Caminaba despacio, sintiendo el peso de su cuerpo en cada uno de sus pasos. Cuando enfiló el camino de baldosas que partía en dos el parque, se detuvo apenas un instante, casi aliviado, protegido. Hacía años que conocía sus rincones, que caminaba sobre sus hojas y disfrutaba de la quietud de sus árboles y de esos silencios ocultos que destilaban las ramas al sentir el beso del viento.
Desde que era pequeño, había aprendido a refugiarse en la soledad del parque. La primera vez fue con su padre, cuando su madre ya se había ido. En silencio, recorrieron el lugar de una punta a otra, caminando muy despacio y, a pesar de que era muy pequeño, comprendió lo que su padre le quería decir sin palabras.
Veía en sus árboles el discurrir de la vida, sobre todo cuando admiraba la estampa que el parque ofrecía en otoño. Los árboles de hoja perenne afilaban su verdor contra un cielo que aún conservaba sus destellos azules, añorando un calor que tardaría en regresar. Los caducos, sin embargo, empezaban a amarillear y alfombraban el suelo con sus primeras hojas caídas. También había unos árboles con las hojas rojas, como fuego, y que bailaban como una hoguera cuando los mecía el aire.
Contemplado desde la entrada, enmarcado en el último rayo de sol que evocaba un verano tardío, el parque ofrecía una estampa sin par. Una metáfora de la vida misma.
Cuando su padre también se fue, él continuó caminando solo por aquél enjambre de sensaciones. Se sentía como esos árboles verdes, majestuosos, mientras todo lo que le rodeaba, todo aquello que quería, tendía a amarillear. Primero su madre, luego su padre, ahora ella... Estaba cansado de sentir el viento en la cara, mientras a los demás se les caían las hojas.
De repente, reparó en los árboles rojos, pequeños, ardientes. Una ola de desasosiego inundó todo su ser, y se fue comiendo poco a poco la calma que le embargaba. Su significado se le escapaba, no había conseguido identificarlos, como a los demás.
Se paró en seco, creyendo oír aún la voz de su mujer en las hojas que caían a sus pies. Repentinamente, sintió un tirón en la manga del abrigo, y miró hacia abajo. Su hija lo miraba fijamente, con esos ojitos azules que tanto le recordaban a su madre.
Se puso de puntillas y estiró la manita para enjugar una lágrima que, en esos momentos, recorría una de sus mejillas. Y le sonrió. Y entonces comprendió que también su hija había comprendido, a través de su silencio, el significado del parque.
lunes, 27 de octubre de 2008
viernes, 10 de octubre de 2008
Telecinco, ¿cadena amiga?
Soy un incrédulo. Lo confieso, la mayoría de las veces, la realidad me supera. No deja desorprenderme. Hablo de Telecinco, un proyecto que comenzó siendo una cadena de televisión y que ahora se ha convertido en un sumidero adonde va a parar toda la mierda. Una cadena que tiempo que perdió la batalla con el sentido común.
Cuando hace unas semanas le llenaron el bolsillo a ese personaje en el que se ha convertido Violeta Santander, que está haciendo caja a costa del coma de un hombre que ocupó su lugar en la cama que estaba destinada para ella, para que vomitara sus miserias en La Noria, pensé que no se podía caer más bajo. Es difícil hacerlo cuando ya estás sumergido en lo más hondo de la cloaca.
Pues bien, semanas después, convirtieron la miseria en algo deleznable cuando volvieron a dar silla y voz a ese personaje, para que prosiguiera con su particular batalla y defendiera que el energúmeno que ha dejado en coma al profesor Neira nunca se olvida de regar las plantas y baja la tapa del retrete cuando orina. Dice que es buena persona, y por defender a un homicida frustrado (recuerdo que declaró que no le pegó más al profesor porque ya no se movía) vuelve a llevarse una buena pasta.
Se trata de un despropósito más para una cadena que se ha dado definitivamente al amarillismo, al morbo, a la víscera. Podría nombrar un montón de programas en los que se dedican minutos y minutos a los personajes más variopintos, por ser educado, y en los que se patalea una y otra vez lo que algunos entendemos por periodismo. El colmo llega cuando, por la noche, los espacios que deben ser santo y seña de la cadena, los informativos, se dedican a resumirnos en dieciocho minutos todo lo que de verdad importa, para que cuatro pintamonas tengan más tiempo de seguir con su show.
