jueves, 15 de julio de 2010

Detrás de unos ojos azules (I)

Cerró el libro, apuró de un sorbo la taza de café y casi por instinto, miró el reloj. La 1:56. Las últimas líneas que había leído hace tan sólo unos momentos seguían resonando en su mente, y las apartó de un manotazo. Era el momento de volver a la realidad, y la realidad se concentraba en ese pequeño café, abierto las veinticuatro horas, en el que su soledad le hacía compañía. Ocupaba una de las mesas junto a la ventana, y tenía detrás suya la barra, donde un camarero limpiaba distraídamente el polvo acumulado en las botellas. Se dio la vuelta y le hizo una seña para pedir otro café.

No estaba sola en el bar, pero era la única que estaba sentada en uno de los apartados. Tenía sobre la mesa el libro que estaba leyendo, el pañuelo que se acababa de quitar y el bolso, con el teléfono asomando por la cremallera abierta. Junto a la barra, de pie, tres hombres discutían acerca de un montón de vanidades mientras vigilaban sus taxis, aparcados junto a la acera. Habían hecho un pequeño alto en la noche para tomar algo, pero los tres miraban nerviosos hacia la puerta, como esperando que algún cliente distraído se acercara a alguno de los coches buscando una forma rápida de volver a casa. De cuando en cuando, alguno de ellos le dirigía una mirada de soslayo, y a pesar de que estaba de espaldas a los taxistas podía sentir sus ojos clavándose en la nuca. No era de extrañar, estaba sola en el bar, de madrugada, y parecía no tener prisa por irse. A cualquiera le hubiera extrañado.

Cuando se acercó el camarero con el café, miró por la ventana. Empezaba a llover. Eran las primeras gotas de un otoño tardío, quizá el anuncio de un invierno madrugador. Se arrepintió al instante de haber salido de casa sin coger la chaqueta, y aunque llevaba una camiseta de manga larga, le preocupaba volver a casa empapada. Quizá no llueva para entonces, se dijo a sí misma, y por un momento se descubrió embelesada con una gota de agua que se deslizaba, poco a poco, por todo el ventanal. La acompañó hasta que se perdió por la parte baja del cristal, y después siguió mirando cómo caía la lluvia.

Las calles de la ciudad estaban desiertas. El corazón urbano que durante el día envolvía todo de un ritmo frenético latía ahora con una pausada melancolía. La plaza en la que estaba el café recibía las gotas de agua con una extraña letanía que sonaba desacompasada, olvidando que hacía sólo unos días sus rincones agradecían el suave trasnochar de las noches de verano. Ya no había niños que jugaban a esconderse detrás de los bancos, ni en las arboledas. Ya no había familias que se juntaban para hablar del tiempo mientras la tenue brisa de la noche envolvía sus cuerpos y alejaba el calor. Ya no había nadie en la plaza. Tan sólo un café abierto veinticuatro horas y tres taxis en la puerta, que pronto partirían para seguir recorriendo la ciudad.

De repente, sintió unas ganas acuciantes de fumar, de encender un cigarrillo y perderse de nuevo en ese sabor amargo que devolvía el color a las cosas, a la vez que tiñe de negro los pulmones. Dejó de fumar hace tres meses, pero por un momento se sintió tentada de levantarse y pedir a alguno de los tres hombres, que en estos momentos hablaban de fútbol, que le dieran un pitillo. Le había costado mucho trabajo dejar el hábito, y se prometió que nunca más volvería, pero sentía una necesidad enorme de dejar volar su mente detrás de las volutas de humo, hasta que ambos, pensamientos y alquitrán, se perdieran en el techo. Sin saber por qué, miró hacia arriba, consiguiendo, de paso, que ese gesto, aparentemente liviano, delatara a los ojos del resto su impaciencia.

