viernes, 24 de junio de 2011

San Juan

Aquella noche, la ciudad huía del silencio. Como cada noche de San Juan, los vecinos habían salido a la calle a reunirse en torno a las hogueras, y el sonido de los petardos llenaba los rincones y las esquinas. No había una sola calle en la que no crepitaran las llamas de un fuego alrededor del cual los más pequeños saltaban, los mayores hablaban y todos escribían en pequeños trozos de papel algunos de sus deseos, esos que no se pueden contar a nadie porque si no nunca se van a cumplir, para fundirlos en las llamas de la noche más corta del año. La ciudad estaba en la calle, con los vecinos, y por una vez la luna no tenía que escuchar los lamentos escondidos durante el día, sino que se deleitaba, en lo alto del cielo casi azul oscuro, con las risas de todos los de allí abajo. De casi todos los de allí abajo.
Ella tenía un deseo que no podía confesar. No porque tuviera miedo de que así no se fuera a cumplir nunca, sino precisamente porque lo que le aterraba era que se cumpliera. Era un deseo que ni ella misma reconocía, pero que le salía de dentro, de lo más profundo de las entrañas, y dejaba a su paso el rastro oscuro y pegajoso que desprenden las palabras que se han mezclado con las vísceras. Ahora que su deseo estaba a punto de cumplirse se sentía aterrada, arrodillada como estaba, pequeña como nunca, en medio de la oscuridad del patio de la urbanización, junto a la piscina.
Nadie le dijo que todo iba a acabar así. Nadie le había dicho, tampoco, que aquello que tenía que ser una ocasión especial se convertiría en una prueba que no iba a poder superar, en un examen que suspendería una y otra vez. Cuando se quedó embarazada, nadie le advirtió de que aquello le cambiaría la vida para siempre. De que aquello le destrozaría la vida.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo. No era justo hacer pagar a una pequeña criatura por los errores que otros han cometido. Y mucho menos cuando ella no había sido capaz de asumir los errores propios. Se enteró de que estaba embarazada cuando ya caminaba sola, alejada del padre que nunca supo que lo fue, del hombre que jamás fue el hombre de su vida. Tenía unas semanas por delante para decidir, y nueve meses para armarse de valor. Eligió la segunda opción y fue albergando esperanzas a medida que su vientre se hinchaba con otra vida nueva, una vida que ella iba a concebir. Una vida que ella misma iba a segar.
Algo no iba bien. Lo percibió en la cara de los médicos en el momento del parto, y lo supo a ciencia cierta poco después, cuando le pusieron entre los brazos a la criatura que braceaba, con aquella cara redonda y aquellos ojos separados, entrecerrados, que le miraban desde encima de aquella nariz casi escondida sobre una boca que nunca se cerraba del todo. Luego se lo llevaron y estuvo unas horas sin verlo. Cuando se recuperó, los médicos le hablaron del porqué de aquellos ojos marrones, del porqué de aquellos labios que no se juntaban, del porqué de la nariz escondida. Le hablaron de un cromosoma, o algo así, y le dijeron, en resumidas cuentas, que ese niño iba a cambiarle la vida. No mintieron.
Y ella lo había intentado. Conste que lo había intentado. Al menos eso se decía ahora, arrodillada en el césped recién regado, mientras el resto de la ciudad quemaba deseos en la noche de brujas, en torno a unas hogueras que nunca podrían alcanzar el calor del fuego que ardía dentro de ella. Lo había intentado, pero no lo había conseguido. Nunca podría conseguirlo. Sin saberlo, empezó a albergar un oscuro anhelo que estaba a punto de hacerse realidad.
Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo.
Si lo hubiera sabido antes, ahora no habría un cuerpecito flotando boca abajo a su lado, en el centro de la piscina. Dentro de poco los vecinos volverían a sus casas y verían lo que había pasado.

Si lo hubiera sabido antes, se repitió, en voz muy bajita.

