<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065</id><updated>2012-01-28T20:56:30.520+01:00</updated><category term='invierno'/><category term='tarde'/><category term='silencio'/><title type='text'>Un cuerpo que late</title><subtitle type='html'>No estoy seguro de tener un corazón, pero sí de que tengo un cuerpo que late...</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>72</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7798260935501398970</id><published>2012-01-27T13:16:00.002+01:00</published><updated>2012-01-27T13:18:36.506+01:00</updated><title type='text'>Palabras para Fátima</title><content type='html'>Supongo que quien sólo tiene palabras, son palabras todo lo que da. Yo ni siquiera las tengo. Necesito escribirlas para que sean mías, porque muchas veces no soy capaz de pronunciarlas, ya lo sabes. Se me quedan ahí, colgando de la punta de los labios, y acaba por salir un balbuceo que sí, queda gracioso, pero no sirve para decir nada, y mucho menos las cosas que realmente importan. Luego también está la distancia. Supongo que cuando nos conocimos, hace ya casi diez años, ninguno de los dos pensaba que íbamos a recorrer todo este camino juntos, de la mano o desde lejos, y que íbamos a ir pisando por las mismas baldosas amarillas. Si no fuera por la distancia, podría estar mirándote a los ojos mientras te digo todas estas cosas, o mejor dicho, mientras dejo que salga un balbuceo de mi boca porque todo esto me atropella, y tú me miras y sonríes, como lo has hecho siempre. Eres un corazón enorme detrás de una sonrisa maravillosa. &lt;br /&gt;Bien pensado, y aunque no lo quiera, la distancia es hoy una excusa. Porque hoy podría escribir muchas palabras, crearlas de la nada, que aparecieran sobre un papel, pero nunca alcanzaría a decir todo lo que intento decirte. Podría hablarte de pérdidas y no sabría de lo que estoy hablando; podría hablarte de mirar hacia delante cuando a mí me duele el cuello de echar la vista atrás; podría decirte que todo pasa sabiendo que lo que pasa se convierte en pasado, y que el pasado siempre vuelve. Al menos, de vez en cuando. Podría jurarte, también, que en el cielo que nos espera ya no habrá más nubes, pero sería mentira: aún tenemos que bailar bajo demasiadas tormentas. Podría mentirte, pero no quiero; si puedo, no lo haré nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría decirte miles de cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría decirte, por ejemplo, que a veces juego a vernos dentro de unos años, en un banco cualquiera en un parque cualquiera, sentados espalda con espalda. A veces hablamos, de nuestras vidas. A veces ni siquiera eso, sólo callamos y dejamos que se consuma la tarde. En silencio, sin balbuceos. Mereces que todo te salga bien.&lt;br /&gt;Podría decirte que estoy a tu lado, que estamos a tu lado, pero espero que eso ya lo sientas. Llámanos. Caminar en la oscuridad no es fácil, siempre vienen bien algunas manos en las que apoyarse para avanzar. Quizá, y sólo quizá, entre todos duela un poco menos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría decirte que esto te hará más fuerte. Pero tú ya eres fuerte.&lt;br /&gt;Podría decirte muchas cosas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría decirte que te quiero, pero eso ya lo sabes. &lt;br /&gt;Podría decirte tantas cosas, que lo mejor es que me calle para no balbucear. Sin parque, sin banco, pero espalda con espalda, aunque sea desde lejos. En silencio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7798260935501398970?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7798260935501398970/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7798260935501398970' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7798260935501398970'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7798260935501398970'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2012/01/palabras-para-fatima.html' title='Palabras para Fátima'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-2598057317259291084</id><published>2012-01-17T16:05:00.000+01:00</published><updated>2012-01-17T16:06:19.432+01:00</updated><title type='text'>Sácame de aquí</title><content type='html'>El viejo coche iba dejando tras de sí una enorme estela de polvo mientras se acercaba a aquel aparcamiento de tierra. Podía ver cómo todo lo que quedaba atrás se diluía en aquella nube marrón que poblaba los espejos retrovisores. El polvo era lo único que se interponía entre el sol abrasador del mediodía y un suelo que ardía como las paredes del mismo infierno. ‘Puto verano, no va a acabar nunca’, pensó, y se revolvió un poco más dentro de su traje negro, con las manos aún en el volante. Cuando el monstruoso edificio de piedra gris apareció ante él, aminoró la marcha y sacó un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor que perlaba su frente. De poco le iba a servir, porque las marcas del calor ya habían convertido en amarillento el borde superior del cuello de su camisa blanca. No aparecería impoluto en su primera cita. &lt;br /&gt;Aparcó junto a la enorme puerta de entrada y se bajó del vehículo con cuidado. El polvo empezaba a desaparecer y no quedaba rastro del camino que había recorrido hasta allí. Se sacudió un poco los pantalones y vio el contraste entre la tierra del aparcamiento y el brillo impoluto de sus zapatos recién lustrados, dos enormes cucarachas negras en medio de aquel lugar sin nombre. Se acreditó debidamente en la entrada y un funcionario le invitó a entrar en una enorme sala de espera con sillas de plástico gris, en la que el aire acondicionado, junto con el sudor que ya traía del camino, le hicieron estremecerse. ¿O fue el lugar lo que le provocó el escalofrío? Era la primera vez que estaba en una cárcel, aunque sólo fuera de visita. &lt;br /&gt;El alcaide llegó pasados diez minutos, cuando su pulso ya se había habituado a las nuevas condiciones. Tras intercambiar un breve saludo le solicitó otra vez la documentación, y después de echarle un rápido vistazo le pidió que le siguiera. Atravesaron dos galerías en las que los guardias tuvieron que abrir hasta cuatro rejas distintas de manera automática, y llegaron a un pasillo estrecho cerrado por una puerta metálica que el alcaide abrió de manera manual. ‘Le está esperando’, le dijo, y pidió a uno de los guardas que le acompañara.&lt;br /&gt;Al final del pasillo había una pequeña celda en la que aguardaba un hombre, tras los barrotes, sentado en una silla, con la cabeza agachada. Rapado al cero, en la parte de atrás del cogote se intuían los retazos de un tatuaje colorido que le nacía en la nuca, con unas letras que el abogado no pudo descifrar. El pasillo estaba oscuro, y en aquella pequeña celda apenas había luz. Habían dispuesto una silla frente a los barrotes para que el letrado tomara asiento. Cuando lo hizo, sacó del maletín de cuero tres carpetas con papeles y pidió al guardia un poco de intimidad. Éste se retiró unos metros para que pudieran hablar a solas. &lt;br /&gt;Le temblaban las manos. Estaba nervioso, había que reconocerlo, pero esperaba poder ocultarlo. Frente a él, el tipo con el mono naranja aún miraba al suelo, con las manos en la cara, tapándose el rostro. Eran manos grandes, fuertes. Armas de piel y huesos. Después de colocar junto a él las carpetas, echó mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacó el paquete de tabaco, encendió un cigarrillo y extendió la mano entre dos de los barrotes, con el pitillo humeante. El recluso pareció despertar al fin, agarró el cigarrillo y empezó a fumar con placer. El abogado encendió otro para él y le deslizó el paquete casi entero. Quería ganarse su confianza.&lt;br /&gt;Luego, con el humo del tabaco escurriéndose hacia el techo entre los dos, poniendo volutas a aquella fría oscuridad, le miró a los ojos. Pudo ver detrás de aquellas dos pupilas un océano helado. Notó sobre él una mirada dura, cosida con los costurones de la calle y pulida en la cárcel, con el acero de la supervivencia entre rejas. El pulso se le aceleró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Hank. Voy a ser tu abogado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No recibió respuesta. Apenas un leve movimiento de cabeza, un pequeño asentimiento, y otra larga calada al cigarrillo. Más humo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que tengo que saber algunas cosas. ¿Lo hiciste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El frío se acentuó. Notó cómo le calaba los huesos y casi pudo sentir cómo se trizaban, en medio de la espalda, algunos de sus nervios. Casi no pudo contener el espasmo. Enfrente, Hank seguía fumando con calma, con los ojos entrecerrados. Mientras esperaba la respuesta, abrió el expediente del caso y leyó los primeros párrafos. Aquella noche, la cosa se le fue de las manos. Discutió con su chica, y no pudo evitarlo. La abofeteó y notó cómo le hervía la sangre. El tipo que estaba fumando delante de él había matado a golpes a su novia. Con los puños, desnudos, sin ningún objeto. La tiró al suelo, se sentó sobre su pecho y empezó a darle puñetazos hasta que se cansó. Ni más, ni menos. Luego se encendió un cigarrillo y abrió una cerveza. Cuando llegó la policía, avisada por los vecinos, él estaba sentado en el sillón, con la cerveza aún fría y el cigarrillo entre los labios, con ella tumbada en el suelo, viva aún. ‘Respiraba sangre’, dijo uno de los policías, ‘la cara era una masa de carne roja; respiraba aún, pero por todos sus orificios respiraba sangre’. Se removió un poco en la silla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro leve movimiento de cabeza. Un asentimiento tibio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué esperas entonces que haga yo?&lt;br /&gt;-Que me saques de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No iba a ser fácil. Pero tampoco era imposible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dalo por hecho.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-2598057317259291084?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/2598057317259291084/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=2598057317259291084' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2598057317259291084'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2598057317259291084'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2012/01/sacame-de-aqui.html' title='Sácame de aquí'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6505790614530983302</id><published>2011-12-09T12:58:00.000+01:00</published><updated>2011-12-09T12:59:01.789+01:00</updated><title type='text'>Café Caronte</title><content type='html'>Las promesas que duran toda la vida son aquellas que se hacen a media luz. Por eso, en aquel lugar, la iluminación nunca pasaba de tenue, y mucho menos cuando más allá del cristal el invierno escupía niebla sobre la ventana y reducía la ciudad a un espejo en el que sólo se reflejaban sombras. Las mesas, redondas, estaban desperdigadas por toda la estancia, y sobre ellas unas lámparas pequeñas con una tulipa oscura le daban al café toda la luz que éste tenía. En las mesas en las que había gente, la lámpara estaba encendida, y la bombilla aguardaba apagada en aquellas en las que las sillas, vacías, esperaban también los susurros de aquella noche de diciembre. El humo del tabaco flotaba por encima de las cabezas, y se apartaba para dejar paso a la voz de aquella mujer que, de pie junto al enorme piano de cola, se desgarraba la garganta con un doloroso bolero. El pelo, negro, largo, le caía sobre uno de sus hombros, y el flequillo le tapaba el hueco donde un día estuvo uno de sus tremendos ojos negros, un lugar en el que ahora sólo queda una horrenda cicatriz. Aun así, a pesar de que su rostro conserva aún el deje atormentado de quien ha vivido el horror y ha pagado por ello, era bella. Bellísima. Y de su garganta salía aquella voz afilada que cubría de acero todas las letras, y cortaba por la mitad las almas de todos aquellos que cada noche se sentaban a contemplarla entre susurros, y dejaban pasar su mirada de una sola pupila para balancearse en el aire y caminar descalzos por el filo de su voz. Cómo dolía. Con qué belleza dolía aquella voz. En el piano, un hombre viejo, demasiado viejo para todo, se afanaba en tocar las melodías que ella vomitaba sobre la atmósfera del local, a pesar de que en una de sus manos tan sólo quedaban dos dedos, el pulgar y una especie de garfio formado por los restos del dedo anular y el dedo corazón, unidos bajo una misma piel quemada, abrasada, tiempo atrás. A pesar de eso, tocaba con una ligereza que hacía pensar, cuando uno cerraba los ojos, que quien en realidad estaba deslizando sus dedos sobre las teclas era un ángel, a pesar de que la cara del músico advirtiera, a la legua, que quien acariciaba la sonrisa de marfil del piano era el mismísimo diablo. Hacia un lado y otro, por entre las mesas, deambulaban dos camareras rubias, bien ataviadas, que habían conocido tiempos mejores, pero que conservaban ese aire de dignidad de quien ha caminado mucho por el mundo y no se resigna a parecer acabada subida a unos tacones baratos y rojos sirviendo consumiciones en un bar fronterizo con el infierno. Con el pelo bien colocado, cardado casi, ocultaban sus feas cicatrices a los lados de la cabeza: a una le faltaba la oreja izquierda; a la otra, la derecha, arrancadas de cuajo ambas en un pasado no muy lejano. Caronte, un nombre muy apropiado para un lugar que estaba a medio camino entre la realidad y el otro mundo, a un paso de esa oscuridad de la que nadie vuelve y en la que uno puede cruzar los brazos detrás de la cabeza y dejarse llevar plácidamente por un río de aguas negras, hacia la malévola eternidad de las sombras, si guarda unas monedas con las que satisfacer el apetito del barquero. Monedas no faltaban en aquel café mal iluminado que hacía esquina con la muerte. Una de las camareras se acercó a la puerta de los baños con un vaso ancho en el que un líquido ambarino cubría tres grandes cubitos de hielo, y lo apoyó en la mesa que había junto al taburete que ocupaba un tipo vestido con camisa blanca y chaleco negro, encargado de custodiar la entrada a los servicios. Unas grandes gafas oscuras remataban un rostro cetrino, con arrugas alrededor de la boca. La camarera acercó su boca a la nariz del ciego y exhaló su aliento de años perdidos sobre la boca del invidente, que descubrió una sonrisa desdentada antes de atacar la copa recién servida. Las uñas, negras; el alma podrida.&lt;br /&gt;De las siete mesas que tenía el local, había cuatro ocupadas, tres de ellas por personas que pasaban la noche solas entre tragos de alcohol ardiente y boleros disparados a quemarropa. Tras la barra, en esos momentos, no había nadie, pero cualquiera diría que el café estaba regentado por pequeñas figuras negras con grandes alas cubiertas de plumas que se movían tras ella, en la parte de abajo, porque a pesar de que no se veía forma alguna junto a las botellas el sonido de los vasos entrechocando no cesaba. Todos los clientes de aquella noche lo oían, acunados por la voz de Estigia, que desde el escenario seguía dejándose la laringe en aquellas melodías apagadas. Todos, menos la pareja que ocupaba una de las mesas del rincón. Allí sólo se oían los susurros. En aquel rincón del café parecía que había más luz que en el resto de la estancia, pero eran aquellos ojos, a caballo entre el verde del mar al atardecer y el azul del cielo, los que conferían a aquella mesa un color especial. El pelo, rubio pero apagado, le caía a los lados de la cabeza, y el flequillo, de derecha a izquierda, le tapaba la frente y le caía sobre los párpados. La boca, pequeña; los labios bien dibujados, una voz suave pero ardiente, un taladro para el alma. Los brazos, largos, delgados, el cuerpo pequeño; una niña hecha mujer. Así era ella. Él era un tipo normal, callado y dubitativo, taciturno. En ese momento habían dejado de susurrar y los dos se miraban desde lo más hondo, desde ese lugar en el que las entrañas se confunden con los sentimientos y salen todos vomitados y teñidos de un rojo sangre que no se borra siquiera con el abrazo del olvido. Los dos arrancaban de ahí sus miradas que decían todo, y se cogían las manos bajo la mesa: los dedos entrelazados, los de ella y los de él, moviéndose nerviosos.  Y una promesa.&lt;br /&gt;-Para siempre, -dijo él.&lt;br /&gt;-Para siempre, -repitió ella.&lt;br /&gt;Y sellaron el acuerdo juntando las frentes, cerrando los ojos, rozándose con la punta de la nariz. Y respirándose el uno al otro. Allí donde todo era humo y canciones a media luz, ellos se regalaban el aire y el silencio.&lt;br /&gt;Nadie hubiera dicho que uno de los dos iba a morir mañana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6505790614530983302?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6505790614530983302/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6505790614530983302' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6505790614530983302'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6505790614530983302'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/12/cafe-caronte.html' title='Café Caronte'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1887082351265741284</id><published>2011-12-05T13:58:00.000+01:00</published><updated>2011-12-05T13:59:10.474+01:00</updated><title type='text'>Desamor</title><content type='html'>Cuando despertó, estaba tumbado boca arriba, desnudo, sobre la arena. Sobre su cuerpo caía un sol deslumbrante, cálido, ardoroso, pero su piel estaba empapada de un sudor helado que le hacía estremecerse. En mitad de aquel desierto inclemente, estaba temblando de frío. Intentó abrir los ojos, pero todo a su alrededor estaba negro. Todo era oscuridad. Se llevó las manos a la cara y trató de limpiarse los párpados, pero era inútil: sus cuencas estaban vacías. Las manos, mojadas también por el sudor, arrastraron hasta aquellos huecos por los que un día vio una multitud de pequeños granos de arena, que cayeron en sus cuencas. Ahora también le escocían. Tenía la boca seca, y en el esfuerzo por tratar de hacer remitir el picor que le martilleaba desde el lugar donde un día tuvo los ojos, intentó tragar saliva, y fueron cuchillas lo que le pasó por la garganta. El aire le arañó la laringe, y casi pudo notar, en la parte trasera del paladar, el dulce sabor de la sangre. Trató de levantarse, pero se sintió mareado y volvió a caer de espaldas, sobre la arena ardiendo. Si quería ir a alguna parte, empezar a buscar respuestas, debía replantearse las preguntas. Lo primero que debía hacer era averiguar dónde estaba. Mucho mejor, tenía que salir de allí. Se incorporó y se puso de rodillas, dejando que la arena le abrasara las tibias cuando posó sobre las pantorrillas el peso de su cuerpo. Involuntariamente, comenzó a sacudirse la tierra de encima con las manos. Primero, en el dorso de los brazos; luego en la parte baja de la espalda, después en los omóplatos, por lo menos en los sitios adonde llegaba con sus propias manos. Cuando quiso comprobar la parte delantera de su cuerpo se dio cuenta: algo faltaba. Y empezó a comprender. No era la primera vez que trataba de caminar junto a alguien y se dejaba el corazón en el intento. Con el temor con el que alguien acude al médico a recibir un diagnóstico fatal, se puso la mano derecha sobre el pecho, y comprobó que allí no latía nada. Se palpó con cuidado el resto de la cavidad torácica, no fuera a ser que el golpe sólo lo hubiera movido de sitio, pero no, no estaba. Había perdido el corazón. Tenía que empezar por ahí.&lt;br /&gt;Y se puso manos a la obra. De rodillas, tal y como dio sus primeros pasos en el mundo, gateó en círculos deseando que, por una vez, no se hubiera marchado muy lejos. Era complicado, porque ahora que la mente empezaba a desperezarse, le había dado por escupir un montón de flashes, como fotografías que caen una encima de otra y se superponen, y en todas había un deje de dolor. Sus ojos, con ese color a mitad de camino entre el cielo del mediodía y el mar al amanecer. Una punzada de dolor. Su pelo, también a caballo entre el trigo del verano y el color de un fuego a medianoche. Otro pinchazo en el alma. Y sus manos. Y su cuerpo, delgado, pequeño. Y su piel. Notó cómo el estómago se le oprimía y quiso gritar, pero de su garganta, agrietada, ni siquiera salió un murmullo.&lt;br /&gt;Ciego y mudo, siguió dando vueltas en círculo, tratando de no pensar en ella. Cuando estaba a punto de darse convencido, se percató de que no todos los sentidos le habían abandonado. Se quedó quieto, dejando caer el peso sobre sus pantorrillas de nuevo, erguido, con la esperanza de escuchar el latir de su corazón. Al principio, sólo le llegó el rumor de una brisa caliente. Luego, de repente, un ‘tac’. Y otro. Otros dos seguidos. Volvió a ponerse a gatas y se dirigió al lugar de donde provenían aquellos golpes, que bien podían ser el crujir de una madera seca. Cuando se sintió encima de ellos, próximo a su fuente, palpó la tierra a su alrededor con la esperanza de dar con él. Después de tres palmetazos en el suelo, tocó, con el canto de la mano derecha algo blando, poroso, una víscera caliente. La cogió con suavidad ahuecando las dos manos, y sintió su corazón latir en la punta de los dedos. El frío desapareció, y ahora era un calor ofuscante lo que ocupaba su lugar. Trató de quitarle la arena pasando con cuidado las manos por encima, como quien limpia una fruta que acaba de caer al suelo, y se acercó el corazón a la boca. Su corazón. Empezó a comérselo. Masticaba con cuidado cada bocado, y cada mordisco que daba le dolía. Tragó, y la garganta protestó, como siempre que se traga algo sin saliva. Otro bocado, y a masticar lentamente. Notaba cómo su corazón se le deshacía en la boca, y aun así masticaba con cuidado antes de tragar. Entre los dientes, rechinaba la tierra pegada a cada bocado que daba, y se le erizaba la piel.&lt;br /&gt;Sordo y ciego, estaba de rodillas, en medio del desierto, bajo un sol abrasante, comiéndose su corazón.&lt;br /&gt;De las cuencas vacías de sus ojos comenzaron a brotar oscuras lágrimas negras.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1887082351265741284?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1887082351265741284/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1887082351265741284' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1887082351265741284'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1887082351265741284'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/12/desamor.html' title='Desamor'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6623132700930827695</id><published>2011-10-07T12:52:00.000+02:00</published><updated>2011-10-07T12:54:15.816+02:00</updated><title type='text'>Batalla de octubre</title><content type='html'>Aquella era una tarde normal que poco a poco se iba convirtiendo en noche. Por la ventana se filtraba la luz anaranjada del indisciplinado sol de otoño, empeñado como estaba en convertir los albores de octubre en el eterno final de un inacabado mes de agosto. A pesar de los dictados del calendario, el corazón decía que aquella era una noche de verano más, atrasada, postergada en el tiempo, pero que pronto iba a quedar indeleble en la memoria. Sin más reflejos que el del exterior, el estudio, agonizante, ofrecía destellos naranjas en todos sus rincones: naranja la estantería plagada de libros y de polvo; naranja el sillón hasta arriba de ropa; naranja la luz sobre la cama donde yo recibía, también naranja, el reposado brillo de sus ojos.&lt;br /&gt;Mientras nos mirábamos sentados sobre aquellas sábanas, la habitación iba poco a poco quedando marcada por su olor. Olían a ella las cortinas, su olor estaba guardado en los cajones. Sabían a sus labios las dos copas de vino que a medio terminar habíamos dejado a un lado en la atropellada tarea de desnudarnos lentamente, sin prisa.&lt;br /&gt;Y allí estábamos los dos, sentados el uno frente al otro, sin más contacto que el de nuestras miradas, viendo cómo el sol asomaba por encima de los edificios. Quizá porque nos dimos cuenta de lo alejada que estaba aquella escena de la perfección cinematográfica de los pensamientos, sonreímos a la vez al descubrir nuestras imperfecciones: los lunares de la piel, las marcas de la ropa de hace un rato, las redondeces de los cuerpos. La realidad, al fin y al cabo.&lt;br /&gt;Fue ella la que rompió la quietud del amanecer de aquella noche. Puso las manos sobre el colchón y se levantó un poquito, avanzando lo suficiente para caer encima de mí, sus piernas sobre mis piernas anudándome la espalda, y me rodeó el cuello con sus brazos. “Cierra los ojos”, me dijo, y cuando dejé de verla noté cómo su boca se acercaba a la mía y se paraba un instante, a dos milímetros de mi piel, para que pudiera sentirla respirar. El aire caliente de su nariz me acariciaba la cara. El primer beso duró un segundo. El segundo, dos. El tercero, una eternidad. En ese vaivén, me acarició con los dientes el labio inferior. Luego mordió, un poquito primero, un poco más después. Apretó lo justo para que la piel cediera y brotara un pequeño hilo de sangre, que se confundió con el rojo de sus labios. Abrazados, el uno contra el otro, apenas nos dimos cuenta de que ya había anochecido.&lt;br /&gt;Un siglo después, caímos los dos sobre mi espalda. Aún anudados por un abrazo que ninguno quería romper, nos dejamos caer sobre la cama para respirar juntos, sobre las sábanas, su olor. Noté en mi estómago el calor de su vientre, y cómo éste crecía y decrecía con el ritmo acelerado de su respiración. Repasé con los dedos la forma de sus costillas mientras hablábamos juntos, a voces, el silencioso lenguaje de los jadeos. &lt;br /&gt;En medio de aquella oscuridad que nos impedía vernos, nos conocíamos mejor que nunca. Allí, piel contra piel, libramos una batalla en la que ninguno podíamos perder. Ella fue la primera en rendirse, pero firmó una tregua aparente cuando se dejó caer boca abajo sobre el colchón, ofreciéndome su espalda, que brillaba por el sudor a pesar de la negrura del otoño. Le aparté el pelo, largo, revuelto, rizado, y recorrí muy despacio, lentamente, el tramo de piel que partía en dos su espalda, desde la parte baja hasta llegar a la nuca. Bebiéndome su sudor. Ella, con los ojos cerrados, sonreía y se dejaba hacer. Cuando mi nariz se confundió con su pelo, caí rendido a su lado. Se volvió y me miró, sin perder esa sonrisa perenne de dientes grandes y blancos. Afiló la mirada, arrugó la nariz y cerró los ojos. Aquella batalla estaba a punto de finalizar, y aunque ninguno de los dos podíamos perder una cosa había quedado clara: ella había ganado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6623132700930827695?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6623132700930827695/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6623132700930827695' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6623132700930827695'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6623132700930827695'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/10/batalla-de-octubre.html' title='Batalla de octubre'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6624214806406315991</id><published>2011-09-26T13:10:00.002+02:00</published><updated>2011-09-26T13:12:18.936+02:00</updated><title type='text'>Versos para una boda</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;La vida es una batalla en la que uno necesita aliados&lt;br /&gt;Encontrar en otras manos unas manos amigas&lt;br /&gt;Descubrir en otros labios unos besos olvidados&lt;br /&gt;En otros brazos, un abrazo; una vida en otra vida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie puede tragarse solo todo el polvo del camino&lt;br /&gt;Masticar toda la tierra que el mundo escupe con saña&lt;br /&gt;Aguantar las cuchilladas que tienes guardadas el destino&lt;br /&gt;Sin sangrar sobre otra piel las heridas del mañana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Once años os contemplan, el futuro ya os aguarda&lt;br /&gt;Las miradas serán siempre más ardientes que los votos,&lt;br /&gt;Y hoy vosotros os miráis, desde dentro, desde el alma,&lt;br /&gt;Hoy dejáis de ser un yo para convertiros en nosotros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribís la nueva historia los dos cogidos de la mano&lt;br /&gt;Respiráis juntos, a la vez, las horas, los días, las semanas,&lt;br /&gt;Hoy Pedro eres ya, más que un amigo, un hermano&lt;br /&gt;Porque sostienes lo más grande, que es la vida de mi hermana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus miedos van mis miedos, en sus lágrimas mi llanto&lt;br /&gt;En sus labios va dibujada la sombra de mi sonrisa&lt;br /&gt;En sus ojos van mis sueños, en sus manos lleva tanto&lt;br /&gt;Que tendrás que descubrirla muy despacio, sin prisa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vendrán vientos traicioneros que agitarán vuestras verdades&lt;br /&gt;Pero ahora sois más fuertes, juntos no hay quien os derrita&lt;br /&gt;Y aunque llegue el frío del tiempo a romperos las edades&lt;br /&gt;Las desgracias se dividen, las alegrías se multiplican&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hagáis caso de las voces que gritan por los pasillos&lt;br /&gt;Ni de los ruidos que pelean por interrumpir vuestra canción&lt;br /&gt;Las notas de vuestro amor resuenan más que los chillidos&lt;br /&gt;Porque no hay acordes más grandes que los latidos del corazón&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Brindo por el pasado, que es el que os ha unido&lt;br /&gt;Brindo por todos los besos que tenéis que compartir&lt;br /&gt;Levanto mi copa por ti, por él, por lo que habéis vivido&lt;br /&gt;Y por todas esas caricias que aún están por venir&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por que no se atreva el mundo a dejaros en el olvido&lt;br /&gt;Por que no empañen las lágrimas vuestras nuevas noches de abril &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6624214806406315991?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6624214806406315991/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6624214806406315991' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6624214806406315991'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6624214806406315991'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/09/versos-para-una-boda.html' title='Versos para una boda'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-8696838812524470810</id><published>2011-09-05T13:11:00.001+02:00</published><updated>2011-09-05T13:11:31.179+02:00</updated><title type='text'>Pesadilla</title><content type='html'>Hacía frío, así que se cerró la gabardina y cruzó los brazos por delante del pecho, como si ese simple gesto sirviera para calentarse en mitad de aquella noche helada. La cola no avanzaba. Hacía veinte minutos que se había colocado en la fila delante de la taquilla, y apenas había caminado unos pasos. Si no se daban prisa por ahí delante, no llegaría a ver el inicio de la película. Lo cierto es que ni siquiera recordaba el título de la película que había ido a ver, así que levantó la cabeza y recorrió con la vista las imágenes que, en la marquesina del cine, mostraban la oferta para aquella noche. Recordó el nombre justo un segundo antes de localizar la imagen del cartel, el cuarto desde la derecha. Bien pensado, aquella no era su gabardina. O eso creía él. No recordaba haberla comprado nunca, así que se palpó instintivamente los bolsillo hasta que encontró lo que buscaba: un pequeño botón negro que siempre llevaba encima, a pesar de que nunca sabía de dónde lo había sacado. Lo acarició con los dedos, sin sacarlo del bolsillo, y se tranquilizó un poco. Justo en ese momento, la fila avanzó otro poco, y se situó unos pasos más cerca de la ventanilla.&lt;br /&gt;Tenía el botón entre los dedos, así que no podía pasarle nada. No podía explicar por qué esa sensación, la del pequeño trozo de plástico redondo resbalando entre sus yemas, le servía para calmarse y le daba tranquilidad. No había una explicación razonable para ello. Y sin embargo. En los momentos más importantes de su vida, había estado con él, entre sus manos. Lo estaba apretando con el índice y el pulgar cuando el profesor dictaba las preguntas del último examen que le quedaba para acabar la carrera. Con los ojos cerrados, escuchó cómo una a una iban saliendo aquellas que mejor se había preparado, y supo que su sueño estaba a punto de cumplirse. También lo llevaba en la mano, apretado en el puño, cuando se acercó por primera vez a ella, la que luego fue su mujer, para decirle que le gustaba. Y estaba bien guardado en el bolsillo, debajo del pañuelo, el día de su boda. Ese botón le había acompañado en todos los momentos importantes. Y ahora estaba ahí, en el bolsillo, resguardado del frío, esperando a que le llegara el turno para entrar junto a él a la película.&lt;br /&gt;Cuando llegó su turno, la cara de la taquillera le resultó familiar. Era muy parecida a la de una compañera de clase, en la facultad, a la que no veía desde hace unos años. Con una salvedad: aquella chica se llamaba Elena y la que ahora estaba frente a él, preguntándole qué película era la que había venido a ver, tenía una chapita en la solapa en la que ponía, con letras mayúsculas, Gema. Además, Elena se marchó después de acabar la carrera a otro país, y al menos que él supiera, no había vuelto. Compró la entrada y se encaminó hacia la puerta del cine, deseando ya que se abriera para recibirle con el calor de la sala.&lt;br /&gt;El cambio de temperatura no hizo, sin embargo, que se quitara la gabardina. Era extraño. Como si su cuerpo se hubiera adaptado al calor que ahora le envolvía sin necesidad de despojarse de ropa. Como si la gabardina, y todo lo que llevaba puesto, formara parte de su piel. Localizó la sala en la que proyectaban la película y miró el reloj para preguntarse si le daba tiempo a comprar un refresco antes de entrar. Quedaban cinco minutos, y la cola en el puesto de las palomitas era aún mayor que la que había en la taquilla. Decidió entrar y sentarse a esperar el comienzo del filme.&lt;br /&gt;Llevaba diez minutos sentado en su asiento, con la gabardina puesta, cuando una figura femenina cruzó delante de él, una fila más allá, y se sentó justo a su derecha. Estaba viendo los tráilers, pero no pudo evitar desviar la mirada hacia el perfil menudo que acababa de cruzarse ante él. Era ella. No la había visto desde que le había dejado, desde que decidió que los caminos que un día unieron ya no iban hacia el mismo lugar. Pensó en decirle algo, pero desistió, porque no quería que le llamaran la atención en el cine. Siempre le había dado vergüenza. A pesar de que intentó tranquilizarse, notó cómo el nerviosismo que había provocado su llegada iba creciendo poco a poco, hasta el punto de que, unos minutos después de que ella apareciera, no era su corazón el que latía en su pecho, sino una ira sorda que no le dejaba respirar.&lt;br /&gt;Metió la mano en el bolsillo de la gabardina para buscar el botón, sabiendo que estaría allí. Pero el botón no estaba. En su lugar había un objeto frío, pequeño, que rodeó con la palma de la mano antes de sacarlo para ver qué era. Cuando la pantalla cambió de anuncio, pudo ver que sostenía la empuñadura de una navaja, de esas que llevan la cuchilla hundida en medio. Sin saber por qué, la desplegó, y la observó un segundo antes de agachar la mano y ponerla junto a su pierna, para evitar que el reflejo de la luz en el filo atrajera algunas miradas. No quería que le llamaran la atención en el cine. Se pasó la navaja, cuidadosamente, de la mano derecha, en la que la sostenía, a la mano izquierda, su mano natural. Ser zurdo era, según se mire, una ventaja.&lt;br /&gt;Fue su cuerpo quien respondió por él. Cuando la película empezó, y la oscuridad de un bosque en el que la protagonista corría al inicio del filme llenó la pantalla, se inclinó hacia delante hasta que estuvo justo detrás de ella. Luego todo sucedió muy deprisa. Como si de unas manos expertas se tratasen, rodeó con la derecha la cabeza de la chica y puso la palma en su frente, empujándola hacia atrás, al tiempo que apoyaba la punta de la navaja en el lado derecho de su cuello, y la deslizaba con celeridad, hundiéndola cada vez más, hacia el otro lado. Una sábana de sangre cubrió la garganta de la chica, de la que salió un grito ahogado que nadie pudo escuchar.&lt;br /&gt;En ese momento despertó. Se incorporó de un salto y quedó sentado en la cama, jadeando. Un sudor frío le recorría la espalda. La habitación estaba vacía, y la ventana, abierta. Trató de tranquilizarse y respiró hondo un par de veces, antes de volver la cabeza y ver, en la mesita, el pequeño botón. Lo cogió y lo apretó un par de veces, hasta sentir cómo su corazón recuperaba poco a poco su ritmo normal, y su pecho ya no palpitaba. Dejó el botón otra vez en la mesita, a mano, bien cerca, por si lo necesitaba otra vez, y miró el reloj. Eran las 3.42 de la mañana. Se levantó y se encaminó al baño, para beber un poco de agua. Encendió la luz y se miró en el espejo, y descubrió una frente perlada de sudor, un rostro pálido como la luna. Tenía mala cara. Abrió el grifo y ahuecó las manos al ponerlas debajo, para beber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, el lavabo se llenó de sangre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-8696838812524470810?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/8696838812524470810/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=8696838812524470810' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8696838812524470810'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8696838812524470810'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/09/pesadilla.html' title='Pesadilla'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-3736170239104362973</id><published>2011-08-30T15:02:00.000+02:00</published><updated>2011-08-30T15:03:24.587+02:00</updated><title type='text'>Espalda con espalda</title><content type='html'>Sentado en el suelo, de cara a la pared, puedo percibir detrás de mí los limpios sonidos de la noche. Oigo cómo el cielo se estremece con las primeras caricias del otoño mientras vomita puntos de luz a través de las nubes que traen tormenta. Pronto va a llover. No sé cuántas horas llevo aquí, en la misma posición, con la vista puesta en la pared, donde cuelga un reloj que se paró hace muchos años, en otra noche, quizá, como ésta. A pesar de la perezosa quietud de sus agujas, dos veces al día me dice la hora correcta. Pero ahora no. Hace minutos que marca un momento pasado, el momento en el que me obligué a arrancar tu sonrisa de mi vida, a sacar de mis mañanas tu olor a miel, tu mirada por encima de mi mirada; el momento en el que empecé a morirme poco a poco sin que nadie se diera cuenta. La soledad es un líquido ambarino que corre garganta abajo camino de las entrañas, y a su paso lo quema todo: el alma, las venas, la sangre y los pulmones, los rincones del corazón. Quema a pesar de la sal que rescato de mis mejillas, de las lágrimas que en silencio derramo y lamo con la punta de la lengua, adormecida por el alcohol. La soledad es un trago amargo, aunque se disfrute en compañía.&lt;br /&gt;A pesar del frío que hace fuera, y que empaña la ventana que hay detrás de mí, por la que ella ve oscurecer, noto cómo por mi espalda resbalan dos gotas diferentes de un mismo sudor. El mío, conocido; el suyo, tan familiar a pesar de la distancia. Ésa es la forma en la que su cuerpo me acaricia, con una gota  compartida que resbala lentamente por mi espina dorsal, que me araña sin filo, una mordedura. En el tiempo que llevamos aquí, la mañana se ha hecho tarde, y la tarde se ha convertido en una noche cerrada que pronto dejará paso al día, pero nada nos importa. Nadie nos espera. No hay nada ahí afuera que nos vaya a desesperar. Ya no. Por eso seguimos aquí, desnudos, espalda con espalda, bebiendo directamente de la misma botella y saboreando, en cada trago, el poso de los problemas del otro.&lt;br /&gt;De cuando en cuando, ella tararea una canción conocida. La canta suavecito, tanto que a veces la única forma que tengo de saber que lo está haciendo es notar cómo reverbera el aire en su pecho, cómo rebota en su espalda antes de salir por esos labios empapados en alcohol, camino de la ventana. Y casi puedo ver cómo esos ojos del color del mar dejan escapar una ola en forma de lágrima, también con la misma sal, que se pierde piel abajo hasta morir en el suelo. Por la noche siempre sube la marea.&lt;br /&gt;Llevamos horas aquí y ni siquiera nos hemos mirado. No nos hace falta. Nos hemos visto en tantas noches que nos sabemos de memoria. No recuerdo quién llegó primero, quién dejó atrás las ventanas de su vida para abrir la puerta de esta habitación, desnudarse y sentarse en el suelo, con la botella al lado, esperando la compañía del tiempo y del lamento compartido. No recuerdo quién llegó después, se desnudó en silencio y se sentó, espalda con espalda, para bebernos lo que nos queda por respirar, para latir juntos hasta el final. Sólo recuerdo que la ensoñación en que se habían convertido mis días cesó cuando noté sobre mi piel el calor de otra piel, y la botella empezó a viajar de unas manos a otras.&lt;br /&gt;Yo se la paso con mis problemas en el cuello. Con esta desazón que no sé cómo explicar, con la taciturna decadencia de mis letras. Con mis noches, cada vez más largas, y mis días, grises y oscuros. Con esta soledad que no me quito de encima ni con los tragos a quemarropa de esta tormenta otoñal. Sin más estímulos que la distancia. Sin más recuerdos que los que edifiqué contigo, sin que tú lo supieras, sin que tú los quisieras compartir. Cuánto daño me estás haciendo, sin saberlo. Sin que yo lo sepa.&lt;br /&gt;Cuando vuelve la botella, lleva los suyos bien pegados. El alcohol sabe a desencanto, a los amores que no volverán. A las estrellas que se han ido porque han llegado las nubes. A los amaneceres en los tejados de una ciudad sin nombre ni letras que descifrar. A lo que pudo ser. A lo que nunca ha sido. A lo que ya no será. &lt;br /&gt;A todo eso sabe la soledad, y todo eso lo vamos descubriendo, sin hablarnos, el uno del otro, mientras nos damos cuenta de que ya lo sabíamos tiempo atrás. A todo eso sabe la soledad, y aun así nos la bebemos, a pesar de todo. O precisamente por eso. Porque de amargura también se vive. Y por encima de sus matices, la soledad es un trago amargo, pura cicuta. Y aun así, nos la bebemos, espalda con espalda mientras, de fondo, muy bajito, suena una ranchera…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-3736170239104362973?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/3736170239104362973/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=3736170239104362973' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3736170239104362973'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3736170239104362973'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/08/espalda-con-espalda.html' title='Espalda con espalda'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-188743605629673540</id><published>2011-07-04T13:07:00.001+02:00</published><updated>2011-07-04T13:08:51.775+02:00</updated><title type='text'>Esa voz...</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;Por la noche, cuando toda la ciudad dormía, le gustaba escuchar su voz. Era como un pequeño ritual, un vicio secreto que no compartía con nadie, que ocultaba con deleite. Esperaba a que todas las luces de la casa se hubieran apagado, a que el silencio de la noche hubiera amortiguado todos los ruidos que quedaban del día que acababa de terminar, para acudir a su cita entre las sábanas, a salvo de todo el mundo. Allí, protegido por la penumbra, encendía el pequeño transistor de pilas que había rescatado entre los objetos usados de un mercadillo itinerante, tocaba un poco la rueda que sintonizaba las emisoras y cuando encontraba su voz entre las decenas de matices que ofrecía la radio a esas horas, ajustaba el volumen para que aquella conversación fuera un intercambio de susurros. Y se la pegaba a la oreja. Dejaba el pequeño aparato junto a la almohada, bien cerquita de su cabeza, para que el aire no se llevara ni una sola de las palabras que salían de su boca a cientos, quizá miles, de kilómetros de allí. Y jugaba a imaginársela. Como cada noche.&lt;br /&gt;Después de decenas de encuentros, casi la podía ver. Le bastaba con cerrar los ojos y dejar que aquel tono de voz, dulce, le envolviera como una lengua de aire caliente que, sin embargo, le erizaba todos los poros de la piel. Cada palabra, una caricia; una especie de abrazo cada uno de sus silencios. Con los ojos cerrados, y esa voz de arrullo hablándole al oído, la soñaba sentada delante del micrófono en una habitación iluminada por la afilada luz de un fluorescente, sin más compañía que aquellos cascos que le enmarcaban la cabeza, aplastando el anárquico ondular de su pelo castaño, casi negro. Y sentía que esos ojos, abiertos de par en par, en competencia con la luna, le miraban fijamente, y ella hablaba para él, mientras enredaba con el dedo, jugando sin querer, el cable del micrófono. Podía ver sus manos. Esos dedos finos que no paraban quietos, ahora con el cable, ahora golpeteando con suavidad el tablero de la mesa. Esas manos siempre abiertas, con aquel anillo de plata que, de vez en cuando, distraída, se cambiaba de un dedo a otro, mientras seguía hablando, sin parar, poniendo voz a un montón de historias que convertían la noche en un pequeño confesionario público. Y que le permitían ver, a través de sus palabras, la vida de muchas personas que, como él, compartían el vicio de la oscuridad.