Echó el azúcar en el café y se puso a darle vueltas, sin saber siquiera si iba a probar un sorbo de él. Por primera vez en todo el día, dejó la mente en blanco y se dejó llevar, pretendiendo que las imágenes acudieran solas a la memoria, sin necesidad de llamarlas. Es curioso cómo el cerebro selecciona sólo los buenos momentos cuando uno se acerca al abismo, quizá buscando un último aliento que invite a retroceder, a dar la vuelta y volver por donde hemos venido. Todas las estampas que escupió su mente fueron buenos recuerdos, algunos inconexos, otros que nada tenían que ver, como si trataran de engañarla colando imágenes de otra película con el fin de hacer más interesante la que ahora se estaba rodando. Detrás de ella, los tres taxistas pidieron la cuenta y se marcharon, no sin antes despedirse efusivamente junto a la puerta. Cada uno se metió en su coche y los tres partieron, uno detrás de otro, como en una procesión de vehículos con destino a ninguna parte. El bar, por fin, quedó en silencio.

Fue entonces cuando acertó a distinguir las letras que salían del hilo musical. Era un susurro leve, pero la noche y el silencio amplificaban los acordes y los hacían perfectamente audibles. Reconoció muy pronto las letras de Peter Townshend, aunque la voz estaba muy lejos de The Who. Era una versión nueva de Behind Blue Eyes, y aunque no lo sabía estaba escuchando los acordes de Limp Bizkit. Se dejó acariciar por la melodía y cerró los ojos, y al hacerlo consiguió ampliar la intensidad de las imágenes que su mente disparaba. Incluso le pareció distinguir con claridad que algunas de ellas no pertenecían siquiera a su vida. Podían ser de películas que había visto, de sueños que había tenido o parte de las historias que le habían contado, pero no las había vivido, eso seguro. Aun así, se dejó engañar por su cerebro y siguió contemplando sus recuerdos con los ojos cerrados unos segundos más, el tiempo que tardó el primer trueno en romper en dos el cielo de la ciudad y dejar su eco por todos los rincones.

Miró de nuevo por la ventana y vio cómo la lluvia caía con más intensidad. El otoño, definitivamente, había llegado. Adiós a las eternas tardes de verano, a las noches que empezaban en la calle y terminaban en la colina, en un abrazo al amanecer. Adiós al último verano juntos. Era el momento de cambiar de estación. Se llevó la taza de café a la boca y se mojó los labios, pero apenas tragó nada. Miró de nuevo el reloj. Eran las 2:00. Una silueta apareció al fondo de la plaza, por mitad de la calle, dejándose envolver por la lluvia. No sabía qué iba a pasar, pero ya no había vuelta atrás. Desconectó su cerebro y pronto dejó de recibir imágenes. Se quedó sola con la música, con las letras que salían de detrás de los ojos azules. Pasara lo que pasase, estaba a punto de suceder.

viernes, 11 de junio de 2010

El hombre de pausado caminar

Caminaba tan decidido que seguro que no sabía hacia dónde se dirigía

En medio de la tenue luz de una ciudad desierta, se distingue el ruido de las pisadas del hombre de pausado caminar. Es hijo de ninguna parte, y se siente en esta tierra, como en cualquier otra, un extraño. De tragos amargos tiene la garganta llena, y el paladar rugoso sólo le devuelve arena desde las entrañas cuando se esfuerza por tragar una saliva que duele, de tanto veneno como lleva. Su vida, como su alma, reposa en un hatillo al que se le ven las costuras, mal zurcidas y mal cuidadas por un tiempo que pasa y no ayuda. Todo lo que tiene lo lleva puesto, o sobre el hombro, y tiene por casa el rincón más grande del mundo: la calle. En su inhóspita habitación, nunca elige la compañía, y se conforma con la que el azar le regala, ya sea una corta conversación o los latigazos acerados de la más cruel indiferencia.