Luego se dejó caer por completo en la hierba y lloró hasta quedarse dormida...

martes, 17 de mayo de 2011

San Valentín

Otro poco de color, por si llegan, Rhode, más momentos en blanco y negro

Treinta y siete años no son nada, pensó, mientras colocaba las velas sobre la mesa. Rodeadas con ternura por aquellos dedos arrugados, los delgados mástiles de cera temblaban tibiamente mientras encontraban el reposo en el pequeño candelabro de plata. Aquellas manos que antes sujetaban con debilidad las dos velas rojas, que esperaban ya la cercana calidez de la llama, se colocaron, con las palmas bien abiertas, delante de su rostro, como para recordarle que el paso del tiempo seguía allí, en algún rincón de esa gran casa demasiado vacía como para esconder su soledad. Aquellas manos habían soportado ochenta años mientras otras, más finas, más tiernas, hacía tiempo que habían dejado de temblar. Aquellas manos habían soportado treinta y siete años de caricias antes de volver a cerrarse temblorosas, cada noche, mientras dormitaba en aquel viejo sillón junto al fuego. Treinta y siete años no son nada, pensó de nuevo, mientras terminaba de poner la mesa.
En la pared, el calendario volvía a recordar un nuevo catorce de febrero, y él, fiel a su costumbre, volvía a preparar una mesa para dos en la que sólo cenaría uno. Caminaba con lentitud, arrastrando las zapatillas por el suelo, con aquellos ochenta años que tanto le pesaban en la sien, pero que no eran capaces de arrastrarle bajo tierra de una vez por todas. Mientras recogía las dos copas del fregador y las llevaba hacia la mesa, lamentó una vez más su buena salud, porque uno nunca debe tener la oportunidad de llorar a las que personas que más quiere; siempre debería suceder al contrario. Cuando ella murió, a él no le quedó nada, y parecía que dios se burlaba de él por hacerle más sabio cuanto más viejo, más sano cada vez, más cuerdo. Apartó ese pensamiento de la cabeza mientras una de sus manos, con la copa bien aferrada, dibujaba en el aire una cruz, temeroso de dios como había sido siempre. No fuera que desde el cielo le fueran a castigar con más salud, volviéndole inmortal y dejándole para siempre con sus recuerdos. Dejó las copas sobre la mesa, cada una junto a su plato, y abrió con ayuda de las tijeras el cartón de vino. Sirvió en ambas.
Volvía hacia la cocina a calentar la sopa cuando reparó en la imagen de ella en el mueble del pasillo. Allí estaban sus ojos, esos pequeños ojos tristes que le miraban a través de una fotografía en blanco y negro enmarcada con prisas en un pequeño portafotos marrón. Era una de las pocas fotografías que tenía de ella, y lamentaba no disponer de alguna más actual, o de un puñado más en las que pudiera contemplar al menos su sonrisa. Eran demasiado pobres para tantas fotografías como él hubiera deseado, porque eran tan ricos que lo único que tenían era el uno al otro. Ahora que las cámaras están casi regaladas, él no tenía nadie a quien hacerle fotos.
Evitó detenerse y llegó hasta la cocina. La sopa ya hervía. El líquido amarillo sobre el que bailaban unos pocos fideos hacía pequeñas burbujas en aquel viejo cazo, así que agarró uno de los trapos de cocina antes de asir el mango del mismo y apartarlo del fuego. Esperó un par de minutos a que se enfriara un poco antes de verterla en un plato hondo que agarró con las dos manos, rumbo de nuevo a la mesa. Cuando atravesó el pasillo hizo todo lo que pudo para no mirar de nuevo la foto, pero su cerebro, más vivo, le traicionó, y no pudo evitar echar un vistazo justo cuando pasó a su altura. Fugaz, sí, tanto como para no perder de vista la sopa que bailaba en el plato al mismo ritmo al que se arrastraban sus pies; pero suficiente para que esa imagen le acompañara a la mesa.
Antes de sentarse, y una vez que hubo dejado el plato junto a la servilleta, encendió la radio. Tenía una pequeña televisión en el cuarto de estar, pero nunca la ponía. Prefería imaginar todo lo que oía porque así, haciendo trabajar a la mente, se sentía menos solo. Cuando se sentó para cenar se dio cuenta que se le había olvidado el mechero para encender las velas, pero ya no sabía si ese descuido era cierto o era sólo un juego que repetía una y otra vez durante los últimos años. A ella le gustaba cenar con velas en San Valentín, y como no había podido darle un hijo, que era lo que ella más deseaba, procuraba satisfacer en la medida de lo posible todos sus pequeños anhelos. Siempre compraba la víspera del catorce de febrero un par de velas rojas que ella encendía justo cuando se sentaban a cenar, y veían juntos, sin hablar, cómo se consumían. El año en que ella murió fue el último que compró las velas, y desde entonces no las había vuelto a encender. Aquellos dos arañazos rojos que rompían en lo alto del candelabro eran los que compró el primer año que no pudieron cenar juntos. Durante los últimos trece años, las había colocado en su sitio, como siempre. Allí volverían a estar al año siguiente.
Empezó a sorber la sopa con paciencia, para no quemarse, mientras de fondo la radio escupía un viejo bolero. La letra le llegaba tenue mientras él se esforzaba por arrancar los pocos fideos de la cuchara. A pesar de que la música era apenas un susurro, un arrullo melancólico, empezó a llorar. Las lágrimas le resbalaban por las ajadas mejillas y describían una curva perfecta para llegar a la comisura de sus labios, agrietados por el tiempo. Él sorbía las lágrimas al mismo tiempo que sorbía la sopa.
Y allí, bebiéndose su llanto un año más, repitió para sus adentros que treinta y siete años no son nada. Un suspiro. Los treinta y siete años que había pasado junto a ella no eran nada comparados con los trece que llevaba cenando lágrimas a solas, ni con los ochenta que componían ya una vida que no quería. Una vida que tenía que acabarse pronto, por favor. Porque treinta y siete años no son nada cuando lo que espera es una eternidad…