&lt;br /&gt;O la penitencia de la oscuridad. Desde que había perdido la vista, era la voz de aquella locutora la que marcaba la frontera entre los días y las noches. Era su particular forma de ver el mundo, de soñar despierto. Se había enamorado de aquella voz, lejana, inalcanzable, y había dibujado en torno a ella un rostro que creía real, palpable para el resto de los sentidos, aquellos que todavía podía usar. Estaba seguro de que la imagen real que se ocultaba al otro lado de las ondas no distaría mucho del retrato que él había formado a partir de aquella voz. Y amaba tanto aquella voz que había llegado a enamorarse de aquella imagen.&lt;br /&gt;Aquella noche se armó de valor y decidió llamarla. Marcó el número un par de veces en el teléfono móvil que tenía en la mesita y colgó cuando escuchó el primer tono sonar, temblando debajo de las sábanas, con la voz todavía susurrándole al oído. Sabía que si su llamada entraba en antena, cosa que no sería complicado ya que no había mucha gente que llamara a esa radio a aquellas horas, debía apagar el transistor, y no sabía cómo enfrentarse a aquel intervalo de silencio que sucedería entre los dos. La tercera vez que marcó ya no colgó, y dejó que los tonos sonaran mientras su cuerpo se retorcía en mitad de la oscuridad, acariciado por aquellos susurros. Una voz extraña apareció al otro lado y le preguntó por su historia, y él soltó una mentira que había ensayado noche tras noche. Una ruptura sentimental al uso, una mujer que se había marchado y que probablemente ya no volvería. “En unos segundos estarás en antena”, le dijeron, y se limitó a esperar.&lt;br /&gt;Cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono, una lágrima se asomó desde uno de esos ojos que ya de nada servían, y le falló la voz al contestar. Dijo su nombre, el de verdad, y empezó a contar su historia, esta vez la de su vida. Hacía poco tiempo que había perdido la visión, pero se le habían afilado el resto de los sentidos. El olfato, sí, y el tacto, también, pero sobre todo el oído. Y llegó la noche, siempre la noche, y apareciste tú. O bueno, más exactamente, tu voz. Y fue de noche, a través de ti, a través de tu voz, como volví a ver el mundo, como recordé lo que era vivir con luz. Y desde entonces, te escucho todas las noches, en medio de esta oscuridad que es perenne para mí. Enciendo la radio y la pongo en la almohada, y juego a que me susurras, a que estás aquí, contándome cómo ha sido este día que yo me acabo de perder… Y así estuvo durante dos minutos, abriéndose en canal, dejando que las palabras, sin miedo esta vez, le salieran de lo más hondo, de allí donde siempre hay oscuridad. Durante esos dos minutos, al otro lado sólo hubo silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Así que, por favor, nunca dejes de hablarme”, terminó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y colgó el teléfono mientras encendía, muy rápido, la radio. Y allí, en ese rincón secreto donde la noche le regalaba susurros, la oyó sollozar…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Para Gema, por tanto...&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-188743605629673540?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/188743605629673540/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=188743605629673540' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/188743605629673540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/188743605629673540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/07/esa-voz.html' title='Esa voz...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6329333174004888125</id><published>2011-06-24T13:35:00.000+02:00</published><updated>2011-06-24T13:36:03.655+02:00</updated><title type='text'>San Juan</title><content type='html'>Aquella noche, la ciudad huía del silencio. Como cada noche de San Juan, los vecinos habían salido a la calle a reunirse en torno a las hogueras, y el sonido de los petardos llenaba los rincones y las esquinas. No había una sola calle en la que no crepitaran las llamas de un fuego alrededor del cual los más pequeños saltaban, los mayores hablaban y todos escribían en pequeños trozos de papel algunos de sus deseos, esos que no se pueden contar a nadie porque si no nunca se van a cumplir, para fundirlos en las llamas de la noche más corta del año. La ciudad estaba en la calle, con los vecinos, y por una vez la luna no tenía que escuchar los lamentos escondidos durante el día, sino que se deleitaba, en lo alto del cielo casi azul oscuro, con las risas de todos los de allí abajo. De casi todos los de allí abajo.&lt;br /&gt;Ella tenía un deseo que no podía confesar. No porque tuviera miedo de que así no se fuera a cumplir nunca, sino precisamente porque lo que le aterraba era que se cumpliera. Era un deseo que ni ella misma reconocía, pero que le salía de dentro, de lo más profundo de las entrañas, y dejaba a su paso el rastro oscuro y pegajoso que desprenden las palabras que se han mezclado con las vísceras. Ahora que su deseo estaba a punto de cumplirse se sentía aterrada, arrodillada como estaba, pequeña como nunca, en medio de la oscuridad del patio de la urbanización, junto a la piscina.&lt;br /&gt;Nadie le dijo que todo iba a acabar así. Nadie le había dicho, tampoco, que aquello que tenía que ser una ocasión especial se convertiría en una prueba que no iba a poder superar, en un examen que suspendería una y otra vez. Cuando se quedó embarazada, nadie le advirtió de que aquello le cambiaría la vida para siempre. De que aquello le destrozaría la vida.&lt;br /&gt;Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo. No era justo hacer pagar a una pequeña criatura por los errores que otros han cometido. Y mucho menos cuando ella no había sido capaz de asumir los errores propios. Se enteró de que estaba embarazada cuando ya caminaba sola, alejada del padre que nunca supo que lo fue, del hombre que jamás fue el hombre de su vida. Tenía unas semanas por delante para decidir, y nueve meses para armarse de valor. Eligió la segunda opción y fue albergando esperanzas a medida que su vientre se hinchaba con otra vida nueva, una vida que ella iba a concebir. Una vida que ella misma iba a segar.&lt;br /&gt;Algo no iba bien. Lo percibió en la cara de los médicos en el momento del parto, y lo supo a ciencia cierta poco después, cuando le pusieron entre los brazos a la criatura que braceaba, con aquella cara redonda y aquellos ojos separados, entrecerrados, que le miraban desde encima de aquella nariz casi escondida sobre una boca que nunca se cerraba del todo. Luego se lo llevaron y estuvo unas horas sin verlo. Cuando se recuperó, los médicos le hablaron del porqué de aquellos ojos marrones, del porqué de aquellos labios que no se juntaban, del porqué de la nariz escondida. Le hablaron de un cromosoma, o algo así, y le dijeron, en resumidas cuentas, que ese niño iba a cambiarle la vida. No mintieron.&lt;br /&gt;Y ella lo había intentado. Conste que lo había intentado. Al menos eso se decía ahora, arrodillada en el césped recién regado, mientras el resto de la ciudad quemaba deseos en la noche de brujas, en torno a unas hogueras que nunca podrían alcanzar el calor del fuego que ardía dentro de ella. Lo había intentado, pero no lo había conseguido. Nunca podría conseguirlo. Sin saberlo, empezó a albergar un oscuro anhelo que estaba a punto de hacerse realidad.&lt;br /&gt;Si lo hubiera sabido antes, quizá hubiera decidido no tenerlo.&lt;br /&gt;Si lo hubiera sabido antes, ahora no habría un cuerpecito flotando boca abajo a su lado, en el centro de la piscina. Dentro de poco los vecinos volverían a sus casas y verían lo que había pasado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si lo hubiera sabido antes, se repitió, en voz muy bajita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego se dejó caer por completo en la hierba y lloró hasta quedarse dormida...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6329333174004888125?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6329333174004888125/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6329333174004888125' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6329333174004888125'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6329333174004888125'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/06/san-juan.html' title='San Juan'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1649856765736369677</id><published>2011-05-17T12:46:00.001+02:00</published><updated>2011-05-17T12:47:21.120+02:00</updated><title type='text'>San Valentín</title><content type='html'>&lt;em&gt;Otro poco de color, por si llegan, Rhode, más momentos en blanco y negro&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Treinta y siete años no son nada, pensó, mientras colocaba las velas sobre la mesa. Rodeadas con ternura por aquellos dedos arrugados, los delgados mástiles de cera temblaban tibiamente mientras encontraban el reposo en el pequeño candelabro de plata. Aquellas manos que antes sujetaban con debilidad las dos velas rojas, que esperaban ya la cercana calidez de la llama, se colocaron, con las palmas bien abiertas, delante de su rostro, como para recordarle que el paso del tiempo seguía allí, en algún rincón de esa gran casa demasiado vacía como para esconder su soledad. Aquellas manos habían soportado ochenta años mientras otras, más finas, más tiernas, hacía tiempo que habían dejado de temblar. Aquellas manos habían soportado treinta y siete años de caricias antes de volver a cerrarse temblorosas, cada noche, mientras dormitaba en aquel viejo sillón junto al fuego. Treinta y siete años no son nada, pensó de nuevo, mientras terminaba de poner la mesa.&lt;br /&gt;En la pared, el calendario volvía a recordar un nuevo catorce de febrero, y él, fiel a su costumbre, volvía a preparar una mesa para dos en la que sólo cenaría uno. Caminaba con lentitud, arrastrando las zapatillas por el suelo, con aquellos ochenta años que tanto le pesaban en la sien, pero que no eran capaces de arrastrarle bajo tierra de una vez por todas. Mientras recogía las dos copas del fregador y las llevaba hacia la mesa, lamentó una vez más su buena salud, porque uno nunca debe tener la oportunidad de llorar a las que personas que más quiere; siempre debería suceder al contrario. Cuando ella murió, a él no le quedó nada, y parecía que dios se burlaba de él por hacerle más sabio cuanto más viejo, más sano cada vez, más cuerdo. Apartó ese pensamiento de la cabeza mientras una de sus manos, con la copa bien aferrada, dibujaba en el aire una cruz, temeroso de dios como había sido siempre. No fuera que desde el cielo le fueran a castigar con más salud, volviéndole inmortal y dejándole para siempre con sus recuerdos. Dejó las copas sobre la mesa, cada una junto a su plato, y abrió con ayuda de las tijeras el cartón de vino. Sirvió en ambas.&lt;br /&gt;Volvía hacia la cocina a calentar la sopa cuando reparó en la imagen de ella en el mueble del pasillo. Allí estaban sus ojos, esos pequeños ojos tristes que le miraban a través de una fotografía en blanco y negro enmarcada con prisas en un pequeño portafotos marrón. Era una de las pocas fotografías que tenía de ella, y lamentaba no disponer de alguna más actual, o de un puñado más en las que pudiera contemplar al menos su sonrisa. Eran demasiado pobres para tantas fotografías como él hubiera deseado, porque eran tan ricos que lo único que tenían era el uno al otro. Ahora que las cámaras están casi regaladas, él no tenía nadie a quien hacerle fotos. &lt;br /&gt;Evitó detenerse y llegó hasta la cocina. La sopa ya hervía. El líquido amarillo sobre el que bailaban unos pocos fideos hacía pequeñas burbujas en aquel viejo cazo, así que agarró uno de los trapos de cocina antes de asir el mango del mismo y apartarlo del fuego. Esperó un par de minutos a que se enfriara un poco antes de verterla en un plato hondo que agarró con las dos manos, rumbo de nuevo a la mesa. Cuando atravesó el pasillo hizo todo lo que pudo para no mirar de nuevo la foto, pero su cerebro, más vivo, le traicionó, y no pudo evitar echar un vistazo justo cuando pasó a su altura. Fugaz, sí, tanto como para no perder de vista la sopa que bailaba en el plato al mismo ritmo al que se arrastraban sus pies; pero suficiente para que esa imagen le acompañara a la mesa.&lt;br /&gt;Antes de sentarse, y una vez que hubo dejado el plato junto a la servilleta, encendió la radio. Tenía una pequeña televisión en el cuarto de estar, pero nunca la ponía. Prefería imaginar todo lo que oía porque así, haciendo trabajar a la mente, se sentía menos solo. Cuando se sentó para cenar se dio cuenta que se le había olvidado el mechero para encender las velas, pero ya no sabía si ese descuido era cierto o era sólo un juego que repetía una y otra vez durante los últimos años. A ella le gustaba cenar con velas en San Valentín, y como no había podido darle un hijo, que era lo que ella más deseaba, procuraba satisfacer en la medida de lo posible todos sus pequeños anhelos. Siempre compraba la víspera del catorce de febrero un par de velas rojas que ella encendía justo cuando se sentaban a cenar, y veían juntos, sin hablar, cómo se consumían. El año en que ella murió fue el último que compró las velas, y desde entonces no las había vuelto a encender. Aquellos dos arañazos rojos que rompían en lo alto del candelabro eran los que compró el primer año que no pudieron cenar juntos. Durante los últimos trece años, las había colocado en su sitio, como siempre. Allí volverían a estar al año siguiente.&lt;br /&gt;Empezó a sorber la sopa con paciencia, para no quemarse, mientras de fondo la radio escupía un viejo bolero. La letra le llegaba tenue mientras él se esforzaba por arrancar los pocos fideos de la cuchara. A pesar de que la música era apenas un susurro, un arrullo melancólico, empezó a llorar. Las lágrimas le resbalaban por las ajadas mejillas y describían una curva perfecta para llegar a la comisura de sus labios, agrietados por el tiempo. Él sorbía las lágrimas al mismo tiempo que sorbía la sopa.&lt;br /&gt;Y allí, bebiéndose su llanto un año más, repitió para sus adentros que treinta y siete años no son nada. Un suspiro. Los treinta y siete años que había pasado junto a ella no eran nada comparados con los trece que llevaba cenando lágrimas a solas, ni con los ochenta que componían ya una vida que no quería. Una vida que tenía que acabarse pronto, por favor. Porque treinta y siete años no son nada cuando lo que espera es una eternidad…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1649856765736369677?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1649856765736369677/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1649856765736369677' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1649856765736369677'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1649856765736369677'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/05/san-valentin.html' title='San Valentín'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-8095623643936598100</id><published>2011-05-09T01:36:00.000+02:00</published><updated>2011-05-09T01:38:10.297+02:00</updated><title type='text'>Feria medieval</title><content type='html'>En las noches de primavera, la ciudad entera olía a mimosa. Nadie sabía por qué, ni de dónde surgía ese olor que parecía quedar oculto durante el día, pero que al caer la oscuridad barría las calles de punta a punta, y convertía aquella pequeña urbe en un lugar apacible en el que perderse. Aun así, las calles estaban desiertas. No quedaba nadie en la plaza y sólo el sonido de la brisa, testigo de la tormenta que había sacudido las esquinas durante el día anterior, desafiaba la tranquilidad en la que dormía abrazada la luna. La feria había llegado. Y también la feria, en calma, olía aquella noche a mimosa.&lt;br /&gt;Acababan de llegar a la ciudad, y apenas habían tenido tiempo de montar aún los tenderetes. Cada uno había cogido el sitio que se le había asignado, y algunos de ellos habían conseguido levantar ya una parte de los puestos, pero nada más. Todos se habían ido a descansar temprano, porque el día siguiente empezaría muy pronto, casi recién salido el sol, para darle los últimos retoques al entorno, con el fin de que todo estuviera listo para que la plaza, y todos los rincones por los que se extendía el mercado medieval, retrocediera en el tiempo y situara a los ciudadanos en algún lugar, en ese mismo punto del mapa, pero algunos siglos más atrás.&lt;br /&gt;Este año, la feria medieval era enorme. Era la tercera vez que exponían en esa ciudad, pero en esta ocasión casi duplicaban el número de puestos que la edición anterior. Así, habían triplicado el espacio disponible. Normalmente concentraban la feria en la plaza mayor del pueblo, ocupando de paso una parte de las calles adyacentes, convirtiendo el centro de las ciudades en un núcleo medieval. Este año, los puestos empezaban en una pequeña plaza que había junto a la plaza mayor, al otro lado del ayuntamiento, y también habría tenderetes en la plaza de la catedral. La feria ocuparía en total tres zonas diferentes, y en todas ellas había ya algunos puestos a medio levantar. Los camiones y furgonetas ocupaban la parte final de la feria, y se repartían como podían alrededor de la catedral, algunos subidos en las aceras, otros obstruyendo por completo una calle peatonal; los más, aparcados malamente sobre la tierra amarilla que rodeaba el imponente edificio de piedra. Junto a uno de los camiones, el puesto de cetrería, el único montado por completo, con los halcones durmiendo dentro, con la cabeza tapada, debajo de las lonas. Sólo el sonido del aire al agitar las banderas, colgadas ya de las cuerdas que cruzaban las calles de balcón a balcón, rompía el silencio y la tranquilidad de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no todo el mundo dormía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el otro extremo de la feria, en una de las calles adyacentes a la gran plaza porticada en la que aguardaba el grueso de los tenderetes, comenzaron a oírse los pasos apresurados de una persona que corría. El ruido de sus zapatos golpeaba nerviosamente las piedras, y las paredes de la plaza devolvían el eco de los pasos con la misma agitación con la que éstos le llegaban. Por una de las callejuelas apareció un hombre vestido con una túnica vieja, parte del vestuario que tenían todos los que participaban en la feria, y unas sandalias de cuero. Tenía el pelo blanco, mal repartido por las sienes, y una enorme calva en la parte de arriba de la cabeza. La gran barba, también blanca, contrastaba con el marrón de la túnica en el pecho. Corría con la prenda arremangada de mala manera, y las dos manos casi apoyadas sobre los muslos le daban a sus movimientos un deje cómico, de no ser…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;… de no ser porque aquellos eran sus últimos pasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se paró en seco nada más entrar en la plaza. Miró alrededor, jadeando, y reconoció una sombra en una de las paredes, a su izquierda, por encima de los pórticos. La sombra se fue haciendo cada vez más y más grande, mientras abría una gran boca negra de la que parecía escapar un grito sordo. El hombre se tapó las orejas con las dos manos, y pronto notó cómo el resto de sombras iba ocupando la plaza. A izquierda y derecha, sombras y más sombras. Ya estaban aquí.&lt;br /&gt;Echó a correr mientras la plaza se llenaba de sonidos que sólo escuchaba él, que retumbaban en su cabeza pero no acertaban a romper el silencio sepulcral de aquella noche de primavera. Volvió a remangarse la túnica y cruzó la plaza de punta a punta con la esperanza de llegar a tiempo a los camiones para dar la voz de alarma, para avisar al resto de los feriantes. Siempre le habían considerado un loco, pero ahora, cuando todo empezaba a hacerse realidad, tendrían que escucharle, aunque fuera lo último que hiciera. Abandonó la plaza por uno de sus extremos, y las sombras se fueron detrás de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cruzó todo lo rápido que pudo la pequeña calle peatonal antes de llegar al entorno de la catedral. Tropezó al subir los tres escalones y cayó de bruces sobre la arena amarilla. Las sombras se detuvieron detrás de él, encaramadas a los balcones y a las casas que le rodeaban. Ya no gritaban. Ahora estaban en silencio, expectantes, esperando para ver qué iba a ocurrir. El hombre se levantó como pudo y notó un dolor agudo en la rodilla, mientras la sangre manchaba la parte interior de la túnica y se derramaba, con su calidez, por la pantorrilla. Consiguió cruzar la mitad de aquella pequeña plaza cuadrada, hasta llegar al templete herrumbroso que marcaba el centro de aquel espacio. De repente, algo le paralizó por completo.&lt;br /&gt;En el centro de la estructura metálica, como esperando para empezar a actuar, había una figura enmarcada en una túnica blanca, con la capucha puesta. No se le veía la cara. De haber llevado la capucha quitada, lo último que aquel viejo hubiera visto en esta vida hubiera sido un cráneo pelado y arrugado, y dos agujeros negros en las cuencas donde antes había ojos, una lengua gris y una boca pestilente. En lugar de eso, dos llamas rojas ardían, muy vivas, dentro de aquella capucha. El anciano, al ver que la figura avanzaba hacia él, se puso de rodillas y empezó a suplicar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La figura avanzaba lentamente, cubriendo con paciencia la distancia que le separaba del viejo. En aquel trayecto, el hombre pudo distinguir el escudo de armas que portaban algunos de los caballeros que participaban en el teatro que sazonaba la feria cada tarde, grabado en uno de los lados de la túnica, junto al hombro. Lo reconoció justo en el momento en el que la figura se echaba sobre él. El anciano, de rodillas, vio el destello de una hoja afilada asomar por debajo de una de las amplias mangas de la túnica blanca, antes de que la figura, con una mano enguantada en una tela negra, le hundiera la cuchilla en la garganta.&lt;br /&gt;Y desapareció. El anciano cayó hacia atrás tosiendo con dificultad mientras la tráquea y la boca se le llenaban de sangre. Notó el sabor de aquel líquido rojo, viscoso, que empezaba a ahogarle mientras se arañaba con las largas y sucias uñas la herida que acababa de abrirse en su cuello, buscando un resquicio por el que respirar. No lo encontró. Murió ahogado en su propia sangre, seca ya sobre la tierra amarilla cuando le encontraron, a la mañana siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel día, por primera vez desde que había comenzado la primavera, la ciudad se despertó aún con aquel dulce olor a mimosa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-8095623643936598100?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/8095623643936598100/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=8095623643936598100' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8095623643936598100'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8095623643936598100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/05/feria-medieval.html' title='Feria medieval'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-26061301430840874</id><published>2011-05-06T15:28:00.000+02:00</published><updated>2011-05-06T15:29:09.703+02:00</updated><title type='text'>El deber de soportarme...</title><content type='html'>Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Odio cómo resuenan a mi alrededor la música de los tambores, los ecos lejanos de la verbena mientras yo espero a que llueva, porque creo que en algunas de esas gotas está perdida tu saliva, y no quiero que vuelva a caer al suelo sin tocarme. Y la gente salta, y ríe, y baila; y yo en secreto no puedo sino detestarlos por estar viviendo un pedazo de la vida que yo quiero para mí. Que yo quiero para los dos. Y tengo que medir cada uno de mis actos, cada una de mis palabras, para que esta ira que cultivo en silencio, en el huequito que me deja tu falta, no estalle en la cara de los demás. &lt;br /&gt;Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo en silencio el sereno luto por tu ausencia. Porque es más fácil soportar este vacío cuando la noche viene oscura y gris, cuando hay nubes en el cielo y cuando no está la luna para iluminar los rincones en los que no te encuentro. Entonces, sólo entonces, es más fácil soportar la espera junto a la ventana, buscando que el cristal me devuelva tu reflejo para poder abrazarme a él, y tratar de aspirar donde no estás los olores que me dejaste. No es sencillo levantarse cada día con una cama vacía, con una vida sin amueblar.&lt;br /&gt;Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo guardo, a gritos, la agonía del luto por tu ausencia. No me sienta bien mi piel estos días en los que no estás conmigo. No estoy cómodo dentro de mi cuerpo, ni estoy a gusto enhebrando en mi cabeza la aguja que tengo clavada con los hilos arrancados de tus recuerdos. La noche duele, como los días, y ya no me quedan heridas por las que sangrar.&lt;br /&gt;Odio los días en los que el mundo está de fiesta mientras yo grito por tu ausencia. Pero la música que me rodea apaga el sonido de mi voz. Nadie gira la cabeza para mirar, nadie se asusta por los alaridos que oyen, de fondo, en algún lugar. Así que las lágrimas que derramo son sólo para mí, y se mezclan con el vino que bebo en las copas que conservo, aún manchadas, con el rojo de tus labios.&lt;br /&gt;Odio los días en los que el mundo está de fiesta y yo grito porque no estás. La garganta, en carne viva, ya ha dejado de dolerme. Tampoco me duelen ya las cicatrices. Poco a poco, me digo, tengo que ir saliendo adelante. Pero no lo consigo. &lt;br /&gt;Odio los días en los que no estás, porque eso hace cada vez más difícil la terrible tarea de soportarme…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-26061301430840874?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/26061301430840874/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=26061301430840874' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/26061301430840874'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/26061301430840874'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/05/el-deber-de-soportarme.html' title='El deber de soportarme...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6790001813647683493</id><published>2011-04-06T15:14:00.002+02:00</published><updated>2011-04-06T15:16:11.003+02:00</updated><title type='text'>Fragmentos (III)</title><content type='html'>(..)Sonó el teléfono:&lt;br /&gt;-Dígame&lt;br /&gt;-Santi, soy yo… Papá ha muerto.&lt;br /&gt;-…&lt;br /&gt;-Santi… ¿estás ahí? Di algo, por dios.&lt;br /&gt;-¿Cuándo ha sido?&lt;br /&gt;-Hace cosa de una hora. Los últimos días había empeorado bastante, y anteayer los médicos nos dijeron que no tenía solución. He intentado llamarte –y era verdad- pero no me has cogido el teléfono. Ha sido imposible localizarte.&lt;br /&gt;-¿Cómo está mamá?&lt;br /&gt;-Ahora mismo, consternada. No reacciona. No sabe si llorar o gritar. Está muy afectada. Sigue sentada al lado de la cama vacía que ocupaba papá, con la mirada perdida… -Cuando volviera a casa, repetiría esa misma escena en su cama, en la colcha de siempre, en la habitación de siempre… mirando como siempre la misma ventana…- ¿Quieres hablar con ella?&lt;br /&gt;-No&lt;br /&gt;-Santi, a papá lo enterrarán mañana por la tarde, ¿vas a venir?&lt;br /&gt;Tardé unos minutos en contestar. En medio de la borrachera, intentaba poner en orden mis ideas, tratar de ordenar mis pensamientos. Sin llamarlos, habían acudido todos al encuentro con el alcohol, y en ese momento se encontraban encima de la mesa, desparramados como las cartas de un castillo de naipes que se acaba de caer; y yo los miraba sin saber cuál coger para volver a empezar a construir todo aquello.&lt;br /&gt;-¡Santi!&lt;br /&gt;-No&lt;br /&gt;Y colgué el teléfono. Aquél ‘no’ tuvo que ser un flechazo que impactó en lo más hondo de mi hermano, porque ya no volvió a llamar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pagué la cuenta y me marché a casa. De camino, notaba cómo se iban acentuando los efluvios de la borrachera. Cada vez estaba más mareado, me sentía peor. Tuve que parar para vomitar. Allí, apoyado en una farola, dejé que todo el alcohol que había bebido se derramara, garganta arriba, para acabar en las entrañas de París. Cuando me recompuse, seguí la marcha, ignorando los cuatro pares de ojos que me miraban ocultos en un portal. La noche caía sobre la ciudad de la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué a casa, H. estaba allí, sentada sobre la mesa, leyendo. No dije nada. Cerré la puerta de un golpe y me fui hacia ella al tiempo que me iba desnudando. Me miró fijamente mientras me acercaba y dejó el libro cuidadosamente sobre la mesa, junto a su pierna. Fue lo último que sucedió cuidadosamente. La cogí en brazos y la tiré sobre la cama, antes de quitarme el pantalón. Ella sólo llevaba puesta una camiseta interior y las bragas, y desprenderse de ambas cosas le llevó el mismo tiempo que a mí sacar el pie del pantalón vaquero antes de caer sobre ella. La besé con furia y le mordí el labio inferior, primero un poco, luego haciendo más fuerza, hasta que noté cómo se abría, como una manzana madura, y el sabor de su sangre me rozaba la lengua. Me rodeó con las piernas y clavó las uñas en mi espalda, muy fuerte, muy dentro, mientras me miraba fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre brotó por la comisura de sus labios, y lo lamí mientras la penetraba. Con la noche recién llegada sobre el cielo de París, follamos como si fuera lo último que nos quedaba, hasta que su piel y mi piel dolían como una sola. Sin decirnos una sola palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar, mientras ella se encendía un cigarro, yo me tumbé boca arriba, invitándola a descansar sobre mi pecho. Fumó en silencio, echándome el humo en la cara, mientras yo miraba al techo. Casi cuando se hubo terminado el pitillo, cuando nuestras respiraciones habían recuperado su ritmo normal, se incorporó para hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué ha pasado?&lt;br /&gt;-Me ha llamado mi hermano, desde España. Mi padre ha muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta. Dejó que lo que quedaba del cigarro se consumiera en el cenicero, sobre la mesita, y se tumbó de lado. La rodeé con los brazos y la apreté fuerte contra mí, hundiendo mi nariz en su pelo negro. Poco a poco, bajé la cabeza, hasta que mis labios encontraron el nacimiento de su cuello, y allí, sobre su espalda desnuda, morena, por primera y última vez, lloré por la muerte de mi padre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6790001813647683493?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6790001813647683493/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6790001813647683493' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6790001813647683493'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6790001813647683493'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/04/fragmentos-iii.html' title='Fragmentos (III)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1961489553913996783</id><published>2011-03-23T19:32:00.000+01:00</published><updated>2011-03-23T19:35:46.536+01:00</updated><title type='text'>El miedo detrás de la puerta</title><content type='html'>Todavía no sé cómo explicarlo. No encuentro las palabras. Sólo sé que un sudor frío me baña en estos momentos, y que estoy agachado, hecho un ovillo, tras la puerta de una habitación en la que el calor se escapa por las rendijas de la puerta en la que estoy apoyado. Me falla el pulso. La linterna con la que alumbro la habitación a oscuras se me cae de las manos, se me escurre, como si se tratara de un pez mojado que intento atrapar sin éxito. Cuando quiero cerrar el puño ya no está, y oigo el sonido metálico que hace al caer al suelo e impactar contra las baldosas frías. Espero que no se haya roto, porque entonces alrededor no habrá luz, sólo tinieblas, y no creo que eso sea bueno para mí.&lt;br /&gt;Tengo miedo. Hasta ahora no sabía cómo definir esta sensación, pero ahora ya lo sé. Lo estoy aprendiendo sobre la marcha. A partir de ahora, cuando alguien me pregunte qué es el miedo, sabré responder: es un latido opresivo en el pecho, un zumbido constante en los oídos, el sudor frío que te quema en la espalda y este temblor de manos, a medio camino entre el nerviosismo y el tiritar, que convierte los objetos en agua. Al menos, la linterna funciona. ¿Dónde estoy? No quiero moverme del sitio en el que me encuentro, apoyado contra la puerta me siento seguro. Todo lo seguro, al menos, que se puede estar en un sitio desconocido, sin más luz que un pequeño haz redondo que no alcanza a definir la pared que tengo enfrente.&lt;br /&gt;Aquí sólo hay polvo. Veo algunos muebles cubiertos con mantas blancas llenas de polvo, como si me encontrara en el trastero de una gran mansión, en una de las habitaciones de una casa enorme que ya nadie utiliza. Antes de olvidar estas cosas, las han tapado con mantas, pero el polvo ya ha convertido en inútiles tantas precauciones y se filtra por debajo de la tela que cubre la madera. Suponiendo que eso sean muebles. Llevo un rato aquí y ya me pica la garganta.&lt;br /&gt;No veo nada más. Tampoco oigo nada. Bueno, sí, una gota que no para de caer en un rincón de esta habitación, no sé cuál, y que al principio sonaba hueca, como si cayera encima de un trozo de madera. Pero no puede ser, porque ahora, unos minutos después, empieza a sonar como si las gotas, al caer, no hicieran sino reunirse con otras muchas que ya cayeron antes, y que han formado un charco en el suelo. Tac. Tac. Tac. Tac… Voy a volverme loco. ¿Es de día o es de noche? ¿Qué querrán de mí? ¿Quiénes son? No sé si hacerme preguntas servirá de algo en mi situación porque, bien pensado, tampoco sé cuál es mi situación. Anoche, porque el día de ayer sí que tuvo noche, estaba en mi cama leyendo antes de dormir. Cuando el sueño me venció, apagué la luz y todo quedó a oscuras. Desde entonces sigue así. He despertado en esta habitación, en medio de este polvo que quizá fueron otras vidas, descalzo, con la única compañía de una linterna.&lt;br /&gt;El corazón se me está acelerando poco a poco. Antes era un latido que me comprimía el pecho, pero ahora empieza a ser un dolor sordo que no sé cómo parar. Pum. Pum. Pum. Pum… Tengo que dejar de hacerme preguntas. No saber las respuestas no va a tranquilizarme, sólo conseguirá que mi corazón lata más deprisa, y que se me seque la boca. Tengo sed. No voy a hacerme más preguntas. Quizá esto sólo sea parte de un juego, de algo parecido a un enigma. O allá afuera, tras esta puerta que no puedo abrir, atrancada por fuera, en realidad lo que me espera es una fiesta sorpresa. Pero, entonces, ¿por qué estoy descalzo?&lt;br /&gt;&lt;em&gt;¡¡Pom!!&lt;/em&gt; ¿Qué ha sido eso? Dios mío, ¿qué ha sido eso? Tengo que tranquilizarme. La puerta se ha movido. Algo la ha golpeado con una violencia tremenda desde el otro lado. Se me va a salir el corazón por la boca. Por dios, no sé qué ha sido eso, pero no pued… &lt;em&gt;¡¡Pom!!&lt;/em&gt; ¡Otra vez! ¿Quién está ahí? ¿Qué hay al otro lado? Dios, no puedo, no, no, no puedo… un momento, algo se ha movido dentro de la habitación. Si lograra enfocarlo con la linterna. ¡Sí! Esa sábana se ha movido. Aún hay polvo flotando en el aire, una nubecilla, el rastro de ese movimiento. No sé qué está pasando aquí, no quiero saberlo, sólo quiero… &lt;em&gt;¡¡Pom!! ¡¡Pom!! ¡¡Pom!!&lt;/em&gt; ¿Qué quieren de mí? Se me ha caído la linterna… dónde está… no la encuentro… aquí… ¡Mierda! ¡Se ha roto! Ahora estoy ciego ante lo que me espera, pero sigo sin saber por qué la puerta tiembla, qué hay al otro lado que la empuja… joder, estoy llorando… ¡estoy llorando de miedo! Tengo que tranquilizarme, tengo que incorporarme y respirar hondo para tratar de mantener la compostu… &lt;em&gt;¡¡Pom!!&lt;/em&gt; ¡Joder! ¡Quiénes sois! ¡Qué queréis de mí! ¡Dejadme tranquilo! Sólo quiero volver a mi casa… sólo quiero vivir en paz… ¡¡Sólo quiero morir en paz!!&lt;br /&gt;Si no salgo pronto de aquí voy a quitarme la vida, voy a morderme la lengua, voy a… &lt;em&gt;¡¡Pom!!&lt;/em&gt; ¡Mierda! Mierda… mierda… mierda… Tengo que secarme las lágrimas, voy a levantarme, voy a… voy a… no puedo ir a ninguna parte…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1961489553913996783?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1961489553913996783/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1961489553913996783' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1961489553913996783'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1961489553913996783'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/03/el-miedo-detras-de-la-puerta.html' title='El miedo detrás de la puerta'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-9109485323836551248</id><published>2011-03-09T03:41:00.003+01:00</published><updated>2011-03-09T21:14:09.368+01:00</updated><title type='text'>Fragmentos (II)</title><content type='html'>&lt;em&gt;párrafos al azar de una historia que busca su suerte&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...pero la historia, como los dolores de cabeza, me estaba esperando aún. Una noche en la que las paredes de mi pequeña casa se hacían cada vez más estrechas y el aire más pesado, tanto que hasta se podía masticar, decidí buscar el refugio de la calle. Nada más llegar a aquel pequeño antro sopesé la posibilidad de que la locura adelantase a la lucidez, y perdiera el norte antes de encontrar el hilo del que tirar para desenredar esa historia que estaba persiguiendo. Cogí el abrigo y me metí en el bolsillo un ejemplar antiguo de Buenos días, tristeza de Francoise Sagan en francés, con el que llevaba tiempo peleándome para tratar de desentrañar una historia conocida en un idioma nuevo; y me aventuré a la noche. Quizá para hacerme un guiño, o para intentar avisarme del destino que me aguardaba a la vuelta de la esquina, aquella fue la primera noche primaveral que disfruté en mi nueva ciudad. Pronto lamenté llevar el abrigo puesto, aunque sin él no hubiera podido entrar en el bar con el libro en la mano y sentarme en una de las mesas, apartado de todo el mundo, para beberme una cerveza y brindar a la noche con mi soledad.&lt;br /&gt;Cuando el camarero vino a mi mesa me limité a señalar una de las cervezas que había en la carta que había junto al cenicero, y le pedí también un chupito de bourbon para acompañarla. El local era una taberna irlandesa hecha casi toda en madera con una de esas barras que aparentan una antigua cama con dosel, recorrida por arriba por una vitrina, también de madera, que dejaba a la vista del cliente el inventario de bebidas que tenía a su alcance si quería recordar mientras bebía en una noche que pronto se borraría de su mente. No se debería alimentar la gula de esa forma, sobre todo si de la ansiedad de aquel romance dependía la salud de uno. El mismo camarero que me había tomado nota dejó ante mí una pinta de cerveza y un vaso, un poco más alto que un chupito, lleno a rebosar de un líquido ambarino que, como sabía por experiencia propia, pronto estaría ardiendo, garganta abajo, buscando apagar la hoguera que ya se había formado en mi estómago. Pagué la consumición antes de que el joven abandonara mi mesa y volviera al refugio de la barra, y abrí el libro con la intención de pelearme con el francés más puro que conocía, el lenguaje de Sagan, para tratar de olvidar todo lo que me rodeaba. &lt;br /&gt;Tres páginas después, las cuales leí con mucho sufrimiento, me cansé de desentrañar el extraño lenguaje en el que el libro me hablaba, pero lo mantuve abierto, frente a mí, como excusa para radiografiar con la mirada todo el bar. Para tratarse de un día de diario, se podía decir que el local tenía su ambiente. Un ruidoso grupo de jóvenes bebía cerveza a toda velocidad en la barra, y había dos o tres mesas ocupadas, aparte de la mía. En una, una pareja hablaba en voz baja, mientras que en otra dos chicas jóvenes lo hacían con la voz lo suficientemente alta como para que pudiera darme cuenta, dos frases después, de que eran tan extrañas como yo, pero con algunas diferencias: ellas se reían en inglés mientras yo sudaba lo indecible para leer unas líneas en francés, parapetado como estaba en mi castellano más voraz. Enfrente de mí, junto a la pared, había otra mesa ocupada. En ella, una chica joven leía una edición antigua de un libro. Delataban su edad esos cortes de arriba abajo que se hacían en el lomo del mismo, provocados por el uso incontrolado. Yo tenía un par de volúmenes así, que leía compulsivamente siempre que podía. Algunos de ellos me habían acompañado hasta París, y me estarían esperando en su lecho de polvo a mi vuelta a casa.&lt;br /&gt;Tenía el pelo corto, tan moreno como la noche, tan negro como sus ojos. El flequillo le caía por un lado de la cara y le tapaba uno de los ojos, pero dejaba al descubierto una gran parte de su boca. Tenía los labios finos, bien dibujados, y dejaban entrever una sonrisa etérea, de esas que no se olvidan. Llevaba un jersey oscuro de cuello vuelto, y mordía un lápiz mientras leía. De cuando en cuando, subrayaba algunos pasajes del libro, pero pronto se llevaba otra vez el lápiz a la boca, y seguía mordiendo la punta. Tenía las manos finas, y se mordía las uñas. El cuello asomaba apenas por encima de la tela del jersey, al igual que por debajo de su boca asomaba, en un lado, un lunar. Era preciosa. Sobre la mesa, junto al café que estaba tomando, había una bufanda azul. Me pasé un rato mirándola por encima del libro, concentrada como estaba ella en su lectura, casi absorta. Bebí un sorbo de cerveza y apuré de un trago el vaso de bourbon, y mientras me quemaba la garganta con su abrazo cerré el libro y lo dejé encima de la mesa. Absorta como estaba en las palabras que devoraba con aquellos ojos negros, casi tristes, decidí contemplarla sin disimulo. Un rato después, cerró el libro con el lápiz entre las páginas, apuró el café y levantó la vista, y sus ojos y los míos se encontraron. No sé de dónde saqué las fuerzas suficientes para sostenerle la mirada, pero cuando llevaba unos minutos naufragando en el oscuro mar de sus pupilas, sonrió. &lt;br /&gt;Dejó la taza vacía sobre la mesa, recogió el bolso del suelo y metió allí el libro y la bufanda, y se marchó. Cuando se puso en pie pude ver que era un poco más baja que yo, y la fragilidad que delataban sus ojos estaba muy acorde con su cuerpo: pequeño, moreno, delgado. Caminó hacia la puerta y, cuando pasó junto a mi mesa, deslizó un dedo por el dorso de mi mano, en una caricia que me heló la sangre. Pude sentir cómo se trizaban uno a uno todos mis nervios, y un latigazo frío me golpeó en la base del cuello, junto a la nuca. No paró siquiera. Abrió la puerta del bar a mis espaldas y se perdió en la noche. Cuando quise reaccionar, ya era demasiado tarde. Salí atropelladamente del bar y no había rastro de ella. Corrí hasta una de las esquinas y tampoco encontré rastro alguno de su presencia en medio de la gente que, en esos momentos, caminaba quién sabe hacia donde...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-9109485323836551248?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/9109485323836551248/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=9109485323836551248' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9109485323836551248'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9109485323836551248'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/03/fragmentos-ii.html' title='Fragmentos (II)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7768551844229638265</id><published>2011-02-25T01:49:00.001+01:00</published><updated>2011-02-25T01:51:09.740+01:00</updated><title type='text'>Fragmentos (I)</title><content type='html'>&lt;em&gt;O una parte de un primer capítulo que quizá no lleve a nada&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(...)En un momento, mi vida se resquebrajó. Esa noche, cuando volví a casa, sentí cómo se tambaleaban los cimientos de aquello que me había costado tanto trabajo construir, y que se había esfumado de la noche a la mañana. Era una historia de humo que desapareció para siempre después de un estornudo, y no quedó ni rastro, salvo aquella achacosa y solitaria máquina de escribir que jamás volví a utilizar y que, sin embargo, envié hacia París hace unos días, junto con un baúl lleno de libros y algo de ropa. Sin saber por qué, había decidido que aquel trasto formaría parte de mi nueva vida, como si necesitara conservar algo que me uniera a todo lo que dejaba en Madrid, sin querer cerrar del todo una puerta que no sé si sería capaz de volver a abrir algún día.