Esta noche, como muchas otras, se ha cansado de la ciudad, y ha roto su andar tranquilo para llenarse de una decisión como las que ya no quedan, y salir hacia la negrura en busca de otro lugar habitable, otra calle en la que dormir, otra acera en la que llorar. Ni siquiera sabe por qué llora, porque bien pensado, ni siquiera recuerda su nombre. ¿Para qué? ¿Quién lo necesita cuando nadie le va a llamar? Para casi todo el mundo no existe, a pesar de pasarse las horas sentado junto a la puerta del centro comercial. Quien le habla es para recriminarle que beba y no se lave, que no se ponga a trabajar. Como si eso fuera tan fácil. Como si no fuera el alcohol el único abrazo caliente que recibe día tras día. Como si la ginebra no fuera la única capaz de intentar contestar las preguntas que nunca formula porque no encuentra las palabras. Hay gente que le habla, sí, y también gente que le insulta. No le duelen las patadas de esos malnacidos que castigan a aquel que no tiene la suerte que ellos tuvieron. No le duelen los insultos de la gente. El frío de la calle le ha trizado el corazón, y ya no le duele nada.

Por eso, esta noche, camina decidido, pero con suavidad, casi con ternura, hacia una nueva isla desierta. Lleva por centinela las luces apagadas de un presente asesino, de un futuro al que nunca llegará. En la soledad de la avenida, sus pasos repiquetean en las baldosas de la acera, mientras se aleja de unas casas en las que nunca ha vivido, de unas calles en las que nada ha dejado. Para él sólo queda un poso de melancolía en la ajada taza del alma. Camina, sin mirar atrás, hacia una autovía oscura, y ante él se yergue una rotonda que indica el final de la luz. Detrás, desafiante, una carretera negra como boca de lobo, como una gran cueva que no tiene final, y si lo hay, está a decenas de kilómetros de distancia. No le importa, no le da miedo la oscuridad. Algunos coches parten en dos la avenida con sus luces, pero ni siquiera les mira porque sabe que nunca le llevarán. Si quiere inventar un nuevo destino, tendrá que hacerlo solo. Él y la oscuridad.

Casi ha llegado al borde del precipicio cuando lee por el rabillo del ojo las letras que coronan la rotonda. ‘Hasta pronto’, rezan, ‘hasta nunca’, dice él, justo antes de perderse en la oscuridad. La noche escupe una brisa invernal que congela los últimos resquicios de la primavera, y llena el suelo de charcos. El aire huele a lluvia, y la humedad se pega en los bolsillos de un abrigo raído, que guarda en la solapa los besos olvidados de una hija a la que no ve, de una mujer que ya no le quiere; de una vida que ya no le soporta. El negro de la carretera se traga su silueta mientras la ciudad sigue dormida, y el suave vaivén de la noche acompasa todos sus sueños. De fondo, a lo lejos, en lo más hondo de la carretera, se oye el chapoteo en los charcos de los rotos zapatos del hombre de pausado caminar…

martes, 8 de junio de 2010

Capítulo Segundo

Otro retal mal cosido que he encontrado por el baúl de los párrafos olvidados. A partir de aquí, tocará improvisar de nuevo...


Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.

Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.

A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad.

Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido, en principio de una nueva vida marcada para siempre por las sombras. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.

martes, 11 de mayo de 2010

Capítulo Primero

He decidido buscar en el baúl y recuperar historias inconexas para tratar de construir algo que no sé siquiera si terminaré. Lo intentaré. Se lo debo a Indo, porque cuando uno trabaja con palabras, a veces hace falta un empujón para invitarte a escribir, y ella me lo da continuamente. Gracias

Hay algo hipnótico en la oscuridad, un gran poder de seducción en las sombras. Las noches retiran la piel a jirones y nos muestran tal y como somos, desnudos en medio de la negrura, a merced de unas ciudades que resuenan durante el día, excitadas por los rayos del sol, pero que de noche susurran secretos ocultos que nadie quiere escuchar. Todas las noches son oscuras, y la gente le tiene miedo a la oscuridad. Yo no. A mí lo que me aterra es la luz del sol, los días, las apariencias. Cada mañana nos ponemos un disfraz con el que representar nuestra pequeña historia. Somos maridos ejemplares, estudiantes aplicados, mujeres decididas. Somos un puñado de mentiras que se cruzan intentando tejer una realidad creíble, un mundo en equilibrio.