Lo más gracioso de todo esto es que, los iluminados que mueven los hilos de ese territorio en el que Jesús Gil nos daba una lecciónde machismo sumergido en un jacuzzi y rodeado de mamachichos, reclaman que otra cadena y otro programa, que no hace sino destapar sus miserias, vulneran sus derechos de propiedad intelectual. Intelectual, precisamente una palabra que les queda demasiado grande.
La pataleta no ha quedado ahí. 'Sé lo que hicisteis...' ha sabido reírse de una sentencia absurda, y ha hecho del ingenio su bandera. Cada vez son más divertidos, mejores. Telecinco, más lleno de rabia que nunca, ha intentado parodiar a La Sexta en esa bazofia que emite por internet bajo el seudónimo de Becarios (de esto ya hablaremos otro día), y ha desnudado todas sus vergüenzas con un capítulo absurdo, apoyado en la macarranería y en el tópico y en el que la inteligencia y el humor brillan por su ausencia.
Esperaba más clase, lo reconozco. Ya he dicho que soy un incrédulo. Esperaba un punto de cordura en la que se dice nuestra 'cadena amiga'. Pero no. En su lugar, minutos y más minutos de mierda, disparada sin piedad pero, eso sí, con una sonrisa en los labios. Hace tiempo que me preguntaba por qué cuando ponía Telecinco, mi tele se rodeaba de moscas. Poco a poco lo voy entendiendo. ¡Viva Sé lo que hicisteis...!
Cuando hace unas semanas le llenaron el bolsillo a ese personaje en el que se ha convertido Violeta Santander, que está haciendo caja a costa del coma de un hombre que ocupó su lugar en la cama que estaba destinada para ella, para que vomitara sus miserias en La Noria, pensé que no se podía caer más bajo. Es difícil hacerlo cuando ya estás sumergido en lo más hondo de la cloaca.
Pues bien, semanas después, convirtieron la miseria en algo deleznable cuando volvieron a dar silla y voz a ese personaje, para que prosiguiera con su particular batalla y defendiera que el energúmeno que ha dejado en coma al profesor Neira nunca se olvida de regar las plantas y baja la tapa del retrete cuando orina. Dice que es buena persona, y por defender a un homicida frustrado (recuerdo que declaró que no le pegó más al profesor porque ya no se movía) vuelve a llevarse una buena pasta.
Se trata de un despropósito más para una cadena que se ha dado definitivamente al amarillismo, al morbo, a la víscera. Podría nombrar un montón de programas en los que se dedican minutos y minutos a los personajes más variopintos, por ser educado, y en los que se patalea una y otra vez lo que algunos entendemos por periodismo. El colmo llega cuando, por la noche, los espacios que deben ser santo y seña de la cadena, los informativos, se dedican a resumirnos en dieciocho minutos todo lo que de verdad importa, para que cuatro pintamonas tengan más tiempo de seguir con su show.
Lo más gracioso de todo esto es que, los iluminados que mueven los hilos de ese territorio en el que Jesús Gil nos daba una lecciónde machismo sumergido en un jacuzzi y rodeado de mamachichos, reclaman que otra cadena y otro programa, que no hace sino destapar sus miserias, vulneran sus derechos de propiedad intelectual. Intelectual, precisamente una palabra que les queda demasiado grande.
La pataleta no ha quedado ahí. 'Sé lo que hicisteis...' ha sabido reírse de una sentencia absurda, y ha hecho del ingenio su bandera. Cada vez son más divertidos, mejores. Telecinco, más lleno de rabia que nunca, ha intentado parodiar a La Sexta en esa bazofia que emite por internet bajo el seudónimo de Becarios (de esto ya hablaremos otro día), y ha desnudado todas sus vergüenzas con un capítulo absurdo, apoyado en la macarranería y en el tópico y en el que la inteligencia y el humor brillan por su ausencia.