&lt;br /&gt;También comencé a beber. Fue el incremento de mi afición al alcohol lo que hizo que todos aquellos que me rodeaban eligieran por mí la opción del exilio. Nunca llegó a afectarme en el trabajo, pero mi salud comenzó a resentirse a la vez que se apagaba mi estado de ánimo. Me volví más huraño y mucho más introvertido, apenas cruzaba palabra con nadie en el trabajo y bebía solo en una taberna irlandesa que quedaba a medio camino entre casa y la redacción. Dormía poco y mal, y no me afeitaba con la periodicidad conveniente. Cuando empecé a plantear a los demás la opción de marcharme, nadie me animó a hacerlo, pero al cabo de unos meses eran ellos los que me obligaban a retomar mis viejos planes de huída. En las letras encontré la excusa. Antes de que Laura me abandonara, yo me había aficionado a escribir relatos, historias negras que tenían en la muerte un denominador común, y que publicaba con un seudónimo en la edición digital del periódico. Alguien en la editorial me comentó que esas historias gustaban mucho, y que si era capaz de escribir algo un poco más largo pero igual de siniestro, quizá pudiera publicar un libro. No en su firma, claro, “porque ya sabes que nosotros trabajamos con escritores consagrados, pero conozco una pequeña editorial que está interesada en este tipo de textos”. Nunca me había visto capaz de hacerlo, pero ante la recomendación de tomarme un tiempo de descanso que me hacían mis conocidos, y ante la que me llegó directamente desde la dirección del periódico, decidí liarme la manta a la cabeza. Pedí una excedencia en el trabajo, empaqueté mis cosas y compré un billete de ida a ninguna parte sin posibilidad de retorno.&lt;br /&gt;Todavía no sé por qué elegí París. Había estado un par de veces en la ciudad, pero apenas sabía nada de su cultura, de esa vida interior que late en todas las capitales. Ni siquiera tenía un sitio adonde ir más allá de un lóbrego hostal situado en algún punto cercano a la Gare du Nord, destino de las que serían mis primeras noches en mi nuevo lugar en el mundo. París me había gustado como turista, pero no sabía si estaba preparado para soportarlo como habitante. Por eso, mientras el avión iniciaba la maniobra de aterrizaje y la pista del aeropuerto Charles de Gaulle se iba haciendo más y más grande, no pude evitar sentirme como ese niño que lloraba, inesperadamente, varias filas más adelante, y al que nada ni nadie parecía capaz de consolar. Me acordé de Madrid, de las noches en el periódico y de los besos de Laura. De las calles de la que siempre fue mi ciudad y de las caricias de Laura. De los tragos amargos en los bares oscuros, y de la ausencia de Laura. Cuando el avión hubo tomado tierra, aparté con un manotazo en el aire los recuerdos que me asaltaban y cerré en mi mente cualquier resquicio por el que todavía se filtraba el aire cargado de Madrid. Guardé el libro que había estado leyendo en la pequeña maleta en la que traía parte de mi ropa, y con la que tendría que subsistir hasta que llegara al hotel el baúl con el resto de mis cosas, algunos libros y la vieja máquina de escribir. Estaba en París, una nueva ciudad. Y, quisiera o no, ya podíamos ir acostumbrándonos el uno al otro porque, por el momento, había llegado para quedarme (...)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7768551844229638265?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7768551844229638265/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7768551844229638265' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7768551844229638265'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7768551844229638265'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/02/fragmentos-i.html' title='Fragmentos (I)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4871697392165968546</id><published>2011-02-19T03:11:00.001+01:00</published><updated>2011-02-19T03:11:46.840+01:00</updated><title type='text'>Perdón por la nostalgia...</title><content type='html'>Perdón por la nostalgia, pero hay noches en las que uno necesita respirar. Y respirarte. Y volver a atrapar ese pensamiento que rondó por la cabeza hace tiempo, pero que se escapó en el último bostezo antes de que el cielo pariera este alba tan gris que parece que no se irá nunca. No puedo con el silencio de esta noche de invierno. Empleé todo el otoño en olvidarte sin darme cuenta de que aún no te había conocido, sin entender por qué demonios tenía la espina de tu vientre clavada tan dentro de mí; tanto, que a veces era yo el que sangraba por tus heridas. Todavía no sé cómo conseguí que los árboles ya no me dijeran tu nombre. &lt;br /&gt;Aún trizan mis nervios el aclarado oscuro de tus ojos. Estás muy equivocada si piensas que he conseguido olvidarlos. Te amparas en la distancia que todavía nos une para creerte por encima de mí, para saber que las yemas de tus dedos acarician los hilos que mueven mi vida, y que cada vez acercan más el puñal al fondo de mi pecho; y hay noches en las que me despiertas, en medio de la bruma, y sonríes como si nada. Quizá para ti no signifique mucho la historia que hemos construido, pero yo sólo le veo un final posible, y no será bueno para ninguno de los dos. &lt;br /&gt;¿Recuerdas cuando manchaba mis labios con la ceniza que llovía de tus dedos? Fue mi vida aquel cigarro que inhalaste hasta el último estertor. En ocasiones fui el humo que giraba en torno a ti, que enturbiaba tu figura, que golpeaba tus retinas en busca de una lágrima, por pequeña que fuera, que sirviera para enjugar los millones que yo he llorado. En otras ocasiones, en cambio, fui la brasa ardiente de mi ser, encendida con un simple roce de tus labios, con el empuje estéril de tu aliento contra mí. Siempre, sin excepción, fui los restos de mi vida empotrados sin piedad contra el verde cristal de un cenicero.&lt;br /&gt;En las dos puntas del mismo camino, cada uno en su ciudad, soñamos con azoteas escondidas desde las que divisar las luces nocturnas del mundo. Imaginamos ese viento que sólo sopla para nosotros apagando las velas de una tarta que no nos íbamos a comer, rodeada por botellas de vino a medio terminar y dos copas manchadas por las huellas de tu carmín: rojo sangre en una de ellas, por tu forma de beber; sangre sola en la que era mía, por tu forma de besar. Porque eran tus besos abrazos con los que a veces me mordías. Aún existen canciones que no me dejan respirar porque vuelven hiel pura los restos de tu saliva que todavía quedan en mi boca, y que siempre son cuchillas de diamantes a la hora de tragar.&lt;br /&gt;Perdón por la nostalgia, pero esta noche no consigo soportar tu ausencia. No hay consuelo posible que apague mi forma de llorar. No hay restos de ti en los sonidos de mi cama, ni pelos en mi almohada, ni tiras de piel sobre mi piel. Ya no está ahí tu silueta, recortada por la tenue luz de la luna, como coartada perfecta para un amanecer insomne viéndote respirar. Ya no está ahí tu cuerpo, apoyado junto al mío. Ya no está tu espalda en la punta de mis dedos.&lt;br /&gt;En vez de eso, sólo me queda la fiebre. Y los papeles que nunca llegaste a escribir, y las historias que contaste pero yo no llegué a comprender. Porque no las conocía. Porque más allá del mundo de mi mente, tu realidad estaba fuera de mí, y este querer sin quererte, y que me quieras sin quererme, no es sino otra forma de vida. Distinta. Distante. Del todo irreal. Nunca estuve presente en tus fotografías. No era para mí esa sonrisa en blanco y negro que asomaba tibiamente detrás de tu flequillo. Ni esa mirada disparada de lado por encima de un hombro salado por el mar. No soy yo el dueño de tus palabras. Nunca encuentro mis letras en tus suspiros.&lt;br /&gt;Aun así, te escribo, sabiendo que es un error. Que quizá después de estas líneas ya no me sueñes nunca más. O, lo que es peor, renuncies a volver por mis sueños. Por eso, antes que todo, déjame pedirte perdón por la nostalgia. Perdón por estas palabras que no he podido sujetar. Si te ayuda, sabes que yo te perdono, a pesar de esta ausencia que no me deja respirar…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4871697392165968546?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4871697392165968546/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4871697392165968546' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4871697392165968546'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4871697392165968546'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/02/perdon-por-la-nostalgia.html' title='Perdón por la nostalgia...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-2697836010198608273</id><published>2011-01-31T01:35:00.002+01:00</published><updated>2011-01-31T01:47:18.853+01:00</updated><title type='text'>Un mal sabor de boca</title><content type='html'>&lt;em&gt;Para Efe, por sus ganas de escribir.&lt;br /&gt;Y para A, por sus ganas de que yo escriba.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apuraba de nuevo la copa cuando volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello, y que le dejaba helado de manera inmediata. Un ligero zumbido en los oídos y ese pellizco en el corazón que hace que el pecho parezca una cueva vacía, y la sangre resuena como lo haría un chorro de agua. Duró apenas un instante, y no le dio más importancia. Hacía tiempo que había perdido la confianza en sus sentidos, y nunca había sido partidario de creer en los malos presentimientos. Decidió pedir otro bourbon, pero antes incluso de hacerle la seña al camarero, éste ya había llenado su copa. Además, dejó la botella, media, junto a él, y se marchó distraídamente hacia el otro lado de la barra. Todos pensaban que bebía demasiado, pero ese hombretón que ahora se limpiaba las manos en un trapo húmedo era el único que no lo exteriorizaba. A pesar de que no cristalizara en palabras, notaba cada vez que cruzaba el umbral de la puerta y se sentaba en el taburete de siempre esa mirada de desprecio, a caballo entre la punzante amargura y el reproche, que le brindaba el dueño del bar. “Mi miseria te está llevando a la fortuna, jodido gordo grasiento”, pensaba de vez en cuando, mientras veía cómo el líquido ambarino acariciaba los hielos recién echados en el vaso. Una vez que empezaba, no podía parar. Le costaba recordar cómo había llegado a aquel abismo de alcohol y nada. No hace mucho tenía un trabajo, una vida y una familia. Lo último lo conservaba, más por puro azar que por los esfuerzos que hacía por mantenerlo, pero del trabajo no quedaba ni rastro y su vida se ahogaba poco a poco en vasos y vasos de alcohol. Esta noche era bourbon, como casi siempre, pero podía ser cualquier cosa. Tenía una botella de vodka dentro de la caja de herramientas, en el garaje. Otra bajo el asiento del coche, y una petaca en la mesita, entre la ropa interior, que iba llenando con lo que podía. Esta noche era bourbon, y el camarero había dejado la botella a su lado. Si no la apuraba, se la llevaría a casa. Y lo hizo. Ya era tarde cuando agarró la botella por el cuello, pagó la cuenta y salió a la oscuridad de la noche. El atardecer se había convertido ya en noche cerrada. Ni una sola estrella en el cielo, tan cargado como estaba de nubes. Amanecería con tormenta, una razón más para quedarse todo el día en la cama. Se abrochó el abrigo, se subió el cuello y le dio un trago más a la botella antes de emprender el camino a casa. A lo lejos resonaban, como un eco lejano, sirenas de policía. Era el único sonido que desafiaba la oscuridad de una noche silenciosa y fría. El aire era tan denso que casi se podía saborear y dejaba en el paladar una película agria, un mal sabor de boca. Se la enjuagó con otro trago de bourbon. Como no tenía muchas ganas de caminar y empezaba a sentir cómo su cuerpo tiraba de él hacia el sórdido calor del bar que acababa de abandonar, atajó por el pequeño parque que quedaba a una manzana de casa. A pesar del frío, las putas caminaban entre los árboles esperando a alguien dispuesto a comprar un poco de compañía, por muy postiza que esta fuera. Dos jóvenes se besaban sentados en un banco, a pesar del frío. Apretados, muy fuertes, el uno contra la otra, miraron de reojo al caminante que silbaba mientras sujetaba la botella en la mano.&lt;br /&gt;Aceleró el paso para recorrer los últimos metros del parque y salió a la tenue luz de las farolas apenas a dos calles de casa. Los sonidos de las sirenas se habían multiplicado, e incluso vio un coche patrulla atravesar como un puñal de luz las sombras de la esquina. El aire olía a quemado y la noche se empezaba a empañar por culpa de una columna de humo que le quitaba todo ápice de serenidad a un invierno pausado y tranquilo. Volvió la calle. En un primer momento, se quedó parado. El rostro se le iluminó y notó cómo el calor de las llamas sofocaba en un instante cualquier indicio de borrachera. El crepitar de la descomunal hoguera había afilado sus sentidos mientras veía el continuo ir y venir de los bomberos que se empleaban por apagar la pira bajo la cual se encontraba su casa. Corrió. Se acercó todo lo que pudo mientras, instintivamente, apretaba aún más fuerte la botella. Luego llegó el bloqueo, la parálisis total, ese vacío en la cabeza, en el pecho y en el alma que no sabía cómo llenar. No encontró lugar para la pena. Tampoco alumbró un ápice de rabia. Sólo una callada resignación cuando llegó a la altura de su casa y se paró en seco, en medio de aquel trajín de bomberos y policías, para ver cómo su vida se reducía a cenizas. Y también su familia. Debajo de aquellas llamas, esparcidos por algún lugar, estarían los restos calcinados de su mujer y su hija.&lt;br /&gt;Volvió a sentirlo. Otra vez esa sensación. . Ese frío que le recorría la espalda desde abajo hasta arriba, justo hasta la base del cuello… Se sentó en la acera de enfrente, absorto, a respirar el aire cálido de aquella noche de invierno, y dejó que el paladar, la lengua y los dientes se le llenasen de ese regusto agrio tan familiar. Apretó los dedos en torno al cuello de la botella y se la llevó a los labios, dejando que el bourbon se llevara aquel mal sabor de boca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-2697836010198608273?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/2697836010198608273/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=2697836010198608273' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2697836010198608273'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2697836010198608273'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2011/01/un-mal-sabor-de-boca.html' title='Un mal sabor de boca'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7434427353573581509</id><published>2010-12-13T00:26:00.000+01:00</published><updated>2010-12-13T00:27:13.712+01:00</updated><title type='text'>La azotea</title><content type='html'>Repasó con un rápido vistazo su casa mientras escuchaba de fondo cómo caía el agua de la ducha. Papeles desperdigados en la mesa, por el suelo, en casi todos los muebles. Libros apilados en una vieja estantería, calzada con una cuña de madera para evitar que el peso terminara de desplomar su estructura y las miles de páginas que reposaban en sus estantes concluyeran el trabajo que el tiempo había empezado años atrás, cuando se la llevó de aquella casa de empeño enamorado por su olor a polvo y a madera vieja. Más libros en el suelo, en pilas tan altas que a uno le llegaban por la cintura, y torcidas en escorzos imposibles, formando curvas tan pronunciadas que parecía que bastaba con mover uno solo de los libros de la parte alta para echar abajo toda la pila. Si caía una, caerían todas las demás, porque en el ático apenas había espacio para caminar. Libros y más libros, letras, palabras y cuartillas que sólo dejaban visible un pequeño sofá de dos plazas, un sillón con periódicos y una cama lo suficientemente ancha para poder darse la vuelta, tan estrecha que obligaba al abrazo a la hora de dormir en compañía. Sobre una mesa estrecha, una máquina de escribir y más cuartillas a medio manchar por la vieja tinta de aquel cacharro. Páginas escritas a medias, con palabras mordidas por el tiempo y en las que había que imaginar la letra ‘a’, rota tiempo atrás en una máquina que nadie quería arreglar. Así, las palabras salían a medias. La amargura no era tan amarga, y dolía un poco menos la soledad. También era más efímera la alegría, y más llevadera la nostalgia. Sólo el dolor era completo, porque hasta la pasión se veía cercenada por aquel aparato de otro siglo que llenaba con el sonido de sus teclas aquellas tardes de otoño en las que las seis de la tarde eran ya oscuras, en las que el viento silbaba por la puerta de la terraza y el frío madrugador se filtraba por los poros de unas ventanas demasiado altas para recibir el abrigo de la ciudad. Pronto llegaría el invierno y aquella buhardilla volvería a ser el refugio de decenas de noches en las que los sonidos de la vida llegaban siempre amortiguados, y las prisas, los atascos, las calles y las gentes estaban demasiado lejos como para erosionar siquiera aquel rincón de silencio. Oyó cómo se cerraba la ducha y pasó por delante de la puerta del cuarto de baño, la única habitación separada del resto, de camino a la pequeña cocina. Tuvo tiempo de ver cómo el vapor se escurría por debajo de la puerta cerrada sin cerrojo, e imaginó el pequeño aseo lleno de niebla, el espejo empañado y las gotas condensadas en la punta del grifo del lavabo, el calor encima de las toallas. Apartó la cafetera del fuego y sirvió dos tazas verdes, una con dos terrones, la otra con un poco de leche y sacarina. Cogió la primera y se dirigió pesadamente hacia la terraza. Cuando descorrió la puerta de cristal notó cómo el frío le pegaba en la cara, y se subió hasta arriba la cremallera del jersey. Caminó hasta el final de aquella pequeña azotea y notó la ciudad bajo sus pies. Un montón de edificios desafiaban la altura de su mirada, y su aliento cristalizaba en pequeñas nubes de vaho que se formaban bajo sus ojos. Rodeó con las dos manos la taza intentando agarrar un poco de calor, le dio un sorbo al café y la dejó a un lado mientras apoyaba las dos manos sobre la barandilla e inspiraba con fuerza el aire de la noche. Abajo, decenas de metros más allá, las luces de los coches, el ruido de los motores, gritos de niños jugando en alguna plaza cercana, la vida que pasaba sin detenerse a mirar hacia arriba. Escuchó pasos detrás de él y ladeó un poco la cabeza para verla por el rabillo del ojo. Un rápido vistazo antes de erguir la mirada hacia el frente. Lo suficiente para verla llegar con el viejo jersey deshilachado que tantas veces llevó él en la universidad y un pantalón viejo, descalza, la taza de café en la mano, la otra oculta bajo el puño de una prenda demasiado ancha, demasiado larga para aquel cuerpo diminuto y delgado. Con aquel jersey enorme parecía, como siempre, una niña. Lo parecía, pero no lo era. Bastaba con mirarla a aquellos ojos verdes, grandes, para ver la calidez que desprendía su mirada. Una mirada limpia, imposible de olvidar. Dejó la taza de café junto a la suya después de darle un sorbo, le cogió la mano derecha, la levantó de la barandilla y se metió en medio de sus dos brazos antes de dejarle la mano donde estaba. Le miró y le regaló una sonrisa fugaz, sincera, justo antes de dispararle un beso breve, un roce apenas en los labios que permaneció en la punta de su boca aún unos minutos, antes de diluirse con el frío, antes de volverse para mirar con él la ciudad. Puso las manos sobre la barandilla y él dejó sus manos sobre las de ella. Notó cómo se echaba un poquito hacia atrás hasta apoyar la cabeza a un lado de su cuello, y a pesar del gorro blanco que llevaba puesto sintió la humedad del pelo recién lavado. Por debajo del gorro, le caía mojado sobre los hombros, más apagado que de costumbre a causa del agua. No llegaba a ser rubio, aunque lo parecía, y tampoco era pelirrojo, al menos no siempre. Notó el peso de su cuerpo pequeño sobre él y hundió la nariz en su cuello. Otro roce. Luego miró al frente, con ella entre sus brazos, separados del mundo en aquella azotea, y sintió que ya nunca necesitaría nada más…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7434427353573581509?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7434427353573581509/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7434427353573581509' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7434427353573581509'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7434427353573581509'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/12/la-azotea.html' title='La azotea'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6635923080703171244</id><published>2010-11-17T01:58:00.003+01:00</published><updated>2010-11-17T02:05:05.649+01:00</updated><title type='text'>Alta voluntaria</title><content type='html'>Sabía que se acercaba el final. No sabía cómo, pero podía sentirlo. La habitación del hospital hacía tiempo que se había quedado pequeña, y el sueño de cada noche se veía interrumpido por esos fantasmas del pasado que siempre vuelven al final de la vida, a ajustar cuentas antes del encuentro en el más allá. Y él tenía muchas cuentas que ajustar. Las mismas manos pálidas y venosas que se apoyaban livianamente sobre las blancas sábanas de la cama habían estado mucho tiempo manchadas de sangre, y siempre de la sangre de otros. Por eso, ahora que se acercaba el final, todos habían acudido a la llamada de su último aliento para tratar de cobrar facturas pendientes, de esas que no pueden esperar a la otra vida.&lt;br /&gt;Esa misma mañana, tomó la determinación de pedir el alta voluntaria. Quería marcharse a casa, sentarse en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas, y esperar a que todo acabara, a que las luces se fueran apagando poco a poco y él se quedara solo, a oscuras, en compañía de sus demonios. Hacía días que estaban ahí. De noche sentía en la piel el calor abrasante de unas llamas que seguían ardiendo desde el pasado, y que se llevaron por delante una vida y media en un incendio que nació de una de sus manos. Fue su primera vez, pero no sería la última. Poco a poco fue perfeccionando su técnica, porque ¿quién ha dicho que la muerte no es un arte? Un arte, además, que se puede disfrutar. Con el paso del tiempo dejó atrás los cadáveres fríos y lejanos y se adentró paulatinamente en la cercanía del cuerpo a cuerpo. Casi al final había conseguido obrar la perfección matando con un pequeño cuchillo que escondía hábilmente en la manga, y que sólo veía la luz cuando se disponía a cercenar el cuello de algún desconocido. Le gustaba el olor de la sangre, el último estertor del cuerpo que se hacía cadáver, el esputo de la vida que se va.&lt;br /&gt;Llamó a la enfermera y le pidió que preparara toda la documentación. Se marchaba. Ya estaba bien de caminar por los pasillos del hospital con los pies helados y ese ridículo pijama que le dejaba el culo al aire. Ya estaba bien de tener que sonreír mientras el resto de la gente que le rodeaba hacía un tremendo esfuerzo por mantenerle vivo cuando él lo que deseaba era estar muerto. Quería dejar atrás el hospital, y ni siquiera el médico que entraba en esos momentos en la habitación, acompañado de la enfermera, podría persuadirle de lo contrario. &lt;br /&gt;Y lo intentó. Vaya si lo intentó. Durante casi cuarenta minutos le explicó muy despacio y muy clarito los riesgos que corría marchándose a casa. “Si me quedo, corro el riesgo de seguir viviendo”, fue todo lo que esgrimió como respuesta. Y se preparó para su marcha. Una vez se hubo vestido y rellenado los papeles, se despidió efusivamente de su compañero de habitación, un vejete enfermo que se pudría por dentro y que todavía se sorprendía cuando despertaba cada mañana con la certeza de que alcanzaría a ver un telediario más. “Nos veremos pronto”, le dijo su compañero. “Lo dudo”, afirmó él, convencido de que el viejo rodeado de nietos que venían a verle todos los fines de semana tendría un hueco en el cielo. Él, en cambio, debería ir acostumbrándose al calor de las llamas del infierno. &lt;br /&gt;Recogió sus pocas pertenencias en una bolsa, y tan pronto hubo alcanzado la calle las arrojó en una papelera. Nada necesitaba para el viaje que estaba a punto de emprender. Al flanquear la puerta del hospital se detuvo un instante y dejó que el sol inundara cada poro de su piel, con los ojos cerrados, mientras los enfermos que iban y venían, los médicos y enfermeras que iban y venían, y los familiares que iban y venían le miraban con una mezcla de extrañeza y fascinación. En otro tiempo, hubiera memorizado algunas caras para divertirse luego un rato. Ahora, demasiado enfermo y cansado, o no tan cansado como enfermo y viceversa, sólo pudo sonreír.&lt;br /&gt;El camino a casa se convirtió en una sucesión de lugares comunes que encendió su ánimo, pero no hasta el punto de hacerle dudar. Si se quedaba en el hospital, la muerte vendría en cuestión de meses; en cambio, si se marchaba a casa, corría el riesgo de encontrársela en el portal, apoyada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados, con esa extraña expresión de se puede saber de dónde vienes, que te he estado esperando que ponía su madre cuando, de niño, se perdía por los callejones en los que aprendió el oficio de matar. Ahora, mientras caminaba despacio hacia su casa, se empapaba también del oficio de morir. &lt;br /&gt;Abrió la puerta de casa, después de subir penosamente las escaleras, y ahí estaban todos sus demonios. Fantasmas del pasado que dejaron de existir, que derramaron su sangre entre sus manos, cuerpos que se convirtieron en almas que se evaporan a su paso. Estaba su padre, enfadado aún. Y aquel montón de desconocidos que habían encontrado en los callejones el acerado filo de la realidad que se termina. Putas, proxenetas, chulos y drogadictos, gente sin familia y sin más patria que las calles que no esperaban ser reclamados, y cuyos conocidos ni siquiera dejaron brotar una lágrima por su pérdida, en el caso de haberse enterado de su muerte. Todos estaban allí, con el mismo olor a podredumbre que arrastraban la noche en que se fueron de este mundo, los mismos jirones de vidas amargas colgando de las comisuras de los labios, la misma certeza de despojos que pesa sobre los mismos hombros.&lt;br /&gt;Y entre todos ellos, ella. O ellos, o uno sólo. Sentada en una silla, una mujer abrasada, un cuerpo sin piel, consumido por el fuego, que acuna entre sus brazos a un niño muerto. Y le canta, para que se vayan todos los demonios que le rodean, y el bebé, sin ojos en las cuencas, arrasadas por las llamas, pueda también conciliar el sueño. Está a punto de conseguirlo, porque ya no quedan fantasmas en la habitación, ya no hay nadie. Sólo aquella madre de ceniza y su bebé, y el hombre, aún real, que llevó a ambos a la muerte. Sentados frente a frente, ella en una silla, él en el sillón de siempre, con la manta de siempre tapándole las piernas y a punto de cerrar los ojos, dejando que entre sus dedos se escurra lo poco de vida que le queda…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6635923080703171244?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6635923080703171244/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6635923080703171244' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6635923080703171244'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6635923080703171244'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/11/alta-voluntaria.html' title='Alta voluntaria'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1208352553598729439</id><published>2010-11-03T01:54:00.001+01:00</published><updated>2010-11-03T01:54:52.059+01:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules VI (fin)</title><content type='html'>Nunca fue el mundo tan ancho, ni el tiempo latió tan despacio como aquella noche en la que en un bar desierto de una ciudad desierta, en medio de la lluvia que gritaba hacia la nada, una mano sobre la otra se iban diciendo adiós. Por debajo de la mesa se arañaban los segundos de una luna extensa y fiera que se llevaba entre ellos el último vestigio de llanto, oculta entre las nubes y tiritando como una criatura pequeña. El dolor, que había cesado, volvió a pronunciar su discurso desde lo más hondo de la garganta, y vistió con cuchillas las cuerdas vocales, la lengua con cristales rotos, para que no hubiera una sola palabra de despedida. Sólo la melodía que silbaba bajito el hilo musical de aquella cafetería desierta, con aquel camarero despistado que volvía a hojear por undécima vez las páginas grasientas de esa vieja revista, fue capaz de acudir al desquite de las horas que nunca fueron, de las risas que se apagaban. En apenas unas décimas de segundo, las manos se separaron, pero pareció un minuto eterno el tiempo que estuvieron juntas, y aún podía notar entre sus dedos el calor de los dedos de ella, aún distinguía en la muñeca una huella febril que ya no le abandonaría. Había llegado el momento de marcharse, los dos juntos, hacia una habitación vacía a la que llegarían uno junto al otro, cada uno por su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras ella se ponía la chaqueta, su chaqueta, él acudió a la barra a pagar el peaje por la desidia. Ajustó la cuenta con el mozo que aún les miraba con un punto de cordura en medio de una noche de locos y se volvió un momento para verla, de pie, mirándole de frente con esos ojos azules que alguna vez parecieron verdes, pero que fueron verdes siempre a pesar de que en muchas ocasiones seguían pareciendo azules. El recuerdo escupió la primera noche al verla vestida con su ropa, encima de la primavera que aún abrigaba su cuerpo, antes de salir a la lluvia del enésimo otoño de sus vidas. El cielo les concedió una tregua en la puerta de la cafetería, y se miraron el uno al otro queriendo decirse todo, pero sin llegar a decirse nada. No hubo lágrimas aquella noche, más allá de las que lloró el cielo, pero las habría muchas noches después, cuando evocando la misma luna uno y otro decidieran, en puntos distintos y distantes del enjambre de su misma ciudad, que hicieron lo correcto y también lo más doloroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron como siempre, como la noche primigenia de los abriles de después. Uno junto al otro, en medio de la lluvia que calaba las esquinas melancólicas de aquella ciudad tardía que nunca llegaba a tiempo, de aquellos sueños arrastrados a la alcantarilla por la tempestad impía de un único aguacero. Ella sobre la acera, resguardada de la lluvia por el empuje altanero de los balcones de las casas, que no se conforman con verse alineados los unos junto a los otros, y quieren llegar al centro de la calle, quieren besar a sus vecinos de enfrente por encima del calor que mana el asfalto. Él por la calle, sobre los charcos y ríos ficticios que forma la lluvia en la ciudad, con los pies interrumpiendo el curso del agua que corre en busca del vacío por lechos de alquitrán. Empapado, sí, pero avivado en su fuero interno por el calor que le atenazaba el alma, por ese trago arenoso que le llenaba la boca y que casi le impedía respirar. Ahora no estaba nervioso porque no sabía qué decir. Ahora lo que le preocupaba es no haber hablado lo suficiente, que lo suyo se perdiera por la parquedad en palabras de una escena de libro que se antojaba real. Tan real que mordía en el paladar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anduvieron un rato y pronto enfilaron la última calle de sus vidas. Lo hicieron de la mano, un gesto involuntario que ninguno se atrevió a torcer. Quizá en lo más hondo de ambos, ese ligero contacto que mantenían sus dedos se antojaba el preludio de un abrazo eterno, bajo el portal, en medio de la lluvia, para sellar con piel una relación que nació justo ahí, en la piel de ambos, pero que fue calando cada vez más hondo hasta hacerse un hueco en el alma. Allí aguardaba la memoria de lo suyo, acurrucada en un rincón de esa punción perversa que es el recuerdo. Allí descansaba, latente, para nunca más volver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no hubo abrazo. Tampoco palabras de despedida. Ni siquiera una mirada furtiva, un contacto con esos ojos que eran capaces de trizarte el corazón. Subieron en silencio, ella primero, él detrás, las escaleras que presentaron un rellano sombrío, con una puerta cerrada que ya no se abriría más. Ella entró primero, después lo hizo él. No cerraron la puerta. El piso, pequeño y mal amueblado, se había quedado pequeño para los dos, y la claustrofobia caminó por las paredes en cuanto notó dos pares de pasos andando por la estancia. Pequeño para los dos, pero terriblemente grande para uno solo. Ella se fue derecha a la silla y se sentó frente a la máquina de escribir. Abrió el primer cajón de la derecha y sacó un paquete de tabaco. Se encendió un cigarrillo y ahí, con el humo en la punta de los labios, agarró el primer folio de una nueva historia y lo metió en el carrete. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él, mientras, llenaba con parte de sus cosas una vieja maleta que había estado siempre guardada bajo la cama. Un poco de ropa, tres libros mal leídos, algunos periódicos guardados, un puñado de recuerdos, los besos que nunca le dio y las dosis justa de olvido para llegar al ascensor sin ponerse a llorar como un niño detrás de la puerta cerrada, en este trozo de pasillo que le había visto salir una y otra vez, y que ahora le despedía para siempre. Se volvió un momento y la vio allí, de espaldas, con la vista clavada en el folio en blanco, en la máquina de escribir. La había visto así muchas noches, y sabía que quizá fuera la última vez que la vería de esta manera. Había aprendido a besarle los hombros, podía pasarse la noche entera rozando los lunares de su espalda. Muchas noches la encontraba desnuda, escribiendo febrilmente páginas y páginas que desechaba al amanecer. Últimamente no escribía. Sólo se sentaba allí y fumaba, y dejaba que el humo se llevara los momentos que nunca encontraban cobijo en el papel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerró la maleta y cogió la chaqueta que ella había dejado sobre la cama. Estaba seca, y se la puso sobre la ropa empapada. Caminó unos pasos y se situó detrás de ella, de pie, con ganas de estrecharla y no soltarla jamás. Ella no levantó la vista, seguía absorta en el papel que la devoraba. Le pasó la mano por el pelo, le tocó la nuca. Acercó su boca a su oído, rozándole el lóbulo de la oreja con la punta de los labios, y se lo dijo. Eso que le quemaba en lo más hondo, que nunca había acertado a decir, que no se atrevió a pronunciar. Lento, pausado, salió por fin de su boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sabes cuánto te he querido…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Agarró la maleta y se fue. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la escalera. Cerró los ojos y recordó por penúltima vez aquellos ojos verdes que tanto le gustaban. De fondo, comenzó a oír las teclas de la máquina de escribir. Iban y venían, una y otra vez, con rabia. Se puso de nuevo en pie y bajó poco a poco las escaleras, sintiéndose derrotado. Al otro lado de la puerta, ella seguía escribiendo con una pasión rayana en la locura. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras sus dedos, veloces, derramaban sobre el papel aquello que había escondido detrás de esos ojos azules…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1208352553598729439?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1208352553598729439/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1208352553598729439' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1208352553598729439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1208352553598729439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/11/detras-de-unos-ojos-azules-vi-fin.html' title='Detrás de unos ojos azules VI (fin)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5718219595559411522</id><published>2010-10-02T02:50:00.001+02:00</published><updated>2010-10-02T15:40:31.853+02:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules (V)</title><content type='html'>Eso fue, sin duda, lo más difícil. Sobreponerse a ese abrazo de hiel con el que te envolvía una mirada como la suya, fría hasta una calidez extrema, lejana y terriblemente penetrante. Estaba realmente enamorado de sus ojos. Aquella mañana luminosa que sucedió a la incesante lluvia de la noche, se pasó un buen rato viéndola dormir. Boca abajo, sobre la cama, la sábana tapando apenas sus piernas, dedicó todo el tiempo del mundo a memorizar cada rincón de su cuerpo, iluminado ahora por el sol. Acercó un dedo hasta sus caderas, sin llegar a tocarla, y rozó cada centímetro de su piel desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, tocándole levemente el pelo. Después se fijó en su rostro sereno, brillante, con los ojos apretados, como si intentara que no se le escapara nunca el sueño que tenía entre las manos, y con aquellos labios finos dibujando una sonrisa. Aun con el velo caído de los párpados, podía sentir cómo lo abrazaba su mirada, cómo esos ojos verdes, aunque la noche anterior le habían parecido azules, hacían que se le erizara toda la piel. Más allá de sus ojos cerrados, podía sentir perfectamente la intensidad de una mirada que acababa de atraparle, ambos creían que para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misma mirada que, en esos momentos, tenía frente a él. Tomó un sorbo del café e hizo lo posible para disimular el calor que le abrasó la punta de la lengua, al darse cuenta de la profundidad con la que esa noche le abrazaban esos ojos azules que por la mañana parecían verdes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hace mucho tiempo que no tenemos una noche así, para hablar-, se atrevió a decir.&lt;br /&gt;-Parece que lo estuviéramos evitando-, respondió ella, y el primer pulso entre los dos se resolvió con un dardo acerado manchado de veneno que se clavó en la pared, sin alcanzarles.&lt;br /&gt;-Parece no, yo creo que lo estábamos evitando-. Todavía hoy no se explica de dónde sacó el valor para decir aquello, para destapar un cofre que llevaba mucho tiempo cerrado y que ninguno de los dos quería abrir, porque en el fondo del mismo estaba escrita la palabra fin.-No sé qué nos está pasando, pero sé que no es nada bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía serlo. Le hubiera gustado que le hubiera dicho, directamente, que se había cansado de él. Que no quería verle más. Que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se marchara de casa, y que los dos empezaran a andar por caminos separados. Le hubiera gustado que existiera una explicación lógica a aquella bruma que les rodeaba, aquella nube que había dejado atrás las noches en las que habían visto amanecer abrazados, ella encima de él, desnudos sobre una silla; o las mañanas en las que disfrutaban del primer frío invernal paseando por los parques de una ciudad que atardecía para ellos dos; o las noches en las que no hacía falta decirse nada, y todo acababa con ella durmiendo sobre él, en el sofá, con la tele encendida. Aquello no podía esfumarse sin más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo siguiente fue el silencio, otra vez el silencio. El suave susurro del hilo musical sobrevolando sus cabezas y el sonido metálico de la cucharilla golpeando la taza de café. Seguro que había muchas cosas que decir, pero ninguno de los dos encontraba las palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no es nada bueno. Y no entiendo por qué. Esto no se puede acabar así, sin más…&lt;br /&gt;-Hay veces que las cosas se acaban, se agotan, y no hay ninguna explicación-, acababa de asumir el papel de duro, más le valía ser capaz de mantenerlo hasta el final, -y sólo se puede, en fin…&lt;br /&gt;-¿Mirar hacia otro lado?&lt;br /&gt;-No me refiero a eso, quiero decir que por mucho que luches por mantener una llama encendida, a veces llega un momento en el que se apaga, y por mucho que intentes prenderla de nuevo no puedes recuperar el fuego que ya se ha ido-, valiente gilipollas, pensó, menudas metáforas que te buscas.&lt;br /&gt;-Vaya, yo pensaba que la escritora era yo.&lt;br /&gt;-Soy periodista, ya sabes que también estoy acostumbrado a inventar historias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella sonrió. Una sonrisa, leve, pero una sonrisa al fin y al cabo. La segunda en una noche destinada al llanto, en la que hasta el cielo oscuro sobre la ciudad había encontrado el momento para llorar. Pasado el momento de tregua, llegaba el segundo asalto.&lt;br /&gt;-No puedo cree que hayamos dejado que esto se acabe así. Siempre nos prometimos que veríamos venir el final, que lo dejaríamos justo a tiempo para evitarnos una despedida, para no tener…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para no tener que lamentar más heridas en el corazón. La frase resonó en su mente al mismo tiempo que ella la pronunciaba, de la misma forma que los dos la pronunciaron a la vez, una lejana mañana, un par de años atrás, cuando se sentían tan fuertemente ligados el uno al otro que lo único que podía pasar es que ambos se hicieran daño. Mucho daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quizá después de todo, nosotros somos como los demás…&lt;br /&gt;-No somos como los demás&lt;br /&gt;-…y esta ha sido otra relación como tantas…&lt;br /&gt;-No, ha sido única. Irrepetible.&lt;br /&gt;-Lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vaya si lo sabía. Aún no había acabado y ya podía sentir el enorme vacío que ella dejaba tras de sí. Casi podía sentir cómo por dentro se iba agrietando su alma, y sintió que le faltaba el aire. Se esforzó por respirar, tratando de llenar los pulmones de aire, pero el aliento, simplemente, se le escapaba. El pecho le iba a estallar. Era como si un puño caliente le envolviera el corazón, y se lo apretara más y más hasta exprimir la sangre que contenía. Una puntada de dolor le nació de las entrañas, como una puñalada, y se extendió hasta el pecho y el cuello, haciéndose cada vez más grande, palpitante, insoportable…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, puso su mano sobre la de ella, y el dolor cesó. Le acarició levemente el dorso de la mano, y notó cómo ella entrelazaba los dedos con los suyos, y le acariciaba dulcemente la muñeca. Y el aire volvió a los pulmones. El dolor había desaparecido, pero él sabía que volvería. Volvería pronto, muy pronto, y lo haría multiplicado hasta el infinito.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5718219595559411522?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5718219595559411522/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5718219595559411522' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5718219595559411522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5718219595559411522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/10/detras-de-unos-ojos-azules-v.html' title='Detrás de unos ojos azules (V)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-911770891778860081</id><published>2010-09-16T13:21:00.002+02:00</published><updated>2010-09-16T13:34:15.651+02:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules (IV)</title><content type='html'>Fueron apenas diez pasos, pero fueron los más largos de su vida. Mientras caminaba hacia la mesa se concentró para que el café no se derramara, a pesar de que el líquido negro asomaba de cuando en cuando por el borde de la taza. Nunca había tenido buen pulso, desde luego, y siempre había sido un poco torpe, pero la simple tarea de trasladar una taza llena de café de la barra a la mesa de un bar se convierte en una auténtica prueba de obstáculos si se acomete con el corazón latiendo a mil. En esos momentos en los que sólo la tenue melodía del hilo musical taladraba el desasosegante silencio de la cafetería, casi podía oír cómo su pecho resonaba como un tambor, tam tam, tam tam, sin pausa, cada vez más fuerte. Resistió la tentación de pararse a coger aire, porque quizá ya era tarde para mostrar signos de debilidad. Llegó a la mesa, dejó el café y se sentó frente a ella, aparentando toda la normalidad que pudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí estaban, de una vez por todas, frente a frente, apenas a un metro de distancia. En un rápido vistazo recorrió todo su cuerpo, memorizando sin querer cada detalle. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, una encima de la otra al lado del libro que, según supuso, había intentado, sin éxito, leer esa misma noche. Sus dedos entrelazados. Sus brazos, sus hombros, ahora tapados, durante el verano siempre descubiertos. Y su cara, dos labios finos y bien perfilados que escondían una sonrisa detrás de aquellos ojos azules. ¿O eran verdes? Ni siquiera ahora, a un metro de distancia, sabría decirlo con toda certeza. El pelo color miel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola- dijo ella, sin extrañarle que él no hiciera siquiera el amago de darle un beso. ¿Hacía falta guardar las apariencias?&lt;br /&gt;-Hola- contestó él, con un hilo de voz, -¿cómo estás?&lt;br /&gt;-Bien, aunque hoy no he logrado escribir ni una sola línea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía tiempo que ella tenía una historia atravesada en la mente, pero no lograba escribirla. Ella no lo decía, pero debajo de aquella rutina maliciosa que había teñido los últimos días, las últimas semanas, prácticamente el último mes, él sabía que tenía parte de culpa de su silencio. Debe ser poco alentador intentar escribir al lado de alguien como yo, pensaba algunas veces, y se recordó una y otra vez tumbado en la cama, con la única luz de la lámpara de noche, leyendo las páginas viejas de un libro usado, cualquiera, uno distinto cada noche que siempre se quedaba a medias, mientras ella, desde el otro lado del piso, apoyaba los codos sobre la mesa y miraba fijamente el extraño reflejo que sobre la máquina de escribir le devolvía, impoluta en el carrete, la página en blanco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquila- mintió como siempre, -seguro que al final consigues sacártela de encima.&lt;br /&gt;-Eso espero. ¿Qué tal tu día?