Pero, de pronto, llega la noche, y con ella aparece nuestro verdadero rostro. Dejamos de ser perfectos, de comportarnos como todos esperan que lo hagamos. Y mentimos, mentimos porque mentir es nuestra realidad, mentimos porque somos mentirosos, huraños, violentos, lascivos. La negra espesura del cielo se mece lentamente como un mar en penumbra hasta que alarga su brazo y remueve nuestras entrañas en busca de nuestra esencia, y la muestra tal y como es. La noche no engaña, la oscuridad es un cristal transparente que no distorsiona, un cristal que filtra las apariencias y las convierte en polvo, y en medio de ese polvo surgen de verdad nuestras podridas almas.

A mí me mató la noche. Fue una forma cruel de desenmascararme porque sentí cómo una lengua de fuego me abrasaba la piel y la despegaba lentamente de la carne, y me abrasaba vivo, sin perder la consciencia, en medio de un infierno gélido de llamas azules. Se paró de golpe el mundo en el que vivía mientras ella agonizaba sobre la acera, regando con su sangre una calle difusa de un barrio tardío, mientras su vida se filtraba por los poros de una ciudad que maldije hasta quedarme sin voz. De rodillas, con su cabeza en el regazo, se trizaron mis venas mientras ella boqueaba en busca de un sorbo más de aire que nunca iba a llegar, con la mirada perdida en un cielo de nubes que ocultaban la luna con un tapiz oscuro e impenetrable. Cuando se paró su corazón lo hizo también el mío, y no quedó de mí más que lo que soy ahora.

Hace tiempo que vivo oculto en la noche, y que me alimento de los secretos que ésta susurra. Hace tiempo que mi alma se perdió en alguno de los recovecos de esta ciudad maldita para siempre, y sólo espero no volver a cruzarme con ella. Sé que mi corazón está seco, y al latir emite un extraño crujido, como de madera seca, que acompaña todos mis pasos y apaga los gritos de todo el que me rodea. Se podría pensar que soy un vampiro, pero no es cierto. Los vampiros, si existen, sólo buscan en la noche el alimento que la mañana les niega, cegados por la necesidad de alimentar el espíritu que un día perdieron. Yo, mato. Ni siquiera busco aplacar una sed de venganza extinguida hace ya tiempo, ni apagar el odio que todavía reside en mí, porque es el odio el que me conduce, y es el odio hacia todo y hacia todos el que me mantiene vivo. Simplemente mato por el placer de matar. Yo me alimento de la oscuridad, y todas las noches son oscuras. Incluso ésta.

Cuando la ciudad duerme, me gusta subir al tejado con una taza de café y escuchar los sonidos de la noche. Hay todo un mundo que la gente se pierde por huir de las tinieblas. Madrid es una metrópoli que atrapa una vida nocturna singular, y que con la caída del sol comienza a latir muy despacio, acompasadamente, de tal forma que es muy difícil llegar a escuchar su verdadero corazón. A lo lejos, el ruido de las sirenas ahoga el estrépito casi seco del cauce del río Manzanares, y de vez en cuando hay un coche que parte en dos con sus luces las arterias de la capital, como un relámpago que recorre la superficie terrestre sin encontrarse con nada, sin alcanzar a nadie. Es ahora cuando se puede respirar hondo, y llenarse los pulmones del espíritu de una ciudad que huele a muerte y a vida, a miseria y a riqueza, a comidas de lujo y ropas harapientas. Si mantienes el aire dentro de ti el tiempo suficiente, puedes paladear el poso amargo que desprenden sus calles, y sentir cómo desgarra tu garganta el cuchillo acerado de la realidad. El aire de la noche yace cargado de recuerdos que levantan ampollas en el alma, a menos que hayas conseguido para la tuya una coraza en forma de herida que no deje pasar el suspiro nocturno de las aves muertas. La mía hace tiempo que se partió en dos, y se convirtió en un cuervo negro que vuela en círculos en una cárcel invisible, en el cielo negro de una ciudad que me alimenta con la sangre que derramo en aquellas horas en las que la piel se eriza intentando sentir la llegada del alba.

Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.

Así descuento las noches, abrazado a tu recuerdo, contemplando desde las alturas esta ciudad que me gobierna. Allí abajo, en algún lugar, una familia ha perdido a alguien querido, una niña se ha quedado sin padre, una mujer sin marido, otra mujer sin amante. Será un nombre más que ocupará un pequeño espacio en los periódicos, apenas unas iniciales junto a tres líneas que describan un asesinato cualquiera en cualquier otro punto de la ciudad. Otro muerto más que despachar con indiferencia mientras el aire acaricia mi rostro y muevo los dedos, aún manchados de sangre, mientras pienso en ti. Siempre sucede, y no siempre lo espero. Cada una de las vidas que siego hace más nítido tu recuerdo, al principio tenue, ahora casi palpable. Mis manos tiemblan, temerosas, cuando apenas hace unos minutos aferraban con fuerza el cuchillo que se hundía en la garganta de aquel que yace ahora en la acera. Sus ojos bien abiertos, su aliento sobre mi cara, el primer sangrado sobre mi piel. Es mi rostro el último que ven en esta vida, es el tuyo el primero que yo veo cuando se van. Después, subo a la azotea y me dejo llevar por el aire viciado de la noche mientras miro fijamente a la luna, echándole en cara que cargue, desde ahora, con un muerto más.

No estoy orgulloso de lo que hago. Hubo un tiempo en el que me aterrorizaba ver en la tele las imágenes de una muerte real. No podía contener ese escalofrío que nacía en el cuello y me sacudía la columna vertebral mientras pensaba que aquello que estaba viendo era una muerte cotidiana, algo perteneciente al día a día, una violencia que no era exclusiva de las películas. Sentía pavor por el mundo real. Ahora sé que si no te enfrentas a él, eres hombre muerto. Es la realidad o yo, y de momento cuento con muchos cadáveres a mi favor. Es una carrera contra la muerte, y yo le llevo ventaja. Primero fue una vida feliz, luego unos sueños por cumplir, después… la nada. Llegó Madrid y se llevó por delante la rutina. Llegó la ciudad, y con ella su oscuridad, y el miedo, y la sangre. Y estas noches malditas en las que yo vivo, y la gente muere. En algún rincón, en algún lugar, Madrid tiene mi alma encerrada junto a la tuya. También se llevó tu vida. En el camino hacia mi perdición, me cobro una deuda que quizá nunca será saldada. Así es Madrid. Así soy yo. Ésta es mi historia…

jueves, 29 de abril de 2010

Otra vez la playa... quizá no la misma...