Esperaba más clase, lo reconozco. Ya he dicho que soy un incrédulo. Esperaba un punto de cordura en la que se dice nuestra 'cadena amiga'. Pero no. En su lugar, minutos y más minutos de mierda, disparada sin piedad pero, eso sí, con una sonrisa en los labios. Hace tiempo que me preguntaba por qué cuando ponía Telecinco, mi tele se rodeaba de moscas. Poco a poco lo voy entendiendo. ¡Viva Sé lo que hicisteis...!
sábado, 4 de octubre de 2008
Réquiem
Bebo desde que me dejaste. Intento ahogar mis penas en alcohol desde que no estás conmigo. No es cierto eso que dicen de que las penas flotan... no, a las mías les da miedo el oleaje, y desaparecen apenas he paladeado el primer sorbo de ron. Bueno, a decir verdad no desaparecen, se esconden, porque apenas ha despuntado el sol vuelven a mi cabeza y golpean con insolencia en mi sien, recordándome que siguen aquí conmigo.
No recuerdo cómo te fuiste, ni sé si me despedí. Si hubiera sabido que aquél iba a ser nuestro último beso, hubiera saboreado cada instante. Si me hubieras dicho que mañana no ibas a estar aquí, hubiéramos dormidos juntos para siempre en el ayer, anclando el sol con nuestras sábanas para que nunca amaneciera. Si hubiera sabido que iba a ser tan duro, me hubiera ido contigo.
De nada sirven los recuerdos para quien no tiene consuelo. Tampoco es consuelo el alcohol, nada me reconforta. Me acodo en cualquier barra de bar esperando que el humo disipe tu imagen y la música de fondo esconda el eco de tu voz. A veces miro a alguna chica de las que pasan por mi lado, pero todas tienen algo que me recuerda a ti. ¿Por qué es tan difícil olvidarte?
Esta noche no he ido al bar, prefiero deshilacharme gota a gota en casa. He abierto la ventana en mitad de la madrugada para respirar bien hondo el primer frío del otoño, hasta notar cómo el gélido aire trizaba todos los rincones de mi pecho.
Y me he puesto a escribir, sin saber si son éstas las últimas líneas que te dedico. Me había propuesto olvidarte, pero no puedo, así que dejaré de ser yo para siempre. No habrá en mi persona ningún rastro de mí, de lo que fui, de lo que soy. Nadie, ni yo mismo, sabrá lo que algún día pude llegar a ser. Mi vida desapareció cuando te fuiste, y mi alma habita allá donde la tuya descansa.
No recuerdo cómo te fuiste, ni sé si me despedí. Si hubiera sabido que aquél iba a ser nuestro último beso, hubiera saboreado cada instante. Si me hubieras dicho que mañana no ibas a estar aquí, hubiéramos dormidos juntos para siempre en el ayer, anclando el sol con nuestras sábanas para que nunca amaneciera. Si hubiera sabido que iba a ser tan duro, me hubiera ido contigo.
De nada sirven los recuerdos para quien no tiene consuelo. Tampoco es consuelo el alcohol, nada me reconforta. Me acodo en cualquier barra de bar esperando que el humo disipe tu imagen y la música de fondo esconda el eco de tu voz. A veces miro a alguna chica de las que pasan por mi lado, pero todas tienen algo que me recuerda a ti. ¿Por qué es tan difícil olvidarte?
Esta noche no he ido al bar, prefiero deshilacharme gota a gota en casa. He abierto la ventana en mitad de la madrugada para respirar bien hondo el primer frío del otoño, hasta notar cómo el gélido aire trizaba todos los rincones de mi pecho.
Y me he puesto a escribir, sin saber si son éstas las últimas líneas que te dedico. Me había propuesto olvidarte, pero no puedo, así que dejaré de ser yo para siempre. No habrá en mi persona ningún rastro de mí, de lo que fui, de lo que soy. Nadie, ni yo mismo, sabrá lo que algún día pude llegar a ser. Mi vida desapareció cuando te fuiste, y mi alma habita allá donde la tuya descansa.
viernes, 12 de septiembre de 2008
No vuelvas a hacerme daño
No lo hagas, que no se te ocurra volver a herirme, porque estoy demasiado acostumbrado a morder el polvo. Tanto, que la boca me sabe a tierra y de mis heridas sólo mana sangre seca. No vuelvas a hacerlo, porque me han herido demasiado. Porque mis ojos están secos y todavía me sabe a sal la comisura de los labios. Porque he llenado ríos con lágrimas que no van a ninguna parte, y me he dejado la voz en gritos que sólo hacían eco en las paredes de mi desesperación.