&lt;br /&gt;-Bien- volvió a mentir, sabiendo que entrar en detalles no facilitaría las cosas, -otro día más para olvidar.&lt;br /&gt;-Has vuelto a beber. Te huele el aliento a bourbon.&lt;br /&gt;-Sólo un trago en la redacción, antes de salir. Estoy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ambos decidieron entonces firmar una tregua velada amparados en el suave chapoteo de las gotas sobre la acera, de la lluvia en el cristal. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos volvieron la vista hacia la calle y decidieron respetar ese instante de silencio, ese minuto de calma que antecede a la tempestad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento, estuvo tentado de recordar la noche en que se conocieron. También llovía, pero aquella era una lluvia cálida, de primavera, y la de hoy era simplemente el último telón de agua que precede al frío del invierno. En aquella ocasión, la calle había servido de refugio para dos jóvenes que, sin pretenderlo, acabaron deseándose hasta el amanecer, y anudaron sus vidas con una cuerda que estaba a punto de romperse, de deshilachada que estaba. Hacía ya, ¿cuántos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Qué importaba. Él sabía que aquel era el momento a partir del cual iba a medir su vida, y para ella aquella noche también supuso el principio de un cuento que estaba a punto de acabar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche de primavera de hacía cuatro años, ella salió de una fiesta en la que se empezaba a aburrir, y sobre la acera, en mitad de la lluvia, encontró a chico que se había sentado en la calle porque dentro no conocía a nadie. La primera sensación que surgió entre ambos fue curiosidad, la de ella por saber por qué aguantaba empapado bajo la lluvia. La de él por descubrir si aquellos ojos que le miraban desde la puerta del local eran azules, verdes o dorados, de tanto como brillaban. Se cruzaron sus miradas y ella caminó hacia donde él se encontraba. Te vas a manchar el vestido, fue lo primero que se le ocurrió decir, y lo segundo fue una sonrisa cuando ella sugirió que podrían compartir la factura de la tintorería cuando él fuera a llevar su chaqueta. Se miraron un instante y, sin saber por qué, los dos se levantaron a un tiempo, y empezaron a caminar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella lo hacía bajo los balcones y los tejados, subida a la acera. Él, en medio de la lluvia, por la calzada, expuesto a que algún coche a toda velocidad empapara cualquier rincón de su cuerpo por el que el agua no se hubiera filtrado todavía. Fue un paseo largo, sin un rumbo fijo pero sí con una meta marcada: el amanecer entre sus hombros, la salida del sol en medio de un mar de abrazos. Caminaron y hablaron de todo, de esto y de lo otro, de las ganas de escribir de ella y del periodismo que él se imaginaba, de las anécdotas en la Facultad de Literatura y de las tardes muertas jugando al mus en la cafetería del edificio de Ciencias de la Información. Del futuro que tenían por delante uno y otro y, por qué no, los dos juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó un momento, sin que él supiera cómo, que ella se detuvo y le dijo: éste es mi portal, ¿quieres subir? Y él se moría de ganas. Llamaron en silencio al ascensor, y las palabras se acabaron cuando las puertas de metal se cerraron y el cable metálico empezó a tirar de ellos hacia arriba. El ascensor fue un volcán. Uno contra el otro, los dos contra el espejo, dos bocas que se juntan, dos lenguas que se encuentran. Las caricias atropelladas por debajo de la ropa mojada. La respiración de uno y de otro, cada vez más intensas, convirtiéndose en una sola. El tacto frío de la sábana en contraste con la calidez de la piel, el sabor a sudor y a noche mojada. Sus ojos, azules, verdes o dorados, clavados en su rostro como lo hacían sus uñas en su espalda. El amanecer perezoso de las diez de la mañana en medio de un día soleado que para nada recordaba la lluvia de la noche anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá mañana no llueva, le disparó su cerebro, a quemarropa, tratando de sacarle de ese lejano recuerdo. Igual que aquella noche, puede que el día siguiente sea un día soleado, pensó. Apartó la vista del ventanal y alejó su mente de la lluvia para concentrarse de nuevo en ella, y en aquellos ojos azules (sí, seguro que eran azules) que le miraban fijamente apenas a un metro de distancia, al otro lado de la mesa. Esos mismos ojos verdes (estaba casi seguro) de los que ahora brotaba una lágrima que resbalaba por su mejilla igual que las gotas que lloraba el cielo lo hacían por el cristal. Si aquello iba a ser una guerra, mejor empezar cuanto antes con las heridas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-911770891778860081?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/911770891778860081/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=911770891778860081' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/911770891778860081'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/911770891778860081'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/09/detras-de-unos-ojos-azules-iv.html' title='Detrás de unos ojos azules (IV)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4317963232778960461</id><published>2010-08-29T19:59:00.000+02:00</published><updated>2010-08-29T20:01:30.701+02:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules (III)</title><content type='html'>Siempre es difícil cerrar una puerta, porque demasiadas veces ese gesto supone abrir una herida. Y esa herida no cicatriza con facilidad. Te atormenta las noches de invierno y los amaneceres del verano, te pica en las mañanas de otoño, en los atardeceres de la primavera. Las heridas de la vida van derechas al alma porque su arañazo deja en las uñas jirones del corazón, y uno nunca se recupera del todo de los mordiscos que la realidad propina. Sus dientes son afilados. Las cicatrices, mucho tiempo después, saben a la sal que sedimenta en los posos de la vida, y a medida que uno envejece se vuelven aún más molestas, porque son muchos más los momentos en los que te detienes a hacer memoria. De nada vale lamerse las heridas una vez que se han producido, porque si han encontrado su sitio en el alma, se quedan ahí para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese miedo súbito que había sentido ahí, de pie en medio de la plaza en una madrugada lluviosa, le recorrió todo el cuerpo apenas puso un pie en el local. La cafetería estaba en silencio, y el camarero hojeaba distraídamente una revista mientras escuchaba de fondo las melodías nocturnas que despachaba el hilo musical. No ponía gran interés ni en una cosa ni en la otra, porque apenas se detenía unos segundos en una página antes de pasar a la siguiente, y cuando se acercó lo suficiente para escucharle descubrió que tarareaba canciones muy distintas a las que se filtraban por las paredes de la estancia. Pidió un café y se quitó la chaqueta, la dobló y se la dejó colgando del brazo a la espera de que el camarero, que se dirigía pesadamente hacia la cafetera, le trajera lo que había pedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi por un descuido, se giró un momento para verla. Recorrió con un vistazo rápido su silueta, firme, recta, en aquella solitaria cafetería. Caminó por su pelo y sintió que sus dedos se empapaban del tacto sedoso de aquella cabellera castaña clara que desprendía un olor singular, como a mañana fresca, da igual qué hora fuera del día. Era extraño. El agitado día había dejado en la cafetería restos de suficientes olores como para confundir a cualquiera, pero su nariz, a unos metros de distancia, detectaba nítidamente el inconfundible olor de su pelo. Sin que se diera cuenta, su mente empezó a bombardearle con un montón de preguntas incómodas que se resumían en una sola: ¿de verdad quieres que todo acabe aquí, esta noche? Ya no estaba tan seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando ella se dio la vuelta. Fue un momento, un chispazo, pero sus miradas se cruzaron y quedó atrapado en sus ojos. En sus increíbles ojos azules. ¿O eran verdes? Nunca había estado seguro. Daba la impresión de que ella tuviera la cualidad de confundirle a cada instante, porque sus ojos parecían de un color o de otro según el momento del día en que la mirara, según el estado de ánimo en el que se encontrara cuando lo hacía. Eso sí, había algo que no cambiaba. Lo hiciera por la mañana o por la noche, feliz o a punto de gritar de desesperación, su mirada era capaz de dejarle sin palabras. De abrazarle con un manto cálido que invitaba a la tranquilidad, al sosiego. Al sueño más profundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante ese breve instante en el que sus ojos se tocaron, para él se paralizó el mundo. La Tierra dejó de girar, y casi le pareció escuchar cómo los engranajes secretos que hacen girar el universo chirriaban en lo más profundo del planeta como hace una máquina pesada cuando se detiene de golpe. Hubiera jurado que las gotas que caían del cielo y mojaban la oscuridad de la calle se habían quedado suspendidas en el aire, esperando a que ella se moviera, a que decidiera dar la señal para que todo volviera a su cauce normal, y las gotas cayeran, el universo girase y su relación estuviera a punto de acabar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se percató de que, a su espalda, el camarero ya le había servido el café, y esperaba a que se apartara de la barra para volver a su tarea nocturna: pasar muy rápido las hojas de la revista y tararear canciones que nada tienen que ver con las que suenan a través del hilo musical. En ese momento, ella sonrió y bajó la vista, justo antes de volverse y quedar de espaldas a él, en una invitación velada pero directa de que se sentara frente a ella, en aquel reservado que dejaba a un lado la barra y al otro los servicios del bar, mientras que a la izquierda, a través del ventanal, permitía observar cómo arreciaba la lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había sonreído. Un gesto fugaz, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Una sonrisa que, como de costumbre, no sabía cómo interpretar. Lo más normal es creer que la risa denota felicidad, la cercanía de un momento esperado. Pero también había visto a gente para la cual la risa fue simplemente el último peldaño antes de la desesperación. Secado el cubo de lágrimas derramadas, recurrían a la risa histérica como último recurso en un desesperado afán por aferrarse a la cordura, que se escapaba de ellos para nunca más volver, como lo hacía el aliento que salía de su boca. Además, creyó adivinar en su sonrisa un deje de tristeza, de melancolía, quizá de resignación hacia lo inevitable. Ambos eran responsables de haber pospuesto ese momento muchas veces, y ambos serían responsables de lo que sucedería a partir de ahora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mujeres dicen más con sus gestos que con sus palabras. Estaba harto de recibir ese consejo de un compañero de trabajo que se creía un donjuán. Quizá tuviera razón, pero él nunca había sabido interpretar esas señales que para otros son tan evidentes, que para ellas son tan recurrentes. Ése era uno de los errores que había cometido con mayor frecuencia, pero tampoco era el más grave. El resto, a buen seguro, cobrarían protagonismo a lo largo de la noche. No tendría que esperar mucho para conocer en todo lo que se había equivocado. Sonrió para sus adentros. “Nunca es tarde para aprender”, se dijo, justo antes de coger la taza de café y dirigirse hacia la mesa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4317963232778960461?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4317963232778960461/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4317963232778960461' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4317963232778960461'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4317963232778960461'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/08/detras-de-unos-ojos-azules-iii.html' title='Detrás de unos ojos azules (III)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-8049028559127610465</id><published>2010-08-03T01:49:00.001+02:00</published><updated>2010-08-03T01:49:45.499+02:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules (II)</title><content type='html'>A esas horas, en la redacción todo era silencio. Hacía tiempo que el bullicio diario del cierre se había apagado lentamente, y apenas quedaban en toda la planta algunos rezagados que estaban adelantando trabajo pendiente o, simplemente, dejaban pasar los minutos de una noche, otra más, en la que no tenían adonde ir. Él se encontraba a caballo entre una opción y otra, y en esos momentos curioseaba por Internet en busca de algún dato que alumbrara la posibilidad de un nuevo reportaje. Casi instintivamente, abrió el primer cajón de su mesa y cogió el paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y lo encendió, desafiando con nocturnidad la prohibición de fumar en el edificio. No importaba. Esa regla se aplicaba durante el día, y la cumplía como toda la gente normal. Entre noctámbulos no existía reglamento alguno de cómo arañarle el vientre a una noche de otoño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó de su mesa con el cigarrillo entre los dedos, y se acercó a la mesa de uno de sus compañeros. Allí, en el tercer cajón, estaba la botella de bourbon. Aún existían en la redacción algunos colegas que nunca pierden las viejas costumbres, y que hace que uno se sienta siempre un poco mejor. El periodismo, pensó, es eso. Quedarse hasta tarde frente a una máquina de escribir con la única compañía de la luz de una lámpara y todos tus vicios a mano para que nada te inquietara. Ahora, en los periódicos, todo es mucho más aséptico. Los ordenadores han matado la magia. En las redacciones sólo hay prisas y un condenado reglamento que convierte un trabajo estupendo en una cadena de montaje. Por la mañana, a la calle; por la tarde, a escribir; la noche para descansar. Así no era el oficio con el que había soñado siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a su mesa y se sirvió un vaso de bourbon. Se había acostumbrado a beberlo sin hielo desde el momento en que comenzó a paladear su abrasador legado en las noches solitarias de una redacción vacía. La única condición era que cuando la botella estuviera vacía, había que reponerla. Todos lo sabían, al menos los que recurrían a ella con frecuencia. Era un mandamiento no escrito: su áspero sabor estaba ahí para aliviar un mal día, para entonar una buena noche, para seguir empujando a uno hacia el abismo. Da igual qué opción escoger, a nadie hay que privarle de su oportunidad de caminar directo al infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se recostó sobre la silla, apoyó los pies en la mesa y subió el volumen del pequeño aparato de radio que le hacía compañía. Cambió las noticias y buscó una emisora que escupiera un poco de música a horas intempestivas. Encontró los primeros acordes de una melodía conocida. Enjoy the silence, de Depeche Mode comenzó a llenar el espacio a su alrededor, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por las volutas de humo que flotaban buscando el techo, y por el cálido surco que el bourbon dibujaba en su garganta. En ese momento, con los ojos cerrados, se sintió bien. Tremendamente bien. Olvidó de pronto las exigencias de un día agotador, infructuoso después de horas de mucho esfuerzo. Había pasado la mañana llamando a un montón de puertas que permanecieron cerradas, en busca que algo que sirviera para publicar el próximo fin de semana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el trabajo no era lo realmente agotador. Ojalá lo fuera. Lo peor era que había caminado todo el día con una losa encima de él: la terrible realidad de que, esa noche, todo se acababa. No sabía si sentir cierto alivio o una pena profunda. Siempre había pensado que el final era lo mejor para él, y se había aferrado a la visión egoísta que su mente prefería darle a todo ese asunto. Incluso había pasado horas enteras imaginando cómo sería volver a la vida sin ella, lejos de sus reproches, de sus miradas inquisitivas, lejos de todo lo que significaba la vida que en esos momentos iban a dejar atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun así, no podía negar que sentía por dentro una sensación extraña. Un nudo en la garganta que se había apretado conforme se fueron quemando los minutos del día, y se acercó la noche. Dejó el vaso sobre la mesa y, casi por instinto, se pasó la mano por el cuello. Casi pudo notar la marca de la soga con la que se estaba quitando el aire, y por un momento le pareció sentir en la boca el suave sabor de uno de sus besos, por encima incluso del amargo regusto del tabaco. Se pasó la lengua por los labios, intentando acentuar ese poso salado, como de agua de mar estancada, que deja ella siempre que besa. O siempre que besaba. Se mojó los labios con el bourbon para desterrar esa sensación de su memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminó la canción y sonaron las señales horarias. Eran las dos de la madrugada. Abrió los ojos de una forma pausada y apagó el pequeño aparato. Le pareció oír cómo la noche se derramaba sobre una ciudad vacía, en penumbra, sumergida en una inquietante calma. Apagó el ordenador y chupó con fuerza el cigarro, antes de dejar que se consumiera lentamente en el cenicero, donde amanecería la mañana siguiente antes de que pasaran por allí las señoras de la limpieza. Algunas veces, le dejaban una nota escondida debajo del teclado del ordenador. ‘Aquí no se puede fumar’, le escribían, y él contestaba con otra nota a mano: ‘piedad, en casa tampoco me dejan’.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apuró el bourbon y se abotonó los puños de la camisa. Por descuido, o a propósito, se dejó el móvil en el cajón donde lo había guardado por la tarde, cuando no quería que nadie interrumpiera sus pensamientos. Cogió la chaqueta y las llaves del piso, y se dirigió pesadamente a la salida. No cogió el ascensor, y bajó los cinco pisos hasta la calle por las escaleras, sin prisa, escalón por escalón. Cuando llegó a la puerta la lluvia se había hecho más persistente, y por un momento dudó en si coger uno de los paraguas que la gente había abandonado en el paragüero de la entrada, y que se turnaban cuando alguno salía a fumar o para ir al bar cuando iban a comprar algo para cenar. Descartó la idea. Siempre le había gustado la lluvia y apenas tardaría cinco minutos en llegar a la cafetería donde ella le esperaba. Después de todo, uno no puede protegerse de su destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saludó al vigilante de seguridad justo antes de salir a la calle y meterse de lleno en las gotas que caían del cielo. Miró hacia arriba y sólo percibió oscuridad. A pesar de que podía encontrar un tenue refugio en la acera, bajo los balcones y tejados de los edificios que flanqueaban la calle, caminó por mitad de la misma dejándose empapar. Cinco minutos después volvía la esquina y se encontraba de frente con la plaza vacía, desierta. Sólo las lágrimas que lloraba el otoño rompían el silencio de la noche. Al fondo estaba la cafetería, y a través del ventanal distinguió su silueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en ese momento cuando notó un chispazo que le hizo pararse en seco. De repente, ya no encontraba alivio en lo que iba a suceder, y todos los pensamientos positivos que había acumulado durante los últimos días se perdieron por el sumidero de la razón con la misma facilidad con la que el agua se filtraba a través de las alcantarillas hacia el centro de la tierra. El nudo alrededor de su cuello se hizo más fuerte. Intentó tragar saliva, pero encontró la boca seca. Acababa de descubrir qué era ese pequeño latir que le fustigaba el alma en las últimas semanas. Tenía miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intentó componerse y siguió avanzando, pero le temblaban las piernas. Caminó torpemente por mitad de la plaza, deseando que no le hubiera visto pararse en seco en mitad de la lluvia. Era inútil. Algo le decía que, en esos momentos, ella le miraba. Notaba el lacerante brillo de sus pupilas clavado en su frente. Respiró hondo y abrió la boca, dejando que las gotas de lluvia resbalaran por sus labios y mojaran su lengua. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, todo su cuerpo estaba empapado por un sudor frío que le trizaba los nervios. Menos mal que estaba lloviendo, y caminar por mitad de la calle le ofrecía la coartada ideal para esconder los estigmas que el miedo le iba dejando en la piel. Abrió la puerta y la vio, de espaldas, a tan sólo unas mesas de distancia. Más lejos que nunca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-8049028559127610465?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/8049028559127610465/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=8049028559127610465' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8049028559127610465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8049028559127610465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/08/detras-de-unos-ojos-azules-ii.html' title='Detrás de unos ojos azules (II)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4403890528834373909</id><published>2010-07-15T02:41:00.002+02:00</published><updated>2010-07-15T19:14:10.434+02:00</updated><title type='text'>Detrás de unos ojos azules (I)</title><content type='html'>Cerró el libro, apuró de un sorbo la taza de café y casi por instinto, miró el reloj. La 1:56. Las últimas líneas que había leído hace tan sólo unos momentos seguían resonando en su mente, y las apartó de un manotazo. Era el momento de volver a la realidad, y la realidad se concentraba en ese pequeño café, abierto las veinticuatro horas, en el que su soledad le hacía compañía. Ocupaba una de las mesas junto a la ventana, y tenía detrás suya la barra, donde un camarero limpiaba distraídamente el polvo acumulado en las botellas. Se dio la vuelta y le hizo una seña para pedir otro café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estaba sola en el bar, pero era la única que estaba sentada en uno de los apartados. Tenía sobre la mesa el libro que estaba leyendo, el pañuelo que se acababa de quitar y el bolso, con el teléfono asomando por la cremallera abierta. Junto a la barra, de pie, tres hombres discutían acerca de un montón de vanidades mientras vigilaban sus taxis, aparcados junto a la acera. Habían hecho un pequeño alto en la noche para tomar algo, pero los tres miraban nerviosos hacia la puerta, como esperando que algún cliente distraído se acercara a alguno de los coches buscando una forma rápida de volver a casa. De cuando en cuando, alguno de ellos le dirigía una mirada de soslayo, y a pesar de que estaba de espaldas a los taxistas podía sentir sus ojos clavándose en la nuca. No era de extrañar, estaba sola en el bar, de madrugada, y parecía no tener prisa por irse. A cualquiera le hubiera extrañado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se acercó el camarero con el café, miró por la ventana. Empezaba a llover. Eran las primeras gotas de un otoño tardío, quizá el anuncio de un invierno madrugador. Se arrepintió al instante de haber salido de casa sin coger la chaqueta, y aunque llevaba una camiseta de manga larga, le preocupaba volver a casa empapada. Quizá no llueva para entonces, se dijo a sí misma, y por un momento se descubrió embelesada con una gota de agua que se deslizaba, poco a poco, por todo el ventanal. La acompañó hasta que se perdió por la parte baja del cristal, y después siguió mirando cómo caía la lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las calles de la ciudad estaban desiertas. El corazón urbano que durante el día envolvía todo de un ritmo frenético latía ahora con una pausada melancolía. La plaza en la que estaba el café recibía las gotas de agua con una extraña letanía que sonaba desacompasada, olvidando que hacía sólo unos días sus rincones agradecían el suave trasnochar de las noches de verano. Ya no había niños que jugaban a esconderse detrás de los bancos, ni en las arboledas. Ya no había familias que se juntaban para hablar del tiempo mientras la tenue brisa de la noche envolvía sus cuerpos y alejaba el calor. Ya no había nadie en la plaza. Tan sólo un café abierto veinticuatro horas y tres taxis en la puerta, que pronto partirían para seguir recorriendo la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, sintió unas ganas acuciantes de fumar, de encender un cigarrillo y perderse de nuevo en ese sabor amargo que devolvía el color a las cosas, a la vez que tiñe de negro los pulmones. Dejó de fumar hace tres meses, pero por un momento se sintió tentada de levantarse y pedir a alguno de los tres hombres, que en estos momentos hablaban de fútbol, que le dieran un pitillo. Le había costado mucho trabajo dejar el hábito, y se prometió que nunca más volvería, pero sentía una necesidad enorme de dejar volar su mente detrás de las volutas de humo, hasta que ambos, pensamientos y alquitrán, se perdieran en el techo. Sin saber por qué, miró hacia arriba, consiguiendo, de paso, que ese gesto, aparentemente liviano, delatara a los ojos del resto su impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Echó el azúcar en el café y se puso a darle vueltas, sin saber siquiera si iba a probar un sorbo de él. Por primera vez en todo el día, dejó la mente en blanco y se dejó llevar, pretendiendo que las imágenes acudieran solas a la memoria, sin necesidad de llamarlas. Es curioso cómo el cerebro selecciona sólo los buenos momentos cuando uno se acerca al abismo, quizá buscando un último aliento que invite a retroceder, a dar la vuelta y volver por donde hemos venido. Todas las estampas que escupió su mente fueron buenos recuerdos, algunos inconexos, otros que nada tenían que ver, como si trataran de engañarla colando imágenes de otra película con el fin de hacer más interesante la que ahora se estaba rodando. Detrás de ella, los tres taxistas pidieron la cuenta y se marcharon, no sin antes despedirse efusivamente junto a la puerta. Cada uno se metió en su coche y los tres partieron, uno detrás de otro, como en una procesión de vehículos con destino a ninguna parte. El bar, por fin, quedó en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces cuando acertó a distinguir las letras que salían del hilo musical. Era un susurro leve, pero la noche y el silencio amplificaban los acordes y los hacían perfectamente audibles. Reconoció muy pronto las letras de Peter Townshend, aunque la voz estaba muy lejos de The Who. Era una versión nueva de &lt;em&gt;Behind Blue Eyes&lt;/em&gt;, y aunque no lo sabía estaba escuchando los acordes de Limp Bizkit. Se dejó acariciar por la melodía y cerró los ojos, y al hacerlo consiguió ampliar la intensidad de las imágenes que su mente disparaba. Incluso le pareció distinguir con claridad que algunas de ellas no pertenecían siquiera a su vida. Podían ser de películas que había visto, de sueños que había tenido o parte de las historias que le habían contado, pero no las había vivido, eso seguro. Aun así, se dejó engañar por su cerebro y siguió contemplando sus recuerdos con los ojos cerrados unos segundos más, el tiempo que tardó el primer trueno en romper en dos el cielo de la ciudad y dejar su eco por todos los rincones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró de nuevo por la ventana y vio cómo la lluvia caía con más intensidad. El otoño, definitivamente, había llegado. Adiós a las eternas tardes de verano, a las noches que empezaban en la calle y terminaban en la colina, en un abrazo al amanecer. Adiós al último verano juntos. Era el momento de cambiar de estación. Se llevó la taza de café a la boca y se mojó los labios, pero apenas tragó nada. Miró de nuevo el reloj. Eran las 2:00. Una silueta apareció al fondo de la plaza, por mitad de la calle, dejándose envolver por la lluvia. No sabía qué iba a pasar, pero ya no había vuelta atrás. Desconectó su cerebro y pronto dejó de recibir imágenes. Se quedó sola con la música, con las letras que salían de detrás de los ojos azules. Pasara lo que pasase, estaba a punto de suceder.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4403890528834373909?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4403890528834373909/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4403890528834373909' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4403890528834373909'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4403890528834373909'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/07/detras-de-unos-ojos-azules-i.html' title='Detrás de unos ojos azules (I)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4687352501269356336</id><published>2010-06-11T01:53:00.002+02:00</published><updated>2010-06-13T23:54:33.445+02:00</updated><title type='text'>El hombre de pausado caminar</title><content type='html'>&lt;em&gt;Caminaba tan decidido que seguro que no sabía hacia dónde se dirigía&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de la tenue luz de una ciudad desierta, se distingue el ruido de las pisadas del hombre de pausado caminar. Es hijo de ninguna parte, y se siente en esta tierra, como en cualquier otra, un extraño. De tragos amargos tiene la garganta llena, y el paladar rugoso sólo le devuelve arena desde las entrañas cuando se esfuerza por tragar una saliva que duele, de tanto veneno como lleva. Su vida, como su alma, reposa en un hatillo al que se le ven las costuras, mal zurcidas y mal cuidadas por un tiempo que pasa y no ayuda. Todo lo que tiene lo lleva puesto, o sobre el hombro, y tiene por casa el rincón más grande del mundo: la calle. En su inhóspita habitación, nunca elige la compañía, y se conforma con la que el azar le regala, ya sea una corta conversación o los latigazos acerados de la más cruel indiferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche, como muchas otras, se ha cansado de la ciudad, y ha roto su andar tranquilo para llenarse de una decisión como las que ya no quedan, y salir hacia la negrura en busca de otro lugar habitable, otra calle en la que dormir, otra acera en la que llorar. Ni siquiera sabe por qué llora, porque bien pensado, ni siquiera recuerda su nombre. ¿Para qué? ¿Quién lo necesita cuando nadie le va a llamar? Para casi todo el mundo no existe, a pesar de pasarse las horas sentado junto a la puerta del centro comercial. Quien le habla es para recriminarle que beba y no se lave, que no se ponga a trabajar. Como si eso fuera tan fácil. Como si no fuera el alcohol el único abrazo caliente que recibe día tras día. Como si la ginebra no fuera la única capaz de intentar contestar las preguntas que nunca formula porque no encuentra las palabras. Hay gente que le habla, sí, y también gente que le insulta. No le duelen las patadas de esos malnacidos que castigan a aquel que no tiene la suerte que ellos tuvieron. No le duelen los insultos de la gente. El frío de la calle le ha trizado el corazón, y ya no le duele nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso, esta noche, camina decidido, pero con suavidad, casi con ternura, hacia una nueva isla desierta. Lleva por centinela las luces apagadas de un presente asesino, de un futuro al que nunca llegará. En la soledad de la avenida, sus pasos repiquetean en las baldosas de la acera, mientras se aleja de unas casas en las que nunca ha vivido, de unas calles en las que nada ha dejado. Para él sólo queda un poso de melancolía en la ajada taza del alma. Camina, sin mirar atrás, hacia una autovía oscura, y ante él se yergue una rotonda que indica el final de la luz. Detrás, desafiante, una carretera negra como boca de lobo, como una gran cueva que no tiene final, y si lo hay, está a decenas de kilómetros de distancia. No le importa, no le da miedo la oscuridad. Algunos coches parten en dos la avenida con sus luces, pero ni siquiera les mira porque sabe que nunca le llevarán. Si quiere inventar un nuevo destino, tendrá que hacerlo solo. Él y la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi ha llegado al borde del precipicio cuando lee por el rabillo del ojo las letras que coronan la rotonda. ‘Hasta pronto’, rezan, ‘hasta nunca’, dice él, justo antes de perderse en la oscuridad. La noche escupe una brisa invernal que congela los últimos resquicios de la primavera, y llena el suelo de charcos. El aire huele a lluvia, y la humedad se pega en los bolsillos de un abrigo raído, que guarda en la solapa los besos olvidados de una hija a la que no ve, de una mujer que ya no le quiere; de una vida que ya no le soporta. El negro de la carretera se traga su silueta mientras la ciudad sigue dormida, y el suave vaivén de la noche acompasa todos sus sueños. De fondo, a lo lejos, en lo más hondo de la carretera, se oye el chapoteo en los charcos de los rotos zapatos del hombre de pausado caminar…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4687352501269356336?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4687352501269356336/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4687352501269356336' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4687352501269356336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4687352501269356336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/06/el-hombre-de-pausado-caminar.html' title='El hombre de pausado caminar'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-9193759395590608882</id><published>2010-06-08T01:01:00.001+02:00</published><updated>2010-06-08T01:03:02.399+02:00</updated><title type='text'>Capítulo Segundo</title><content type='html'>&lt;em&gt;Otro retal mal cosido que he encontrado por el baúl de los párrafos olvidados. A partir de aquí, tocará improvisar de nuevo...&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.&lt;br /&gt;No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido, en principio de una nueva vida marcada para siempre por las sombras. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-9193759395590608882?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/9193759395590608882/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=9193759395590608882' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9193759395590608882'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9193759395590608882'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/06/capitulo-segundo.html' title='Capítulo Segundo'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1279352295189293968</id><published>2010-05-11T01:58:00.002+02:00</published><updated>2010-05-11T02:01:02.184+02:00</updated><title type='text'>Capítulo Primero</title><content type='html'>&lt;em&gt;He decidido buscar en el baúl y recuperar historias inconexas para tratar de construir algo que no sé siquiera si terminaré. Lo intentaré. Se lo debo a Indo, porque cuando uno trabaja con palabras, a veces hace falta un empujón para invitarte a escribir, y ella me lo da continuamente. Gracias&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay algo hipnótico en la oscuridad, un gran poder de seducción en las sombras. Las noches retiran la piel a jirones y nos muestran tal y como somos, desnudos en medio de la negrura, a merced de unas ciudades que resuenan durante el día, excitadas por los rayos del sol, pero que de noche susurran secretos ocultos que nadie quiere escuchar. Todas las noches son oscuras, y la gente le tiene miedo a la oscuridad. Yo no. A mí lo que me aterra es la luz del sol, los días, las apariencias. Cada mañana nos ponemos un disfraz con el que representar nuestra pequeña historia. Somos maridos ejemplares, estudiantes aplicados, mujeres decididas. Somos un puñado de mentiras que se cruzan intentando tejer una realidad creíble, un mundo en equilibrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, de pronto, llega la noche, y con ella aparece nuestro verdadero rostro. Dejamos de ser perfectos, de comportarnos como todos esperan que lo hagamos. Y mentimos, mentimos porque mentir es nuestra realidad, mentimos porque somos mentirosos, huraños, violentos, lascivos. La negra espesura del cielo se mece lentamente como un mar en penumbra hasta que alarga su brazo y remueve nuestras entrañas en busca de nuestra esencia, y la muestra tal y como es. La noche no engaña, la oscuridad es un cristal transparente que no distorsiona, un cristal que filtra las apariencias y las convierte en polvo, y en medio de ese polvo surgen de verdad nuestras podridas almas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me mató la noche. Fue una forma cruel de desenmascararme porque sentí cómo una lengua de fuego me abrasaba la piel y la despegaba lentamente de la carne, y me abrasaba vivo, sin perder la consciencia, en medio de un infierno gélido de llamas azules. Se paró de golpe el mundo en el que vivía mientras ella agonizaba sobre la acera, regando con su sangre una calle difusa de un barrio tardío, mientras su vida se filtraba por los poros de una ciudad que maldije hasta quedarme sin voz. De rodillas, con su cabeza en el regazo, se trizaron mis venas mientras ella boqueaba en busca de un sorbo más de aire que nunca iba a llegar, con la mirada perdida en un cielo de nubes que ocultaban la luna con un tapiz oscuro e impenetrable. Cuando se paró su corazón lo hizo también el mío, y no quedó de mí más que lo que soy ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace tiempo que vivo oculto en la noche, y que me alimento de los secretos que ésta susurra. Hace tiempo que mi alma se perdió en alguno de los recovecos de esta ciudad maldita para siempre, y sólo espero no volver a cruzarme con ella. Sé que mi corazón está seco, y al latir emite un extraño crujido, como de madera seca, que acompaña todos mis pasos y apaga los gritos de todo el que me rodea. Se podría pensar que soy un vampiro, pero no es cierto. Los vampiros, si existen, sólo buscan en la noche el alimento que la mañana les niega, cegados por la necesidad de alimentar el espíritu que un día perdieron. Yo, mato. Ni siquiera busco aplacar una sed de venganza extinguida hace ya tiempo, ni apagar el odio que todavía reside en mí, porque es el odio el que me conduce, y es el odio hacia todo y hacia todos el que me mantiene vivo. Simplemente mato por el placer de matar. Yo me alimento de la oscuridad, y todas las noches son oscuras. Incluso ésta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la ciudad duerme, me gusta subir al tejado con una taza de café y escuchar los sonidos de la noche. Hay todo un mundo que la gente se pierde por huir de las tinieblas. Madrid es una metrópoli que atrapa una vida nocturna singular, y que con la caída del sol comienza a latir muy despacio, acompasadamente, de tal forma que es muy difícil llegar a escuchar su verdadero corazón. A lo lejos, el ruido de las sirenas ahoga el estrépito casi seco del cauce del río Manzanares, y de vez en cuando hay un coche que parte en dos con sus luces las arterias de la capital, como un relámpago que recorre la superficie terrestre sin encontrarse con nada, sin alcanzar a nadie. Es ahora cuando se puede respirar hondo, y llenarse los pulmones del espíritu de una ciudad que huele a muerte y a vida, a miseria y a riqueza, a comidas de lujo y ropas harapientas. Si mantienes el aire dentro de ti el tiempo suficiente, puedes paladear el poso amargo que desprenden sus calles, y sentir cómo desgarra tu garganta el cuchillo acerado de la realidad. El aire de la noche yace cargado de recuerdos que levantan ampollas en el alma, a menos que hayas conseguido para la tuya una coraza en forma de herida que no deje pasar el suspiro nocturno de las aves muertas. La mía hace tiempo que se partió en dos, y se convirtió en un cuervo negro que vuela en círculos en una cárcel invisible, en el cielo negro de una ciudad que me alimenta con la sangre que derramo en aquellas horas en las que la piel se eriza intentando sentir la llegada del alba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así descuento las noches, abrazado a tu recuerdo, contemplando desde las alturas esta ciudad que me gobierna. Allí abajo, en algún lugar, una familia ha perdido a alguien querido, una niña se ha quedado sin padre, una mujer sin marido, otra mujer sin amante. Será un nombre más que ocupará un pequeño espacio en los periódicos, apenas unas iniciales junto a tres líneas que describan un asesinato cualquiera en cualquier otro punto de la ciudad. Otro muerto más que despachar con indiferencia mientras el aire acaricia mi rostro y muevo los dedos, aún manchados de sangre, mientras pienso en ti. Siempre sucede, y no siempre lo espero. Cada una de las vidas que siego hace más nítido tu recuerdo, al principio tenue, ahora casi palpable. Mis manos tiemblan, temerosas, cuando apenas hace unos minutos aferraban con fuerza el cuchillo que se hundía en la garganta de aquel que yace ahora en la acera. Sus ojos bien abiertos, su aliento sobre mi cara, el primer sangrado sobre mi piel. Es mi rostro el último que ven en esta vida, es el tuyo el primero que yo veo cuando se van. Después, subo a la azotea y me dejo llevar por el aire viciado de la noche mientras miro fijamente a la luna, echándole en cara que cargue, desde ahora, con un muerto más. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estoy orgulloso de lo que hago. Hubo un tiempo en el que me aterrorizaba ver en la tele las imágenes de una muerte real. No podía contener ese escalofrío que nacía en el cuello y me sacudía la columna vertebral mientras pensaba que aquello que estaba viendo era una muerte cotidiana, algo perteneciente al día a día, una violencia que no era exclusiva de las películas. Sentía pavor por el mundo real. Ahora sé que si no te enfrentas a él, eres hombre muerto. Es la realidad o yo, y de momento cuento con muchos cadáveres a mi favor. Es una carrera contra la muerte, y yo le llevo ventaja. Primero fue una vida feliz, luego unos sueños por cumplir, después… la nada. Llegó Madrid y se llevó por delante la rutina. Llegó la ciudad, y con ella su oscuridad, y el miedo, y la sangre. Y estas noches malditas en las que yo vivo, y la gente muere. En algún rincón, en algún lugar, Madrid tiene mi alma encerrada junto a la tuya. También se llevó tu vida. En el camino hacia mi perdición, me cobro una deuda que quizá nunca será saldada. Así es Madrid. Así soy yo. Ésta es mi historia…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1279352295189293968?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1279352295189293968/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1279352295189293968' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1279352295189293968'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1279352295189293968'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/05/capitulo-primero.html' title='Capítulo Primero'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6919568569152359818</id><published>2010-04-29T02:23:00.001+02:00</published><updated>2010-04-29T02:23:42.099+02:00</updated><title type='text'>Otra vez la playa... quizá no la misma...</title><content type='html'>Aquí estoy otra vez, sentado en la arena en medio de una oscuridad casi completa, oyendo el mar romper ante mí, acertando apenas a intuir su insolente retirada maquillada de espuma. Son muchas las noches como ésta en las que, agarrado a una botella, he escapado de ese calor insoportable que destilaba mi habitación para refugiarme en el sereno susurrar de la playa. Me siento como en casa. Estoy lo suficientemente borracho para no compadecerme de mí, pero aún no lo bastante como para perder el sentido, como casi todas las noches, y he decidido escapar del infierno de mi presencia para esconderme en mitad de una noche que nunca pasa. Cada trago que tomo enciende mi garganta y envía una bola de fuego hacia mi interior que, extrañamente, me reconforta. El alcohol apacigua mi llanto, apaga las ganas que tengo de quitarme la vida. Por ese mismo sumidero se escaparon, hace tiempo, mis ganas de vivir, y ahora me debato entre el limbo de la cobardía o la muerte por fallo hepático, y lo cierto es que no me importa. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo una vez tuve una vida, pero la verdad es que casi no la recuerdo. Duraron tan poco los momentos en que fui feliz que a menudo me parecieron recuerdos de otro, vivencias a través de confidencias de labios de otra persona. Si algún día fui apasionado, lo cierto es que esa pasión apenas dejó poso en la taza de mi alma, que sigue vacía y yerma, resignada a terminar así. Me miro las manos y veo cómo se me fue la vida entre los dedos. Supongo que lo piensa la pareja que camina en estos momentos ante mí, y que se aparta ante la visión de un borracho harapiento, maloliente, vomitando sobre la arena de la playa los restos amargos de una borrachera que nunca termina. Sigo bebiendo. Lo hago, en parte, para apagar los gemidos quedos de las parejas que se refugian detrás de mí, junto a las hamacas, y follan al amparo de la noche. Amores baldíos de este final de verano. Un polvo para recordar unas vacaciones que terminan. Un tiempo que ya no vuelve.