaba para él, mientras enredaba con el dedo, jugando sin querer, el cable del micrófono. Podía ver sus manos. Esos dedos finos que no paraban quietos, ahora con el cable, ahora golpeteando con suavidad el tablero de la mesa. Esas manos siempre abiertas, con aquel anillo de plata que, de vez en cuando, distraída, se cambiaba de un dedo a otro, mientras seguía hablando, sin parar, poniendo voz a un montón de historias que convertían la noche en un pequeño confesionario público. Y que le permitían ver, a través de sus palabras, la vida de muchas personas que, como él, compartían el vicio de la oscuridad.
O la penitencia de la oscuridad. Desde que había perdido la vista, era la voz de aquella locutora la que marcaba la frontera entre los días y las noches. Era su particular forma de ver el mundo, de soñar despierto. Se había enamorado de aquella voz, lejana, inalcanzable, y había dibujado en torno a ella un rostro que creía real, palpable para el resto de los sentidos, aquellos que todavía podía usar. Estaba seguro de que la imagen real que se ocultaba al otro lado de las ondas no distaría mucho del retrato que él había formado a partir de aquella voz. Y amaba tanto aquella voz que había llegado a enamorarse de aquella imagen.
Aquella noche se armó de valor y decidió llamarla. Marcó el número un par de veces en el teléfono móvil que tenía en la mesita y colgó cuando escuchó el primer tono sonar, temblando debajo de las sábanas, con la voz todavía susurrándole al oído. Sabía que si su llamada entraba en antena, cosa que no sería complicado ya que no había mucha gente que llamara a esa radio a aquellas horas, debía apagar el transistor, y no sabía cómo enfrentarse a aquel intervalo de silencio que sucedería entre los dos. La tercera vez que marcó ya no colgó, y dejó que los tonos sonaran mientras su cuerpo se retorcía en mitad de la oscuridad, acariciado por aquellos susurros. Una voz extraña apareció al otro lado y le preguntó por su historia, y él soltó una mentira que había ensayado noche tras noche. Una ruptura sentimental al uso, una mujer que se había marchado y que probablemente ya no volvería. “En unos segundos estarás en antena”, le dijeron, y se limitó a esperar.
Cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono, una lágrima se asomó desde uno de esos ojos que ya de nada servían, y le falló la voz al contestar. Dijo su nombre, el de verdad, y empezó a contar su historia, esta vez la de su vida. Hacía poco tiempo que había perdido la visión, pero se le habían afilado el resto de los sentidos. El olfato, sí, y el tacto, también, pero sobre todo el oído. Y llegó la noche, siempre la noche, y apareciste tú. O bueno, más exactamente, tu voz. Y fue de noche, a través de ti, a través de tu voz, como volví a ver el mundo, como recordé lo que era vivir con luz. Y desde entonces, te escucho todas las noches, en medio de esta oscuridad que es perenne para mí. Enciendo la radio y la pongo en la almohada, y juego a que me susurras, a que estás aquí, contándome cómo ha sido este día que yo me acabo de perder… Y así estuvo durante dos minutos, abriéndose en canal, dejando que las palabras, sin miedo esta vez, le salieran de lo más hondo, de allí donde siempre hay oscuridad. Durante esos dos minutos, al otro lado sólo hubo silencio.
“Así que, por favor, nunca dejes de hablarme”, terminó.
Y colgó el teléfono mientras encendía, muy rápido, la radio. Y allí, en ese rincón secreto donde la noche le regalaba susurros, la oyó sollozar…
Para Gema, por tanto...
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