No se te ocurra volver a herirme, no vuelvas a hacerme daño. Porque quizá esta vez sea la última vez. Quizá de tanto tensar la cuerda de mi alma, acabe por romperse, y termine explotando de una vez por todas. Quizá en ese momento me convierta en un espíritu libre, indomable, y transformaré toda la rabia contenida en energía para seguir hacia delante a pesar de los demás, a pesar de lo que digan y de lo que hagan, a pesar de las zancadillas que me pongan por delante, a pesar de las circunstancias.
No vuelvas a hacerme daño, porque quizá en ese momento nada ni nadie logrará detenerme.
No se te ocurra volver a herirme, no vuelvas a hacerme daño. Porque quizá esta vez sea la última vez. Quizá de tanto tensar la cuerda de mi alma, acabe por romperse, y termine explotando de una vez por todas. Quizá en ese momento me convierta en un espíritu libre, indomable, y transformaré toda la rabia contenida en energía para seguir hacia delante a pesar de los demás, a pesar de lo que digan y de lo que hagan, a pesar de las zancadillas que me pongan por delante, a pesar de las circunstancias.
No vuelvas a hacerme daño, porque quizá en ese momento nada ni nadie logrará detenerme.
Eso que llaman crecer...
La nostalgia no entiende de kilómetros, de distancias, de países. La nostalgia se alimenta de años, y por desgracia envejecer es un camino en una sola dirección: permite mirar hacia atrás, pero siempre se camina hacia delante
Yo a menudo echo la vista atrás y me pregunto qué queda de nosotros, esos que nos sentábamos en un banco del parque sin más excusas que una bolsa de pipas para pasar la tarde. Estábamos en los albores de una juventud que no sabíamos dónde nos iba a llevar, pero todos soñábamos con hacer de nuestra vida algo grande
Todos, de alguna manera u otra, lo conseguiremos. Pero ya no somos los mismos. No podemos serlo. Un buen día llenamos las maletas con un puñado de preguntas sin respuesta y nos fuimos de aquel pueblo que conocíamos como la palma de nuestra mano. Dejamos atrás aquellas calles en las que nos pelábamos las rodillas detrás de un balón, las farolas bajo las que dimos nuestro primer beso, el coche sobre el que lloramos apoyados porque ella se fue.
Así, con un montón de dudas y apenas alguna certeza, me sumergí en las calles de Madrid para convertirme en alguien completamente distinto. El hambre de una ciudad que se alimenta de sueños fue limando mi carácter, mis ideas, mis pensamientos, incluso mis sentimientos, hasta convertirme en lo que soy. No fui el único, ni tampoco la ciudad fue exclusivamente mía. Da igual lo que creamos, una ciudad como Madrid nunca forma parte de ti. Somos nosotros los que formamos parte de ella.
A mí me pasó allí, los demás se forjaron en otras calles, con otras gentes. Recibieron otros golpes, pero el resultado fue el mismo: salieron transformados. Aun así, de vez en cuando, volvemos a esas calles que nos vieron crecer, en las que fuimos reyes por un día. A menudo, una cerveza se convierte en una razón de sobra para encontrarnos y comprobar cómo hemos cambiado, adónde nos ha llevado el futuro. Son los años los que han dictado las líneas de nuestra vida.
Pero ninguna ciudad, ninguna experiencia, nadie, ha podido borrar del todo lo que un día fuimos. Quizá no podamos repetir aquellas risas sin motivo, pero aún queda algo de aquella luz en el fondo de nuestra mirada. El futuro no podrá arrebatarnos lo que fuimos algún día. No podemos repetirlo, pero tampoco lo olvidaremos.