&lt;br /&gt;Hace días que no me cambio, y semanas que no me ducho. El espejo proyecta una imagen desconocida de mí. Mejor. Quizá sea una forma de arrancarme de una vida que ya no tengo. ¿Te hice feliz alguna vez? ¿Lo he sido yo en algún momento? No hay respuestas correctas para preguntas que nunca formulamos. Y los días siguen pasando, el sol sale y la gente empieza de nuevo. Ya bebía cuando te conocí, pero por aquel entonces yo dominaba al alcohol, y no al contrario. La noche en que nos conocimos acabé tan borracho que no recordaba de quién era el número que encontré en mi bolsillo, escrito atropelladamente con carmín en una servilleta. Te llamé y quedamos, y juro que recé para que mereciera la pena correr el riesgo de recordarte por primera vez. Esa primera tarde sí que la recuerdo, tus ojos marrones miraban a través de tus gafas de sol. Y sonreías. No recuerdo si volviste a hacerlo. Las siguientes semanas son para mí un rastro borroso, distorsionado por los efluvios de mi inseparable compañero. Cada vez bebía más, cada vez te quería menos. Quizá nunca te quise, quizá nunca sentiste nada por mí. Quizá sólo estoy recordando una historia que me contaron una vez y ni siquiera existes. Necesito aferrarme a la realidad, y la realidad tiene el tacto frío de una botella. Llegó el día en que hiciste la pregunta que ninguno queríamos oír, quizá porque los dos conocíamos la respuesta. ‘El alcohol, o yo’, me dijiste, ‘responde con franqueza’. Y aquí estoy, sentado otra vez en la playa bebiendo sin parar, e imaginando que eres tú una de las que folla a mi espalda, en la negrura de un bosque de hamacas, buscando quizá en el consuelo de una noche todo lo que no te di. No te culpo, pero tampoco me culpes a mí. Hice mi elección hace mucho tiempo. Quizá no supiste enseñarme nada por lo que la vida mereciera la pena, quizá lo hiciste y no lo comprendí. Por el momento, lo único que sé es que mi alma sigue haciéndome preguntas y, hasta ahora, el alcohol es la única respuesta…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6919568569152359818?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6919568569152359818/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6919568569152359818' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6919568569152359818'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6919568569152359818'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/04/otra-vez-la-playa-quiza-no-la-misma.html' title='Otra vez la playa... quizá no la misma...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5778125627985049406</id><published>2010-03-31T01:04:00.004+02:00</published><updated>2010-03-31T01:10:09.005+02:00</updated><title type='text'>El agujero</title><content type='html'>Despertó sobresaltado y dolorido, en medio de una oscuridad desesperante. Intentó moverse, pero tenía el cuerpo aterido por el frío, y le supuso un esfuerzo considerable conseguir llevarse las manos a los ojos para eliminar los restos del sueño. O de la pesadilla, porque tenía la sensación de no saber dónde se encontraba. Todo a su lado era negrura, y notó en los oídos un silencio sibilante que cada vez se hacía más y más agudo. Tenía un terrible dolor de cabeza. Se pasó las manos por el pelo y notó la sangre seca pegada a su cabello. Esa sensación le hizo dar un respingo e incorporarse. Esperó pacientemente a que la vista se acostumbrara a esa cruel soledad, a esa oscuridad espesa que casi se podía tragar. Esperó en vano. Apenas era capaz de distinguir su mano a unos centímetros de la cara. Poco a poco, y con mucho cuidado para no tropezar con nada (o con nadie) se puso de pie, y se obligó a pensar de una forma pausada y razonada, a pesar de que su mente le exigía gritar lo más fuerte que pudiera. Ninguna de las dos opciones hubiera dado mucho resultado. Caminó con los brazos en alto hasta que topó con la pared. Había dado tres pasos. Intentó volver a la situación inicial, repitiendo lo mejor que pudo sus movimientos. Dio media vuelta y caminó hacia el otro lado. Otros tres pasos. Topó con la pared. Repitió la operación dos veces más, hasta que hubo ubicado los confines de su oscuro mundo. Luego apoyó una mano en la pared, y con mucho cuidado anduvo sin despegar los dedos del tacto firme y rugoso que ofrecía. Caminó en círculos, por lo que pronto se hizo a la idea de que se hallaba en el fondo de un pozo. Instintivamente miró hacia arriba, pero todo era oscuridad. Quizá fuera de noche, se dijo a sí mismo, esperanzado, pero en su mente sabía que no, que el pozo estaba tapado. Lo sabía porque el ruido que todo aquello que sucedía más allá de su nueva existencia le llegada con el amortiguado sonido del eco que producen las cuatro paredes de una habitación cerrada. De una cárcel. Sí, eso era, parecía encontrarse en una cárcel. Cuando su cerebro vomitó esa palabra sintió que una sensación de angustia le recorría todo el cuerpo, de arriba abajo, aunque no había llegado siquiera a articularla. Vomitó, fruto de la desesperanza. No sabía cómo había llegado al fondo del pozo, suponiendo que el lugar en el que se encontrara fuera realmente un pozo. De súbito, sintió la terrible necesidad de escapar. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí, pero si alguna vez lo supo la sangre seca de su cabeza se encargó de borrar esa imagen. Comenzó a palpar la pared en busca de oquedades que le permitieran intentar escalar hasta la superficie. Pero, ¿cuánto? Abajo tenía el suelo, conocía su existencia porque lo estaba pisando, lo sentía, inexorable, bajo sus pies, pero ¿dónde estaba el cielo? ¿qué altura tendría el pozo? Miró de nuevo hacia arriba y la terrible oscuridad le devolvió un vistazo cargado de indiferencia. Nada. Se afanó en recorrer con las manos el suelo, para buscar algún instrumento útil, algo que pudiera ayudarle a recordar o a salir, que tan importante era lo uno como lo otro. Sólo encontró un rastro de sangre que reconoció como propio. Siguió palpando las paredes. Nada por abajo, cuando recorrió el perímetro de rodillas. Nada cuando lo hizo agachado. Repitió la operación de pie, con las manos a la altura de la cabeza. Lo que descubrió le heló la sangre. Uñas, restos de piel. Alguien había estado ahí antes que él, y se había dejado parte del alma intentando salir del agujero. De aquella cárcel. Esta vez no pudo reprimir un grito de desesperación que casi le rasgó las cuerdas vocales. Tosió, con el aliento empapado de sangre. Entonces oyó un ruido, y una rendija de luz fue abriéndose en el techo. “Unos tres metros”, calculó cuando la noche se hizo sobre él,  pudo ver por un resquicio el lejano fulgor de una estrella. Pronto quedó tapada por una boquilla metálica. Parece una manguera. Casi no le dio tiempo a reconocerlo cuando un chorro potente de agua le cayó con violencia en la cara. Tragó lo que pudo, pero la fuerza con la que le embistió el torrente artificial hizo que una parte de sus pulmones también se llenara de agua, y tosió con más violencia aún. Cuando el chorro cesó, se hallaba de rodillas, empapado y exhausto, y apenas pudo mirar hacia arriba para ver el trozo de pan caer. Qué aproveche, oyó en la lejanía, antes de que la oscuridad ganara de nuevo la batalla al tenue resplandor del cielo y la noche. Entonces comprendió que aquello no era una cárcel, y que no estaba encerrado. Estaba enterrado. Aquello era su tumba. No tocó el trozo de pan, y lloró hasta quedarse dormido. Esa noche, en sueños, decidió que lo primero que haría al despertarse sería morderse la lengua…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5778125627985049406?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5778125627985049406/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5778125627985049406' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5778125627985049406'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5778125627985049406'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/03/el-agujero.html' title='El agujero'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1661202531662625447</id><published>2010-03-01T01:15:00.000+01:00</published><updated>2010-03-01T01:16:11.359+01:00</updated><title type='text'>Atocha</title><content type='html'>Madrid. Otra vez Madrid. Siempre Madrid. A estas alturas a nadie le sorprenderá que hable de ella como mi ciudad, como ese lugar al que acuden todos mis recuerdos sin pedirme siquiera permiso, como ese rincón del mundo en el que respirar hondo un montón de esencias acaso prohibidas. Otra vez el paseo por sus rincones, caminar con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos, empapándome de todo lo que me rodea. Incluso del frío, porque para mí Madrid siempre está rodeada de un halo de invierno que, paradójicamente, vuelve la ciudad un espacio acogedor. Desde hace dos años, cuando la circunstancia rompió ese romance descarnado entre nosotros y nos condenó a encuentros intensos y esporádicos, para mí Madrid empieza, y sobre todo termina en Atocha. La estación resume entre sus paredes todo lo que significa la ciudad. La estación fue el epicentro, también, de un torrente de emociones como nunca habíamos conocido cuando el estruendo de unas bombas segaron de cuajo cientos de vidas, y a todos se nos erizó la piel cuando vimos, varados en los andenes, los vagones retorcidos que se llevaron a la gente camino de ninguna parte. Todo eso es Atocha. Como todos los que llegamos a Madrid desde una pequeña parte del mundo, yo recibí el consejo de mantenerme bien alerta ante las grandes aglomeraciones. Al principio seguía ese concepto al pie de la letra por precaución, pero ahora lo hago por placer. Sigo fijándome en cada mínimo detalle, veo a la gente que me rodea y me imagino la historia que les ha llevado hasta allí, a dar vueltas con un billete en la mano, a despedirse de su pareja en el control de acceso al tren, a leer un libro despreocupadamente mientras llega la hora de la partida. Esta noche lo he vuelto a hacer. Me gusta llegar con tiempo a la estación, pero no sólo para no perder el tren. Creo que caminar sin rumbo y mirar al resto de la gente es una especie de enfermedad de la que no puedo disfrutar muy a menudo. A medida que estoy escribiendo esta entrada me doy cuenta que, además, es la primera vez que en este blog hablo abiertamente de mí, sin usar ambages ni terceras personas en historias soñadas delante de un papel. Y la razón es que esta noche, en Atocha, me he sentido extraño, alejado de todo el mundo. Terriblemente solo. Allí, rodeado de gente que iba y venía, arrastrando la maleta por las baldosas de la estación, me he dado cuenta de que me marchaba de Madrid como siempre: sin la sensación de dejar nada atrás. Ese mismo desarraigo lo siento cada vez que me voy de Ciudad Real, o que dejo atrás las últimas casas de Socuéllamos después de haber disfrutado allí unos días. Hacia delante, siempre hacia delante. Sin volver la vista atrás. Toda mi vida cabe en una maleta. Me marcho de un lugar y no me dejo nada. Algún que otro recuerdo que me llevo conmigo, pero nada que saborear, nadie a quien echar de menos, ningún abrazo furtivo en el andén, nada de manos a través del cristal. Quizá este conato de nostalgia quede atrás esta noche, y desaparezca mañana cuando la rutina del trabajo engulla de nuevo todo el tiempo del que dispongo para pensar. Quizá, pero no será lo mismo. Esa sensación de soledad, por el momento, ha venido para quedarse. No sobre la piel, seguro, pero estará latente en algún rincón de mi cuerpo esperando una coartada para volver a la superficie, para no dejarme respirar. Quizá tenga que esperar a que un nuevo viaje a Madrid me descubra más cosas sobre mí mismo. Por el momento, los primeros atisbos de mi vida hablan en singular. Yo, y el resto del mundo alrededor. Lo suficientemente cerca para oírlo. Lo suficientemente lejos para sentirlo. Por cierto, esta tarde, las calles de la capital estaban bañadas de sol. La noche me recibió en Ciudad Real con lluvia. Un resumen muy sintomático de lo que es un viaje de vuelta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;'Y ahí afuera, esta noche, en esta apestosa ciudad, hay alguien, de eso estoy seguro, dispuesto a amarme'&lt;br /&gt;Intimidad. Hanif Kureishi.&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1661202531662625447?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1661202531662625447/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1661202531662625447' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1661202531662625447'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1661202531662625447'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/03/atocha.html' title='Atocha'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-360754892862388713</id><published>2010-02-10T01:10:00.001+01:00</published><updated>2010-02-10T01:10:58.237+01:00</updated><title type='text'>Despedida</title><content type='html'>Esta noche, todo se termina. Los dos lo sabemos, y quizá por eso llenamos de silencio los rincones de esta habitación, sentados uno en cada extremo. Afuera espera el invierno, pero incluso aquí dentro podemos sentir el frío que gotea por las paredes, y a pesar de la penumbra puedo ver el vaho que adorna tu pausada respiración. Yo te miro, y tú miras al suelo, y sentimos nacer entre los dos un latido de honda negrura que empaña los cristales. Tú me miras, yo miro al suelo, y un dolor lacerante nace de tus pupilas y se clava en mi frente, un estampido silencioso que deja un eco sordo en mis oídos y hace latir más despacio mi corazón. No sabemos cómo, pero sí cuando, y sentimos en silencio que esto ha terminado. Para siempre. No hay vuelta atrás. No queda nada de mí en tus brazos y a nada me saben tus besos, esos besos que antes dejaban en mis labios un rastro de salitre y mar. Entre nosotros se yergue una cama que siempre fue un campo de batalla, la arena en la que luchar. En ella dejaba que te descubriera poco a poco el amanecer, mientras repasaba con un dedo las formas de tu espalda. En ella me dejaba enredar por tu pelo, cerraba los ojos y me bastaba con oírte respirar para sentir que todo estaba de mi lado, que nada me faltaba. Ahora aguarda en silencio, como tú y como yo, y nada queda de aquel sudor que nos empapaba por las mañanas. Aún no me he marchado y ya empiezo a echarte de menos. Quizá tú también lo hagas, por más que hayas elegido para esta noche la coraza de la indiferencia. Sé que escuchas mis pensamientos, porque yo mismo los oigo retumbar en esta habitación que no suena a nada, y en la que el brillo de una lágrima que resbala por tu mejilla desafía el valiente envite de una noche oscura. Muy oscura. Junto a la puerta están mis cosas, que aguardan calladas mi partida. Es como si antes de marcharse quisieran despedirse de una casa que durante un tiempo, efímero, también fue la suya. No sé cuánto ha durado lo nuestro, y si significará algo para ambos cuando el tiempo empiece a erosionar los recuerdos que ahora guardamos y sólo queden en la memoria momentos envenenados que tirarnos a la cara. Recuerdo una calurosa tarde de primavera, o el atardecer tibio de un verano madrugador, que nos sorprendió a los dos en medio de un mundo que nada tenía que ver con nosotros. Una mirada, apenas un gesto, prendió una mecha que creímos mojada, y nos trajo poco a poco hasta aquí. Los dos sabíamos, desde el principio, que esto no duraría, pero no por ello dejamos de ponerlo todo en el intento. En el camino tú te dejaste el alma, yo me dejé el corazón. Late en algún punto entre mi duelo y tu olvido, a medio camino de la nada. No hace mucho, latía junto al tuyo, casi como uno solo, apenas separados por dos centímetros de una piel que ardía. Sé que te echaré de menos. Tengo la certeza de que durante muchas noches cerraré los ojos intentando recordar tu tacto, sentir tu aliento en la nuca, notar cómo tus manos recorren, de nuevo, mi piel. Sé que me echarás de menos. Que me recordarás las noches de lluvia mientras rodeas con tus manos el calor de una taza de café y buscas mi sombra en la ventana, el ruido de mis pasos en tu calle, el humo de un cigarro que espera escondido en la acera. Sabíamos que iba a doler, pero no tanto. Quizá por eso nos hemos facilitado la labor, porque siempre tuvimos miedo a las despedidas. Casi a la vez, nos levantamos de la silla como para poner por fin el punto y final, y mientras me dirijo hacia la puerta me atrevo a volver la cabeza un segundo para verte, por última vez, tumbada sobre la cama. Intento memorizar cada centímetro de tu espalda. Prometimos ponérnoslo fácil, dejar que el adiós llegara sin avisar y no hacer de todo esto un drama. Quizá por eso, entre mis libros, hay una nota escrita de tu puño y letra que dice ‘nunca te he querido’. Quizá por eso, en tu ventana, amanecerá, incrustado en el cristal empañado, un único verso escrito con mi dedo, ‘ya te he olvidado’.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-360754892862388713?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/360754892862388713/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=360754892862388713' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/360754892862388713'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/360754892862388713'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/02/despedida.html' title='Despedida'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-2604344742443087743</id><published>2010-01-15T01:01:00.000+01:00</published><updated>2010-01-15T01:02:27.465+01:00</updated><title type='text'>Haití</title><content type='html'>Caminas por unas calles estrechas en medio de casas hechas de adobe y barro, por un barrio plagado de cielos. Las precarias paredes rezuman el tacto sabroso de la vida en medio de un paraíso inventado para nadie, despojado de hojas y ramas e inyectado de sueños que nunca se cumplirán. Te has abierto paso hacia el futuro con la sangre de tus antepasados, de aquellos que aprendieron que nada puede la palabra ante la justicia nada poética del machete, y que el honor no corresponde a quien lo imparte sino a quien nunca presume de él. Nadie te ha guiñado el ojo ni te ha sonreído de frente, y en cambio, sigues buscando esa mirada de soslayo que te convierta en el centro del mundo. Naciste oprimido y levantaste los brazos al cielo cuando alguien habló de liberación, cuando ya no mandaban los franceses y parecía que la libertad estaba por llegar, pero sólo llegó la tiranía del fuego, de las armas, de las ansias de poder. Confiaste en un futuro que nunca te correspondió y anduviste afanosamente el camino, trabajando muy duro por poder avanzar unos pasos. En las calles sin agua ni luz se criaron tus pequeños, corrieron para huir y para jugar, y no siempre a partes iguales. Nada sabes de opulencia, pero tienes el torso amoratado y la piel endurecida de encajar un golpe tras otro, propinados con la fiereza de la historia. El dinero te es ajeno, y la muerte supone para ti una inevitable compañera. Un buen día, en otro amanecer anodino que supura la fiebre del sol, la tierra se sacude con violencia y te golpea con una fuerza sobrenatural. Te agarras a tus pequeñas raíces, pero nada soporta el envite de una embestida colosal, trágica, de otro mundo, que tira poco a poco todo lo que tanto tiempo te ha costado levantar. Abajo edificios y casas, abajo sueños y tormentos, abajo familias enteras. Vidas que se van en unos segundos al centro de la tierra, que desaparecen en medio de una nube de polvo que mezcla airadamente la sangre y los cascotes, la carne y la piedra, la vida y la muerte. Luego se hace el silencio y el mundo se detiene. Después de los temblores llega un minuto de calma, de una paz ficticia que invita a despegar los pies del suelo y dejarse llevar al infinito. Más tarde, las letanías, los llantos, los gemidos. Las lágrimas derramadas sobre cimientos ya caídos de edificios que no protegen, que matan en su caída, que sepultan parte de tu vida y de tu gente. Los niños que antes corrían yacen cubiertos de polvo. Las madres que cocinaban, cubiertas de polvo, y muertas. Los padres que trabajaban, esparcidos entre las piedras, muertos también. Y tú, país desdichado, decides abrir los ojos, y ves en lo que te has convertido. Una sacudida inclemente te ha partido en dos, y ahora sólo entiendes el idioma del abismo. La palabra catástrofe suena tan habitual que no cabe su definición para abarcar lo que ahora escondes. Muerta tu alma, reposa en medio de una tierra que tembló con la furia natural que medio mundo ignora, y que el otro medio padece entre tinieblas. La tierra, rencorosa, devuelve el daño que recibe, pero lo hace en el lugar equivocado. La pobreza, las guerras, la muerte… todo confluye y te aprisiona, todo asfixia tus pulmones, llenos ahora de polvo y escombros. Y levantas la mirada, abres los brazos al cielo esperando que llegue la ayuda. Si la muerte vino del suelo, la salvación estará en las alturas. Y rezas, sin saber siquiera si Dios te escucha. Bien pensado, Dios seguro que está ocupado. Lo parece, al menos, recluida su imagen en la tierra entre paredes de mármol de un templo que sólo levanta la voz en busca del poder perdido, que escupe gilipolleces vestidas con sotanas acerca del infierno en la otra vida, cuando el infierno mismo está en esta, en la que todos vivimos. En la que tú mueres. El hábito frunce el ceño y susurra ‘qué pena’, pero no traiciona su descanso y compensa su mala conciencia con oraciones. También lo hacemos nosotros, que presenciamos tu tragedia desde el otro lado del mundo, pensando que siempre pagan los mismos los errores de los demás, que cambiaremos de canal cuando nos cansemos de llevar tres días viendo niños muertos, que no comprendemos que bajos los cascotes no se van sólo vidas, se muere una parte del mundo. Perdónanos por tapar con dinero nuestras miserias, por ayudarte a ponerte en pie pero luego evitar que te sostengas. Perdónanos por pensar que tus brazos abiertos al cielo preguntan siempre por qué, cuando en realidad tu voz en grito no deja de decir hasta cuándo…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-2604344742443087743?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/2604344742443087743/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=2604344742443087743' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2604344742443087743'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2604344742443087743'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/01/haiti.html' title='Haití'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5691978478767132663</id><published>2010-01-05T02:03:00.000+01:00</published><updated>2010-01-05T02:04:03.765+01:00</updated><title type='text'>El escritor</title><content type='html'>Hacía frío. Mucho frío. Las noches como esa parecía que el mundo se fuera a acabar, y quizá por eso el cielo lloraba. En realidad, hacía días que llovía sin parar, pero nunca como aquella noche, en la que el viento silbaba a través de las rendijas de la vida y desordenaba los pensamientos y los sentidos, alborotando unos y otros hasta convertirlos en una buena razón para seguir adelante. El frío, en realidad, era lo de menos. La soledad era lo que más dolía. La soledad se pegaba a los muros del caserón como la humedad a las paredes viejas, y casi podía olerse en todos los rincones de la casa. Hacía siglo y medio que aquellos muros se mantenían de pie, y hacía siglo y medio que detrás de aquella verja sólo habitaban secretos, contados a media voz en noches como aquella, en las que la muerte supuraba desde la tierra y se convertía en una niebla densa, casi fantasmal, aterradora. La oscuridad dentro de la casa era total, y casi desafiaba a la negrura de una noche que se había olvidado de las estrellas. Las estrellas sólo salen cuando alguien las quiere mirar, y sólo la locura que late a flor de piel empuja lo suficiente para dejar que las gotas te empapen el alma en busca de un latido fugaz. Las noches de lluvia, los cuerdos ven las gotas caer; los locos se mojan los ojos buscando las estrellas. &lt;br /&gt;Él hacía tiempo que no buscaba las estrellas, quizá porque había dejado de creer en ellas. Es complicado buscar algo a lo que aferrarse cuando en el alma sólo se portan cicatrices, y todas son el recuerdo de las cuchilladas de unos labios que besan como el fuego. Caminaba casi encorvado, sintiendo sobre los hombros el peso de una vida abandonada, de una existencia lastrada y sin aliento. No necesitaba luz, porque desde su corazón latía la penumbra que empapaba los rincones de una casa que alguna vez fue un hogar, pero que ahora crujía como un infierno de miserables. Entró en la habitación y se sentó delante de la mesa, a la luz de una vela que iluminaba de forma tenue una pila de papeles en blanco, de historias por escribir, de mundos por explorar. Sacó la cuchilla y afiló la pluma antes de hundir la punta, despacio, en un tintero de marfil situado a un lado de la mesa. Se tomó su tiempo hasta que la pluma dejó de gotear, y la levantó para mirarla con cuidado a la luz de la vela. Estuvo tentado, como siempre, de hundirla en la cera caliente y clavársela en el pecho, para arrancar de él el dolor que le laceraba las entrañas y que le oprimía el corazón. Aún no. Sólo unas líneas más. Se armó de valor, respiró hondo y empezó a dibujar sobre el papel los retazos de una melancolía profunda y duradera, escupiendo cada palabra con furia y desesperanza. Le vino la fiebre y comenzó a sudar, pero no dejó que nada le detuviera. Afuera, el viento arreció y envió con más fuerza la lluvia contra los cristales, amenazando con hacer saltar el ventanal en mil pedazos. De las sombras del suelo comenzaron a brotar figuras que se fueron haciendo más y más grandes, y hablaban con el silbido lacerante del viento. Salieron, una detrás de otra, y empezaron a moverse de una pared a otra, del techo al suelo, hasta convertir la habitación sombría en una danza macabra. Decenas de alacranes negros aparecieron por debajo de la puerta y empezaron a trepar por las maderas, por las patas de la silla, por las de la mesa. Casi ajeno al luctuoso convite, él seguía escribiendo, sin perder el compás, pero cada vez más deprisa. La fiebre subía, le dolían los ojos y tenía el gesto contraído, abrazado por una soledad tormentosa que no le dejaba respirar. Las sombras, a su alrededor, se movían cada vez más rápido, hasta confundirse unas con otras, mientras el viento y la lluvia arreciaban. Miles de escorpiones trepaban por sus piernas, se clavaban en su pecho, le arañaban la ropa, hecha jirones, y hacían brotar de su espalda finos hilos de sangre roja. Casi negra. En unos minutos estaba cubierto de un manto negro, rodeado por las sombras, y había dejado de escribir.&lt;br /&gt;Horas después, la lluvia cesó y el sol se atrevió a asomar tímidamente por el horizonte. El ventanal estaba abierto, los cristales rotos. En la habitación, todo era silencio. La vela se había consumido, igual que se apaga la vida. El escritor yacía sobre el papel, relajado, con la pluma aún sujeta entre los dedos. No había ni rastro de las sombras, tampoco de los insectos. Todo era quietud. Un fino hilo de sangre goteaba desde su cuello, y había formado un pequeño charco junto a la silla. El escritor dejó caer la pluma y por fin se liberó de su cárcel de piel y huesos. Ya no había tormento, sólo calma. Ni rastro del dolor, sólo tranquilidad. Estaba sereno, relajado. Muerto. En el papel, como una amarga letanía, se repetía una y otra vez una palabra, como un conjuro. Una palabra, a cambio de una vida. Sólo una palabra. Un nombre. El tuyo…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5691978478767132663?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5691978478767132663/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5691978478767132663' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5691978478767132663'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5691978478767132663'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2010/01/el-escritor.html' title='El escritor'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7458378551649271559</id><published>2009-12-31T03:39:00.001+01:00</published><updated>2009-12-31T03:44:41.032+01:00</updated><title type='text'>Epílogo para este 2009</title><content type='html'>&lt;em&gt;Hago este cuestionario empujado por la ilusión que Indo le ha puesto… y porque me gustan los cuestionarios, para qué negarlo…&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. ¿Qué hiciste en el 2009 que nunca habías hecho antes?&lt;br /&gt;Comprarme un coche, formar parte de un ERE, estar en paro… varias cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. ¿Mantuviste tus resoluciones de Año Nuevo, y harás nuevas?&lt;br /&gt;Hacer propósitos se me da bien, pero como ando más escaso a la hora de cumplirlos, ya no los hago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. ¿Se casó alguien cercano a ti?&lt;br /&gt;Alguien que primero fue compañero de trabajo, luego amigo y ahora las dos cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. ¿Nació alguien cercano a ti?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. ¿Murió alguien cercano a ti?&lt;br /&gt;Muy cercano no, pero seguro que a alguien echamos en falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. ¿Qué países visitaste?&lt;br /&gt;Ninguno, aparte del que me soporta todos los días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. ¿Qué te gustaría tener en 2010 de lo que has carecido en 2009?&lt;br /&gt;Decir dinero sería muy manido, a que sí? Bueno, pues estabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. ¿Qué fechas de este año permanecerán en tu memoria?&lt;br /&gt;Soy bastante malo para las fechas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. ¿Cuál es tu mayor logro del año?&lt;br /&gt;Conseguir que nada ni nadie me cambie el carácter. Sigo siendo yo, a pesar de todo, y sigo echándole un pulso a la vida a base de humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. ¿Cuál ha sido tu mayor fracaso?&lt;br /&gt;Cometo un error tras otro, pero yo no lo llamaría fracaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. ¿Has sufrido una enfermedad o herida?&lt;br /&gt;Ninguna importante, o que merezca la pena recordar. A lo sumo, una rotura muscular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12. ¿Qué ha sido lo mejor que has comprado?&lt;br /&gt;Todos y cada uno de los libros que ahora están en mi estantería. Y ojalá hubiera podido comprar más. No podría decir sólo uno..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13. ¿El comportamiento de quien merece celebración?&lt;br /&gt;De todos aquellos compañeros que han mantenido su integridad a pesar de todo y de todos, de aquellos que han comprendido que la ética personal y profesional está por encima de los intereses empresariales, y que dejarse llevar no es nunca una buena opción. Sombrerazo para todos ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14. La actitud de quien te ha hecho sentir deprimida u horrorizada?&lt;br /&gt;Me cuesta pensar que alguien pueda levantarle la mano a una mujer, y casi me horroriza cuando vemos que es alguien joven, alguien que se supone que se ha educado en una sociedad justa. En el ámbito más cercano, alguien se dará por aludido sin necesidad de que le mencione.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15. ¿Donde se ha ido la mayor parte de tu dinero?&lt;br /&gt;Más allá de lo necesario para vivir, el mayor gasto se reparte entre libros y el coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16. ¿Qué te ha hecho mucha ilusión?&lt;br /&gt;Tener la capacidad de callar a aquellos que no creían en mí, o que creían solo a medias. Ahora me falta creer en mí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17. ¿Qué canción te recordará siempre el 2009?&lt;br /&gt;Sería injusto decir una. Cada una ha tenido su momento, pero no me recuerdan al año en general, sino a algo en concreto. Esclavo de tu amor, de Revólver, ha sido una buena excusa para cerrar el año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18. Comparando con hace un año, estás:&lt;br /&gt;i. ¿más content@ o más triste?&lt;br /&gt;Más o menos igual. Quizá más contento, porque tengo un año más y sé algo más de la vida que hace un año.&lt;br /&gt;ii. ¿Más delgad@ o más gord@?&lt;br /&gt;El médico dice que la piel ya no me va a dar de sí… no, en serio, más gordo (creo).&lt;br /&gt;iii. ¿Más ric@ o más pobre?&lt;br /&gt;Por el estilo, ahí no ha habido cambios sustanciales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19. ¿Qué te gustaría haber hecho más?&lt;br /&gt;Viajar, sobre todo. Eso siendo egoísta. También haber compartido más tiempo con toda la familia junta, reír más con los amigos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20. ¿Qué te gustaría haber hecho menos?&lt;br /&gt;¿Vale trabajar? Haberme echado menos las manos a la cabeza por ver cómo los empresarios tratan a los periodistas, y lo que hacen con los medios de comunicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21. ¿Cómo pasarás la Navidad?&lt;br /&gt;Entre la familia y los amigos. Disfrutando de noche y aprovechando el día. Como toda la vida, pero con mayor responsabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22. ¿Te has enamorado en el 2009?&lt;br /&gt;Es complicado vivir sin estar enamorado, así que supongo que sí. Supongo que me ha faltado valor para gritarlo en mitad de la noche, o quizá todavía late por dentro y no se ha dado a conocer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23. ¿Cuantos rollos de una noche?&lt;br /&gt;No es un blog el mejor sitio para contar intimidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;24. ¿Tu programa de televisión favorito?&lt;br /&gt;El trabajo se encarga de hacer la selección. Ninguno. Sólo veo Buenafuente, porque es lo que ponen cuando llego de currar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;25. ¿Odias a alguien a quien no odiaras a estas alturas del año pasado?&lt;br /&gt;Odiar a alguien es darle la oportunidad de que forme parte de tu vida. Además, del odio nacen muchas guerras, y estoy harto de ver gente polvorienta buscando familiares entre los cascotes. Basta ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26. ¿El mejor libro que has leído?&lt;br /&gt;Muchos, pero sólo recuerdo los últimos, como casi siempre. Kafka en la orilla me gustó mucho, por mencionar sólo uno. Quizá no haya sido siquiera el mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27. ¿Cúal ha sido tu mayor descubrimiento musical?&lt;br /&gt;El karaoke del Stone Pub, jeje. Escucho todo tipo de música, así que, bastante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28. ¿Qué querías y conseguiste?&lt;br /&gt;Que nadie me pisara y se creyera mejor que yo, ser fiel a mis principios y no rebajarme, demostrar que soy periodista a pesar de todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29. ¿Cuál es tu mejor recuerdo de 2009?&lt;br /&gt;Una caña con los amigos, una cena en familia, una conversación en Internet a altas horas de la noche… el mejor recuerdo es el resultado de todos ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;30. ¿Tu película favorita del año?&lt;br /&gt;Lo tengo fácil: no veo muchas películas y la última que he visto me encantó. El secreto de sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;31. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños y cuantos cumpliste?&lt;br /&gt;Cumplí 25 años. Pagué un barril de cerveza en un bar y allí metí a compañeros de trabajo, amigos y aquellos afortunados que cumplen ambos requisitos. Reímos, bebimos y acabamos a las mil, con resaca y comiendo en un wok al día siguiente. Fue un gran fin de semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;32. ¿Qué es lo que hubiera hecho tu año mucho más satisfactorio?&lt;br /&gt;Los míos tienen salud, y siento cerca de la gente que quiero. Además, he tenido la oportunidad de acercarme más a gente que no conocía, pero con la que comparto muchas cosas, y he descubierto personas interesantes con las que merece la pena seguir. Si eso no es satisfactorio, se le parece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;33. Describe tu concepto de la moda en 2009:&lt;br /&gt;Mi concepto se resume en una máxima: me pongo lo que me gusta. Soy bastante sencillo vistiendo y odio ir de tiendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;34. ¿Qué te ha hecho permanecer cuerd@?&lt;br /&gt;El día después. Pensar en que mañana tengo que seguir siendo yo, y que tengo que llegar al listón que me he puesto, para subirlo cuanto antes. Es el motivo para no tirarme en un rincón a cantar con las manos cruzadas por el pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;36. ¿Qué tema político te ha removido más?&lt;br /&gt;Muchos. La normalidad con la que se trata la corrupción política. La ligereza con la que la gente de mi generación habla de una guerra que dividió familias y se llevó por delante a mucha gente, de uno y otro bando. La facilidad con la que hablan acerca de nacionalismos aquellos que nos quieren imponer una bandera, sea del color que sea y se llame como se llame. Sobre todo, que la gente repita soflamas que escucha por la tele o copia de Internet sin pararse a pensar lo que significan, y si realmente creen en ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;37. ¿A quién has echado de menos?&lt;br /&gt;A mi abuela, la última en marcharse. A la gente de la facultad con la que charlaba todos los días. A Juan para planear trastadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;38. ¿Quién es la mejor persona a la que has conocido?&lt;br /&gt;¿Este año? Bueno, cambiaré conocido por ‘descubierto’, aunque todavía me queda mucho por descubrir. G, ocupas uno de los primeros lugares, seguro. También Dudo, Indo y Fusa, porque cada día aprendo algo más de cada una de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;39. Dinos una lección valiosa que has aprendido de 2009:&lt;br /&gt;Que los principios no se compran, al menos los míos no están en venta. Que tengo la fortaleza suficiente para mantenerme firme y hacer lo que creo, y que puedo multiplicarme cuando peor se ponen las cosas. He redescubierto mi capacidad de sacrificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;40. ¿Dirías que el 2009 ha sido un buen año a pesar de todo?&lt;br /&gt;Empezó con mal pie, por aquello de ser un año impar. Luego ha tenido de todo: buenos momentos, malos, un despido de por medio, mucha presión… de todo he aprendido y aquí sigo, fiel a una manera de ser que me define. Puede que sí, que haya sido un año bueno a pesar de todo. Igual tengo que empezar a creer en los años impares...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7458378551649271559?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7458378551649271559/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7458378551649271559' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7458378551649271559'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7458378551649271559'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/12/epilogo-para-este-2009.html' title='Epílogo para este 2009'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7965385148130875137</id><published>2009-12-13T23:55:00.001+01:00</published><updated>2009-12-13T23:55:44.723+01:00</updated><title type='text'>PRÓLOGO (de algo que aún no tiene nombre...)</title><content type='html'>Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.&lt;br /&gt;Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.&lt;br /&gt;A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad. Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.&lt;br /&gt;No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7965385148130875137?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7965385148130875137/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7965385148130875137' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7965385148130875137'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7965385148130875137'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/12/prologo-de-algo-que-aun-no-tiene-nombre.html' title='PRÓLOGO (de algo que aún no tiene nombre...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-8235514492110417225</id><published>2009-11-03T16:45:00.000+01:00</published><updated>2009-11-03T16:46:24.400+01:00</updated><title type='text'>El Poeta Errante...</title><content type='html'>Durante muchos años no tuvo nombre, y ni falta que le hacía, porque no tenía con quién hablar. Nadie le llamaba, nunca se dirigían a él. Durante muchos años no tuvo nombre, seguramente porque él también lo había olvidado. Siempre le llamaban el loco. Apareció un día, ya viejo, vagando por las calles de un pueblo desconocido para él al que le habían arrastrado las olas de una vida vivida en constante marejada. Caminaba siempre mirando al suelo, quizá para que nadie descubriera su pasado detrás de sus ojos. Curvado, con el pelo blanco y las manos ajadas por el paso del tiempo, recorría las calles con la parsimonia de aquel que nada busca, y encontraba en el laberinto de caminos puñados enteros de malos augurios. Los niños se reían de él amparados en la connivencia de sus padres, que siempre le despreciaron por todo lo que ocultaba. Le tiraban huevos si pasaba por el centro, y de noche apedreaban los cristales de la casa abandonada que eligió como hogar, donde apuraba los últimos sorbos de su destino. Para mí siempre fue el poeta. Cuando le veía salir de su improvisado escondite, me deslizaba a través de las ventanas sin cristales para intentar saber algo más acerca de él. Sólo ocupaba una habitación de la casa, en la segunda planta, aquella en la que el sol iluminaba con mayor intensidad y devoraba sin piedad hasta el último resquicio de las sombras. Quizá se alimentaba de la luz del día, y buscaba aún su calidez cuando llegaba la noche. Quizá sólo quería llorar mientras añoraba otra puesta de sol. Dormía en el suelo, entre papeles, a la luz de una vela. En todas las hojas había versos perdidos, poemas sin terminar, todos ellos cargados de deseos que nunca se harían realidad. No parecía reclamar nada, ni añorar momentos perdidos. Más bien, cada una de sus letras era un acto de valentía, hacía acopio de valor para afrontar la hora, cercana, de reencontrarse con la mujer que empujaba su mano y bailaba al son de su pluma en todos esos versos malditos. Isabel. Creo que nunca terminó un solo poema, pero para mí siempre fue el poeta. Allá donde los demás ponían arrogancia, yo derrochaba admiración. Cuando los demás le miraban con desprecio, yo trataba de buscar en alguno de sus escasos gestos un ápice de luz. Cuando todo el mundo se reía de él, yo percibía a través de sus pupilas el viejo candor de una llama. Una noche, la última del mes de octubre de un año cualquiera, se abrió paso a través de los ventanales descubiertos y alisó su raída chaqueta. Caminó despacio por todas las calles del pueblo, curvado, mirando sus manos ajadas por el paso del tiempo. Pasó una de ellas por su pelo blanco antes de enfilar el viejo camino del cementerio. Yo le seguí amparado por las tinieblas de una noche que ya nunca sería la misma. Había apurado sus últimas fuerzas, y el aliento no le alcanzaba para más. Entró en el camposanto decidido, olvidando de repente su traqueteo vacilante. Dudé unos momentos antes de aventurarme a entrar, temeroso como era, aún chiquillo, de los habitantes de las sombras. Decidí esperar a que la bruma de la noche dejara un resquicio para el primer rayo de luz, y me lancé a explorar el universo de tumbas. Lo encontré poco después, abrazado a una lápida que fue para él, a un mismo tiempo, razón de ser y destino. Una lápida coronada por un nombre familiar, Isabel, y una fecha, la de su partida, muchos años atrás. No se movía, no respiraba, pero su gesto, por fin, era alegre. El poeta descansaba aliviado, feliz, muerto. Decidí dejar que fuera otro el que se encargara de dar la noticia a todos aquellos que le habían contrariado, y me marché sin decir nada. Nunca le encontraron. No hay en el cementerio lápidas que le recuerden, ni lamentos que le honren. No hubo rastro del hombre que nadie quiso conocer, y que se marchó sin hacer ruido. Nadie vio su cuerpo, ya sin vida, recostado sobre la tumba. Del poeta sólo queda la leyenda y una flor: una rosa blanca que aparece todos los días, fresca, sobre la tumba de su amada. Y su leyenda, la de aquellos que cuentan que por las noches, oyen el tañido de las viejas campanas que coronan la capilla abandonada junto al cementerio, justo antes de ver cómo la muerte, envuelta en un sudario negro, recorre los caminos acompañada de una figura encorvada, con el pelo blanco y las manos ajadas por el paso del tiempo; y la escucha, pacientemente, mientras el poeta evoca los versos que nunca escribió para Isabel…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-8235514492110417225?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/8235514492110417225/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=8235514492110417225' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8235514492110417225'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8235514492110417225'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/11/el-poeta-errante.html' title='El Poeta Errante...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7194251317600823077</id><published>2009-10-26T01:08:00.009+01:00</published><updated>2009-10-26T01:19:28.216+01:00</updated><title type='text'>Tu silencio...