lunes, 9 de mayo de 2011

Feria medieval

En las noches de primavera, la ciudad entera olía a mimosa. Nadie sabía por qué, ni de dónde surgía ese olor que parecía quedar oculto durante el día, pero que al caer la oscuridad barría las calles de punta a punta, y convertía aquella pequeña urbe en un lugar apacible en el que perderse. Aun así, las calles estaban desiertas. No quedaba nadie en la plaza y sólo el sonido de la brisa, testigo de la tormenta que había sacudido las esquinas durante el día anterior, desafiaba la tranquilidad en la que dormía abrazada la luna. La feria había llegado. Y también la feria, en calma, olía aquella noche a mimosa.
Acababan de llegar a la ciudad, y apenas habían tenido tiempo de montar aún los tenderetes. Cada uno había cogido el sitio que se le había asignado, y algunos de ellos habían conseguido levantar ya una parte de los puestos, pero nada más. Todos se habían ido a descansar temprano, porque el día siguiente empezaría muy pronto, casi recién salido el sol, para darle los últimos retoques al entorno, con el fin de que todo estuviera listo para que la plaza, y todos los rincones por los que se extendía el mercado medieval, retrocediera en el tiempo y situara a los ciudadanos en algún lugar, en ese mismo punto del mapa, pero algunos siglos más atrás.
Este año, la feria medieval era enorme. Era la tercera vez que exponían en esa ciudad, pero en esta ocasión casi duplicaban el número de puestos que la edición anterior. Así, habían triplicado el espacio disponible. Normalmente concentraban la feria en la plaza mayor del pueblo, ocupando de paso una parte de las calles adyacentes, convirtiendo el centro de las ciudades en un núcleo medieval. Este año, los puestos empezaban en una pequeña plaza que había junto a la plaza mayor, al otro lado del ayuntamiento, y también habría tenderetes en la plaza de la catedral. La feria ocuparía en total tres zonas diferentes, y en todas ellas había ya algunos puestos a medio levantar. Los camiones y furgonetas ocupaban la parte final de la feria, y se repartían como podían alrededor de la catedral, algunos subidos en las aceras, otros obstruyendo por completo una calle peatonal; los más, aparcados malamente sobre la tierra amarilla que rodeaba el imponente edificio de piedra. Junto a uno de los camiones, el puesto de cetrería, el único montado por completo, con los halcones durmiendo dentro, con la cabeza tapada, debajo de las lonas. Sólo el sonido del aire al agitar las banderas, colgadas ya de las cuerdas que cruzaban las calles de balcón a balcón, rompía el silencio y la tranquilidad de la noche.

Pero no todo el mundo dormía.

En el otro extremo de la feria, en una de las calles adyacentes a la gran plaza porticada en la que aguardaba el grueso de los tenderetes, comenzaron a oírse los pasos apresurados de una persona que corría. El ruido de sus zapatos golpeaba nerviosamente las piedras, y las paredes de la plaza devolvían el eco de los pasos con la misma agitación con la que éstos le llegaban. Por una de las callejuelas apareció un hombre vestido con una túnica vieja, parte del vestuario que tenían todos los que participaban en la feria, y unas sandalias de cuero. Tenía el pelo blanco, mal repartido por las sienes, y una enorme calva en la parte de arriba de la cabeza. La gran barba, también blanca, contrastaba con el marrón de la túnica en el pecho. Corría con la prenda arremangada de mala manera, y las dos manos casi apoyadas sobre los muslos le daban a sus movimientos un deje cómico, de no ser…

… de no ser porque aquellos eran sus últimos pasos.