Yo a menudo echo la vista atrás y me pregunto qué queda de nosotros, esos que nos sentábamos en un banco del parque sin más excusas que una bolsa de pipas para pasar la tarde. Estábamos en los albores de una juventud que no sabíamos dónde nos iba a llevar, pero todos soñábamos con hacer de nuestra vida algo grande
Todos, de alguna manera u otra, lo conseguiremos. Pero ya no somos los mismos. No podemos serlo. Un buen día llenamos las maletas con un puñado de preguntas sin respuesta y nos fuimos de aquel pueblo que conocíamos como la palma de nuestra mano. Dejamos atrás aquellas calles en las que nos pelábamos las rodillas detrás de un balón, las farolas bajo las que dimos nuestro primer beso, el coche sobre el que lloramos apoyados porque ella se fue.
Así, con un montón de dudas y apenas alguna certeza, me sumergí en las calles de Madrid para convertirme en alguien completamente distinto. El hambre de una ciudad que se alimenta de sueños fue limando mi carácter, mis ideas, mis pensamientos, incluso mis sentimientos, hasta convertirme en lo que soy. No fui el único, ni tampoco la ciudad fue exclusivamente mía. Da igual lo que creamos, una ciudad como Madrid nunca forma parte de ti. Somos nosotros los que formamos parte de ella.
A mí me pasó allí, los demás se forjaron en otras calles, con otras gentes. Recibieron otros golpes, pero el resultado fue el mismo: salieron transformados. Aun así, de vez en cuando, volvemos a esas calles que nos vieron crecer, en las que fuimos reyes por un día. A menudo, una cerveza se convierte en una razón de sobra para encontrarnos y comprobar cómo hemos cambiado, adónde nos ha llevado el futuro. Son los años los que han dictado las líneas de nuestra vida.
Pero ninguna ciudad, ninguna experiencia, nadie, ha podido borrar del todo lo que un día fuimos. Quizá no podamos repetir aquellas risas sin motivo, pero aún queda algo de aquella luz en el fondo de nuestra mirada. El futuro no podrá arrebatarnos lo que fuimos algún día. No podemos repetirlo, pero tampoco lo olvidaremos.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Adiós
No son mis manos las que te acarician hoy, es toda mi vida la que recorre tu cuerpo. Despacio, poco a poco, siguiendo la estela de esa gota de sudor que busca pesadamente el final de tu espalda. Fuera, la noche cae a traición sobre la ventana, elcielo negro, las calles negras, negro también el manto que envuelve a la luna. No tiene sentido pensar en ti si mañana he de olvidarte. No tiene sentido hablar si lo único que se puede decir ha de sonar a despedida. Mientras, mis recuerdos siguen naciendo en el filo de tu piel, y van a morir enredados en tu pelo.
Estás llorando. Lo sé, a lo mejor tú también sabes que me he dado cuenta, y por eso no quieres mirarme. Lo último que recuerde de ti será el brillo de tu piel. A ti te quedará para siempre el roce de mi mano. La luna está de nuestra parte, por eso, espera, impaciente, en lo alto del cielo, a pesar de la fina lluvia que comienza a golpear la ventana. Será el sol el que marque el fin, el que te lleve de aquí para siempre. Aún quedan unas horas.
Podríamos estar hablando, riendo, besándonos; pero no. Yo te acaricio, y tú lloras. Sé que si me duermo no te volveré a ver. No es un temor, es una certeza. Mañana tú no estarás aquí, y yo no estaré para ti. No puedo seguirte. No puedes esperarme.
Llegaste a mí descalza, una lejana tarde de abril. Te irás para siempre desnuda, y sólo me quedará el sabor de tu espalda. Quiero probarlo una vez más. Es mi alma la que empuja mi cuerpo hacia delante, hasta que mis labios se encuentran con tu piel detrás de tu hombro; y te estremeces. Salado, como siempre; amargo por primera vez. Despacito, sin querer romper el silencio, giras sobre la cama y te quedas frente a mí. De nuevo. ¿Ves como estabas llorando? Lo sabía. Lo que no sabía es que también lloraba yo.