Aquí estoy otra vez, sentado en la arena en medio de una oscuridad casi completa, oyendo el mar romper ante mí, acertando apenas a intuir su insolente retirada maquillada de espuma. Son muchas las noches como ésta en las que, agarrado a una botella, he escapado de ese calor insoportable que destilaba mi habitación para refugiarme en el sereno susurrar de la playa. Me siento como en casa. Estoy lo suficientemente borracho para no compadecerme de mí, pero aún no lo bastante como para perder el sentido, como casi todas las noches, y he decidido escapar del infierno de mi presencia para esconderme en mitad de una noche que nunca pasa. Cada trago que tomo enciende mi garganta y envía una bola de fuego hacia mi interior que, extrañamente, me reconforta. El alcohol apacigua mi llanto, apaga las ganas que tengo de quitarme la vida. Por ese mismo sumidero se escaparon, hace tiempo, mis ganas de vivir, y ahora me debato entre el limbo de la cobardía o la muerte por fallo hepático, y lo cierto es que no me importa. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo una vez tuve una vida, pero la verdad es que casi no la recuerdo. Duraron tan poco los momentos en que fui feliz que a menudo me parecieron recuerdos de otro, vivencias a través de confidencias de labios de otra persona. Si algún día fui apasionado, lo cierto es que esa pasión apenas dejó poso en la taza de mi alma, que sigue vacía y yerma, resignada a terminar así. Me miro las manos y veo cómo se me fue la vida entre los dedos. Supongo que lo piensa la pareja que camina en estos momentos ante mí, y que se aparta ante la visión de un borracho harapiento, maloliente, vomitando sobre la arena de la playa los restos amargos de una borrachera que nunca termina. Sigo bebiendo. Lo hago, en parte, para apagar los gemidos quedos de las parejas que se refugian detrás de mí, junto a las hamacas, y follan al amparo de la noche. Amores baldíos de este final de verano. Un polvo para recordar unas vacaciones que terminan. Un tiempo que ya no vuelve.
Hace días que no me cambio, y semanas que no me ducho. El espejo proyecta una imagen desconocida de mí. Mejor. Quizá sea una forma de arrancarme de una vida que ya no tengo. ¿Te hice feliz alguna vez? ¿Lo he sido yo en algún momento? No hay respuestas correctas para preguntas que nunca formulamos. Y los días siguen pasando, el sol sale y la gente empieza de nuevo. Ya bebía cuando te conocí, pero por aquel entonces yo dominaba al alcohol, y no al contrario. La noche en que nos conocimos acabé tan borracho que no recordaba de quién era el número que encontré en mi bolsillo, escrito atropelladamente con carmín en una servilleta. Te llamé y quedamos, y juro que recé para que mereciera la pena correr el riesgo de recordarte por primera vez. Esa primera tarde sí que la recuerdo, tus ojos marrones miraban a través de tus gafas de sol. Y sonreías. No recuerdo si volviste a hacerlo. Las siguientes semanas son para mí un rastro borroso, distorsionado por los efluvios de mi inseparable compañero. Cada vez bebía más, cada vez te quería menos. Quizá nunca te quise, quizá nunca sentiste nada por mí. Quizá sólo estoy recordando una historia que me contaron una vez y ni siquiera existes. Necesito aferrarme a la realidad, y la realidad tiene el tacto frío de una botella. Llegó el día en que hiciste la pregunta que ninguno queríamos oír, quizá porque los dos conocíamos la respuesta. ‘El alcohol, o yo’, me dijiste, ‘responde con franqueza’. Y aquí estoy, sentado otra vez en la playa bebiendo sin parar, e imaginando que eres tú una de las que folla a mi espalda, en la negrura de un bosque de hamacas, buscando quizá en el consuelo de una noche todo lo que no te di. No te culpo, pero tampoco me culpes a mí. Hice mi elección hace mucho tiempo. Quizá no supiste enseñarme nada por lo que la vida mereciera la pena, quizá lo hiciste y no lo comprendí. Por el momento, lo único que sé es que mi alma sigue haciéndome preguntas y, hasta ahora, el alcohol es la única respuesta…