Se paró en seco nada más entrar en la plaza. Miró alrededor, jadeando, y reconoció una sombra en una de las paredes, a su izquierda, por encima de los pórticos. La sombra se fue haciendo cada vez más y más grande, mientras abría una gran boca negra de la que parecía escapar un grito sordo. El hombre se tapó las orejas con las dos manos, y pronto notó cómo el resto de sombras iba ocupando la plaza. A izquierda y derecha, sombras y más sombras. Ya estaban aquí.
Echó a correr mientras la plaza se llenaba de sonidos que sólo escuchaba él, que retumbaban en su cabeza pero no acertaban a romper el silencio sepulcral de aquella noche de primavera. Volvió a remangarse la túnica y cruzó la plaza de punta a punta con la esperanza de llegar a tiempo a los camiones para dar la voz de alarma, para avisar al resto de los feriantes. Siempre le habían considerado un loco, pero ahora, cuando todo empezaba a hacerse realidad, tendrían que escucharle, aunque fuera lo último que hiciera. Abandonó la plaza por uno de sus extremos, y las sombras se fueron detrás de él.

Cruzó todo lo rápido que pudo la pequeña calle peatonal antes de llegar al entorno de la catedral. Tropezó al subir los tres escalones y cayó de bruces sobre la arena amarilla. Las sombras se detuvieron detrás de él, encaramadas a los balcones y a las casas que le rodeaban. Ya no gritaban. Ahora estaban en silencio, expectantes, esperando para ver qué iba a ocurrir. El hombre se levantó como pudo y notó un dolor agudo en la rodilla, mientras la sangre manchaba la parte interior de la túnica y se derramaba, con su calidez, por la pantorrilla. Consiguió cruzar la mitad de aquella pequeña plaza cuadrada, hasta llegar al templete herrumbroso que marcaba el centro de aquel espacio. De repente, algo le paralizó por completo.
En el centro de la estructura metálica, como esperando para empezar a actuar, había una figura enmarcada en una túnica blanca, con la capucha puesta. No se le veía la cara. De haber llevado la capucha quitada, lo último que aquel viejo hubiera visto en esta vida hubiera sido un cráneo pelado y arrugado, y dos agujeros negros en las cuencas donde antes había ojos, una lengua gris y una boca pestilente. En lugar de eso, dos llamas rojas ardían, muy vivas, dentro de aquella capucha. El anciano, al ver que la figura avanzaba hacia él, se puso de rodillas y empezó a suplicar.

La figura avanzaba lentamente, cubriendo con paciencia la distancia que le separaba del viejo. En aquel trayecto, el hombre pudo distinguir el escudo de armas que portaban algunos de los caballeros que participaban en el teatro que sazonaba la feria cada tarde, grabado en uno de los lados de la túnica, junto al hombro. Lo reconoció justo en el momento en el que la figura se echaba sobre él. El anciano, de rodillas, vio el destello de una hoja afilada asomar por debajo de una de las amplias mangas de la túnica blanca, antes de que la figura, con una mano enguantada en una tela negra, le hundiera la cuchilla en la garganta.
Y desapareció. El anciano cayó hacia atrás tosiendo con dificultad mientras la tráquea y la boca se le llenaban de sangre. Notó el sabor de aquel líquido rojo, viscoso, que empezaba a ahogarle mientras se arañaba con las largas y sucias uñas la herida que acababa de abrirse en su cuello, buscando un resquicio por el que respirar. No lo encontró. Murió ahogado en su propia sangre, seca ya sobre la tierra amarilla cuando le encontraron, a la mañana siguiente.

Aquel día, por primera vez desde que había comenzado la primavera, la ciudad se despertó aún con aquel dulce olor a mimosa.

viernes, 6 de mayo de 2011

El deber de soportarme...

Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Odio cómo resuenan a mi alrededor la música de los tambores, los ecos lejanos de la verbena mientras yo espero a que llueva, porque creo que en algunas de esas gotas está perdida tu saliva, y no quiero que vuelva a caer al suelo sin tocarme. Y la gente salta, y ríe, y baila; y yo en secreto no puedo sino detestarlos por estar viviendo un pedazo de la vida que yo quiero para mí. Que yo quiero para los dos. Y tengo que medir cada uno de mis actos, cada una de mis palabras, para que esta ira que cultivo en silencio, en el huequito que me deja tu falta, no estalle en la cara de los demás.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Porque es más fácil soportar este vacío cuando la noche viene oscura y gris, cuando hay nubes en el cielo y cuando no está la luna para iluminar los rincones en los que no te encuentro. Entonces, sólo entonces, es más fácil soportar la espera junto a la ventana, buscando que el cristal me devuelva tu reflejo para poder abrazarme a él, y tratar de aspirar donde no estás los olores que me dejaste. No es sencillo levantarse cada día con una cama vacía, con una vida sin amueblar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo, a gritos, la agonía del luto por tu ausencia. No me sienta bien mi piel estos días en los que no estás conmigo. No estoy cómodo dentro de mi cuerpo, ni estoy a gusto enhebrando en mi cabeza la aguja que tengo clavada con los hilos arrancados de tus recuerdos. La noche duele, como los días, y ya no me quedan heridas por las que sangrar.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo grito por tu ausencia. Pero la música que me rodea apaga el sonido de mi voz. Nadie gira la cabeza para mirar, nadie se asusta por los alaridos que oyen, de fondo, en algún lugar. Así que las lágrimas que derramo son sólo para mí, y se mezclan con el vino que bebo en las copas que conservo, aún manchadas, con el rojo de tus labios.
Odio los días en los que el mundo está de fiesta y yo grito porque no estás. La garganta, en carne viva, ya ha dejado de dolerme. Tampoco me duelen ya las cicatrices. Poco a poco, me digo, tengo que ir saliendo adelante. Pero no lo consigo.
Odio los días en los que no estás, porque eso hace cada vez más difícil la terrible tarea de soportarme…

miércoles, 6 de abril de 2011

Fragmentos (III)

(..)Sonó el teléfono:
-Dígame
-Santi, soy yo… Papá ha muerto.
-…
-Santi… ¿estás ahí? Di algo, por dios.
-¿Cuándo ha sido?
-Hace cosa de una hora. Los últimos días había empeorado bastante, y anteayer los médicos nos dijeron que no tenía solución. He intentado llamarte –y era verdad- pero no me has cogido el teléfono. Ha sido imposible localizarte.
-¿Cómo está mamá?
-Ahora mismo, consternada. No reacciona. No sabe si llorar o gritar. Está muy afectada. Sigue sentada al lado de la cama vacía que ocupaba papá, con la mirada perdida… -Cuando volviera a casa, repetiría esa misma escena en su cama, en la colcha de siempre, en la habitación de siempre… mirando como siempre la misma ventana…- ¿Quieres hablar con ella?
-No
-Santi, a papá lo enterrarán mañana por la tarde, ¿vas a venir?
Tardé unos minutos en contestar. En medio de la borrachera, intentaba poner en orden mis ideas, tratar de ordenar mis pensamientos. Sin llamarlos, habían acudido todos al encuentro con el alcohol, y en ese momento se encontraban encima de la mesa, desparramados como las cartas de un castillo de naipes que se acaba de caer; y yo los miraba sin saber cuál coger para volver a empezar a construir todo aquello.
-¡Santi!
-No
Y colgué el teléfono. Aquél ‘no’ tuvo que ser un flechazo que impactó en lo más hondo de mi hermano, porque ya no volvió a llamar.

Pagué la cuenta y me marché a casa. De camino, notaba cómo se iban acentuando los efluvios de la borrachera. Cada vez estaba más mareado, me sentía peor. Tuve que parar para vomitar. Allí, apoyado en una farola, dejé que todo el alcohol que había bebido se derramara, garganta arriba, para acabar en las entrañas de París. Cuando me recompuse, seguí la marcha, ignorando los cuatro pares de ojos que me miraban ocultos en un portal. La noche caía sobre la ciudad de la luz.

Cuando llegué a casa, H. estaba allí, sentada sobre la mesa, leyendo. No dije nada. Cerré la puerta de un golpe y me fui hacia ella al tiempo que me iba desnudando. Me miró fijamente mientras me acercaba y dejó el libro cuidadosamente sobre la mesa, junto a su pierna. Fue lo último que sucedió cuidadosamente. La cogí en brazos y la tiré sobre la cama, antes de quitarme el pantalón. Ella sólo llevaba puesta una camiseta interior y las bragas, y desprenderse de ambas cosas le llevó el mismo tiempo que a mí sacar el pie del pantalón vaquero antes de caer sobre ella. La besé con furia y le mordí el labio inferior, primero un poco, luego haciendo más fuerza, hasta que noté cómo se abría, como una manzana madura, y el sabor de su sangre me rozaba la lengua. Me rodeó con las piernas y clavó las uñas en mi espalda, muy fuerte, muy dentro, mientras me miraba fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre brotó por la comisura de sus labios, y lo lamí mientras la penetraba. Con la noche recién llegada sobre el cielo de París, follamos como si fuera lo último que nos quedaba, hasta que su piel y mi piel dolían como una sola. Sin decirnos una sola palabra.