Y entonces lo hiciste, sin querer, pero lo hiciste. Hiciste lo posible para que olvidarte fuera imposible. Me condenaste a ti para siempre. Acercaste tu mejilla a la mía, y ahí se me clavó tu olor. Te acercaste despacio, muy lento, hasta tocarnos, y ahí se me clavó tu piel. Me miraste fijamente, con la intensidad de quien mira a la luz un instante antes de correr hacia la muerte, y ahí se me clavó el azul de tus ojos. En ese instante comprendí que era la última vez que mi cama se llenaba de ti, que mañana ese hueco estaría vacío, quizá aún caliente, pero vacío para siempre.
Empecé a temblar. Y entonces me besaste y, por un instante, en ese beso, volvimos a aquella tarde de abril, tú descalza en el parque, radiante, y ahí se me clavó tu imagen, tu esencia, tu alma. La última puñalada me la dio la puerta que se cerró cuando aún estaba amaneciendo. Al despertar ya no estabas. Me asomé a la ventana, pero ya estabas lejos, muy lejos, eras ya inalcanzable. El sol lucía en lo alto del cielo, pleno, feliz, alegre. Después de todo, había hecho bien su trabajo.
Estás llorando. Lo sé, a lo mejor tú también sabes que me he dado cuenta, y por eso no quieres mirarme. Lo último que recuerde de ti será el brillo de tu piel. A ti te quedará para siempre el roce de mi mano. La luna está de nuestra parte, por eso, espera, impaciente, en lo alto del cielo, a pesar de la fina lluvia que comienza a golpear la ventana. Será el sol el que marque el fin, el que te lleve de aquí para siempre. Aún quedan unas horas.
Podríamos estar hablando, riendo, besándonos; pero no. Yo te acaricio, y tú lloras. Sé que si me duermo no te volveré a ver. No es un temor, es una certeza. Mañana tú no estarás aquí, y yo no estaré para ti. No puedo seguirte. No puedes esperarme.
Llegaste a mí descalza, una lejana tarde de abril. Te irás para siempre desnuda, y sólo me quedará el sabor de tu espalda. Quiero probarlo una vez más. Es mi alma la que empuja mi cuerpo hacia delante, hasta que mis labios se encuentran con tu piel detrás de tu hombro; y te estremeces. Salado, como siempre; amargo por primera vez. Despacito, sin querer romper el silencio, giras sobre la cama y te quedas frente a mí. De nuevo. ¿Ves como estabas llorando? Lo sabía. Lo que no sabía es que también lloraba yo.
Y entonces lo hiciste, sin querer, pero lo hiciste. Hiciste lo posible para que olvidarte fuera imposible. Me condenaste a ti para siempre. Acercaste tu mejilla a la mía, y ahí se me clavó tu olor. Te acercaste despacio, muy lento, hasta tocarnos, y ahí se me clavó tu piel. Me miraste fijamente, con la intensidad de quien mira a la luz un instante antes de correr hacia la muerte, y ahí se me clavó el azul de tus ojos. En ese instante comprendí que era la última vez que mi cama se llenaba de ti, que mañana ese hueco estaría vacío, quizá aún caliente, pero vacío para siempre.
Empecé a temblar. Y entonces me besaste y, por un instante, en ese beso, volvimos a aquella tarde de abril, tú descalza en el parque, radiante, y ahí se me clavó tu imagen, tu esencia, tu alma. La última puñalada me la dio la puerta que se cerró cuando aún estaba amaneciendo. Al despertar ya no estabas. Me asomé a la ventana, pero ya estabas lejos, muy lejos, eras ya inalcanzable. El sol lucía en lo alto del cielo, pleno, feliz, alegre. Después de todo, había hecho bien su trabajo.
sábado, 6 de septiembre de 2008
Crisis vocacional
Las crisis vocacionales existen. Que se lo pregunten a los periodistas. Desde que nacemos y hasta que morimos, mientras nos hacemos,el periodismo nos pone a prueba una y otra vez, sin descanso ni piedad, pero no es fácil matar el gusanillo que llevamos dentro.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan,cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después,el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubresque Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demáscómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente parahacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como paradarme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años,durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa.Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de laguerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido".Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombasinteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerraes una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca.Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desalientonos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, enel siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferrana sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y quela próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan,cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después,el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubresque Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demáscómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente parahacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como paradarme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años,durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa.Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de laguerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido".Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombasinteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerraes una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca.Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desalientonos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, enel siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferrana sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y quela próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
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