</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Volvió el otoño, cayó el frío y a ti te envolvió el silencio. Lo hizo suavemente, poco a poco, y casi no nos dimos cuenta. Sólo sabíamos que faltabas, que no encontrábamos esa palabra tibia y descarnada a la vuelta de la esquina, a pesar de que pateamos barrios enteros en su busca. El cielo azul del verano dejó paso a amaneceres lentos que vestían el día con susurros, y vomitaban en el horizonte un color rojizo que aprisionaba el alma y congelaba el aliento, de tan fríos como eran. Los días se hicieron cada vez más cortos, y más grises, y las noches más largas. Las noches. Siempre las noches. Era la oscuridad la coartada perfecta para buscarte, cuando nadie nos mira, y disfrutarte lentamente, palabra por palabra, verso a verso, fotograma a fotograma. La noche siempre fue el refugio, si no la excusa, para las almas insomnes, y aunque no te veía, aunque había un universo que nos separaba, sabía que estabas ahí. Sé que estás ahí, a pesar de que hace tiempo que ya no te escucho. Complica la búsqueda el extraño anochecer otoñal, que a la vez que se lleva la luz cubre también las estrellas, pero casi puedo intuir que sigues soñando con ellas, y que las buscas entre susurros, hablándole bajito a la luna para que te oiga con claridad. A veces, yo también le hablo, le escribo, la busco entre las nubes, y cuando no la encuentro me gusta pensar que está refugiada en uno de tus versos, encarcelada para siempre en alguna de tus palabras. Sí, es cierto. Las noches son más largas, y más pesadas, en este otoño de nadie. Son mayores los motivos que empujan al espíritu a migrar hacia otros lares, a renunciar a la paz del sueño en busca de la calidez de mundos mejores, ya sean pasados o futuros. A mí, además, me sube la fiebre. Siento la necesidad de apagar la sed de mi mente escribiendo impulsivamente, como esta noche lo hago, pensamientos que me asaltan sin pedir permiso, y que me hablan, a menudo, de ti, de vosotras. Del pequeño paisaje que entre todas habéis construido. Y por eso, de vez en cuando, me atrevo a imaginaros, a imaginarte, a imaginar que sí os conozco, cuando la realidad es que todavía camino con pasos muy cortos intentando descubriros. Y escribo. Escribo, e invento, sin saber si mis palabras emprenden el viaje correcto o equivocan el rumbo sin querer. Escribo, porque escribir es la única salida que encuentro para que todo el mundo conozca las palabras que nunca he dicho, las historias que me invento. Porque el papel es, como la noche, una coartada perfecta, un refugio insomne al que siempre vuelvo. Porque escribir es, esta noche, quizá la única forma correcta de decir que te echo de menos. Quizá es la única manera de que puedan llegarte algunas de las palabras que a mí me sobran, y que no sé cómo organizar. Y, mientras escribo, espero. Abro la ventana y respiro el aire frío de la noche, busco la luna entre las nubes y los dos, sin hacer ruido, nos sentamos, el uno junto a la otra, a escuchar tu silencio…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Para G, por todos esos silencios que no sé cómo curar…&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7194251317600823077?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7194251317600823077/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7194251317600823077' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7194251317600823077'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7194251317600823077'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/10/tu-silencio.html' title='Tu silencio...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5729406047275494096</id><published>2009-10-13T13:37:00.002+02:00</published><updated>2009-10-13T13:37:57.929+02:00</updated><title type='text'>Mara</title><content type='html'>Te observo respirar mientras el sol se despereza y filtra sus primeros rayos a través de la ventana, y tu piel se deja querer cuando recibe las primeras caricias de calidez de una mañana que ya nunca será la misma. En la oscuridad de la habitación, sólo tu respiración rompe el silencio de este amanecer invernal que tiñe de frío las paredes y moja los huesos, trizando cada uno de los nervios de mi médula espinal. Sentado en un rincón, repaso tu cuerpo centímetro a centímetro y me doy cuenta de lo lejos que estamos uno del otro. Tanto, que apenas puedo sentir el calor que hace unas horas me abrasaba en cada uno de tus abrazos. Nos buscamos el uno al otro con el alcohol como único refugio, en medio de una vida que no sentíamos como nuestra porque no podíamos hacer nada para cambiarla. Quizá por eso nos encontramos, solos, varados en ninguna parte. Somos dos mundos inmensos encerrados en una ciudad pequeña que se vuelve más y más estrecha, hasta ahogarnos. Casi no puedo respirar. Noto un miedo creciente a la realidad más inmediata, aquella que deberé afrontar cuando cruce el marco de la puerta, y no vuelva a saber de ti. Tú también me olvidarás. Tan sólo fui para ti un motivo para la duda, una pregunta no resuelta que caerá en el olvido después del tercer café, mientras miras por la misma ventana por la que ahora entra el sol en busca del color de tus ojos. Y sigues durmiendo. Boca abajo, sobre la cama, como la postal de una noche tardía de fiebre y sudor, de saliva y promesas que nunca cumpliremos. Tengo la tentación de levantarme y sentarme a tu lado, y caminar por tu espalda por última vez. Poco a poco, lentamente. Apenas una caricia imaginaria en tu cintura, recorriendo con un dedo los surcos de tu piel. Un roce tibio, una suave descarga de miedo que muere en tu cuello, donde el pelo empieza a nacer. Un último viaje a través de tu cuerpo moreno, pequeño, lejano y oscuro. Imagino que puedes sentir que te miro, que no soy el único que recibe despierto esta mañana de enero. Sabes que estoy ahí, pero me ignoras, porque ha llegado el momento de representar nuestro papel. Toca empezar a olvidarnos y volver a un mundo en el que nunca ha pasado nada, en el que yo quiero ser feliz y tú lo aparentas, y los dos actuamos como si tal cosa. Aún duermes, y ya has empezado a olvidarme. No queda nada de tus besos, de tu aliento, de tu pelo. Ni rastro de tus uñas en mi espalda. Nada que nos demuestre que todo esto ha sucedido, salvo tu sabor en la punta de la lengua, la sal de tu cuerpo en mis labios. Es hora de irnos. Yo a mi vida y tú a la tuya. Me levanto con cuidado y separo mi ropa de la tuya, todavía por el suelo. Cojo tus pantalones y busco en los bolsillos algún motivo para odiarte. Algo de dinero. Un pañuelo. Tu carné. Tu nombre. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé cómo te llamas. Si yo te dije mi nombre, ya no lo recuerdas. Decido perderte para siempre. Condenarme a soñarte desnuda, en noches como ésta. Quiero saber tu nombre. Lo necesito. Mara. Hola Mara. Ahora que te conozco, ya puedo empezar a olvidarte…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5729406047275494096?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5729406047275494096/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5729406047275494096' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5729406047275494096'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5729406047275494096'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/10/mara.html' title='Mara'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6163702135295151019</id><published>2009-10-07T01:54:00.001+02:00</published><updated>2009-10-07T01:54:45.995+02:00</updated><title type='text'>Otoño</title><content type='html'>Esperé a que el verano me arropase con los últimos rayos de una calidez tardía, y te descubrí inmersa en el frío abrazo de un otoño particular. Me alejé de la ciudad que por siempre fue nuestra para llenar mis pulmones de un aire distinto, desconocido y quizá irrespirable, sólo para comprobar que tu silencio me hablaba de ti, de todo lo que querías decir y no te dejaban. El tiempo, las causas, los días. Los años, las palabras, la vida de los demás. Todo se nos puso por delante, y ni tú supiste hablar ni yo tuve valor para escucharte. Nunca llegamos a conocernos, pero tengo la sensación de que tú sabes de mí más de lo que yo sabré jamás, y abrigo la certeza de que te descubro en cada verso que disparas sobre unas páginas cargadas de fiebre. Ni siquiera observábamos la misma ciudad a través de ojos distintos. Para mí era un rincón oscuro donde el alma se endurecía y los recuerdos se te pegaban a la piel y te escocían, y sangrabas un torrente de memorias del tiempo que nunca fue. Para ti quizá la ciudad no fue más que un lugar donde jugar a ser alguien, donde encontrar el rincón que nos han dicho que nos aguarda, y que jamás pararemos de buscar. Yo sigo enamorado de ti, y tú lo estás de esta ciudad que me desprecia porque lloras y no sé qué hacer para enjugar tus lágrimas, salvo guardarlas en el frasco de mi recuerdo para bebérmelas en soledad, por la noche, cuando buscas en el armario los versos adecuados para rescatar los últimos posos del café. Quisiera saciar mi sed empapado en tus ojos negros, caminar con el alma cosida a los surcos de tu espalda, pero lo más cerca que he estado de tu piel fue cuando emprendimos juntos el camino a ninguna parte, y había cientos de kilómetros que nos separaban. Aun así, cada noche me asomo a tu ventana para verte respirar. Arrugas la frente en busca de aquello que quieres contar, porque sabes que debe estar en algún lugar, dónde lo habré dejado. Y yo sigo ahí, demasiado lejos de ti y muy cerca de todo el mundo. A kilómetros de allí, bajo tu ventana, dejando que las primeras gotas del otoño me traigan tu sabor, tu aroma, tu tacto. Con la ropa empapada de lluvia y sudor, viendo tu sombra tras el cristal. No te disculpes por aquello que no has hecho, no pidas perdón por no venir a visitarme. No tienes nada que temer. Tu sonrisa está encerrada en una cárcel de hielo que no soportará para siempre el calor de tu cuerpo, y ya asoma tu tacto a través de las rendijas. Los primeros susurros. Tú sigues buscando las palabras. Yo sigo esperando en la calle, bajo la lluvia. La ciudad se va llevando poco a poco el presente y convierte el hoy en futuro. Y este otoño maldito no para de llover...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6163702135295151019?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6163702135295151019/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6163702135295151019' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6163702135295151019'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6163702135295151019'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/10/otono.html' title='Otoño'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1632335590977223462</id><published>2009-09-13T03:19:00.002+02:00</published><updated>2009-09-13T03:31:14.580+02:00</updated><title type='text'>Flashback 2</title><content type='html'>Hace unos meses amenacé con recuperar algunas de las locuras que escribía en aquellos años en los que todo sucede por primera vez, la época en la que las heridas eran poco profundas, pero marcaban sí o sí el camino que habríamos de recorrer. Aparco, por el momento, en el segundo capítulo, la aventura tenebrosa que imaginé hace poco, con la esperanza de encontrar de nuevo la senda no muy tarde. De nuevo versos viejos rescatados de las hojas amarillentas de un viejo cuaderno. Otra vez sin métrica, con el único estilo que dictó el momento y el lugar en el que fue escrito, a lápiz, a buen seguro en una noche como ésta. Éste no es tan antiguo, pero eso no quiere decir que vaya a ser mejor. En vuestras manos lo dejo. Y a ti, que nunca llegaste a leerlo, perdón por rescatarlo del olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LETANÍA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es como quien busca en el saco del olvido&lt;br /&gt;y no encuentra en él más que podridas telarañas,&lt;br /&gt;y remueve con el fango lo soñado y lo vivido&lt;br /&gt;para cubrir con ilusiones la memoria ya oxidada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;me muerden tan adentro los besos que te he pedido,&lt;br /&gt;se siente sin tu abrazo mi piel tan congelada,&lt;br /&gt;que no sé si antes de ti algo mío ha existido&lt;br /&gt;y dudo que tras de ti en mi vida dejes nada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tengo marcas en la espalda después de dormir contigo,&lt;br /&gt;tengo, a fuego lento en la piel, tu herida tatuada,&lt;br /&gt;y no sangro por sangrar, sangro por un motivo:&lt;br /&gt;que mi sangre deje tu nombre escrito sobre mi almohada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;lucha aún mi corazón aunque mi cuerpo se ha rendido&lt;br /&gt;por mantener sobre mi piel tu caricia señalada,&lt;br /&gt;y las huellas de esos besos que mis labios han partido&lt;br /&gt;alimentan, en silencio, estas letras de esperanza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de esperanza por volver a sentir lo que he sentido&lt;br /&gt;al estar, cuerpo con cuerpo, nuestras vidas abrazadas,&lt;br /&gt;compartiendo con miradas el compás de los latidos,&lt;br /&gt;así te entregué mi vida, yo no me quedé nada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Para A, 2004&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1632335590977223462?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1632335590977223462/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1632335590977223462' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1632335590977223462'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1632335590977223462'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/09/flashback-2.html' title='Flashback 2'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5863056473101397877</id><published>2009-09-01T03:21:00.000+02:00</published><updated>2009-09-01T03:22:45.552+02:00</updated><title type='text'>Más tinieblas (capítulo dos)</title><content type='html'>Cuando la ciudad duerme, me gusta subir al tejado con una taza de café y escuchar los sonidos de la noche. Hay todo un mundo que la gente se pierde por huir de las tinieblas. Madrid es una metrópoli que atrapa una vida nocturna singular, y que con la caída del sol comienza a latir muy despacio, acompasadamente, de tal forma que es muy difícil llegar a escuchar su verdadero corazón. A lo lejos, el ruido de las sirenas ahoga el estrépito casi seco del cauce del río Manzanares, y de vez en cuando hay un coche que parte en dos con sus luces las arterias de la capital, como un relámpago que recorre la superficie terrestre sin encontrarse con nada, sin alcanzar a nadie. Es ahora cuando se puede respirar hondo, y llenarse los pulmones del espíritu de una ciudad que huele a muerte y a vida, a miseria y a riqueza, a comidas de lujo y ropas harapientas. Si mantienes el aire dentro de ti el tiempo suficiente, puedes paladear el poso amargo que desprenden sus calles, y sentir cómo desgarra tu garganta el cuchillo acerado de la realidad. El aire de la noche yace cargado de recuerdos que levantan ampollas en el alma, a menos que hayas conseguido para la tuya una coraza en forma de herida que no deje pasar el suspiro nocturno de las aves muertas. La mía hace tiempo que se partió en dos, y se convirtió en un cuervo negro que vuela en círculos en una cárcel invisible, en el cielo negro de una ciudad que me alimenta con la sangre que derramo en aquellas horas en las que la piel se eriza intentando sentir la llegada del alba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llevó varias noches encontrarle, pero al final di con él. Los hombres somos animales de costumbres, y nos sentimos identificados con un entorno muy reducido, fuera del cual nos creemos vulnerables. Podemos escapar durante un tiempo, salir de nuestros dominios, pero pronto algo tira de nosotros y nos conduce a un regreso que apacigua nuestros nervios y nos embriaga con la sensación de volver a casa. No se acordaba de mí. Por lo menos, no acertaba a articular en su pensamiento por qué había una sombra al fondo de la calle, esperando a que llegara el momento de arrebatarle todo el aire que en esos momentos aspiraban sus pulmones. Si mi rostro le dijo algo, no encontró en el saco de los recuerdos el momento exacto con el que asociarlo, la circunstancia en la cual nuestros caminos se cruzaron, y provocaron que el suyo estuviera a punto de llegar a su fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Como casi cada día, me empapaba de alcohol mientras ella me esperaba al amparo de la noche. Sabía que no acudiría a nuestra cita, pero confiaba en que en el último momento mi sensatez ganara una batalla que tenía perdida de antemano. Esperó con la esperanza de que aún quedara para mí un rincón para la salvación, para que lo nuestro no acabara ahogado en un vaso de bourbon.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Le seguí durante un tiempo, y logré captar su atención. Se sintió amenazado y afiló su instinto depredador, para intentar que fuera su gesto, y no el mío, el que supurara tintes de amenaza. Estaba acostumbrado a oler el miedo en los demás, y no se dio cuenta de que lo que sudaba era el suyo propio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Salí del bar completamente borracho y me dirigí a casa, dando tumbos por la acera. Ni siquiera me acordé de su rostro, o de sus ojos, o de sus manos, mientras recorría el camino hacia el que pronto dejaría de ser nuestro lecho. Me sentí despreciable, y una arcada subió por mi garganta, justo antes de vomitar en la acera la bilis amarga que mi cuerpo contenía. Estaba a dos manzanas de casa.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto me convertí yo en el perseguido. Caminé al abrigo de las farolas asegurándome de que me seguía a una distancia prudencial. Si yo aceleraba el paso, lo hacía él también. Llegué a detenerme un momento frente a un escaparate oscuro y él hizo lo propio unos metros más atrás. Podía oír sus jadeos, su respiración entrecortada, a su corazón bombeando adrenalina en busca de un último empujón que le ayudara a decidirse a abordarme. Sentí que llegaba el momento y me desvié, poco a poco, de las iluminadas calles del centro, para sumergirme en las tinieblas de unas callejuelas de piedra, reminiscencias tardías del Madrid que fue alguna vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Doblé la esquina de casa y la vi desplomarse sobre la acera. Fue todo muy rápido, apenas un destello. Una hoja afilada, una cuchillada profunda, una herida mortal. Una sombra corría hacia mí y no acerté a moverme. Le vi pasar por mi lado, incapaz de mover un solo músculo, mientras ella, en el suelo, clavaba sus ojos en mí. Un grito ahogado. Una mano pidiendo socorro. Media vida que se me escapaba.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegamos a una calle pequeña en la que apenas entraba la luz. Sólo el lejano brillo de la luna nos servía como farol. Fui, poco a poco, caminando más despacio, con el fin de que él pudiera ganarme terreno, decidido como iba a convertirme en su próxima presa. Paré en seco cuando oí que aceleraba sus pasos, dispuesto a atacarme por la espalda. Entonces me giré y me lo encontré de cara. Rostro con rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Cuando llegué a cogerla entre mis brazos, su aliento se apagaba. No podía hablar, apenas respiraba. Me miró, y en el fondo de sus ojos se adivinaba una mezcla confusa de sensaciones, un amalgama de reproches callados e ilusiones que ya nunca serían. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Fue como si, de repente, su mente proyectara la imagen que su memoria llevaba tanto tiempo buscando. Se paró en seco y su cuerpo se paralizó en el preciso instante en el que vio asomar el mortal brillo de la daga. Descubrió, por fin, qué era el miedo, justo antes de que hundiera hasta el fondo la afilada hoja en su cuello, y empezara a brotar la sangre a borbotones. Era una sustancia densa, viscosa, pero no caliente. Una sangre oscura arrojada por un alma podrida condenada desde ese mismo instante a vagar por un limbo repleto de torturas venideras. Se desplomó, y sentí que desde alguna parte una mirada acerada me taladraba el corazón, y me inundaba los pulmones de hiel. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5863056473101397877?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5863056473101397877/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5863056473101397877' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5863056473101397877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5863056473101397877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/09/mas-tinieblas-capitulo-dos.html' title='Más tinieblas (capítulo dos)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-2189248527677759114</id><published>2009-08-20T02:30:00.001+02:00</published><updated>2009-08-20T02:30:56.925+02:00</updated><title type='text'>De nuevo, capítulo uno...</title><content type='html'>Hay algo hipnótico en la oscuridad, un gran poder de seducción en las sombras. Las noches retiran la piel a jirones y nos muestran tal y como somos, desnudos en medio de la negrura, a merced de unas ciudades que resuenan durante el día, excitadas por los rayos del sol, pero que de noche susurran secretos ocultos que nadie quiere escuchar. Todas las noches son oscuras, y la gente le tiene miedo a la oscuridad. Yo no. A mí lo que me aterra es la luz del sol, los días, las apariencias. Cada mañana nos ponemos un disfraz con el que representar nuestra pequeña historia. Somos maridos ejemplares, estudiantes aplicados, mujeres decididas. Somos un puñado de mentiras que se cruzan intentando tejer una realidad creíble, un mundo en equilibrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, de pronto, llega la noche, y con ella aparece nuestro verdadero rostro. Dejamos de ser perfectos, de comportarnos como todos esperan que lo hagamos. Y mentimos, mentimos porque mentir es nuestra realidad, mentimos porque somos mentirosos, huraños, violentos, lascivos. La negra espesura del cielo se mece lentamente como un mar en penumbra hasta que alarga su brazo y remueve nuestras entrañas en busca de nuestra esencia, y la muestra tal y como es. La noche no engaña, la oscuridad es un cristal transparente que no distorsiona, un cristal que filtra las apariencias y las convierte en polvo, y en medio de ese polvo surgen de verdad nuestras podridas almas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me mató la noche. Fue una forma cruel de desenmascararme porque sentí cómo una lengua de fuego me abrasaba la piel y la despegaba lentamente de la carne, y me abrasaba vivo, sin perder la consciencia, en medio de un infierno gélido de llamas azules. Se paró de golpe el mundo en el que vivía mientras ella agonizaba sobre la acera, regando con su sangre una calle difusa de un barrio tardío, mientras su vida se filtraba por los poros de una ciudad que maldije hasta quedarme sin voz. De rodillas, con su cabeza en el regazo, se trizaron mis venas mientras ella boqueaba en busca de un sorbo más de aire que nunca iba a llegar, con la mirada perdida en un cielo de nubes que ocultaban la luna con un tapiz oscuro e impenetrable. Cuando se paró su corazón lo hizo también el mío, y no quedó de mí más que lo que soy ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace tiempo que vivo oculto en la noche, y que me alimento de los secretos que ésta susurra. Hace tiempo que mi alma se perdió en alguno de los recovecos de esta ciudad maldita para siempre, y sólo espero no volver a cruzarme con ella. Sé que mi corazón está seco, y al latir emite un extraño crujido, como de madera seca, que acompaña todos mis pasos y apaga los gritos de todo el que me rodea. Se podría pensar que soy un vampiro, pero no es cierto. Los vampiros, si existen, sólo buscan en la noche el alimento que la mañana les niega, cegados por la necesidad de alimentar el espíritu que un día perdieron. Yo, mato. Ni siquiera busco aplacar una sed de venganza extinguida hace ya tiempo, ni apagar el odio que todavía reside en mí, porque es el odio el que me conduce, y es el odio hacia todo y hacia todos el que me mantiene vivo. Simplemente mato por el placer de matar. Yo me alimento de la oscuridad, y todas las noches son oscuras. Incluso ésta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-2189248527677759114?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/2189248527677759114/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=2189248527677759114' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2189248527677759114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2189248527677759114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/08/de-nuevo-capitulo-uno.html' title='De nuevo, capítulo uno...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1038472517008330699</id><published>2009-07-07T23:24:00.000+02:00</published><updated>2009-07-07T23:26:36.953+02:00</updated><title type='text'>Epílogo (y capítulo 9... fin)</title><content type='html'>De noche, cuando la oscuridad abraza la ciudad y empapa todos sus rincones con esa niebla negra, densa, que carga el aliento y empapa el sueño, lloro sobre los tejados de esta ciudad que me atormenta. Envido a la luna una pena que ya no siento, porque ya no puedo sentir, pero que tiñe de púrpura mis recuerdos y mis oraciones, mi música y mi aliento. Las noches como ésta, cuando la negra oscuridad apenas se ve disuelta por el efímero resplandor de unas luces que no significan nada, escarbo en mi pecho y arranco las astillas que aún tengo en el corazón, y dejo que entre mis dedos resbale un líquido oscuro, caliente, que algún día fue sangre, pero que hoy no son más que las miasmas de un amargo pasado que ya no es.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;amargura&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Quedé preso de Madrid cuando mi corazón dejó de latir, y mi alma, que siempre soñó con un cielo mejor, decidió agarrarse a las piedras de este infierno de cristal. Me poso en las azoteas y observo con desgana cómo se esfuma la vida de los demás, cómo se escapan los pedazos del mundo, cómo silba la noche por las rendijas de mi alma. Soy un espectro sin forma, un esqueleto sin rostro, un puñado de cuervos que vuelan sin dirección. El aire trae a mis sentidos el salitre del mar, y a veces tengo la sensación de que oigo el batir de esas aguas que encierran en el fondo las sonrisas truncadas, las caricias perdidas, los besos arrebatados. Quisiera ahogarme y deshacerme en su sal, pero ya no tengo nada que se pueda corromper, porque no me queda nada puro. Soy un cuerpo sin piel y vacío, sin órganos, envuelto en una túnica color sangre, con cientos de alacranes a su alrededor. Cruel séquito de víboras.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;recuerdos&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Quizá la vida nos castigó porque jugamos a querernos sin saber si nos queríamos. No merecíamos nada, y durante mucho tiempo todo lo tuvimos, apoyando tu soledad en la mía, tu desgracia en la mía, tu cuerpo en el mío. No existió para mí más frontera que la de tu piel, ni más sabor que el de tus besos. Tampoco me entregaba el mundo más color que el de tus ojos. Tus ojos. Esos ojos. Ya no tienen nada que mirar. Hace tiempo que me arranqué los míos porque no sabían ver más allá de tu imagen. Tampoco queda en mi cuerpo un solo jirón de piel. Sólo mantengo, en un rincón de la memoria, el suave ardor de tus caricias. Echo de menos tu risa, tus lágrimas, tu pelo, tu sudor. Tu vida. Necesito tu vida.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;dolor&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Tardé tres días en asomarme a ese mundo que fue nuestro, y que ahora lloraba sólo para ti. Volví una madrugada, deseando que estuvieras dormida, pero encontré tu mirada abierta de par en par, y tu cuerpo hecho un ovillo sobre el sillón. Entré muy despacito, sin molestar, sin apenas hacer un ruido. Me convertí en el viento que resbaló por las cortinas y se filtró por la ventana, y te estremeciste. Me convertí en la oscuridad que tocaba tu rostro mientras tú llorabas, otra vez, y tu piel se erizó de nuevo. Fui por unos segundos el aire que respiraste, y estuve dentro de ti. Llegué hasta los pulmones, y sentí desde muy dentro los latidos de tu corazón, y también fui por un instante la sangre que regaba tu vientre. Te dejé una lágrima muy cerquita del alma, para que tú la acunaras con tu latir.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;amor&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Estoy muerto, no siento, no respiro, no sufro, no lloro. Sólo tengo recuerdos. Mi cuerpo está podrido, pero mi alma sigue intacta porque se alimenta de ti, de tu memoria, de tu esencia. Te quiero, y te quise también en vida, aunque apenas me dio tiempo a decírtelo un par de veces. Te quise más que nada, más que a nadie, por encima de todas las cosas. Notaba cómo mis entrañas ardían con este sentimiento incandescente que descubrí una noche cualquiera mientras tú llorabas y yo te abrazaba, y que marcó ese amanecer como el primero del resto de mi vida. Te quise, y todavía te quiero, todavía arde lo poco que queda de mí. Arderé para siempre, hasta que mis huesos se conviertan en cenizas y nublen tu memoria, manchen tus recuerdos, y sólo respires partes de mí. Estoy contigo a cada paso que das, a cada latido, en cada mirada. Sin carne ni piel, sin ojos, sólo soy alma. Una sombra que, de vez en cuando, aparece en tus sueños, para besarte, para acariciarte, para mojarme de ti. Una sombra que te hace despertar envuelta en un sudor frío y ajeno que sabe a todo lo que compartimos. Una sombra que puebla tus noches, que se convierte en el aire que te acaricia, en el vapor de tu aliento, en un beso furtivo en una mañana cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;muerte&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Tú lloras en nuestra cama; yo lo hago en el tejado. Pero tus lágrimas y las mías forman el mismo mar, y ahogan las mismas almas&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1038472517008330699?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1038472517008330699/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1038472517008330699' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1038472517008330699'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1038472517008330699'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/07/epilogo-y-capitulo-9-fin.html' title='Epílogo (y capítulo 9... fin)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-8837570141601372464</id><published>2009-06-23T03:04:00.000+02:00</published><updated>2009-06-23T03:05:50.135+02:00</updated><title type='text'>Muerte (inevitable capítulo 8...)</title><content type='html'>Nos tragamos los últimos sorbos de la noche pateando unas calles que nos devolvían nuestros pasos con ecos lejanos y fríos. Fue el camino más largo de todos cuantos hemos recorrido, hacia una eternidad que nos devoraba. No tenía fuerzas para tenerme en pie, y cada metro que avanzaba, cada portal que engullía en busca de un abismo que ya venía a por mí, me desgarraba en lo más hondo. Tú me sujetabas, y tratabas de arrastrar los pedazos de mi vida hacia la casa que más tarde sería mi condena. Ahí empezó tu penitencia. Nunca lloraron más las calles de Madrid, porque de ellas manaban las lágrimas de los dos: las que yo no podía llorar, exhausto, las que tú no podías llorar porque ya habías empezado a pagar peaje. Un par de veces paramos en seco, en mitad de lo que quedaba de noche, para recuperar el aliento. El tuyo, que era el que nos llevaba a los dos. En esos momentos yo miraba al cielo, y veía en las fachadas de los edificios, imponentes, la figura de un ángel negro que se cernía sobre mí, dispuesto a horadar mi alma y arrancar de ella hasta el último pliegue de vida.&lt;br /&gt;“No te vayas”, me decías, y yo no quería marcharme. Latía cada vez más despacio, y notaba poco a poco cómo mi sangre se volvía densa, y empezaba a enviar zumbidos desde mis órganos vitales. La garganta se me llenó de arena, quizá porque la muerte, en verdad, es un trago rugoso. Tenía la boca seca y apenas brotaba de ella un hilo de voz. Jamás había tenido tanto miedo. Temblaba, y un manto blanco me nublaba la vista, dejándome a tu merced. Ciego, como hasta entonces, de la mano de un corazón que trataba de bombear una sangre que no era suya, una sangre que ya subía por mi garganta y que a punto estuve de vomitar. Tosí, y mi aliento tiñó de rojo el empedrado de la calle justo cuando el sol se derramaba en el cielo y empujaba hacia el sur la oscuridad. Paramos frente al portal, tú buscabas las llaves. Levanté la vista y allí estaba, en la ventana, esperando pacientemente con su cara sin piel y sus alas sin plumas, un espectro negro, alado y descomunal. Sentado en la ventana, brotaban de sus pies cientos de alacranes negros que corrían por la fachada; en el cielo volaba un cuervo. El miedo apretó mis sienes y caí de rodillas al suelo, llorando como un niño. Te encogiste sobre mí, y fue tu aliento el que me insufló un rato más de vida.&lt;br /&gt;Subimos al piso y encontramos lo que no buscamos. Olía a humedad, y todo se había teñido de un tono gris que no había vuelto desde que tú llegaste. Reconocí mi casa al instante, la náusea en la punta del armario, toda la nostalgia apilada en un rincón, la melancolía desagüe abajo. Me tumbé en la cama y cerré los ojos, creyendo que nunca más los iba a abrir. Perdí el control de mi cuerpo, y una parte de mí comenzó a subir y a alejarse de la piel, la carne, los huesos, para convertirse en humo y desaparecer después con un solo soplido. El ángel no se movía, sólo miraba, y yo le miraba a él, con los ojos cerrados. Mi cabeza lanzó un estertor que sacudió todo mi cuerpo, y apreté los puños y me mordí la lengua. La boca se me llenó de sangre.&lt;br /&gt;Entonces te tumbaste a mi lado y abrí por fin los ojos. Ahora sí, la última vez. Llorabas, yo lo intentaba, pero lo más parecido que lograba era un sudor frío que evaporaba cada gota de mi vida, el último hálito de mi espíritu. Me miraste, te miré, y me sentí hundido en tu mirada, como la primera vez. Fue una sensación cálida que contrastó con todo el frío que me había arropado aquella noche, y que trizaba mis nervios uno a uno hasta que mi cuerpo se moría por su cuenta, mientras mi mente intentaba resistir. Un hilo de sangre brotó de la comisura de mis labios, aquella que no había acertado a tragar. Viste por primera vez en mi cara la verdadera expresión del miedo, el horror reventó mis pupilas y me puse a llorar de pánico. Y me besaste, y ese beso fue el sello lacrado en sangre de una vida que se marchaba, que se cerraba para siempre, mientras tú te quedabas aquí. Cerré los ojos, aún con tus labios en los míos, y noté por encima de la sangre el sabor de tus lágrimas y las mías, mezcladas. La muerte tendrá para mí siempre un sabor salado.&lt;br /&gt;Mi alma comenzó a flotar. Liberó amarras de mi piel y subió poco a poco, mientras mi corazón dejaba de latir. Poco a poco, muy despacio. Se desgarraba mi carne. Yo ascendía y te miraba, apretarme las manos, separar los labios de los míos. No llegué a verme la cara, porque me la tapaba tu pelo. Otra vez tu pelo. Siempre tu pelo. Quería tocarte pero no podía, el aire tiraba hacia arriba de mí, y tú, en la cama, abrazada a mi cuerpo sin vida, llorabas en silencio, con un llanto hondo que te nacía desde las entrañas. Llorabas en mi pecho, que para siempre quedó empapado por tu esencia, por tus lágrimas. Las mismas que besé aquella noche. Llorando llegaste a mí. Llorando me fui a la deriva de las almas, al cielo de los cobardes.&lt;br /&gt;Entonces, una mano huesuda se posó sobre mi hombro. Había llegado la hora. Levanté las manos y las puse ante mi rostro, para ver en qué me había convertido, pero tan pronto lo hice estallaron en un puñado de alacranes negros que corretearon por el techo y se perdieron por la ventana. De la mano de aquel oscuro custodio, empecé mi camino hacia ninguna parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonaba, para siempre, la melodía de tu llanto en los recovecos de mi alma.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-8837570141601372464?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/8837570141601372464/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=8837570141601372464' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8837570141601372464'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/8837570141601372464'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/06/muerte-inevitable-capitulo-8.html' title='Muerte (inevitable capítulo 8...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1666739649689938899</id><published>2009-06-18T02:09:00.001+02:00</published><updated>2009-06-18T02:09:29.444+02:00</updated><title type='text'>Preludio (único capítulo 7...)</title><content type='html'>El mundo se llena de nuevos matices cuando a uno se le acaba. Empiezas a pensar que cada paso que das puede ser el último, que cada camino que tomas puede llevarte a ninguna parte. En días como esos me gustaba salir a la ciudad, cuando Laura no estaba, y saborear los nuevos aromas que Madrid tenía para ofrecerme. Sus calles eran, más que nunca, un crisol de almas atrapadas en una colmena que no dejaba salir el aliento de sus habitantes. Almas rotas, espíritus inacabados que construían una enorme Torre de Babel de cóleras y certezas encima de la cual se balanceaba esa urbe que todos amábamos, y que a todos nos había roto el corazón. Llegaba a la plaza Mayor y me paraba en mitad, tratando de captar todos los sonidos, todos los sabores, cualquiera de sus aromas. Churros, aceite, calamares, algodón dulce, chocolate, turistas, caricaturas, corazones errantes intentando gastarse la vida encima de las piedras que habían pisado nuestros antepasados, que habían filtrado la sangre de todos aquellos que tiñeron de rojo sus cimientos.&lt;br /&gt;También me gustaba coger su mano al atardecer y dejar que muriera el día sin hacer otra cosa que dormitar. Sentados en el sofá se nos escapaba la tarde, y el rojo intenso del sol se perdía por algún lugar del horizonte mientras la calma y la quietud ganaban pasito a pasito unas calles que sólo conocían alaridos y reyertas, brumas y velocidad. Ella me miraba y yo cerraba los ojos, queriendo evitar el contagio de las pupilas almendradas a las que había cosido mi vida, y que jugaban con el último hálito de un alma que se me escapaba. Discutimos más veces, seguro, pero yo no las recuerdo. Cuando la fiebre me consumía ella solía acogerme en su regazo, y pasaba pacientemente la mano por mi frente, por mi pelo, secándome el sudor que era tan suyo, mientras me moría poco a poco entre sus piernas. Cada día más débil, más agarrotado. Le supliqué que se fuera, pero ahora tenía miedo a que me abandonara. Su fortaleza fue más grande que mi enfermedad, y fueron sus caricias las que apaciguaron mi miedo. A ella le debo la muerte que estoy a punto de sufrir, un tránsito informe sin congoja ni duelo.&lt;br /&gt;Supe que se acercaba el final una mañana de octubre en que me levanté con energías renovadas. Curiosa la forma que tiene dios de decirnos que el final se acerca. Me entregó mi aliento, mis ganas, un puñado de esperanza. Dios no acepta botines pequeños, y mi espíritu viajaba hacia el infierno sin pertenencias, así que arrugó en mi petate los últimos momentos de mi vida, y me dejó que yo los fuera desenrollando a mi antojo, con mis propias manos, para descubrir que al final del pergamino, con letras de sangre, estaba escrito el final. Desperté y ella no estaba, se acercaba el final y ella no lo sabía. Pasé toda la mañana dando vueltas por el piso, de una habitación a otra, envuelto en una cólera que me nacía de dentro y se proyectaba a mi alrededor. Casi pude notar que los colores se sombreaban, y mi entorno se volvía gris. Me mareé y decidí sentarme en el sofá. Leí para ahuyentar los malos presagios. ¿Y si no volvía?&lt;br /&gt;La angustia me duró hasta bien entrada la tarde, cuando la puerta se abrió y apareció su pelo moreno, su cuerpo menudo, sus cálidos ojos. Me miró, y esa fue la primera vez que mis pupilas la engulleron. Percibió lo mismo que yo percibía. Los labios le temblaban y quiso empezar a llorar. No le dejé abrir la boca. Puse mi dedo en sus labios, la agarré fuerte de la muñeca y la arrastré escaleras abajo hasta la calle. No había tiempo que perder. Dejamos atrás el portal y agarró con fuerza mi mano. Intentaba transmitirme unas fuerzas que se me caían a cada paso que daba, y a medida que me apagaba yo, ella también se apagaba. En silencio, como la primera vez, pero cogidos de la mano, volvimos a la barandilla que puso por aquella noche Madrid a nuestros pies, y creo que los dos soñamos con estrellar nuestros cuerpos en el vacío, y dejar que nuestras almas volaran libres hacia el cielo de una ciudad que por fin lucía para nosotros. La besé, y sus labios sabían como la primera vez, y dejó en mi boca un rastro de playa, mezcla de mar y miel, de salitre y lágrimas.&lt;br /&gt;Anochecía cuando llegamos al bar, penúltima parada de nuestro trayecto, de mi viaje, porque ante ella se abriría pronto un nuevo horizonte. Abrimos la puerta y todo estaba como lo soñamos. La barra, a la derecha, sujetaba a un grupo de jóvenes que bebían cerveza y movían la cabeza al ritmo de la música, sin hablar entre ellos, utilizando ese lenguaje silencioso que se filtra a través de las melodías. Delante, el futbolín, al fondo el billar. Todo cubierto por una nube de humo que desmayaba cuando llevabas cinco minutos respirando la atmósfera de los bajos fondos, esos que los jóvenes conocemos y que de mayores sólo añoramos porque nunca más podremos aspirar a ellos. El camarero nos hizo una seña con la cabeza, y yo negué lentamente para hacerle entender que algo no iba bien. Pedimos dos cervezas y nos apoyamos en el billar.&lt;br /&gt;Las horas siguientes las recuerdo con mucha nitidez. Poco a poco el bar se quedó sin gente, y el dueño me tiró la llave cuando sólo quedábamos los tres. Apagamos las luces y dejamos sólo las lámparas que alumbraban el billar y trataban de dar lustre a un tapete verde que hacía demasiadas veces la función de cenicero, y a quien los años le hacían parecer, más que viejo, más sabio. Sonaron, una tras otra, todas las canciones posibles, las que conocíamos, las que compartimos. Aquellas que siempre significan algo. Yo, apoyado en el billar, tú, a unos metros de mí, moviéndote lentamente al ritmo de la música. Despacio, muy despacio. A mí ya me embargaba la fiebre, y asomaban a mis sienes los acordes del último dolor de cabeza.&lt;br /&gt;Me sacudí el sopor del tabaco, y decidí que era hora de terminar con todo. Puse la que desde entonces, y para siempre, será nuestra canción. Sonaban los primeros acordes y, mientras la noche se aclaraba la voz, te agarré de la cintura y te tumbé sobre la mesa de billar. Cerraste los ojos mientras acariciaba con mis labios tu piel, palmo a palmo. La sentí distinta, como la primera vez. ‘…no hubiera sido la noche en tu espalda…’. Pero iba a ser la última. Tus manos en mis manos. Tu estómago en el mío. Tu pelo otra vez sobre mi cara. Tu sudor en mi boca. ‘…me sobran motivos, pero me faltas tú sobre la cama…’. Tu ropa y la mía tiradas en el suelo. Calló la música y sólo quedó tu saliva, tu aliento, tu respiración entre cortada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu vida y la mía anudadas por última vez.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1666739649689938899?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1666739649689938899/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1666739649689938899' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1666739649689938899'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1666739649689938899'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/06/preludio-unico-capitulo-7.html' title='Preludio (único capítulo 7...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5297676275317495689</id><published>2009-06-09T03:09:00.002+02:00</published><updated>2009-06-10T13:58:20.613+02:00</updated><title type='text'>Vigilia (en parte, capítulo 6...)</title><content type='html'>Quizá en otro tiempo, en otra vida, lo nuestro tendría sentido. Quizá tu soledad y mi soledad no fueran sólo dos soledades que luchan por encontrarse, y fueran tejiendo algo más que esta red que nos atrapa, y que no nos deja respirar. Me caigo al abismo y te arrastro, y por más que intento soltarte siempre sigues mi estela. Noto tu mano alrededor de mi muñeca, tus uñas clavándose en mi piel, y yo sólo miro hacia delante, hacia el agujero que nos engulle, sin preocuparme de que vienes detrás de mí. No sé por qué sigues aquí. Dices que me quieres, pero yo no me lo creo, o no me lo quiero creer. Demasiado a menudo confundimos el amor con la compasión, la pasión con la piedad. Estás a mi lado porque me muero, o quizá a pesar de eso. No tengo fuerzas para discernir.&lt;br /&gt;Ahora me levanto por las noches y me apoyo con las dos manos en el lavabo antes de abrir el grifo, para dejar que el agua fría resbale por mi espalda, y me dedico a verte dormir. Respiras en calma, con una paz que disimulas cuando el día nos descubre y nos obliga a soportar la tarea de soportarnos. Apenas te mueves en la cama, ni siquiera cuando juego a acariciarte la espalda por encima de la camiseta, o te soplo en la cara y tú arrugas la nariz y te das la vuelta. Me encantaría hacerte feliz, poder regalarte aunque fuera un segundo la vida que te mereces, pero yo no te elegí; fuiste tú la que decidiste amanecer a mi lado. La puerta sigue abierta, pero te resistes a abandonar. A veces lloro pensando lo que te espera.