Al terminar, mientras ella se encendía un cigarro, yo me tumbé boca arriba, invitándola a descansar sobre mi pecho. Fumó en silencio, echándome el humo en la cara, mientras yo miraba al techo. Casi cuando se hubo terminado el pitillo, cuando nuestras respiraciones habían recuperado su ritmo normal, se incorporó para hablar.

-¿Qué ha pasado?
-Me ha llamado mi hermano, desde España. Mi padre ha muerto.

No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta. Dejó que lo que quedaba del cigarro se consumiera en el cenicero, sobre la mesita, y se tumbó de lado. La rodeé con los brazos y la apreté fuerte contra mí, hundiendo mi nariz en su pelo negro. Poco a poco, bajé la cabeza, hasta que mis labios encontraron el nacimiento de su cuello, y allí, sobre su espalda desnuda, morena, por primera y última vez, lloré por la muerte de mi padre.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El miedo detrás de la puerta

Todavía no sé cómo explicarlo. No encuentro las palabras. Sólo sé que un sudor frío me baña en estos momentos, y que estoy agachado, hecho un ovillo, tras la puerta de una habitación en la que el calor se escapa por las rendijas de la puerta en la que estoy apoyado. Me falla el pulso. La linterna con la que alumbro la habitación a oscuras se me cae de las manos, se me escurre, como si se tratara de un pez mojado que intento atrapar sin éxito. Cuando quiero cerrar el puño ya no está, y oigo el sonido metálico que hace al caer al suelo e impactar contra las baldosas frías. Espero que no se haya roto, porque entonces alrededor no habrá luz, sólo tinieblas, y no creo que eso sea bueno para mí.
Tengo miedo. Hasta ahora no sabía cómo definir esta sensación, pero ahora ya lo sé. Lo estoy aprendiendo sobre la marcha. A partir de ahora, cuando alguien me pregunte qué es el miedo, sabré responder: es un latido opresivo en el pecho, un zumbido constante en los oídos, el sudor frío que te quema en la espalda y este temblor de manos, a medio camino entre el nerviosismo y el tiritar, que convierte los objetos en agua. Al menos, la linterna funciona. ¿Dónde estoy? No quiero moverme del sitio en el que me encuentro, apoyado contra la puerta me siento seguro. Todo lo seguro, al menos, que se puede estar en un sitio desconocido, sin más luz que un pequeño haz redondo que no alcanza a definir la pared que tengo enfrente.
Aquí sólo hay polvo. Veo algunos muebles cubiertos con mantas blancas llenas de polvo, como si me encontrara en el trastero de una gran mansión, en una de las habitaciones de una casa enorme que ya nadie utiliza. Antes de olvidar estas cosas, las han tapado con mantas, pero el polvo ya ha convertido en inútiles tantas precauciones y se filtra por debajo de la tela que cubre la madera. Suponiendo que eso sean muebles. Llevo un rato aquí y ya me pica la garganta.