miércoles, 31 de marzo de 2010

El agujero

Despertó sobresaltado y dolorido, en medio de una oscuridad desesperante. Intentó moverse, pero tenía el cuerpo aterido por el frío, y le supuso un esfuerzo considerable conseguir llevarse las manos a los ojos para eliminar los restos del sueño. O de la pesadilla, porque tenía la sensación de no saber dónde se encontraba. Todo a su lado era negrura, y notó en los oídos un silencio sibilante que cada vez se hacía más y más agudo. Tenía un terrible dolor de cabeza. Se pasó las manos por el pelo y notó la sangre seca pegada a su cabello. Esa sensación le hizo dar un respingo e incorporarse. Esperó pacientemente a que la vista se acostumbrara a esa cruel soledad, a esa oscuridad espesa que casi se podía tragar. Esperó en vano. Apenas era capaz de distinguir su mano a unos centímetros de la cara. Poco a poco, y con mucho cuidado para no tropezar con nada (o con nadie) se puso de pie, y se obligó a pensar de una forma pausada y razonada, a pesar de que su mente le exigía gritar lo más fuerte que pudiera. Ninguna de las dos opciones hubiera dado mucho resultado. Caminó con los brazos en alto hasta que topó con la pared. Había dado tres pasos. Intentó volver a la situación inicial, repitiendo lo mejor que pudo sus movimientos. Dio media vuelta y caminó hacia el otro lado. Otros tres pasos. Topó con la pared. Repitió la operación dos veces más, hasta que hubo ubicado los confines de su oscuro mundo. Luego apoyó una mano en la pared, y con mucho cuidado anduvo sin despegar los dedos del tacto firme y rugoso que ofrecía. Caminó en círculos, por lo que pronto se hizo a la idea de que se hallaba en el fondo de un pozo. Instintivamente miró hacia arriba, pero todo era oscuridad. Quizá fuera de noche, se dijo a sí mismo, esperanzado, pero en su mente sabía que no, que el pozo estaba tapado. Lo sabía porque el ruido que todo aquello que sucedía más allá de su nueva existencia le llegada con el amortiguado sonido del eco que producen las cuatro paredes de una habitación cerrada. De una cárcel. Sí, eso era, parecía encontrarse en una cárcel. Cuando su cerebro vomitó esa palabra sintió que una sensación de angustia le recorría todo el cuerpo, de arriba abajo, aunque no había llegado siquiera a articularla. Vomitó, fruto de la desesperanza. No sabía cómo había llegado al fondo del pozo, suponiendo que el lugar en el que se encontrara fuera realmente un pozo. De súbito, sintió la terrible necesidad de escapar. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí, pero si alguna vez lo supo la sangre seca de su cabeza se encargó de borrar esa imagen. Comenzó a palpar la pared en busca de oquedades que le permitieran intentar escalar hasta la superficie. Pero, ¿cuánto? Abajo tenía el suelo, conocía su existencia porque lo estaba pisando, lo sentía, inexorable, bajo sus pies, pero ¿dónde estaba el cielo? ¿qué altura tendría el pozo? Miró de nuevo hacia arriba y la terrible oscuridad le devolvió un vistazo cargado de indiferencia. Nada. Se afanó en recorrer con las manos el suelo, para buscar algún instrumento útil, algo que pudiera ayudarle a recordar o a salir, que tan importante era lo uno como lo otro. Sólo encontró un rastro de sangre que reconoció como propio. Siguió palpando las paredes. Nada por abajo, cuando recorrió el perímetro de rodillas. Nada cuando lo hizo agachado. Repitió la operación de pie, con las manos a la altura de la cabeza. Lo que descubrió le heló la sangre. Uñas, restos de piel. Alguien había estado ahí antes que él, y se había dejado parte del alma intentando salir del agujero. De aquella cárcel. Esta vez no pudo reprimir un grito de desesperación que casi le rasgó las cuerdas vocales. Tosió, con el aliento empapado de sangre. Entonces oyó un ruido, y una rendija de luz fue abriéndose en el techo. “Unos tres metros”, calculó cuando la noche se hizo sobre él, pudo ver por un resquicio el lejano fulgor de una estrella. Pronto quedó tapada por una boquilla metálica. Parece una manguera. Casi no le dio tiempo a reconocerlo cuando un chorro potente de agua le cayó con violencia en la cara. Tragó lo que pudo, pero la fuerza con la que le embistió el torrente artificial hizo que una parte de sus pulmones también se llenara de agua, y tosió con más violencia aún. Cuando el chorro cesó, se hallaba de rodillas, empapado y exhausto, y apenas pudo mirar hacia arriba para ver el trozo de pan caer. Qué aproveche, oyó en la lejanía, antes de que la oscuridad ganara de nuevo la batalla al tenue resplandor del cielo y la noche. Entonces comprendió que aquello no era una cárcel, y que no estaba encerrado. Estaba enterrado. Aquello era su tumba. No tocó el trozo de pan, y lloró hasta quedarse dormido. Esa noche, en sueños, decidió que lo primero que haría al despertarse sería morderse la lengua…