&lt;br /&gt;Hace semanas que no duermo. Se acercan los últimos días, y no tengo fuerzas para cerrar los ojos y pensar en otra cosa. Mi cuerpo se consume, mi alma se evapora. Vivo anclado en un dolor de cabeza, un zumbido, que mancha toda mi realidad. Sólo dejo de oírlo cuando me acuesto a tu lado, y tú me acaricias el pelo y me susurras al oído un puñado de mentiras que se clavan bajo mi piel, y que sangran corazón adentro. Lo haces hasta que piensas que me he quedado dormido, y entonces descansas tú, en medio de mi lucidez, en medio de estas noches que me atormentan. Cuando el piso se queda a oscuras suelo ver en la ventana un ángel negro que me espera, paciente, y que descuenta las últimas horas. Una, tres, cien, mil… da igual, llevo muerto tanto tiempo que no sé si notaré la diferencia. Una y otra vez, una noche tras otra, el ángel silba muy bajito una canción que creía perdida en mi recuerdo, y no me deja dormir. Quiere que sea consciente de todo aquello que se me escapa, y me hace pagar con vigilia el dolor al que estoy a punto de condenarte.&lt;br /&gt;Estas noches, abandonado al lento batir de las alas de esa figura oscura que domina mi mente, pienso en ti. Pienso en tu cara, en tus ojos, en tus manos. Pienso en tu cuerpo, pequeño, y en todo lo que me has dado. Recuerdo la noche en que nos conocimos, lo despacito que susurraste tu nombre, la primera vez que me dijiste te quiero. Me atormento con tu figura empapada de lluvia esperando en el umbral de la puerta a que yo saliera a buscarte. Me estremezco una y otra vez con ese abrazo húmedo, frío, con ese susurro en mi oído… “Vida mía”, dijiste, y te equivocabas por completo. Yo no soy tu vida, nunca lo he sido. He sido para ti una muerte lenta, agónica, externa, porque es mi corazón el que se ha ido apagando, el que pronto dejará de latir. No te he regalado nada, y lo he esperado todo a cambio. No he tenido el valor suficiente para pedirte perdón, y no lo tendré jamás, a pesar de que duermas, porque a veces siento que, en tus sueños, escuchas mis pensamientos.&lt;br /&gt;Estas noches, tiemblo como un niño, muerto de miedo. Cuando estamos juntos escondo esa cobardía en una indiferencia que nunca te ha hecho desfallecer. Pensaba que si a mí me daba igual la muerte, a ti dejaría de importarte tarde o temprano, y acabarías por marcharte. Noto cómo te disgusta cuando dejo de lado todo el dolor y hablo del final del sufrimiento, de liberación, de alivio. Si supieras cuánto miedo tengo por marcharme de tu lado. Si supieras que, despierto, trato de evocar el calor de tu abrazo, el roce de tus dedos, el sabor de tus besos. Si supieras las ganas que tengo de quedarme quizá decidirías marcharte junto a mí. Y eso no lo puedo permitir.&lt;br /&gt;Se esfuma la noche. Toca arrojar al fuego de la mañana la careta de la verdad y esconderme en el valor que aparento por el día, cuando estoy a tu lado. Toca volver a pensar en la muerte como el final de todo, como el principio de tu vida. Toca buscar de nuevo tu debilidad, meter el dedo en la llaga. Cuando amanezca despertarás con una sonrisa, y yo volveré a despreciar tus primeras caricias, ésas que siguen ardiendo dentro de mí incluso horas después, y a elegir las malas palabras para reprender tus buenos augurios. Tengo que convertirme en algo que con el tiempo detestarás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, antes, cerraré los ojos bien fuerte, me olvidaré del ángel negro y volveré a decir en voz alta que te quiero. “Te quiero”. Más que a nada en mi vida, más que a nada en mi mundo, más que a la piel que me soporta. En la ventana, una figura oscura esboza una sonrisa dantesca y descuenta una hora más en su pensamiento. Queda una noche menos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5297676275317495689?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5297676275317495689/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5297676275317495689' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5297676275317495689'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5297676275317495689'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/06/vigilia-en-parte-capitulo-6.html' title='Vigilia (en parte, capítulo 6...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1494773169011111478</id><published>2009-05-28T02:53:00.000+02:00</published><updated>2009-05-28T02:54:19.898+02:00</updated><title type='text'>Martes (y también capítulo 5)</title><content type='html'>Siento lo que te hice. Siento lo que estoy a punto de hacerte y, sin embargo, no me cambiaría por ti. Porque si soy yo el que se queda, eres tú la que mueres, y si la muerte te persiguiera a ti significaría que ya no tenemos nada por lo que luchar. A decir verdad, ni siquiera sé si luchamos o aquella noche que nos mezclamos nos vino caída del cielo. Yo había perdido toda esperanza y tú… tú perdiste el resto de tu vida cuando me la regalaste, cuando decidiste despertar junto a mí. ¿Por qué no te marchaste? Quizá te retuvo la sensación de que nada podíamos perder, porque era muy poco lo que nos jugábamos. Yo, nada. Tú, tu mundo y el mío. Lo que va a quedar de él cuando yo me vaya.&lt;br /&gt;En medio de aquella mañana de aliento y sudor, dormimos como extraños. Nos lo habíamos dado todo en unas horas, y cuando el sol ardía ya en las calles de Madrid abrimos los ojos, apenas cogidos de la mano. Cada uno en una punta de la cama, con los dedos entrelazados, tu piel en mi piel. Desde ese día empezamos a descubrirnos el uno al otro, pero no a conocernos. Habíamos roto con un pasado que nada nos había dejado más que los posos de un dolor todavía latente, dispuesto en cualquier momento a brotar de alguna de nuestras llagas. Decidimos abrir las ventanas de nuestras vidas y airearlas, esperando que los vientos que soplábamos arrancaran de raíz toda la melancolía. Quería hablar, pero no sabía qué decir, y no recuerdo si dije algo o si todo transcurrió en medio de un silencio melódico. Tumbado de lado, con tu mano aún en la mía, te miraba, y tú me mirabas con una luz que todavía me deslumbra, aunque quizá ya no la conservas. Te la he arrancado yo, lo sé, también de eso soy culpable. Llorando llegaste a mí, y llorando te has mantenido a mi lado.&lt;br /&gt;Llevábamos un rato mirándonos cuando decidí que no quería luchar contra lo que iba a pasarnos. Tampoco sabíamos el final que ya se estaba escribiendo. Quizá fue tu gesto infantil, o la fragilidad con la que flotabas, la que me hizo lanzarme sin pensar a un cielo que no conocía, a sabiendas de que mi mochila llevaba un par de gotas de sudor, pero no un paracaídas. Me sacaste la lengua y te sentaste en la cama, de espaldas a mí, y recorrí con un dedo, casi sin tocarte, el cuerpo que ya me sabía de memoria. Te pusiste mi camiseta y desapareciste, descalza, por la puerta. Habías decidido que te quedabas.&lt;br /&gt;Y te quedaste, poco a poco, para siempre. Tu ropa llenaba mis cajones, tus libros poblaban mis estanterías, tu silueta dibujaba mi corazón. Sonreía cada vez que veía tus calcetines en el suelo, la toalla tirada en el baño, y fueron tus pequeños detalles los que fueron construyendo una empalizada que nos aislaba del mundo exterior. Te buscaba por los rincones de un piso pequeño, un palacio, para descubrirte sentada en el sofá, con las piernas encogidas y la barbilla en las rodillas, con los ojos cerrados y apretados escondiéndote en tu oscuridad. Creíamos que nuestro mundo era cada vez más fuerte, sin ver la grieta que lo resquebrajaba.&lt;br /&gt;Los primeros cascotes cayeron un martes. Lo nuestro siempre fueron los fines de semana. Al menos los domingos nunca me dolía la cabeza. Ese martes sí, pero aquella vez tú estabas allí conmigo. Fue la primera vez que me arrepentí por haber sido egoísta, por dejar que te acercaras a mí, por darte la opción de vivir a mi lado. No hacía falta que nadie me dijera que me moría para saberlo, lo notaba. Como mucho me hubieran puesto un plazo, y yo prefería que fuera la muerte la que decidiera cuándo era el momento de arañarme el pecho y llevarse con ella el último hálito de mi vida.&lt;br /&gt;Te oí subir las escaleras, y miré desesperado hacia la puerta. No quería que se abriera. La hubiera cerrado en ese momento para siempre si mi cuerpo hubiera reaccionado al resquicio de razón que se escapaba por los poros de mi fiebre. Estaba tirado en el suelo, empapado en un sudor frío que hacía que la camiseta se me pegara al cuerpo, y tenía los ojos vidriosos. Los notaba palpitar. Pero la puerta se abrió.&lt;br /&gt;-Vete.&lt;br /&gt;-¿Qué te…?&lt;br /&gt;-¡He dicho que te vayas!&lt;br /&gt;-Pero…&lt;br /&gt;-¡Que te vayas! ¡Vete y no vuelvas nunca!&lt;br /&gt;En ese alarido había reunido todas mis fuerzas. Agaché la cabeza y oí que la puerta se cerraba, y bajabas corriendo las escaleras. Desperté un par de horas más tarde, cuando ya caía la noche. Llovía. Estaba exhausto. Me levanté aún envuelto en una fiebre que ofrecía sus últimos embates, y decidí salir a la calle. Quería que la lluvia me empapara, que arrastrara todo el dolor que ya no me consumía, que se había marchado de momento dejándome la certeza de que pronto iba a volver. Baje las escaleras apoyado en la pared, tambaleándome. Gané el portal y tomé aire para salir a la calle. Abrí la puerta. Y allí estabas tú. Empapada, encogida, hecha un ovillo. Levantaste la mirada y la clavaste en mi frente, la noté, me dolió. Y llorabas. Era la primera vez, pero no sería la última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdí la noción del tiempo cuando te echaste entre mis brazos, aterida de frío. Te estreché y dejé que la lluvia descargara sobre nosotros toda la furia de una ciudad antipática que nos tenía atrapados en su lecho. En mitad de la calle. Abrazados. Llorando los dos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1494773169011111478?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1494773169011111478/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1494773169011111478' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1494773169011111478'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1494773169011111478'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/05/martes-y-tambien-capitulo-5.html' title='Martes (y también capítulo 5)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-40567555084888432</id><published>2009-05-22T01:31:00.000+02:00</published><updated>2009-05-22T01:32:13.420+02:00</updated><title type='text'>Amanecer (y por ello, capítulo 4)</title><content type='html'>Lo siguiente fueron los besos a quemarropa, las caricias atropelladas, tus dedos en mi espalda. Lo siguiente fue condenarnos a un futuro que no tenía futuro, a un pasado sin recuerdos. Encadenarme a ti como a la vida, una vida que no me pertenecía, que sin saberlo se me escapaba. Todavía recuerdo que tu pelo olía como el amanecer, y que tus manos revoloteaban por mi espalda. Fundidos en aquel abrazo, la ciudad se paró por completo, y todo sucedió para nosotros, por nosotros. Quizá para desgracia nuestra. Encontré tu mirada y no me atreví a hablar, tú tampoco encontraste las palabras. Lo único que nos unía en ese momento era una lágrima que resbalaba por tu mejilla, muy despacio, y que murió suspendida en mis labios. Fue la primera vez que probé tu sabor salado. Necesitaba algo de ti, aunque sólo fuera tu llanto.&lt;br /&gt;Hicimos el camino a casa envueltos en un turbio amanecer que no quiso molestarnos. Caminábamos en silencio, empapándonos de la mañana que caía sobre Madrid y que castigaba a sus prisioneros con otro día de sinsabores, quizá de alegrías efímeras, en cualquier caso de sufrimientos. Tú con mi chaqueta sobre los hombros, con los zapatos en la mano, y yo junto a ti, mirándote de vez en vez para asegurarme de que existías. Muchas veces me he preguntado qué te llevó hasta mí, por qué llorabas aquella noche y por qué elegiste mi taxi para perderte por la ciudad, para partir en dos una vida que te acababa de castigar y empezar otra que te dolería más adelante. Porque te va a doler. Ninguno de los dos lo sabíamos en ese momento pero alguien nos había impuesto por castigo un nuevo puño de hierro que golpeará tarde o temprano, y hará temblar los cimientos de eso que estábamos a punto de construir, de lo único ya que nos pertenece. A mí me llevará la noche, para ti quedará todo el dolor posible, el tuyo y el mío; llorarás tú todas nuestras lágrimas. Camino a casa, cogidos de la mano, decidí que nunca escarbaría en tu pasado. No quería saber los motivos que te habían llevado hasta mí. Me bastaba con saber que estabas.&lt;br /&gt;Llegamos al portal y saqué la llave de mi bolsillo. La iba a meter en la cerradura cuando tu mano detuvo la mía, y volví mi cabeza para verte. “Me llamo Laura”, dijiste, y tu aliento recorrió toda mi piel, y tu voz se clavó en mi alma, que desde entonces habla como tú, respira como tú, late como tú. Entramos en el portal y nos abrazamos en silencio. Me miraste, te miré, y me convertiste en tu esclavo. Recuerdo el roce de tus labios, ásperos como la noche, aún salados por el llanto. Recuerdo tu respiración entrecortada, tu pecho palpitando, arriba y abajo, a una velocidad desmesurada. Tus manos en mi cara. Tu cuerpo tirando de mí mientras subíamos las escaleras.&lt;br /&gt;Entramos en mi casa, desconocida para mí, porque nunca había albergado tanta luz. Caímos en la cama, entrelazados, sedientos, ardiendo de deseo. Te desnudé despacito mientras que tú, con los ojos cerrados, te dejabas hacer. Una caricia aquí, un beso por allá. Tu sonrisa. Tu aliento. Tu cuerpo desnudo ante mí. Mi condena.&lt;br /&gt;Lo siguiente fue tu sudor en mi piel, tus labios en mi cuerpo, mis manos y las tuyas descubriendo un nuevo día. No existía la ciudad, ni los coches, ni los pájaros, ni las sombras. Tampoco había rastro de la angustia que me consumía, habían desaparecido tus lágrimas. Sólo existía tu cuerpo, y el mío, luchando por ser uno solo. Sólo existía tu aliento, y el mío, llenando de calor la habitación. Sólo existía tu pelo, y el mío, que caía por mi cara y lo llenaba todo de ti. Sólo existía tu sabor, y no el mío, salado y luminoso como un amanecer en una cala. Y tus manos. Y tus dedos. Y tus uñas. Y tus labios. Y tus dientes. Tu piel, suave como la bruma, letal como el veneno. Sólo existían tus jadeos, y los míos, en una mañana extraña en la que conocimos por fin que la vida que perseguimos podía llegar a existir, justo en el mismo momento en que se nos empezaba a escurrir de las manos.&lt;br /&gt;Lo siguiente fue escupirnos mutuamente un amor a bocajarro. Dejar salir los posos que había dejado en nosotros la desesperación y batirnos juntos, sobre la cama, contra todo lo que podíamos revelarnos. Lo siguiente fue detener el tiempo, suspendido encima de ti, y probar todo aquello que siempre se me había negado. Lo siguiente fue devorarte, recorrer palmo a palmo tu piel y memorizar cada rincón, a sabiendas quizá de que aquello no duraría para siempre. Mirarnos el uno al otro y sabernos desdichados, y apretarnos para derrotar a un futuro que no nos soportaba. Lo siguiente fue formar parte de ti, sentirte dentro de mí, dejar que me enamoraras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo siguiente fue verte de espaldas, desnuda, sobre mi vida, con los rayos del sol que se filtraban por la persiana reflejando sobre tu piel. Y saber que, desde ese momento, viviría en ti, y tú en mí, y que estábamos perdidos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-40567555084888432?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/40567555084888432/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=40567555084888432' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/40567555084888432'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/40567555084888432'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/05/amanecer-y-por-ello-capitulo-4.html' title='Amanecer (y por ello, capítulo 4)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5041804944491151657</id><published>2009-05-19T01:18:00.001+02:00</published><updated>2009-05-19T01:18:53.871+02:00</updated><title type='text'>Noche (más que posible capítulo tres...)</title><content type='html'>Anochece muy deprisa en la ciudad cuando te pasas todo el día mirando al cielo. Supongo que buscaba algún tipo de señal que me dijera que llevaba el camino correcto, aunque ya hacía tiempo que me sabía descarriado. El invierno transcurrió muy rápido para mí, porque el frío de Madrid te congela también el alma y logra que tus nervios estallen en mil pedazos cuando bajas a la calle. Te quedas helado en medio de un mar de gente que ni siquiera lo nota, que camina deprisa, con el cuello encogido, y sólo deja ver unos ojos siempre atareados y que por mucho que corran nunca llegarán a tiempo. Empecé a dormir por el día, y a gastar las noches envidando a la luna una melancolía inagotable, mezcla de añoranza y desesperación. También comenzaron los dolores de cabeza, las punzadas en medio de la sien que me dejaban rendido, exhausto, y que al principio atribuí al desorden de una vida regida por el caos. Devoraba páginas de libros de los que nunca había oído hablar, y en todos encontraba una historia que me hubiera gustado vivir, porque la vida que estaba escribiendo apenas servía para llenar las hojas sueltas de un cuaderno.&lt;br /&gt;Floreció la ciudad con la primavera, pero no por ello me sentí menos culpable, o más aliviado. Al contrario. Los primeros rayos de sol condensaron el vacío que respiraba, y cada vez se me hacía más insoportable. Ahora apenas dormía, y por las noches caminaba una ciudad que titilaba conmigo silbando esa suave brisa que te eriza la piel, tarareando alguna vieja canción con el anhelo de que evocara algún recuerdo escondido. A veces me pasaba la noche andando. Sin rumbo ni dirección. No hablaba con nadie, ni entraba en ningún local. Metía las manos en los bolsillos de la cazadora y agachaba la cabeza con la esperanza de que si no os miraba desapareceríais de unas calles que sólo quería para mí. Sólo existían para mis oídos el ruido de mis deportivas arrastrando sobre el asfalto, y ni siquiera las luces de los coches que partían en dos la Gran Vía a toda velocidad lograban sacarme de mi ensueño.&lt;br /&gt;Una noche, la noche que todo empezó a terminar, fui a parar a unas calles sembradas de locales donde la gente derrochaba la juventud que yo había perdido hacía tiempo, sin mayor preocupación que la de no caerse al volver a casa. He de confesar que hubo un tiempo en que me atrajo el alcohol. Llenaba las noches y precipitaba la llegada del día y, aunque no podía soportar las resacas, nunca hubiera rechazado nada que me ayudara a envejecer deprisa. Es una buena forma que llamar a las puertas de la muerte, pero nunca me atreví a asomarme hasta el final. Siempre fui un cobarde.&lt;br /&gt;Esa noche, las fuerzas me abandonaron por completo. De repente, me paré en seco y sentí que todo había acabado, que nada tenía sentido. Es curioso, porque hacía meses que tenía la sensación de que mi vida estaba abocada a una deriva larga e insustancial, y pensaba que ya había llegado al punto de desesperación exacto en el que tu cerebro te abandona (‘ahí te quedas, chaval’) y tu corazón te da por imposible. Pero no. Había caminado durante mucho tiempo por esa fina línea que separa la locura de la lucidez, pero esa noche tropecé y caí en los brazos de las tinieblas.&lt;br /&gt;Me puse de rodillas en el suelo y traté de respirar profundamente. Tenía nauseas. Notaba cómo en mi estómago se forjaba un último aliento que luchaba por salir a través de mi garganta, pero reprimí el vómito por el miedo a quedarme sin nada. El miedo era lo único que tenía. Otra vez la cobardía. Miré en los bolsillos y conté el dinero que llevaba. Paré un taxi y abandoné toda superstición: subí, por primera vez en mi vida, por el lado de la izquierda. Quería estar detrás del conductor, porque si veía nítidamente mi cara hubiera visto un espectro. Y, entonces, cambió todo.&lt;br /&gt;Íbamos a arrancar cuando se abrió la puerta y entró ella. No dijo nada, sólo lloraba. Ni siquiera alcancé a verle la cara porque la tenía tapada con su pelo moreno, pero desde ese mismo instante, no sé cómo, supe que estaba perdido. Apenas arrancó un sollozo para dejar escapar un aliento dulce, melódico. “A la Plaza de España”. El taxista me miró, pero yo sólo tenía ojos para ella. No habló en todo el trayecto, sólo lloraba. No quería preguntar nada por si se esfumaba de mi vista, como una ensoñación. Diez minutos después pagué la carrera y dejamos atrás el taxi.&lt;br /&gt;Caminé detrás de ella hasta el Templo de Debod, y dejamos las ruinas a la derecha. Era unos veinte centímetros más bajita que yo, y casi me costó seguir su caminar enérgico y decidido. Llegó hasta el final del parque y se apoyó en la barandilla, con medio Madrid a sus pies. Juro que si hubiera saltado, hubiera ido detrás sin pensarlo un solo instante. Todavía la oía llorar. Reduje el paso y me acerqué despacio, muy lento. Entonces se volvió y me miró por primera vez, con unos ojos color almendra inundados por un velo de lágrimas. Aún temblaba por el esfuerzo del llanto. Apoyó la cabeza en mi hombro, y la abracé. Estaba amaneciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche en que le perdimos el miedo al miedo fue tan corta, que dura todavía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5041804944491151657?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5041804944491151657/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5041804944491151657' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5041804944491151657'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5041804944491151657'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/05/noche-mas-que-posible-capitulo-tres.html' title='Noche (más que posible capítulo tres...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-308672527012640294</id><published>2009-05-08T02:04:00.000+02:00</published><updated>2009-05-08T02:17:39.574+02:00</updated><title type='text'>Madrid (capítulo dos, por qué no...)</title><content type='html'>Mi historia sólo se explica por los errores que cometí. Retratan mis pasos las veces que tropecé. Esquivé las miserias que querían golpearme, pero todas dejaban un poso debajo de mi piel, y me obligaban a arañarme hasta arrancármela a jirones. Se puede decir que pasé del todo a la nada cuando llegué a una ciudad que no perdona ningún desaire. Madrid te devora sin que lo notes, se alimenta de las almas de gente como yo. Sería muy poético decir que arrastré mis sueños en un petate, pero en la historia que narro no hay sitio para licencias. El final es conocido, la muerte, y la muerte no tiene nada de poético. Da igual lo que hayamos leído sobre ella. Duele siempre. Quizá no físicamente, pero desgarra el corazón que se lleva por todo lo que deja inacabado. No. Conocí Madrid cuando empezaba a dejar de ser un niño y aspiraba a convertirme en un hombre, pero no me dio tiempo a decidir cómo quería ser, qué quería sentir. El primer zarandeo de la ciudad me dejó sin respiración. Los siguientes convirtieron mi caminar en un zigzagueo errante y me convirtieron en lo que ahora soy: un aspirante a cadáver ajado y sin solemnidad. Traje, eso sí, un puñado de ilusiones, pero me las tuve que tragar al doblar la primera esquina. No caben los sueños en una ciudad que destila pobreza en la puerta de El Corte Inglés, que te ofrece un atajo al abismo en cada boca de metro, que te muestra muchísimas soluciones para problemas que aún desconoces. Madrid. La capital de mi destierro. El principio del fin de una vida, la mía, que soñó alguna vez con el sol en el horizonte, y que sólo encontró el cielo ceniciento de un paisaje desolado. Aun así, en un arranque suicida, me enamoré de Madrid. Bailé con ella una noche un vals atronador, de destellos afilados, y quedé prendado de un rocío que nunca llegaba. Me dolió tanto que no podía vivir sin ella. Aún hoy no sé si me mata esta enfermedad que me vacía, o aquel veneno que me inoculó una ciudad sin gente, sin piedad, sin un hueco para mí. No hace falta decir que la facultad tardó muy poco en escupirme a la calle, y que ambos nos dimos por imposibles. Apenas me sentaba en las mesas, me veía rodeado de gente cargada con una maleta de sueños. ¡Qué injusticia! A mí me habían robado los míos sin darme opción a recoger siquiera las migajas. Miraba sus caras, odiaba sus sonrisas, envidiaba el destello de luz que todavía irradiaban sus ojos. No tardó en asaltarme un claustrofóbico ataque de melancolía cada vez que ponía un pie en una clase. Sólo me apetecía caminar. Dejar que la ciudad siguiera hurgando en lo más hondo de mí, haciéndome sangrar a borbotones una vida a la deriva. Andaba por las calles empedradas de los barrios más oscuros de Madrid, aquellos que huelen a guerra civil porque nadie se ha preocupado de abrir las ventanas para airear el ambiente con los vientos cosmopolitas de la modernidad. En cada pisada, en cada huella que dejaba, se me escapaba un despojo de mi pecho, y mi corazón latía más despacio mientras la ciudad me preguntaba de qué era capaz. De nada. Sólo de andar. Ni siquiera tenía un rumbo. Asumí desde el primer paso que mi brújula era la deriva, y me dejaba llevar por la música que sólo sonaba en mi cabeza. Todo iba bien, moría a cada paso y asumía en cada esquina un puñado de mi derrota. Me la tragaba. Auténticos tragos de arena que todavía hoy me vuelven rugoso el paladar. Pero Madrid es una ciudad cruel, no te deja morir fácilmente. A mí me abrió el túnel del abismo y esperó a que me adentrara en la más profunda oscuridad para poner ante mí un brillante haz de luz. Fue en las calles de esa ciudad en las que encontré un mar de lágrimas que escondían una sonrisa radiante, plena, conmovedora. Fue en las calles de Madrid en las que me topé con unos ojos que no miraban, sometían, poseían cuanto abarcaban. Fueron las calles de Madrid las que obligaron a mi pecho a latir a mil por hora, movido por una caricia suave pero firme, con el efímero sabor de la eternidad. Me hizo desear la muerte antes de entregarme un clavo ardiendo, en forma de mujer, del que ahora no me puedo despegar. Fue Madrid la que me entregó a Laura…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madrid ya tenía mi alma, pero quería también mi corazón…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-308672527012640294?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/308672527012640294/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=308672527012640294' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/308672527012640294'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/308672527012640294'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/05/madrid-capitulo-dos-por-que-no.html' title='Madrid (capítulo dos, por qué no...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-2812437284290220563</id><published>2009-05-04T00:57:00.000+02:00</published><updated>2009-05-04T00:58:20.152+02:00</updated><title type='text'>Enfermedad (quizá capítulo uno...)</title><content type='html'>Sufro la constante persecución de un pasado que me atormenta, los embates de una vida que me castiga a cada paso que doy. Ni siquiera la muerte será alivio para la condena que me ha impuesto el destino, porque mi partida hará desdichada a la única persona a la que nunca he querido dañar, a la persona a la que nunca he querido querer, a la persona que he amado con toda mi alma.&lt;br /&gt;Soy de naturaleza huraña, pero tengo la virtud de tenerlo bien aprendido. No hay peor arisco que aquel que se considera afable, ni peor puñalada que la que no te esperas. No es mi caso. No quiero a nadie a mi alrededor porque no soporto a nadie a mi alrededor, porque de mi cuerpo no se desprende calor y es dolor todo lo que irradia mi espíritu. Hace tiempo que decidí viajar solo por una vida que me despreciaba casi con tanta fuerza como yo la despreciaba a ella, porque aprendí muy pronto que se vive como se sufre, y yo he sufrido demasiado. Quizá por eso alejaba de mí a cualquiera que quisiera tenderme una mano, a quien se acercara a enjugar unas lágrimas que hace tiempo que no lloro. Sólo llora quien tiene sentimientos, y para eso hay que tener corazón. El mío me lo arranqué hace años, y lo guardo en una caja para que me entierren con él cuando me muera. Lo que palpita dentro de mí es simplemente un reloj que descuenta minutos para enviarme a la tierra que nadie me prometió, pero que sé que me espera. Oigo como deja caer cada segundo sobre la certeza de que mi tiempo se agota, que mi vida se extingue. Lo saben los que me rodean, y lo intuyen aquellos con los que me topo por la calle, porque hace tiempo que en mi cara llevo impreso el sello de la muerte.&lt;br /&gt;No puedo decir que en el fondo no ansíe la visita de la parca, y a menudo sueño con el reflejo de la guadaña en el cielo de una boca negra que viene para tragarme y arrancarme de un mundo que detesto y de una vida que me detesta. Sólo un tibio tacto sobre mi piel evita que yo mismo usurpe el papel del maligno y envíe mi vida a las tinieblas. Un susurro que en la noche llena el cielo de música y dicta el compás de las estrellas. Sólo porque ella duerme junto a mí hago un verdadero esfuerzo por mantenerme vivo.&lt;br /&gt;Sabe dios que he intentado por todos los medios apartarla de mi lado. La he convencido de engaños que nunca he sido capaz de cometer, y he intentado hacerle un daño que sólo deseo para mí. Verla salir por la puerta con la promesa de no volver sería un dulce trago de cicuta que pondría fin a mi vida de una manera digna, pero cada vez la siento más cerca de mí, y sé que su alma nunca me abandonará del todo. El final se acerca, demasiado despacio para mí, demasiado deprisa para ella. Nunca me dejará marchar porque ha prometido recordarme para siempre, y un día leí en no sé qué libro que vivimos mientras nos recuerdan. Quiero que me olvide, y lo he intentado todo para conseguirlo. Y en cambio, aquí está ella, con su mano cálida en mi frente, sujetándome la cabeza mientras vomito sobre la taza los últimos estertores de una vida que me abandona, que fluye para siempre desde un cuerpo que agoniza presa de una enfermedad que hasta hace unos meses no sabía ni pronunciar, y que ahora lo dice todo de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me muero. Yo lo sé. Ella lo sabe. Y aun así sigue a mi lado...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-2812437284290220563?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/2812437284290220563/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=2812437284290220563' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2812437284290220563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/2812437284290220563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/05/enfermedad-quiza-capitulo-uno.html' title='Enfermedad (quizá capítulo uno...)'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1159292395631171181</id><published>2009-04-27T01:30:00.000+02:00</published><updated>2009-04-27T01:31:20.892+02:00</updated><title type='text'>Punto y seguido</title><content type='html'>Camino con el rostro apagado y la mirada vacía, fija en un suelo que me sobrepasa. Sé que el resto de la gente me mira, pero yo sólo pienso en ti. Incluso en mitad de la multitud es tu voz la única que oigo, tus ojos los únicos que se me clavan. Imagino que estás escondida en alguna parte y que me miras, y que te burlas de mí. Te ríes de esto en lo que me he convertido, en lo que me has convertido. Te ríes porque sabes que tu risa aún me quema la piel, que tu aliento me abrasa por las noches el alma. Por eso, ahora que el sol busca en el horizonte la tregua de la oscuridad, es cuando más me duele todo, cuando mi cuerpo vomita vaharadas de dolor que dejan en mi garganta un rastro amargo, como de hiel, y cuando arrastro los pies en busca del valor que me robaste. No te escribo mientras ando, desde luego, pero es que he visualizado esta noche durante mucho tiempo, y sé cómo me voy a sentir y cómo voy a reaccionar. Lo que no tengo tan claro es qué efecto tendrá en ti lo que me propongo a realizar. Ahora, bajo la luz de una oxidada lámpara de mesa, quemo sobre el papel los resquicios de una fiebre que no me deja dormir. Me he levantado, como tantas noches, sobresaltado, envuelto en un sudor frío que ha empapado las sábanas, convirtiendo mi lecho en un rincón desapacible. Otra vez con el corazón a mil, palpitando, porque cree haber sentido tus dedos recorriendo, despacio, muy despacio, mi espalda. De arriba hacia abajo. Apenas un suave tacto que nació en la nuca y acarició toda mi espina dorsal. Te sentí cálida, como antes, y a tu paso se trizaba mi médula y enloquecían todos mis nervios. Y no he podido dormir. Ya ves, voy a pasar mi última noche en vela. Cuando termine de escupir mi dolor en este pedazo de papel leeré hasta quedar extenuado. No necesito fuerzas para afrontar mi último día; nada quiero llevarme al otro lado. No necesitaré abrir los párpados allá donde todo es oscuridad, y no necesitaré mis manos para aferrarme con fuerza a la nada. Como ves, deliro, no encuentro coherencia en mis palabras. Tampoco la hallarás en mis actos, y no creo que cuando termines de leer esta carta hayas encontrado alguna explicación. La deberás buscar en lo más hondo de ti, que es donde guardas todo lo que me robaste. Aguanta un poco más. Estoy a punto de poner un punto y seguido que será para mí un punto y final. No quiero con estas palabras convertirte en culpable de mi muerte, porque no serás tú quien apriete el lazo en torno a mi cuello; pero es que no quiero que mi partida no sirva para nada. Te deseo todo lo mejor… todo aquello que no me diste… todo lo que te guardaste para ti. Yo, en cambio, sí que me abrí por completo. Si no, nunca hubieras llegado a coger mi corazón, a tenerlo en tus manos, a tirarlo sin piedad sobre un lecho de cristales. Quizá estos sinsentidos te arranquen una lágrima. A mí no me quedaron. Ni siquiera podré llorar por la vida que se me va, porque mi alma está seca. Te lloré más que nadie, porque como nadie te quise, y como nadie te perdí. Mi último pensamiento será para ti; mi último aliento tendrá tu sabor… en mi último estertor pronunciaré tu nombre muy bajito, para que me puedas oír… No cargues con una culpa que sólo me pertenece a mí, y si has llegado hasta aquí, consuélate… me marcho aliviado…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1159292395631171181?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1159292395631171181/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1159292395631171181' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1159292395631171181'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1159292395631171181'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/04/punto-y-seguido.html' title='Punto y seguido'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1581759877627769442</id><published>2009-03-30T21:12:00.000+02:00</published><updated>2009-03-30T21:26:53.617+02:00</updated><title type='text'>Tránsito</title><content type='html'>Había pateado casi toda la ciudad sin éxito antes del anochecer, así que su misión tendría que esperar. No estaba acostumbrado a volver a casa frustrado, pero se resignó a dormir esa noche con la sensación de fracaso rondándole la cabeza. En realidad, nadie le había encargado ese trabajo, pero si quería ser el mejor en lo suyo no podía dejar que nadie le pisara los talones. Al fin y al cabo, él se consideraba un artista, porque si nacer es el milagro de la vida, matar era para él un arte. Cualquiera puede segar la vida de otra persona, pero hacerlo con maestría requería cierta preparación y altas dosis de sangre fría. Nunca había dejado que nada le nublara el pensamiento cuando hacía que el frío de la hoja se hundiera en el cuello de su víctima, y aspiraba poco a poco la vida que al otro se le escapaba. Prefería los puñales porque favorecían el cuerpo a cuerpo, y le gustaba notar la sensación del alma abandonando la tierra, perdiéndose hacia el cielo o en busca del infierno, según las circunstancias. Primero, la víctima se ponía rígida, y boqueaba como un pez en busca de un hálito de vida que ya no era tal, como si quisieran luchar contra lo inevitable. Luego la sensación de flojedad, el desplome, la nada. La muerte. Se estremeció con solo pensarlo, y sintió que el implacable ansia de matar se hacía dueño de su cuerpo, subiendo por su médula espinal y sacudiéndolo por completo. Todo iba bien hasta hace dos meses. Alguien estaba sembrando la ciudad con la sangre de cadáveres que bien podrían llevar su firma, pero que no le pertenecían. Desde entonces, su única obsesión era encontrar a la persona que había decidido hacerle sombra y procurarle la muerte que merecía. Eso sí, antes quería hacerle unas preguntas. No le importaba cómo ni por qué, pero quería saber qué siente un asesino a punto de ser asesinado. Llegó a la puerta de casa y echó un último vistazo a la calle en busca de una cara desconocida, un gesto no familiar, algo fuera de lo normal. Ya era de noche y una luna radiante iluminaba las calles de una ciudad cuyo ajetreo se iba reduciendo lentamente, como un corazón cansado que buscara el reposo latido a latido. Subió las escaleras despacio, pesadamente, pensando dónde iba a buscar al día siguiente, qué calles recorrería en busca de ese alma descarriada con la que compartía su pasión por la muerte. Abrió la puerta del apartamento y lo encontró todo en calma. Había fantaseado con encontrarlo en su casa, sentado en el sillón, esperándole en la penumbra como en las películas. Se fue derecho a la nevera y cogió la botella de leche. Le dio un largo trago antes de apoyarse con las dos manos en la encimera. Entonces se dio cuenta. Un mínimo detalle, tan leve que incluso a él, tan cuidadoso como era, se le había escapado. El bloque de madera donde guardaba los cuchillos de cocina estaba ligeramente desplazado. Todos seguían ahí, pero desde su posición no llegaba a coger ninguno, cuando lo normal era que los tuviera todos a mano. Agachó la cabeza y sonrió levemente cuando percibió por el rabillo del ojo el destello de un puñal que desafiaba las sombras de la estancia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no era el mejor, y, resignado, se dio la vuelta para abrazar las cuchilladas...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1581759877627769442?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1581759877627769442/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1581759877627769442' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1581759877627769442'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1581759877627769442'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/03/requiem.html' title='Tránsito'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4666924514449814919</id><published>2009-03-02T21:05:00.000+01:00</published><updated>2009-03-02T21:15:17.497+01:00</updated><title type='text'>El acuerdo</title><content type='html'>Asomaban entre las nubes las primeras sombras de una noche que se adivinaba lluviosa y en la que el viento silbaba por las rendijas una letanía triste y oxidada, que a ratos recordaba a un arrebato sincero de soledad. Y en su casa, desde luego, lo parecía. Sólo el desorden rompía la monotonía de un hogar sin vida, de una estancia desprovista de todo calor. Sobre la mesa, un montón de papeles apilados, cuartillas a medio escribir, hojas garabateadas en busca de una melodía evocadora. Al lado, de cara a la pared, una mesilla con una vieja máquina escribir, fatigada quizá de vomitar desgracias, y un folio en el carrete esperando recibir la comunión de la tinta. Un cenicero vacío, la luz tenue de una lámpara de mesa. Y nada más. Todo teñido de una soledad que desespera. En la cama, boca abajo, dormía como quien yace. Casi ni se le oye respirar. Siente que camina sobre un lecho de cristales rotos, y carga sobre sus hombros con el peso de un pasado que nunca muere. Sabe adonde se dirige aunque su mente no lo quiera admitir. Hace tiempo que su corazón ha tomado la decisión por él y es su pulso el que rige su destino. Proyecta sobre la tierra una sombra amarga y sombría, un eco de una personalidad disuelta en lágrimas. Y sigue tras él su fiel silueta negra, a punto de conocer un final que no esperaba. Cada paso que avanza va notando el calor que desprende su destino, la cárcel de cera que le espera en el horizonte. No será para él. No esta vez. Ya ha vendido su alma en busca de una nueva oportunidad, una musa pasajera que le devuelva la gloria que siempre le ha sido esquiva. Y está dispuesto a entregar hasta lo más hondo para escapar del sumidero que amenaza con engullirle. A pesar del calor, puebla su frente el sudor frío de quien se enfrenta a lo inevitable cuando se asoma al borde de un enorme caldero rebosante de cera fundida. Allí sellará su acuerdo con las tinieblas, y empezará a morir en vida. Entre lágrimas calladas, descose poco a poco su sombra de los talones, mientras percibe en la oscuridad de su rostro una mirada de incredulidad. Ni siquiera se concede un margen para la despedida, ni para el recuerdo, ni siquiera para el olvido. Cerró los ojos al arrojar su alma al caldero hirviente, y se forzó a no abrirlos hasta que todo hubiera pasado. Le traicionaron sus fuerzas, y abrió los ojos de par en par para ver cómo una mano negra, oscura, clamaba clemencia al tiempo que se hundía hacia el fondo. Sintió cómo el dolor trizaba sus nervios y paralizaba su médula espinal, y en un arrebato de cólera se arrancó los ojos y los arrojó también a la cera fundida. Despertó bien entrada la mañana con las sensaciones de haber padecido un sueño convulso. Las sábanas estaban manchadas de sangre seca, y tenía los pies agrietados. Ni siquiera intentó abrir los ojos porque sabía que sus cuencas estaban vacías. Estaba ciego. A su lado, en busca de los primeros rayos de sol, estaba su alma encerrada para siempre en una prisión de cera. Había sellado el pacto con las tinieblas, y ahora sólo tenía que esperar a que la gloria recordara el camino de regreso a su casa. Se sentó en la cama y lloró con todas sus fuerzas...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4666924514449814919?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4666924514449814919/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4666924514449814919' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4666924514449814919'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4666924514449814919'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/03/el-acuerdo.html' title='El acuerdo'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4279486769032812495</id><published>2009-02-18T13:11:00.000+01:00</published><updated>2009-02-18T13:20:25.947+01:00</updated><title type='text'>Flashback</title><content type='html'>Llegan momentos en la vida en que es inevitable hacer balance. Creo que estoy en uno de ellos. Acabo de cumplir 25 años, un cuarto de siglo, y con suerte habré consumido ya un tercio de mi vida. Por eso, quizá es el momento de mirar atrás y ver cómo éramos hace tiempo. Nieves, una amiga que casualmente trabaja conmigo, me animó sin querer a dar el paso. Lo he decidido, lo voy a hacer. Después de todo, este es mi blog, y no está de más conocer sus verdaderos orígenes. Empecé a escribir cuando tenía 13 años, y entonces intentaba hacer algunos poemas decentes. No voy a juzgar si eran buenos o no, eso está en vuestra mano. Me he decidido a publicar en el blog algunos de ellos, de vez en cuando. Eso sí, no esperéis una métrica medida, ni siquiera un estilo propio ni una corrección... Al fin y al cabo, tienen el estilo de un chaval de 15 años... Los publico tal y como los escribí, rescatados de un pequeño cuaderno que llevo siempre conmigo, incluso pondré la dedicatoria que llevaron en su día, por si entras y los lees, y recuerdas que eran para ti...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LLANTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy reniego del mundo,&lt;br /&gt;hoy mi soledad, carcelera altiva&lt;br /&gt;pierde mi alma en cada segundo,&lt;br /&gt;daña mi corazón, meditabundo,&lt;br /&gt;como un velero a la deriva&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;he perdido cuanto tenía,&lt;br /&gt;todo lo que en esta vida ansiaba,&lt;br /&gt;perdí su sinceridad, su alegría,&lt;br /&gt;todo se va con su compañía,&lt;br /&gt;todo lo que fuertemente aferraba&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y aun así mi corazón con paciencia&lt;br /&gt;recuerda tu rostro con penura&lt;br /&gt;mide mi alma su inconsciencia,&lt;br /&gt;paga con gritos las consecuencias,&lt;br /&gt;desgarrados reflejos de bravura&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;sordo estampido, grito sonoro,&lt;br /&gt;daña un reflejo de mi memoria,&lt;br /&gt;miro tu foto, tu amor imploro,&lt;br /&gt;repito tu nombre como un loro,&lt;br /&gt;deshago los nudos de nuestra historia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;lloro con fuerza, amor mío,&lt;br /&gt;lloro, y mi esperanza diezmo,&lt;br /&gt;por volver a sentir tu tacto frío,&lt;br /&gt;por notar tu cuerpo junto al mío&lt;br /&gt;lloro, lloro y duermo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Para C, 1999&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4279486769032812495?