No veo nada más. Tampoco oigo nada. Bueno, sí, una gota que no para de caer en un rincón de esta habitación, no sé cuál, y que al principio sonaba hueca, como si cayera encima de un trozo de madera. Pero no puede ser, porque ahora, unos minutos después, empieza a sonar como si las gotas, al caer, no hicieran sino reunirse con otras muchas que ya cayeron antes, y que han formado un charco en el suelo. Tac. Tac. Tac. Tac… Voy a volverme loco. ¿Es de día o es de noche? ¿Qué querrán de mí? ¿Quiénes son? No sé si hacerme preguntas servirá de algo en mi situación porque, bien pensado, tampoco sé cuál es mi situación. Anoche, porque el día de ayer sí que tuvo noche, estaba en mi cama leyendo antes de dormir. Cuando el sueño me venció, apagué la luz y todo quedó a oscuras. Desde entonces sigue así. He despertado en esta habitación, en medio de este polvo que quizá fueron otras vidas, descalzo, con la única compañía de una linterna.
El corazón se me está acelerando poco a poco. Antes era un latido que me comprimía el pecho, pero ahora empieza a ser un dolor sordo que no sé cómo parar. Pum. Pum. Pum. Pum… Tengo que dejar de hacerme preguntas. No saber las respuestas no va a tranquilizarme, sólo conseguirá que mi corazón lata más deprisa, y que se me seque la boca. Tengo sed. No voy a hacerme más preguntas. Quizá esto sólo sea parte de un juego, de algo parecido a un enigma. O allá afuera, tras esta puerta que no puedo abrir, atrancada por fuera, en realidad lo que me espera es una fiesta sorpresa. Pero, entonces, ¿por qué estoy descalzo?
¡¡Pom!! ¿Qué ha sido eso? Dios mío, ¿qué ha sido eso? Tengo que tranquilizarme. La puerta se ha movido. Algo la ha golpeado con una violencia tremenda desde el otro lado. Se me va a salir el corazón por la boca. Por dios, no sé qué ha sido eso, pero no pued… ¡¡Pom!! ¡Otra vez! ¿Quién está ahí? ¿Qué hay al otro lado? Dios, no puedo, no, no, no puedo… un momento, algo se ha movido dentro de la habitación. Si lograra enfocarlo con la linterna. ¡Sí! Esa sábana se ha movido. Aún hay polvo flotando en el aire, una nubecilla, el rastro de ese movimiento. No sé qué está pasando aquí, no quiero saberlo, sólo quiero… ¡¡Pom!! ¡¡Pom!! ¡¡Pom!! ¿Qué quieren de mí? Se me ha caído la linterna… dónde está… no la encuentro… aquí… ¡Mierda! ¡Se ha roto! Ahora estoy ciego ante lo que me espera, pero sigo sin saber por qué la puerta tiembla, qué hay al otro lado que la empuja… joder, estoy llorando… ¡estoy llorando de miedo! Tengo que tranquilizarme, tengo que incorporarme y respirar hondo para tratar de mantener la compostu… ¡¡Pom!! ¡Joder! ¡Quiénes sois! ¡Qué queréis de mí! ¡Dejadme tranquilo! Sólo quiero volver a mi casa… sólo quiero vivir en paz… ¡¡Sólo quiero morir en paz!!
Si no salgo pronto de aquí voy a quitarme la vida, voy a morderme la lengua, voy a… ¡¡Pom!! ¡Mierda! Mierda… mierda… mierda… Tengo que secarme las lágrimas, voy a levantarme, voy a… voy a… no puedo ir a ninguna parte…