lunes, 1 de marzo de 2010

Atocha

Madrid. Otra vez Madrid. Siempre Madrid. A estas alturas a nadie le sorprenderá que hable de ella como mi ciudad, como ese lugar al que acuden todos mis recuerdos sin pedirme siquiera permiso, como ese rincón del mundo en el que respirar hondo un montón de esencias acaso prohibidas. Otra vez el paseo por sus rincones, caminar con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos, empapándome de todo lo que me rodea. Incluso del frío, porque para mí Madrid siempre está rodeada de un halo de invierno que, paradójicamente, vuelve la ciudad un espacio acogedor. Desde hace dos años, cuando la circunstancia rompió ese romance descarnado entre nosotros y nos condenó a encuentros intensos y esporádicos, para mí Madrid empieza, y sobre todo termina en Atocha. La estación resume entre sus paredes todo lo que significa la ciudad. La estación fue el epicentro, también, de un torrente de emociones como nunca habíamos conocido cuando el estruendo de unas bombas segaron de cuajo cientos de vidas, y a todos se nos erizó la piel cuando vimos, varados en los andenes, los vagones retorcidos que se llevaron a la gente camino de ninguna parte. Todo eso es Atocha. Como todos los que llegamos a Madrid desde una pequeña parte del mundo, yo recibí el consejo de mantenerme bien alerta ante las grandes aglomeraciones. Al principio seguía ese concepto al pie de la letra por precaución, pero ahora lo hago por placer. Sigo fijándome en cada mínimo detalle, veo a la gente que me rodea y me imagino la historia que les ha llevado hasta allí, a dar vueltas con un billete en la mano, a despedirse de su pareja en el control de acceso al tren, a leer un libro despreocupadamente mientras llega la hora de la partida. Esta noche lo he vuelto a hacer. Me gusta llegar con tiempo a la estación, pero no sólo para no perder el tren. Creo que caminar sin rumbo y mirar al resto de la gente es una especie de enfermedad de la que no puedo disfrutar muy a menudo. A medida que estoy escribiendo esta entrada me doy cuenta que, además, es la primera vez que en este blog hablo abiertamente de mí, sin usar ambages ni terceras personas en historias soñadas delante de un papel. Y la razón es que esta noche, en Atocha, me he sentido extraño, alejado de todo el mundo. Terriblemente solo. Allí, rodeado de gente que iba y venía, arrastrando la maleta por las baldosas de la estación, me he dado cuenta de que me marchaba de Madrid como siempre: sin la sensación de dejar nada atrás. Ese mismo desarraigo lo siento cada vez que me voy de Ciudad Real, o que dejo atrás las últimas casas de Socuéllamos después de haber disfrutado allí unos días. Hacia delante, siempre hacia delante. Sin volver la vista atrás. Toda mi vida cabe en una maleta. Me marcho de un lugar y no me dejo nada. Algún que otro recuerdo que me llevo conmigo, pero nada que saborear, nadie a quien echar de menos, ningún abrazo furtivo en el andén, nada de manos a través del cristal. Quizá este conato de nostalgia quede atrás esta noche, y desaparezca mañana cuando la rutina del trabajo engulla de nuevo todo el tiempo del que dispongo para pensar. Quizá, pero no será lo mismo. Esa sensación de soledad, por el momento, ha venido para quedarse. No sobre la piel, seguro, pero estará latente en algún rincón de mi cuerpo esperando una coartada para volver a la superficie, para no dejarme respirar. Quizá tenga que esperar a que un nuevo viaje a Madrid me descubra más cosas sobre mí mismo. Por el momento, los primeros atisbos de mi vida hablan en singular. Yo, y el resto del mundo alrededor. Lo suficientemente cerca para oírlo. Lo suficientemente lejos para sentirlo. Por cierto, esta tarde, las calles de la capital estaban bañadas de sol. La noche me recibió en Ciudad Real con lluvia. Un resumen muy sintomático de lo que es un viaje de vuelta.

'Y ahí afuera, esta noche, en esta apestosa ciudad, hay alguien, de eso estoy seguro, dispuesto a amarme'
Intimidad. Hanif Kureishi.