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4279486769032812495/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4279486769032812495' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4279486769032812495'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4279486769032812495'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/02/flashback.html' title='Flashback'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-1527871505185961042</id><published>2009-01-26T14:31:00.000+01:00</published><updated>2009-01-26T14:32:22.843+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='silencio'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='invierno'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='tarde'/><title type='text'>Tarde de invierno</title><content type='html'>No recuerdo muy bien cómo acabó, pero sí que empezó de la manera más tonta. Consumía las tardes de enero entre libros, intentando buscar algo que estimulara mi mente y me hiciera sentirme más vivo. Soy así, necesito estímulos externos que me demuestren que existo, porque rara vez tengo capacidad para dejar mi huella en algún lugar. Creo que devoraba en esos momentos el machismo de Bukowski cuando reparé en el sonido que teñía de luz aquella tarde de invierno. Desde que llegué aquí, los inviernos son más fríos, y los veranos más cortos. Es el precio que pago por tu ausencia. La verdad es que hacía días que oía sonar aquellos acordes, pero nunca le había dado la menor importancia. Pero aquella tarde sonaban especialmente tristes, como si cada vez que sus dedos tañían las cuerdas, sus ojos se regalaran una lágrima. Cerré el libro y me dejé llevar por aquella melodía que hacía aún más bucólica una tarde vacía y triste. Y me propuse averiguar quién lloraba a través de esa guitarra. Avancé por el pasillo decidido, pero perdí todo el valor cuando cerré tras de mí la puerta del piso. Subí vacilante las escaleras y agudicé el oído esperando identificar de dónde salía aquella canción. La tercera puerta de la izquierda. Tragué saliva y respiré profundamente antes de tocar con los nudillos, lo suficientemente flojo como para que no me oyera. Esperaba sentirme reconfortado, pensar eso de ‘por lo menos lo has intentado’, pero mi desasosiego fue a más. Allí, junto a la puerta, las notas me llegaban con toda su nitidez, y si antes la melodía evocaba, ahora estaba haciendo estragos. Llamé con todas mis fuerzas y la música cesó. Me preparé para lo peor. La reconocí, y me reconoció. Nos habíamos cruzado alguna vez en el ascensor, y apenas habíamos intercambiado un manido ‘buenos días’. Ahora estábamos frente a frente, mis ojos clavados en sus ojos negros. Se apartó a un lado y me dejó pasar. No hicieron falta palabras. En su rostro leí lo que ella llegó a percibir también en el mío. Nos necesitábamos. Nos besamos con furia pero sin apenas sentimiento, y caímos entrelazados en el sofá. Aquella tarde de invierno, dos tristezas formaron una sola, y solo su aliento se atrevió a contradecir aquel silencio invernal. Ahora que lo pienso, sí que sé como acabó. Cubierta apenas por una sábana, cogió su guitarra y comenzó de nuevo a tocar. Yo me vestí despacio, y me fui como llegué, sin decir una palabra. Ya no la necesitaba, ni ella me necesitaba a mí...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-1527871505185961042?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/1527871505185961042/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=1527871505185961042' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1527871505185961042'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/1527871505185961042'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2009/01/tarde-de-invierno.html' title='Tarde de invierno'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-3761464892137629457</id><published>2008-12-18T17:32:00.000+01:00</published><updated>2008-12-18T18:12:42.895+01:00</updated><title type='text'>Escupir recuerdos...</title><content type='html'>El frío tiene algo mágico que eriza el alma a la par que la piel. Será que el aire de invierno susurra con ecos lejanos, o que todavía mi bufanda sigue oliendo a ti, pero las luces de navidad que desafían la oscuridad de la noche me devuelven a esa juventud pretérrita, perdida para siempre, en la que el amor era una licencia y soñar algo obligatorio. Las tardes eternas en el bar de siempre, con la música de siempre y el camarero de siempre, en las que dejábamos languidecer el día y abrazábamos la nueva noche pegados a una taza de café. Apenas sabíamos nada del mundo, y nuestras monedas aún giraban en el aire decidiendo de qué lado caer. La tuya salió cruz. Lo sabemos ahora, años después, cuando la vida nos ha golpeado con toda su dureza, a ti con el dolor y a mí con el olvido. Ahora que nuestro futuro está a la vuelta de la esquina, y los años son una condena que va matando ilusiones y convierte los sueños en recuerdos, el presente en pasado y el mañana en un hoy que ni siquiera nos ha dado tiempo a planear. Sí, tu moneda salió cruz, quizá porque fui yo quien la lanzó. No recuerdo de qué lado cayó la mía, pero estoy decidido a lanzarla de nuevo. Lo haré en cuanto acabe de escribir esta carta que nunca te mandaré, cuando concluya estas líneas que tú nunca leerás, y que me duelen como si las estuviera escribiendo con mi propia sangre. No sé hacia dónde me llevan las palabras que vomita mi alma, porque de eso se trata, sólo de escupir recuerdos. Sé que nacieron de ti, y eso significa que van a doler. Sólo conozco un lugar, y es el Madrid que descubrí contigo. El Madrid que sabía a posguerra, la capital de calles empedradas, barios intrincados y cuestas interminables que nos llevaban sí o sí a la Gran Vía. Las luces de neon no lograban matar del todo nuestro sentir añejo, porque lo nuestro siempre tuvo un sabor antiguo, quizá porque nunca llegó a existir, quizá porque tan sólo duró unas horas. Fue en la noche que nos dejamos la vida en el armario y nos disparamos sobre la cama un amor a quemarropa, tan efímero como el aliento que compartimos. No lo sabes, o sí, pero se me pasó la noche viéndote respirar. Repasaba con mis dedos las gotas de luz que se filtraban por la persiana y encontraban reflejo en tu piel, morena, desnuda. Se me fue la luna oyendo latir un corazón que jamás sería mío, recordando palmo a palmo el cuerpo que poseí apenas unos segundos, y que el amanecer tornó inalcanzable. Luego, otra vez el frío, el aire, las luces de Navidad. Otra vez los recuerdos, el olvido. Otra vez el viejo café, la música, el camarero...las noches en blanco, como ésta, en la que me he sentado a escribirte porque necesito saber que aún existes. Sobre todo, porque en el fondo creo que no has existido nunca, que no te pareces en nada a mi vida, o que tienes varios pedazos de ella. Quizá sólo seas el fruto de este terrible dolor de cabeza que me permite delirar, y juntar en tu recuerdo los trozos de aquellas a las que no olvidaré nunca. Quizá sólo te haya construido con retales de mi pasado, o te esté deseando para el futuro. O quizá sólo seas unas líneas febriles en un viejo cuaderno, porque, al fin y al cabo, de eso se trata, de escupir recuerdos...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-3761464892137629457?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/3761464892137629457/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=3761464892137629457' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3761464892137629457'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3761464892137629457'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/12/escupir-recuerdos.html' title='Escupir recuerdos...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-4477735046377920374</id><published>2008-12-12T11:13:00.000+01:00</published><updated>2008-12-12T11:38:16.388+01:00</updated><title type='text'>Nieve</title><content type='html'>La nieve. No le gustaba la nieve. Odiaba la nieve. No era por ese ruido que hacía al crujir bajo sus pies, y que paso a paso le sacaba de quicio. Tampoco por el frío que había entumecido sus dedos, ni por el agua que empapaba sus calcetines. Odiaba la nieve porque no era como en las películas. De pequeño creía que se trataba de un manto blanco, como de algodón, que hacía que las ciudades olieran a invierno. Pensaba que podría cogerla entre sus manos y sentirla, darle forma y arrojarla lejos, en medio de un montón de risas que anunciaban el inicio del juego. Como en la tele. Pero no. La nieve es sucia. Cae al suelo y se llena de tierra, pierde todo lo que tiene de puro. Como los recuerdos. Como el futuro. Quizá de pequeño soñó demasiado. En su mundo de nieve de algodón pensó en una vida para él, en un lugar para él, en una persona para él. Nada. Ni siquiera tenía identidad. Sólo había conocido el amor a través del dolor más intenso, sólo cuando realmente se fue comprendió que la amaba. Sólo cuando realmente se fue comprendió que ya no era nada. Cuando ella se marchó se llevó toda su vida. También se llevó su hogar. Hace años sentía la ciudad como suya, y arañaba en todos los rincones un pedazo de su piel para sentir como la ciudad sentía. Oyó un ruido a su espalda y apretó el paso instintivamente, casi sin reconocerse en ese efímero acto de valor. Hoy la ciudad no le susurraba nada, y sentía en sus rincones la indiferencia de un extraño. No había una chica para él, ni había un lugar para él. Ni siquiera tenía una vida para él porque su vida ya no le pertenecía. No estaba en sus manos. Por eso no le gustaba la nieve, porque saboreaba en ella el valor de lo que no fue, la rabia de lo que pudo haber sido. Y porque en aquel manto blanco que cubría la ciudad, y efectivamente hacía que en ella se respirase el invierno, la sangre que manaba de su pierna dibujaba un reguero rojo que conducía directamente a él, y dibujaba un mapa perfecto para los que le seguían. Se palpó la herida con la mano congelada, y apenas sí pudo sentir el calor de la vida que se le escapaba, antes de oírlos detrás de él. No acertó a llorar, y se sentó en la nieve. La nieve... no, no le gustaba la nieve. Odiaba la nieve...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-4477735046377920374?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/4477735046377920374/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=4477735046377920374' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4477735046377920374'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/4477735046377920374'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/12/nieve.html' title='Nieve'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7403757279838078631</id><published>2008-11-21T17:09:00.001+01:00</published><updated>2008-11-21T17:12:56.714+01:00</updated><title type='text'>Un extraño con recuerdos</title><content type='html'>Las notas del piano hacían temblar las volutas de humo que inundadan el local, y conferían a aquel lugar un aire plácido de madrugada. Fuera llovía, pero dentro sólo se escuchaba el tenue murmullo de la gente, y, por encima de él, la voz despiadada de una cantante que vomitaba himnos de esperanza y que, de vez en vez, dirigía una mirada furtiva, entre la curiosidad y la lujuria, a las mesas que ocupaban la platea.&lt;br /&gt;Reconoció vagamente la melodía, pero no acertó a identificarla. Sentado, solo, en un rincón del bar, recorría con su dedo el borde de la copa, antes de apurar el whisky y hacer una seña al camarero para que volviera a llenarla. Había soñado muchas veces con un lugar como aquel, pero nunca en aquellas circunstancias, jamás rodeado de aquella soledad que empezaba a consumirle.&lt;br /&gt;Se había imaginado en la misma mesa que ahora ocupaba, tarareando la melodía al oído de una mujer que se estremecía con cada jirón que sus dedos dibujaban en su espalda, acompañando con besos los silencios de la cantante, la misma que ahora aprovechaba una pausa para tomar un sorbo de agua.&lt;br /&gt;Esa mujer no había existido, ni ahora ni nunca. No encontró jamás, en sus efímeras compañeras, nada que le invitara a quedarse más allá de una noche, una semana, un mes; y terminaba desapareciendo, sin decir nada, caminando despacio en mitad de la noche, mientras el eco de sus pasos inundaba los rincones de alguna calle vacía.&lt;br /&gt;Miró por la ventana y dejó que sus recuerdos se empaparan de aquella lluvia que caía a la vez en todos los lugares. No vio más que vacío. Nada que rescatar en medio de la niebla, nadie a quien llamar entre tanta oscuridad, ningún lugar al que ir para esperar a que escampe.&lt;br /&gt;'Nunca he formado parte de nada, de nadie, ni de ningún lugar', pensó, y no le faltaba razón. Sus años no dejarían ningún poso sobre el tapiz de la vida, ninguna sensación, ni una sola sonrisa. De su ausencia tampoco afloraría lágrima alguna. Podría desaparecer sin evocar siquiera una fría despedida, porque no tenía nadie a quien echar de menos.&lt;br /&gt;Reparó en el coche aparcado en la acera justo en el momento en que un hombre alto, trajeado y con la mirada oscura abría la puerta del local, y dejaba que una lengua de frío partiera en dos la calidez del ambiente antes de dejar tras de sí la calle e introducirse en los rostros enfermos de angustia y las miradas ajadas de aquel ambiente.&lt;br /&gt;Después de vacilar un momento, el intruso -porque eso era, un intruso con recuerdos, algo que el resto no tenía- se dirigió a su mesa, y esperó de pie a que le invitara a sentarse con él. Sin mirar hacia arriba, apartó con el pie la silla vacía y le invitó a sentarse. Cuando encontró su rostro a la misma altura, percibió un ansia nerviosa en su acompañante, aderezada quizá por un punto de locura.&lt;br /&gt;-He venido a matarte -murmuró el hombre del traje.&lt;br /&gt;-Lo sé -respondió, sereno, mientras hacía una seña al camarero-. Deja que te invite a un trago...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7403757279838078631?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7403757279838078631/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7403757279838078631' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7403757279838078631'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7403757279838078631'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/11/un-extrao-con-recuerdos.html' title='Un extraño con recuerdos'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-3383788039069646978</id><published>2008-10-27T11:51:00.000+01:00</published><updated>2008-10-27T12:47:39.692+01:00</updated><title type='text'>El Parque</title><content type='html'>Caminaba despacio, sintiendo el peso de su cuerpo en cada uno de sus pasos. Cuando enfiló el camino de baldosas que partía en dos el parque, se detuvo apenas un instante, casi aliviado, protegido. Hacía años que conocía sus rincones, que caminaba sobre sus hojas y disfrutaba de la quietud de sus árboles y de esos silencios ocultos que destilaban las ramas al sentir el beso del viento.&lt;br /&gt;Desde que era pequeño, había aprendido a refugiarse en la soledad del parque. La primera vez fue con su padre, cuando su madre ya se había ido. En silencio, recorrieron el lugar de una punta a otra, caminando muy despacio y, a pesar de que era muy pequeño, comprendió lo que su padre le quería decir sin palabras.&lt;br /&gt;Veía en sus árboles el discurrir de la vida, sobre todo cuando admiraba la estampa que el parque ofrecía en otoño. Los árboles de hoja perenne afilaban su verdor contra un cielo que aún conservaba sus destellos azules, añorando un calor que tardaría en regresar. Los caducos, sin embargo, empezaban a amarillear y alfombraban el suelo con sus primeras hojas caídas. También había unos árboles con las hojas rojas, como fuego, y que bailaban como una hoguera cuando los mecía el aire.&lt;br /&gt;Contemplado desde la entrada, enmarcado en el último rayo de sol que evocaba un verano tardío, el parque ofrecía una estampa sin par. Una metáfora de la vida misma.&lt;br /&gt;Cuando su padre también se fue, él continuó caminando solo por aquél enjambre de sensaciones. Se sentía como esos árboles verdes, majestuosos, mientras todo lo que le rodeaba, todo aquello que quería, tendía a amarillear. Primero su madre, luego su padre, ahora ella... Estaba cansado de sentir el viento en la cara, mientras a los demás se les caían las hojas.&lt;br /&gt;De repente, reparó en los árboles rojos, pequeños, ardientes. Una ola de desasosiego inundó todo su ser, y se fue comiendo poco a poco la calma que le embargaba. Su significado se le escapaba, no había conseguido identificarlos, como a los demás.&lt;br /&gt;Se paró en seco, creyendo oír aún la voz de su mujer en las hojas que caían a sus pies. Repentinamente, sintió un tirón en la manga del abrigo, y miró hacia abajo. Su hija lo miraba fijamente, con esos ojitos azules que tanto le recordaban a su madre.&lt;br /&gt;Se puso de puntillas y estiró la manita para enjugar una lágrima que, en esos momentos, recorría una de sus mejillas. Y le sonrió. Y entonces comprendió que también su hija había comprendido, a través de su silencio, el significado del parque.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-3383788039069646978?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/3383788039069646978/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=3383788039069646978' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3383788039069646978'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3383788039069646978'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/10/el-parque.html' title='El Parque'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6175617573886490196</id><published>2008-10-10T18:57:00.000+02:00</published><updated>2008-10-10T19:00:56.878+02:00</updated><title type='text'>Telecinco, ¿cadena amiga?</title><content type='html'>Soy un incrédulo. Lo confieso, la mayoría de las veces, la realidad me supera. No deja desorprenderme. Hablo de Telecinco, &lt;strong&gt;un proyecto que comenzó siendo una cadena de televisión&lt;/strong&gt; y que ahora se ha convertido en un sumidero adonde va a parar toda la mierda. Una cadena que tiempo que perdió la batalla con el sentido común.&lt;br /&gt;Cuando hace unas semanas le llenaron el bolsillo a ese personaje en el que se ha convertido Violeta Santander, que está haciendo caja a costa del coma de un hombre que ocupó su lugar en la cama que estaba destinada para ella, para que vomitara sus miserias en La Noria, pensé que no se podía caer más bajo. Es difícil hacerlo cuando ya estás sumergido en lo más hondo de la cloaca.&lt;br /&gt;Pues bien, semanas después, convirtieron la miseria en algo deleznable cuando volvieron a dar silla y voz a ese personaje, para que prosiguiera con su particular batalla y defendiera que el energúmeno que ha dejado en coma al profesor Neira nunca se olvida de regar las plantas y baja la tapa del retrete cuando orina. Dice que es buena persona, y por defender a un homicida frustrado (recuerdo que declaró que no le pegó más al profesor porque ya no se movía) vuelve a llevarse una buena pasta.&lt;br /&gt;Se trata de un despropósito más para una cadena que se ha dado definitivamente al amarillismo, al morbo, a la víscera. Podría nombrar un montón de programas en los que se dedican minutos y minutos a los personajes más variopintos, por ser educado, y en los que se patalea una y otra vez lo que algunos entendemos por periodismo. El colmo llega cuando, por la noche, los espacios que deben ser santo y seña de la cadena, los informativos, se dedican a resumirnos en dieciocho minutos todo lo que de verdad importa, para que cuatro &lt;strong&gt;pintamonas tengan más tiempo de seguir con su show. &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Lo más gracioso de todo esto es que, los iluminados que mueven los hilos de ese territorio en el que Jesús Gil nos daba una lecciónde machismo sumergido en un jacuzzi y rodeado de mamachichos, reclaman que otra cadena y otro programa, que no hace sino destapar sus miserias, vulneran sus derechos de propiedad intelectual. Intelectual, precisamente &lt;strong&gt;una palabra que les queda demasiado grande&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;La pataleta no ha quedado ahí. 'Sé lo que hicisteis...' ha sabido reírse de una sentencia absurda, y ha hecho del ingenio su bandera. Cada vez son más divertidos, mejores. Telecinco, más lleno de rabia que nunca, ha intentado parodiar a La Sexta en esa bazofia que emite por internet bajo el seudónimo de Becarios (de esto ya hablaremos otro día), y ha desnudado todas sus vergüenzas con un capítulo absurdo, apoyado en la macarranería y en el tópico y en el que la inteligencia y el humor brillan por su ausencia.&lt;br /&gt;Esperaba más clase, lo reconozco. Ya he dicho que soy un incrédulo. Esperaba un punto de cordura en la que se dice nuestra 'cadena amiga'. Pero no. En su lugar, &lt;strong&gt;minutos y más minutos de mierda, disparada sin piedad&lt;/strong&gt; pero, eso sí, con una sonrisa en los labios. Hace tiempo que me preguntaba por qué cuando ponía Telecinco, mi tele se rodeaba de moscas. Poco a poco lo voy entendiendo. ¡Viva Sé lo que hicisteis...!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6175617573886490196?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6175617573886490196/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6175617573886490196' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6175617573886490196'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6175617573886490196'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/10/telecinco-cadena-amiga.html' title='Telecinco, ¿cadena amiga?'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-6867043938559393199</id><published>2008-10-04T19:44:00.000+02:00</published><updated>2008-10-04T19:49:22.856+02:00</updated><title type='text'>Réquiem</title><content type='html'>Bebo desde que me dejaste. Intento ahogar mis penas en alcohol desde que no estás conmigo. No es cierto eso que dicen de que las penas flotan... no, &lt;strong&gt;a las mías les da miedo el oleaje&lt;/strong&gt;, y desaparecen apenas he paladeado el primer sorbo de ron. Bueno, a decir verdad no desaparecen, se esconden, porque apenas ha despuntado el sol vuelven a mi cabeza y golpean con insolencia en mi sien, recordándome que siguen aquí conmigo.&lt;br /&gt;No recuerdo cómo te fuiste, ni sé si me despedí. Si hubiera sabido que aquél iba a ser nuestro último beso, hubiera saboreado cada instante. Si me hubieras dicho que mañana no ibas a estar aquí, hubiéramos dormidos juntos para siempre en el ayer, anclando el sol con nuestras sábanas para que nunca amaneciera. Si hubiera sabido que iba a ser tan duro, me hubiera ido contigo.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;De nada sirven los recuerdos para quien no tiene consuelo&lt;/strong&gt;. Tampoco es consuelo el alcohol, nada me reconforta. Me acodo en cualquier barra de bar esperando que el humo disipe tu imagen y la música de fondo esconda el eco de tu voz. A veces miro a alguna chica de las que pasan por mi lado, pero todas tienen algo que me recuerda a ti. ¿Por qué es tan difícil olvidarte?&lt;br /&gt;Esta noche no he ido al bar, &lt;strong&gt;prefiero deshilacharme gota a gota en casa&lt;/strong&gt;. He abierto la ventana en mitad de la madrugada para respirar bien hondo el primer frío del otoño, hasta notar cómo el gélido aire trizaba todos los rincones de mi pecho.&lt;br /&gt;Y me he puesto a escribir, sin saber si son éstas las últimas líneas que te dedico. Me había propuesto olvidarte, pero no puedo, así que &lt;strong&gt;dejaré de ser yo para siempre&lt;/strong&gt;. No habrá en mi persona ningún rastro de mí, de lo que fui, de lo que soy. Nadie, ni yo mismo, sabrá lo que algún día pude llegar a ser. Mi vida desapareció cuando te fuiste, y mi alma habita allá donde la tuya descansa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-6867043938559393199?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/6867043938559393199/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=6867043938559393199' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6867043938559393199'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/6867043938559393199'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/10/rquiem.html' title='Réquiem'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-284878460604744607</id><published>2008-09-12T19:28:00.000+02:00</published><updated>2008-09-12T19:36:28.126+02:00</updated><title type='text'>No vuelvas a hacerme daño</title><content type='html'>No lo hagas, que no se te ocurra volver a herirme, porque estoy demasiado acostumbrado a morder el polvo. Tanto, que la boca me sabe a tierra y de mis heridas sólo mana sangre seca. No vuelvas a hacerlo, porque me han herido demasiado. Porque mis ojos están secos y todavía me sabe a sal la comisura de los labios. Porque he llenado ríos con lágrimas que no van a ninguna parte, y me he dejado la voz en gritos que sólo hacían eco en las paredes de mi desesperación.&lt;br /&gt;No se te ocurra volver a herirme, no vuelvas a hacerme daño. Porque quizá esta vez sea la última vez. Quizá de tanto tensar la cuerda de mi alma, acabe por romperse, y termine explotando de una vez por todas. Quizá en ese momento me convierta en un espíritu libre, indomable, y transformaré toda la rabia contenida en energía para seguir hacia delante a pesar de los demás, a pesar de lo que digan y de lo que hagan, a pesar de las zancadillas que me pongan por delante, a pesar de las circunstancias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No vuelvas a hacerme daño, porque quizá en ese momento nada ni nadie logrará detenerme.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-284878460604744607?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/284878460604744607/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=284878460604744607' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/284878460604744607'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/284878460604744607'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/no-vuelvas-hacerme-dao.html' title='No vuelvas a hacerme daño'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-3052805044303514110</id><published>2008-09-12T17:02:00.000+02:00</published><updated>2008-09-12T17:05:00.345+02:00</updated><title type='text'>Eso que llaman crecer...</title><content type='html'>La nostalgia no entiende de kilómetros, de distancias, de países. La nostalgia se alimenta de años, y por desgracia envejecer es un camino en una sola dirección: permite mirar hacia atrás, pero siempre se camina hacia delante&lt;br /&gt;Yo a menudo echo la vista atrás y me pregunto qué queda de nosotros, esos que nos sentábamos en un banco del parque sin más excusas que una bolsa de pipas para pasar la tarde. Estábamos en los albores de una juventud que no sabíamos dónde nos iba a llevar, pero todos soñábamos con hacer de nuestra vida algo grande&lt;br /&gt;Todos, de alguna manera u otra, lo conseguiremos. Pero ya no somos los mismos. No podemos serlo. Un buen día llenamos las maletas con un puñado de preguntas sin respuesta y nos fuimos de aquel pueblo que conocíamos como la palma de nuestra mano. Dejamos atrás aquellas calles en las que nos pelábamos las rodillas detrás de un balón, las farolas bajo las que dimos nuestro primer beso, el coche sobre el que lloramos apoyados porque ella se fue.&lt;br /&gt;Así, con un montón de dudas y apenas alguna certeza, me sumergí en las calles de Madrid para convertirme en alguien completamente distinto. El hambre de una ciudad que se alimenta de sueños fue limando mi carácter, mis ideas, mis pensamientos, incluso mis sentimientos, hasta convertirme en lo que soy. No fui el único, ni tampoco la ciudad fue exclusivamente mía. Da igual lo que creamos, una ciudad como Madrid nunca forma parte de ti. Somos nosotros los que formamos parte de ella.&lt;br /&gt;A mí me pasó allí, los demás se forjaron en otras calles, con otras gentes. Recibieron otros golpes, pero el resultado fue el mismo: salieron transformados. Aun así, de vez en cuando, volvemos a esas calles que nos vieron crecer, en las que fuimos reyes por un día. A menudo, una cerveza se convierte en una razón de sobra para encontrarnos y comprobar cómo hemos cambiado, adónde nos ha llevado el futuro. Son los años los que han dictado las líneas de nuestra vida.&lt;br /&gt;Pero ninguna ciudad, ninguna experiencia, nadie, ha podido borrar del todo lo que un día fuimos. Quizá no podamos repetir aquellas risas sin motivo, pero aún queda algo de aquella luz en el fondo de nuestra mirada. El futuro no podrá arrebatarnos lo que fuimos algún día. No podemos repetirlo, pero tampoco lo olvidaremos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-3052805044303514110?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/3052805044303514110/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=3052805044303514110' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3052805044303514110'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/3052805044303514110'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/eso-que-llaman-crecer.html' title='Eso que llaman crecer...'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-5694278320855683483</id><published>2008-09-07T20:20:00.000+02:00</published><updated>2008-09-07T20:22:16.070+02:00</updated><title type='text'>Adiós</title><content type='html'>No son mis manos las que te acarician hoy, es toda mi vida la que recorre tu cuerpo. Despacio, poco a poco, siguiendo la estela de esa gota de sudor que busca pesadamente el final de tu espalda. Fuera, la noche cae a traición sobre la ventana, elcielo negro, las calles negras, negro también el manto que envuelve a la luna. No tiene sentido pensar en ti si mañana he de olvidarte. No tiene sentido hablar si lo único que se puede decir ha de sonar a despedida. Mientras, mis recuerdos siguen naciendo en el filo de tu piel, y van a morir enredados en tu pelo.&lt;br /&gt;Estás llorando. Lo sé, a lo mejor tú también sabes que me he dado cuenta, y por eso no quieres mirarme. Lo último que recuerde de ti será el brillo de tu piel. A ti te quedará para siempre el roce de mi mano. La luna está de nuestra parte, por eso, espera, impaciente, en lo alto del cielo, a pesar de la fina lluvia que comienza a golpear la ventana. Será el sol el que marque el fin, el que te lleve de aquí para siempre. Aún quedan unas horas.&lt;br /&gt;Podríamos estar hablando, riendo, besándonos; pero no. Yo te acaricio, y tú lloras. Sé que si me duermo no te volveré a ver. No es un temor, es una certeza. Mañana tú no estarás aquí, y yo no estaré para ti. No puedo seguirte. No puedes esperarme.&lt;br /&gt;Llegaste a mí descalza, una lejana tarde de abril. Te irás para siempre desnuda, y sólo me quedará el sabor de tu espalda. Quiero probarlo una vez más. Es mi alma la que empuja mi cuerpo hacia delante, hasta que mis labios se encuentran con tu piel detrás de tu hombro; y te estremeces. Salado, como siempre; amargo por primera vez. Despacito, sin querer romper el silencio, giras sobre la cama y te quedas frente a mí. De nuevo. ¿Ves como estabas llorando? Lo sabía. Lo que no sabía es que también lloraba yo.&lt;br /&gt;Y entonces lo hiciste, sin querer, pero lo hiciste. Hiciste lo posible para que olvidarte fuera imposible. Me condenaste a ti para siempre. Acercaste tu mejilla a la mía, y ahí se me clavó tu olor. Te acercaste despacio, muy lento, hasta tocarnos, y ahí se me clavó tu piel. Me miraste fijamente, con la intensidad de quien mira a la luz un instante antes de correr hacia la muerte, y ahí se me clavó el azul de tus ojos. En ese instante comprendí que era la última vez que mi cama se llenaba de ti, que mañana ese hueco estaría vacío, quizá aún caliente, pero vacío para siempre.&lt;br /&gt;Empecé a temblar. Y entonces me besaste y, por un instante, en ese beso, volvimos a aquella tarde de abril, tú descalza en el parque, radiante, y ahí se me clavó tu imagen, tu esencia, tu alma. La última puñalada me la dio la puerta que se cerró cuando aún estaba amaneciendo. Al despertar ya no estabas. Me asomé a la ventana, pero ya estabas lejos, muy lejos, eras ya inalcanzable. El sol lucía en lo alto del cielo, pleno, feliz, alegre. Después de todo, había hecho bien su trabajo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-5694278320855683483?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/5694278320855683483/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=5694278320855683483' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5694278320855683483'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/5694278320855683483'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/adis.html' title='Adiós'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-226718902015882884</id><published>2008-09-06T12:44:00.001+02:00</published><updated>2008-09-06T12:44:44.749+02:00</updated><title type='text'>Crisis vocacional</title><content type='html'>Las crisis vocacionales existen. Que se lo pregunten a los periodistas. Desde que nacemos y hasta que morimos, mientras nos hacemos,el periodismo nos pone a prueba una y otra vez, sin descanso ni piedad, pero no es fácil matar el gusanillo que llevamos dentro.&lt;br /&gt;Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan,cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.&lt;br /&gt;Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después,el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.&lt;br /&gt;Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubresque Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demáscómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.&lt;br /&gt;Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente parahacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como paradarme por vencido.&lt;br /&gt;Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años,durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa.Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.&lt;br /&gt;Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de laguerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido".Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.&lt;br /&gt;Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombasinteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerraes una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca.Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.&lt;br /&gt;La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desalientonos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, enel siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.&lt;br /&gt;Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferrana sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y quela próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-226718902015882884?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/226718902015882884/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=226718902015882884' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/226718902015882884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/226718902015882884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/crisis-vocacional.html' title='Crisis vocacional'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7477434324719606603</id><published>2008-09-06T12:43:00.000+02:00</published><updated>2008-09-06T12:44:06.082+02:00</updated><title type='text'>La misma sal</title><content type='html'>No sabía por qué, pero el sonido del mar al romper en la orilla le tranquilizaba. Por eso, siempre que podía, se deslizaba desde la habitación del hotel hasta la playa, en medio de la noche, cuando el océano apenas es un tumulto de espuma. No le daba miedo enfrentarse sola contra el mar, porque sabía que éste estaba de su parte. Ya se conocían.&lt;br /&gt;Llevaba puesta una camiseta que le llegaba hasta más allá del codo pero, aun así, cuando puso su pie sobre la arena notó como se le erizaba el vello de la nuca. Estaba fría. Le encantaba sentir la arena fría bajo sus pies descalzos. Le hacía sentirse viva, y ésa era una sensación que no se experimenta muy a menudo. Pocas veces toma uno conciencia de su existencia, y ella había aprendido a saborear esos momentos.&lt;br /&gt;Avanzó unos metros y se sentó sobre la arena, dejando que el Mediterráneo, en su vaivén, jugara a mojarle las puntas de los pies en cada ida y venida. Se apartó el pelo de la cara y dejó que sus ojos se perdieran en el horizonte oscuro, soñando, una vez más, que soñaba despierta.&lt;br /&gt;El rumor del mar y la brisa evocaron una tarde de invierno en París, esa ciudad a la que nunca ha ido pero que tan bien conoce. No le hace falta haberla recorrido para verla en sus ensoñaciones. Sigue siendo bonita a pesar de la niebla que empaña sus cristales, enfría su aliento y perla sus cornisas con un ligero rocío. Sigue siendo la desconocida a la que tanto ama.&lt;br /&gt;A veces sueña que es la Torre Eiffel. Majestuosa, dominando el lecho dormido de una ciudad suicida que se alimenta de los sueños de gente como ella. Si estuviera en lo alto de la torre, le gustaría gritar y hacer que su voz inunde cada rincón de esa urbe de plata que destila el aroma de las rosas. Hacerla suya.&lt;br /&gt;Le encantaría pasear por las calles su soledad y dejar un poquito de ella en cada uno de sus rincones. Quizá encontrara así alivio para un alma anciana, que en un cuerpo de veintiún años pesa como si tuviera ochenta, de tan ajada como está.&lt;br /&gt;Apenas se acuerda de la última vez que se rió de veras, con ganas, desde muy adentro. Quizá fue cuando él recorría con el dedo su espalda, y le susurraba al oído que nunca la iba a dejar. El primer amor dura apenas un suspiro, pero su final duele durante toda la vida.&lt;br /&gt;Notó que tenía los ojos cerrados, apretados muy fuerte, para no dejar escapar la oscuridad. Al tiempo que un lágrima se deslizaba por su mejilla, el agua le cubrió los tobillos, devolviendo su mente a la realidad. Miró el horizonte y sintió que el mar lloraba con ella, con las mismas lágrimas, la misma sal. Y sonrió, antes de tumbarse sobre la arena y dejar que el mar la cubriera por completo…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7477434324719606603?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7477434324719606603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7477434324719606603' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7477434324719606603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7477434324719606603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/la-misma-sal.html' title='La misma sal'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-9211855189725151319</id><published>2008-09-06T12:42:00.000+02:00</published><updated>2008-09-06T12:43:32.762+02:00</updated><title type='text'>Un día más</title><content type='html'>Cuando el arma llegó a sus manos y sintió su tacto frío, los pelos se le pusieron de punta. Pesaba más de lo que podía haber imaginado, pero bien pensado era normal: cualquier cosa cuyo fin era matar tiene que tener más peso que la vida que se dispone a arrancar. La miró un instante antes de amartillarla, y se secó el sudor que perlaba su frente con la palma de la mano izquierda, mientras que con la derecha se metía la pistola en la boca.&lt;br /&gt;Transcurrió un instante, pero a él le pareció una eternidad. En ese tiempo que no acababa nunca, su mente le traicionó por un momento y le regaló una sucesión de imágenes que, desde luego, no le confortaban. Era verdad lo que decían en las películas, pero todavía no había visto la luz y no estaba dentro de un túnel. Por eso se sintió decepcionado, al menos en parte.&lt;br /&gt;Después, simplemente, se dejó llevar. Permitió que fuera su cerebro quien tomara la decisión, como si eso le eximiera de toda culpa. Había estado mirando en internet y sabía que el tiempo que pasaba desde que el cerebro daba la orden hasta que ésta se ejecutaba era insignificante, pero eso le bastaría para acordarse, por última vez, de lo poco bueno que había sido capaz de dar.&lt;br /&gt;Se acordó de la universidad, quizá los mejores años de su vida. Qué lejos quedaban. Los profesores, los amigos, las fiestas… fue en una de ellas cuando la conoció en medio de una nube de ron y marihuana. También ella estaba borracha cuando salió tambaleándose a la terraza, decidiendo por el camino si quería respirar aire fresco o vomitar. Se apoyó sobre la barandilla y sintió una mano encima de la suya.&lt;br /&gt;Aquel momento, lejano, vino a su mente con una claridad que incluso le costó discernir si de verdad estaba sucediendo. Le parecía tan real como la gota de sudor frío que sintió nacer en la parte posterior del cuello, y que se deslizaba por su columna vertebral, trizando cada uno de los nervios de su espalda.&lt;br /&gt;Cerró los ojos con fuerza, llamando desesperadamente a una oscuridad que no llegaba, y apretó el gatillo. Cuando escuchó el ruido sordo del percutor, supo que el tambor estaba vacío, ahí no estaba la bala. Lo que sintió después no supo si era alivio o rabia; si estaba feliz por seguir viviendo o molesto por obligarse a soportarse unos segundos más.&lt;br /&gt;Pasó la pistola al que estaba a su izquierda y se encendió un cigarrillo con la vista fija en el suelo. Le había dado dos caladas cuando escuchó una detonación que resonó en toda la nave, y que hizo que incluso temblaran las paredes. El suelo, alrededor, estaba cubierto de sangre y sesos, pero a él apenas le habían alcanzado unas gotas.&lt;br /&gt;Se levantó pesadamente y recogió su chaqueta, preguntándose quién había ganado aquella mañana. Después de todo, el único ganador yacía en el suelo, con la cabeza abierta, y los perdedores eran que quedaban vivos para relatar su hazaña.&lt;br /&gt;Salió a la luz del día y se despidió del resto de la gente. Miró el reloj: las siete y veinte. Tenía por delante, al menos, un día más. Y quizá con un poco de suerte llegaría a casa a tiempo para acompañar a las niñas al colegio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-9211855189725151319?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/9211855189725151319/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=9211855189725151319' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9211855189725151319'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/9211855189725151319'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/un-da-ms.html' title='Un día más'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7138165476826926065.post-7940100787286369398</id><published>2008-09-06T12:31:00.000+02:00</published><updated>2008-09-06T12:42:52.834+02:00</updated><title type='text'>La vida está hecha de momentos</title><content type='html'>Esta frase, lapidaria, es verdad se mire por donde se mire. Todo nuestro mundo está construido por ráfagas, pequeños instantes que recordamos al echar la vista atrás para ver en qué nos hemos convertido. No es el titular de un manual de autoayuda ni el axioma alrededor del cual se construye una nueva filosofía. Salió de la boca de Nieves, cuando, después de perder dos partidas de dardos, nos atrevimos a mirar al futuro, ron mediante.&lt;br /&gt;Es cierto que nuestra vida se compone de momentos, buenos y malos, y que quizá son estos últimos los que más nos enseñan, pero a la vez los que menos recordamos. Es una de las ventajas de la memoria selectiva: tenemos grabada a fuego la primera sonrisa de una chica bonita, ésa con la que desarmó nuestro corazón, pero cuando nos dijeron adiós esos mismos labios, que creíamos casi tangibles, se volvieron de pronto difusos.&lt;br /&gt;Nadie está libre de pecado. Yo guardo unos cuantos pares de labios, alguna que otra boca, para soñar despierto de vez en cuando. No sería doloroso si no fuera porque, de noche, me sorprenden de nuevo, sin que yo las llame, sin aviso alguno, para recordarme que una vez me besaron, sí, pero que también me dijeron adiós. Hoy es una noche propicia para ello. Las tormentas siempre vienen cargadas de recuerdos, y a menudo no los eliges, vienen porque sí.&lt;br /&gt;Hoy, como tantas noches, miraré hacia otro lado. Miento a menudo cuando hablo del tema intentando esconder mi cobardía con indiferencia, tirando del manido ‘más vale malo conocido…’, conformándome con lo poco que tengo con tal de no ponerme en peligro. Pero lo cierto es que todos, absolutamente todos, nos morimos por soñar despiertos.&lt;br /&gt;Sabemos que, tarde o temprano, todo se acaba. Nos da igual. Me da igual. Sigo soñando despierto. Si no cierro los ojos la veo. Su pelo rubio, sus ojos claros, y sueño que me sonríe. Y es esa sonrisa la que me empuja cada noche a soñar, a repetir una y otra vez lo que quizá, en un futuro sea algo más que una simple visión. Tengo muy claro que, cuando cierre los ojos, quizá acudan a mi mente un puñado de malos momentos. En algunos también la veo, porque sólo cuando se haya ido podré añorarla a mi antojo. Será entonces cuando su pelo, sus ojos y su sonrisa se conviertan en otro momento amargo, y ya formará parte de mi vida.&lt;br /&gt;Brindo por ello.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7138165476826926065-7940100787286369398?l=uncuerpoquelate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/feeds/7940100787286369398/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7138165476826926065&amp;postID=7940100787286369398' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7940100787286369398'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7138165476826926065/posts/default/7940100787286369398'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://uncuerpoquelate.blogspot.com/2008/09/la-vida-est-hecha-de-momentos.html' title='La vida está hecha de momentos'/><author><name>I. Ballestero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/05188085750217863261</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='23' src='http://3.bp.blogspot.com/_A3pFLlUAnqw/ShXm6MfreYI/AAAAAAAAABU/A8eeTx4lj40/S220/-melancolia.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