miércoles, 9 de marzo de 2011

Fragmentos (II)

párrafos al azar de una historia que busca su suerte

...pero la historia, como los dolores de cabeza, me estaba esperando aún. Una noche en la que las paredes de mi pequeña casa se hacían cada vez más estrechas y el aire más pesado, tanto que hasta se podía masticar, decidí buscar el refugio de la calle. Nada más llegar a aquel pequeño antro sopesé la posibilidad de que la locura adelantase a la lucidez, y perdiera el norte antes de encontrar el hilo del que tirar para desenredar esa historia que estaba persiguiendo. Cogí el abrigo y me metí en el bolsillo un ejemplar antiguo de Buenos días, tristeza de Francoise Sagan en francés, con el que llevaba tiempo peleándome para tratar de desentrañar una historia conocida en un idioma nuevo; y me aventuré a la noche. Quizá para hacerme un guiño, o para intentar avisarme del destino que me aguardaba a la vuelta de la esquina, aquella fue la primera noche primaveral que disfruté en mi nueva ciudad. Pronto lamenté llevar el abrigo puesto, aunque sin él no hubiera podido entrar en el bar con el libro en la mano y sentarme en una de las mesas, apartado de todo el mundo, para beberme una cerveza y brindar a la noche con mi soledad.
Cuando el camarero vino a mi mesa me limité a señalar una de las cervezas que había en la carta que había junto al cenicero, y le pedí también un chupito de bourbon para acompañarla. El local era una taberna irlandesa hecha casi toda en madera con una de esas barras que aparentan una antigua cama con dosel, recorrida por arriba por una vitrina, también de madera, que dejaba a la vista del cliente el inventario de bebidas que tenía a su alcance si quería recordar mientras bebía en una noche que pronto se borraría de su mente. No se debería alimentar la gula de esa forma, sobre todo si de la ansiedad de aquel romance dependía la salud de uno. El mismo camarero que me había tomado nota dejó ante mí una pinta de cerveza y un vaso, un poco más alto que un chupito, lleno a rebosar de un líquido ambarino que, como sabía por experiencia propia, pronto estaría ardiendo, garganta abajo, buscando apagar la hoguera que ya se había formado en mi estómago. Pagué la consumición antes de que el joven abandonara mi mesa y volviera al refugio de la barra, y abrí el libro con la intención de pelearme con el francés más puro que conocía, el lenguaje de Sagan, para tratar de olvidar todo lo que me rodeaba.
Tres páginas después, las cuales leí con mucho sufrimiento, me cansé de desentrañar el extraño lenguaje en el que el libro me hablaba, pero lo mantuve abierto, frente a mí, como excusa para radiografiar con la mirada todo el bar. Para tratarse de un día de diario, se podía decir que el local tenía su ambiente. Un ruidoso grupo de jóvenes bebía cerveza a toda velocidad en la barra, y había dos o tres mesas ocupadas, aparte de la mía. En una, una pareja hablaba en voz baja, mientras que en otra dos chicas jóvenes lo hacían con la voz lo suficientemente alta como para que pudiera darme cuenta, dos frases después, de que eran tan extrañas como yo, pero con algunas diferencias: ellas se reían en inglés mientras yo sudaba lo indecible para leer unas líneas en francés, parapetado como estaba en mi castellano más voraz. Enfrente de mí, junto a la pared, había otra mesa ocupada. En ella, una chica joven leía una edición antigua de un libro. Delataban su edad esos cortes de arriba abajo que se hacían en el lomo del mismo, provocados por el uso incontrolado. Yo tenía un par de volúmenes así, que leía compulsivamente siempre que podía. Algunos de ellos me habían acompañado hasta París, y me estarían esperando en su lecho de polvo a mi vuelta a casa.
Tenía el pelo corto, tan moreno como la noche, tan negro como sus ojos. El flequillo le caía por un lado de la cara y le tapaba uno de los ojos, pero dejaba al descubierto una gran parte de su boca. Tenía los labios finos, bien dibujados, y dejaban entrever una sonrisa etérea, de esas que no se olvidan. Llevaba un jersey oscuro de cuello vuelto, y mordía un lápiz mientras leía. De cuando en cuando, subrayaba algunos pasajes del libro, pero pronto se llevaba otra vez el lápiz a la boca, y seguía mordiendo la punta. Tenía las manos finas, y se mordía las uñas. El cuello asomaba apenas por encima de la tela del jersey, al igual que por debajo de su boca asomaba, en un lado, un lunar. Era preciosa. Sobre la mesa, junto al café que estaba tomando, había una bufanda azul. Me pasé un rato mirándola por encima del libro, concentrada como estaba ella en su lectura, casi absorta. Bebí un sorbo de cerveza y apuré de un trago el vaso de bourbon, y mientras me quemaba la garganta con su abrazo cerré el libro y lo dejé encima de la mesa. Absorta como estaba en las palabras que devoraba con aquellos ojos negros, casi tristes, decidí contemplarla sin disimulo. Un rato después, cerró el libro con el lápiz entre las páginas, apuró el café y levantó la vista, y sus ojos y los míos se encontraron. No sé de dónde saqué las fuerzas suficientes para sostenerle la mirada, pero cuando llevaba unos minutos naufragando en el oscuro mar de sus pupilas, sonrió.
Dejó la taza vacía sobre la mesa, recogió el bolso del suelo y metió allí el libro y la bufanda, y se marchó. Cuando se puso en pie pude ver que era un poco más baja que yo, y la fragilidad que delataban sus ojos estaba muy acorde con su cuerpo: pequeño, moreno, delgado. Caminó hacia la puerta y, cuando pasó junto a mi mesa, deslizó un dedo por el dorso de mi mano, en una caricia que me heló la sangre. Pude sentir cómo se trizaban uno a uno todos mis nervios, y un latigazo frío me golpeó en la base del cuello, junto a la nuca. No paró siquiera. Abrió la puerta del bar a mis espaldas y se perdió en la noche. Cuando quise reaccionar, ya era demasiado tarde. Salí atropelladamente del bar y no había rastro de ella. Corrí hasta una de las esquinas y tampoco encontré rastro alguno de su presencia en medio de la gente que, en esos momentos, caminaba quién sabe hacia donde...